La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, marzo 25, 2006

raquel y lámparas y relojes

La conocí en casa de Marcos. Una comida que se convirtió en fiesta de una manera natural y espontánea. La gente iba apareciendo poco a poco, en grupos pequeños. Gente de la facultad, conocidos casuales, algunos de la compañía de teatro con la que colabora Simón. Llegó con una chica muy alta y delgada que tenía una largo flequillo negro, peinado como un ala de cuervo sobre el rostro, y una falda verde sobre los vaqueros, detalle que para mí no tenía ningún sentido. Raquel pasaba desapercibida a su lado, apenas destacaban las enormes gafas de sol y el flequillo trasquilado. Alguien a quien descartas en el primer vistazo.
Era una tarde fría, pero hacía sol y el cielo estaba despejado. La gente salía al balcón a fumar, el largo balcón que doblaba la esquina de la fachada de ladrillo visto y continuaba hasta un lavadero viejo y abandonado, lleno de trastos. Yo estaba fumando allí, bajo el tejadillo de uralita, parapetado tras las Ray-ban que Dani robó en la estación de autobuses, sintiéndome muy triste y muy solo por pura inercia, con un botellín en la mano y un Fortuna en los labios. La música me llegaba amortiguada, por una ventana cerrada. Cuando me siento así intento fingir y darle coba a mis colegas, para no amargar a nadie, y luego me voy a rincón a estar solo y a sentirme miserable.
Así que no me apetecía nada hablar con ella cuando salió al balcón.
La vigilé de reojo. Su flequillo, sus gafas de sol enormes. Llevaba una cazadora de guerrillera, llena de bolsillos y botones, con algunas chapas. Aprecié que era guapa, hasta donde podía ver, la catalogué y la descarté. Por las gafas, tan enormes y tan de moda, y las chapas y ese corte de pelo de aspecto moderno... Alguien con quien no tengo nada que hablar, pensé. La observé mientras sacaba un paquete de cigarrillos y se ponía uno en la boca y se palpaba los bolsillos. – Eh.
La miré entre el humo.
- ¿Tienes fuego?
- Creo que sí- dije, sin moverme.
Se acercó, sonriendo un poco.
- ¿Me lo prestas?
Cogí el mechero del bolsillo de mi camisa y se lo pasé. Mientras se lo encendía y miraba el reflejo gemelo de la llama en los cristales negros de sus ojos me fijé en que las gafas no eran nuevas. Estaban gastadas y llenas de roces y apenas quedaba lo que parecía ser un baño dorado en las monturas, sustituido por un gris mustio, de hueso viejo. Los cristales tenían arañazos. No eran unas gafas compradas en una tienda de moda por un precio prohibitivo. Eran unas gafas viejas, rescatadas de algún cajón, las gafas de papá, las gafas del abuelo. Gafas de militar golpista.
Me devolvió el mechero.
- Gracias.
- De nada.
- ¿Eres Javo?
- ¿Cómo?
Se tocó el flequillo, inclinando la cabeza. – Javo. El que escribe. Me lo ha dicho Dani.
- ¿Conoces a Dani?
- Bueno, me lo acaban de presentar.
- ¿Y qué te ha dicho de mí?
- Que escribes. Eres Javo, ¿no?- preguntó, riendo.
- Sí. Me temo que sí.
- Es que estábamos hablando. Le he dicho que yo a veces escribo y eso, y me ha dicho que tú también. Que eres bueno.
Le di una calada al cigarrillo. – Yo ya no escribo.
- Ah.
- Sólo rellené algunos folios en su momento.
- Claro... Yo empecé rellenando diarios, en el instituto. Luego me pasé a los relatos.
- Qué bien- dije, perdiendo interés por momento, mirando hacia el edificio de enfrente. Las cabezas que asomaban en las ventanas y luego desaparecían.
- He venido con Sonia, no sé si la conoces.
- No.
- Ya... Javo es un nombre raro, ¿no? ¿De dónde eres?
- No me llamo Javo. Me llamo Javier- expliqué. – Estos me llaman así.
- Ah, claro... ¿Por?
- ¿Cómo?
- ¿Por qué te llaman así?
La miré fijamente. – Pues... – Tengo que pensarlo un momento. – A ver, creo que porque ya teníamos un Sami y un Dani en la pandilla. – Me pregunté sí realmente fue por algo así de estúpido. – Algo así. No sé, fue hace mucho. En la prehistoria.
- No querían un Sami, un Dani y un Javi, ¿eh?
- Eso parece. Me tocó cargar con Javo. En realidad, ahora se me hace raro si me llaman de otra manera... Qué gilipollez. – Sonreí.
- Los motes son así.
- ¿Y tú, cómo te llamas?
- Raquel- dijo, quitándose las gafas de sol.


