La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, junio 18, 2006

la casa del nunca

La habitación a oscuras. Las paredes blancas, vacías. El espacio rectangular, las presencias rectangulares de la mesa, la cama, los libros por el suelo. Todo limpio de pura ausencia. Hace calor. Sobre el colchón desnudo e inhóspito, yo. O una forma residual, un estado involutivo y larval de mí mismo, parasitario, engarzado a los auriculares del mp3. Obstacle 1 sonando a mucho más volumen del recomendable. Entre la vigilia y el sueño, el disco se repite una y otra vez, tomando texturas oníricas a veces, como si lo percibiera directamente en las zonas sensibles del cerebro, la música convertida en chasquidos eléctricos de mis sinapsis, saltándose arrogante el trámite del tímpano y el martillo y el yunque, el bajo pulsando directamente en mi estómago, el cráneo como una perfecta caja de resonancia vibrando y rozando sus diferentes partes como una vez lo hicieron los continentes antes de separarse y dar lugar al dispar y fracturado mundo emergido que se estremece bajo nuestros pies. Bajo varias plantas de apartamentos, garajes, sótanos, aceras, alquitrán, cables de fibra óptica, alcantarillas, ratas, monstruos indecibles, oscuridades y humedades perpetuas, las ruinas y recuerdos de romanos, árabes, visigodos y judios, rocas, piedras, arena, tierra negra y muerta, huesos, gusanos, insectos de cientos de patas afiladas y ojos brillantes y exoesqueletos articulados hasta la náusea, los secretos fósiles, los miedos atávicos, bajo todo eso, el mundo que nos legaron, vibrando, conspirando, configurándose, haciendo planes de cientos de miles de años que para nada nos incluyen. Y yo, un poco más arriba, notando el tembleque, mi viejo tembleque, a punto de acudir, tomarme y no soltarme. Y lo combato así, tirado en la cama, escuchando lo mismo una y otra vez, convertido en ruido blanco, postrado por un cóctel involuntario, o debería decir más bien casual, de antiestamínicos, Sumial y grajeas de valeriana. Llevo así más tiempo del que logro recordar. Y así me quedaría, en posición fetal y cubierto de sudor, si pudiera observar con más distanciamiento las funciones corporales básicas, e ignorarlas sin más hasta que se fueran desvaneciendo, como ignoran los faquires el dolor y los imperativos de la física cotidiana...

Al sacarme los auriculares, se materializa el mundo, mi olor, el ambiente viciado de la habitación. Y el timbre, su largo maullido eléctrico. Noto la vejiga hinchada y como atravesada por un punzón. Me descuelgo de la cama, trastabillo por la habitación. – ¡Ya voy!- grito. El timbre no cesa. - ¡Ya voy, coño! – Llego al váter por los pelos y orino con un placer casi sexual. Se me nubla la vista.
El timbre. Aullando.
Me miro en el espejo. La cara marcada, el pelo revuelto. Los ojos enrojecidos. La camiseta manchada de babas. Los calzoncillos de pulcritud cuestionable.
Ya no hay timbre, sólo un insistente golpeteo en la puerta. Así que no es el cartero ni ninguna persona civilizada. Dani, quizá. Siempre se deja las llaves.
Pillo unos pantalones cortos llenos de agujeros y me los pongo camino a la puerta. Es Sami. Hace siglos que no lo veo. Sigue rapado, pero le cuelgan por la nuca algunas rastas, adornadas con tiras de cuero y anillos ennegrecidos. – Coño, Javo- dice. Una camiseta de una amarillo hiriente, escrito O´Funk´illo en el pecho. – Llevo una hora dándole al timbre.
- Ya- digo, confuso. – Decía que ya voy.
Sami sacude la cabeza. – Por el camino del ya voy se llega a la casa del nunca- sentencia. - ¿No te decía eso tu madre?
- Qué va- digo. La casa del nunca. Eso lo recordaría. – Mi madre era menos poética.
- ¿Poética? Lo más poético que hacía mi madre era darnos con la zapatilla después de decir eso. – Sonríe, pero la sonrisa no le sube a los ojos. Parece serio, preocupado, falto de sueño. – Tienes una pinta de pena.
- Me toco la cabeza despeinada y grasienta. – Estoy en plan eremita.
- ¿En plan qué? – dice. – Bueno, déjalo. Ponte algo decente.
- ¿Para qué?
- Para dar una vuelta.
Niego con la cabeza. – No, no. No estoy para eso.
- Que sí, hombre.
- No, qué va- digo. Le miro. Las ojeras. La mala cara. Algo pasa. – Buf... Espera un momento. Pasa.

