La Gente Terrible

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viernes, mayo 19, 2006

morir por ellas

Chema nos saluda al vernos entrar. Nos acercamos a la barra y le estrecha la mano a Méndez. – Hombre. Cuánto tiempo.
- Sí, tío, sí. Mucho tiempo- dice Méndez. – Muy liado con las clases y eso.
- Me lo he encontrado en Cánovas. No se quería venir.
Méndez resopla y se pasa la mano por su pelo como de emperador romano después de la bacanal. – Tengo que estudiar y eso. Pero bueno. Un café. O una cerveza. – Se frota las manos, sonriente.
- Pon dos Águila, Chema.
- Lo que usted diga.
Llevamos los botellines a una mesa y nos sentamos. Me cuenta que va a irse a Detroit con una beca, a dar clases de español. – A Kalamazoo, en realidad. Estado de Michigan.
- Joder, tío.
- Ya te digo, pero tengo que acabar los exámenes en junio, porque me largo a principios de septiembre. Mucho agobio. Pero bien, bien, tú sabes.
- Imagino.
- ¿Y tú qué tal?
- Imagina.
Sonríe. - ¿Y Dani?
- Ni idea.
Méndez bebe del botellín y se retrepa en la silla. Ladea la cabeza hacia la calle, mirando el sol que cae a plomo, y luego me mira de soslayo antes de decir: - ¿Sabes a quién vi ayer?
Lo sé sin que lo diga.
- ¿A quién?
- A Violenne.
Bebo del botellín.
- Me preguntó por ti. Me dijo que no contestabas el teléfono o algo así.
- Lo cambié en verano. Ella no tiene el nuevo.
- Ah, pues eso. Que la vi. – Se lo piensa un momento. - ¿Acabasteis bien?
- Nunca hablo de ella- digo. Él levanta la mano, un gesto para descartar su curiosidad, y entonces empiezo a hablar, empiezo a contarle cosas. Sin pensarlo ni medirlo, sólo hablando, de ella, de cuando la conocí, de cuando se fue, de la decisión que tomó y sobre cómo me comporté al final. Le hablo de todo. Suelto todos los detalles, sin apenas darme cuenta de que no dejo de hablar y de hablar, y sólo me interrumpe para acercarse a la barra y traer otro par de cervezas. Saco el paquete de cigarrillos, la boca seca, casi mareado, y le ofrezco uno. Lo acepta con un cabeceo. – La vi ayer- digo.
- Oh.
- Exacto.
- ¿Y?
Enciendo el cigarrillo y paladeo el humo barato y áspero. – No sé. Raro. No pasó nada de lo que esperaba.
- ¿Y qué esperabas?
Sacudo la cabeza. – Ni idea. Algo. Sé que durante un tiempo esperaba que al verla todo se solucionase. Porque sí. Porque éramos ella y yo. Creo que hasta esperaba que sonaran violines y trompetas. Ahora no sé qué esperaba.
- Y nada.
- Nada. – Echo la ceniza a un lado. – Raro, ya te digo. – Intento expresarlo con un gesto del cigarrillo. – Ambivalente. No me parecía ella. No me saltó el estómago o perdí la voz... Esa sensación en las tripas, cuando te saltas un escalón. Nada de eso. Era ella, pero... Bueno, era ella. Indiscutiblemente, ella. Su olor, sus ojos. Era peor que no parecer ella. Parecía ella. Y parecía normal. – Otra calada, de las largas. – Violenne una chica normal. Es lo último que esperaba. – Soplo el humo despacio y se desenreda sobre la mesa y entre los botellines y las manos de Méndez.
- ¿Es que ha cambiado?
Niego con la cabeza. – Si lo ha hecho es en algo que no puedo definir. No. He cambiado yo.
Méndez levanta el botellín. – Eh, eso es que lo has superado. Te has hecho viejo. Brindo por ello. – Sonríe y bebe.
Le devuelvo la sonrisa y secundo el trago. – Eso quiero creer- digo. – Pero por otra parte, no sé.
- Ah- dice Méndez, dejando el botellín en la mesa. Su cigarrillo humea olvidado en el cenicero. – Hay otra parte.
- Claro.
- Claro. ¿Cuál es?
- Me han vuelto cosas, desde ayer.
- ¿Qué tipo de cosas?- pregunta, encogiéndose de hombros.
- Cosas suyas. - Dedos pequeños entre mis dedos grandes y toscos en comparación. Sus uñas pálidas y limpias. Un largo pelo solitario desanillándose como una fisura negra en la blancura de la almohada. Su respiración fuerte al dormir. Sus pestañas y su aleteo somnoliento. La aspereza de su pubis. Algunas inflexiones de su acento, tan sensuales, tan involuntarias. El brillo de sus ojos y el rubor de sus mejillas justo antes del final y en el final mismo. Los ojos en blanco durante medio segundo y después los párpados muy apretados, los labios tensos, la respiración contenida. Una camiseta descansando sin peso sobre los pechos sin sujetador. La delicada línea de su cuello. La nuca blanca. El arrebato negro del pelo. – No sé decirte qué tipo de cosas. Cosas mías. Nuestras.
Méndez asiente con gravedad y toma el cigarrillo. Da una calada y expulsa el humo con una mueca. – Bien. Es la misma historia de siempre.