Como dos faros. Dos focos enormes. Por encima de la abulia y de la desgana, del desinterés crónico y de esta tristeza cadavérica que todavía arrastro, fosilizada y que se cae a pedazos, como los fragmentos de una vaina reseca y crujiente. Tiene los ojos amarillos. Color ámbar. Con la pupila contrayéndose al sol en el centro exacto de la joya, el insecto pequeño y atrapado, la imperfección que obsesiona al coleccionista. Ojos propios del bosque y la oscuridad y la caza y el viento frío agitando su pelaje. Ojos de lobo. Fulgores esféricos desmintiendo el vacío y significando algo, justificando su incandescencia en la misma incandescencia...


Semanas después, hace frío. Me encojo contra la puerta del Gran Teatro, mirando las rachas de lluvia que el viento lleva hacia Pintores. Me enciendo un cigarrillo. Tengo los dedos enrojecidos y torpes. No llueve mucho y estoy cerca de casa, pero estoy cansado, no tengo ganas de nada. Al conectarlo, tenía este mensaje en el móvil: HOLA WAPO. HOY SALGO ANTS D CLASE, QIERS QEDAR? Aurora. No, no quiero quedar. Guapo. Con uve doble. Joder.
Aspiro con fuerza. Soplo el humo y el vaho y lo miro desanillarse y cómo lo empuja el viento. Casi no llueve ya. Como salivazos dispersos. El móvil vibra. Dani. PUTA. BRUS Y MUERTO HAN TOMADO EL PISO. SOCORRO, HELP, AYUDEN, QUE VENGAS. CERVEZA Y PORROS. LO DESTRUIRAN TODO.
Otro motivo por el que mantenerme lejos de casa. Así que aquí me quedo, en el Gran Teatro, mirando la calle vacía y mojada, fumando mi Fortuna, escuchando de nuevo cómo se renueva el trajín de los transeúntes según la lluvia desaparece. El cielo está lleno de nubes, negras, bajas, preñadas, y sopla un viento fuerte y gélido.
Nada mejor que hacer que quedarme aquí. Si me hubiera traído el mp3, me sentaría a pasar la tarde. Mirando gotear las cornisas, mirando las ventanas proyectadas en los charcos.


