La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, febrero 14, 2006

aquí empieza la antártida

La cerveza está desbravada y caliente en la jarra. La mesa mojada de espuma. Dani se llena el vaso y con la cabeza sigue el ritmo de la música. El Cali está lleno de humo y de gente y suena una canción de Metallica. El humo me pica los ojos. La gente genera calor. La canción es Fuel. Rápida. Eso me gusta.
Dani sorbe cerveza y hace una mueca. - Mierda- dice. – Es como pis de burra.
Lo que le pasa a Dani, el motivo por el que la gente se gira a mirarlo por la calle, es que tiene aspecto de refugiado de guerra. Pálido, flaco, enfermizo, con el pelo muy corto. Dani no se peina nunca, se limita a raparse con regularidad. Cuando la gente le hace notar que lleva el pelo hecho un asco, se pasa la máquina y listos.
- Ya- le digo. - ¿Vamos a pedir otra?
Dani se encoge de hombros. - ¿Cuántas llevamos?
- Dos.
- ¿Con ésta?
- Sí.
- ¿Qué hora es?
- Las dos, van a dar.
Dani se toca la cara y se la frota. - No sé, tío. ¿Nos piramos?
- Cuando nos bebamos esto.
- Claro.
- Son tres ochenta cada uno, me parece.
- ¿Cómo?
- Pagamos una cada uno- digo.
- Ah. - Dani parpadea. Se echa mano al bolsillo y saca calderilla, monedas de cobre, dorado gastado. - Pues...
- No me jodas, Dani.
- Hostia, es que me he quedado la cartera en casa.
- Pero qué cartera. Si tú no tienes.
Dani arquea una ceja. - Luego me paso por un cajero.
Resoplo, un poco cansado, y compruebo que tengo un billete de veinte en mi cartera. - Bébete esa puta cerveza.
Dani me sonríe y pega un trago. Hace una mueca. Pega otro trago. No hay mueca ahora. Vacía el vaso. Llena el suyo y el mío. Bebo. Está caliente. - Mierda- digo.
Dani alza su vaso y dice: - Lo suscribo.
- ¿Qué hacemos luego?- pregunto.
- Madrila.
- ¿Crees que aguantaremos?
- Yo lo aguanto todo- dice Dani y bebe cerveza. Me mira con los ojos brillantes y suelta un eructo de intensidad media. En la barra se vuelven algunas cabezas. Tío, dice. - Eres un guarro, joder.
Suspiro. La sonrisa de Dani se va borrando y sus ojos pasan de brillantes a vidriosos. Me enciendo un cigarrillo, mirando a la gente. Sus caras me suenan. Conocidos de bar. Los mismos sitios, las mismas caras. ¿Puede ser una noche reflejo de otra noche? Puede serlo. Ésta lo es.
- Tío- dice Dani. - ¿Crees que si todos nos volviésemos locos a la vez alguien se daría cuenta?
Lo que le pasa a Dani, el motivo por el que de vez en cuando sale con cosas así, es que tiene una percepción lateral de la realidad. Estudia Filosofía y su aproximación a la obra de los grandes autores es tan brillante como desafortunada. Es decir, que no consigue aprobar un puto examen. Cuando el profesor le está hablando del Mito de la Caverna, él todavía sigue atascado en el hecho de que Sócrates no escribió nada, todo lo transcribió Platón. Pero se estudian como autores diferentes. Podría escribir diez folios sobre el tema. Por las dos caras.
- La realidad es una alucinación consensuada- le digo a Dani.
Él abre los ojos, sus ojos como vidrio mojado, y ladea la cabeza. – Ya, y eso qué coño significa.
- Significa que de dónde sacas que existe alguien cuerdo.
Dani echa la cabeza hacia atrás. Se toca la barbilla, se la frota. - Vaya respuesta- dice. – Ya ves.
- Tú has preguntado. – Apuro lo que me queda en el vaso. - Voy a mear- anuncio.
Dani no contesta, sumido en sus cavilaciones. Me levanto de la mesa con las piernas pesadas y el equilibrio disminuido. Llevamos bebiendo cerveza desde la cena. Dani y yo, mano a mano, friendo patatas y salchichas, dándole a unas litronas.
Noto un incipiente colapso gaseoso. Eso es lo malo de la birra, te hinchas de la hostia. Hay que hacer sitio cada dos por tres para seguir bebiendo. Con el vino no pasa, pero se te pone la cara roja y te arden las orejas. Con el whisky es diferente. Si bebes tanto que necesites mear para hacer sitio, a lo mejor se te olvida hasta mear.
Me cuesta un poco llegar al servicio y cuando empujo la puerta alguien empuja desde dentro. Joder, digo. Termino el cigarrillo. Enciendo otro porque soy un tipo compulsivo y sin mesura y porque la vejiga parece que va a estallarme y con algo tengo que calmarme. Del baño de las tías sale un tío frotándose la tocha y sorbiendo en seco. Disimula, me dan ganas de decirle.
