La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, junio 20, 2006

bíter

El olor de la ginebra. El olor del tabaco. Sus manos grandes y rosadas. La barba blanca. El bigote amarillento. Mi abuelo. Girando despacio la copa. Papeles en la mesa. Una humareda azul.
¿Por qué bebes eso?, pregunto.
Él mira pensativo el fondo de la copa. Me gusta, dice. Es una costumbre.
Está malo, digo.
Él me mira, con una sonrisa severa. ¿Lo has probado?
Me miro los pies. Sí, digo.
Mal hecho, dice. Pero no parece molesto o dispuesto a reñirme. Sólo bebe de su copa. Tendrás toda la vida para hartarte si quieres, dice. Ahora esto no es para ti.
No voy a beberlo, explico. Está malo. Amarga.
Él asiente con lentitud, venciendo su cabeza leonina y blanca hacia el pecho.
Amarga, sí.
¿Y por qué te gusta?
No contesta. A veces se pone así. Si bebe más de un trago antes de comer. Se le nubla la mirada y habla de la abuela muerta que no conozco. Cita poetas que no conozco. Emplea lenguas que no conozco. Lenguas muertas. Cuando sólo toma uno, habla de una flota de mil navíos, de guerreros invencibles batallando a la sombra de una ciudad que creían eterna, de botines de guerra, de un interminable viaje a casa.
El bíter, dice. Es amargo. Pero me gusta. Es una de esas cosas que no naces sabiendo. Disfrutar de lo amargo.
Pero está malo, insisto. ¿Por qué te gusta?
Y sus ojos adquieren ese velo, como una luz mate.
Porque es bíter. Porque tiene que ser así, dice. Porque es amargo y porque es mi corazón.
Sonríe. Poetas, masculla. Poetas.
Yo permanezco allí, en su despacho, mirando los lomos de las enciclopedias, los libros de la universidad, los diccionarios griegos y latinos y alemanes, mientras él enciende otro cigarrillo y termina su ginebra y se vuelve más callado y pensativo que de costumbre. Bíter, digo. La palabra me llena la boca de una forma inesperada. Todavía tengo el sabor de la ginebra ocupando mi saliva. Paladeo despacio los matices de su pronunciación, tan sencillos y tan extraños. Un diminuto bisílabo lleno de complejidades. El bíter. El amargo. Por primera vez en mi corta existencia, soy consciente de que una palabra puede llevar dentro más de lo aparente. Nombrar una bebida. Nombrar un sabor. Nombrar también el misterio y el corazón de los hombres. La capacidad de resumir en sí misma toda la tristeza y la melancolía de un viejo viudo enamorado de los clásicos.


