La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, junio 25, 2006

de vuelta a casa

Horas después, todavía tengo su olor en los dedos. Lo percibo al rascarme distraído la barba incipiente. Es un olor turbador, íntimo. Me la devuelve de una manera tan física que me marea. El ascensor ronronea y cruje mientras sube los pisos. Siento un agradable cansancio, un lento desfallecimiento muscular. Suaves punzadas de agujetas por aparecer. Abro el paquete de cigarrillos que acabo de comprar junto al periódico y enciendo uno, apoyando la cabeza en el cartel de prohibido fumar. Me siento extraño. Como alguien que ha sobrevivido intacto a un aparatoso accidente de tráfico y no logra sentir nada más que perplejidad, rodeado de acero retorcido y plástico que huele a quemado, observando los vidrios blancos del parabrisas dispersos por el asfalto como una racha de granizo, las maletas abiertas y la ropa sacudida por el viento, y sin sentir alivio ni miedo ni nada de lo que se supone que debería sentir, sólo perplejidad y debajo, justo debajo, una tristeza infinita. Alguien que abandona el coche roto y abollado y mira sin espanto la marca de neumáticos en la carretera, la tierra levantada donde ha volcado y rodado, la pintura saltada de la carrocería y sólo consigue quedarse mirando cómo se deshace la madrugada en el cielo. Alguien que piensa que no le quedan cigarrillos y solucionar eso es el único paso sensato que cabe dar. Ese tipo de pensamientos sencillos absorbiendo toda su conciencia después de un suceso tan crucial. Tan de antes y después. Liminal.


Arroz púrpura en platos blancos. Lo toqué con el tenedor, fascinado, antes de aspirar y percibir el caliente aroma de carne, salsa de soja y un toque de limón. La carne teñida también, más oscura, más violeta, irregulares taquitos de pollo. – Tiene buena pinta- digo.
- Gracias.
Sirvió vino en gastados vasos de duralex. Nos sonreímos sobre la botella, el pan, el rollo de papel de cocina que utilizaremos de servilletas. Tensos. Probé el vino. Cogí algo de arroz en la punta del tenedor y lo alcé frente a la boca. – Bonito color- dije.
- Es accidental- reconoció, con una sonrisa tímida. Lleva el pelo recogido, mostrando su precioso cuello blanco, y una blusa verde, y bajo la mesa sus piernas delgadas y una falda vaquera hasta la mitad del muslo. – Sólo le eché un poco de vino, pero ha tomado el color.
Fuerte sabor de especias y al final ese toque de limón. – Me gusta.
- Gracias. – Se mordió el labio inferior. – Es muy fácil de hacer.
- Ya...
Por el pasillo, a un volumen discreto, llegaba música. Un piano triste. Delicado. Sonaba invernal. Frágil. - ¿Qué es?- pregunté.
- Erik Satie- dijo. – Trois Gymnopédies.
- Suena... bien- dije. Carraspeé. – Es decir...
- Ya. Sí. Suena bien. – Mirando la comida de su plato, su tenedor rastrillando la superficie púrpura. – Es un compositor francés.
- Ajá.
- Son tres composiciones- explicó. Los ojos bajos. – Mi padre las escuchaba siempre... – Las frases se apagaban solas. Arrancando de un volumen normal se desenrollaban hasta colapsarse sobre sí mismas y desaparecer despacio, silencio sobre silencio.
Comí. Bebí. La miré comer y beber. Ella hizo lo mismo. La música enfatizó el silencio. Como personas que no se conocen y se espían en un restaurante.


Dani remueve el café, saturado de azúcar, con expresión ausente. – No me digas que acabas de llegar- farfulla.
- Sí- digo, de pie en la puerta del salón. - ¿Hay café?
- Sí, hombre- dice. Se frota las legañas. Señala la cafetera en la mesa y el azucarero y un par de magdalenas resecas. – Siéntate y goza.
- Espera. – Voy a la cocina y busco una taza limpia. No hay. Abro el grifo y remojo una de la pila de platos y cubiertos sucios.
- ¿Tienes tabaco?- le oigo preguntar.
Vuelvo, sacudiendo una taza húmeda con el asa rota. Le paso el paquete y me siento. - ¿No es un poco temprano para fumar?
Me mira. – Pero sí tú tienes uno en la boca, mamón.
- Llevo un buen rato despierto- digo.
Dani arquea las cejas. – Ah. Que llevas un buen rato despierto.
Me pongo un café con leche. – Sí.
No pregunta nada. Bebe de su café. Mira el periódico doblado sobre la mesa. Marea el cigarrillo sin encender entre los dedos. – Podías haber pillado churros o algo- dice.
- Estaba con Violenne.
Suspira. – Sorpresa.