Cuando se abre la puerta del baño de los tíos, sale una tía. Por aquello de la simetría, supongo. El equilibrio cósmico. La tía es de mi edad, veinte y muy pocos, y lleva el pelo negro cortado a lo paje. Hola- me dice, sin mirarme a la cara, y se escurre hacia la gente.
- Eh- le digo. –Ahí pone caballeros, ¿no?.
La chica se vuelve y me mira. Señalo el letrero, donde realmente pone TÍOS. –El mío estaba ocupado- dice ella. Es mona. Tiene ojos oscuros y nariz bonita. Lleva una rebeca jipi y pantalones anchos.
- Si está ocupado te esperas- digo. Que no te va a pasar nada.
- No podía esperar- dice. Y se queda ahí, parada, esperando a que diga algo, con los brazos relajados, la cabeza un poco ladeada. Abro la boca. La cierro.
Bah, digo y me meto en el váter. Vaya niñata, pienso. Vaya niñata arrogante. Niñata guapa arrogante. En cualquier caso, y eso es lo que me enfada, la culpa es mía por empezar conversaciones que no sé cómo terminar.
Tras la meada, volviendo a la mesa, la busco entre la gente. Está en la barra, hablando con un tío que lleva greñas, un pendiente con forma de hoja de marihuana y una especie de poncho andino. Ella gira la cabeza y me mira directo a los ojos. Yo aparto la mirada, como si me hubiera pillado espiando por su ventana. Aprieto los dientes, ya muy cabreado, y la miro, pero ella ya no me mira y sigue hablando con su amigo. O con su novio.
Soy consciente, con rabia, de que seguiré pensando en esta chica mucho tiempo después de que ella me haya olvidado, a mí y al incidente estúpido del baño. Que seguiré preguntándome cosas sobre ella cuando ya ni siquiera recuerde exactamente cómo era. Que escribiré un relato con una chica con el pelo a lo paje para matar fantasmas. Que la estaré buscando por los bares el resto de la noche. ¿Puede ser una chica el reflejo de otra chica? Puede serlo. Ésta lo es.
Dani se ha bebido ya toda la cerveza, así que ni me siento. - Voy a pagar. Pilla mi abrigo - digo. Dani asiente. El hueco que consigo en la barra está lejos de ella. Mejor. Por Dios, no quiero saber cómo huele. No necesito saber nada más sobre ella.
Dani me espera fuera, embutido en una cazadora vaquera, subiéndose sus pantalones de chándal. Los únicos vaqueros de Dani tienen la cremallera floja, se deslizaba hacia abajo continuamente de forma que siempre le estaba enseñando los calzoncillos a la peña. Intentó solucionarlo sujetándola con una goma elástica y un imperdible, pero el sistema era demasiado trabajoso, y cuando iba a mear se pasaba más tiempo manipulando la bragueta que meando. Mientras busca otra solución, va en chándal a todas partes. Le he dicho que se compre otros vaqueros, pero debe tener oscuros motivos para no hacerlo.
- Dame un cigarrillo- dice, pasándome mi abrigo.
Tiro la colilla que llevo en los labios y escupo saliva con sabor a tabaco y cerveza. Me abrocho el abrigo y le paso un cigarrillo y el mechero. Con la primera calada, Dani se pone a toser. Suena a roto dentro de su garganta. Escupe. - Tengo tuberculosis- dice, mientras se limpia la boca.
- Ahora te vuelves hipocondríaco. Lo que faltaba.
- En serio, tío. ¿Te acuerdas de Susana?
- Sí.
- Pues tiene tuberculosis. De los canutos. De fumar con todo el mundo.
- No jodas.
- ¿Sabes la de porros que me he fumado con Susana? Un millón. La tisis, seguro.
- No creo, tío. – He bebido de la misma litrona que Dani toda la puta cena. Sus putas babas, sus putos gérmenes. Espero que no tenga tuberculosis, joder.
- Una chica que conocía me pegó herpes. Se me puso el labio como... No sé, se me hinchó de la hostia.
- Ya me acuerdo.
- De los porros. Esto es igual.
- Anda, cállate- le digo.
Echamos a andar hacia la Plaza. - Vamos a La Cripta, ¿no?- pregunta Dani.
- Prefiero ir a la Belle.
- ¿Eh?
- A la Belle.
- Te he oído. ¿A la Belle?
- Sí.
- En La Cripta hay dos por uno, tío. Y estarán Muerto y Brus, seguro. Aunque eso sería un motivo para no ir.
- No quiero más cerveza.
- ¿Cómo? Sí quieres más cerveza.
- No.
- ¿Qué coño hay en la Belle?
- Nada. Me apetece ir.
- ¿Eh?
- Por hacer algo distinto.
- Pero si fuimos la semana pasada... Ah.
- ¿Ah qué?
- Nada. Ah. Sólo ah.
- No me jodas, Dani.

