La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, agosto 01, 2005

pornografía bastante aberrante

Mi curro consiste en una tarea sencilla: traducir del inglés los pequeños textos publicitarios de un catálogo norteamericano de pornografía bastante aberrante. Mis traducciones después acaban colgadas en un página web e impresas en papel barato para los suscriptores adictos a lo tangible, lo sólido, a lo que cruje y huele entre sus manos y excita ya desde las tripas con espasmos de pura anticipación, las yemas acariciando la superficie satinada, los colores primarios, bocas de plástico, penes tentaculares, brillo de látex húmedo, deseo liofilizado, toda esa carne de tinta, emborronada en ocasiones por una censura tortuosa y deliberada, como promesas difíciles de cumplir o ruegos lúbricos, solitarios, a alguna deidad perversa que acepta tarjetas de crédito y no propone nada para después de la muerte, sólo culpabilidad y un temblor, la flaccidez mojada, goteante.
Como no sé nada de inglés, más allá de lo que sirve para blasfemar y proferir procacidades, me limito a inventarme los textos. Miro la fotografía del artilugio, o la carátula de la película, y escribo algo que suponga atractivo para el cliente medio de semejante catálogo. EL REVERENDO: 30 CM DE PLACER ESTRIADO: UN MISIL CULO-COÑO. Por poner un ejemplo. El Reverendo es un consolador enorme, de color negro, que por longitud y grosor es más fácil asociar a la tortura que al placer y que supongo que en realidad no ha llegado a usar nadie nunca; o no sin ir hasta las cejas de relajantes musculares y tener tiempo libre para practicar algo así como un parto a la inversa. Pero lo compran. Una cuestión de imagen, imagino. Atrezzo.
El tipo con el que trato, mi jefe, es una voz susurrante al otro lado del teléfono. No enfermiza, en el sentido que uno esperaría, pero sí inquietante. Exquisita dicción, acento indefinible entre la Patagonia y Cádiz. Un deje sórdido. Inevitable. Pero también ligero y extremadamente cordial, como los yonquis que te abordan con una sonrisa amarilla y negra y te tratan como a un viejo amigo. Cuando te dedicas a algo así intentas llevarlo con normalidad. Trabajas y te lucras con parafilias ajenas. Le sacas dinero a gente que disfruta viendo a sexagenarias mantener relaciones sexuales con chavales de gimnasio, haciendo cosas con animales, defecando para la cámara. Esas cosas inexplicables, cuyo consumo uno no puede entender. Te dedicas a facilitarlo. Medias entre unos perturbados y otros. Pones pasta en unas manos y la quitas de otras. Intentas que no te afecte. Yo sacaba de mi cabeza todas aquellas imágenes. No quería llevarlas conmigo, que formaran parte de mí. Sólo era trabajo. Pero no siempre podía. Acababa calando un deseo terrible por retirar esos fragmentos pixelados, por consumir el producto para saber qué era, qué tenía, qué podía entregar, qué era lo que se llevaba y con qué llenabas la ausencia. Más arriba, cuanto más involucrado estás, es peor. Mi jefe me mandó las navidades pasadas un lote de lubricantes, aceites de masaje y pequeños consoladores. Cortesía de la empresa. Los lubricantes y los aceites tenían un olor fuerte y empalagoso. Los consoladores eran de colores alegres, en diferentes tamaños. Ninguno monstruoso. Estos sí podías imaginarlos entrando en alguien, aunque yo seguía sin entender el mecanismo de lujuria en sí, porqué alguien iba a querer hacerlo. Un consolador verde manzana, un dildo anal color lavanda. No puedes tomártelo en serio.
El caso es que no me pareció demasiado raro hasta que se lo enseñé a Violenne. La cara que puso, entre divertida y horrorizada. Yo me encogí de hombros, turbado. No por el regalo, sino por la normalidad liminal con la que los había recibido. Juguetes sexuales por Navidad. Si hubiera sido un lote de aquellos cachivaches para aplicar enemas masivos, que eran un éxito de ventas, hiperestilizados y de diseño similar al de un artilugio letal de un futuro no muy lejano, y cuya foto promocional intento olvidar, mi reacción no diferiría especialmente. Sólo un matiz mayor de sorpresa. La distorsión de la distancia.
Los consoladores rodaron por la casa mucho antes de que alguien les encontrara un uso. Los potingues me mareaban y tuve que tirarlos.

Violenne. Se me ha escapado su nombre.
Nunca es un buen momento.

1 Comments:

Anonymous Vita Severn said...

Nos leemos (me descojono cada vez que releo lo de la cesta de navidad)

06 agosto, 2005 23:48  

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