La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

jueves, diciembre 08, 2005

viejas paredes verdes

Alrededor de las 23:00

Estamos cenando salchichas y patatas fritas congeladas de esas, rodeados de botellas de alcohol, vasos de plástico, bolsas del Carrefour y matasuegras. En un rapto de inspiración, hemos acabado con todo el mobiliario, excepto una mesa, no sólo el que trajimos Violenne y yo. De aquí nos vamos al piso nuevo. Ya hemos llevado las maletas. Mañana cuando despierte, si es que logro despertar mañana, despertaré entre paredes que nunca la han visto. Me anima y me aterra.
Cenando salchichas y patatas con Coca Cola caliente. No sé quién tiene que traer el hielo. Dani, Muerto, Brus y yo, cenando de pie porque somos tan listos que despedazamos las sillas para meterlas en el contenedor. El sofá sigue en la calle, pero hace demasiado frío como para ir a sentarnos allí.
Hay un par de litros en el frigorífico. Nos los beberemos ahora. Entre bocado y bocado, Muerto lía canutos. Hace siglos que no me ciego con hachís, así que cuando me pasa uno, empleo mis pulmones a fondo. Las aristas del mundo no tardan en amortiguarse.
Guai, digo.
La tele azul brilla en la penumbra.
Se refleja en las paredes verdes del salón.
Qué poco echaré de menos estas paredes.

Alrededor de las 23:40

Chema y su novia son los primeros en llegar. No los veo desde que amanecí en el sofá de su casa, completamente terminal. Llegan arregladitos y formales y nos saludan y nos dan besitos. Chema avisa que se tienen que ir temprano. Cosas del curro. Chema trabaja ahora en el Metropol. Ella trabaja en una tienda jipi de Pintores a la que no puedo ni acercarme por la peste a incienso que llega hasta la calle.

Coño, ¿cómo se llama ella?

¿Bea?

Ay, joder. Otra vez no.

Además, creo que es la única persona que todavía me llama Javi.

¿Ana?

Qué puto desastre.

Alrededor de las 00:10

Estoy en franca decadencia. Los canutos, la cerveza y los cubatas me están arrasando. Antes tenía más aguante. Noto mi equilibrio disminuido. No hay hielo. Va llegando la gente y nadie lo ha traído. A mí me da igual, pero corta bastante el rollo.

Dani y Brus se gritan delante del portátil. Lo hemos conectado a unos altavoces grandes que te cagas y metido como tres mil canciones en el disco duro. Con todo la selección musical acabará por no gustar a nadie.

Con lo fácil que es ponerlas todas en el winamp, darle al random y que pase lo que tenga que pasar. Zen, tío. Zen.

Alrededor de las 00:30

No conozco a casi nadie de los invitados. Son conocidos de clase de Dani y amigos de amigos de amigos. Acabamos de empezar y ya somos demasiados y hay demasiado humo, demasiado ruido y demasiada cola para entrar a mear. No pasa nada. Fiesta de demolición, dijimos.

Los rostros desfilan delante de mi cara y no hay manera de retener un nombre doy besos estrecho manos palmeo espaldas sorbo del cubata parezco penosamente borracho y en realidad apenas voy puesto. Apenas en comparación a como pienso ponerme.

Sólo retengo un nombre. Una chica con una camiseta de Los Planetas que se llama Aurora. Lo recuerdo porque la he llamado La de los rosados dedos y todo el mundo se me ha quedado mirando. Para variar.

Aurora es mona.

Buenas pupus.

Alrededor de las 00:50

Llegan Marcos y Simón. De la vieja guardia. Hace meses que no los veo. Marcos viene solo, aunque podría traer a cualquier de sus dos novias. Es un bígamo profesional, pero también un promiscuo crónico, así que supongo que hoy sale de caza.

Simón es otro asunto. Mide metro noventa, es pelirrojo, flaco y sufre de una timidez patológica. Escribe obras de teatro horriblemente trágicas y sesudas y siempre protagonizadas por un joven muchacho con el peso del mundo sobre los hombros que dialoga con Dios sobre lo divino y lo humano. Su última creación se llama Infierno y redención. Son espantosas y abruma la cantidad de desazón y dolor que, en principio, jamás atribuirías a una cabeza tan pelirroja.

Menos Nicolás, toda la vieja guardia está avisada e invitada. Hasta Toni, que no puede venir. A Nico no ha habido manera de localizarlo. Lo vi por última vez la noche que Violenne me dejó, y si yo estaba jodido, él estaba arrasado, a punto de completar todo un giro en su espiral. La mía es de una sola vuelta, y después me escupe. La de Nico parece enredarse sobre sí misma una y otra vez, hasta el fin de los días. Tengo que dar con él, ver qué tal le va.