Los brazos relajados. La cabeza un poco ladeada. Los ojos entornados. Aguardando. He dicho todo lo que tenía que decir, transmitía. Habla tú. Habla, ya que has empezado. Impresióname. Y yo me quedé callado.
El problema es que puedo enamorarme de un gesto. La manera en que enciende una mujer su cigarrillo. La forma en que toca el lóbulo de su oreja. La manera en que ríe. La manera, quizá, en que entorna los ojos y espera una respuesta, como si tuviera todo el tiempo. Como si el mundo le debiera una explicación. Así es fácil amar a muchas mujeres. Si luego son estúpidas, o aburridas, o no muy guapas, se me olvida cuando encienden su cigarrillo, tocan su oreja, echan a reír. Así es fácil pasarlo mal.
La chica del pelo a lo paje. ¿Puede ser un deseo reflejo de otro deseo? Puede serlo. Éste lo es.

No hay mucha gente en la Belle cuando llegamos. Dani se acerca a un hueco en la barra. La Belle tiene forma de herradura y desde un lado de la herradura no se puede ver el otro. Espera, le digo. Vamos a la otra parte.
Dani me mira. - ¿A quién estás buscando?
- A nadie, qué dices.
- Ah. –Dani tiene su expresión triste e imperturbable de refugiado de guerra, pero su sonrisa de verdad, que es sardónica y malvada, se centra toda en el arqueo de las cejas. Ahora tiene las cejas muy arqueadas, el cabrón.
Rodeamos la herradura. En el otro lado hay menos gente aún. Nos acodamos a la barra. La camarera me pregunta qué quiero tomar. - Una cerveza- digo.
- ¿Heineken?
- Vale.
- Ponme otra- dice Dani.
Enciendo un cigarrillo. Dani me mira. - Creía que no querías cerveza.
Se me atraganta un poco el humo. - Eh... Bueno, no quería beberme otro litro. Con un tercio me va bien.
- Ah.
- Deja de decir ah, joder.
Dani arquea las cejas. La camarera nos deja las birras. Pongo dos cincuenta sobre la barra.
- Paga la mía- dice Dani.
- ¿Cómo?
- No he ido al cajero. No tengo dinero. Paga la mía, anda.
De la vuelta de El Cali, pongo un billete de cinco en la barra y recojo las monedas. La camarera me sonríe y se lleva la pasta. - Caro me sales- digo.
Dani bebe de su cerveza. Le quito la etiqueta mojada a la mía con la uña del pulgar. - Para que no la confundas- explico. – Tuberculoso.
Dani asiente, con media sonrisa. – Buena idea.
La música en la Belle se me hace un poco pesada. Electrónica. Pop. Electro pop. Ese rollo repetitivo. Nos quedamos callados. Va llegando gente. Es un festival de colores chillones y cortes de pelo estrambóticos. Impostores, me dan ganas de gritarles. Los ves y sabes que se han pasado mínimo dos horas frente al espejo, tíos y tías, conjuntando modelitos, y esto es todo lo que han conseguido. Parecer payasos. Estafadores. Dani, con su chándal y su cazadora vaquera, es un dios para mí. Dani no ha dedicado un segundo a pensar en su vestuario. Lleva dos días con la misma ropa. Es auténtico, incluso a su pesar. Lo que toda esta panda de mentirosos ansía.
- El otro día leí una movida en el periódico, digo, por llenar el silencio. Una teoría de unos neuropsiquiatras de Londres.
- De Londres, repite Dani. ¿Y qué decían?
- Que el yo es una construcción residual, más o menos.
Dani me mira. - ¿Cómo?
Bebo de la Heineken. - Bueno, la inteligencia es una herramienta para enfrentar el mundo, ¿no? Dani se encoge de hombros. La inteligencia sirve para usar palos, para tender trampas, para hacer nudos. Cosas útiles para la supervivencia, así que la inteligencia primó sobre otras derivaciones evolutivas.
- Ajá.
- El problema es que llegados a determinado punto, la inteligencia plantea preguntas que no se pueden contestar. Por qué estamos aquí, quiénes somos, adónde vamos, blablablá, ya sabes. Para hacer frente a eso, se crea el yo, la identidad, todo ese rollo. Para dar salida a lo que no tiene respuesta. Un desagüe de inquietudes. Para mirar a las estrellas y no quedarse colapsado.
Dani me mira y arquea las cejas. - ¿Y?
- En principio, la cosa no está mal pensada. Pero salió torcido.
- ¿A qué te refieres?
- A esto- digo con un gesto que abarca la Belle, Cáceres, el mundo, el más allá. –No somos más que una construcción residual, una mentira para las noches despejadas mientras las funciones importantes del organismo se dedican a cosas importantes. A hacer la digestión, a mantener húmedos los ojos, a que te crezca el pelo. Pero hemos ganado, Dani. La inteligencia, el yo, lo subvirtió todo. Somos la dictadura del desagüe. Por qué estoy aquí, Dani. De qué me sirve beber cerveza en cristal verde. De qué me sirve el electro pop. Evolutivamente, para nada. Pero a eso nos dedicamos. A todo lo que no sirve para nada.
- Sí, ya. – Dani señala con el dedo entre la gente. - Mira. Es Raquel.
- Anda es verdad. Mírala.
- ¿Por qué parece que te sorprende? Nos dijo que venía siempre. Lo dijo la semana pasada.
- No me acordaba.
- Ah.
- Le miro. No me jodas, Dani.
- Vamos a decirle algo.
