La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

jueves, mayo 18, 2006

como piedra o plomo

Durante los meses que pasé solo en la vieja casa, desde que ella se fue hasta que llegó Dani, realmente pensé que se había acabado todo. Que no había más después. Fueron tardes extrañas, tardes largas, interminables, de ir encontrándome los precisos huecos de su ausencia en las estanterías y los cajones, tardes como ciénagas que cruzar hacia la noche sólo porque estaban allí, sin más sentido que su presencia, tardes de mirar la televisión, de hacerme preguntas, tardes de sorber sopas de sobre, recalentar café, tragar toda esa comida plastificada sin vida y sin sustancia con el estómago cerrado como un puño y encadenar cigarrillos y beber cerveza tibia, tardes y noches y mañanas de inconsciencia y sueños dolorosos en los que venía a hablarme y a decirme todo aquello que ya me había dicho. Pero sobre todo las tardes, las largas tardes calurosas, pegajosas como el mismo sudor, descubriendo que todos los recuerdos bonitos y terribles se habían convertido en astillas de algo fracturado y quizá irreparable. Astillas de hueso o cristal, firmemente hundidas en los tejidos tiernos del remordimiento. Seguir respirando y alimentándome como un autómata que no renuncia a su programación básica, una máquina compleja sin objeto y empleada en tareas de desescombro emocional. Tardes de descubrir la masturbación como el más delicado y turbio de los placeres masoquistas, una tortura voluntaria que no da alivio ni consuelo. Tardes, muchas tardes, una detrás de otra, eslabones de la misma cadena herrumbrosa y manchada, un montón de tardes con las persianas bajadas y la azulada humareda del tabaco, el salón y sus paredes verdes convertido en la mazmorra sin matraces ni probetas de un alquimista demente empeñado en destilar venenos y pesares cada vez más sofisticados y amargos y llenos de matices y bordes filosos con la única materia prima de la memoria y la angustia. De sentirme tan descompuesto y roto. Tan tonto, idiota y humillado. Porque ella se había ido. Porque quererla no era suficiente. Porque las circunstancias siempre vencen. Porque ella era más lista que yo y conocía el final desde el principio. Pero nunca mintió. Nunca dijo una mentira y fue honesta hasta que terminó. Por eso no he podido enfadarme con ella ni en los peores momentos. Si lo que sentíamos no era más que una voluntariosa quimera convocada del universo fantasma, con fórceps y pinzas y demás tosco instrumental quirúrgico del único lugar en que era posible, ella lo sabía y yo no quise saberlo. Las quimeras son quimeras y no son propias de este mundo y hasta el aire puede matarlas. Así que no hablemos del tiempo, no hablemos de la distancia, no hablemos de las dudas.

Ya hace casi un año de aquello. La conocí en otoño, se marchó en primavera. Desde entonces, de las mil maneras en que pensé que podría solucionarse, sólo ha cuajado la más improbable, la más absurda, la que sospechaba que sería la más insoportable de todas. La de limitarme a seguir aferrado a la cadena de los días, las tardes y las noches, sin ella, pensando en ella y echándola de menos y volviendo a subir las persianas, a espaciar los cigarrillos y las borracheras y fijándome despacio en otras mujeres aunque fuera sólo para desear su carne y su tibieza, sin temerlas, sin temerlas en absoluto y sin creer que pudiera haber una Violenne oculta en cada una de ella. Ese tipo de poder es algo que sólo entregas una vez, quieras o no, y que después ya no te pertenece. Le pertenece a ella, y lo custodia celosa. Quiera o no. Porque también es custodia involuntaria de la gloria y el vergel y el descanso y por eso la desdicha es suya aunque no decida sobre ella. Resta, pues, vivir con ello. Un largo y duro trayecto, tanto tiempo por detrás, tanto tiempo por delante, las cosas hechas, las cosas por hacer, sospechando que cuando un hueso se rompe puede soldarse de manera que sea peor que la fractura misma.

Ha vuelto a la ciudad de piedra, como la llamaba ella. Y creía que la sentiría, lo notaría como los animales notan las catástrofes naturales, que dotada de ese poder y esa intensidad lo sabría, lo notaría en el vibrar del aire y el estruendo del asfalto al resquebrajarse bajo sus pequeños pies. Pensaba que la esencia de las cosas no podría sustraerse a todo el dolor que me había causado y que me anunciarían su proximidad con el vuelo de los pájaros, la forma de las nubes, el balanceo de los árboles y hasta que podría leerlo si lo intentaba en los posos del café o en los dibujos tubulares de las vísceras de alguna bestia propicia. Pensaba todo eso y no pensaba nada sentado bajo la sombra en Cánovas, mirando la triste inmovilidad de los columpios en el calor de la tarde, las hojas polvorientas, los arbustos verdes, sentado en un banco y fumando un cigarrillo. Y su mano me tocó despacio el hombro y giré la cabeza sin sospechar sin saber y estaba ella con una carpeta contra el pecho los brazos desnudos una blusa blanca y vaporosa el pelo negro recogido en una coleta una sonrisa tímida temerosa la cabeza un poco inclinada los ojos tan azules mirándome sin pestañear. Hola, dijo. Me puse en pie y ella me abrazó y dije Hola junto a su oído con su olor tan suave a jungla o frutas inundando mis fosas nasales exactamente igual que lo recordaba tan distinto a todas aquellas que cometían la grosería de llevar su perfume, una mezcla imprecisa e irreproducible hecha de su champú su gel de baño y el aroma cálido y rosado de su piel y de la sangre que le enrojecía las mejillas cuando iba a llorar o a tener un orgasmo de la misma manera rápida, implacable. Hola, repetí. Violenne. Hola, dijo ella y dijo mi nombre refugiada contra mi pecho y no pasó nada, nada pasó, no temblaba la tierra, casi un año después, y el cielo seguía indiferentemente azul, en absoluto apocalíptico y rojo como podría haberlo imaginado y el mundo y los demás planetas y las estrellas y hasta las más miserables rocas desnudas en el vacío respetaron sin problemas sus órbitas y rotaciones y yo, la más grande de las sorpresas, no me deshacía al tenerla entre mis brazos ni echaba a sangrar por un centenar de roturas internas, sólo estaba allí, en la tarde suspendida por el calor y el sol a la sombra de los árboles con la mujer que más había amado sin encontrar el dolor, la pena, la tristeza dislocada, nada, vacío excepto por una solidez indiscernible, algo que no siente, que no padece, un bloque denso como plomo o piedra que ha desalojado de mi interior todo lo que pudiera haber. Ella se separó de mí. Sonreía. Tenía ganas de verte, dijo.
Y yo a ti, mentí.

1 Comments:

Anonymous mendeleiev said...

q pasada javo. Eres un hombre de verdad.

Solo de pensar en lo que se te pasa por la cabeza cuando miras mi culo me entran ganas de vivir.

I love u, ya te lo dixo pero te lo digo otra vez.

26 mayo, 2006 13:57  

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