La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, octubre 08, 2005

hace dos años

hace dos años que no soy como era antes solía ser mucho peor ella cambió cosas yo cambié cosas dani cambió cosas dos años antes éramos mucho peores los precursores el tembleque la blanca y el rojo goteando y el azul en la televisión esa camiseta es absurda niña pequeña como una y el olor a pan caliente mezclo cosas de antes de ahora de hace dos años cómo éramos mucho peores ella no estaba yo sí dani sí ella no me dijo no te hagas eso y dejé de hacerlo de golpe aunque ya no lo hacía como antes y asocié la parte fácil a ella la parte difícil me la comí solo yo solo todo el tiempo hace dos años solos todo el tiempo ella no estaba como ahora no está ni estará porque se ha ido a parís poder despedirme de ti

pero no lo hiciste yo no quise apagué el teléfono hundí la cabeza en la almohada

y hace dos años

es como si el frío cristalizase el aire. El cielo está despejado, no hay una nube, y la luz cae como a través de una lente helada. Se come todas las sombras. Me encantaban estas mañanas, de niño. Las mejores para ir al campo. Abrigado hasta las cejas, corriendo, los pantalones sucios de tierra. Pero ahora este frío como cuchillas en mi cara y esta luz aumentada no son más que aliados de la resaca y me recuerdan lo mal que se van a poner las cosas.
Es demasiado pronto. Todavía se desliza algo por mi organismo, pero ya ha empezado. Al principio es una incomodidad metafísica. Como quedarse dormido en el autobús y despertar en un barrio que no conoces. Al menos así es para mí.
Dani mira los árboles de Cánovas y se sube la cremallera del abrigo. Mierda, dice. Lo tengo encima.
Saca un paquete de Marlboro y me pasa uno. Fumamos mirando los árboles pelados, los pájaros ateridos. Tenemos que movernos, digo.
Dani se estremece. Su rostro ha tomado un aspecto céreo y brillante, las oscuras oquedades bajo pómulos lo hacen parecer un cadáver. Me pregunto si yo tengo una pinta parecida. Me pregunto qué pinta tenemos con nuestra pinta universitaria, nuestro tembleque, nuestra ansiedad yonqui.
¿Crees que Nicolás tendrá?
No lo sé.
Ayer no tenía.
Dani mira su reloj. Es muy temprano.
Me balanceo un poco. Cambio el peso de una pierna a otra. Qué hacemos, murmullo. Qué.
Venga. Dani señala un bar. Venga, vamos. Cruzamos Cánovas y nos metemos en el bar. Hay pensionistas en las mesas, con boinas y jerséis deshilachados. Nos miran. El camarero es joven, quizá tres o cuatro años mayor que nosotros, y tiene la cara cansada, los ojos caídos. Un fiestero. Un adicto. Se los reconoce a la legua. Yo veo a uno cada vez que me asomo al espejo. Le pedimos un par de cafés y nos acodamos en la barra. Los viejos beben café y aguardiente y juegan a las cartas, marean periódicos de ayer. Hay serrín bajo mis pies. El bar huele a fritanga. Estos lugares siempre huelen igual.
Los cafés queman. Humean. El frío luminoso de la mañana se ha quedado fuera. Aquí el frío es gris y áspero, como aire encallecido.
Eh, dice Dani, tras sorber de su café y hacer una mueca. El peor sitio para pasar una resaca.
Lo pienso un segundo. En el dentista, digo.
No vale. En el dentista te drogan.
La sala de espera del dentista, hojeando un Interviú del mes pasado y escuchando el taladro chirriar en la dentadura de otro.
Bien. Mejor.
¿Y tú?
Una boda. En la iglesia, antes de que abran la barra libre.
En un examen.
En la Línea Campus.
En el Burger King.
En el Carrefour. Comprando con tus padres regalos de Navidad.
Ésa es buena.
Dani asiente. Es horrible.
Mucho. Puedo imaginarlo.
Venga, di otro.
Miro a mi alrededor. Este bar.
Dani asiente. Este bar. Esta resaca. Sus dedos están crispados sobre la barra, largos y esqueléticos. Sus ojos son como cuentas de cristal, hinchados y azules, mojados, febriles. Tengo que ponerme.
Respira hondo, le digo. Como si fuera a servir de algo.
Dani jadea entre dientes. Dilata las fosas nasales. Si tuviera algo en el estómago lo vomitaría, dice.
Tranquilo, coño.
Pero qué pasa. ¿Es que no lo tienes encima?
Claro que lo tengo encima. Lo tengo desde el principio, y se agudiza por mimetismo. Una caída de la temperatura. Un sudor gélido. Pero no se lo digo.
Venga, otro. Otro mal sitio para la resaca.
Coge el café con manos temblorosas y bebe. No sé. Cualquier sitio. Un parque. Los sitios bonitos son muy jodidos.
Tiene razón. Los sitios bonitos te hacen sentir miserable cuando has estado haciendo cosas miserables.
Una tienda de animales, digo. Con el olor a pienso. A cagadas. A animal encerrado.
Dani se estremece, los brazos contra la barra. Noto su electricidad chunga corriendo por la encimera barata. Noto que me salta a la punta de los dedos y se combina con la mía. Toco mi café. El calor me hace pensar en órganos enfermos, tumefactos. Pruebo el café y el sabor es repugnante. Lo dejo. Busco en mi bolsillo y pongo una moneda de dos euros sobre la barra. Dani la mira, como si fuera una clave definitiva, una señal que indicaría el próximo devenir de las cosas. Nos vamos, digo. A casa de Nico.
Él sonríe a medias. Lo tienes encima, cabrón.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

SSSSi, gente terrible, terrible, menos mal que existen a medias.
Precursores.... los conozco. Y si desaparecen con alguien: agarrale bien fuerte!!!! :D :D


Dua

10 octubre, 2005 19:57  

Publicar un comentario

<< Home