En la calle, la lluvia ametralla el capó de los coches. Fucilazos ocasionales iluminan la panza de las nubes. Cuando se abre la puerta del Metropol el viento se cuela frío y mojado. La gente entra zapateando y sacándose el agua de la ropa de verano.
- Putas tormentas- dice alguien.
Levanto la mano y pido una cerveza a un camarero que no conozco. Las mesas están llenas, pero hay huecos en la barra. Me acomodo en uno, subido al taburete. Enciendo un cigarrillo. El tipo me pone la cerveza.
Fumo y bebo, mientras la lluvia repentina se me evapora de los hombros, y pienso en llamar a Violenne. En si hacerlo o no. Se me repiten los versos del poema. Soles envenenados, el arma de la ruina, la imperfección universal. La facilidad con que destruyó todas mis corazas. Todo un año atesorando coral rojo, disponiéndolo con precisión, con miedo, alrededor del núcleo de la desazón y la angustia, echados a perder por un café breve, una charla arrítmica, un correo electrónico. Coral desmigajado. Polvo rojo.
Bebo despacio. No me gusta beber solo. No soporto emborracharme solo. Hoy soy presa fácil de lloriqueos beodos. Quiero ir a casa. Quiero sentarme con Dani a ver la tele o alguna película en el portátil. Algo que me vacíe la cabeza mientras Dani bromea y dice sandeces y fumamos como carreteros. La presencia del móvil en el bolsillo. Llámame. Quiero verte. La ansiedad se traduce en un dolor físico a la altura del estómago.
La puerta se abre y miro por inercia. Pestañeo. Rubia, bajita, regordeta. La ex novia. La amante. La chica de los cinco mil euros. Entra con aire confuso y el pelo mojado. Se acerca a la barra. Me mira de reojo. Pide una Coca Cola. Tiene un perfil bonito. Es guapa. Ojos azules. Diferentes a los ojos azules que me destrozan.
Pienso en sus ojos. Nunca hago fotos. Nunca guardo fotos. Tiempo después de que ella se fuera, me di cuenta de que era incapaz de evocar su rostro. Sí sus ojos. Sí su boca. Y su pelo, la línea de su cuello y su mandíbula. Era capaz de evocar detalles pequeños, nimios. La pequeña cicatriz de su brazo. Lunares minúsculos en la cara interna de los muslos. Pero no su rostro. La unión de todas esos rasgos sólo conseguía una aproximación. La imagen extravagante de una lente defectuosa.
La chica sigue mirándome. Le devuelvo la mirada, arqueando una ceja.
- Hola- dice. - ¿Te conozco?
- No- miento.
Ella frunce el ceño. - ¿Seguro? Me suenas mucho.
Me encojo de hombros. – Ni idea.
- Ya...
Bebo de la cerveza y apago el cigarrillo.
- ¿Tienes un cigarrillo?- dice ella.
- Sí, claro. – Le alargo un Fortuna. Al cogerlo, me sonríe con lo que sospecho pretende ser un gesto de picardía. Lleva maquillaje de más. No tanto para parecer un espantajo, pero sí para que sea artificioso. Una de esas chicas que subrayan lo obvio y consiguen estropearlo en el proceso.
Enciende el cigarrillo sin dejar de mirarme. – Está bien este bar- dice. - ¿Vienes mucho?
Tardo un momento en responder. En realidad, ni siquiera creo que esto sea un intento serio de seducción. Sólo se aburre. Le ha pillado la lluvia en la calle y está donde no esperaba. Es como uno de esos gatos gordos y perezosos que toquetean los ratones, para ver si son de goma o si son de los que te muerden los bigotes, antes de decidir hacer nada.
- No, no vengo mucho. – Le pego un trago al botellín. La ansiedad me pide otro cigarrillo. Estoy fumando más que nunca.
Ella fuma con caladas profundas, sin dejar de mirarme. – Eres un tío serio, ¿no?
Vuelvo a encogerme de hombros. – Sólo me estoy tomando una cerveza y pensando en mis cosas.
Ella sacude el cigarrillo sobre el cenicero. – Pensar no es bueno- dice. – Yo prefiero actuar. – Compone de nuevo ese gesto pícaro. Un torpe remedo de lolita. No debe haber superado la veintena, pero ya tiene algo de geriátrico, de decadente. Recuerdo los cinco mil euros. No parece que le hayan hecho ningún bien. Hay algo profundamente echado a perder en su interior. Apagado y marchito. Algo cubierto de mentiras piadosas.
- Bueno, yo ahora prefiero pensar- digo.
- Sé cómo eres- dice de repente. – Se me da muy bien calar a la gente.
No digo nada. No hace falta.
- ¿No me crees? Tú eres un poco borde.
- Gracias.
- Y un poco creído.
Suspiro. Esto es de libro. – Sí, ya. – Bebo un trago.
Se queda quieta, mirando. Preguntándose adónde han ido a parar sus zarpazos juguetones. – No te enfades- dice. - ¿Eh? Era una broma.
- No me enfado- digo.
- Seguro que eres buena gente.
Me paso la mano por la cara. Reprimo otro suspiro. – Lo que tú digas.
- ¿Por qué eres así?
- Y yo qué sé.
- Seguro que es por una tía- dice. – Siempre es por un tía con los tipos como tú.
Trago saliva. – Será eso.
- Mi consejo es que no le des muchas vueltas a las cosas. Hay muchas tías por ahí como para amargarse por una, ¿no? – Bebe de su Coca Cola. – Ya te digo, yo prefiero actuar. Vivir en el presente. Carpe diem y tal.
- El carpe diem es una payasada- digo, brusco. – Vivir el momento. Como si se pudiera vivir otra cosa. Es lo que dicen los estúpidos cuando no saben justificar su egoísmo, su irresponsabilidad o su cobardía. – Me fuerzo a cortar el brote de bilis. Sonrío. Noto mi boca curvada de manera torva y malvada.
Ella abre mucho los ojos, y luego se recompone como puede y de nuevo ese gesto de lolita trasnochada. – Bueno, no sé. No hay que comerse mucho la cabeza.
No respondo. Termino la cerveza. La lluvia ha amainado. Ella mira también.
Pido otra birra.
- ¿Qué vas a hacer luego?- pregunta. – Podíamos tomar algo en otro sitio.
Giro la cabeza hacia ella. La miro. La escruto. Bajo el maquillaje y el torpe reclamo sexual asoma por fin el interior, la soledad insondable, el enfermizo anhelo de compañía, de calor, de argumentos para edificar mentiras sobre su atractivo, sus virtudes. La incapacidad de comunicarse y transmitir más que con la cesión violenta e insuficiente de su cuerpo y nada más. La promesa de un polvo fácil y suave y sin complicaciones del que después saldremos igual, indiferentes. Ni más ni menos vacíos. Y ella, finja lo que finja, no esperará otra cosa de mí que esa distancia y, quizá, la oportunidad de levantarme la cartera.
Un polvo para desplazarla de mi cabeza. Sus peligrosos ojos azules.
- No puedo- digo. – He quedado.
- Ah- dice.
- Otra vez será- digo.

