La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, junio 14, 2011

Mientras tanto...

...en otra encarnación: http://librodenotas.com/eldetectivedelpaisborroso/20527/el-fantasma-parte-primera

domingo, enero 20, 2008

sábado

un relato

...son un príncipe y una princesa, los novios que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza, Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman y al lado izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y siglos.

Roberto Bolaño


J despierta una mañana de sábado sin nada que hacer. No abre los ojos y permanece un rato con la cara enterrada en la almohada intentando negar el hecho. No estoy despierto. Si no me muevo no estoy despierto. Si no abro los ojos no estoy despierto. Pero le puede el aburrimiento y se vuelve y mira la habitación y la luz que entra por la ventana. Le duele un poco la cabeza. Recuerda haberse acostado borracho. Recuerda haber estada bebiendo y escuchando música en su habitación, cerveza y vino, unos relatos de Chejov.
Es un sábado como otro cualquiera y no lo es. J lleva meses sin trabajar, meses exprimiendo sus ahorros, comiendo poco y fumando mucho, saturándose de café, bebiendo a solas en su habitación. El lunes será su primer día en una empresa alemana de suministros industriales. Es un trabajo serio, jornada de ocho horas, lunes a viernes, bien pagado. No es un trabajo de supervivencia como los que él conoce. Es un trabajo en el que uno puede promoverse. Es un trabajo en el que uno puede progresar. Es un trabajo para toda la vida. Siente que está entregando algo más que su tiempo. Diría el espíritu si le obligaran a decir qué. Pero J intenta decir lo menos posible.
Intenta levantarse y nota que la resaca es mayor de lo que creía. Sentado al borde de la cama se sostiene la cabeza y espera. Se corrige despacio el ángulo del mundo. Siente náuseas. Cuando pasan va a la cocina y se sirve un café pasado en la taza y olisquea el cartón de leche antes de añadir un chorro. Enciende un cigarrillo. Hay una luz de tarde en la calle, una luz invernal, fría. Bebe café y fuma y piensa que le falta verdadero empeño para ser alcohólico. J bebe mucho pero tiene que esforzarse para ello. J bebe lento, metódico, sabiendo demasiado bien lo que hace. Bebe para conseguir cierta ligereza, cierta indiferencia hacia las cosas que recuerda haber alcanzado borracho, y para anestesiar el insomnio, que no vencerlo, y también para reírse a medias de sí mismo y de la miserable sombra que arroja sobre el mundo. En eso invierte las noches, en beber y leer y escuchar música. Escribe también y escribiendo sí que es compulsivo, bulímico. Escribe a borbotones, escribe aporreando el teclado del ordenador. La bebida le sirve para medir el tiempo en botellas y latas. J escribe como otros vomitan, y eso es lo que los días negros le parece lo que escribe, regurgitaciones, desechos, charcos inútiles. Los días luminosos, los buenos días, sólo le parece algo que hace, como respirar, como ir al cine, una manera entretenida de pasar las tardes y las noches y en lo que pensar durante largos trayectos en transporte público.
J termina el café, enciende otro cigarrillo. Mira por la ventana. Hace un bocadillo y se lo come. Bebe una Coca Cola. La resaca remite. Se le caen las paredes encima y decide dar un paseo. Es un barrio obrero y triste. Un cielo muy bajo, gris. Hace frío. J camina y todo lo que ve le parece teñido de sordidez y desencanto. Los parques, la gente, los coches aparcados, los escaparates de las tiendas cerradas o abiertas, un gato con el que se cruza en la acera y lo mira después entre dos contenedores de basura. Recuerda los días despreocupados, cuando tenía dinero en el banco y nada que hacer más que dedicarse a leer y escribir y escuchar música. Siente que se aleja de todo eso para no volver. En realidad, tampoco se preocupa demasiado. J ha llegado a conocerse en algunos aspectos. Conoce sus ciclos. Conoce sus funambulismos en el alambre de la depresión. Ha llegado a aburrirse de ellos.
Da un largo paseo. Si le preguntan dirá que odia pasear. Dirá que le parece estúpido y tedioso y que no tiene tiempo que perder en semejante cosa. Pero lo cierto es que da largos paseos. Lo cierto es que lo único que puede perder es tiempo. Fatigado decide volver en metro. Se arrepiente. Hay una huelga de limpieza y se acumulan en pasillos y andenes papeles y periódicos y latas y mugre diversa y en las paredes hay estrías de materia oscura, como sangre o mierda, que lo desazonan más allá del asco.
Compra cerveza y vino en una tienda de chinos. Ya es de noche. En su habitación coloca las botellas en la mesita de noche, apartando las viejas, y se sienta en la cama, que no es más que un diván elevado de categoría, y coge un libro, mira la portada, lo deja a un lado. Toquetea las botellas. Primero el vino. Quita el tapón, modelado en simulacro de corcho, y sirve un trago largo en el vaso de la noche anterior. El silencio lo inquieta. Los pequeños ruidos que genera parecen perderse en él. Como si se los tragara. Conecta la radio, busca música clásica. Le cuesta encontrar la emisora que le gusta, nunca está en el mismo punto del dial, una emisora flotante, lo recorre entre mares de estática, entre voces crepitantes, crujidos, retazos de idiomas desconocidos, hasta dar con la vibración grave de un chelo, con las notas como pasos de pájaro de un piano. La música clásica, sea cual sea, parece desconfigurar algo oscuro y perverso que alberga en su interior. También escucha radio deportiva y también tiene el mismo efecto. Sabe lo mismo de música clásica que de deportes. Poco o nada.
Bebe. Fuma. Lee. Ha terminado con Chejov pero sigue perdido en tribulaciones rusas. Acaba con la botella de vino y con el libro. Escucha la música. Mira la luz de las farolas que llega hasta su ventana, un tercer piso, y las ventanas iluminadas y las ventanas apagadas del piso de enfrente y todo el humo acumulado en la habitación. Las ventanas se apagan y se encienden, desfilan siluetas, bajan persianas. J empieza a temblar, sobre todo le tiemblan las manos. Tira ceniza a las sábanas. Mierda, dice, y es la primera vez que escucha su voz en todo el día. No, no lo es, se corrige. En la tienda. Al comprar la bebida. Tuviste que hablar. Tuviste que decir hola, buenas noches. Quiero cerveza, quiero vino. Muchas gracias. Adiós. Hasta mañana. Pero no está seguro de haber escuchado su propia voz. Se pregunta si es posible. ¿Cómo he podido hablar y no escucharme? Aguanta el ataque de claustrofobia un rato más y luego se da por vencido. Se echa a la calle, a una noche gélida, a un frío insoportable. Es muy tarde. Los edificios parecen clausurados, las calles bajo toque de queda. Recorre el barrio, respirando un aire afilado, terrible, y se tranquiliza un poco, pero luego el ataque claustrofóbico deviene en agorafobia y ya no sabe qué hacer.
Acaba en el único lugar abierto, la taberna inglesa. Un bar que le gusta tanto como le horroriza. Lo único inglés que tiene es un vago ánimo decorativo y una máquina de dardos. Musicalmente está estancado en el verano de mil novecientos noventa y ocho. Lo que es como decir en el siglo pasado. Lo que empieza a ser decir mucho. Sirven botellines de Estrella Galicia, una cerveza que J no recuerda haber bebido en ningún otro lugar. Estrella de la Muerte Galicia, lo llamaba un amigo. El dueño de la taberna inglesa, o su encargado, es un cincuentón flaco, enjuto, con bigote. Los brazos le asoman de un chaleco rojo como sarmientos pelados, carne a la que uno supone el tacto de la cecina, seco, duro, viejo. La taberna comparte algunos espacios con un restaurante adyacente y de vez en cuando los cocineros pasan a beber. Con uno de ellos, marroquí y joven, el dueño o encargado mantiene largas conversaciones, cada uno a un lado de la barra, entre dientes, hieráticos, inaudibles. J y su amigo especulaban acerca de la relación que los unía. Son amantes, decía el amigo. Podrían serlo, piensa J.
Cuando entra la taberna está llena. Al fondo sillones de color magenta. Como cubiertos de una menstruación cuajada, piensa, y decide que no puede permitirse más pensamientos de ese tipo, pensamientos morbosos, de sangre degradada. Se hace un hueco en la barra. J frecuenta el bar por diversos motivos. Le gusta su desolación de media tarde, los borrachines lánguidos, las cervezas a deshora, los cuencos de frutos secos todavía sin expurgar. Y de noche, la colección de alcohólicos, de terminales, que se van colgando de la barra como grajos en el tendido eléctrico al borde de una carretera, tanteando sus copas de garrafón, un colectivo solitario, cada hombre un páramo, mezclados con los grupos de gente variopinta que solo buscan continuar la fiesta, una última oportunidad de salvar la noche. También la camarera de apoyo. En especial la camarera de apoyo que es, en realidad, a quien J frecuenta. Conoce sus horarios. J aparece en el bar y pide cerveza y fuma y mira. Saca un libro y hace como que lee. La observa sobre el borde del libro o de soslayo o la busca en el espejo de la trasbarra, su reflejo enmarcado entre cuellos de botellas. J a veces deja que ella sepa que la observa, intentando no parecer rijoso, hambriento. Es una chica rubia, de pechos grandes y facciones agradables. De algún lugar del este de Europa. Un acento grave, o quizá es la voz, algo rudo. Aún así agradable. Los ojos somnolientos, entrecerrados, finos, de un azul acuoso, un azul en el que puedes ahogarte piensa J, que hace pensar en tundras, en estepas, en largas rachas de viento batiendo el vacío, moviendo la nieve. J la observa, mira cómo sirve copas y cervezas y refrescos, cómo hace rodajas un limón, cómo se aburre, cómo enciende sus cigarrillos light y fuma y sopla el humo, cómo compone poses involuntarias, una mano en la cadera, otra en la máquina registradora, los ojos mirando hacia la calle, y cómo los terminales la importunan y se inclinan en la barra para susurrarle al oído y ella les da la espalda, lo que aprovechan para mirarle el culo, y hace como que no oye nada, ningún comentario sobre su pelo, ningún comentario sobre sus labios, y qué labios, labios como nieve rosada, ningún comentario sobre sus pechos.
J solo le dice lo imprescindible. Qué tal. Una cerveza. Qué vacío o qué lleno. ¿Me pones otra? Hace frío ahí fuera. Gracias. Muy bien. ¿Me pones otra?
Porque no hace falta más. Saben el uno del otro desde el primer momento.
Ella sonríe al verlo, no es pródiga en sonrisas, y J le pide cerveza y ella le sirve una Estrella Galicia. J no sabe qué pensar acerca de su sonrisa. Le pareció triste al principio, luego inescrutable, luego incognoscible. Los misterios del alma rusa, aunque ella no es rusa, sospecha J. ¿El alma eslava? ¿El alma euroasiática? J está leyendo demasiado a determinados autores.
Al pedir la segunda cerveza ella le pide fuego. J le alarga el mechero pero ella no hace ademán de cogerlo y es J el que hace girar la ruedecilla y prende del cigarrillo. Ella da una calada y lo mira a los ojos y dice: Gracias. Con su voz que es un trozo de iceberg a la deriva.
J se enamora con facilidad. J construye personajes. J se enamora de chicas a las que observa en la lejanía y atribuye virtudes, pasados, cicatrices, historias. J confunde persona y personaje. J es realista al respecto.
J bebe cervezas, más de las que cabalmente debería beber, y la camarera le pide fuego dos veces más, mirándole a los ojos. Le hace apartes al vaciar su cenicero. Banalidades acerca de la música, del humo que enturbia el ambiente, el desafuero de la clientela. J aguarda y al pedir la que decide será su última cerveza le pregunta a qué hora termina de trabajar. Suena Cindy Lauper. Ella lo mira como si calibrase a un duelista. Lo mira como midiendo el alcance de la pregunta. Le dice a qué hora termina. Añade: Espérame.
J espera en el callejón de atrás, las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, exhalando nubecillas de aliento. Ella sale al rato. Lleva un par de cervezas escamoteadas bajo el abrigo. Brindan y beben y se miran a los ojos. Desde el local llegan las notas lejanas de Bamboleo.
¿Por qué hemos brindado?, pregunta J.
Por nada, dice ella.
Bien. Por nada.
Brindan otra vez. Ella le pregunta cómo se llama y J dice que se llama C. Ella se llama N. Caminan por la luz amarilla de las farolas. Resumen sus vidas en biografías fragmentadas, comprensibles. Ella menciona su país de origen, su ciudad. J hace lo mismo. Median abismos entre los lugares en los que nacieron. J le hace preguntas para que ella hable, para escuchar su voz. Caminan mucho rato, dejan las botellas vacías en la acera, hablan de todo lo que se puede hablar en semejante situación. Caminan hasta que ella dice: Aquí vivo.
Se hace un poco de rogar y J bromea y hace que ría. Se siente un impostor. Siente lo que siente cuando no le importa lo que va a pasar. Al final lo invita a subir. Vive en un tercero. En el ascensor no hablan, no se miran, se rozan, abrigo contra abrigo, pantalón contra pantalón. Crepitan fuerzas oscuras, gravitacionales, eléctricas. Ella no enciende la luz al entrar en su piso. Lo guía en la penumbra. Ve formas de muebles, un perchero, un aparador, la línea recta de una pasillo, dejan puertas atrás. Ella lo mete en una habitación y enciende la luz. Espera un momento, le pide. ¿Hay alguien?, pregunta J. No, nadie, dice N. Dame tu abrigo.
Se lleva los abrigos a otro lugar, quizá al perchero del pasillo. La habitación debe ser su cuarto, supone él. Una cama con un cobertor azul, un corcho en una pared repleto de fotografías. Se asoma a la ventana y mira una calle desierta. Puede que haya niebla o es que el paisaje ha perdido perspectiva, se ha desfocalizado, comienza a borrarse, prolegómeno del fin del mundo. J cierra los ojos y se pellizca el entrecejo y aprieta mucho los párpados y vuelve a mirar por la ventana. Puede que el cristal esté sucio. Puede que las líneas ya no converjan hacia un punto en el horizonte.
Abandona la ventana y mira las fotos. Estampas familiares, cumpleaños, viajes, romerías, un campo ajeno y extraño aplastado por el cielo. Los abuelos posando el día de su boda en tonos sepias, ropajes atávicos, mirando al objetivo con la seriedad de ministros de Dios. J está lo bastante borracho como para no reparar hasta la última fotografía en que N aparece duplicada en todas las imágenes, desde niña. Dos veces ella, rubia, risueña, con coletas, con vestidos de verano, en ceremonias religiosas de iconografía desconocida. J mira la última de las fotografías, estremecido.
Es mi hermana, susurra N a su lado. Mi hermana gemela.
J gira la cabeza. Se ha recogido el pelo en una coleta y le parece más hermosa que nunca, aunque en realidad está más ojerosa, más ajada, más deslucida. A pesar de todo le parece tan hermosa que siente miedo. Tu hermana, dice J.
Sí. Esa foto es de antes de irnos.
Posan en un balcón, un paisaje de edificios a sus espaldas. Debe ser verano porque llevan ropa ligera y entre ellas en una mesa hay botellas de refrescos y vasos, un cenicero, un paquete verde de cigarrillos. Fotografiadas una tarde de domingo, un día de vacaciones, pasando el rato. A J le parece la imagen más triste que ha visto. No la más desgarradora, no la más dolorosa, sino la más triste. De un desconsuelo turbio, exento de tragedia que lo justifique. La tristeza no emana de sus poses o de sus expresiones, que parecen más bien preparadas para la tristeza, preparadas contra la tristeza, casi con los dientes apretados. La tristeza surge, se desparrama, de la composición de la imagen, la distribución de las botellas y los vasos, de las colillas en el cenicero, de los dibujos de la ceniza, de la ciudad que se abre a sus espaldas y se hace infinita, de detalles minúsculos, indefinibles, insoportables, inenarrables, de los edificios que son colmenas abandonadas, de las ventanas que son ojos ciegos, de las calles que llevan hacia ninguna parte.
N coge la fotografía y quita la chincheta. Mira, dice. Somos idénticas. Nadie puede distinguirnos.
J no mira la fotografía. Ya lo veo, dice.
Es mi foto favorita, dice N. La sostiene con las dos manos y clava los ojos en ella como si fuera una pantalla en que se desarrollase una escena. J le hace girar la fotografía, con la esperanza de que su espantoso encanto haya desaparecido, igual que se esfuman tan pronto las pesadillas, pero sigue siendo tan desoladora como mirar un desierto polar, una nada blanca, una nada llena de cosas, un vacío saturado de presencias.
¿Quién soy yo?
¿Cómo?
N le entrega la fotografía. ¿Quién soy yo?, dice.
J señala. Ésta.
N se ríe.
No. Soy la otra.
J aprieta la fotografía contra el corcho, dejando sus huellas visiblemente marcadas en ella, lo que N no percibe o no le importa, y coloca la chincheta.
¿Quieres tomar algo?, le dice ella. Una cerveza, una Coca Cola.
Una cerveza.
N sale de la habitación. J la sigue hasta la puerta y asoma la cabeza a las tinieblas del pasillo y ve cómo desaparece y una puerta se cierra y un haz de luz se enciende a ras de suelo. Cree escuchar una voz, un murmullo. Alguien que habla para sí o habla a una persona medio dormida sin querer despertarla del todo. J estira el cuello, ladea la cabeza, pero no escucha más. No está seguro de haber escuchado algo en primer lugar. Se aleja del pasillo y se queda plantado en el centro de la habitación, de espaldas al corcho, mirando el cobertor azul. Se frota las sienes. Por dios, dice. Por dios.
Cuando ella vuelve lleva una lata de cerveza en cada mano. Toma, dice.
¿Hay alguien más?
Ella extiende un brazo, ofreciendo la lata. ¿Cómo?
Que si hay alguien más. En el piso. Otra persona.
No, dice ella, muy seria.
¿Seguro?
Ella frunce el ceño. No hay nadie más, dice.
En la muñeca del brazo extendido lleva una pulsera negra. J no está seguro de si la llevaba antes. ¿Por qué te has hecho la coleta?, dice.
Para estar más cómoda. Malinterpreta la pregunta y dice: ¿Quieres que me lo suelte?
J traga saliva. Sí, dice, y coge la cerveza. Ella deja la lata en la mesita de noche y se suelta el pelo y su melena rubia se abre en abanico y es como el trigo al sol y J siente que, por una vez, no tiene más tiempo que perder. Abandona también la cerveza y se acerca a ella. El encuentro es previsible, sencillo, pero no desprovisto de gracia e inspiración. Ella prefiere estar debajo y se aferra a su espalda con los talones y le hunde los dedos en la nunca. Él briega y se esfuerza y cierra los ojos y aprieta el rostro contra su rostro y al final, en un momento que también debería ser blanco, limpio como una racha de viento estepario, se le cruzan imágenes confusas de una antigua amante, una chica que creía olvidada, una chica por la que creyó que iba a morir.
N le acaricia la cabeza un rato y le dice cosas que no entiende. Palabras, una nana, un cuento infantil, todo en su lengua vernácula, comprensible por su cadencia, por su invitación al sueño, y J sueña con las calles de una ciudad desconocida, semáforos que se balancean apagados, peatones que se arrojan al asfalto y escenifican con el tráfico una precaria coreografía de impactos anunciados y a J, que observa desde las alturas imposibles del soñador, le parece que son las personas las que buscan chocar con los coches imbuidas de una determinación zombi que no deja ninguna esperanza a las máquinas, y con una salva de aplausos envueltos en estática que pone fin a un recital de música balcánica, un viejo disco de pizarra que gira, la aguja que lo araña, los crujidos del abandono. Despierta de esos y otros sueños extraños y N duerme a su lado. Sale con cuidado de la cama y busca sus pantalones y en sus pantalones busca tabaco. Entreabre la ventana y fuma soplando el humo a la calle, tiritando, desnudo. Clarea a lo lejos. J siente una tristeza tan inmensa que le parece que va a echarse a llorar. Le tiemblan los hombros, le tiemblan los huesos. Tira el cigarrillo por la ventana. N murmura algo en sueños. Está tendida de costado, el cobertor azul cubriéndola hasta la mitad de la espalda. J se acerca y se agacha junto a la cama y mira su rostro. Los ojos que se mueven bajo los párpados mirando las facetas cambiantes de otro mundo, tan real como éste, apenas un poco más volátil. Le acaricia el pelo. N no se despierta.
¿Quién eres tú?, dice J.

