La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

viernes, diciembre 23, 2005

tan lejos

Despertar en la penumbra gris, frío y encogido. Parpadeo, gruño. Me duele la garganta. Tengo agujetas. Estoy anudado entre las sábanas y fuera de la manta y el edredón. Aurora está sentada entre las cajas de la mudanza, vestida sólo con una camiseta, ojeando mis libros.
- ¿Qué haces?
- Ojeo tus libros.
- Ah.
Llevo dos semanas aquí. Todavía no he abierto las cajas. Están llenas de libros y cedés, pero también de periódicos viejos y revistas atrasadas. De hecho, eso es lo que más hay. No seleccioné nada cuando tuve que recoger mi cuarto. Lo guardé todo. No suelo recortar nada, así que guardo papeles quizá por una noticia breve, un artículo mínimo, que luego olvido. Tengo toneladas de celulosa entintada sin objeto ni sentido.
Cierro los ojos y escucho su respiración, el rumor de las hojas, su tos ocasional. No puedo dormir. Tanteo en la mesilla en busca del tabaco. Me incorporo para fumar y enciendo un Next. Sabe a rayos. Me duele la garganta e irá a peor.
- ¿Qué hora es?
- Van a ser las ocho.
- ¿Y qué haces despierta?
- Tengo clase a las diez. Tengo que pasar por mi piso y todo eso.
- ¿Y qué haces ahí?
Me mira.
- ¿Te molesta?
- No.
- ¿Quieres que me vaya?
- No, joder. No he dicho eso.
Sí, quiero que te vayas.
- Tengo un rato.
- Bien.
- ¿Es bueno este libro?
- ¿Qué libro es?
Me enseña la portada, pero apenas puedo verla. – El gran desierto- dice.
- Sí, lo es.
Marea más papeles, mira otros libros. – Me encanta leer- dice, pero no sé si me lo dice a mí, o se lo dice a ella misma, o a algo que nos observa en la penumbra. - ¿Y este qué tal?
Reconozco el delgado libro amarillo que sostiene, la edición de Anagrama. La dolorosa sucesión de páginas. – No está mal- digo, deseando que hubiera cogido cualquier otro libro. Tengo una docena de Elmore Leonard, pero esos no, por esos no pregunta.
Lo abre, lo mira. – Tiene algo escrito. ¿Es un poema?- pregunta. – Cruzas el umbral- lee. – Te adentras...
Y estoy fuera de la cama y le quito el libro de las manos. Rápido, suave, firme. Desnudo y aterido, la miro.
- Qué...
- No es asunto tuyo.
- Pero...
- No es asunto tuyo, ¿vale?
Me mira. – Sí, vale. – Aparta la mirada. – Me voy- dice. Busca su ropa, sus pantalones, sus bragas, sus zapatillas.
Con el libro en una mano y el cigarrillo en otra, vuelvo a la cama y dejo las dos cosas en la mesilla, el Next humeando en el platillo que uso de cenicero y el libro como la única mancha de color en la grisitud de la habitación, un rectángulo amarillo e hiriente.
Coloco las mantas y me cuelo debajo. La observo vestirse y observo el lento camino de oruga de la brasa en el cigarrillo, el cilindro que se curva y se desprende. Cuando se viste, cierro los ojos y meto la cara en la almohada y la oigo caminar, y detenerse un momento junto a la cama titubeando su respiración su tos forzada y anhelante. Adiós, dice, seca, y añade con un hilo de voz Te llamaré, y luego la puerta abrirse y cerrarse y sus pasos por el pasillo y abro los ojos y miro el techo gris gris penumbra gris ceniza gris frío gris esto no soluciona nada mi espiral sólo puede ir a peor. El libro latiendo en la mesilla pidiendo a gritos que gire mis ojos insomnes y lo mire y lo coja y recuerde. Pero estoy demasiado agotado hasta para eso.
Sólo me quedo ahí, tumbado, quitándome el frío, mirando el desanillar del humo contra el techo.


Dos horas después, me levanto, con los ojos ardiendo. Voy a la cocina, muerto de sed.
Dani está allí, enfundado en su pijama, mirando la cafetera con cara de bobo.
- Hola, Dani- digo. – Soy El Café Haciéndose.
Dani me mira. – Mamón- dice. – Qué pasa.
- Ya ves.
- Tienes una cara de pena.
- No he dormido nada.
Se sonríe de lado. – Guarro.
- No es eso. Bueno, no del todo.
- Se ha ido ya, ¿no?
- Sí, tenía clase.
- La he oído irse. Qué horario tan infernal, ¿no?
Me encojo de hombros. - ¿Hay café para mí?
- Lo habrá.
Ahora tenemos desayuno. Magdalenas, bizcochos, cereales, esas cosas. La cafetera termina y servimos un par de tazas enormes y pillamos magdalenas para los dos.
Nos sentamos en el salón.
- ¿Qué libro es ese?
El libro amarillo en mi mano desde que salí de la cama.
- Seda- digo. – Voy a releérmelo. Creo. Lo estoy pensando.
- Ah. ¿Está bien?
- Está bien.
Extiende la mano para que le pase el libro. Se lo paso. Lo abre, lo mira. – Cruzas el umbral- lee. – Te adentras en el vacío... ¿Y esto?
- Es un poema. De Violenne- digo. – Lo escribió para mí. Pensado en mí.
- Oh- dice Dani, y cierra el libro y lo deja sobre la mesa.
- Es lo único que escribió en español. Creo. Escribía mucho en francés.
- Ya- dice Dani. Pone la tele, sorbe café, presta atención a las noticias. Evita hacer comentarios. Evita llamarla gabacha. Hace un esfuerzo. - ¿Qué vas a hacer hoy?
- Nada. Creo.
Abro el libro. Cuatro versos en tinta azul, con su letra redondeada y precisa, no exactamente bonita. Es como un pozo de gravedad. Un agujero negro sentimental incluso después de tanto tiempo. Cruzas el umbral, leo. En silencio, para mí, como un rezo, como cumpliendo una liturgia arcana, con la misma reverencia y temor.
Te adentras en el vacío.
Yo. Pensando en mí, dijo.

Alargas la boca
Y me comes el corazón.

Pero no es verdad. Su corazón se me escurrió tan lejos tan lejos que sé que nunca pude comerlo, aunque lo sintiéramos así. Corazón parisino, corazón marsellés, tan lejos.

3 Comments:

Anonymous orgío said...

cuánto talento desperdiciado en tan poco espacio.

un abrazo y mejórate, cacho guarra, que no es pa tanto. tías las hay a patadas, so merluzo.

ya te contaremos la del miercoles. la que te has perdido. esto te pasa por ser tan romantico.

24 diciembre, 2005 06:27  
Anonymous Vita Severn said...

Seda...
pasé bastante tiempo sin acercarme a ese libro. Lo pude leer hace poco.

28 diciembre, 2005 00:12  
Anonymous Mendo said...

Yo ya no se q mas decirte. Me encanta tio.

12 enero, 2006 18:45  

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