No es que decida hacerlo. Descubro que voy a hacerlo, sin más. Que iba a hacerlo en cualquier caso. Aunque decidiera no hacerlo. Antes de llegar al piso, para que Dani no se entere y no me hable de las mil formas en que volverá a destrozarme. La llamaré. Quedaré con ella. Volveré a verla. Me asomaré al abismo azul. Apuraré hasta el último trago lo que tenga que darme.

Porque es amargo. Porque es bíter.

Porque es ella y porque es mi corazón.

5 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Javo, estamos de acuerdo, para variar. Esto parece algo cósmico. Estamos de acuerdo en la sobremesa y de copas. Estamos de acuerdo con el chaquetón o en bikini. Hay que tragar mucho moco para escupir amor. En el fondo soy una popera con zapatitos de charol.
mmmua

Primer comment pa mi esta vez! chupate esa L. ja!

20 junio, 2006 10:01  
Blogger Isco said...

"Hay que tragar mucho moco para escupir amor" Creo que este blog podría justificarse sólo en los hallazgos de Méndez como comentarista.

20 junio, 2006 13:13  
Anonymous Orgasm Addict said...

yo me corro.

20 junio, 2006 17:19  
Blogger miguel de lucas said...

Es curioso, todo el mundo se sabe el tópico del Carpe Diem (disfruta el momento y todo eso), pero el latinajo tiene una segunda parte, bastante más chula, bastante más terrible y terriblemente más Javo, que sin embargo casi todo el mundo olvida: "Memento mori" (Recuerda que vas a morir).

21 junio, 2006 21:34  
Anonymous Fruuunk said...

"Memento mori"

Los comentarios. Ah, los comentarios.

Completan, matizan, enriquecen, inspiran, dinamizan...

Javo os lo debe todo.

23 junio, 2006 16:16  

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