Ésta es una historia que, por motivos que no comprende, no desea contarle a nadie. Pero sí la escribirá. Porque él lo escribe todo.

sábado, octubre 27, 2007

esto no es una canción de amor (V)

Parte quinta: Luz de malla

- Es como si... como si no hubiera un único destino- prosigue-, sino más bien la posibilidad de elegir entre muchos destinos posibles, cuyo número decrece continuamente a cada elección que hacemos, hasta que por fin queda reducido a lo que realmente nos acontece, cuando pasamos entre los hechos, a través del tiempo irrecuperable, de una manera muy parecida a la de una lente que pudiera recibir toda la luz procedente de algún vasto campo celeste de visión y reducirla a un solo punto.

Thomas Pynchon


XV

La calle era larga y estrecha. En la acera de los números impares, un locutorio, una tienda llamada Súper China Town, un edificio con la fachada cubierta de andamios, imposible discernir si lo estaban rehabilitando o tirando abajo, un contenedor de escombros, un bar, más edificios de viviendas, viejos, decrépitos. En la acera de los pares, una carnicería halal, una tienda de ultramarinos, un edificio clausurado con tablones y una oxidada plancha de metal, pintarrajeada y cubierta de carteles y papelajos de publicidad hinchados por la lluvia, otro edificio de viviendas, una papelera a la que en algún momento se le había prendido fuego y se abría en un bostezo negro, los bordes cubiertos de estalactitas de plástico gotoso. Una señora tirando de un carro de la compra calle abajo. Un marroquí en la puerta del locutorio fumando un cigarrillo oscuro, el humo muy espeso. A ambos lados farolas inermes en la luz débil de la mañana.
Frente a mí las dos hojas de una puerta cerrada, la pintura agrietada, la cerradura vieja y oscura. Una cesta metálica para el correo comercial. Un portero automático, los botones numerados, sin etiquetas identificativas. Cuatro plantas, dos puertas por planta. Tercero C. Aquí vive. El hombre que se hace llamar Claudio Girón. Me encogí dentro de la cazadora y miré el botón gris. Solo extender a mano y pulsarlo. Acercarme al aparato y escuchar el crujido, el mar estático y crepitante de la electricidad, y la voz del hombre, en directo desde el país de los desaparecidos, mi Kurtz privado, mi corazón de las tinieblas.
Acercar la boca a la rejilla del micrófono y decir: Sé quién eres.
Decir: Siarhei Kamisarchuc.
Decir: Te he encontrado.
Esperar las palabras de la bestia. Una invitación a sus dominios.
Más allá, la incerteza, el funambulismo, la bruma.
Mantuve las manos dentro de la cazadora, quieto ante la puerta, envuelto en un frío húmedo que brotaba de los edificios, de la acera. La señora del carrito llegó hasta mí y me aparté para dejarla pasar. Gracias, hijo.
El marroquí del locutorio me estaba mirando. Qué hago aquí, se preguntará. Tan temprano, mirando una puerta. Como quien intenta encontrar la contraseña mágica de la gruta de los ladrones.
Crucé la calle y me metí en el bar. Olía a tabaco y a café y todavía a madrugada. Un hombre viejo mareaba un periódico en la barra. Me senté en un taburete, toqué la superficie de aluminio de la barra. Pedí un café. Desde donde estaba, a través de una luna de cristal, veía la puerta del edificio. Encendí un cigarrillo. El camarero manipuló la máquina de café, vetusta y roja y negra, haciéndola traquetear como una locomotora. Exhalé humo y vaho sobre la barra. Me dispuse a esperar. La vida es esto. Esto y nada más. Sea lo que sea esto.

El día fue oscuro. Pero la madrugada es brillante. A una hora que no es nada, una hora que es tierra de nadie, la patria suspendida de los insomnes, me asomé a mirar la tormenta. Brillaban los charcos, brillaban las farolas, brillaba la lluvia. Brillaba el tráfico nocturno y lejano al otro lado del río. Estallidos violetas delineando la forma de las nubes. Ya he estado aquí, pensé. Ya he vivido este momento. La larga noche eléctrica. Miré a mi espalda, como si fuera a haber alguien esperando en la cama. Un truco de papiroflexia. El tiempo plegado sobre el espacio, mostrando dos caras de un mismo momento. Otra habitación, otra vida, la misma tormenta. Bajo el resplandor del monitor, tiñendo de azul la penumbra, dibujos de aluvión en las sábanas. La pantalla mostrando un correo electrónico por enviar. Un texto breve, sin asunto, para la dirección susurrada por Aldara Cabo. Cogí los cigarrillos de la mesa y encendí uno. Abrí la ventana para soplar el humo a la calle y verlo brillar, agujerearse de lluvia. Pasó un coche blanco, muy despacio, agitando el reflejo del mundo en los charcos. Fumé y esperé y conté los segundos y las caladas y los relámpagos y el viento empujó algo de lluvia dentro de la habitación y arrojé el cigarrillo, la brasa dejó de brillar antes de tocar la calle, y cerré la ventana. Los insomnes sabemos una cosa. Estas horas no tienen dueño. Estas horas están fuera del reloj.

Envié el correo.

Lo mejor que he escrito nunca, pensé. Unas líneas escuetas, serias, sin florituras, sin embellecedores, pero que contenían, sin mencionarla, toda mi historia, mi historia con Itziar, mi historia sin Itziar, mi historia sin mí. Como una descripción rutinaria de las conexiones de las arterias, las venas, las venillas, los capilares, toda la maraña de tubos y empalmes de nombres esdrújulos e imposibles del aparato circulatorio pero que no pudiera evitar remitir al rugido de la sangre, al estruendo de los latidos, al tráfago primordial, o la narración de los procesos del hielo, la triste enumeración de símbolos químicos, la cristalización del agua, la fusión eutéctica, el descenso crioscópico, que rebosase el absoluto prodigio alquímico de los cambios de estado, como un visto y no visto, la rosa que emerge de sus cenizas. Algo así escribí en apenas un párrafo. Un párrafo largo, sí, pero un texto breve, seco, y también honesto. Una sucesión de palabra perfecta tras palabra perfecta. Un texto que empezaba como una confesión y terminaba como una pregunta. Por supuesto, una vez enviado lo perdí para siempre. No queda ni un borrador, ni un leve recuerdo en mi memoria para reproducirlo ahora. Era una criatura nacida para ser enviada al centro de la bruma y no volver. Para llevar un mensaje e intercambiarse por otro, para adornar su cabeza los salones de un rey secreto, entre aquí y allí, otra patria suspendida, todo lo que no puedes ver compone su reino y éste es el peaje que exige. Lo mejor que he escrito nunca.

Y pensé que ya no quería escribir nada más. Nunca. Jamás. Enfrentarme a algo así. Vivir la vida como si no fuera vida, como si fuera otra cosa. Esperar de la vida más de lo que en la vida hay. No volveré a escribir, me prometí. No quiero ser un escritor, cualquier cosa menos eso. Porque qué sentido tiene seguir. Qué importan estos viejos dolores. Qué significan estas nostalgias.

XVI

Me encontré con Alejandro Rifar en un bar de Lavapiés. Cuando llegué estaba esperando acodado en la barra, una caña mediada, un cigarrillo en los labios, observando con ojo crítico las aceitunas de un platillo. Hola, dije.
Rifar me miró y sonrió. Hombre, qué pasa.
Aquí estamos, dije.
Te parecerá bonito, eh. Irte sin decir nada.
No hubo tiempo.
Le hice un gesto al camarero y pedí una cerveza.
Qué te pasó, ¿te dio un arrebato?
No, dije. En realidad, no.
¿Entonces? Rifar tiró al cigarrillo al suelo y lo pisó.
Me encogí de hombros. Saqué el tabaco y el mechero. Probé la cerveza. No sé, dije. Hay un momento para todo. Era el momento de largarme.
Tienes mala cara.
La que venía de serie.
No, en serio. Pareces un fantasma.
Intenté sonreír. Encendí un cigarrillo.
¿Por qué hemos quedado aquí?, dijo Rifar.
Estaba por el barrio. Dando una vuelta.
Lo que hacía era estar clavado frente al edificio de Girón, bebiendo cafés con leche y leyendo la prensa deportiva que los parroquianos iban olvidando. Mi vigilancia, que ya duraba tres días, era errática y caprichosa. Me costaba concentrarme. Vigilaba dos, tres horas seguidas, y de repente tenía que salir del bar, con una horrible sensación de asfixia, y vagabundeaba, los ojos turbios, los pasos vacilantes, hasta que recuperaba el aliento en alguna calle desconocida y vagabundeaba un rato más hasta que lograba orientarme y volvía a la vigilancia o me iba a casa, convencido de que dormiría de un tirón. Pero nunca lo hacía. Me quedaba mirando el techo en la oscuridad. Contaba los segundos insomnes. Pensaba en Itziar y en Claudio Girón.
¿Cómo está Reina?
Como siempre, dijo Rifar, mirándome de soslayo mientras cogía su cerveza.
¿Te ha hablado de mí?
No, dijo Rifar. Nada de nada.
Ya.
Reina es así. O habla de más o calla de más. Ahora está callando. Así que algo ha pasado.
Algo, sí.
No te voy a preguntar qué has hecho.
En tu familia tenéis una curiosa manera de preguntar sin preguntar.
Rifar sonrió, bebió de su cerveza y no dijo nada.
Le pedí un favor que no le tenía que haber pedido, dije. Que no le podía pedir.
Rifar dejó la cerveza en la barra e hizo una mueca. Si es algo sexual más vale que no me lo cuentes o te cago a patadas.
No, no, dije, sonriendo a medias. No es nada sexual.
Bueno, dijo Rifar. Sacó del bolsillo un paquete de Lucky Strike y se llevó uno a la boca. Qué quieres que te diga. Es una lástima. Lo que sea que os haya pasado.
Asentí y puse ambos codos sobre la barra y me cubrí la cabeza con las manos, el cigarrillo en los labios, el humo liándose en las pestañas. Escuché el chasquido del mechero de Rifar. Ojalá todo fuera diferente, dije.
Ya, dijo Rifar. Pero diferente a qué.
A cómo es.
Sí, y qué es todo. Y en qué manera lo cambiarías.
No lo sé. Me gustaría que fuera fácil. Que hubiera algo fácil, por una vez.
Mira, lo que pasa conviene. ¿Conoces el dicho? Qué le vas a hacer.
Es más fácil decirlo que aceptarlo.
Rifar dio una calada profunda y sopló el humo y luego dijo: Cuando mi madre se fue a vivir con el chileno las cosas se pudieron muy jodidas en casa. Todavía estábamos en Buenos Aires. Mi padre se enfermó. Nos cuidaba mi abuela. Reina fue la que peor lo pasó, no quería hablar, no quería hacer nada. Esos días hubiera querido cambiarlo todo. Pero, sabes, no estuvo tan mal. Había un cine, a un par de cuadras de nuestro apartamento, y yo pasaba las tardes allí metido. Sesiones dobles de películas viejas, en blanco y negro, de guerra y de piratas. Me escapaba del colegio para ver las sesiones matinales. En una de ésas vi The Wild Bunch. Algo me hizo clic en la cabeza. Como si le dieran a un interruptor y se encendiera la luz.
¿Cuántos años tenías?
Ocho o nueve.
¿Te dejaban entrar a esas películas?
Los del cine me conocían ya. Si no me dejaban tarde o temprano me colaba a verlas, así que no se molestaban. Aprendí mucho esos días, o lo aprendí después a cuenta de esos días. Y, es curioso, pero sé que fueron días malos, malísimos, pero yo me sentía bien. Viendo películas, faltando al colegio... Mierda, me lo pasaba muy bien.
Apuré la cerveza. Miré a Rifar que miraba el espejo tras la barra y en él los desconcertantes trazos de un mundo gemelo. Chasqueó los labios. No recuerdo el nombre del cine. Iba todos los días pero he olvidado el nombre. Cómo es posible.
Cómo es posible, repetí.
Bueno, dijo Rifar. Cuéntame qué estás haciendo.
Nada, dije.
¿Estás buscando trabajo?
No.
Vaya, dijo Rifar. Espero que tengas ahorros.
Algo tengo. No mucho.
¿Estás aprovechando para escribir, entonces?
Negué con la cabeza. Lo de escribir era más un deseo que una realidad, dije. Nunca he escrito demasiado. Algunos relatos, cuando empecé la universidad, un par de amagos de novela... Pero ya hace tiempo. No sé si estaba siendo sincero conmigo mismo. Si alguna vez he querido escribir. Ahora sé que no.
Joder, dijo Rifar. Pues estamos bien.
Tengo que resolver un par de cosas. Después ya veré qué pasa.
Rifar suspiró y alzó su cerveza como si hiciera un brindis y bebió. Tú sabrás, dijo.
Bebí también y me eché un vistazo en el reflejo tras la barra y aparté los ojos hacia la calle. Algo pasaba en el cielo. El aire se estaba llenando de luz. Justo a la hora en que el sol decaía, en aquel día gris, la luz empezaba a desbordarse. Una luz color melocotón, tamizada pero extrañamente viva. Iluminaba la calle, tendiendo una pátina sobre las aceras, el asfalto, las ventanillas de los coches, la gente que caminaba, matices distintos en cada superficie. Salí a la puerta del bar, miré hacia el cielo nublado, sin rastro de sol. Sin embargo, la luz. De dónde sale, me dije. Qué está pasando.
Rifar se asomó a la calle también. ¿Qué haces?
¿No lo ves?, dije.
No, ¿qué?
¿No lo ves?
¿Ver qué?
Nada, dije.
Quizá sean mis ojos. Quizá sea el mundo.

