La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, abril 23, 2006

argonautas

El perro es pequeño, de orejas caídas, y me mira. Tiene el cuerpo alargado y las patas cortas, pero no parece torpe o cómico. El pelaje es corto y duro, oscuro, pero con la tripa de un curioso color caoba, y una especie de barbita del mismo color que le da un aspecto sabio, de anciano venerable, aunque sólo tiene unos meses. Le toco la cabeza y acaricio el lomo. El perro me lame la mano y se tumba sobre el césped del jardín, agitando las patitas. Le rasco la barriga. La sombra de mi madre se proyecta sobre el verde y el perro la mira, la boca entreabierta y la lengua colgando. Parece que sonríe.
- ¿Te gusta?
- Es bonito.
- Tú querías un perro.
- ¿Yo?- Lo pienso un momento. – Bueno, cuando tenía nueve o diez años.
- Estabas todo el día dando la tabarra con lo del perro.
- Ya. Hace como trece años de aquello, sí. – Yo quería un perro grande. Un mastín. Un pastor alemán. No un perro paticorto y bonachón. Quería una máquina de matar que me obedeciera ciegamente. Un bóxer. Como el de Socios y sabuesos. Me encantaba esa película. Menos al final, cuando mataban al chucho. – Hasta había pensado un nombre.
- Sí.
- Pero no me dejaste tenerlo.
- Pensamos que...
- Pensaste.
- ¿Cómo?
- Papá quería un perro. Tú no.
- Tu padre quería cualquier cosa que se le ocurriera. Vivíamos todavía en el piso y no era...
- Lo que tú digas, madre.
Se queda callada, y no puedo verla, pero sé que está frunciendo los labios hasta ponerlos blancos y que sus ojos se han estrechado y que no parece especialmente enfadada, sólo molesta. En el peor de los casos, sólo parece molesta, como si el devenir de las cosas se limitase a confirmarle sus peores sospechas, y cada contrariedad, cada revés, no es más que una vindicación de sus impresiones, y por lo tanto apenas merecen un breve silencio y un gesto hosco que dejen claro su desagrado al respecto, y nada más.
La sombra se retira de la hierba y escucho sus pasos hasta la casa.
- ¿Cómo se llama?- pregunto.
Ella se detiene. – Cómo se va a llamar- dice, fría, distante. – Lucky Luke. Claro.
Y escucho sus pasos y la puerta de la casa. Me quedo un rato ahí, acuclillado, dejando que el sol me caliente la nuca y que el perro me mordisquee los dedos. Hace un día raro. Las nubes vienen y van, grises, grandes, y ha llovido durante la noche. Pero ahora hay sol. Chasqueo los dedos para llamar la atención del perro y me sigue por el garaje hasta la calle. El perro parpadea y mira los coches aparcados y olisquea el tronco de un naranjo raquítico. – Eh. Venga- le digo. – Chucho.
Vamos al parque. Recuerdo la extrañísima, marciana, llamada que me hizo mi madre. El parque está lleno de flores amarillas que cabecean despacio al viento, y hay entre ellas estallidos violetas y blancos y el constante movimiento de los tallos verdes tiene algo hipnótico, sedante. El aire huele a lavanda. Enciendo un cigarrillo, mirando el azul desvaído entre los arrecifes de nubes, y hay tanta luz y hace tan buena tarde que hasta priva a los pinos y la tapia del cementerio y a los cipreses detrás de su aura depresiva. Son como antorchas, iluminadas desde dentro, cada una en su color, cada una en su caprichosa forma y disposición. Hace años, encontré una familia de erizos bajo los pinos, en lenta procesión hacia alguna parte, y cuando los toqué con el pie se encogieron y me mostraron las púas. Parecían graciosos, simpáticos, algo somnolientos. Cinco o seis, no más. Quizá no eran una familia, sino unos cuantos machos salidos tras una hembra en celo. No lo sé. No sé nada de erizos. Fue la primera y última vez que me crucé con los de su especie.
El perro me sigue, pegado a los talones y tirando bocados a los bajos de los vaqueros, sin necesidad de correa. Me siento en un tronco viejo, que desarraigaron para hacer el parque hace unos años, y que nunca se llevaron. Tiene el tacto de la piedra, casi fósil. El parque siempre ha estado descuidado, silvestre, un terreno entre la urbanización y el cementerio, con el proyecto del jardín botánico pediendo sobre su cabeza desde el principio. Fumo y miro las sombras alargadas que proyectamos el perro y yo. El crepúsculo se va haciendo con el parque y enrojeciendo el cielo y perfecciona la estampa primaveral. En cualquier caso, lo único que me hace sentir mejor es el humo rasposo que pasa por mi garganta, que hace que me duela cada vez un poquito más, la dosis pequeña e imprescindible de nicotina para mantener la cordura.