Pero mañana mañana. O pasado.

Alrededor de la 1:05

Una chica, amiga de Brus y Muerto, se acaba de enterar de dónde soy y me pregunta si estuve en el concierto de Deep Purple este verano. La chica viste de negro y se ha pintado como unas enormes ojeras moradas y le cuelga una cruz invertida y plateada de la oreja izquierda.
- No, no estuve- le digo, pensando en qué estaría haciendo yo por esas fechas. Sin duda, lloriquear y sorber sopas de sobre.
- Yo sí- dice ella. – Fue genial. Doro y los Saxon y alguien más... Ya no me acuerdo.
- ¿Qué tal sonó Smoke on the water?
- Esos no sé quiénes son- dice, encogiéndose de hombros.
- Eh...
- Es que tocaron muchos grupos.
- Vamos a ver.... Cuando tocaron Deep Purple, ¿no hubo una canción con la que todo el mundo se puso a gritar?
Arquea la cejas. - ¡Es verdad!
- Pues eso.
- Yo es que de música no entiendo mucho, sabes.

Alrededor de la 1:30

Aparecen Francisco y Alberto, cada uno con una bolsa de hielo colgando de los brazos. Así que eran ellos los encargados. Son recibidos con abucheos que encajan encogiéndose de hombros. Reparten el hielo.

Para mí, son la personificación de la maldad. Exactamente eso, sí. Los dos seres más malvados con los que me he cruzado. No lo parecen. Dos tíos normales, tranquilos e ingeniosos. Pero la sangre que corre por sus venas es negra y siniestra. En primero de carrera, cuando apenas nadie conocía a nadie, acostumbraban a conseguir copias de las llaves de sus colegas, mediante el hurto y el engaño, y luego se colaban para esconder pornografía homosexual en los rincones más inusitados de los pisos. Las miradas de reojo cuando las revistas, emponzoñadas con los geles más sospechosos, eran descubiertas merecerían ser inmortalizadas y expuestas en el museo de la desconfianza y el desconcierto. A Dani a y mí nos lo hicieron, pero descubrimos el material sensible, oculto tras la cisterna del váter, cuando la coña ya era de dominio público.

Mi historia favorita de ellos sucede en Salamanca y tiene que ver con el gato de una chica que estaba dando una fiesta. Tiempo después, el gato murió en un incendio con en el aseguran no tener nada que ver. Eso dicen.

Alrededor de las 2:00

- Tengo ladillas. – Marcos está abatido, desolado. – Bichos asquerosos.
Dani y yo nos miramos.
- Joder, Marcos- dice Dani. - ¿Es chungo?
- Me han afeitado las pelotas.
El rostro de Dani tiembla y hace un guiño involuntario. – Te han afeitado las pelotas. – La risa, como una convulsión, está a punto de desbordarle. Yo ya estoy demasiado borracho como para que me afecte demasiado.
- Es horrible.
- Ya te digo, tío- asiento. La lengua me patina. Me estoy pasando con el whisky.
- ¿Y se puede saber qué guarra te las ha pegado?- pregunta Dani.
Carraspea Marcos. – No estoy seguro.
- Tío, cómo te pasas- dice Dani, cubriéndose con un manto de indignación completamente impostado y falso. – Esto te pasa por la vida disoluta que llevas.
Marcos titubea un momento y dice: - Lo peor es que... Sólo me las han podido pegar dos personas.
Lo miramos. – No me digas que...
- Sí.
- ¿Y no sabes quién?
- No- dice, y sorbe de su cubata. – O Bea o Isabel.
Parpadeo, confuso. No me imagino a ninguna de las dos, tan recatadas y discretas, con ladillas.
- Sólo estuve con ellas dos. Recientemente, vamos.
- ¿Seguro?
- Coño, claro que seguro.
- Resumamos- dice Dani, que ya no puede contener la sonrisa. – Una de tus novias te ha puesto los cuernos, y de paso te ha contagiado ladillas... Ladillas, que sin duda, le has pasado a tu otra novia. – Tiene la cara de un niño el día de reyes.
- ¿Y no sabes cuál?- pregunto.
- No- suspira. – Joder, lo que me pasa a mí no le pasa a nadie.
- Bueno, te equivocas- comenta Dani, como de pasada. – Para que te haya pasado a ti es necesaria una larga cadena de personas a las que les ha pasado, más o menos, lo mismo...
La mirada de Marcos es tal que Dani pega un trago al cubata, carraspea y se mira los pies.

Por cierto, Bea. Una de las novias de Marcos, la de Salamanca. Así que la novia de Chema no se llama Bea...