XVII

Gente apresurada en las aceras y tráfico detenido en el asfalto. Primera hora de la noche, el rumor de los motores, las conversaciones fragmentadas por los teléfonos móviles, el turbio aliento de los tubos de escape, un olor de especias y picantes desde un local que servía comida para llevar en una barra exterior, perfumes femeninos en vaharadas breves, aromas conocidos y desconocidos, algunos hirientes, otros agradables, todos inscritos en el frío aire nocturno. Esperando al cambio de color de un semáforo me fijé en una niña que me miraba. Iba en un carrito y era rubia y ya tenía un par de bonitos pendientes verdes. Su madre apoyaba una mano en el carrito y con la otra sostenía un teléfono móvil contra la oreja. No hablaba. La niña me miraba con los ojos muy abiertos y ninguna expresión en el rostro. Le saqué la lengua, bizqueé un poco, pero la niña continuó mirándome con seriedad. Sonreí pero eso tampoco funcionó. La madre empezó a mirarme, frunciendo el ceño. Bajó el teléfono móvil con lentitud. Le sonreí también a ella. El semáforo cambió de color y eché a andar. Recordé una escena parecida, años atrás, Itziar y yo en el metro. Una mujer llevaba a un niño en el regazo y el niño no dejaba de mirarme. Itziar me lo hizo notar. Te miran mucho los niños, dijo. ¿No te has dado cuenta?
Será la barba, dije entonces. Ahora volvía a llevar barba, descuidada y rala.
Una sirena aulló en alguna parte. Fue a lo primero que me acostumbré al llegar a esta ciudad, en días tan oscuros como estos, el constante aullar de las sirenas. Tantas que creía que se había producido una desgracia en alguna parte. No dejaron de sonar y yo dejé de escucharlas. Las escucho de nuevo. Una desgracia en alguna parte. Constantemente.
Seguí caminando hasta el bar y me senté en la barra y el camarero vino y me puso un café con leche. Gracias, dije. El camarero no dijo nada. Nunca decía nada. Reponía los cafés a un gesto de la mano, como un entrenado siervo victoriano, y ya nunca tenía que pedir el primero, sólo ocupar mi lugar habitual. Me senté de forma que pudiera vigilar la puerta, el clausurado agujero al País de las Atrocidades, sin forzar demasiado la postura. Era la peor hora para la vigilancia porque la iluminación interior rebotaba en los cristales y me devolvía mi imagen en lugar de filtrar la de la calle, confundiéndolas ambas en el mismo borrón. Soplé el café, rodeé la taza con las manos, absorbiendo el calor con la piel y con los huesos, y después saqué los cigarrillos y encendí uno y me pregunté si realmente me apetecía fumar. El resto de clientes bebían vinos y cervezas y refrescos, pero yo bebía café a todas horas. Miré por el cristal, me miré las manos, miré la brasa avanzar por el cigarrillo. Recordé otro momento, todavía más lejano en el tiempo. Esperando el cambio de color de un semáforo vi cómo un murciélago se estrellaba contra los bajos de un autobús de línea. El quedo golpe contra la cubierta de plástico sobre la rueda trasera. Me quedé mirando el bulto oscuro y quieto contra el asfalto. El autobús arrancó y un coche pasó y luego otro y el murciélago desapareció. Aquello me hizo pensar en animales muertos. En el gato que una vez vi en una cuneta casi partido en dos, su interior desparramado con el aspecto de la mostaza caducada por los matorrales y la grava, y el olor que desprendía, como una puñalada en las fosas nasales y que se agarraba al fondo de la garganta para no irse en mucho tiempo. También pensé en el recurso de algunos documentales de grabar la descomposición de un cadáver y montarlo en una versión abreviada y rápida, el cuerpo hinchándose y deshinchándose y volviéndose a hinchar, exudando humores, borboteando gases, los ojos que explotan, la sonrisa rigurosa e impúdica, la piel que se estira y se contrae y se rasga, los huesos blancos y húmedos, el trajín acelerado y loco de los gusanos.
No puede entrar con el perro, dijo el camarero.
Es solo un momento. Voy a comprar cigarrillos.
Estaba mirando los posos del café en la taza cuando escuché la voz del hombre. Hacía un buen rato que no miraba otra cosa. Me volví muy despacio en el taburete. El hombre estaba junto a la máquina de tabaco de la entrada. Llevaba un perro negro y lanudo de la correa, un perro viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua colgando fuera de la boca. El hombre pulsó un botón. Cogió un paquete de Marlboro de la máquina. Gracias, le dijo al camarero y tiró de la correa y salió a la calle.
Abrí y cerré los ojos un par de veces porque el bar se había vuelto impreciso y voluble y la inclinación del suelo traicionera para mis pies. Podía notar el pulso en la lengua, tal era la fuerza de los latidos. Un repentino sudor helado. Pagué los cafés, conté hasta diez, respirando hondo, y fui tras el hombre, pensando en las esquinas que podía haber doblado, los callejones que se le ofrecían para desaparecer, pensado que mi vigilancia no podría sostenerse ni un día más, ya no, porque preguntarme si me estaba volviendo loco era mi último atisbo de cordura. Iban calle arriba, hombre y perro con el mismo paso pausado, la correa floja. El hombre tenía el pelo blanco y era muy delgado. Una gabardina marrón. Zapatos negros. La edad le pesaba en los hombros pero estiraba el cuello flaco y arrugado y erguía la cabeza ante la noche y las farolas. Porte militar. Tiene que ser, me dije. Es. Es.
Los seguí durante unos minutos hasta que llegaron a un parque y el hombre se inclinó y soltó al perro y lo miró correr alrededor de una fuente. Entré en el parque y me senté en un banco alejado. Olía a tierra mojada, a árboles y hierba y a orines de perro. El hombre fumaba un cigarrillo. Manos largas y amarillentas, la correa enrollada en una de ellas. Los ojos entrecerrados, plácidos, observando el paisaje del frío. Por mimetismo saqué un cigarrillo y lo encendí, la cabeza vuelta hacia una dirección simulada, los ojos vueltos hacia el hombre, manteniéndolo en la periferia de mi visión. Los árboles susurraban al viento. Las ramas estaban llenas de pájaros. Se sacudían el plumaje, revoloteaban, piaban en la oscuridad como si hablaran en sueños. El perro corría con desgana. Accionaba los músculos y las articulaciones quizá por más sentido del deber que por apetencia. Le ladró a los árboles y a los pájaros en ellos y el hombre chistó una vez y el perro enmudeció. El hombre sacó otro cigarrillo y lo encendió con el anterior. Uno de los míos, pensé. Cómo es posible que sigas vivo. Cómo es posible.
Yo tiré mi cigarrillo y metí las manos en la cazadora insuficiente y tirité y esperé. Contemplé al hombre fumar. En un par de ocasiones el hombre miró en mi dirección con la misma plácida ausencia en la mirada, igual que si el banco estuviera vacío.
Finalmente el perro defecó y el hombre sacó una bolsita de plástico del bolsillo de la gabardina y recogió la deposición para tirarla a una papelera. Enganchó la correa al collar del perro y se marcharon del parque. Los seguí por calles oscuras. La ciudad parecía despoblarse a su paso y las pocas gentes con las que nos cruzamos eran sombras huidizas en los portales, agazapadas en los contenedores de basura. El hombre seguía fumando y hubiera podido guiarme con solo las espirales azuladas de su cigarrillo que lucían como formaciones planctónicas filtradas por la luz de malla de la noche.
En una calle más transitada el hombre cambió de acera y mientras yo esperaba a que el tráfico me dejara paso se detuvo frente al escaparate de una tienda y estuvo mirando con atención. Después echó a caminar otra vez. Miré cómo se alejaba. Estábamos cerca de su casa y supuse que el paseo terminaba. Cuando el tráfico me lo permitió me acerqué al escaparate que había estado mirando. Era una tienda de artículos de cuero, expuestos tras el cristal chaquetones y gabanes y cinturones trenzados y botas y carteras e incluso una vistosa silla de montar y también un amplio surtido de navajas y cuchillos de monte en sus fundas curtidas al cromo y acharoladas o en cajas de madera con el interior forrado de terciopelo verde, y la cola y la silicona que sostenían el cristal en su marco no impedían que el olor del cuero fuera fuerte y mareante. El escaparate reflejaba el tramo exacto de la acera contraría donde había esperado a cruzar la calle. El mismo lugar desde donde había mirado su espalda mientras el hombre me miraba la cara.
Sabe que estoy aquí. Sabe que existo.
Calle abajo el hombre se detenía para que el perro olisquease los restos de la papelera incendiada. No fumaba ya. Sus ojos recorrían las fachadas de los edificios, el reflejo brillante de las farolas en los coches aparcados en la acera. El hombre llevó al perro hasta la puerta y extrajo un manojo de llaves de su pantalón e introdujo una en la cerradura pero no la hizo girar. El hombre agachó la cabeza un instante, los ojos cerrados, y sacó la llave de la cerradura y se volvió para mirarme.

Existen ojos que son más que esferas gelatinosas llenas de humores vítreos y cristalinos, más que las partes que los componen, más que el espacio que ocupan en su cuenca. Existen ojos que son más que meros testigos del mundo. Existen ojos que escupen su propia versión de la realidad y de los hechos y está escrito el vacío y el absoluto en su opacidad y en las arrugas que los circundan como si fueran mapas de lo pasado y lo venidero y el doloroso trámite entre ambas cosas. Existen ojos acostumbrados a distinguir entre lo válido y lo caduco, lo transitorio y lo permanente, la vida y la muerte, y a decidir en consecuencia lo que ha de desaparecer, lo que puede continuar. Existen ojos que cansados de tanto mirar al mundo empiezan a devolver los fantasmas de sus mundos internos, ojos que son mundos en sí mismos, mundos incandescentes que gravitan y describen órbitas alrededor de estrellas muertas y lejanas cuya luz ya solo se encuentra en la memoria. Existen ojos como bocas de horno. Existen ojos como noches de tormenta, y así eran los ojos de Claudio Girón.

El hombre permaneció mirándome en la inexplicable quietud de la calle, esperando. Viejo y frágil, anclado a la acera por el peso de su gabardina, el viento moviendo los bajos contra sus piernas, la correa del perro laxa y curva, el manojo de llaves repicando con suavidad. El rostro impasible, los ojos mudos interrogantes, como un duelista congelado hasta que la noche termine, aguardando lo que el sol traiga, dispuesto a cumplir con los requerimientos y las briegas de su oficio sin más aspavientos que los necesarios. Qué esperas, viejo. Qué haces. Habla de una vez. Qué noticias traes de la oscuridad exterior. Qué puedes contarme. No creas que me corresponde a mí la primera palabra. La primera palabra es tu prerrogativa.
Nada cambió y de entre todo lo que los ojos eran y contenían entendí al fin lo que estaba viendo. Lo que había en su mirada.
Cree que he venido a matarlo.
El hombre tenía miedo.
Cree que ésta es la noche en que las venganzas se consuman.
Miedo del extraño que lo persigue en la noche, miedo de sus intenciones oscuras y de su paso vacilante, y miedo de la propia decrepitud, del irresistible paso de los años, de su larga y terrible sombra. Claudio Girón, el asesino Claudio Girón, la bestia Claudio Girón, estaba aterrorizado. Claudio Girón veía fantasmas. Claudio Girón se aprestaba para morir.
La quietud de la calle se rompió. Como animales muertos en un documental los segundos se aceleraron y estallaron sobre nosotros y los coches arrancaron y los transeúntes nos rodearon y circularon y el perro rompió a aullar y para que no cupiese duda o pudiera ser descartado como una pesadilla o una alucinación sostuve la mirada de aquellos ojos que eran testigos y responsables de eventos inimaginables y alcé la mano en un gesto que nació con los hombres y les pertenece solo a ellos y que no es saludo ni despedida, quizá reconocimiento, quizá una promesa y un desafío. Sé quién eres. Sé quién soy. Esta historia acaba aquí.
Metí las manos en la cazadora, giré sobre mis talones y me alejé.

Nunca volví a ver a Claudio Girón.

