La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, agosto 13, 2005

una vida más larga

Hace como un millón de años que no lo veo. Sami se ha rapado las greñas y dejado perilla, así que casi no lo reconozco. Es él el que me da el toque. Me he parado a su mismo lado, esperando a que el semáforo de Múltiples cambie de color, y ni me cosco.
- Eh, tío, qué pasa- me dice.
- Hostia puta, Sami- suelto yo. Tengo que mirar por encima de las gafas de sol para asegurarme de que es él. – No te conocía, tío.
- Ya ves- dice.
- Qué rapada, ¿no?
Se pasa la mano por el melón. - Bueno, sí... Estaba ya un poco harto de las greñacas- dice, sonriendo. - ¿Y tú, tío, qué tal te va?
- Ya sabes, lo de siempre.
- Me imagino.
- La carrera y eso...
- Yo terminé ya. En febrero.
- ¿Sí?
- Hostia que sí. Por fin, colega.
El semáforo se pone en verde y empezamos a cruzar la calle.
- ¿Estás currando o qué?
- A lo que sale. Ahora estoy en La Malinche, sabes. Sirviendo mesas hasta que salga algo de lo mío.
- Eso es un mexicano, ¿no?
- Sí.
- ¿Y qué tal lo llevas?
- Bah, se curra lo justo. Es mejor que ir con la motino de los chinos, ¿te acuerdas?
Me acuerdo. El primer curro de Sami fue repartir comida china a domicilio, para el restaurante Palacio Imperial. Dicen que los chinos son unos fieras con los negocios, pero aquellos eran unos putos desastres. Sami nos llevaba la comida al piso gratis, y hasta les sisaba pasta. Al final lo largaron porque se ponía ciego en la puerta del restaurante, sentado en la moto. Lo que no llegaron a saber es que también usaba el curro para trapichear con el costo que le subían de vez en cuando sus primos de Huelva. Le pillaban allí mismo el tema, pero también se sabía las direcciones de memoria. Si pedían arroz tres delicias y un par de rollitos de primavera para, por ejemplo, Gil Cordero número trece, cuarto b, sabía que tenía que añadirle un par de talegos al paquete. A la gente le molaba aquello, porque así tenía drogas y papeo del mismo golpe. Y daba el cante mucho menos, además.
Nos paramos frente a Correos.
- ¿Adónde vas?- me pregunta.
- Volvía a casa.
- ¿Te echas una rápida?
Me lo pienso un segundo. - Sí, venga. Que sino no nos vemos nunca. ¿En El Cali?
- Guai. ¿Sigues viendo a esta gente?- pregunta, mientras enfilamos Cánovas.
- ¿A qué gente?
- Marcos, Dani, Isabel, esa gente...
Bien pensado, qué otra gente iba a ser.
- Más o menos- digo. – Tengo a Dani instalado en casa. Se queda el verano, dice.
- ¿Sí?
- Ya sabes cómo es. Llegó, se instaló, y ahí sigue.
- A ver si me paso por tu casa, pues.
- Al que no veo mucho es a Toni- digo, sin saber muy bien porqué.
Sami bufa. – No me hables, no me hables.
- ¿Qué pasa?
- Estuvo el otro día en el restaurante.
- Sí, ¿qué tal anda?
- Ahora te cuento, en menuda me metió.
Seguimos andando y comentamos un poco el calor atorrante y nigeriano que hace, que parece surgir de las piedras de la parte vieja. En El Cali nos pillamos una jarra y un par de vasos y nos sentamos en una de las mesas al fondo. Saco tabaco y le ofrezco.
- Nah, ya no fumo.
- ¿No? No me lo creo ni de coña- digo.
Levanta las manos en plan me has pillado. - Vale, canutos sí. Pero paso mogollón del tabaco. Eso mata, tío.
- Y los porros alargan la vida, ¿eh?
Se encoge de hombros. – Pero ya casi no fumo. No como cuando era un despreocupado universitario.
Enciendo el Fortuna. – No sé, tío. ¿Te costó dejarlo?
- Un poco. Pero de vez en cuando me clavaba un porro y mataba el mono, así que... Como la metadona, sabes.
- Ya...
- Cuatro meses, colega.
- Uh.
- Es mucho tiempo, tío. ¿Has intentando dejarlo alguna vez?
Niego con la cabeza. - Qué va.
- ¿Ni en plan promesa de año nuevo? Ésas que duran hasta que te levantas de resaca y o te fumas algo o te mueres- dice, riendo.
- No... Es que no era capaz de sentarme a escribir sin un pitillo, tendría que tener ese cilindro asegurado como mínimo. Así que me dije que para dejarlo a medias, mejor ni intentarlo.