- Vale- digo, y echo a andar. A medio camino, ella me ve y me saluda. Vuelvo un poco la cabeza. Dani no me ha seguido. Está en la barra, bebiendo su cerveza. Raquel me coge de la mano y me da dos besos. Luego, me suelta. Tiene un tacto suave, gélido. Fuera, las calles están heladas. Ha traído el frío con ella. - Hola, Raquel.
Qué tal, Javo.
- Bien, guapa. Aquí, tomándome una cerveza con Dani. ¿Y tú?
Raquel resopla. - Buf, agobiada con las clases y eso, pero bueno. Qué le vamos a hacer. – Raquel es guapa, y tiene unos ojos extraños, ambarinos, amarillos, ojos de lobo. Lleva chapas en su cazadora estilo guerrilla y tiene el pelo castaño, el flequillo quebrado sobre la frente, como si se lo hubiera hecho un peluquero despistado. Pero no. Le queda fenomenal. - Y tú, qué tal.
- Perfecto. Bien, ya sabes. A lo mío... Mis cosas y eso.
Sonríe, mirándome. – Sí, ya imagino.
Me encojo de hombros. – En fin...
Ella mira a los lados, quizá buscando a alguien, quizá por hacer algo. – Bueno... - empieza a decir.
- Oye, me vuelvo con Dani, que está en la barra. A ver si quedamos para echar un café o algo.
- Claro, claro. Luego me acerco a verlo a él.
Sí, digo, y me vuelvo a la barra y noto extrañas presiones a la altura del estómago, como si quedara algo por decir. Como si dejara una cosa a medias. La culpa es mía por empezar conversaciones que no sé terminar.
Dani me señala con su tercio vacío. – Si quieres follártela, vuelve ahí a hablar con ella.
- Qué dices.
- Lo que oyes.
- Vete a la mierda. – Dani deja su tercio y coge el mío.
- Eh- le digo. - Qué haces.
- Dame un trago, anda.
- ¿Y la tisis?
- No creo que tenga tuberculosis- dice, como si fuera la idea más idiota que se me podría haber ocurrido. - Lo que es idiota es quedarse aquí.
Le miro. Tienes razón. - Me voy a mear. Bébete mi puta cerveza.
- No te enfades- dice.
Paso entre la gente, camino del servicio. No tengo ganas de mear. Una mano me coge del hombre y me detiene. Ernesto. Oh, no.
- El escritor- dice, con una sonrisa. - Hola. -Ernesto es poeta. Eso afirma. Y también está en una compañía de teatro. Lleva el pelo a lo Jimmy Hendrix, un fular al cuello y barba de una semana. Un toque canalla. En sus poemas no usa puntuación ni ninguna métrica identificable. Una vez me pasó algo que había escrito y al principio creía que era un relato escrito en medio de un viaje de ácido especialmente flojo. Pero era un poema, petado de tópicos y metáforas preescolares. Ernesto se lo toma muy en serio. Cuando alguien le dijo que yo escribía insistió en leer mis poemas. Le expliqué que escribía relatos sobre policías, drogadictos, esas cosas. Ah, dijo. Escribes eso.
Lo único que le envidio es su puto pelo a lo Hendrix. A mí me quedaría mejor, seguro. - Tengo que pasarte mis últimos poemas- dice, por encima de la música.
- No si puedo evitarlo.
- ¿Cómo?
- Que cuando quieras, tío.
Me pasa el brazo por el hombro. – Te van a encantar. Juan me ha dicho que son como pequeños estados alterados de conciencia- dice. Juan es el director de su compañía. Un tipo insufrible, cuarentón frustrado sin un gramo de talento.
- Pero cómo vas a escribir si no has leído un libro en tu vida, le digo.
- ¿Cómo?
- Que seguro que son buenos, digo y me quito su brazo de encima. Voy a mear.
- Adiós, escritor- dice. Su sonrisa condescendiente.
- Eres un caranabo- le digo y me aparto rápido. Al hacerlo, choco con una chica. Lleva el pelo a lo paje. No, por Dios. No.
- Tú- dice ella, entornando los ojos. Parece divertida.
- Yo- digo y no me muevo ni intento irme. Estoy clavado. ¿Es que me persigues?
- Claro, tío. Voy loca detrás de ti.
Hago un gesto de despedida. Un olvídame cortés y giro la cabeza buscando un hueco entre la gente y veo a Raquel y a Ernesto hablando. Se ríen. Joder.
- ¿Nos conocemos de algo?- pregunta ella. La miro.
- De El Cali.
- No, imbécil. De antes.
- Pues no, estúpida- digo.
Ella sonríe. - Sí, es de El Cali.
- Tú me recuerdas a alguien- le digo, sin pensar, y al momento me doy cuenta de que es verdad. Ella pone su pose. El ladeo de cabeza. Los ojos. Los brazos. Impresióname.
- Matar a un ruiseñor- digo. - Eres Scout. Joder, le has copiado el puto pelo.
Ella abre mucho los ojos. Se echa a reír. - Sí. Mi padre la tenía en video y yo la veía cada dos por tres. Era mi película favorita. Quería ser Scout. - Vuelve a reír.
- ¿Impresionada?
Me mira a los ojos. - Un poco. ¿Cómo te llamas?
- Javier.
Javier- repite, marcando mucho la erre, dándole un tono engolado. – Uh, suena a nombre de señor, ¿eh? ¿No te llaman de otra manera? Tus amigos y eso. Javi, o algún mote.
- No- miento.
- Pues nada... Javier. ¿No me preguntas mi nombre?
- Te llamas Scout, ¿no?
Media sonrisa. - Claro.
En el momento en que empiezo a pensar cosas, en el momento en el que me inclino buscando sus mejillas y quiero saber su verdadero nombre, una mano la toca y ella me da la espalda. Es el tipo del poncho andino. Le dice algo. Ella se gira. - Me tengo que ir, Javier.
- Vale- digo.
- Nos vemos.
- Adiós, Scout.
Y cuando se mueve, veo a Ernesto besando a Raquel.

