La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, febrero 18, 2006

metropol

- ¿Cuántos años me echas?
- ¿Cómo?
- ¿Cuántos años crees que tengo?
- No lo sé. Veinte, veintiuno... ¿De qué te ríes?
- De ti.
- Qué bien.


El café Metropol. El nombre siempre me hace pensar en maderas nobles y bebidas de importación. Pesados vasos de cristal. Imagino trajes oscuros, diplomáticos en las mesas, reporteros de guerra borrachos en la barra. Espías aquí y allá, pegando la oreja. Colonial. Clásico. En blanco y negro. Algo de eso tiene el Café Metropol. La madera de las mesas y que forra las paredes no es tan noble y necesita capas urgentes de barniz. La gente ha escrito cosas con llaves y punzones improvisados. Siglas. Fechas. Corazones y nombres. No es muy grande, apenas cuatro mesas y una barra, y huele a lejía durante toda la mañana. Sólo por la tarde, cuando solía ir yo, el olor se pierde un poco bajo el humo y el calor del café, y el bar huele a otra cosa y puedes imaginarlo todo en blanco y negro. Allí iba yo a escribir, con un cuaderno promocional de Coca Cola y un Bic. Un paquete de Fortuna y algún mechero defectuoso. Cerillas, quizá. Para hacerme el interesante. Cuando todavía escribía.
Ahora Chema curra aquí por las tardes. Eso ha empezado a atraernos, sin que nadie lo mencione, sin que nadie lo explicite. Llegamos de uno en uno y nos vamos acodando en la barra, tranquilos y apagados, pidiendo café y encendiendo cigarrillos. Charlamos un rato y nos vamos yendo de la misma manera, camino del curro o de clase o de otra tarde inútil y tramposa.
- Lo peor del tema no han sido las ladillas, ni tenerme que afeitar las bolas- dice Marcos, mirando por encima de sus gafitas. – Lo peor es lo que pican los putos pelos al salir. Joder, tío. Un horror. Me tenía que rascar con el marco de la puerta, tío, como los putos osos.
- ¿Y sabes ya quién de las dos te las pegó?- pregunta Dani.
- Nah. Sospecho que Bea. Está como culpable, sabes, como esperando algo, desviando los ojos... Lo chungo es que Isabel tampoco me ha dicho nada. Fui a verla a Salamanca, dispuesto a todo, a mentir, engañar, lo que fuera. Pero no me ha dicho nada, tío. O no se las pegué, o yo qué sé. O se piensa que se las ha pegado otro. Esto es un horror.
Dani y yo nos reímos abiertamente. Chema, al otro lado de la barra, sacude la cabeza, pero se sonríe.
- Eso te pasa por tener dos novias, joder- le digo. – La bigamia es un delito, tío.
Marcos abre los ojos. – ¿Sí? Venga ya.
- Te pueden empurar.
- No me jodas, ¿me pueden denunciar?
- Sobre todo si le has pegado las ladillas a alguna.
- Hostia puta...
- Que no, Marquitos- interviene Chema. – Cómo te van a poder denunciar. Eso es si te casas con dos.
- Ah, no, yo casarme no. Ni con una vamos. – Sonríe y me mira. – Pero serás cabrón... Como tú has estudiado cosas de ésas, hijoputa.
- ¿Os acordáis de lo que le pasó a Nico?- pregunta Dani. – Con la comebolsas aquella.
- Buf, me acuerdo- dice Chema.
- Yo no- dice Marcos.
- El tío se enrolló con una, se la folló, y luego le picaba todo- dice Dani, descojonándose.
- Igual eran ladillas. – Marcos parece interesado en no tener la exclusividad de los bichitos púbicos. – Digo yo, vamos.
- No sé, decía que le empezó al momento. ¿A ti te empezó de inmediato?
- Bueno, de inmediato no...
- Era como una alergia- digo yo. – La tenía de los huevos al cuello. Yo se la vi al día siguiente, en El Cali.
- ¿Te enseñó los huevos?
- Coño, me enseñó el cuello. Era una erupción del perfume, o del maquillaje de la tía, seguro.
- ¿Y cómo se le iba a pasar a los huevos?
- Pues se la chuparía, a mí qué me cuentas.
Marcos sacude la cabeza. – Nah, no me convence. Sería que la tía no se lavaba mucho.
- O no se lavaba Nicolás- dice Dani.
Se ríen. Chema y yo nos miramos. Miro a Dani. Me esquiva los ojos.
Hace más de un año que no sabemos nada de Nico. Nico, Dani y yo nos empleamos a fondo en la ardua tarea de hacernos polvo con la farlopa, el alcohol y todo lo que se nos cruzase, durante casi dos años de espiral. Cuando nos escupió la espiral, Nico todavía se aferraba a ella con uñas y dientes. No hay nadie en esta pandilla desunida y distante que no se sienta culpable al pensar en él. Por eso se comportan como si no estuviera desaparecido. Como si fuera a dejarse caer de un momento a otro. No hay nadie en esta pandilla que no nos culpe de lo que sea que le haya pasado.