Sami le pega un sorbo a la birra. – Y sigues escribiendo, ¿no?
- No, ya... Ya no.
Sami levanta una ceja. – ¿No terminaste la novela?
Niego con la cabeza.
¿Y eso?
Ahora me encojo yo de hombros. - Para qué, tío.
Él me devuelve el gesto, con cara de tú sabrás. – Por lo menos ya no tienes excusa para fumar, ¿no?
Asiento, no muy convencido. Se hace un poco el silencio. Yo miro a Pachi servirle unos refrescos a unos chavales. Él mira la espuma de su cerveza. Sami es colega, aunque haga casi un año que no le veo el pelete, podemos quedarnos callados sin agobios. Cada uno pensando en sus cosas, o en la misma cosa, o en lo que fuera. No te entraban prisas por llenar el silencio. Lo dejamos estar unos segundos.
- Oye, cuéntame lo de Toni. Hace la vida que no lo veo.
- El Antonio- dice Sami, haciendo una mueca. – Vaya pieza.
- Me dijeron que andaba muy bien, centradito y eso.
- Eso me habían dicho a mí también- dice. Suspira. – Apareció por el restaurante, hace un tiempillo ya, antes de navidad. El nota sabía que yo curraba allí, pero no sé cómo. Al principio lo vi bien, no va tan pintas como antes, ropita normal y eso, y está currando con su viejo de mudancero, así que ha echado brazos y espalda de la hostia. ¿Te acuerdas de lo demacrado que iba? Con las greñas grasientas, las ojeras, escuchimizado... Mogollón de sanote en comparación.
- Sí- digo, con una sonrisa.
- Al principio, de buen rollo. Había poca gente, era un martes, casi a la hora de cerrar. Le puse una Coronita y echamos unas risas contando batallitas... Estuvo muy bien, ese rato. Como antes, sabes. Antes de que empezara a ir cada uno por su lado... Total, que nos enganchamos un pedo tonto con la cerveza y los tequilazos, y al cerrar enganché la botella de José Cuervo y dijimos de ir a terminárnosla a un parque o a un portal. Como putos adolescentes y tal... Si lo sé, me escabullo.
- Pero qué pasó, tío.
- Hostia, que sigue como un puto cencerro. Ido total, joder. Íbamos por la calle, ya serían las dos o así, y nos sale un yoncazo de detrás de un contenedor, el hijoputa estaba como escondido, y nos empieza a soltar la cantinela. Que si dejadme algo, chavales, que si tengo un hijo que no me habla, que si para una pensión, que si la puta droga. Blablablá, lo tipiquísimo. No sé, el tío era chungo, pero no daba sensación de peligro. Era de los que te suenan de vista, que sabes que no te tienes que preocupar. Pero el Toni de los huevos que se pone tenso, pero muchísimo, y empieza a darle largas de mala manera. Que te pires, no sé qué. Que paso de ti, hostia puta. Y el yonqui que no las pillaba, comiéndonos la oreja con lo mismo, en plan cíclico. Mi hijo, la pensión, tal y cual. Aceleramos el paso para quitárnoslo de encima, y al tonto del culo no se le ocurre otra que cogerle del brazo al Antonio. Buf, al Toni le salta la vena psicópata y le arrea un codazo en la puta cara que el otro se fue al suelo derechito. Yo me quedé clavao, coño. Y el Antonio Garrido de los huevos se pone como en plan kungfú, sabes cómo te digo, y empieza a soltarle patadas. Un pasote bien gordo. El yonqui chorreando por la boca y el otro dándole en el costillar con las botarras que llevaba. Yo flipao, porque esto ni cuando se le empezó a ir la olla lo había visto. Y mira que le hemos visto hacer cosas burras.
- Joder, tío...
- Ya te digo. Ya me espabilé un poco y lo agarro y lo separo, y el tío revolviéndose. Una movida que te cagas. Como loco, tío, me pegó un cabezazo sin querer, vamos, creo que sin querer, se me cayó la botella al suelo, me puse perdidos los putos vaqueros nuevos que llevaba... Ni dos días tenían, colega, pingando de tequila. Y el yonqui boqueando sangre, hecho una bola. Al final se me escurrió, sabes, gritando que le había roto la botella, que le había roto la botella, y le pegó una patada que, joder, que no le rompió la cabeza de puto milagro. Le raspó todo la cara por el asfalto.