Después, todavía en estado de trance, y sin darme la ducha que necesito, me monto en el Marbella desvencijado de Sami. Lo tiene aparcado frente al portal, subido a la acera. El interior huele a marihuana. Sacudo del asiento hebras de tabaco y un papelillo arrugado. Sami se pone tras el volante y arranca. - ¿Adónde vamos? – digo. Noto espeso el interior de mi cabeza. Como si todo hubiera sido sustituido por un fluido denso, casi sólido, que fluye con dificultad por las circunvoluciones grabadas en la materia gris.
- A dar una vuelta- dice. – Pero tengo que pasar primero por casa de mi hermano.
- Vale- digo, encogiéndome en el asiento. No hay aire acondicionado y el interior es un horno hasta que ganamos velocidad y el aire empieza a circular por las ventanillas abiertas. Sami conduce inclinado sobre el volante, un poco más deprisa de lo debido, con expresión ceñuda. El silencio es extraño, pero me da una oportunidad de reubicarme en el mundo. Quién soy. Por qué estoy así. Ella. El bloque inerte de mi interior se revuelve. Su recuerdo me turba. Auriculares y persianas bajadas. Sueño evasivo. El coche pilla un bache y me recuerda lo lejos que estoy. De la habitación. De ella. De todo.
- Vamos a casa de mi hermano- dice.
- Ah...
- Es sólo un momento- explica. – Tengo que hablar con él.
- Bueno.
Abro la guantera en busca de música. Viejas cintas sin rotular, o con la pegatina gastada e ilegible. Cojo una. - ¿Qué hay aquí?
- No lo sé. Ponla- dice Sami.
La meto en el radiocasete. El crujido del plástico al caer en los engranajes. La cinta desenrollándose. Los cabezales leyendo, susurrando suaves crujidos. Tan clásico, tan viejo y olvidado. Por un momento, lo prefiero a la perfección neutra y liofilizada de los nuevos formatos.
Iron Maiden. – Oh- digo. – Seven son of the seven son. Clásico.
Sami asiente. – Será de Brus o Muerto. Lleva ahí años, seguro.
Miro por la ventanilla abierta, el aire dándome en la cara. Sigo con el pie el ritmo de la batería, los punteos trepidantes, los gorgoritos de la garganta. Llegamos a un bloque de pisos, en las afueras. No parece un buen lugar. Sami aparca. Unos chavales en chándal se nos quedan mirando. Miran el coche. Uno escupe a un lado, transmitiendo con claridad su opinión sobre nosotros. Bajamos del coche y entramos en el bloque. Subimos las escaleras hasta el primero. Sami llama a una puerta. – Vive aquí- dice.
- Ya suponía.
Nos abre un tipo negro. – Qué pasa.
- ¿Está mi hermano?
- Claro.
Entramos en el piso. Huele a marihuana, pero no es un olor integrado y viejo, sino que está vivo, es fuerte y empalagoso, de la planta fumada y también de la planta creciendo y cosechada y puesta a secar. Su hermano está en el salón, tirado en un sillón, en vaqueros y sin camiseta, una pálida barriga cervecera colgando. – Samuel- dice. – Qué pasa. – El pelo castaño le cae sobre la cara, greñudo y sucio. Un porro en los dedos amarillentos. Los ojos rojos. Más volado que una puta cometa. – Hostia, Javo. No te conocía.
- Qué pasa, Manuel.
- Ya ves, tío. – Sonrisa de fumeta. Amplia, mojada, sin sentido.
- Hablé ayer con mamá- dice Sami.
El tipo negro suelta una carcajada. – Mamá- dice, y se marcha sacudiendo la cabeza. Sami ni se entera.
- Y qué dice mamá.
- Que la llames.
- Ya, claro. En cuanto tenga un momento- dice Manuel. Le da una calada al porro, larga y profunda. Me fijo en que a pesar de la barriga, está en los huesos. Se le marca el costillar y los pómulos. Me pregunto si marihuana es lo único que se mete. – En cuento tenga un momento... – Se queda callado. Los segundos se arrastran. Sami lo mira, con el ceño fruncido. Manuel levanta la cabeza. Tiene los ojos devastados y ausentes. Las luces están encendidas pero no hay nadie en casa. Repite la sonrisa, como excusándose. Excusando el vacío. – Yo la llamo, eh.
Sami asiente. – Hazlo.
Manuel imita el gesto, asintiendo un par de veces, con la sonrisa bobalicona. El hermano mayor actuando como un niño lerdo ante el pequeño. Tiene casi treinta tacos, pero aparenta algunos más, años malos y tormentosos. - ¿Queréis algo? Tenemos una grifa que no está mal, y la maría es cojonuda, eh.
- Yo tengo de la mía- dice Sami.
- ¿Y tú, Javo?
- Yo ya no fumo.
- Anda, ¿y eso?
- No me sentaba bien.
Sonríe, como si hubiera dicho una gran verdad. – Yo lo estoy dejando, tío- dice. – Uno de vez en cuando, para relajarme y tal. – Le pega una calada al porro. – Pero ya no como antes, eh. No, no. Controlo más.
No tiene pinta de poder controlar ni sus esfínteres.
Sami carraspea. – Pues nos vamos- dice. Me da un toque en el brazo. – Vamos, Javo.
- Adiós, adiós, tíos.
- Adiós, Manuel- digo, desconcertado por la urgencia.
Sigo a Sami por las escaleras y hasta el coche. Camina encorvado, rápido, furioso. – Qué coño te pasa- le digo al sentarme en el Marbella.
Arranca el coche. Las ruedas chirrían y tengo que agarrarme al asiento. - ¿Has visto cómo está?
- Bueno...
- Está jodidísimo.
- Sólo está un poco ido, Sami. – Sami gira el volante con brusquedad para tomar una curva. Me bamboleo contra la puerta. Un viejo nos grita desde la acera. – ¡Coño, cuidado!
- No está un poco ido, tío- dice, desacelerando. – Está ido del todo. Se fuma la paquetilla.
Al principio, ni siquiera lo entendí. – ¿Heroína?
- En plata, tío.