XVIII

Itziar despertó temprano. Apartó con un brazo las mantas y las sábanas y se sentó al borde de la cama. El pelo revuelto, el rostro hinchado de sueño. Puedo imaginarla, los mechones desordenados a contraluz en la venta, la indecisión gris del amanecer. Los pantalones del pijama, holgados y a cuadros rojos y negros, una camiseta de manga larga, oscura, cálida. La mañana en que decidió borrarse del mundo. Fue al cuarto de baño, sin encontrar a ninguna de sus dobles por el camino, y en el silencio de madrugada, que no era silencio en absoluto, lleno del rumor de los coches en la calle, de cisternas vaciándose en los pisos superiores, tuberías que vibran y el martilleo lejano de una obra, se lavó la cara y se miró en el espejo con atención. Perlitas de agua sobre las cejas rubias. Los ojos enrojecidos y acuosos. Abrió el grifo de agua caliente en la ducha y se desnudó y entró con cuidado en la bañera. Volvió a su cuarto envuelta en una toalla, el pijama y el sujetador y las braguitas una bola apretada en su puño, y tiró la ropa, como si fuera a volver alguna vez para echarla a la lavadora, a un cesto de mimbre y dejó también allí la toalla. Permaneció desnuda, temblando un poco, la piel erizada, observándose en el espejo junto a su cama. Un espejo alargado y rectangular que la duplicaba de las rodillas a la coronilla. Se abrazó el cuerpo, se cubrió los pezones empequeñecidos. Como si sus ojos en el cristal fueran ojos que pudieran escrutarla. Como si pudiera así aplacar el frío y la oscuridad de la habitación. Abrió el armario, se vistió con lentitud. Un sujetador gris, unas bragas blancas. Calcetines verdes. Pantalones vaqueros. Una camiseta azul oscuro. Se cepilló el pelo y lo recogió en una coleta y cuando se miró en el espejo sintió de nuevo que sus ojos eran otros ojos y no quiso seguir mirando. Sacó del armario una de las dos maletas que tenía, la pequeña. Cogió ropa interior, calcetines. Seleccionó otro par de pantalones, algunas camisetas, una falda que casi nunca se ponía, una camisa, una blusa. Lo dispuso sobre las sábanas. Lo dobló, lo colocó en la maleta. Hizo la cama y luego se sentó en su borde, otra vez a contraluz, en el amanecer más claro y más incuestionable, y tomó el teléfono móvil de la mesita de noche y lo encendió. Leyó mensajes antiguos. Me gustaría pensar que alguno mío que todavía perdurase codificado en la memoria del aparato. Borró todos los mensajes. Dejó el teléfono móvil en la mesita. Se calzó sus zapatillas de punta de goma blanca y fue hasta la percha y descolgó y se puso su trenca azul y tomó del asa su pequeña maleta y así ataviada y ligera de equipaje salió de la habitación y del piso.

XIX

Recibí el correo electrónico unos días después. Otro texto perfecto y breve. El hermano de Itziar prescindía de saludos o de preguntas y se limitaba a transcribir lo que se sabía del último día de su hermana. Lo poco que había podido descubrir por su cuenta, lo poco que la policía y un investigador privado contratado por la familia habían desentrañado. Itziar se despertó una mañana muy temprano e hizo la maleta y se fue. Se sabe que pidió un taxi para que la llevara a la estación de Atocha y debió hacerlo desde alguna cabina o desde el teléfono de algún bar pues dejó su teléfono móvil en la habitación. En Atocha se determinó que compró un billete. Camino de una ciudad en la que, que se supiera, nunca había estado ni conocía a nadie. No se pudo precisar qué hizo con la hora que medió entre la compra del billete y la salida del tren. Pero puedo imaginar, como puedo imaginar todos y cada uno de sus movimientos, y sé que no me equivoco, que pasó el rato en alguna cafetería, bebiendo un café con leche, que compró cigarrillos y fumó uno mientras hojeaba un libro. Quizá uno de Cortázar, quizá de uno Henry Miller.
Todavía era muy temprano cuando llegó a la ciudad. Una ciudad pequeña y somnolienta con una parte vieja llena de palacetes de piedra y callejones estrechos. Las tiendas y los comercios comenzaban a abrir. Se podía oler la noche fría en las calles. El rocío en los árboles raquíticos de las aceras. Había perros y gatos escabulléndose como proscritos de las primeras luces del día y niños que arrastraban carteras con ruedas y en los bares se servían cafés y churros y tostadas. Nadie la recuerda en esos bares o en las pensiones u hostales cercanas. Solo un hombre, un librero, pudo dar cuenta de ella. Itziar entró en una librería de viejo, conversó un rato con el propietario, compró un libro y se marchó. Esto es lo último que se sabe de ella. Después ya no hay más Itziar. Itziar ya no está. Itziar se ha ido.

Han de respetar unos pasos los que se disponen a desaparecer. Una liturgia privada que lo contemple todo, una ceremonia, un rito, unas abluciones, un simulacro de orden en una vida que, puede, se abandona porque no se soporta su desorden. Aquella mañana, como si me dispusiera a borrarme del mundo, desperté cuando todavía era de noche. Me senté al borde de la cama y me miré las manos y los pies y escuché el sonido de la madrugada deshaciéndose a mi alrededor. Pensé en los sueños que había tenido. Fui a la cocina y miré en la cafetera. Estaba vacía. La desenrosqué, saqué el filtro y lo miré. El residuo compacto y negro. Golpeé el filtro contra el cubo de la basura y se desprendió un medallón de café apelmazado. Enjuagué las piezas por separado, las sequé con un trapo. Monté el filtro, le eché café con una cucharilla, enrosqué la cafetera y la puse al fuego. Me encendí un cigarrillo mientras esperaba el borboteo. Me serví un café y lo bebí en la luz vaga que entraba por la ventana de la cocina. Era amargo y fuerte. Al terminarlo lavé la taza y tiré el café sobrante y desmonté otra vez la cafetera para lavarla y ponerla a secar. En el cuarto de baño me lavé la cara y me mojé las muñecas y, más despierto ya, puse el tapón en el lavamanos y acumulé agua caliente y me afeité. Me corté el pelo con unas tijeras pequeñas e inadecuadas. Hice un buen trabajo, dentro de lo que cabe. Lavé el lavamanos de espuma de afeitar y barrí el suelo de mechones de pelo. Abrí el grifo de la ducha. Me sequé en el centro exacto del cuarto de baño y, tiritando, pasé la mano por el espejo empañado y observé la extrañeza lampiña de mi propio rostro. Me vestí en la habitación y barrí el suelo de pelusas y polvo acumulado y pasé un paño sobre la mesa y el monitor del ordenador y por la estantería. Vacié el cenicero en la papelera, soplé las cenizas por la ventana. Metí toda la ropa sucia en una bolsa de plástico y la dejé dispuesta para ir a la lavadora. Ordené un poco el armario, cerré los cajones. Hice la cama por primera vez en meses. Cogí un libro de la estantería y lo embutí en el bolsillo interior de la cazadora y la doblé en el respaldo de la silla. Me senté al borde de la cama, el amanecer ya consumado en el cielo, y encendí un cigarrillo y lo fumé sin pensar en nada en especial. En cómo se olvidan los sueños al despertar. En las formas quebradas de la ceniza. Dejé el filtro retorcido y humeante en el cenicero. Me puse la cazadora. Miré mi habitación imaginando que no volvería a verla. Los libros. Los carteles de películas, las chinchetas en sus esquinas, el infame gotelé. El móvil en la mesita, la luz testigo haciendo un guiño ocasional. Sin maleta. Salí de la habitación y del piso.

Llamé a un taxi desde una cabina telefónica. Hacía frío y hacía sol y el cielo era azul. No quedaban charcos de lluvia. El taxi me llevó a la estación de Atocha. Compré un billete y maté el tiempo en una cafetería, hojeando el libro. Mientras el tren entraba en el andén intenté imaginar dónde había esperado ella. Si se habría sentado en alguno de los bancos rojos o si aguardaría de pie mirando el largo recorrido de los raíles grises, la grava alquitranada entre las vías. Continué leyendo en el vagón, a ratos mirando el paisaje. El desfile del extrarradio, las carreteras, las ciudades dormitorio, la progresiva ruralidad. Ganado en la dehesa que levantaba las cabezas al paso del tren. Terneros que corrían alejándose de las vías. Pájaros en el tendido eléctrico, siluetados en negro como pacientes funerarios. Un caballo paciendo en un cercado y una larga extensión de tierra verde en la que enormes rocas grises parecían haber llovido del cielo o surgido como improbables hongos graníticos.
Horas después, anquilosado y aturdido por el viaje y la falta de sueño, llegué a la estación de la ciudad. Desde el andén entré en un vestíbulo amplio, las taquillas a un lado, una hilera de asientos de plástico al otro, un teléfono de pago en la pared. El techo del vestíbulo era alto como el de un aviario o una catedral.
Salí a la calle y vi una rotonda y a lo lejos la estación de autobuses y un parque más allá. Caminé por la acera, echando vistazos al interior de los bares, a los escaparates de las tiendas. Imaginándola a ella. Sabiendo el camino que habría tomado. Pasé la rotonda y la estación de autobuses y antes del parque encontré la librería de viejo. Acababa de abrir y un hombre gordo sacaba un estante con ruedas a la puerta. Lo dejó allí y entró en la tienda. En el estante había una caja con libros pulcramente apilados y un cartelito de cartón que anunciaba libros a un euro. Eran novelitas rosas, manuales técnicos desfasados, textos políticos de finales de los setenta, amarillentos, desencuadernados. Cualquiera podría coger alguno de los libros o incluso la caja entera e irse sin más, pero pensé que cualquiera tan raro como para interesarse en un libro así sería tan raro también como para entrar a pagarlo. El escaparate de la librería tenía todavía la persiana metálica echada. Dudé un momento y empujé la puerta para entrar. Una campanilla repicó sobre mi cabeza. El hombre gordo estaba tras un mostrador leyendo el periódico. Me miró y arqueó las cejas. ¿Está abierto?, pregunté.
Sí, bueno, dijo. Por qué no.
Es muy temprano, dije.
No importa. Pasa.
Las paredes estaban forradas de libros hasta el techo. Era un local estrecho, con el suelo de madera alabeada por el tiempo y la humedad. Olía a papel. Mis pasos crujieron. El hombre bajó el periódico y me miró.
Hola, dije.
Hola, dijo. ¿Qué quieres?
Eh... Es complicado.
A ver. Habla.
No es sobre libros.
El hombre dobló el periódico y lo dejó a un lado. Sacó un paquete de Ducados y un Zippo del bolsillo de su camisa. Tú dirás.
Quizá no lo recuerde, pero, hace más o menos un año, vino una chica...
El hombre asintió. La chica, dijo. La chica rubia, ¿no?
¿La recuerda?
El hombre se encogió de hombros. Sí. Es un decir. No la recordaría ahora si no hubiera venido aquel tipo preguntando por ella. Se puso un cigarrillo en los labios y lo encendió con el mechero. Perdona, ¿fumas?
Sí.
Coge uno. Empujó el paquete por el mostrador hacia mí.
Gracias.
El tipo decía que era detective. Ya ves. Peliculero. Me enseñó una foto de ella y la reconocí. Fue curioso que la reconociera entonces, pienso. Pero vino muy temprano, cuando acababa de abrir y... El hombre me miró, ladeando un poco la cabeza. Fue sobre esta hora, de hecho, dijo.
¿Por eso la recordó?
Por eso y por la conversación.
¿De qué hablaron? Si no le importa decírmelo...
El hombre dio una calada y sopló el humo como si meditase la respuesta. No me trates de usted, dijo. ¿Eres familia suya?
No, dije.
¿Entonces?
Soy un amigo.
¿Un amigo?
Sí.
¿Un novio?
Algo así.
Bueno, te diré lo mismo que le dije al tipo aquel. No recuerdo cada palabra. Hablamos de libros. La recuerdo por lo temprano que llegó y porque era simpática. Seria, pero simpática. No esa clase de gente simpática, dijo, como si hubiera una clase de gente simpática que le diese ganas de vomitar. Simpática sin más. Amable.
Sí, dije. Lo sé.
El detective me dijo que había desaparecido.
Asentí. Éste fue el último sitio donde fue vista.
Ah, ¿sí? Vaya. No me dijo adónde iba ni yo se lo pregunté, claro. En eso no puedo ayudar nada.
Lo entiendo.
Y tú la estás buscando.
No lo sé, dije. Sí. Algo así.
El hombre se retrepó en su silla y volvió a mirarme con fijeza. Fuma, dijo.
Cogí un cigarrillo del paquete y lo encendí con el Zippo. El tabaco negro se me atravesó en la garganta y tosí un poco. Cerré la tapa del mechero, gastada y llena de arañazos.
Eh, cuidado, dijo el hombre.
No pasa nada, dije.
De bajo el mostrador el hombre sacó una valva de mar ennegrecida y echó la ceniza allí. Mi cenicero, dijo. Hablamos solo un momento. De nada en particular. De libros.
Compró un libro, ¿verdad?
Sí. Lo cogió de la caja de fuera. Por eso entró.
¿Qué libro?
No lo recuerdo, dijo. Creo que era de Julio Verne. Sí. De Julio Verne. Porque se lo comenté. Que las chicas no solían comprar ese tipo de libros. Ni los chicos, si lo pienso bien. Los libros de Julio Verne ya solo los compran gente como yo.
Un libro de Julio Verne, dije.
Pero no recuerdo cuál. Ninguno de los famosos.
Ya...
¿Ya?
Sí. Sé qué libro fue. Estoy seguro.
El hombre frunció el ceño, pero no preguntó. Se pasó la mano por la papada.
¿Qué hizo?, pregunté. Cuando entró. Cómo fue.
Pues entró por la puerta, dijo señalando con el cigarrillo. Con el libro en la mano. Preguntó si estaba abierto.
¿Cómo llevaba el pelo?
¿Qué?
El pelo.
No sé. Recogido, creo. En una coleta o un moño.
Llevaba una maleta, ¿verdad?
El hombre dijo que no lo recordaba,.
¿Dónde se paró? ¿Justo aquí?
El hombre dio una calada y aplastó el cigarrillo en la valva y sopló el humo. Si me sigues preguntando cosas así acabaré por inventármelas. Para dejarte contento. ¿Quieres que haga eso?
No, dije.
No recuerdo gran cosa. De hecho, ya no sé si lo que recuerdo fue tal como te lo cuento. La memoria es así. Se esfuerza por llenar los huecos. Sobre todo si no estabas prestando atención... Vino, compró el libro, se fue. Nada más. Cuando le dije que las chicas no solían comprar ese tipo de libros se rió y dijo que ella tenía interés por leerlo. Me dio el euro y se lo llevó. El libro valía más de un euro, pero no dije nada. No sé qué hacía en la caja de fuera. Un despiste.
Gracias, dije.
No puedo decir más.
Lo sé. Perdón por la molestia.
Apagué el cigarrillo en la valva e hice un gesto de despedida.
El hombre se rascó la cabeza mirando al techo y luego dijo: ¿Crees que la encontrarás?
No lo sé, dije. Creo que no. Creo que no quiere que la encuentren.
A lo mejor tendrías que respetar eso.
Sí. A lo mejor.
Yo casi nunca entiendo lo que la gente hace o por qué lo hace. Dejé de preocuparme al respecto. Las elecciones que se hacen. Los caminos que se toman. No puedes hacer demasiado.
Sonreí y metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Los libros son más sencillos, ¿verdad? Más fáciles de entender.
El hombre sacudió la cabeza. Me miraba como si calibrase un nuevo factor en la ecuación de la mañana. Los libros son como cualquier otra cosa, dijo. Si te engañas con eso te engañas con todo.
Me tengo que ir.
El hombre levantó una mano. Que tengas suerte, dijo.
Gracias. Buenos días.
Buenos días, chaval.

XX

Hablemos de Itziar.

Saliendo de la librería. El pelo recogido, el libro en la mano, la maleta rodando tras ella. El resto del día a su disposición así como el resto de su vida. Los fantasmas del pasado ululando perdidos a cientos de kilómetros, en una habitación vacía y ordenada, girando alrededor de un teléfono móvil. Itziar entrando en el parque y sentándose en un banco, la trenca azul abierta, mechones rubios liberados de la coleta movidos con suavidad por el viento, abre el libro y comienza a leer.

El parque era grande y verde. No había fuente pero sí un estanque y en medio una escultura negra que representaba una vetusta tortuga gigante. Me senté en el banco y encendí un cigarrillo que no me apetecía en absoluto y dejé que se consumiera entre mis dedos.

Sé que estuviste aquí. Dónde estarás ahora.

Los sueños se confunden con la realidad. La realidad nunca se confunde con los sueños.