Sami hace una pausa para beber. Imagino la escena. Conozco esas situaciones. Toni. Por eso empezamos a esquivarlo, joder. Porque era una puta tensión continua. No podías relajarte, no sabías qué pavo iba a hacer el comentario que propiciara el festival siguiente de risas y hostias. Una lástima bien gorda, porque Toni era colega. De los buenos. Pero se le iba. Qué le vamos a hacer.
- Ya se tranquiliza un poco y me lo llevo- sigue Sami. – Yo con las piernas temblando, flipando todavía, y él refunfuñando que si puto yonqui, que si nos había roto la botella, puta escoria... No sé, una movida, ya te digo. Y luego el tío quería volver a por otra botella y seguir trincando como si nada, no me jodas. Me lo quité de encima con lo de que tenía que currar al día siguiente, que era mentira. La mosca se me había pasado pero bien, estaba yo para seguir de fiesta.
- Él como si nada.
- Vamos, es que me echaba unas miradas en plan eres un traidor que me dejas tirado.
- Buf...
- Eso mismo. Buf. Se ha vuelto a pasar por el restaurante un par de veces, pero como no le doy bola se aburre y se pira. Y gracias.
- Toni.
- Ya. – Sami coge el vaso de cerveza y vuelve a mirarlo. – Es esto, colega. Estaba de puta madre hasta que empezó a beber. Voy a dejar el alcohol también, saca lo puto peor de cada uno... ¿Te acuerdas la vez que nos pasamos tanto con aquella muchacha? La de la cojera.
Asiento, intentando que el recuerdo no penetre del todo en mi conciencia.
- Eso no fue gracioso, tío. El whisky...
- Tampoco fue... tanta cosa, ¿no?- argumento, poco convencido. Estábamos pedos y ella... Bueno, ella también.
Sami me clava los ojos. Estaba allí y lo vio. Estaba allí. No puedo contarle milongas. Sabe lo que pasó.– Si tú lo dices.
Ahora el silencio se hace espeso y asfixiante, prolongado, meditabundo y chungo.
- Toni- digo, otra vez, con ánimo de reconducir la conversación, de restarle gravedad. - ¿Te acuerdas el día que iba tan borracho que se desmayó? En el Rita. Yo creía que se había muerto, te lo juro.
- Sí, me acuerdo.
- Y al momento se levanta, con los puños en alto diciendo quién me ha dado, quién me ha dado, con esa cara que se le ponía de loco...
- No encontró a nadie esa vez para devolverle el golpe- dice Sami. – Suerte que tuvimos.
Normalmente es una anécdota que tiene carcajada asegurada en nuestro grupo, pero sólo logra dejarnos más callados. Es que si lo piensas, es más bien triste. Definitorio que te cagas del individuo, de cómo funciona. Bebemos, fumamos, nos miramos de soslayo, sin saber qué añadir para pasar el bache.
- Pero bueno, paso de historias- se anima Sami. – Qué te cuentas de esta gente.
- No sé... Todos más o menos igual- digo, sin tenerlo muy claro; qué puede significar seguir igual. Le hablo de Chema, de cómo ha cambiado, y de cómo desperté en su sofá, postalcohólico y en pleno delirio. Consigo convertir aquel incidente de degradación personal máxima en una anécdota cómica, divertida. A partir de aquí la conversación distiende un poco. Volvemos a relajarnos, aunque me da la impresión de que pasábamos de puntillas sobre otro nombre, otro tema candente. Supongo que no está fuera de lugar que yo saque el tema, hay confianza de sobra, pero no me apetece. Demasiado truculento para una conversación tan ocasional. Yonquis y sangre, sí. Preguntas indiscretas, ni se te ocurra.
Acabamos con la jarra, y se me planta la urgente necesidad de una meada. Me levanto y me voy al meadero. Mientras suelto el excedente, busco mi firma en la puerta. La grabé como hace cinco años, con las llaves, la primera vez que entré en El Cali. Llevaba años sin acordarme de eso, pero se me viene a la cabeza. No la encuentro entre el millón de otras firmas que la gente ha ido dejando.
Al volver a la mesa, Sami tiene la mirada un poco perdida. Me siento y no espera un momento para disparar: - Sabes lo de Eva, ¿no?
- Eh, sí. Claro.
Sami se pasa la mano por la cabeza rapada. El gesto le da un aspecto infantil, un poco desvalido. – Vaya, ¿no?
No se me ocurre qué decir que pudiera ser apropiado. - Una historia chunga- digo, poco inspirado.
- Eva tenía su cuarto empapelado con fotos de bebés. Fotos de estas graciosas, de bebés disfrazados. Le encantaba ésa de un niño y una niña dándose un piquito, ¿te acuerdas?.
