La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

jueves, enero 05, 2006

nieblas

El viejo está mucho más viejo. Tiene el pelo igual de gris, casi blanco, pero las entradas avanzan por su frente. Lentas e inexorables como los glaciares. Bajo al andén, aturdido por la calefacción y el bamboleo del regional. No es el mismo bamboleo de antes, han modernizado los trenes. Antes era mucho más onomatopéyico. Claclá, claclá, claclá. Ahora ruedan con sólo un rumor metálico y he visto pasar rápidas las encinas con sus dedos llenos de hojas duras y oscuras, el ganado aterido, el paisaje mojado y blando.
Me echo el bolso negro de Adidas al hombro y lo miro un momento. El viejo. Qué viejo. Lleva un abrigo negro y largo. Parece un mafioso. Un capitán. El consigliere. Tiene los dedos enguantados y los hace crujir con disimulo.
Me ve y nos quedamos quietos. Luego, nos acercamos con paso rápido y volvemos a detenernos.
- Javier- dice él.
- Padre- digo. – Qué tal.
Me da un abrazo. Se lo devuelvo con un brazo, porque con el otro sostengo el bolso. - ¿Cómo estás?
- Bien.
- ¿Y el viaje?
- Como siempre.
Se aparta y me mira. Me aprieta el hombro con el cuero del guante. - ¿Te ayudo con el equipaje?
- Sólo tengo esto- digo.
- ¿Nada más?
- Nada.
- Bueno. Ven.
Le sigo por la estación hasta los aparcamientos. Pita un coche gris, grande, brillante, un Mercedes. – Joder. Esto es nuevo, ¿no?
- Sí- dice. - ¿Te gusta?
- Es bonito, padre- digo. A mí los coches me dejan igual, sólo veo un cacharro, más o menos caro. A él le pasa lo mismo. Huele a nuevo en su interior. Ronronea. Pone la radio, las noticias de las tres.
- ¿Y mamá?
- Trabajando. En el despacho.
- Ah.
Y todo sigue igual. Conduce callado y veo pasar rápidas las tiendas de chinos que antes no estaban, la gente que ya no conozco, los bares que no han cambiado bajo la panza negra del cielo. Llegamos a las casa rojas, con el cementerio tras el parque, la tapia blanca y los cipreses. Me adelanto y abro con mis llaves.
- Deja eso arriba y comemos.
- ¿No esperamos a mamá?
- Mamá no va a venir a comer.
Subo las escaleras, las mismas escaleras de madera con crujidos diferentes. Mi cuarto sigue igual, pero los pósters han ido cayendo y alguien, la chica que limpia, los ha ido dejando sobre la mesa de estudio, pulcramente amontonados. Los libros ya no están por todas partes. Mis viejas novelas de ciencia ficción están ordenadas por colecciones, por colores, por tamaños. Esto es cosa de mi madre. Tiro el bolso sobre la cama. Me estiro y me crujen las articulaciones, la espalda chasquea como un viejo tren.
Al bajar, mi viejo me pregunta: - ¿Huevos fritos?
- Sí. Lo que sea. Me da lo mismo. – En el salón hay una tele nueva, de pantalla plana. Hay muebles nuevos. Hay diminutos artefactos de hojalata adornando las paredes, sobre madera oscura. Cochecitos y autómatas de vivos colores, envejecidos, sobrios. Recuerdo que tengo pendientes unas traducciones. – Necesitaré el ordenador de tu despacho. Para conectarme.
- Bien. ¿Tienes hambre?
- Un poco.
- Mamá vendrá a cenar.
- Ya... Entonces no creo que la vea hasta mañana.
- ¿Por?
- He quedado. Con los amigos de aquí. Hace mucho que no los veo.
- Claro.