El perro olisquea la hierba y las matas de lavanda e intenta atrapar algún insecto de un muerdo. Clap, suenan las mandíbulas, blancas y brillantes.
- Eh, tú- le digo. El perro me mira. – Lucky Luke. Bang, bang.
El perro se sienta y me mira. Lucky Luke es el nombre que quería ponerle a mi perro. El perro que nunca tuve. Hablaba del chucho como si ya existiera, como de un viejo amigo, como si ya estuviera en mi vida, como si al bautizarlo ya lo dotara de una presencia no palpable ni demostrable, pero significativa. Imaginaba cómo serían las cosas. Fabulaba. Especulaba. Bang, bang. Lucky Luke. Nunca llegó. Y pasó limpiamente al archivo de las empresas fracasadas y los deseos frustrados, y poco después llegaron los libros y las historias y ya nunca volví a sentir que lo necesitaba, nunca temí la soledad de igual manera. O no hasta mucho después.
Y ahora mi madre trae un perro y le pone el mismo nombre. De manera deliberada y tranquila, trae un perro que es la antítesis de lo que yo quería, y le pone el mismo nombre y me pregunto si su intención es modificarme a través de la nostalgia, convertir este perro en el que yo quería y convertirme a mí en lo que no fui. Mi madre funciona así.
Cuando estaba en el instituto, descubrí que no soy hijo único. Hubo otro antes. Una nochevieja, con mi padre medio borracho, fumando un puro y mirando una foto del abuelo muerto. Leía los clásicos, decía. En latín y griego. Homero. Virgilio. Marco Aurelio. Julio César. Y los filósofos. Heráclito era su favorito. El oscuro. Quería que te llamáramos Jasón.
Jasón. Mi padre con los ojos turbios, las manos trémulas. No, no a ti. Al otro. Antes de ti, tu madre tuvo otro embarazo. Quería que lo llamáramos Jasón, el abuelo. Lo perdió. Abortó. Luego naciste tú, dos años después. Los médicos decían que también te podía haber perdido.
Supe los detalles poco a poco, con el tiempo. Por mi tíos, mis abuelas, por mi padre. Nunca por ella. Ella nunca lo mencionó. Lo perdió a los siete meses. Salió muerto de su cuerpo, formado y completo, aunque pequeño, exánime. Mi hermano. El mayor. El muerto. Jasón.
Querían llamarme así. Mi abuelo con total convicción y mi padre porque quiere cualquier cosa que se le ocurra. Mi madre no quiso. Se negó. Porque no le gustaba el nombre o porque le parecía un mal augurio o porque quizá el niño que se gestó en su vientre durante siete meses logró adquirir la consistencia suficiente para apoderarse del nombre y de una parcela en la memoria y el dolor que impide que sea olvidado sin más, convertido en una eterna incógnita, una frustración constante, y un modelo incorruptible y un ejemplo sin tacha pues nunca pudo equivocarse ni decepcionar a nadie, más allá de nacer muerto, y eso nadie se atreverá a reprochárselo.
Así que me llamo como mi padre y el padre de mi padre y no como mi hermano inexistente. Lo que me libra de ser él, y puedo ser Javier y Javo, y no Jasón, pero también soy un émulo torcido, un impostor a medias, un argonauta involuntario. No sólo no soy el Javier que mi madre hubiera querido, sino que tampoco soy como habría de ser su primer hijo.
De mi abuelo recuerdo su rostro rojo y la copa de vino, diciendo: “In girum imus nocte et consumimur igni” Me hizo memorizarlo, despacio, sin entender las palabras, pronunciándolo de manera correcta, y luego escribirlo. Mira, decía. Se lee igual de derecha a izquierda. Palíndromo.
El hombre que quería un nieto llamado Jasón, y cuyo nombre heredé. Si se hubiera empeñado en llamarme Odiseo, por lo menos podría equipararme al muerto, y tener mi propia tragedia implícita, mis veinte años de peregrinaje y desdichas, y no sólo el haber llegado en segundo lugar, cuando todavía todo el mundo se hacía preguntas sobre el destino y la ausencia.
Chasqueo los dedos y el perro, el otro impostor del momento, sigue mirándome. Me levanto y el perro me sigue. Lanzo el cigarrillo hacia las flores amarillas y la brasa gira en la penumbra creciente como una luciérnaga histérica y desaparece en la hierba.
- Eh, tú- le digo al perro. – Lucky Luke. Nos vamos. – Al perro ni siquiera le han dado la oportunidad de otro nombre, así que le toca ser el que no fue, el perro imaginado, la versión de mi madre, mi amigo, con una década de retraso. – Vamos, vamos. – Me sigue y me muerde los pantalones mientras nuestras sombras recorren el parque como argonautas desnortados en el holocausto del día, alargadas y extrañas como patas de araña.