- Ya. Nunca es especial.
Méndez niega con la cabeza. – No digo eso. No.
- Yo sí lo digo- digo, con el cigarrillo entre los labios, frunciendo el ceño. – No me queda duda. Ya no.
Méndez tamborilea los dedos en el borde de la mesa. Me mira con gravedad. – Sabes qué es lo que creo.
- Qué.
- Que hay que morir por ellas- dice. Asiente, como satisfecho con lo que ha dicho, con cómo ha sonado. – Morir por ellas.
- ¿En serio?
- No hay otra manera. Jugársela. Y a ver qué pasa.
Me retrepo en mi silla, en una posición similar a la suya. – Es un suicidio. Suena cínico, pero hay que nadar y guardar la ropa. Si no, ya ves lo que pasa. – Noto una presión en la garganta. – Joder. Ya no quiero que vuelva a importarme más a mí que a ella. Así es como te joden. Aunque no quieran.
- Ni hablar- dice Méndez. – Gilipolleces. – Se incorpora, hablando sin vehemencia, pero con una extraña pasión. – Sólo tiene sentido hacerlo así. Morir por ellas. Lo demás no es más que un simulacro. Una mentira. Un consuelo. Que se conformen los mentirosos y los que puedan. ¿Tú puedes?
Dejo caer el cigarrillo al suelo y lo apago con el pie. – Espero que sí.
Sacude la cabeza. – Nah, seguro que no. Leo lo que escribes. Sé que no.
- Y entonces qué haces. Morir por ella. ¿Y si sale mal?
Méndez sonríe. – Pues te mueres. – Pega un trago, el último, al botellín. – Y luego sigues sin más. Qué le vas a hacer. ¿Quieres otra birra?
- Sí. – Méndez se acerca a la barra, cuando vuelve le digo: - No es tan fácil como dices.
Pone las birras en la mesa y se sienta, retrepándose otra vez. – Nada es fácil, amigo. Y ellas menos. Quién sabe cómo piensan. Son alienígenas entre nosotros. Seductores y hermosos, eso sí.
- Yo me he sentido así.
- ¿Seductor y hermoso?
- No, un alienígena.
- Ya. Pues no. Lo son ellas. Me pregunto si somos para ellas, lo digan o no, un misterio igual.
- Todas las que conozco te dirán que no.
- Seguramente no habrán dedicado mucho tiempo a pensar en el tema.
- De todas formas, ¿cuántas veces se puede morir, Méndez?- pregunto. – Es demasiado insoportable.
- Tantas como lo sientas. No es algo en lo que puedas decidir mucho. Lo sientes y punto. Tienes que hacerlo.
- Yo sólo lo he pasado una vez. Morir por ella, digo. Y no quiero repetirlo- digo. – Si puedo evitarlo. Pero además tengo la impresión de que no podría. De que fue tan excepcional que no hay émulo posible. No hay otra como ella. No. Ahora mismo, ni siquiera ella misma. – Enciendo otro cigarrillo y le paso uno. – Cuando pienso en que tardé unos veintidós años en encontrarla. Si me pongo optimista, pienso que tardaré otros veintidós en dar con una igual, o parecida. Y si pienso lo absurdo que fue encontrarla, me pongo peor. Ella vivía en Francia, en Marsella y luego en París. Tiene sangre argelina y holandesa, así de improbable es. Qué sabía ella de esta ciudad. Nada. Pero pidió una beca, le ofrecieron un par de sitios y eligió al azar. Se vino a la ciudad de piedra. Luego una concatenación todavía más sin sentido de circunstancias y amigos comunes nos hicieron coincidir en una fiesta, cada uno por su lado. Conocerla, hablar. Besarla. Todo sucedió como por accidente. Y esas mismas circunstancias, nos vencieron al final. La beca se acabó. Francia, tan lejos. Ya sabes. Todos conocían el final de la historia desde el principio. Y yo elegí morir por ella. No es nada bonito. No hay romanticismo. Hay tardes muy largas echándola de menos y sintiéndote miserable. – Apuro la cerveza casi de un trago. – Y todo por puro azar. Por puto azar.
Méndez asiente mis palabras, pero no parece en absoluto de acuerdo. – Yo no creo eso. Creo que si dos personas se buscan, se encuentran. El universo conspira a su favor.
- Nah, ni de coña.
- En serio. Es lo que creo. Las cosas pasan cuando las deseas. Si te esfuerzas. – Se rasca la cabeza, sonriendo un poco. - ¿Suena cursi?
- Un poco.
- Pues no lo es. Es así.
- El universo conspira a nuestro favor.
- De qué otra manera podría ser, Javo.
- Podría no tener sentido. Que ni conspirase ni dejase de conspirar porque no hay nada que pueda hacer. No hay un objetivo, una última respuesta. Sólo el vacío.
- Siempre estás tú, al final. – Mira el reloj. – Me tengo que ir. Siempre estás tú, digo, y si todo es azar, tú no lo eres. Las circunstancias son lo que son. No monstruos indestructibles. – Se pone en pie y me estrecha la mano, sonriendo, todo el rato sonriendo, afable y cercano. – No creas en querer a medias. Nunca. Es la gran estafa de los cínicos y los cobardes.