Me acuerdo, cómo no. Pero tampoco es que tuviera su cuarto empapelado, sólo tenía algunos pósters de esos, y fotos de sus sobrinos. Pero bueno, estaba claro que a Eva le encantaban los críos. Instinto maternal a flor de piel.
- Lo tenía todo claro, tío. Los hijos que iba a tener, los nombres que les pondría según fueran niños o niñas...
Esto me deja fuera de combate. A qué coño viene. No me jodas. El tono es triste, pero también como de reproche. No me gusta.
- Qué querías que hiciera, digo, suavemente, controlando la bilis. – Con veintidós años, la carrera casi terminada... Ni cuatro células mal apañadas era, joder.
Sami apura lo que le quedaba del vaso. – Si yo no digo nada, tío. Sólo eso.
En el tema del bombo, que ni si quiera llegó a bombo, se mantiene la gran incógnita de quién le metió el bollo en el horno. Hacía casi dos años que Sami y ella lo habían dejado, pero seguían viéndose, y de vez en cuando caían el uno en los brazos del otro y tal. Eva no suelta prenda al respecto. Marcos dice que seguramente es de alguien que se ligó una noche loca y que hubo mala suerte con la goma. Es lo que encaja en su mentalidad bígama y promiscua. Puede ser. Otros tenemos teorías diferentes.
- ¿Y qué tal está?- pregunta Sami.
La última vez que la vi estaba hecha polvo, muy jodida, pero me lo callo. Hace mucho, además.
- No sé. Tampoco es que suela verla. ¿Y tú?
- No acabamos del todo bien.
Sami se queda callado. Me miro las uñas, termino mi cerveza.
- Sami, tú...
Me mira. - ¿Qué?
- Nada.
- No, dime, ¿qué?
- Nada, nada, déjalo.
- Vale...


Después de eso, la conversación queda oficialmente muerta. Miramos nuestros relojes, carraspeamos. Pagamos a pachas y salimos de El Cali. Empieza a anochecer. Refresca un poco.
- Bueno, tío- le digo. – Me alegro de verte y eso.
- Sí, a ver si se repite más a menudo.
- Tú llámame cuando quieras.
- En cuanto tenga un rato. Fijo.
Al igual que con Chema, los dos sabemos que eso no va a pasar. No le coges tan fácilmente el pulso a una amistad. No si lo único de lo que vas a hablar es de cómo han cambiado las cosas.
- Saluda a estos de mi parte, ¿eh? Da un par de collejas.
- De tu parte irán, Sami- digo, sacando un cigarrillo para el camino. Sami los mira.
- ¿Me pasas uno?- dice.
- ¿Y los cuatro meses?
- A tomar por culo.
Le paso uno, riendo. Se lo queda mirando un momento, con esos ojos ausentes de antes.
- De vez en cuando, tío, lo echo muchísimo de menos, dijo, y entiendo que no se refiere al tabaco. - El primer año, cuando empezamos la universidad. Fue cojonudo. Tenía el curro de los chinos y los trapis. Tenía a Eva. Os tenía a vosotros. Hasta Toni era divertido. Me reía mogollón. Luego, bah. Todo ha sido rodar.
- Te entiendo.
- No es peor, es sólo que no es lo mismo- explica. – Se pone el Fortuna en los labios. - ¿Y tú por qué ya no escribes?
- Para qué- repito, incómodo.
Se instala otro silencio. Nos quedamos allí, en la puerta del bar, mirando nuestros zapatos, el tabaco en la boca, sin encender.
- ¿Conoces el chiste?
- ¿Qué chiste?
Sami se saca el cigarrillo de los labios. – Es un tío que va al médico a hacerse un chequeo. Cuando el médico tiene los resultados, le dice: Oiga, mire, usted está muy jodido. El tabaco tiene que dejarlo, o le aseguro una muerte inminente. Y a partir de hoy, sólo podrá comer verdura hervida. Y nada de alcohol, por dios. Su hígado explotaría. No me diga, le dice el tío. No puedo fumar, no puedo beber, no puedo comer un puto filete. Por lo menos me queda el sexo. No, no, no, le dice el médico. Un orgasmo podría matarlo. Más rápido que una puta bala.
- Pobre hombre- digo.
- Y tanto- asiente Sami. - Y el tío, desesperado, le pregunta al médico: ¿Pero así me asegura que viviré más? – Levanta los ojos del cigarrillo y me mira, con una sonrisa triste. – No lo sé, dice el médico. Lo que es seguro es que se le hará más largo.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Qué grande tío... ES la puta vida...

24 junio, 2008 18:41  

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