- ¿Tienes novia?
- No.
- Yo no tengo novio.
- Ajá.
- ¿Qué crees que va a pasar ahora?
- No lo sé... Te ríes otra vez de mí.
- No, no me río de ti. Ahora no. Me río de esto.
- ¿De qué?
- De ti y de mí, aquí sentados, hablando.
- ¿Y es gracioso?
- Sí. Ni siquiera vas a intentar besarme.

- Me han dicho que ligaste, Javo- dice Marcos.
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- Ah.
Dani sopla su café. – Es un sonco, no suelta prenda.
- Tampoco has preguntado.
- Si no quieres contar, no pregunto.
- Te lo hubiera contado.
- Si lo quisieras contar, no haría falta preguntar.
- Parecéis un par de maricones enfuruñados- dice Marcos. Se coloca las gafitas en el puente de la nariz. – A ver, Javo, ¿a quién te follaste?
- No me follé a nadie.
- ¿No?- Marcos mira a Dani.
- Pues se fue a su casa, a mí no me mires. Y volvió de día.
- ¿Y no te la follaste? ¿Tenía la regla o algo?
- No, no es eso. No nos enrollamos.
- Pero... Eh... – Marcos parece más que desconcertado, herido, violada su elemental percepción del mundo. - ¿Y estaba buena, Dani?
- No estaba mal. Se ha ido con cosas peores.
- Gracias, tío- le digo.
- A mí me parece una actitud muy madura, Javo- dice Chema.
- Tú cállate, hombre casado- le dice Marcos. – Coño, Javo, qué cosa más rara. ¿Pasaste la noche con ella?
- Más o menos.
- ¿Haciendo qué?
- Hablando. Luego me dormí en su sofá, un rato.
- ¿Y ella?
- Se durmió al lado.
Se le descuelga la barbilla. – Vete a la mierda. Te estás cachondeando de mí.

- No tienes novia. Pero estás enamorado
- Algo así.
- ¿Cómo es?
- No, verás... Nunca hablo de ella.
- ¿Por qué?
- No me gusta hacerlo.
- ¿Es guapa?
- Déjalo, anda.

Marcos se va a clase y Chema se pone a atender el creciente flujo de clientes en busca de café. Dani y yo nos quedamos callados un rato, mirando las muescas de la barra. Saca un paquete de cigarrillos.
- ¿Quieres uno?
- Bueno. ¿Qué fumas?
- Lucky Strike.
- ¿Y eso?
- Valía uno ochenta y cinco.
- Ha bajado, ¿no?
- Creo que sí.
- ¿Cuánto valía antes?
- Eh... Pues no sé.
- Ya... – Dani carraspea. – Eso de la tía... Lo de que no te enrollaras con ella.
- Qué pasa.
- Es por Violenne, la gabacha, ¿no?- Se da con los nudillos en la sien. – La tienes ahí, metida, en la cabeza.
- Sí, la gabacha. Creo.
Dani sonríe, enciende el cigarrillo. – Es la primera vez que la llamas así.
- ¿Cómo?
- Gabacha.
- Oh... Sí, es verdad... Aunque no recuerdo que tú la hayas llamado Violenne antes. Es igual de raro.
Dani deja salir el humo de su boca. – Será que empieza a darnos igual.

- ¿Te vas?
- Sí.
- Es muy tarde. Bueno, es temprano, ya ha amanecido.
- Sí, se nos ha pasado la noche.
- ¿Sabes una cosa?
- Dime.
- No iba a acostarme contigo.
- Ya.
- No tengo veinte años, ni veintiuno. Cumplí dieciocho en enero. Entré en mi año de milagro. Todavía soy virgen.
- Lo sabía. Las dos cosas
- ¿Sí?
- Me lo imaginaba.
- ¿Por eso no has querido besarme?
- No, por eso no.
- Pero puedes besarme. Si quieres.
- Mejor dejarlo así. No sé. Mejor así.

1 Comments:

Anonymous Menguel said...

aaaaayyy era joven! era joven! pero era guapa! rolliza! y jipi!
declaro este blog como blog de culto, x su calidad literaria y x el atractivo de su autor. un atractivo salvaje, racial, primitivo, tan viejo como el antiguo testamento. esta noxe te dare tu merecido.

18 febrero, 2006 22:46  

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