- Eh, tú- dice una voz. – Javo.
Asoma la cabeza tras la esquina, como si hubiera estado espiando, mirando un momento sin hacer ruido, para saber a qué atenerse.
- Hola- digo.
Da un paso y aparece completa, con un abrigo azul, lo que parece un tomo enciclopédico bajo el brazo y el pelo mojado, los ojos brillantes. Noto una presión en el pecho y en el estómago y en la garganta. Respiro hondo, profundamente, hasta que la presión, el nudo, desaparece.
- ¿Qué haces?
- Esperar- digo. – Llovía.
Ella arquea una ceja y extiende una mano. – Ya no. – Sonríe.
- Ya lo veo, Raquel.
- ¿Qué tal estás?
- Bien, ¿y tú?
- Bueno. Haciendo unos recados- dice. – Tengo que comprar una lámpara.
- Uh- digo. – Trepidante.
- No te creas. ¿Quieres venir?
- ¿A comprar lámparas? No.
- Pues voy a un sitio que seguro que te gusta.
Parpadeo. – No sé qué imagen tienes de mí, chica. Pero una tienda de lámparas...
- De lámparas y relojes. ¿Quieres venir?
O Aurora o Dani y Brus y Muerto o la lluvia o ella.
- Sí.
- Venga, vamos.
Bajamos por Pintores hacia la Plaza Mayor. Ella va sonriendo.
- ¿Dónde es?
- En el casco antiguo.
- Una tienda de lámparas y relojes.
- Como lo oyes.
- ¿Y qué llevas ahí?
Coge el tomo enciclopédico y me lo enseña. La portada son unas simétricas y pesadillescas manchas de tinta. Roschard.
- Watchmen- leo. Me lo pone en las manos y lo sopeso. – Vaya ladrillo.
- ¿No te gusta?
- Lo digo por el peso. – Lo abro y lo hojeo. Sale un tío azul en pelotas lanzando rayos. Qué cosas. – Pero, vamos, yo no leo tebeos.
- ¿No? ¿Tú sólo lees Dostoievski y Nabokov?
- No sólo leo rusos- digo, sonriendo. – Pero no entiendo mucho de tebeos. De cómics. – Miro los autores. – Alan Moore. Bueno, más o menos sé quién es este tipo. Pero es como el futbol. Sé quién juega en la liga, pero no puedo conseguir que me importe.
- Ajá- dice. – Éste te gustaría.
- ¿Por qué?
Me mira, muy seria, con los ojos de lobo reluciendo un instante. – Porque es muy bueno. Por eso.
Cruzamos la plaza y subimos hacia el Arco de la Estrella. – Hace siglos que no vengo por aquí- comento. Sólo me acerco al casco antiguo cuando se lo tengo que enseñar a alguien, y siempre me pierdo aunque tiene una complicación mínima.
Pasada la Plaza de San Jorge, apenas sé dónde estamos. Raquel coge callejuelas y gira esquinas con rapidez y seguridad, haciendo comentarios sobre los nombres que figuran en las placas. El agua corre aún por el empedrado oscuro y viejo. Finalmente, tras una esquina, y bajo el ramaje raquítico y pelado de una enredadera, encontramos una puerta de madera, con la pintura roja saltada y una pequeña ventanita, y un cartel encima por el que resbalan churretes de polvo húmedo y que gotea agua marrón. Santos, informa. Lámparas y relojes.
- Venga ya- digo. Los cristales de la puerta están resquebrajados y sucios.
- Espera y verás- dice y golpea con los nudillos el cristal. Hay un timbre eléctrico, pero parece quemado e inútil. – Es un poco sordo- explica, y golpea con más fuerza en la madera.
- ¿Quién?
- Santos.
Dentro, se escuchan toses y pasos y una voz que farfulla, espesa, inconexa. La ventana se abre, chirriando. Asoma un rostro viejo, blando, con una barba mal afeitada y cana, la boca extrañamente hundida, plegada hacia el interior. - ¿Quién es?- pregunta, pestañeando. - ¿Qué quiere?
- Lámparas, Santos.
- Claro, claro. – El viejo achica los ojos y mira a Raquel fijamente, intentando extraer algo, algún recuerdo de las simas profundas de su cráneo. – La novia, sí. La novia del zagal. Pasa.
Cierra la ventana y chasquean y golpean cerrojos al otro lado. La puerta se abre.
- Venga, ven- dice Raquel. – Vamos.
Dentro huele a papel mojado, a moho y está oscuro. El viejo no es muy alto y camina encorvado, lleva una camisa fina y amarillenta y pantalones de pana. El pelo le clarea en la coronilla y lo tiene blanco, fantasmal en la penumbra del pasillo. El papel pintado de las paredes está hinchado, putrefacto.
No digo nada, no separo los labios, pero Raquel se lleva un dedo a la boca, pidiendo silencio.