El cigarrillo casi se ha consumido cuando aparece Dani en el Metropol. – Qué hay- dice. Se sienta en el sitio que ocupaba Méndez.
- Aquí, ya ves- digo. – Me he tomado unas birras con Méndez.
- Ah, y qué se cuenta.
- Hemos hablado de tías.
- Ya. – Toquetea mi paquete de cigarrillos y se lleva uno a la boca. – De tías. De la gabacha, más bien.
- Un poco, sí.
- Un poco. Si tú lo dices. – Enciende el cigarrillo y el humo le vela los ojos. - ¿La has visto ya?
- Ayer.
- No jodas. Y no me lo has dicho.
- No has preguntado.
Dani suspira. – No empecemos. ¿Qué ha pasado?
- Nada. La vi. Hablé con ella.
Dani tiene una expresión pesimista. – Ya sé lo que va a pasar.
- No va a pasar nada- digo. – Sólo vamos a tomar café. Un día.
- Sí, claro. Te va a destrozar.
- No seas así. Sólo es un puto café. Ya lo he superado.
- Seguro. – Se saca el cigarrillo de los labios. – Te va a destrozar.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué?- repite. Mueve el cigarrillo entre los dedos. – Porque sí. Porque es así. Porque ella es así. – Me mira con esos ojos azules tan distintos a los de Violenne, tan lejanos, tan de criatura marina. – Porque tú eres así. Punto.

7 Comments:

Anonymous pili said...

Sigue así

22 mayo, 2006 22:41  
Anonymous Jimmi Mendrix said...

Momentos de claridad sensual.

Me podias haber puesto otro nombre tio, méndez está bien y tal pero no se...por qué no Smith?

Echa el resto javo, ponte torero.

Un beso emérito.

23 mayo, 2006 10:50  
Anonymous Anónimo said...

Me gusta leerte. Es un texto rápido de leer, pero que transmite perfectamente melancolía. Me ha encantado la descripción del desánimo de ver a alguien que te ha importado mucho y que ya no te importa. Cómo duele.
¡Sigue escribiendo!

25 mayo, 2006 11:33  
Blogger miguel de lucas said...

"Creo que si dos personas se buscan, se encuentran. El universo conspira a su favor."... Uf. Javo, o cambias de colegas o cambias de lecturas. Me pregunto cuánto queda hasta que empieces a hablar de pubertad incipiente.

28 mayo, 2006 17:47  
Anonymous Vil-mendez said...

eh tú, I o l. o quien quiera q seas: tío, vete a tu mundo triste de colores tristes en un maldito autobús triste y dejanos a los demás en paz ok?
mariquita...

06 junio, 2006 18:32  
Anonymous Vil-mendez said...

Esto era en tono jocoso u know.

y yo no llevo reloj, eso es de mariquitas. yo me guío por el estado de mi culo: si llevo mucho tiempo sentao en un sitio y me duele el culo me voy. relojes...cuando uno tiene culo...lo superfluo nos inunda y nos hace marikitas.

Putos examenes.

06 junio, 2006 18:40  
Anonymous Emerito said...

Hola, k tal tio? felicidades por el blog, lo leo a menudo, soy amigo del culo sucio de mendez y me ha gustado ver un cameo suyo por aki, es justo tal y como lo retratas aunque te has quedado fuera lo de su olor, con su "pelo como de emperador romano después de la bacanal" le gusto k escribieras eso, ya nos vemos, enga

07 junio, 2006 19:25  

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