En la Antártida hay un lugar helado y árido, como todo lo demás. Un lugar llamado Isla Decepción. Tienes que penetrar metros de hielo antes de tocar tierra. Si es que quieres hacerlo. Es posible que en tu excavación encuentres terribles secretos, ominosas señales, viejos monstruos congelados en una senda blanca. Que el hielo se ha ido cerrando a tu espalda. Es lo que encuentro yo. Aquí empieza la Antártida. Esto es Isla Decepción. Bienvenidos a la dictadura del desagüe.

Dani se ha terminado mi cerveza. - Vamos a La Cripta- le digo.
Mira su reloj. - Ya no vale la pena, van a cerrar pronto. Pásame un cigarrillo.
Fumamos los dos, mirando a la gente. - Sabes lo que dicen, Dani.
- Qué.
- Que la gente con fe es más sana. Está científicamente demostrado. La gente con firmes convicciones, religiosas o políticas, es más sana. Se enfrenta mejor a situaciones adversas. Vive más. Vive mejor.
- Pero a Dios nos lo inventamos- dice. – Para justificar las estrellas.
- Terrible, ¿no?
- Es peor el hilo musical del Tambo.
Asiento, porque tiene razón, pero sigo con el tema. - Yo no creo en Alá. Yo no creo en Jesucristo. No creo en nada, ni en el cigarrillo que sostengo en la mano. Creo que la realidad no existe. Neuropsiquiatras de Londres me dan la razón. ¿Qué te parece?
- Que si querías follártela no te tenías que haber ido.
A veces me pregunto si el pensamiento lateral de Dani no da con la verdadera dimensión de las cosas.
- Coño, mira quien viene- dice.
Raquel me saluda con la mano y le da dos besos a Dani.
- Qué tal, Dani.
No mejor que tú- dice. – Con Ernesto.
Raquel se pone roja y se ríe. – Anda ya.
- Es muy buen partido- dice Dani, y arquea tanto las cejas que se le pueden salir de la cara. - Actor. Y poeta.
Raquel ya no sonríe tanto, intuyendo un chiste que no pilla. Dani se sube los pantalones. – Pues eso.
Ernesto aparece. Veo en su rostro una expresión de buitre. De carroñero. De ladrón. La rodea por la cintura, marcando territorio. – Hola, chavales.
- Hola, Ernesto, qué tal, saluda Javi con una efusividad tan forzada que es como si le escupiera a la cara. Ernesto parpadea, desconcertado.
- Hola- dice.
- Qué tal tus poemas, ¿eh? Siempre creando, ¿verdad? Qué dura la vida del poeta, ¿no es cierto?
Ernesto se ríe, nervioso. Sus ojos dicen colgado. Sus ojos dicen pero qué coño.
- Ra, vamos- dice.
- Vale- contesta ella. - Bueno, ya nos veremos por ahí, ¿no?
- Sí, tía.
- Hasta el lunes. Nos vemos, Javo.
La despido con un gesto. – Es boba- dice Dani. – Pero boba, boba.
Lo que le pasa a Dani, el motivo por el que no me separo de él, es que es un puto genio.
Encienden las luces de la Belle. La música baja de volumen.
- Cierran- dice Dani.
- Oye- le digo.
- Qué.
- Eres mi héroe.
Me mira. - No sé a qué te refieres.
- Ya.
Una camarera sale de la barra y da palmas. Estamos cerrando, dice. Fuera todo el mundo. Nos metemos las manos en los bolsillos y vamos en lenta procesión hacia la puerta. Quiero fumar. Quiero beber. Quiero drogarme. Quiero mudar de piel. ¿Puede ser una noche reflejo de toda tu vida? Puede serlo. Ésta lo es.