- Joder- mascullo. No se me ocurre nada más. Heroína. Caballo. Algo que quedaba tan lejos del mundo, algo propio de los yonquis, los tirados, los terminales. Ni cuando le pegábamos en serio a la farlopa sentí que se nos infiltrara semejante cosa.
- Dice que lo va a dejar, pero yo creo que se está metiendo más. – Lleva el coche hasta la acera y aparca. – Voy a hablar por teléfono. – Sale y se aleja unos pasos. Saca el teléfono móvil, marca con el pulgar y se lo lleva a la oreja. Me busco en los bolsillos en busca de cigarrillos, encuentro un paquete arrugado con un par de fortunas maltrechos. Lo enciendo con el mechero del coche. El humo sabe a rancio. Miro a Sami, sus rastas, su aspecto neojipi alternativo. Pienso en la manera en que tienen las cosas de cebarse en algunos. Eva, su ex novia, y aquel embarazo, aquel aborto, sin padre oficial. Todo los ojos puestos en Sami.
Sami vuelve a entrar en el coche. Parece alterado y respira con rapidez.
- Necesito un canuto- dice. Abre la guantera y saca una especie de bolsita de lana multicolor con cierre de cremallera. María plastificada y papelillos. - ¿Te acuerdas de la novia de mi hermano?
- Más o menos. – Un recuerdo fugaz. Un bar de madrugada, un contacto superficial, intercambio de nombres y poco más. Era rubia y regordeta.
- Se la jugó. Ella tiene la culpa- dice. – Mi hermano conocía a un tipo. Un pureta que vivía en plan jipi, en el Jerte. En el campo, ya sabes, con placas solares de esas y cogiendo agua de un pozo... Total, que el tío no era camello, pero plantaba y vendía un poco, pero sobre todo se la guardaba para él. Tenía un par de huertos bien chulos, hasta arriba de verde. Pues le pillaron uno los civiles. Y le entrullaron. Pero no soltó prenda del otro, y casi nadie sabía que existía. Pero mi hermano sí. Así que fuimos un día y lo limpiamos de arriba abajo, cuando nos enteramos de que el tío estaba en preventiva...
- Qué buenos colegas- comento.
Sami sonríe. – Sí, bueno. El tío era un gilipollas. Ya sabes.
Sí, pienso. Como si no se pudiera tangar a los que no lo son.
- El caso es que teníamos un buen puñado de marihuana. Nada verdaderamente gordo, pero más de la que habíamos visto en la vida. La secamos, la empaquetamos y mi hermano empezó a buscarle salida. No era plan venderla al por menor, sabes. Es la mejor forma de que te pillen, como a su legítimo propietario. Encontró a un tipo, en Madrid. Nos la compraba por cinco mil euros. Eso es que él iba a sacarle una burrada más, pero que le jodan. Los beneficios para el que se la juegue. El único problema es que había que llevarla a Madrid. No es tan chungo como llevarla desde el sur, pero tiene su riesgo, ¿no?
- Supongo.
- La llevaron en este coche. Mi hermano y su novia. Yo me quedé aquí. Manuel no quería que me arriesgara, para que saliera limpio de la movida si les pillaban. – Sus dedos han liado el canuto como autómatas independientes. Se lo cuelga de los labios y saca un mechero con la cara del Che de la bolsita. Lo enciende, aspira y mantiene dentro el humo unos segundos y lo espira con lentitud. Me llega su olor empalagoso y grasiento. No entiendo cómo alguna vez me pudo gustar.
- ¿Y salió bien?
- Con el tío, sí. Les soltó el dinero. – Con el porro en la boca, vuelve a meter la mano en la guantera y revuelve entre el caos de cintas, cajas de cintas, mecheros viejos y papelillos echados a perder. Lo que saca son las cachas metálicas de una navaja de mariposa. – Mira- dice. – La uso para picar la marihuana. – Gira la muñeca y las cachas se abren y se descubre la hoja, siniestra y gris. Vuelve a girar y las cachas bailan y la hoja aparece y desaparece como en un truco de magia.
- Muy bonito.
- Me quita el estrés.
- Y te quitará los dedos.
- No, hombre- dice. Repite el truco, abre y cierra la navaja de diversas formas. – No es tan peligroso... – Detiene los dedos y deja la hoja frente a su cara. Está afilada. Mucho. El filo se afina y afina hasta hacerse invisible. – Cuando tuvieron el dinero, pillaron habitación en un hostal. Mi hermano se enganchó un buen ciego para celebrarlo. Una botella de whisky y algo de marihuana de reserva. Al despertarse, ella se había ido. Con el dinero, claro. Qué tópico, ¿eh?
- Sí, la verdad...
- Le afectó- dice Sami. – No por la pasta. Fue mucho más. Le rompió por dentro. No es que mi hermano fuera un fanático de la vida sana, pero empezó a darle en serio entonces. Hace cuatro meses de eso. – La hoja, dentro y fuera de las cachas. Chasquidos metálicos. – Fumando caballo, tío. Eso es lo que le hizo. Le convirtió en yonqui.
Dejo un momento de silencio, mientras termina el canuto con caladas lentas y profundas, antes de preguntar: - ¿Y qué hacemos aquí parados?
La navaja vuelve a chasquear y la utiliza para señalar más allá del parabrisas, al otro lado de la calle. Un bloque de viviendas de protección oficial. – Ahí viven sus padres.
Se me espesa la saliva en la boca. - ¿Y qué?
- Ella ha venido a verlos- dice. Los nudillos alrededor de la navaja palidecen. – Está ahí dentro ahora.
Trago saliva. Mi garganta se resiente. La ceniza de mi cigarrillo se desprende y cae al asiento. - ¿Cómo lo sabes?
- Tenemos amigos comunes- dice. Los ojos le brillan. – Más amigos míos que de ella. Pero eso no lo sabe. Está ahí. Con nuestro dinero. O no, eso no lo sé. Da igual.
Me quedo tan descolocado que, durante un buen rato, no soy capaz de decir nada.

