La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, julio 25, 2005

terminal

Resulta no ser el piso de alguien, sino el piso de Chema. Lo peor de la resaca ha pasado ya y estoy sorbiendo un café horrible, colgado del borde de la mesa de la cocina, mientras la novia de Chema me prepara una tostada. Es una chica mona, bajita, con el pelo rubio y expresión agradable; está en pijama y eso me crea sentimientos ambivalentes, un cierto deseo culpable. Sé que le caigo como el culo, pero intenta ser amable. Solícita, casi. Eso está bien. Me trata como si fuera un pobre enfermo convaleciente, que lo soy, y hasta me ha acariciado el pelo y me ha dado un besito en la frente al verme esta mañana derrengado en el sofá. Así que debo tener un aspecto completamente terminal, como de ir a morir ahora mismo, porque, en serio, esta tía me odia. Nos odia a todos. A mí, a Brus, a Muerto, a Dani...
- ¿Mermelada de fresa o de melocotón?- me pregunta, dándome la espalda, de cara a los fogones, mientras retira un par de tostadas.
- No- le digo.
Ella se la vuelta y me mira. - ¿No? – Deja las tostadas sobre un plato. - ¿Mantequilla solo?
- No- le digo, incapaz de formular conceptos más complejos que una negativa monosilábica. Con todo el café me está espabilando un poco, y eso es bueno. – Sólo el pan, y tal- me esfuerzo. – No puedo... Estómago jodido, ya sabes.
- Ah- dice ella, y asoma clarísimo lo mal que le caigo a su cara, lo raro que le parezco. Pero lo disimula con una sonrisa. Es de esas chicas que se esfuerzan por agradar y tener todo el tiempo sentimientos felices. El problema es que no le gusta que su novio tenga amigos como yo, y tampoco le gusta que no le gusten los amigos de su novio, así que debe tener un cacao importante en la cabeza. Uno de esos rollos kármicos, de tener que estar emitiendo todo el rato buenas vibraciones y negar las emociones negras, siniestras y capitalistas que hacen que el mundo vaya como va. Buena onda non stop, incluso para los calaveras que usurpan el sofá de tu novio y se comen tus tostadas.
Mordisqueo el pan y me doy cuenta de que ha sido un error. No puedo tragarlo. Las migas se alojan en rincones inusitados de mi boca, se funden con la saliva pegajosa y tóxica que surge bajo mi lengua y hacen una pasta que no puedo manejar. Lo hago descender por mi garganta con el café. Me cuesta un horror. Me termino la tostada por ella, para no empeorar las cosas.
Se ha instalado un silencio incómodo en la cocina. No tenemos mucho que decirnos. Nuestro único punto en común es Chema, y de verdad que son aspectos completamente diferentes del mismo tipo. Ella podría hablarme de los paseos que dan por el Parque del Príncipe y de cómo comparten secretos y se arrullan en la cama las frías noches de invierno, y yo podría hablarle de los ciegos bochornosos que nos cogíamos en primero de carrera y de la movida aquella tan chunga con la chica coja, y llegaríamos a la conclusión de que hablamos de personas diferentes.
Me doy cuenta, con un acceso de pánico, de que no recuerdo su nombre. Hace meses que la conozco, joder. ¿Bea? ¿Ana? Es algo corto. Ella está todo el rato Javi esto, Javi lo otro. Mierda, es como si lo supiera y me refregara que ella sí es capaz de recordar mi nombre.
De repente, una mano me da en la espalda con contundencia y parece que voy a romperme de arriba abajo. El dolor reverbera hasta mi cráneo.
- Vamos, vamos- dice Chema. – Cómo íbamos anoche.
- Hola, tío- le digo. Chema tiene un aspecto saludable y feliz, incluso con el pelo aplastado y marcas de almohada en la cara.
Chema se acerca a su chica y se dan un besito de buenos días y le dice: - Qué tal, Susanita...