Hizo un cenicero con papel de plata. Tenía forma de barquito alargado. Una góndola. Con la uña hendió los extremos, para sostener los cigarrillos. Recogió algunas migas de pan y las dejó caer ahí. Encendí mi penúltimo cigarrillo, mirando el cuadro invertido, la escena subacuática que más que nunca me pareció que debía estar derramándose sobre el televisor.
- ¿Me das un cigarrillo?- preguntó. – No me quedan.
- Claro. – Arrugué el paquete vació y lo dejé junto al barquito. - ¿Y tus compañeros de piso?
- Por ahí- dijo. El cigarrillo en los labios. – No vendrán esta noche.
Acerqué el mechero a su boca. La rueda chasqueó sobre la piedra y el chispazo prendió una precisa gota anaranjada de base azul. Acercó la punta del cigarrillo y la gota del mechero transmitió una gota gemela invertida y perfecta al arrugado Fortuna. Desapareció en una voluta de humo. Mirando a los ojos. Y lo que está ahí, lo que siempre está entre nosotros, desde el primer día a ese último chispazo eléctrico, volvió a presentarse. Lo que creía que nunca se apagaría, y se apagó una y otra vez. Y que cada vez que se encendía, hacía más daño, ardiendo sobre quemado. Un fuego paliducho pero inapelable consumiendo el único combustible de sus cenizas.


- Qué quieres que te diga- dice Dani.
- No digas nada. – Remuevo el café, con la vista fija en la arremolinada espuma de leche. – No vas a decir nada que yo no sepa.
- No, ya. – Dani se echa hacia atrás en el sillón. Enciende el cigarrillo. Tose. – Puta garganta. Creo que tengo tuberculosis, en serio.
- No vengas con eso otra vez.
Da una calada. – Podría ser.
- Sí, claro. Por poder ser.
Dani termina el café. – Tengo que estudiar- dice. – Que te cunda.
Le miro salir del salón, echando humo por la nariz. Cojo el periódico. Paso las páginas, sin prestar atención más allá de los titulares. Internacional. Nacional. Deportes. Cultura. La programación de la tele. Artículos de opinión insustanciales. Lo mejor del periódico es su olor a tinta y el tacto del papel. A veces pienso que es el único motivo por el que en ocasiones lo sigo comprando. Lo doblo y lo dejo sobre la mesa. Apago el cigarrillo. Enciendo otro. El humo me rasca en la garganta, áspero y sucio. Trago saliva. Esa desconcertante sensación de fatalidad.


Fue la manera en que ofreció el rostro al inclinarse cerca de mí para apagar el cigarrillo en la pequeña góndola de plata. Cerró los ojos cuando supo que iba a pasar. Le rocé las mejillas con los dedos. Despacio al principio, tanteando sobre un hielo quebradizo. Un suave matiz de vino y tabaco. Sus manos sobre las mías. Besarla, después de tanto tiempo. Los ojos abiertos hasta que se volvió borrosa. Luego, sólo los labios, la calidez viva e inquieta de la lengua. Trastabillé arrastrado por ella hasta el sofá. Me dejé caer y la sentí trepar sobre mí, urgente, feroz y me aferré a sus caderas para pegarla a mi cuerpo, mi propio gesto de hambre ciega y animal, un ansia que no ha sido saciada ni de lejos en un largo año, un ansia de ella y sólo de ella, que cada vez crecía más, cada vez que no eran sus muslos y sus caderas y su boca. Tironeando de la ropa, forzando los botones, alcanzando ese punto en que hacer el amor se vuelve una forma de agresión, de búsqueda del dominio y el equilibrio entre ambos. La falda arrollada en las caderas, mi mano entre sus muslos, el tacto del algodón, y su mano en la hebilla del cinturón, mirándome a los ojos, enormes y azules, las pupilas gigantescas, mientras me llevó dentro, de nuevo con ella, de nuevo en ella, después de tanto, tanta distancia, tanto tiempo, tanto deseo, y nos quedamos inmóviles, jadeando entre dientes, reducido el mundo a sus ojos, desvestidos los justo para hacer lo que hacíamos, la jungla brotando frondosa a nuestro alrededor, y ella comenzó a moverse, despacio, muy despacio, y del mundo no quedó ya más que ese delicado fuego, la suavidad mojada e inagotable de su cuerpo...
- ¿Así está bien?- preguntó, las mejillas arreboladas, la boca entreabierta, la respiración agitada.
- Tú marca el ritmo- jadeé. Márcalo, quise decir. Llévame de vuelta a casa.