Se hace de noche. Las farolas parpadean y se encienden. Sami tamborilea los dedos en el volante. No pasa mucho rato, apenas unos minutos, cuando la vemos salir del portal. La reconozco, aunque hubiera sabido que era ella por cómo se enderezó Sami en el asiento, por cómo se le perfilaron los músculos de la mandíbula al apretar los dientes. Lleva la navaja cerrada hasta su muslo y la mantiene ahí empujando con fuerza.
- Mírala- dice. – Mírala...
- Sami- digo. Quiero preguntarle qué pretende. Por qué me ha metido en esto. Si pretende que la sujete mientras él se lía a navajazos.
Sami me mira. Al ver sus ojos encendidos y brillantes, entiendo todo, por qué estoy aquí y dónde está la verdadera raíz del problema.
- Es ella- dice.
- Lo sé.
Gira la cabeza, tan tenso como si tuviera tendones de cuero curtido.
- Vámonos- digo. – Arranca y vámonos.
- Pero ella...
- Vámonos, Sami, joder. Qué importa.
Inclina la cabeza, cierra los ojos, pero suelta la navaja, que cae a la alfombrilla, y busca a tientas la llave de contacto. Arranca. Abre los ojos y salimos con rapidez. Ella camina por la acera, a su rollo. Ni nos mira, ni Sami la mira a ella. Sólo conduce un par de manzanas, hasta que se desvía en una calle y vuelve a parar el coche. Tiene un arranque de rabia que no interrumpo. Le miro aporrear el salpicadero hasta que se calma. Tiene lágrimas incipientes en los ojos.
- Tú también te la estabas follando, ¿no?
Los dientes apretados. – No- dice. – No era sólo eso. Yo creía... Creía que ella...
- Ya, ya. Lo sé- digo. Sami se lleva el puño a la boca y lo muerde. Los labios apretados y pálidos.
No estoy aquí para ayudar a hacer nada. Estoy aquí para que no lo haga. O más bien para que esta noche, cuando se torture pensando en todo lo que debería haber hecho, pueda decirse que no lo hizo porque yo estaba allí, yo lo calmé, yo lo impedí. No porque sea un cobarde. No porque no sea capaz. No porque un día se enamorase de ella y lo dejase tan roto como a su hermano.
Se saca el puño de la boca y se frota los ojos. – Tengo que ver a mi hermano- dice.
- Claro
- ¿Te llevo a casa?
- Sí, tío.
- Perdona por liarte con esto, tío- dice.
- No pasa nada.