Y ella se derrite entre sus brazos, como se derrite la mantequilla y la mermelada con las que ha cubierto su tostada y cuyo olor me despierta náuseas intensas.
Por cierto: Susana. Y mis opciones eran Bea o Ana. Tócate los huevos. Estoy fino, colega.
Susana se va al salón a encender incienso. Porque huele como a cerrado, ¿no?, dice. Huele a mí. A mi sudor alcohólico.
Chema me mira, mientras se echa un café, y sonríe, como pidiendo disculpas. Conoce mis opiniones sobre encender incienso. Pero no es que vaya a hacer nada al respecto. Es el Chema que sale a dar paseos con su chorba en lugar de ver películas de kungfú y beber cerveza calentorra con sus colegas. No le puedo reprochar nada. Estar con Susana le hace bastante bien. El Chema de antes era un hijoputa importante. Ahora entra de lleno en la categoría de buena gente. Mi propia categoría sería la de cabrón involuntario, o eso me gusta pensar. Me libra de algo de responsabilidad sobre mis actos. La gente suele llamarme sonco. No sé por qué.
- Menudo pedo llevabas anoche- me dice Chema. - ¿Te acuerdas de algo?
Niego con la cabeza.
- ¿De nada?
- De cómo empecé. Más o menos.
- Te encontramos en el Rita. Ido del todo.
- Ya...
- Te traje aquí, que estaba más cerca.
- Gracias, tío.
- Estabas muy pasado, colega.
El tono de preocupación condescendiente me irrita un poco. Me dan ganas de hablarle de todas las veces que él estaba muy pasado y yo cuidaba de él. Pero podría mirarme con tranquilidad y sacudir la cabeza. Porque ése era otro Chema.
- ¿Qué día es hoy?- pregunto, por cambiar de tema.
- Domingo.
- Del mes, digo.
- Ah... ¿Día uno?
- Sí, me temo que sí- digo, haciendo una mueca y apurando el café.
- ¿Pasa algo?
- Nada importante- digo. – Problemas de alquiler.
El olor del incienso me empieza a dar en la nariz. Es como vainilla. En realidad, es como lo peor que hay en el olor de vainilla. El incienso siempre me ha parecido una forma cutre de colocarse para fanáticos de la vida sana y los timoratos de las drogas. Que el otro sector de peña que quema incienso sean yonquis perdidos da una pista al respecto.
- ¿Te quedas a comer?
- No- digo, demasiado rápido. – Gracias, tío, pero tengo que organizarme un poco la vida. Ya sabes.
- Bueno- dice él. – Íbamos a hacer pasta.
- No jodas- le digo. – Soy más pobre que una rata, vivo solo y no tengo ningún conocimiento de cocina. No tengo que quedarme en tu puta casa para comer pasta, joder. Como puta pasta a diario.
Chema se ríe. – Eh, pero la pasta que hace Susana está de puta madre. La mejor que probarás.
- Otro día, colega- digo, desconfiando de mi equilibrio al separarme de la mesa. Le estrecho la mano. – Ahora me piro.
- A ver si te veo más, cabrón.
Le palmeo el hombro. – Claro.
No creo que vayamos a vernos más. Nuestra dinámica actual espacia cada vez más los encuentros, y los vuelve más fríos y poco significativos. Sólo puede ir a peor, imagino. Qué le vas a hacer.
Me asomo al salón para decirle adiós a Susana, que está en la posición del loto frente a la tele apagada, sobre la alfombra. – Chica, me voy.
- ¿No te quedas a comer?- me pregunta, con una amplia sonrisa.
- No puedo. Cosas que hacer.
- Hasta luego, Javi.
- Hasta luego, Susana- le digo, rivalizando con su sonrisa. – Karma a tope.


El espejo del ascensor es una lámina metálica que devuelve una imagen borrosa. Me palpo los bolsillos hasta dar con el tabaco, aplastado y retorcido en mis pantalones. Me pongo un cigarrillo en la boca pero no tengo fuego. Me quedo mirando mi reflejo con cara de bobo, las ojeras de oso panda, el rostro demacrado, el tono hepático de la piel, el pelo encrespado y sucio. Constato mis sospechas. Tengo un aspecto completamente terminal. Como de ir a morir ahora mismo.