El pasillo, el larguísimo pasillo, termina en una habitación. – Aquí es- dice el viejo, con una voz pastosa, confusa. Luego mira a Raquel. – Pero tú ya has estado aquí- añade, como reprochándole algo.
Entro en la habitación. La habitación de las lámparas. Apenas es más ancha que el pasillo, y termina en otra puerta. Hay lámparas por todas partes, en las paredes, en el suelo, colgando del techo, lámparas nuevas y viejas, lámparas de aliso y latón, de cristal, de acero, de plástico translúcido y plástico coloreado y plástico gris y feo, y lámparas esmeriladas y de madera taraceada o tallada o apenas pulida y barnizada con sus nudos y sus imperfecciones, lámparas que simulan ser un brote de hongos, lámparas como piedras de sal, lámparas como el multicolor caparazón de una tortuga imposible, con su cabeza verde gema, lámparas acompañadas de pájaros disecados y hasta de una pequeña jineta con el pelaje raído, lámparas de lava y lámparas como témpanos de hielo azul eléctrico, una lámpara como una diminuta jaula de bambú y otra con forma de pagoda camboyana y otra más cuya pantalla de papel muestra con precisión y detalle en rojo y negro el suicidio ritual de un samurai frente a un castillo achaparrado y un río y los cañaverales, lámparas, cientos de lámparas grandes y pequeñas, todas sin bombilla, todas castradas, inútiles, con sus cables pulcramente enrollados como maromas de barco entre puerto y puerto. – Todas funcionan- dice el viejo. – Todas- insiste, y sale por la otra puerta.
Miro a Raquel. – Menudo personaje- digo.
- ¿Qué te parece?
- Una marcianada. ¿Qué es este sitio?
- Una tienda de lámparas y relojes.
- Sí, bueno, ya. ¿Cómo lo encontraste?
- Ya sabes- dice, tomando una lámpara de cristal violáceo, con forma de gota invertida. – Este un sitio al que te traen, no se encuentra.
- Ya veo. ¿Quién te trajo?
- Un chico.
- ¿Ernesto?
Me mira y suelta una carcajada seca, dura. – No, ni de coña. Él no, otro. Otro chico. Mucho más especial. – Me clava los ojos, soles perfectos y tranquilos, crepusculares, rescoldos en su rostro frío y pálido y limpio. – A él no le traería aquí.
De repente me siento desprotegido, inválido, como ante los faros de un camión. Deseo un cigarrillo, una taza de café, una copa, cualquier cosa tras la que guarecerme, con la que distraer la atención y rebajar la intensidad, el fulgor...
El viejo vuelve. Su rostro ha cambiado, ha ganado consistencia, dureza. Sonríe y muestra una hilera de dientes tan perfecta y ordenada, tan blanca, que es imposible pensar que no la ha sacado de un vaso y colocado en sus encías desnudas.
- ¿Has elegido ya?- le pregunta a Raquel. Ahora articula y vocaliza como un ser humano, pero la voz es rasposa, hosca, algo ruin.
- Estoy mirando, Santos.
- Ya, ya, ya....
Se acerca a ella y le entrega algo con forma de huevo, envuelto en un paño. Una bombilla con raspones y el cristal casi opaco. – Para probar- dice el viejo. – Señala un enchufe en la pared. – Y ahí el cable, ¿sí?
- Sí, gracias.
- Ya, gracias, ya, ya...
- ¿Y los relojes?
Los dos me miran.
- Eh... En el cartel pone lámparas y relojes. Pero... No hay relojes.
El viejo mira a Raquel, terriblemente ofendido, como si hubiera traído consigo a alguien maleducado que no hace más que proferir insultos.
- Están en la otra habitación, Javo.
- Ah...
El viejo hace gestos, molestos. – Ven, ven, zagal, ven...
Le sigo hasta la otra habitación, en la misma penumbra. Los relojes. La misma variedad que de lámparas, pero hay miles, ninguno más grande que un reloj de cocina, ninguno digital, todos de agujas, viejos mecanismos de cuerda y nuevos relojes a pilas, parados, silenciosos, distribuidos por las paredes, relojes de cocina y despertadores, ninguno en funcionamiento, feos o bonitos, todos mudos...
- ¿Por qué están todos parados?- pregunto.
El viejo me mira, con los ojos entrecerrados. – Porque así, si empiezan a andar, sabré que él viene.
- ¿Él?
El viejo mira a los lados, intranquilo, como venteando. – Quién va a ser. Él, zagal. Él. – Mueve la lengua y mueve la dentadura dentro de su boca y sus ojos se ponen vidriosos por entre los párpados que parecen viejos papiros. - ¿Acaso hay otro? Cuando los relojes funcionan, sólo puede ser él.