Más tarde, con el perro durmiendo en el patio, sobre una manta y una de mis camisetas de Iron Maiden, subo al despacho de mi padre y me siento al ordenador. Mientras susurra y se inicia la máquina, miro por la ventana, el parque negro por completo y la difusa silueta de los cipreses contra la fosforescencia lejana del cielo y las nubes. El círculo de la noche. Abro el hotmail y miro la bandeja de entrada. Cosas del trabajo, spam...
Un correo. Asunto: Hola, J.
violenne_vartan@hotmail.fr
Noto cómo salta en mi interior, cómo el estómago intenta volverse sobre sí mismo, cómo se dispara el corazón contra las costillas, latidos como puñetazos, y se crispan diminutos músculos de mi rostro, un parpadeo involuntario, una mueca dolorosa...
Clic. Una vez. El texto. No muy largo, un par de párrafos. Hola, J. No puedo leer más, mis ojos no enfocan bien, así que giro la silla y vuelvo a mirar por la ventana, hacia la oscuridad, respirando despacio y profundamente, y pienso que no puedo sorprenderme, puedo hacer todo menos eso. Porque una vez dentro del círculo de la noche, sólo queda preguntarse cuándo llegará el fuego.

2 Comments:

Anonymous Mengueloff said...

El fuego es más fuego si llega al amanecer javo de mi corazón. L@s verdader@s piróman@s duermen como piedras xq son bien inocentes. y se levantan temprano para tener tiempo para todo. aaaayy el fuego. nos hace viejos javo. como el tabaco y la cerveza.
Si alguna vez tengo un perro le llamare Bongo.

24 abril, 2006 15:21  
Anonymous Mengueloff said...

(Bis)
El fuego es más fuego si llega al amanecer javo de mi corazón. L@s verdader@s piróman@s duermen como piedras xq son bien inocentes. y se levantan temprano para tener tiempo para todo. aaaayy el fuego. nos hace viejos javo. como el tabaco y la cerveza.
Si alguna vez tengo un perro le llamare Bongo.

24 abril, 2006 15:30  

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