¿Ana?

Alrededor de las 3:00

Las chicas a las que amas no deberían regalarte música, ni libros, ni películas. O por lo menos no algo bueno que puedan estropearte para siempre.
Algún idiota ha puesto en la lista de reproducción Pictures of you.
No deberías fumar Gauloises, para que cada vez que vea uno de esos paquetes azules me vuelva su olor, su humo, sus labios. Deberías fumar Fortuna, o Chester, o Nobel, algo que ya estuviera aquí antes que tú, y no algo de lo que no tenía noticias y que olvidaste en los estancos y en un cajón, vacío y arrugado, y que ronda en busca de un momento para destrozarme.
Nunca había olido la jungla antes de conocerte.
Nunca había escuchado Pictures of you antes de conocerte.
Ya no puedo oler la jungla, o escuchar los cedés que me grabaste, sin quedarme muy triste y muy quieto.
La mayoría de la música que olvidaste es ese odioso pop francés que no echaré de menos. Pero lo siento por The Cure.

Te gustaba tanto Silvye Vartan que si lo escuchara ahora sin duda tendría una embolia.

La canción termina. Salta Ever falling in love. Sonrío, y no porque la canción no me esté matando y la asocie contigo, sino porque espero que funcione en dos direcciones. Que no puedas escuchar a los Buzzcocks sin recordarme, o que ya no puedas escuchar los Pixies sin que se te venga a la cabeza la primera vez que escuchaste Debaser y la bailamos en el salón y todo era luminoso, perfecto y cristalino.

Que no puedas coger Pedro Páramo sin pensar que yo te lo regalé y lo que escribí en la primera página.

Espero haberte jodido tanto como tú a mí.

Pero sospecho que no.

Alrededor de las 3:15

- Mozart y Salieri- dice Francisco.
- Exacto- asiente Alberto. – Como los Rolling y los Beatles.
- Talentos superpuestos. Sucede tantas veces...
- Es triste.
- Es inevitable.
Aurora, con su camiseta de Los Planetas, los observa. Parece desconcertada.
- Lamentablemente, no se puede tomar una posición tibia al respecto- prosigue Francisco, agitando el cubata para dar énfasis a lo que dice.
- En absoluto- interrumpe Alberto. – Sería moralmente reprobable. Estamos en la obligación de optar, de tomar partido, de inclinarnos por uno o por otro.
Toco a Aurora en el brazo. - ¿De qué hablan?
- De Estopa y Melendi- me dice.
Si no los conociera, si no tuviera noticias de los siniestrísimos corazones que laten bajo sus carcasas en apariencia convencionales, tendría la misma cara de horror.
- Voy a mear- digo.
- Espera, voy contigo- dice Aurora.

Alrededor de las 3:25

Estamos en la cola del váter, que recorre todo el pasillo. Hay gente entrando y saliendo de las habitaciones, bebiendo en la terraza, saltando en las camas. Ni idea de cómo llega ella a decir esto: - La luz roja. Me encanta. Me pone muchísimo. - Está casi tan borracha como yo.
- ¿Ah, sí?
Se muerde el labio inferior. – Sí. Tenía un novio fotógrafo, y revelaba sus cosas en un armario grande, con una bombilla roja en el techo... Pero nunca quiso echarme un polvo allí. Se ponía neurótico con sus fotos y sus gilipolleces. Lo mandé a la mierda.
- Yo te echaría un polvo bajo cualquier luz que se te antojase- digo, o más bien dice el demonio beodo que ha tomado el control.
Ella me mira de reojo y se sonríe. – A ver si es verdad.
Hostia. Que hoy follo.

Alrededor de las 3:30

Entro a mear con un par de farloperos vagamente conocidos. Mientras meo en la bañera, ellos se preparan las lonchas en la caja de Música para una boda real, con ese aire furtivo y culpable que no puede faltarle al consumo de cocaína.
Termino de mear y me los quedo mirando. Y pienso en Dani, Nico y yo hace dos años, y en espirales y me digo que con el pedo que llevo una raya sería casi medicinal. No como antes. Sólo una. Para espabilarme. Ya lo tengo superado. No voy a engancharme otra vez. Soy otro tipo. Un tipo más listo.
Cómo decía aquélla canción. Otra noche más detrás de la carne y la medicina.
Cuando me ofrecen, soy el más sorprendido al decir No. No, tío.
Yo ya no me meto.

Alrededor de las 3:40

Al salir del baño, Aurora me guiña un ojo.