Al día siguiente, muy temprano, salgo al parque. Me duele la cabeza y el sabor de la cerveza y los chupitos de whisky todavía me ronda la boca. Camino por el parque. No hay nadie. La hierba está cubierta de escarcha y se me mojan las botas. Mi boca humea. Miro los pinos bajo los que hay erizos a veces y la tapia del cementerio y los cipreses, y miro la carretera brillante, húmeda, y más allá la sierra de la que baja la niebla como un alud lento, como una nube que ha caído y ahora se despeña tan despacio, como en un sueño. Cuando las nieblas del río alcancen las nieblas de la sierra, nada se verá. Sólo habrá algodón y nosotros ahí, siluetas difusas, imprecisas, mojadas. Fumo y miro las cosas, el parque y las cagadas de los perros y el frío que se me cuela por dentro, en los huesos y en la resaca. Alguien ha entrado en mi cuarto cuando todavía era de noche. Alguien ha abierto la puerta y ha entrado y, aunque ya no dormía, no he abierto los ojos ni me he movido y he dejado que mi respiración permaneciese tranquila, como la de quien duerme, y alguien ha permanecido allí, en la oscuridad y me ha mirado dormir o fingir que duermo. Alguien cuya respiración era igual a la mía, igual de tranquila y de poco reveladora. Y la puerta se ha cerrado. Y he esperado a escuchar sus ruidos, sus pasos en la escalera, la puerta del garaje, el coche yéndose, y me he levantado a buscar sus señales por la casa, alguna huella, un mensaje y no había nada, excepto el café recién hecho y una caja de magdalenas sobre la encimera de la cocina. Siempre igual, siempre así. Querer siempre de la misma manera, dolorosa y torcida. Mi aliento y el humo, pasando frente a mis ojos. Salía al parque a fumar, cuando estaba en el instituto. Hablaba con la gente que sacaba a sus perros y gorroneaba cigarrillos. Y ahora estoy sólo y el aire se va algodonando. Cuando apago el primero, enciendo el segundo. Me duele la garganta.
Mi viejo aparece entre la niebla, con su abrigo, sus manos de cuero, su pelo blanco, perfecto, aristocrático. – Javier.
- Padre.
- ¿Qué haces?
- Fumar. ¿Y tú?
- Vengo a verte. Y a fumar. No puedo fumar en casa. Ya sabes cómo es tu madre.
- Ya.
Saca su paquete de Marlboro. - ¿Qué fumas?
- Ducados rubio- le digo. – Es barato.
Asiente. – Debería fumar alguna marca barata de esas. Pero no me gustan. – Enciende el cigarrillo. – No saben igual.
- No. Saben a barato.
Sonríe.
- Qué tal te va, hijo.
- Bien- le digo. – Te lo dije ayer. Bien.
- Te veo triste.
- Tú sabrás cómo me ves. Estoy bien.
- ¿Qué pasó con la chica que trajiste? La francesa.
Y me concedo un segundo completo, para aspirar el humo e impregnar bien las membranas de mis pulmones, y luego lo expulso despacio, un soplo largo, eterno, como un alud de niebla. Pero tengo que decir: - Se fue. A Francia. Se le acabó la beca.
- Qué pena. Era muy simpática.
- Ya.
- ¿La echas de menos?
- No.
- ¿No?
- Sólo era una tía.
- Tú sabrás.
- Claro que sé, joder. Déjame en paz.
- Bueno, perdona.
Nos quedamos callados. Miro la carretera, los coches, la sierra, la niebla.
- En nochebuena, los críos salieron a aquí a tirar petardos- dice.
- Qué coñazo.
- Bueno, sí. No tanto.
Lo miro. Un hombre silencioso, melancólico y confuso. Pienso que todas las tragedias son iguales, todos los dolores son el mismo. Que él me quiera más que yo a él. Que yo quiera a mi madre más de lo que ella me quiere a mí. Cuando termina el cigarrillo, lo sostiene frente a los ojos y desprende la brasa de un capirotazo. Guarda la colilla en una bolsita hermética. Sami las tenía iguales para la marihuana. Así es mi padre. Un hombre que guarda las colillas en lugar de dejarlas caer. Tan pulcro, tan sensato, tan desvalido. Me concedo unos segundos de tregua y dejo de mirarlo. Observo el lento despeñar de las nieblas desde la sierra, la carretera mojada, la hilera de cipreses sobre la tapia blanca del cementerio, sobresaliendo como una dentadura puntiaguda y mohosa. Y miro la brasa que humea en la hierba verde, yéndose, desvaneciéndose, gris y agónica. Tan poca cosa con tan poco tiempo. Todo lo mismo, en el mismo paisaje algodonado

2 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

Canónico.

11 enero, 2006 08:53  
Anonymous poopoo said...

Me cago en la puta...tu no eres de este puto mundo.

Sensual.

12 enero, 2006 18:34  

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