Pero sí, a veces sí, como si se inyectaran en el mundo los humores oníricos y se extendiese la textura de un sueño en lo que te rodea. Matices imposibles en el verde del césped. Palabras en el susurro de las ramas, en las hojas que caen. Un recuerdo por el que te puedes pasear. Un andén de metro, tomando sus manos, mirando sus ojos de bronce viejo. Eres una persona extraordinaria. Me alegro tanto de haberte conocido. Como una ventanilla que no dejara de romperse. Un crujido que se sostiene en el tiempo y que es lo único que importa. La fragilidad del momento perfecto, cuando la vida es exactamente lo que quieres que la vida sea...

Como un espectador en un teatro que abandonase la platea para subir al escenario y apartar un poco, solo un poco, el telón y mirar su reverso probable, la imagen entre los pliegues del lienzo rojo como la sangre, Itziar sentada en una playa, la playa al final de las playas, una playa que se desdibuja, erosionada por los milenios hasta que sólo asoma su esbozo trazado en el principio de los días, el mar desenrollándose a sus pies, el rostro tintado de crepúsculo, el pelo rubio blanqueado por el sol, y el cielo que destella verde un segundo, apenas un segundo, un segundo de un millón de años, y se extiende sobre el horizonte y sobre todas las cosas como un cielo de otro mundo, un cielo extraño y ajeno, un cielo marciano, un cielo venusino, y sonríe y cierra los ojos, y después el sol se hunde, la noche llega, el fin del tiempo, una infinita belleza.

XXI

De vuelta en la estación de trenes eché un vistazo al panel de horarios y compré un billete en la taquilla. Todavía faltaban un par de horas para la salida y pensé en tomar un café o comer algo en la cafetería, pero no tenía ánimos. Me dejé caer en uno de los asientos de plástico y me dejé resbalar por el respaldo para acabar mirando al alto techo.
Pasado un rato vacié mis bolsillos en el asiento contiguo, un par de llaves, un billete arrugado, calderilla, la tarjeta de Reina Rifar con las esquinas dobladas, rota por los bordes. Lo examiné con atención, la manera en que se habían situado, lo que pudiera leerse en su disposición de huesos y cuentas de chamán, y lo recogí todo y me levanté para ir hasta el teléfono de pago. Eché las monedas, marqué el número. Tras unos tonos el buzón de voz me informó de que podía dejar un mensaje. Me quedé callado unos largos segundos. Hola, dije al fin. Soy yo... Quería hablar contigo. No sé qué quería contarte. Me he bloqueado. Se me ha ido...
Intenté reír pero sonó algo parecido a una graznido.
Yo... Estoy lejos de casa. He venido a buscar a Itziar. No la he encontrado, pero no importa. Ya no importa. Tampoco me importa ya Claudio Girón. Eso es lo que quería, pedirte perdón. No quería hacer las cosas así. Nunca quiero hacer las cosas como las hago... Perdóname. Solo eso.
La voz se me entrecortó. Carraspeé, me pasé la manga de la cazadora por los ojos. En realidad estoy bien. Muy bien. Esta ciudad es bonita. Parece un poco triste. Pero es bonita. Es una ciudad para dar paseos.
Eché las últimas monedas y durante un momento no puede articular palabra y pensar en nada más que decir y me limpié otra vez los ojos y pensé en mí, allí de pie, en la patética estampa de mi figura doblada sobre el teléfono, y en los días perdidos y las noches interminables, en los difuntos y los desaparecidos, en los amantes, en la sangrienta historia del siglo veinte, pero qué historia no lo es, y en Itziar y en Claudio Girón y el perro lanudo, en todas nuestras pobres y miserables sombras. Ojalá estuvieras aquí, dije y colgué el teléfono.
Después volví al asiento y me cubrí la cara con las manos y cuando me calmé pensé que me apetecía un cigarrillo. Pensé que cuando volviera a casa echaría la ropa sucia a la lavadora. Pensé que me sentaría delante del ordenador y lo pondría todo por escrito. Una palabra tras otra, imperfectas y desarticuladas, hasta dar cuenta de esta penosa y ridícula historia.

Más tarde, a lo mejor, me entretendré en componer una canción de amor. Una que no empalague, una que no lloriquee, una que tenga sentido. Una sin letra que nos distraiga.

Quizá solo una melodía para silbar en el crepúsculo.

jueves, septiembre 27, 2007

esto no es una canción de amor (IV)

Parte cuarta: Ojalá estuvieras aquí

Despeñarse era un asunto mental.

Juan Villoro

XIII

Soñé muchas veces que hablaba contigo, le dije a Itziar. Durante meses, te soñaba. Apenas dormía. Creía que me estaba volviendo loco. No hacía nada. No leía, no escribía, no comía. Fumaba mucho. No he conseguido fumar menos desde entonces. Quería estar todo el tiempo despierto. Bloqueaba tu recuerdo con fantasías evasivas. Historias de aventuras y ciencia ficción, pastiches elaborados para matar la vigilia. No hablaba con nadie. Por las noches te soñaba, en lo poco que dormía. Tu recuerdo estaba tan bloqueado que a veces te soñaba con el nombre equivocado. Te soñaba a veces como la chica equivocada, con otra cara, otro pelo, pero eras tú siempre. Eso lo sabía al despertar. Hablaba contigo y te contaba cosas. Me moría por contarte cosas. Quería que las oyeras. Soñaba hasta que te hablaba de mis sueños. Te decía que soñaba contigo cada noche. Te decía que a veces te equivocaba el nombre. Odiaba soñarte. Odiaba despertar. Odiaba caer dormido. Me estaba volviendo loco.
Había ajetreo en la cafetería. Gente que iba y venía por entre las mesas. Bandejas en equilibrio, tintineo de vasos y tazas y cucharillas y dibujos de posos de café e infusiones y como una bruma dorada de cigarrillos en el aire y como el sonido ambiente de una película mal doblada, apagado, distante, con retazos de diálogos en un idioma desconocido. Le dije a Itziar: Dolía tanto pensar en ti. Pero luego dejó de doler, muy despacio, y volví a leer y a escribir y recuperé el apetito y supe que no me iba a volver loco. Cuando alguien me hablaba de ti yo me encogía de hombros y no decía nada. De vez en cuando, me despertaba y sabía que te había soñado un poco, un ratito, pero no lo recordaba. Después ni eso. Me acosté con otras mujeres. No quise a ninguna. No perdí la esperanza. No te echaba de menos.
Itziar no decía nada. Permanecía quieta en su silla, las manos puestas en la mesita rectangular de mármol, el aspecto de una lápida erosionada y mordida por el sol y el viento, una tacita de cristal afiligranado y asa metálica enroscada en su base, una bolsita de té rojo, el pelo rubio oscuro suelto como acostumbraba, del tono exacto de ciertas joyas antiguas, los ojos del mismo color, los párpados ribeteados de sombra, moviéndose con la extrañeza de una cámara lenta reproducida a tiempo real.
Y ahora esto, le dije. Después de tanto tiempo. Esto.
Quise agarrar sus manos, un gesto desesperado, pero había tantas cosas entre nosotros, tazas, cucharillas, ceniceros, platillos, botellas grandes y pequeñas, azucareros, paquetes de cigarrillos, objetos que se duplicaban y fundían unos con otros y se reintegraban a sí mismos y se difuminaban como nieblas de río, que supe que iba a tirarlo todo y mantuve mis manos quietas, aferradas a mis rodillas, y dije: Itziar.
La cafetería temblaba como un escenario sumergido.
No entiendo nada, dije. Nada de todo esto.
Abrí los ojos en la ondulación azul de la almohada. Entraba un día desagradable y mezquino por la ventana, pobre de sol y mojado. Me giré en la cama, mudando el costado sobre el que me tendía, notando el mundo inestable y confuso girando a mi alrededor. No quería volver a dormir. Tenía la boca seca y me dolía la cabeza. Estoy enfermo, me dije. Voy a volverme loco. No quería estar despierto. Tampoco quería pensar, pero pensé en muchas cosas, en los muertos y los desaparecidos, en los amantes y los abandonados, en las diversas formas y mascaradas de la pena. Pensé en que podía recordar su rostro en sueños y en que lo recordaba más hermoso de lo que nunca había sido. Pensé en días de un desconsuelo tan fuerte y tan absurdo que parecían recuerdos prestados y pensé que habían sido mis días, todos y cada uno de ellos, así como también habían sido mis días los que pasé con ella, y los que hubo antes de ella, y como habían de ser míos los que me restaban por alcanzar. Pensé también en estrellas muertas, constelaciones negras perfiladas a una distancia inconmensurable, concentraciones masivas de materia fría y yerma que han lanzado su último destello y se apagan, una luz lejana e incierta cuyo origen ya no existe y que agujerea con firmeza el tejido del vacío.

No fui a trabajar. Pasé el día fumando, buscando dibujos en el gotelé de las paredes. Tragué café y aspirinas. No estaba enfermo, pero me sentía fatal, extenuado. La resaca de la euforia. Tumbado en la cama, observando el caracoleo del humo, ocupado en el trámite no de tomar una decisión si no de descubrir la que ya había sido tomada en algún subnivel de la conciencia, en los sótanos brillantes, por los chicos del laboratorio, la panda de desconsiderados que se dedicaban a fabricar rompecabezas con los recuerdos y a devolverlo todo mezclado, todo hecho un desastre, también conocidos como los paisajistas oníricos, los artífices del ensueño, esos pequeños bastardos.
Llamé a Reina Rifar, sentado en el borde de la cama como un penitente en una cuneta, transido y maloliente, indistinguible de la maleza y los rastrojos. ¿Sí?, dijo Reina Rifar.
Hola, dije. Soy yo.
Ya veo. Qué tal.
Bien. No te llamé ayer...
Ah, no pasa nada.
Perdona.
No pasa nada.
Fue un día complicado.
No importa, pero si quieres quedar...
Quiero.
¿Te viene bien hoy?
No.
Ya, a mí tampoco, en realidad. ¿Mañana? O si quieres dejarlo para el fin de semana...
Mañana está bien, si quieres.
Claro. Te llamo cuando salga de trabajar y quedamos...
Reina.
Qué.
Necesito una cosa.
Sí, dime.
La dirección de Claudio Girón.
¿Cómo?
La dirección de Claudio Girón.
Te he oído, dijo Reina. ¿Para qué quieres su dirección?
Es complicado, dije. Muy complicado.
Reina dijo mi nombre, que se quedó colgando un momento en la línea entre nosotros y si los nombres espesan el aire también pueden vaciarlo y despojarlo de cualquier significado, y añadió: No te voy a dar su dirección. No puedo, qué pretendes.
Te lo explicaré. Mañana. Necesito su dirección.
No.
Reina, dije. Te lo explicaré.
No.
Mañana. Lleva la dirección. No te pediré nada, nunca más.
Repitió mi nombre.
Reina, dije. Mañana. Por favor.

Largo rato en la misma postura, el teléfono muerto en la mano. Creía que lo único que me separaba de ella era una serie de números. Como una fórmula de alquimista. Un conjuro, una clave, un abracadabra. Nueve números que sólo significarían su nombre. Nueve números que traerían su voz. Números que en sí mismos no dicen nada. Nunca había pensado en ello, en lo absurdo que es. Lo lejos que se puede caer, separados por una membrana tan fina. Podría marcar nueve números ahora, al azar. Podría escuchar la voz de un extraño. Conservará ella mis números, cabe preguntarse. Conservará ella la posibilidad de mi voz.
Subí las piernas a la cama y me abracé las rodillas y permanecí así, sintiéndome fatal, un zumbido en la cabeza, los pies fríos, exceso de café barato quemándome las entrañas. Busqué los cigarrillos con la mirada, pero no di con ellos en el panorama de mi habitación, la estantería desvencijada que rebosaba libros, la mesa llena de papelajos, el monitor del ordenador como un ojo ciego, rastros grises de polvo y ceniza, y bajé los párpados y vencí la cabeza hacia las rodillas y me mecí en aquella posición, ni dormido ni despierto, dejando que el tiempo se arrastrara hasta el siguiente compás de esta canción desarticulada.

XIV

En el trabajo, nada más sentarme en mi cubículo delante del ordenador y ponerme el auricular del teléfono, montado en una diadema de plástico, la coordinadora de mi sección se acercó y me preguntó si podía hablar con ella un momento. Claro, dije, dejando el auricular colgando de la pantalla. La seguí hasta su mesa, al final de una larga hilera de cubículos, por entre el rumor de los teclados, los clics de los ratones, el monótono recital de las voces. Ella se sentó en la mesa y me indicó una silla. Siéntate, dijo.
Me senté. Ayer no viniste, dijo.
No.
¿Estabas enfermo?
No.
¿Tienes justificante médico?
No estaba enfermo.
Se echó hacia atrás en su silla. Ya. ¿Qué te pasó?
No podía venir, dije.
¿Tienes alguna excusa, alguna justificación?
No.
Me miró fijamente, extendió la mano y cogió un bolígrafo. Hizo tac, tac, tac contra el borde de la mesa. Ya veo. ¿Cuál es tu zeta?
Zeta setenta y siete, dije.
Lo tecleó en su ordenador, hizo un par de clics con el ratón. Miró la pantalla. Y hoy has llegado tarde, dijo. Cuarenta y ocho minutos.
Eso parece. Volvió a mirarme. La calidad de tus llamadas también ha bajado, dijo. Quizá tengas que repetir la formación. Refrescar conceptos.
Me encogí de hombros.
¿Cuánto llevas en la empresa?
Once meses.
Ella asintió. Tienes que ponerte las pilas si quieres seguir con nosotros. No hemos tenido problemas contigo, no empieces ahora.
No es mi intención, dije.
Volvió a hacer clics con el ratón. La impresora junto a la mesa ronroneó y empezó a escupir un papel. Vamos a amonestarte, dijo. No hace falta llegar a más esta vez, pero una falta injustificada puede ser considerada grave. Implicar una sanción. Suspensión de empleo y sueldo. Incluso despido.
Lo sé, dije.
Cogió el papel de la bandeja de la impresora, lo sopló y lo agitó un poco. Toma, dijo. Cogí el papel, lo leí por encima. Membrete de la empresa, fechado a día de hoy, mediante la presente se me comunicaba de las consecuencias de mi falta el día anterior sin justificación ni aviso previo, blablablá.
No se te abonarán las horas del lunes, dijo. Tampoco los cuarenta y ocho minutos de hoy.
De acuerdo.
Tienes que mejorar tu actitud.
Qué es esto, dije.
¿A qué te refieres?
Leí del papel: Este comportamiento supone la inobservancia y desobediencia de las órdenes y disciplina del servicio, repercutiendo gravemente en la calidad del servicio ofrecido, descuadrando su dimensionamiento, así como los objetivos establecidos.
Significa que no has cumplido con tus responsabilidades.
Sé lo que significa, dije. Pero es el ejemplo de prosa más pomposo y vacío que he visto nunca.
Ella frunció el ceño. Bien, dijo. ¿Quieres decir algo más?
Nada.
La amonestación te llegará por carta. Ahora tengo que enviarla al departamento de recursos humanos. Puedes volver a tu puesto. Gracias.
Dejé el papel en la mesa y me levanté. Fui hasta mi cubículo, me coloqué el auricular. Entró una llamada al momento. Buenas tardes, dije. Servicio de activación de tarjetas.
No me había identificado, ni dicho el nombre de la empresa, ni preguntado en qué podía ayudar al cliente, tres cosas por las que podían volverme a sancionar. Escuché una voz en mi oído. Una voz de hombre haciendo una petición ininteligible, un requerimiento de otra dimensión, de un planeta extrasolar, un trámite quizá cotidiano entre los ámbitos de la vida real, rutinario hasta unos días antes, pero que en ese momento me resultaba tan hermético como un ritual babilónico. Lo siento, dije. No puedo atender su llamada ahora.
Me quité el auricular, desconecté el teléfono. Miré la postal pegada a la plancha de plástico gris, la playa de Cancún, su belleza insípida, liofilizada. La despegué con cuidado, retirando el celo con la uña. Unas líneas escritas en el anverso: Todo esto es precioso. Lo estoy pasando muy bien. Ojalá estuvieras aquí. La postal no tenía sello, nunca había sido enviada. Volví a pegarla. Me puse en pie, cogiendo la cazadora del respaldo de la silla y poniéndomela mientras echaba a andar por el pasillo. La coordinadora me miraba desde su mesa. La gente me miraba desde sus cubículos. Adiós, dije. Llegué a las escaleras, ascendí desde la infame noche eléctrica hasta el vestíbulo y gané la calle. Respiré con fuerza, olor a macadán mojado en el largo crepúsculo invernal, un reflejo de cielo rojo y nubes en los charcos de las aceras. Absurda y fuera de lugar la luna descollando sobre un horizonte de edificios y naves industriales. Encendí un cigarrillo. Caminé hacia el cercanías. No tienes ni la más remota idea de lo que estás haciendo.