Después, nos paramos a tomar un café en el Aldana. Raquel ha comprado una lámpara de papel, blanca, sin adornos ni dibujos, con una extraña forma cuadrada. Es para leer en la cama, dijo. Me gusta esta luz.
- Siempre habla de él- dice Raquel. – Y nunca dice quién es. El chico que me llevó, Luis, decía que se refiera a Dios. O al tiempo. Que viene a ser lo mismo. Yo creo que está senil. Que debe ser algún pariente muerto, un vecino con el que no se hablaba, y todo se ha magnificado en su cabeza. Se ha vuelto paranoico.
- Puede ser- digo. – A lo mejor es el relojero.
Ella abre la boca para decir algo, pero no lo hace. Nos terminamos los cafés y salimos de allí. Se ha hecho de noche y ha vuelto a llover a ratos, todo sigue mojado y brillante. A la altura del Gran Teatro, nos separamos. Nos despedimos con un par de besos. Contengo la respiración para no olerla.
- Oye, mira- dice. – Sé que no te va, pero échale un vistazo. – Me pone Wachtmen en las manos. – Sin prejuicios, ¿de acuerdo?
- Claro, claro...
- Adiós.
- Adiós, Raquel.
No tardo nada en llegar a casa, y no recuerdo el mensaje de auxilio de Dani hasta que entro en el salón y me sacude el olor a hachís y cerveza, una peste auténtica. También huele a pintura. Dani está roncando en el sofá del salón, en su camiseta blanca hay escrito en irregulares letras negras STUPID y una flecha que señala hacia arriba. La mesa está llena de colillas de porro, litronas vacías y hay un spray de pintura negra junto al cenicero.
Hay pintadas en las puertas de las habitaciones, una interrogación en la mía, una exclamación en la de Dani y una inexplicable esvástica girando en sentido contrario en la habitación desocupada. La miro un momento, desconcertado, y pensado que hacer pintadas bien puede costarnos la fianza del piso, y luego entro en mi cuarto. Me quito los zapatos a oscuras y me tumbo en la cama. Enciendo la luz. En letras enormes sobre mi cama: Javo es una puta de crack.
Suspiro. – Precioso- digo al cuarto vacío.
Abro el libro. Una enorme cara amarilla y sonriente. Manchada de sangre.
Esto pinta bien.

4 Comments:

Anonymous menguelovitz said...

Q ojos tan bonitos tiene rakel. menuda pasada. eres mágico javo, al final, cuando termino de leer siempre me acaba gustando lo q a ti te gusta. los odios son cosas mas complicadas, y eso no se pega.
A veces odio la forma en la q meneas el culo delante de los chicos, pero se q eso es inherente a ti y lo acepto.

25 marzo, 2006 15:37  
Blogger miguel de lucas said...

"El chico que me llevó, Luis, decía que se refiera a Dios. O al tiempo. Que viene a ser lo mismo."
Luis es un imbécil. Y Crom se ríe de él desde su montaña.

27 marzo, 2006 22:57  
Anonymous puturrú de fuá said...

AAACHOOO!

07 abril, 2006 15:45  
Blogger getchell said...

WATCHMEN es la obra maestra del cómic. Aún no se ha superado. Mira el resto de obras de esa época y compara. Una pieza de ingeniería, de precisión. Cuando te lo termines, busca información en la web: es tan importante lo que se muestra como lo que no.

Y tu blog es la polla, colega. Seguimos en contacto.

08 abril, 2006 14:29  

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