La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, julio 31, 2005

problemas de alquiler

Bajo por Hernán Cortés hacia la plaza de toros, arrastrando los pies, incapaz de darme prisa. Es temprano y hay poco tráfico; los semáforos hacen guiños inútiles. Una de esas horas raras en las que el domingo se convierte en un día fantasma, desierto. La gente parece que se escabulle por las calles. Hay un aire delictivo, furtivo, en los pocos que nos cruzamos. Como si supiéramos que no hemos hecho lo correcto. Más tarde, todos saldrán a pasear por Cánovas, y será un domingo diferente, alegre y festivo. Tórrido, porque ya empieza a hacer calor. Un buen día.
Pero todavía no. Ahora encuentro una sintonía perfecta y siniestra entre lo que soy, lo que hago y el momento en el que vivo. Una negrura, como una sombra fría entre tanta luz, que ni reconforta ni da consuelo.


Roedore está sentado en los escalones del número 9 de la Plaza de las Herrerías. Es un tipo granujiento, con un mullet desproporcionado y paletas de conejo, postadolescente y feo. Bullero prototípico. Es el vástago menor de mi casero y el correo habitual del alquiler. El mayor es un mostrenco de gimnasio, con un brillo de idiocia incrustado en la mirada, cruelmente apodado como Sincerebro por Dani. Since para los amigos. Dani también acuñó lo de Roedore.
- Tú- dice Roedore. - ¿Dónde coño estabas? – Tiene una pinta casi tan mala como la mía. Resaca pura. Fiestero en horas bajas. Debería circular cierta empatía kármica entre nosotros. Pero sólo circula hostilidad pasivo / agresiva. – Llevo una hora aquí...
- ¿Tienes fuego?
Roedore parpadea, con sus paletas secándose al sol. – No tengo fuego- dice. – Los dos meses.
- No.
- ¿No?
- No tengo la pasta.
Roedore me mira fijamente. – ¿Entonces?
- La tendré.
- Eso dijiste el mes pasado. Mi viejo...
- Dile a tu viejo que no hay problema.
Nos miramos a los ojos. Creo que lo único que hace que no me meta un puño en la cara, sólo por el placer de hacerlo, sólo porque a tipos como él los tipos como yo les caemos como el culo, y viceversa, es la resaca que lo atenaza. Hago zumbar mi karma para enviarle ondas de confianza, empatía, para que todos los meses anteriores en los que pagué con devoción y religiosidad el puto alquiler me consigan algo de crédito.
- Espera- dice, y saca un teléfono móvil. – Llamo al viejo.
Se aparta hacia los setos de la Plaza. Aprovecho y subo los cuatro escalones de mi portal y abro la puerta. Dentro huele a cerrado y la temperatura es varios grados más baja. El sudor se enfría y me hace tiritar. Demasiado parecido al tembleque como para que me sienta cómodo. Hay un desorden importante. Busco un mechero, pero sólo doy con el de la cocina, que no tiene gas. Enciendo los fogones con la chispa y quemo medio cigarrillo al aplicarlo a la llama y aspirar. Me atraganto y toso. Salgo a la calle. Roedore está esperando, con su cara de mosqueo. Noticias del alto mando.
- Tienes dos semanas- dice, como lamentándolo mucho. – Y no volverás a tener aplazamientos. Si no pagas el día uno, a la puta calle. ¿Vale?
- Vale, tío- digo, y cierro la puerta antes de que pueda joderme del todo el ánimo con amenazas de violencia física. Cuando vine aquí por primera vez, a pillar las llaves, me soltaron una amenaza indirecta y tranquila, pero clara y diáfana. Me contaron que a los tipos que vivían antes, “unos moros”, lo crujieron por no pagar. Y a la puta calle. Me lo dijo Roedore, con el asentimiento estólido del primogénito de la familia. Su viejo se sonreía, divertido, grande, mostachudo y sudoroso. No se parecen mucho entre ellos, excepto en que dan la impresión de compartir cierto tacto esencialmente pegajoso y un olor como a serrín y escupitajo.
Por aquel entonces me parecía pintoresco tener semejantes caseros. Ahora, no le veo la gracia por ningún sitio.


Apurando las últimas caladas del cigarrillo, me siento frente al portátil. Lo abro y miro el hotmail para ver si ha llegado algo de curro. Pillo la conexión inalámbrica de alguno de mis vecinos, en plan parásito. Fue Rubén el que descubrió que podía hacerlo. Me dijo que mientras no me ponga a bajar cosas como loco con la mula, es probable que los legítimos usuarios de la conexión no se den cuenta nunca.
El portátil tampoco es mío; se lo dejó Rubén cuando se piró a Cardiff, de erasmus. Supongo que se lo tendré que devolver el curso que viene, aunque él se compró uno nuevo con lo de las becas de la UEX. A lo mejor se lo pillo, si me pone un buen precio. Es un puto mamotreto de segunda mano, no puede esperar sangrarme mucho.
En el correo encuentro ridículas cadenas de la amistad, publicidad, las novedades de un par de páginas que suelo visitar: puro spam. Nada de curro.
Me echo hacia atrás en la silla, pensando que debería aprovechar para escribir. Hace demasiado que no le doy a las teclas. Me vendrá bien. Para sacar mierda. Hacer algo útil.
Pero en lugar de eso, me pongo a ver porno.

No tengo ni la más remota idea de cómo voy a pagar el alquiler.