Un número restringido. Sí, hola.
Hola. Cómo estás, dijo. Su voz metalizada, parafónica. Eso nunca lo has tenido, pensé. Una voz bonita.
Bien, dije. ¿Qué quieres?
He estado pensando en ti.
Más allá de su voz, rumor de gente, de pasos, de exclamaciones, vocecitas femeninas. ¿Dónde estás?
En el centro. Internada.
La imaginé de pie en un vestíbulo, el pelo recogido en las orejas, dentro de un pijama holgado de hospital, gris o azul, su cuerpo menudo y huesudo, pies desnudos en zapatillas de papel, una hilera de teléfonos de monedas adosados a la pared, todos desocupados menos el suyo, el deambular de las chicas perturbadas, enfermeras empujando carritos de medicinas por pasillos interminables, un cierto olor a desinfectante. Cuánto habrá de inexacto en esta imagen.
Has estado pensando en mí.
Aquí tengo mucho tiempo para pensar.
Aquí, en el cubil de la araña. Y cómo piensan las arañas. Piensan que tienen siempre hambre.
Qué quieres.
Nada. Saber cómo estás.
Estoy bien, ya te lo he dicho.
Saber qué vas a hacer ahora.
Hacer, dije.
Sí.
Voy a encontrarla.
Escuché su suspiro como una ráfaga de estática.
Pero para qué.
Para lo mismo que pensaba hacer desde el principio, supongo. Decirle hola. Qué tal. Sentarme con ella en alguna cafetería. Preguntarle qué has hecho todo este tiempo. Nada más.
Escuché su respiración, lenta, desfallecida. A mí también me gustaría volver a verla, dijo al fin.
Se lo diré.
No vas a encontrarla.
Sí. De alguna manera.
Rió, desprovista por completo de alegría o humor. De nuevo la imagen de ella, los teléfonos, los largos pasillos. Escucha, dijo. Susurró una dirección de correo electrónico. Es de su hermano. Le he escrito. Le he dicho que querías mucho a Itziar. Le he dicho que le escribirías. Repitió la dirección. No la olvides.
No, no...
Es todo lo que puedo hacer.
Gracias.
Aldara, dije. ¿Cómo vas vestida?
¿Qué has dicho?
Cómo vas vestida. Qué llevas puesto.
Me vas a decir guarradas o qué.
No. Tengo curiosidad.
Llevo un chándal. Verde.
¿Cómo llevas el pelo?
Suelto.
¿Detrás de las orejas?
Sí.
¿Dónde crees que estoy?
¿Qué? No sé. En la calle. Oigo coches.
¿Qué más oyes?
Gente.
¿Crees que ha llovido?
Supongo. Llueve en todas partes.
Ahora no llueve, pero los árboles gotean. Estoy en Tribunal, esperando a una chica.
¿Y?
Es una historia complicada. Tanto como la nuestra. Acerca de un asesino.
Tú sí que estás chiflado, ¿lo sabes?
Empiezo a sospecharlo. Cuéntame algo.
Qué quieres que te cuente. No me quedan monedas.
Algo. Cualquier cosa.
No. Se va a cortar. No puedo contarte nada.
De acuerdo.
No hay nada que contar.
Siempre hay algo.
Entonces ven a verme cuando la encuentres.
Clic. Antes había un tono sostenido. Ahora hay un silencio como si se hubiera borrado el mundo al otro lado. Si no te das cuenta todavía puedes pasar un momento arrojando palabras al vacío.
De la boca del metro empezó a salir una andanada de gente con paraguas o chubasqueros, el calor subterráneo aún prendido a la ropa, Reina Rifar abotonándose el abrigo.

Venía seria. Cruzó la calle y espantó a un par de pájaros de la acera, gorriones hinchados, el plumaje color ratón. Al verme apenas asintió con la cabeza y se acercó. Se detuvo a más de un metro de distancia, todo en ella invitaba a no trasponer la distancia, la expresión, la pose, el ceño fruncido. Hola, dijo.
Qué tal.
Bien.
Llevaba un bolso al hombro y se entretuvo en colocar la correa, sin mirarme.
¿Quieres ir a algún sitio?
Da igual.
Vale. El otro día estuve en uno por aquí cerca. Aunque no sé si lo volveré a encontrar.
Echamos a andar por la acera. Se llamaba The Big Nowhere, era un poco raro...
Ya.
¿Lo conoces?
No.
Bueno, estaba bien.
Ya, dijo.
Por aquí, creo, dije, tomando una callejuela. Había menos peatones. Se estaba haciendo de noche y las farolas parpadearon y se encendieron. Una se quedó parpadeando.
¿Te pasa algo?
Caminaba sin mirarme. No, dijo. Se apartó el flequillo de la frente con la mano. ¿Conoces a Pedro?
¿A quién?
A Pedro.
Creo que no.
Ya. Él tampoco te conoce a ti.
Me detuve. Reina avanzó un par de pasos y se volvió para mirarme.
¿Quién es?
Trabaja en Diagonal.
Ah.
Ah, dijo.
Metí las manos en los bolsillos de la cazadora, me encogí de hombros. Fue una cagada, dije. Se me ocurrió en el momento.
Ya. Claro. Una cagada.
Yo...
Tú qué.
Pensé que sería más fácil. No pensé fuera a ser así, no...
Reina me miró. Me clavó los ojos.
Ser así qué, dijo. Y cómo es. Dímelo.
No lo sé. Nada es como esperaba que fuera. Nada de nada. Ni una puta cosa.
No te voy a preguntar cómo esperabas que fuera.
Tampoco lo recuerdo, dije, intentando sonreír.
Reina suspiró, casi un bufido. Miró hacia el parpadeo de la farola. Qué pretendías, eh. ¿Pensabas escribir algo sobre Claudio Girón, por lo menos?
Sí. Al principio. Ahora no sé.
No sabes.
Es complicado. Pero se puede explicar.
Explícamelo.
Vamos a algún sitio, dije. Va a empezar a llover...
Lloviznaba ya. Salivazos que arañaban los charcos, los techos de los coches, la luz intermitente sobre nosotros.
No voy a ir a ninguna parte, dijo. No quiero... No. No.
Pues ven aquí. Me refugié bajo un portal. Ven. En serio. Está lloviendo.
Reina me miró y me siguió y se apoyó en la pared contraria, perlitas de agua en el pelo y los hombros del abrigo. Puso los ojos en la calle. Saqué los cigarrillos. Me llevé uno a la boca. ¿Quieres?
No.
Lo encendí. Nada de mí, pensé. Ni cigarrillos. Ni mirarme.
Bueno, qué, dijo.
Espera, dije. Es complicado. Mucho. No sé por dónde empezar.
Por el principio.
Sí, ya. Es una larga historia.
Empieza.
Tomé aire. Lo pensé un momento.
Conocí a Itziar la misma tarde que Miguel Ángel de Lucas me dio el dossier de la Operación Gladio, dije. Creo que conoces a Miguel Ángel.
Ella asintió. ¿Quién es Itziar?
Itziar es la parte complicada.
Habla, dijo.
Y hablé. De todo. De Itziar. De las fotocopias manchadas de Claudio Girón. De la fascinación horrorizada. De los días grises. De mi trabajo de teleoperador. No ahorré detalles. Hablé tanto y tanto tiempo que la lluvia vino y se fue. Encadené cigarrillos. El frío se me metía por todas partes. Reina, envuelta en su abrigo, escuchaba con el rostro vuelto hacia la calle, los ojos que a veces me miraban, a veces no. Desglosé una a una las maneras en las que me rompí, las maneras en las que me recompuse. La manera en que volvieron a mi vida, mitad accidente, mitad otra cosa. Le dije que después de vaciarme de todo ellos habían permanecido. No habían tenido más que insinuarse un poco para tenerlos por completo de vuelta. No sé si lees novela negra, dije. Esas historias en las que el detective investiga dos casos por separado, que avanzan en paralelo, pero que siempre resultan ser el mismo... Tiene un nombre. Cuando las paralelas se tocan. No lo recuerdo. No importa.
¿Qué quieres decir?
Las dos historias vinieron juntas. Volvieron juntas. Siento como si tuvieran que cerrarse juntas también. Como si fuera una novela. Los cabos se atan a final. Unos a otros. Entiendes una parte y lo entiendes todo.
Pero qué tienen que ver, en realidad, dijo. Girón y esa chica. No son más que casualidades...
Ya, dije. Lo sé.
Entonces...
Entonces no cambia nada. Sigo necesitando entenderlo. Una parte, por lo menos. Aunque no lo entienda todo. Porque qué vida sería ésa. En la que las cosas pasan sin más. Cómo podríamos vivirla. Dímelo. Qué vida sería ésa.
Pues la que tiene todo el mundo.
Bueno. No es la que yo quiero.
La vida no es una novela, dijo Reina. Las cosas no tienen que encajar en ningún momento.
Lo sé.
Pero no te importa.
No me importa.
Eres un gilipollas.
Asentí. Puede que me esté equivocando, dije. Pero es mi puta manera de equivocarme.
Reina se tapó la cara con las manos y por un momento pensé que se iba a echar a llorar pero al retirar las manos sus ojos estaban secos y dijo: No te voy a dar la dirección. Es un disparate.
Vale, dije.
No tiene sentido.
Ni un poco, reconocí.
¿Qué harías?
Encontrarlo. Mirarlo. Mirarlo y saber quién es. Que es un hombre y tiene carne y piel y huesos y también un asesino y un monstruo.
Pero eso ya lo sabes. Lo estás diciendo. Qué otra cosa podría ser.
Lo sabré cuando lo vea.
¿Y de qué te iba a servir eso?
A lo mejor dejaba de hacerme algunas preguntas.
Estás loco.
Es una opinión muy extendida en estos momentos.
Sonrió, a su pesar.
¿Quieres un cigarrillo?
Reina sacudió la cabeza. Tengo, gracias. Abrió su bolso y sacó un paquete y se llevó uno a la boca. Lo encendió. La llama del mechero le iluminó el rostro, un tembloroso baño dorado, y se reflejó en sus ojos y al apagarse todavía permaneció en el extremo del cigarrillo una gotita de fuego, el brillo en sus pupilas, y se esfumó con una voluta de humo. La chica, dijo.
Itziar.
Itziar, sí. Todavía sigues enamorado de ella.
No.
No era una pregunta.
Ya. Pero no se trata de eso.
Cuesta verlo de otra manera.
Es exactamente lo opuesto. La busco porque ya no estoy enamorado de ella. Porque una vez la quise y ahora no. Porque no he vuelto a sentir nada parecido.
Reina sonrió de tal manera que me recordó a las sonrisas vacías de Aldara Cabo. También logró ponerme los pelos de punta.
Suena a que quieres volver a enamorarte de ella.
No dije nada y aunque no era un silencio de los que otorgan pudo haberlo sido y Reina parecía deliberar consigo misma, fumando con lentitud, mirando el desanillar del humo en la luz naranja. Tiró el cigarrillo a un charco. La brasa siseó al apagarse. Abrió su bolso y sacó un papel. Toma.
Lo cogí. Dos veces doblado. Letra pulcra y redondeada. Tinta azul.
La traías.
Hubiera preferido no dártela.
Gracias.
Reina negó con la cabeza. Hagas lo que hagas...
No terminó la frase. Miró el reloj de su muñeca. Tengo que irme.
Lo siento, dije.
No lo sientas.
Siento que sea así.
No importa. Tengo que irme.
Pero no se fue. Llovía otra vez, una lluvia suave que flotaba más que caía y se revelaba en los parpadeos de la farola como una nueva forma elemental, señales del mundo hidrópico que está por llegar. Reina, dije. Ella levantó la mano hacia mí, un ruego de silencio, cerró los ojos, los volvió a abrir, y echó a caminar bajo la lluvia.

lunes, septiembre 17, 2007

esto no es una canción de amor (III)

Parte tercera: Singularidad Prandtl-Glauert

Si alguien es capaz de comprender las razones que le indujeron a amar a una persona en determinado momento de su vida, es que sigue enamorado de ella; un amor extinguido es siempre absolutamente incomprensible.