En el salón, me encuentro a Dani en calzoncillos. - ¿Dónde estabas? – pregunta. Mira con atención la pantalla del portátil de Rubén, arrellanado de manera extraña en una silla. Como en la antigua casa, aquí también logramos levantarle la conexión, Wi-Fi mediante, a alguno de los vecinos.
- Dando una vuelta con Sami.
- Creía que seguías en tu cuarto, en plan autista.
- He tenido que salir un rato.
- Ya.
Ahora, después de haber salido al mundo exterior y respirado aire en movimiento y recibido algo de sol, la idea de encerrarme de nuevo me produce claustrofobia. Pero no me siento bien, no me siento animado. La historia de Sami me ha dejado peor. Agorafóbico también. Necesito centrarme en algo. – Dani
- Qué.
- Necesito el ordenador, ¿has terminado?
- No estoy haciendo nada.
- Es para hacer algo de trabajo.
Dani hace una mueca, levantándose de la silla. – Inventarse guarradas no es un trabajo, tío.
- Pero alguien tiene que hacerlo.
- Y te pagan, tío. Te pagan- dice, y sale del salón ofreciendo un más que generoso, y poco agradable, plano de su culo flaco con los calzoncillos remetidos.
- Eres un efebo, tío- le digo.
- Tu puta madre- le oigo decir desde el pasillo.
Sonrío. Entro en hotmail, hace días que no lo miro. Varios correos.
Y de nuevo esa dirección. Ese fr al final. Violenne. Asunto: Cosas por decir
Temblequeando. Clic. Se abre.