Alrededor de las 4:00

Dani, con un matasuegras en la boca, alza la tele, que está encendida y azul, sobre su cabeza y ejecuta unos pasos de baile primario y demencial. Tira de la tele y se desenchufa. Salimos detrás de él a la calle. De una acera a otra, la arroja y la tele, pequeña y cuadrada, gira sobre el asfalto y traza un arco casi perfecto hasta los contenedores. Pero falla. Da contra un borde, el contenedor retumba, y sale despedida y estalla en mil pequeños pedazos contra la acera. Rugimos para celebrarlo.
Un coche de policía baja por la calle.
Los vecinos se asoman a las ventanas.

Alrededor de las 4:20

Echo llave a la puerta, bajo la atenta mirada del madero.
- Hala, chaval- dice. – Vaya fiestón.
Asiento, mientras me tambaleo hacia Dani, Marquitos y Aurora. Tendré que volver a por el portátil y un par de cosas más. Mañana. O pasado.
- ¿Adónde vamos?
Dani se encoge de hombros. – Tú qué crees.

Alrededor de las 4:50

Hay como bruma. No veo nada. El Rita está petado y hace un calor atorrante. Chorreo. Creo que más de la mitad de la gente ya estaba en la fiesta. He dejado de beber hace un rato, tras vomitar en unos setos de Hernán Cortés. Sigo fumando. Calculo que la resaca me durará media semana.

Alrededor de las 6:40

Dani, digo.
- ¡Dani!
- Qué quieres.
- Me voy a casa.
- Ah, vale.
- ¿Te quedas?
- Me quedo.
Dani está con los farloperos vagamente conocidos.
- Nos vemos.
- Eh. Recuerda. Ahora tenemos otra casa.
Levanto un pulgar para que vea que no voy tan ciego.
Me abro paso entre la gente. Me agarran del brazo.
- ¿Ya te vas?
- Sí.
- ¿Adónde?
- A mi piso.
- Te acompaño.
Me encojo de hombros. – Lo qué tú quieras.

Alrededor de las 6:55

Está cerca de la Madrila, dice. Guai.
Ya.
Pongo la tele. Los colores correctos desplazándose de la manera correcta.
Los muebles son nuevos. La cocina está limpia, y la nevera llena. Las paredes de todo el piso son del mismo color. Blanco. Gotéele.
Esto es salón, digo, porque el silencio empezaba a agobiar.
Ajá... ¿Y tu cuarto?
Me rasco el mentón. Está todo manga por hombro, explico. No he hecho la cama todavía.
Ladea la cabeza. Qué importa.

Alrededor de las 7:35

El alcohol, el cansancio y la ausencia de pasión real hacen que esté distante e insensible, como observando desde fuera, asistiendo a un curioso experimento biomecánico. Algo que sucede en la penumbra, en una habitación desangelada que todavía es la de otro, vagamente inspirado en diseños de HR Giger. Podría tomar notas en un cuaderno. Anotar turgencias, tumescencias, lubricaciones. Convertir el acto en fragmentos desunidos que no signifiquen nada. De la tibieza de sus dientes al brillo de sus ojos. Extraer fórmulas matemáticas de la tensión muda de su espalda, de las circunvoluciones de sus entrañas, del rugido de la sangre en sus arterias y los espasmos musculares ahí justo ahí sigue así ah ah...
Se sacude se agita jadea entre mis brazos
Me duelen los riñones.
Se sacude se agita desfallece entre mis brazos
La de los rosados dedos
¿Te has ido?, pregunta.
Sí, digo.
Salgo de la cama. Me quito el condón y lo tiro a la papelera. Tendré que recordar vaciarla y que no se quede ahí, amarilleando como un calamar muerto. Tengo náuseas. Estoy en pleno descenso, la resaca me ha alcanzado antes de que pueda echarme a dormir.
Vuelvo con ella. Sus manos me buscan en la penumbra gris, en la aspereza del colchón desnudo. Me dejo abrazar y pienso, pasmado, que acabo de fingir un orgasmo.
Las paredes son blancas.
Cómo añoro las viejas paredes verdes de mi tortura.

3 Comments:

Anonymous alberto said...

pura maldad? pornografía gay? gatos adiendo? estopa y melendi??
menitra! todo mentira!!!

08 diciembre, 2005 22:51  
Blogger Isco said...

No lo niegues, Niñosaurio. Nos ha clavado.

Una vez más, el cabrón.

08 diciembre, 2005 23:06  
Anonymous Anónimo said...

Qué gran putada: Pedro Páramo, que te duela cada vez que lo coges no es otra cosa.
Espero que ya tengas disfrazadas las paredes, para mí no hay nada peor que una pared blanca estudiante.

Dua!

15 diciembre, 2005 23:09  

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