Michael Chabon

X

En el portal del edificio me salió un tipo al encuentro, metido en una americana azul, el pelo gris, una papada de sapo. ¿A qué piso va?, me preguntó.
Al cuarto, le dije, dejando a medias el paso que estaba dando al interior.
¿Cuarto qué?, croó.
Eh... Cuarto b.
Ah, sí, pase, dijo el tipo, y se apartó.
Completé el paso y entré en el edifico. El portero anadeó hasta una silla y se sentó mirando hacia la calle. El portal era amplio y el suelo de mármol, viejo y agrietado, pero limpio, desprendía un olor de amoníaco perfumado. Había plantas de plástico. Fui hacia el ascensor, un modelo vetusto, abierto, que colgaba por el hueco de la escalera. Entré y pulsé el botón de del cuarto piso. El aparato traqueteó, se tensaron cables sobre mi cabeza, ascendí con lentitud. Tamborileé los dedos en la carpeta negra del dossier. El mismo mármol en el suelo del pasillo, un poco más amarillento y castigado por la lejía. Me acerqué a la puerta de los Rifar y llamé al timbre, un chirrido gemebundo. Alejandro Rifar abrió la puerta. Hombre, dijo. Pasa, pasa.
Pasé. Rifar iba en pantalones cortos y camiseta sin mangas, descalzo. El suelo estaba cubierto por parqué. Lo seguí hasta el salón, un sofá en ele, un par de sillones de aspecto mullido, que terminaba en una puerta corredera y una terraza. He aquí mi templo, dijo Rifar. Señaló los altavoces, la pantalla de proyección enrollada y colgada en la pared sobre la televisión. ¿Qué te parece?
Precioso, dije. Levanté la carpeta negra para que la viera. Oye, ¿está tu hermana?
Rifar negó con un gesto. Viene luego. Trabaja hasta los sábados, la tía. Ven.
Lo seguí de nuevo por otro pasillo hasta su habitación. Las paredes estaban forradas de estanterías con vídeos y deuvedés, y discos de vinilo, casetes, cedés, originales, copias cochambrosas, por docenas, cientos, algunos libros, la mayoría de cine y música, novelas aquí y allá. Sobre la cabecera de la cama una reproducción tamaño póster de la portada del In Utero. Mira, mira, dijo Rifar echándose sobre una estantería. Me pasó un deuvedé. El título estaba escrito en caracteres orientales, rojos y verdes, impresos sobre un primer plano de Alejandro Jodorowsky con los ojos abiertos y alucinados. El Topo, dijo Rifar. ¿La has visto?
No.
Yo sí.
¿Qué tal es?
Extraña, pero imprescindible, dijo, rascándose la cabeza. La descubrí hace mil años, una sorpresa de madrugada. He conseguido esta copia por Internet. Edición coreana. Dos horas de western metafísico.
Ah, pues genial, dije, dubitativo.
Voy a pillar más pelis.
Bien, bien.
Rifar se volvió hacia la estantería y yo me entretuve mirando el póster. En su momento, había escuchado bastante Nirvana, pero no lograba recordar gran cosa. Que me gustaba, que yo tenía trece o catorce años. Los noventa, pensé. La década que se había tragado a Claudio Girón, el agujero negro de mi adolescencia. Me pregunté si habían pasado realmente.
El último disco honesto del rocanrol, dijo Rifar.
Lo miré. Señalaba el póster. Lo grabó con la bata manchada de sangre con la que su mujer había parido, explicó Rifar, barajando unos deuvedés como si fueran cartas. Albini de productor. Directo desde las entrañas, puro desgarro. Se acabó la honestidad en el rocanrol, la gastaron toda ellos.
Rifar sacudió la cabeza con pesadumbre.
Ya sólo quedan canciones de amor, sentenció.
Volvimos al salón y Rifar trajo una bandeja con un par de latas de cerveza y patatas fritas. Me instalé en el largo sofá. ¿Se puede fumar?, pregunté.
Mejor no, dijo Rifar. A mi viejo se lo tienen prohibido. Por el corazón. Si Reina huele a tabaco dentro de casa me corta las bolas. Luego hacemos una pausa y salimos a la terraza. Como en el curro. Cinco minutos.
Rifar desenrolló la pantalla, colocó el proyector. Se sentó en uno de los sillones con el mando a distancia en la mano. El menú del deuvedé era indescifrable. Tardó un buen rato en lograr reproducir la película y no fue capaz de sacarle los subtítulos en coreano, lo que apenas le sumó extrañeza a una película que ya era de por sí, como el menú, indescifrable. El Topo era un pistolero vestido de negro que iba por el desierto con su hijo, un niño pequeño desnudo a excepción de un sombrero, repartiendo muerte, justicia y frases sentenciosas y místicas. La película rebosaba simbología cristiana y oriental. El Topo disparaba a las rocas del desierto y brotaba agua. El Topo se enfrentaba a los cuatro Maestros de la Pistola por el amor de una mujer y de cada uno de ellos extraía una lección. Había algo raro en la película, una oscilación entre su pretenciosidad y su contundencia, que no me dejaba decidir si era una basura o una obra maestra. Una obra maestra involuntaria, quizá, de una manera distinta a la que Jodorowsky habría deseado.
Rifar, sin embargo, comentaba la película fascinado, entusiasmado por cada plano. Sí, sí, es una mierda, reconocía. Pero mira eso, ¿no es genial?
Envidié profundamente su capacidad de entusiasmo, un estómago cultural capaz de encontrarle nutrientes a una roca muerta.
Reina Rifar volvió a casa justo cuando un tipo sin piernas, encaramado a un tipo sin brazos, encañonaba al Topo con un revólver. Hola, dijo, dejando su abrigo en una percha. Miró hacia el sofá. Eh, dijo, abriendo los ojos. Hola...
Hola.
No sabía que...
Le he invitado a ver pelis, dijo Rifar. Para estrenar esta maravilla.
Qué tal.
Reina bajó los ojos, sonrió. Bien, dijo. Se sopló el flequillo. ¿Te quedas a comer?
Si no es molestia.
Claro que no.
Reina me miró, sonrió otra vez, se volvió hacia la pantalla. ¿Qué veis?, preguntó. Oh, El Topo. ¿Otra vez?
Rifar asintió. Edición coreana, puntualizó.
¿No te bastaba con la que tenías?
Rifar gruñó. No, no me bastaba.
Madre mía, dijo Reina. Cruzó delante de la pantalla y se sentó en el otro sillón, a mi izquierda. ¿Por qué está subtitulada en chino?
En coreano, dijo Rifar. Todo es chino para ti.
Bah, dijo Reina. Giró la cabeza para mirarme y sonreír de nuevo. Se sentaba de una manera firme, pero no envarada, sin dejarse caer en el respaldo. Me despisté bastante de la película. Prestaba atención la manera en que el pelo le resbalaba por la espalda.

Al terminar la película, Rifar bajó a la calle a por más cerveza. Reina y yo fuimos a la cocina y la miré mientras llenaba una olla de agua, le añadía una gota de aceite, y la ponía sobre la vitrocerámica. Reina pertenecía a esa clase de chicas que se van haciendo más guapas cuanto más las miras, una belleza de mecha larga, que va quemando despacio, inasequible al primer vistazo, pero una belleza capaz de soportar malas resacas, maquillajes arruinados, el rimel corrido y las ojeras del cansancio, y permanecer ahí, entre velos, haciéndote sentir especial, partícipe de un secreto. ¿Te ayudo?, pregunté. Reina tenía un manojo de espaguetis en la mano, los miraba con ojo crítico.
¿Serán suficientes?, dijo.
¿Para los tres? Creo que sí.
Cogió la bolsa de espaguetis y añadió unos cuantos más. Es tengo que hacer para mi padre, dijo. Para que cene.
Ya... Eh, qué hago, yo...
Buf. ¿Quieres picar la cebolla?
Vale.
Te va a hacer llorar.
No importa, dije.
Reina me indicó una pequeña despensa, apenas un armario empotrado, y cogí una cebolla de un cesto de plástico. En la encimera había una tabla de cortar y unos cuchillos en un soporte imantado. Desprendí las primeras capas de cebolla con el pulgar. ¿Qué te ha parecido la película?, preguntó Reina.
Todavía no lo he decidido, dije.
A mí me gusta, dijo. A mi hermano le entusiasma.
Tu hermano es un entusiasta.
Sí, ¿verdad?, dijo. ¿Has visto su cuarto?
Asentí. ¿Cuántas películas tiene?
Ni me preguntes. Cada cierto tiempo le entra una histeria y se pone a ordenarlas por género, por director, por soporte, por lo que se le ocurra, lo pone todo patas arriba. Luego, en dos días, lo vuelve a tener hecho un lío. Es así en todas las cosas. Sin término medio.
A mí me da envidia.
Reina me miró. Abría la puerta del frigorífico, en busca de algo, y la postura me recordó un instante impreciso, un recuerdo que se me escapó durante un segundo y que me produjo una sensación abrumadora de momento ya vivido. El sueño de Itziar, pensé. Los tarros de mermelada.
A esa pasión, me refiero, dije. Esa intensidad. Como lo que dice de Nirvana...
El último disco honesto del rocanrol, recitó Reina. Sacó una cuña de queso del frigorífico y cerró la puerta.
Sonreímos. A ver, no es que esté de acuerdo con esa idea en concreto, me refiero a la certeza que implica.
Puse la cebolla pelada en la tabla y cogí el cuchillo. Porque eso es pasión, dije. Cuando te entregas a algo de tal manera. No sé. Puede que estés equivocado, pero es tu puta manera de equivocarte. Y... Bueno, nada, eso es lo que le envidio. Tampoco sé si envidia es la palabra, pero...
Reina se puso a mi lado en la encimera, la cuña de queso en una mano, un rallador en la otra. ¿Tú no sientes ese tipo de pasión?, preguntó.
Corté la cebolla. Se mezcló en el aire el olor fuerte de la cebolla con el olor suave de su champú y de su ropa. Entrecerré los ojos mientras picaba. A veces la he sentido, dije. A veces. Por los libros, supongo. Por cosas que escribía. Antes, cuando escribía más. Por alguna persona.
¿Ya no?
Piqué a conciencia. Los ojos me ardían. Apártate un poco, le dije. O vamos a acabar llorando los dos.
No me importa, dijo. Pasó con lentitud el queso por el rallador, arrancando virutas retorcidas. Le miré las manos. Me gustaron sus dedos largos y bonitos.
Terminé de picar. Dejé el cuchillo, miré mis propias manos, pegajosas. Hace tiempo que no, dije. Por lo menos no como antes, no tan fuerte, pero a veces... Es como si estuviera a punto de volver.
Ya...
Me acerqué al fregadero y abrí el grifo. No me voy a sacar este olor.
No lo frotes, dijo Reina, volviéndose un poco. Pon las manos debajo del grifo, sin más. Si lo frotas, se impregna, y entonces nunca se va. Déjalo ir.
Puse las manos bajo el agua, moví un poco los dedos.
¿Así?
Sí, así.
Y tú, Reina, dije, notando que era la primera vez que decía su nombre desde que nos conocimos, la repentina intimidad que eso puede generar, la manera en que espesan el aire los nombres. ¿Lo has sentido?
Reina se volvió del todo, se apoyó en la encimera, el flequillo gravitando sobre los ojos. A veces, dijo. Por alguna persona.
Sentí deseos de apartarle el pelo, de despejarle la frente con los dedos húmedos, de mojarle las mejillas. Aparté la mirada, cerré el grifo y me sequé con un trapo. Claro, dije. Al final siempre es por una persona.
El agua rompió a hervir. Reina se acercó a la vitrocerámica y le bajó la intensidad. Te he traído el dossier, dije. Lo tengo en el salón...
Ah, dijo Reina. ¿Te ha servido?
Creo que me servirá, dije. Lo he fotocopiado.
En realidad, era una copia para ti, dijo Reina. No hacía falta que me lo devolvieras.
Se sopló el flequillo,
Ah, como te dije que si querías que te lo devolviera...
Ya, ya, dijo, mirando un punto indeterminado del cuello de mi camiseta. Se me pasó, no sé en qué estaría pensando, yo...
Se miraba los pies ahora. Yo me fingí atareado en el examen de mis manos. Las olisqueé, piel mojada y, muy lejano, el aroma de la cebolla.
¿Quieres que te cuente un secreto?
Reina me miraba de nuevo, sonriendo.
Claro, dije.
Claudio Girón no está desaparecido.
¿En serio?
Asintió. Existe una red... Bueno, decir red puede que sea pretencioso. Los contactos de mi padre, la vieja guardia los llama, antiguos montoneros, opositores al régimen que acabaron aquí exiliados. Gente que hace sus vidas, pero que además, vigila a los otros exilados, a los de la otra parte. Se vigilan unos a otros, en realidad. Durante un tiempo, supongo, lo hicieron con la intención de ajustar cuentas, de consumar venganzas... Claudio Girón nunca desapareció para ellos.
Saben dónde está, dije, con la boca repentinamente seca, el pulso palpitando en la garganta.
Lo saben. Hace un par de años se enteraron de lo que estaba haciendo mi padre, de los casos que estaba armando, y le pusieron sobre su pista. Más que eso, le dieron su dirección. Vive aquí, en Lavapiés.
Venga ya.
En serio. Es un viejito. Cobra algún tipo de pensión y dedica el día a pasear con su perro por el barrio... Creo que se cansaron de vigilarle. Creo que asumieron que ya nunca se iban a consumar sus venganzas. Nos pasaron el testigo.
Reina se llevó el índice a los labios. Pero es un secreto, no digas nada. No queremos que se sepa hasta que la policía llame a su puerta. Ha sobrepasado con mucho la edad penal, pero verlo sentado en un tribunal, enfrentado a toda su historia, será un consuelo para muchos. Un principio de justicia... Esperemos que no se muera antes, concluyó con una sonrisa.
Esperemos, dije.

XI

Llegué a Las Rozas en cercanías, con resaca y el tiempo justo. Por lo que pude ver reflejado en la ventanilla del vagón tenía una cara espantosa, cercos oscuros bajo los ojos, la piel hepática. Después de comer Reina tuvo que volver al bufete y Rifar y yo pasamos la tarde viendo películas y luego fuimos de bares por el barrio. Nos emborrachamos y nos contamos fragmentos escogidos de nuestras vidas sentimentales. Rifar intentó ligar con todas las chicas que pudo, pero más como divertimento que con verdadero empeño, calzándose el acento a voluntad. Eso es juego sucio, le dije. Impostor. Rifar se rió y me llamó boludo. Al cerrar los bares Rifar me dijo que fuera a su casa, si quería, y que durmiera en la habitación de invitados. Acepté por pereza. Acepté por la posibilidad de volver a ver Reina. Desperté muy temprano, incómodo y desubicado, hice la cama como pude, con manos temblorosas y una resaca indecisa pendiendo sobre la cabeza, y salí a la terraza para despejarme. Encendí un cigarrillo. Hacía frío y el cielo estaba cubierto de nubes oscuras, una capa densa, sólida, un émbolo dispuesto para aplastar la ciudad. Alguien carraspeó a mi espalda. Me giré y vi a un hombre de unos cincuenta años, sosteniendo una taza de café. Era muy delgado y tenía unas entradas discretas, el rostro serio, los ojos distantes, tristes en cierto sentido. La camisa que llevaba era gris, de buena calidad, y le hubiera quedado mejor de haber tenido un par de kilos más para rellenarla. Hola, dijo. Lo saludé. ¿Eres amigo de Alejandro o de Reina?, preguntó. Alejandro, dije. Trabajamos en el mismo edificio. Anoche salimos y... Ya, ya, dijo. Me miró fijamente. Me preguntó si era el pibe de Diagonal. Asentí, lamentado la ocurrencia de haber mencionado el periódico. Soy Carlos, dijo, estrechándome la mano. Querrás hacerme preguntas, añadió, amagando una sonrisa que trasmitía cierto tedio, un infinito cansancio. En realidad, no, dije. Carlos Rifar asintió con lentitud. Mi cigarrillo se había consumido, apenas me quedaba el filtro chamuscado entre los dedos, y no tenía ningún cenicero a mano. Carlos Rifar se dio cuenta. Bótalo a la calle, dijo. No te mira nadie. Sonreí y tiré el cigarrillo. Carlos Rifar avanzó por la terraza, con una cojera leve, y se apoyó en la barandilla. Qué mal día hace, comentó. Quedamos en silencio, escuchando el ruido de los coches en la calle, el viento agitando los flecos de los toldos en los balcones vecinos. Saqué otro cigarrillo, le ofrecí el paquete por inercia. No debo, dijo. Bebió de la taza. Caprichos del médico. ¿Cuánto lleva sin fumar?, pregunté. Dos años, dijo. Y no ha pasado un día sin que lo eche de menos. Sonrió con resignación, encogiéndose de hombros. Volvimos a quedar en silencio hasta que por el salón apareció Reina, el pelo revuelto y metida en un pijama verde. Salió a la terraza frotándose los ojos. Buenas, dijo. Me miró, parpadeó. Creía que eras Alejandro, dijo. No logro irme de esta casa, le dije. Reina sonrió y se tocó el pelo. Ya veo, dijo. Carlos Rifar nos miró frunciendo el ceño. ¿Quieres un cafetito?, me preguntó. Yo te lo traigo, dijo Reina, dando un paso atrás. No, no, dijo Carlos Rifar. Yo voy. Salió de la terraza. Aprecié su cojera mejor que antes, no tenía la torpeza del lesionado reciente, era una cojera vieja, integrada en su lenguaje corporal. Una lesión precisa, supuse. Una lesión experta. Una lesión de cuarto sin ventanas. Me alegré de no haber hecho preguntas. Me alegré de no haberme enfrentado a silencios elocuentes. ¿Te quedas a comer?, preguntó Reina. Seguía intentando hacer algo con su pelo, disimuladamente, un esfuerzo inútil y también innecesario. No puedo, tengo que irme pronto, dije. Un compromiso previo, pero... Si quieres luego podemos tomar un café o una cerveza, eh... Vale, dijo Reina. Llámame. Te llamo, dije. Reina sonrió, mirándose de reojo en el reflejo de la puerta de la terraza. Yo observé con atención la brasa de mi cigarrillo. Seguía haciendo bastante frío.