- Quiero irme a casa- digo.
- Ni hablar.
Estamos ya fuera. Hace frío. Nos humea el aliento. - Me piro a casa, Dani.
- Ni hablar.
- No me jodas, Dani. No tengo ganas de fiesta.
- ¿Y qué vas a hacer en casa?
Pensar, rabiar, dar vueltas en la cama.
- Dormir- digo.
- Ni hablar.
- Déjame en paz. - Enciendo un cigarrillo con la colilla del anterior. Aspiro con fuerza y el humo se me cruza en la garganta. Toso con fuerza, el cigarrillo se me cae de la boca. Me arde el rostro. Respiro para compensar la deuda de oxígeno.
- Esa tos suena a muerte- dice Dani. - Tuberculosis fijo.
Respiro con fuerza y vuelvo a toser. Me doblo y escupo al suelo flemas. Me pregunto si bajo los adoquines está la playa o metros y metros de hielo y fósiles horrendos.
Una mano me toca la nuca. Me incorporo.
- ¿Estás bien, Javier?
Es Scout.
Los ojos me lagrimean. Me limpio la boca con la manga del abrigo. - Sí.
- Parecía que te ibas a morir.
- Tiene tuberculosis- dice Dani.
- Cállate, coño. Estoy bien. Demasiado tabaco, sólo eso.
Ella sonríe. - Bueno... Yo me voy... Eh, ¿qué vas a hacer ahora?
Me encojo de hombros. - No sé.
- Yo me he quedado sola- dice.
- ¿Y tu novio?- pregunto.
- ¿Qué? No, no es mi novio... Podemos esperar a que abran la Madrila.
- Sí, pero hace mucho frío.
- Bueno, podemos ir a mi piso.
- Tu piso- digo. Señalo a Dani. - Voy con un colega.
Dani sacude la cabeza. – No- dice. - Sabes, tengo que buscar a Luque. O a Cisco. Unas movidas... – Saca un teléfono móvil de sus pantalones. La batería, sujeta con cinta aislante roja, se desprende y cae al suelo. – Mierda puta- dice y la recoge, la sopla y la vuelve a colocar. Lo que le pasa al móvil de Dani, el motivo por el que lleva cinta aislante roja en la batería, es que suele dejarlo caer constantemente.
- Yo los llamo ahora- dice. - Vosotros a vuestra bola.
Miro a Scout. - ¿Y qué hacemos?
- Tengo Matar a un ruiseñor en deuvedé. Podemos verla.
- ¿En serio?
Ella ríe. - No, pero molaría.
Sonrío. Vuelvo la cabeza y Dani ya no está.
Veo a Ernesto y a Raquel. Él la tiene contra la pared. Besándose como si no tuvieran ningún sitio al que ir. Como si fueran a fornicar aquí mismo. Esa sensación en la boca del estómago.
- ¿Te pasa algo?- pregunta Scout.
¿Es que no puede verlo? Nieve por todas partes. Hielo bajo los pies. El rumor de las placas tectónicas. Mi aliento como humo delante de los ojos. ¿Puede ser todo lo que te espera reflejo de lo que ya has tenido? No hay forma de saberlo. ¿Puede ser la falta de fe una nueva forma de fortaleza? Lo noto creciendo bajo mis pies para quebrar el hielo y tragarme. Otra vez. Así que la respuesta es no. ¿Puedes encontrar algo en lo que creer si ya has matado a Dios, al amor, a la ciencia, al arte?
- Javier, ¿te pasa algo?
No queda nada. Sólo la calle, el frío, la música que se apaga. Ella. Yo. Una desconocida y un desahuciado. Un caso perdido.
La miro. Entorna los ojos. Venga, impresióname, chico misterioso.
Y digo lo único que merece la pena decir.
- Me gusta tu pelo, Scout.