La puerta de la habitación de Dani está entornada. La empujo. Rodeado de montañas de apuntes fotocopiados y libros y papeles pintarrajeados con su ilegible letra, rascándose confuso la pelada cabeza rubia. Me mira.
- No sé qué va a pasar ahora- le digo.
Dani suspira. – Nadie lo sabe. Seguramente, ni ella.
Me quedo ahí, en el marco de la puerta, sin decir nada.
Dani se frota la cara y se acerca al armario y saca unos pantalones de chándal.
- ¿Qué haces?
- Nos vamos a dar una vuelta- dice. – A echar un caña o algo.
Miro el reloj. - ¿Ahora?
- Seguro que es la puta hora feliz en Australia- dice.
Voy a decir algo, pero se me traba. – Gracias, tío- farfullo.
Me mira, molesto. - ¿Por qué?- pregunta. – Me apetece una puta cerveza.
- Ya, ya.
- No te creas que me das pena. Aunque pongas esa cara.
Sonrío.
- De hecho, te tengo bastante asco- dice, bajándose los pantalones del pijama. – Bueno, ¿también tengo que desnudarme en tu presencia? Qué harás luego, ¿besarme?
Vuelvo a salón. Sonrío. Me siento bien. Un poco, por lo menos.


Desnuda, junto a la ventana, las persianas bajadas. Tocando el cristal con las uñas. Tact, tac. – Leí una vez que el cristal es un líquido- dijo. – En una de tus novelas de ciencia ficción. Decía que en relación a períodos de tiempo cósmico, milenios y milenios, se está derritiendo. Fundiéndose. Si esta ventana sobreviviese mil años, quizá acabara convertida en un charco. Imagina.
- Todas las fiesta de mañana- dije.
- ¿Cómo?
- El nombre de la novela. Todas las fiestas de mañana. También es el nombre de una canción de The Velvet Underground.
- Oh- exclamó. – Claro. All tomorrow´s parties. ¿La conoces?
- Sí.
Una sonrisa. - Wild silks and plumes from yesterday's gowns to all tomorrow's parties…- canturreó. – Me gusta la letra.
Asentí. Busqué entre mi ropa, tirada por el suelo, antes de recordar que no me quedaban cigarrillos. – Necesito tabaco- comenté. Empecé a vestirme.
- ¿Te vas?
Saqué el reloj del bolsillo y miré la hora. – Creo que sí- dije, ajustándolo en la muñeca.
- Bien... Yo...
Abroché con cuidado la camisa, sin mirarla. – Te he echado de menos- dije.
Se miró las manos. Su voz fue un susurro. – Yo también a ti.

Amanece. Oración impersonal.

En la calle. La noche cada vez más gris escurriéndose del cielo como el agua de un fregadero. Soplaba algo de aire. Me detuve en su portal. Mirando la calle vacía. El sonido del tráfico despertando. Las farolas parpadearon y se apagaron. Cigarrillos, pensé. Compraré el periódico. Haré café al llegar a casa. Pensamientos sencillos. Y debajo, el recuerdo de su aliento, el brillo de sus ojos, y la fatigada certeza de algo terrible.

3 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

Añadiría mi comentario habitual, Javo, pero tengo la sospecha de que cualquier comentario que se añada a la jodida obra maestra que es este post no hace más que ensuciar la perfección de la página.

27 junio, 2006 23:47  
Anonymous el órgano said...

boinnng... boinnng... boinnng...

28 junio, 2006 01:53  
Anonymous Vil-Mendez said...

Mama Mama! Esto huele a postillas y a tiritas. Esa cordera javo, esa cordera bala por tu amor. Y ella quiere que tu le hagas la danza sensual. Esa en la que te pones una bandera de Cuba y sacudes ek pene y tal. Bang Bang! Todos sabeis a lo que me refiero.

En Mérida ya amigos. Os busco.

28 junio, 2006 21:09  

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