Y había llovido en Las Rozas. En el piso tenía un plano garabateado para llegar al parque, pero no contaba con dormir fuera de casa y no lo llevaba encima. Haciendo memoria llegué al sitio, una pista circular de grava, bancos de madera, unos columpios, un tobogán. El sitio olía a mojado y no había ni un alma. Me encogí dentro de la cazadora y encendí un cigarrillo. No dejaba de darme vueltas la imagen de un hipotético Claudio Girón, un viejito Claudio Girón, canoso e invernal, dando paseos con su perro. Me preguntaba si se podría percibir lo que era, si le brillaría algo en los ojos. El asesino. La bestia. Pensaba en la cojera de Carlos Rifar. Pensaba en Reina. Pensaba que apenas recordaba quién era Itziar. Qué es lo que quieres de ella, me pregunté. Qué quieres de Claudio Girón. A qué viene todo esto...
Eh, tú.
Aldara Cabo, materializada desde la nada. Llevaba una rebeca azul y unos pantalones de pana que le quedaban sueltos. Se encogía como yo, las manos dentro de las mangas, los brazos cruzados bajo el pecho. El viento le movía el pelo negro sobre la cara. Tenía el aspecto de una refugiada de guerra, huesuda, arrasada, alguien que está de vuelta de lugares espantosos.
Hola, Aldara, dije.
Aldara Cabo hizo una mueca
Hola, sí.
Unos metros detrás, esperaba una mujer. Tenía unos cincuenta años, el pelo rubio, rasgos idénticos a Aldara. Parecía una aproximación a su hija, un borrador previo, una idea descartada, no tan bella, no tan perfecta, más humana. Mantenían ambas el mismo rictus gélido, la misma postura enhiesta. La mujer me miró fijamente y se sentó en un banco. Sacó un paquete de cigarrillo de su abrigo oscuro, sin dejar de mirarnos. Desde donde estaba no podía escucharnos.
Te has traído carabina, dije.
Aldara se apartó el pelo del rostro. Le he dicho que eres mi amante. Le he dicho que quieres fugarte conmigo y llevarme muy lejos y atracar cajas de ahorros y follar en pensiones de mala muerte mientras nos ponemos ciegos de cocaína.
Parpadeé. Seguro, dije.
Se lo he dicho. Sólo para ver la cara que ponía. No sé qué se pensará. De todas formas, haga lo que haga, ella siempre viene conmigo. Ya no quiere dejarme sola. Menos en el centro, claro. Dame uno, pidió, con gesto hacia el cigarrillo de mi boca.
Saqué el paquete, le di uno y el mechero y encendí otro para mí encadenándolo con el que tenía en la boca. Tiré la colilla a la grava.
En el centro no me dejan fumar, dijo Aldara. Es como una cárcel. Estoy rodeada de piradas, niñas con trastornos alimenticios, paranoicas... Reparten pastillas como si fueran gominolas y no me dejan fumarme un puto cigarro, sabes.
El comentario era una provocación, una invitación a la pregunta, para poder escupirme a la cara un pedazo doloroso de su historia. Me quedé callado, dando caladas, mirando el balanceo suave de los columpios al final de las cadenas.
Aldara encendió su cigarrillo, ahuecando una mano sobre la llama. El viento seguía agitándole el pelo y se lo recogió detrás de las orejas. Sus ojos, entrecerrados y serios, parecían medias lunas negras, el eclipse gemelo de dos satélites oscuros.
Bueno, qué quieres, dijo.
Ya sabes lo que quiero.
Puso los ojos en blanco. Itziar, dijo. ¿No lo has superado todavía?
No es eso, dije. Tampoco es asunto tuyo.
Aldara apretaba el mechero en la mano, lo movía con dedos inquietos, haciendo girar la rueda, arrancando chispas y chasquidos.
Es asunto mío, dijo. Tú me buscaste a mí. Me has metido en esto.
Sólo te he pedido un favor, dije. Un número de teléfono. Tú lo estás complicando.
Lo de Itziar es complicado, dijo. ¿Por qué quieres verla?
No hay motivo. Hace mucho tiempo que no sé nada de ella.
Aldara Cabo sonrió. Sí, ya. ¿Todavía sigues enamorado de ella? Cuánto tiempo hace ya, ¿dos años? ¿Más?
No estoy enamorado de ella, dije.
Siempre supe que ibais a durar poco, dijo Aldara. Era tan predecible, tan típico. Relación de transición. Algo en lo que matar el tiempo mientras llega lo importante. Itziar lo sabía, y creía que tú lo sabías también. Te dejó cuando se dio cuenta de que no entendías nada.
No tienes ni puta idea, mascullé.
Ah, ¿no? Aldara Cabo desplegó una sonrisa amplia, llena de dientes perfectos. Me decía que eras un dependiente emocional. Que eras un niño dispuesto a aferrarse a cualquier cosa. Un inmaduro crónico. Dime, ¿crees que es algo que ella podría haberme contado?
Había empezado a temblarme todo, las manos, metidas en los bolsillos de la cazadora, el cigarrillo en los labios, las rodillas. El corazón me daba puñetazos en las costillas.
Itziar me contó muchas cosas, dijo Aldara. Pobrecito niño. Me acuerdo de ti, después de que te dejara, rondando por la facultad, yendo todavía a los mismos bares, con ese aire de perro apaleado. Era gracioso y triste. Nos hubiéramos reído más de no haber dado tanta lástima.
Estaba a punto de vomitar. Tenía ganas de echar a correr. Tenía ganas de darle un puñetazo en la cara. Tenía ganas de esconderme y taparme los oídos.
Aldara, dije, con una voz que sonó a graznido, a prólogo de llanto.
No me digas que vas a llorar, dijo. ¿No le lloraste ya suficiente a ella?
Se estaba irguiendo mientras hablaba, parecía más alta, más terrible, la boca entreabierta, los dientes brillantes de saliva, incluso tenía más color en el rostro. Es un vampiro, pensé. Se alimenta de esto. Es la niña que clava insectos en alfileres para ver cómo mueven las patitas. Tenía un aire de regodeo perverso y sexual.
Saqué las manos con lentitud de los bolsillos, me quité el cigarrillo de la boca. Había dejado de temblar. Noté que todo mi cuerpo se relajaba. ¿Qué te pasó, Aldara?
Aldara cerró la boca, escuché el chasquido de sus dientes. Sus fosas nasales se dilataron, aspiró con lentitud, apretando la mandíbula. ¿Qué te han contado?, dijo.
Que tuviste una crisis. Que se te fue la cabeza, dije, e hice una breve pausa. Que estás chiflada, vamos.
Aldara volvió a encogerse, pero esta vez de una manera viperina, dispuesta a morder y escupir veneno. Sí, estoy chiflada, dijo. Loca por completo. ¿Quieres ver lo loca que estoy?
No, dije.
¿No? ¿No quieres que te cuente un secreto? Uno que nadie sabe, dijo, siseando. Voy a enseñarte una cosita. Para que se lo cuentes a tus amigos. Extendió los brazos y las mangas se retiraron descubriendo sus muñecas blancas y delicadas, hendidas por costurones de cirujano rojos y frescos, las manos laxas, abiertas, como si implorase. Míralo, dijo. Míralo bien.
Tápate eso, le dije, todo lo átono que pude conseguir.
El rostro de Aldara se descompuso, se le abrieron mucho los ojos, le tembló el labio inferior. Retiró los brazos, muy despacio.
No soy tu madre, dije. No me importas nada y no vas a conseguir hacerme daño enseñando el daño que te haces a ti misma. No vas a hacerme daño de ninguna manera. Porque no creo que estés loca. Creo que eres una mala persona. Nada más.
Me miraba de hito en hito. Hijo de puta, dijo. Eres un hijo de puta.
Los brazos le colgaban inertes a los lados, le asomaba por las largas mangas azules la punta de los dedos. Incluso hecha polvo conservaba su fragilidad engañosa, su belleza de alta velocidad. Uno todavía quería cogerla en brazos y arrancarla de su dolor, llevarla muy lejos, llevarla a pensiones de mala muerte, atracar cajas de ahorro para ella y follar esnifando cocaína del páramo blanco de su espalda.
Lo sigue teniendo, pensé. Eso. La fascinación. Como mirar los restos de un naufragio, lo que queda tras la singularidad Prandtl-Glauert, un montón de cosas rotas que siguen siendo bonitas.
¿Qué te pasó, Aldara?, insistí.
Se encogió de hombros. Quería ir más deprisa, dijo. Muy, muy deprisa. Como cuando sacas la cabeza por la ventanilla de un coche y el paisaje se hace un borrón y tampoco puedes dejar los ojos abiertos, solo sientes el aire en la cara, solo escuchas el aire, solo queda el aire... Eso quería. Ir así de rápido. Dejarlo todo atrás.
Tiró la colilla del cigarrillo al suelo, la pisó con delicadeza. Lo conseguí, dijo. Fue un momento, un ratito, pero iba tan deprisa que no importaba nada. Sonrió con algo tan lejano a la alegría que ponía los pelos de punta. Después me paré, concluyó. Y aquí estoy.
¿Quieres otro cigarro?, le dije.
Aldara tragó saliva, hizo un visaje involuntario, su rostro se estiró sobre el entramado secreto de músculos, tendones y huesos como una máscara gastada. Sí, dijo.
Le pasé otro cigarrillo y esperé a que lo encendiera y fumase un poco, recobrando la calma. No te voy a dar el número de Itziar, dijo.
¿Por qué?
Porque no te iba a servir de nada, dijo Aldara. Volvió a colocarse el pelo tras las orejas con los dedos, un gesto de puro agotamiento. Itziar se ha ido.
¿Cómo has dicho?
Quiero decir que desapareció. Se fue. Hará un año, más o menos. Yo ya me trataba poco con ella, pero un día me llamó su hermano. Hacía una semana que no sabía nada de Itziar. Él vive en Bilbao pero hablaban con frecuencia. Ella no le devolvía las llamadas, y cuando el teléfono dejó de estar disponible, ya sabes, apagado o fuera de cobertura, se asustó. Llamó a sus compañeras de piso, pero ellas no sabían nada, creían que se había ido a Bilbao. Su hermano, Jon se llama, vino a Madrid. El móvil estaba en la habitación de Itziar. Tenía el armario abierto, faltaba una maleta pequeña, algo de ropa. Jon estuvo haciendo llamadas, con la agenda del móvil de Itziar, pero sin resultados. La policía lo investigó, pero dijeron lo que todos suponíamos, que se había ido, sin más, no le había pasado nada. Un día hizo la maleta y se largó.
A mí nadie me llamó, balbuceé, incapaz de procesar exactamente lo que estaba escuchando.
No te ofendas, pero por aquel entonces nadie se acordaba mucho de ti, dijo. Una relación breve, hacía ya un año... No eras sospechoso de nada, supongo.
Entonces...
Entonces Itziar no está, dijo Aldara. Itziar se ha ido.

XII

No lo frotes, había dicho Reina. Se impregna y entonces nunca se va. Horas después, en un bar cerca del centro, bebiendo cerveza y encadenando cigarrillos. El sitio se llamaba The Big Nowhere y era azul y pequeño. Había entrado porque era solitario y había música tranquila, un jazz desangelado y lejano que sonaba como a través de una lata. De hecho, no tenían televisor y el equipo de música incluía un viejo plato para vinilos, el brazo de la aguja erguido como el brazo de un robot de los años cincuenta, la tapa de plástico cubierta de motitas azules. En aquel bar todo lo que no estaba pintado de azul estaba salpicado de pintura azul.
En una de las dos única mesas del local había un hombre dormitando delante de una infusión. Tenía una larga barba rubia y unas gafas de culo de vaso. Afuera estaba muy oscuro y el viento traía ráfagas de lluvia. Yo pensaba en Itziar. La dulce Itziar, la seria Itziar, la distante Itziar cuyo rostro no podía recordar. Recordaba nuestra primera noche, la penumbra de la habitación, hablando de su nombre. Hay un pueblo que se llama Itziar, contaba. Tiene playas bonitas, tiene fallas y acantilados. Hace mucho frío. ¿Qué significa tu nombre?, le pregunté. Altura encarada al mar, dijo. Qué feo, ¿verdad? No, dije. No es nada feo. Ella frunció el ceño y me sacó la lengua. De pequeña me lo quería cambiar, dijo. En el colegio siempre se equivocaban, lo escribían mal, con ce. Pero es bonito, dije. Me gusta. Sí, ya, dijo. Ya.
Ese fue uno de mis primeros recuerdos falsos de Itziar, recuerdos de cosas a las que no había asistido, pero que podía recrear con todo lujo de detalles, Itziar en las playas de Itziar, la niña encarada al mar, fríos vientos del norte.
Pero qué sentido tiene, pensaba echado sobre la barra del bar, atacando la quinta cerveza. Pensar en ella. Itziar que quiso borrarse de tu vida y que ahora se había borrado incluso del mundo. Por qué hacer esto, por qué hurgar en lo que duele.
Ya sólo quedan canciones de amor, había dicho Alejandro Rifar. Empalagosas canciones de amor, melodías edulcoradas para corazones débiles, canciones como palmaditas en la espalda. Todo va a salir bien, cariño. El amor es así. Después del estribillo seguiremos siendo felices.
Pero esto no es una canción de amor. No hay estribillo y la melodía nunca vuelve sobre sí misma. Esto es arrítmico y disonante, los instrumentos están desafinados y los músicos borrachos. Nada más que un montón de ruido que encaja entre sí por pura casualidad.
Itziar no está, había dicho Aldara Cabo, otra chica que había intentado borrarse del mundo, al menos dos veces, mediante la velocidad y las cuchillas, otra nota desarticulada, otro cabo suelto.
No lo frotes, había dicho Reina Rifar. Déjalo ir.
Esto no es una canción de amor. Esto no es una canción en absoluto.
La música del bar cambió, pasó del jazz a canciones tristes y lánguidas de Johnny Cash, con el mismo sonido enlatado y polvoriento.
Pedí otra cerveza. Por el fin del mundo, me dije. Porque sucede a cada momento. Porque todo está perdido. Porque aquí seguimos, penando, intentando encontrarle algún sentido.
Sobre mi cabeza, Johnny Cash cantaba sobre reencontrarnos algún día soleado. La canción era melancólica y aunque intentaba ser moderadamente optimista, me pareció muy triste, como una promesa imposible de cumplir. Un nunca te olvidaré, dicho con una sonrisa temblorosa, un seguiremos siendo amigos, un pensaré en ti.
Le hice un gesto al camarero, un tipo negro y alto que llevaba una camisa blanca que era como un estallido nuclear. ¿Cómo se llama esta canción?, pregunté.
El camarero me miró un momento, arqueando una ceja. We´ll meet again, dijo. Es de su último disco. Luego se murió.
Su último disco, dije. Claro. Claro.
Pagué las cervezas y salí a la calle, al viento frío y a la luz de las farolas ondulando en los charcos. Anduve unos metros, con pasos indecisos, y me acerqué a un contenedor de basura, me apoyé en la tapa y vomité espuma de cerveza y bilis, en silencio y salpicándome los zapatos. No, me dije. No voy a dejarlo ir. Aunque se impregne. No me importa. No me importa nada.
Después, caminé hacia el centro, pensando en alguna manera de volver casa, apenas tenía calderilla en los bolsillos. Ya era tarde y era domingo pero las calles estaban llenas de gente. Las luces de la ciudad convertían las nubes del cielo en un algodón sucio pero iluminado. Observé desolado el desfile nocturno, las putas, los mendigos, los fiesteros irredentos, chinos que vendían cerveza y bocadillos, y avancé hacia el norte magnético de todo aquello, la arteria de este torrente de sangre. Los coches pasaban aullando, sirenas de ambulancia, guiños estroboscópicos... Es el fin, pensé. Se acaba aquí. Se acaba ahora. Llegó un viento frío desde algún lugar del cielo brillante, de la panza luminiscente de las nubes, y la gente se estremeció como si fuera la misma noche lo que les pasara por encima, veloz y gélida, escurriéndose hacia el otro lado del mundo. Empezó a llover. Los chinos levantaron los puestos, las putas buscaron refugio.
Se inundó la Gran Vía de olor a cartón mojado.