8 Comments:

Anonymous Pili said...

Uuff, muy largo, pero vale la pena. ¿Y quién es Raquel? No se había mencionado antes, creo.

Un beso.

14 febrero, 2006 12:51  
Anonymous Alberto said...

con que ese es el motivo por el que este insesato me despertó tan tarde! porque le hiciste el avión!
Os odio jipis!

14 febrero, 2006 23:10  
Blogger miguel de lucas said...

Tú eres una puta construcción residual, Javo. La mayor que conozco. Y encima no te vienes a Madrid. Te odio, sigue así.

14 febrero, 2006 23:44  
Anonymous Anónimo said...

Entré de casualidad y ¡vaya suerte!
Me gustan tus historias, te seguiré de cerca. Saludos.

15 febrero, 2006 20:00  
Anonymous Anónimo said...

¿Pero esto es de verdad? Quiero decir, ¿es lo que le pasa o se lo inventa? ¿Es una novela o un diario o qué? De todas formas, me gusta.

Ana

16 febrero, 2006 14:01  
Anonymous Danny the Chip (a.k.a. el mago de dog) said...

muy bien chaval. la mancha de mora con mora se quita. seras guarro...

18 febrero, 2006 07:42  
Anonymous menguele said...

EEEeeeeeaaaa perroooo. Y javo lo consigue otra vez. a esa jipi de pelo paje tb me la kiero tirar yo, q lo sepas. y fuma menos puto animal.

18 febrero, 2006 18:21  
Anonymous berliner pilsner said...

Scout!

22 julio, 2007 13:02  

Publicar un comentario

<< Home