Hola J.

Escribo esto después de que te hayas ido. Todavía está tu taza sobre la mesa, tus cigarrillos en el cenicero. No sé lo que siento. Estoy triste y estoy enfadada. No contigo. Quizá sólo conmigo misma. Porque no sé decirte las cosas que quedan por decir. No encuentro palabras, quizá porque son cosas que no se pueden nombrar. Pero desde hace un tiempo, pensar en ti me recuerda un poema de Julio Cortazar. (Ya sé qué cara estás poniendo, ya sé que no te gusta mucho Cortazar.) Se llama “Le Dôme” y está en él lo que quiero decirte, una parte. Llámame. Quiero verte. Quiero hablarte.

El poema:

A la sospecha de imperfección universal contribuye
este recuerdo que me legas, una cara entre espejos y platillos
sucios.
A la certidumbre de que el sol está envenenado,
de que en cada grano de trigo se agita el arma de la ruina,
aboga la torpeza de nuestra última hora
que debió transcurrir en claro, en un silencio
donde lo que quedaba por decir se dijera sin menguas.
Pero no fue así, y nos separamos
verdaderamente como lo merecíamos, en un café mugriento,
rodeados de larvas y colillas,
mezclando pobres besos con la resaca de la noche.


Pobres o no, besos.

V.


Bajo la pantalla del portátil. Con tranquilidad, salgo del salón, recorro el pasillo y llego al cuarto de baño. Me saco la ropa con cuidado. Abro los grifos. Me concentro en regular el agua, conseguir la temperatura adecuada. Ni demasiado fría, ni demasiado caliente. Meto el pie con cuidado en la bañera. El chorro me da en la cabeza el agua arrasa con la suciedad, el sudor, la pátina terrible del enclaustramiento. Y entonces sucede. Apoyo las manos y la frente en los azulejos fríos y mojados y lanzo un largo grito. Aúllo. Como un sollozo agónico. Un grito de un dolor tal que no encuentra volumen para expresarse. Mudo. Y el bloque inerte de mi interior estalla y se derrama y puede que hasta esté llorando bajo la ducha mientras el grito no cesa y la presión en mi pecho crece y crece, asfixiándome, y sufro el tembleque. Me dejo resbalar hasta quedar de rodillas, la boca abierta, el cuerpo curvado en una arcada infinita, el bloque indestructible tan roto en mi interior, convertido en un millar de astillas y fragmentos de bordes afilados, y el tembleque, siempre el tembleque de mis ataques de ansiedad, el tembleque que siempre quise achacar a mi adicción, mi mentirosa adicción a la cocaína, y la presión se alivia poco a poco, mientras me digo que no estoy llorando, ni mucho menos, y me corre el agua a borbotones por el rostro, y el tembleque interior me lleva de un lado a otro por los desolados salones y estancias vacías de la casa del nunca, el improbable hogar de la angustia y las historias inconclusas.

3 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

Javo, te lo dije, eres una jodida pelota de goma. Es asquerosamente trágico, pero hace falta que te estrellen contra el suelo para que puedas llegar alto de veras.

19 junio, 2006 06:57  
Anonymous Vil-mendez said...

Sisi, de acuerdo con el l. eres como una balerina empapada de champán: te achuchan y rezumas champán. o champagne como diría esta chica. pillais la metáfora? q os jodan si no.

Cariños.

19 junio, 2006 10:26  
Anonymous Anónimo said...

Me gusta ese poema, hacía tiempo ya desde la última vez que lo leí...y por supuesto me encantan las actualizaciones.

21 junio, 2006 18:12  

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