La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

viernes, junio 09, 2006

rojo y coralino

La pintura que hay colgada encima de la tele puede ser la peor expresión de arte jamás realizada. Una casa de campo recortada contra el cielo desvaído, ventanas circulares y una chimenea chorrea humo como si fuera algo líquido o un borrón inoportuno que hubo que corregir y contextualizar para otorgarle algún sentido. Parece un lugar que está a punto de derretirse entre temblores. Al fondo, como trepando por una ladera, se afana un grupo de figuras indefinibles. La perspectiva los distorsiona y son ciervos o vacas o incluso personas abrumadas por un gran peso, hundiendo los dedos en ese verde imposible, en esos colores blandos, mojados, como si fuera una escena subacuática, uno de esos lugares que son tragados por la construcción de una presa o un pantano y las casas quedan cubiertas por el agua y habitadas sólo por peces y algas que se mueven fantasmalmente, lugares en los que el tiempo al igual que el sonido queda distorsionado y enrarecido para siempre. El cuadro, además, está colgado al revés.
La escucho trastear en la cocina. Ruido de vasos, el borboteo de la cafetera. Aparto la vista del cuadro y me froto los ojos con suavidad. Los noto como si hubiera estado mirando una pantalla desenfocada o usando las gafas de alguien. Reviso los objetos sobre la mesa del salón, sentado en un incómodo sofá. Un paquete azul de Gauloises, la pegatina blanca y negra y siniestra anunciando Fumer tue. Un cenicero con un solitario filtro retorcido como una larva. Un clipper blanco con la base mordisqueada. Un libro de relatos de John Cheever, en inglés. De entre las páginas asoma la esquina roja de una papelito. Lo toco y cruje ligeramente. Un detalle que había olvidado. Siempre utilizaba envoltorios de caramelos para separar las páginas, pulcramente alisados, planchados por el peso del libro, en colores chillones. Sugus, Pikotas, Werther´s, Chupa Chups. Mientras sigue inexplicablemente atareada en la cocina, empiezo a pensar en esos detalles. Los detalles que me fascinaban de ella, las pequeñas manías, las bromas recurrentes. Cuando nos presentaron, dijo que se llamaba Violenne Vartan. Después, me dijo que se llamaba Violenne Baudelaire. Más adelante la oiría presentarse como Violenne Hardy, Violenne Jacob, Violenne Trufautt, y muchos más, una vez incluso como Violenne Miterrand. Tenía uno de esos anodinos apellidos franceses, difíciles de pronunciar, imposibles de recordar. Pero ella prefería inventarse una estirpe cada vez. La mayoría apenas pillaba el chiste. A mí me hacía gracia. Luego dejó de hacérmela. Luego, lo olvidé sin más.
En una esquina del salón está su Samsonite verde y su bolso de viaje con las asas de cuero cuarteadas y las costuras remendadas. Maletas de viajera, marcadas y envejecidas pero resistentes, cuidadas casi con adoración. Cuando la conocí ya había pasado temporadas en Europa del este y el norte de África. Hablaba de Praga y Tánger, de Bratislava y Casablanca. De playas atlánticas de arena gris y la nieve sobre el Puente de Carlos, de sinagogas secretas, de pequeños huertos de marihuana en medio del secarral, pastores de cabras armados con sables y mazas como anacronismos vivos expulsados del tiempo. Susurros de madrugada, acoplado a su espalda, mientras ella hablaba del golem y del nombre de Dios en su lengua y yo respiraba despacio, muy despacio en su nuca...

Me echo hacia atrás en el sofá. Enciendo un Fortuna y fumo soplando con lasitud el humo. Miro las paredes. El piso es viejo, una segunda planta que no parece tener más reformas que las imprescindibles para mantenerlo habitable desde hace unos veinte o treinta años. Las puertas de las habitaciones tienen la pintura saltada y la madera hecha polvo y el techo del salón parece estar a kilómetros sobre mi cabeza y hay telarañas inalcanzables en las molduras de yeso descascarilladas. La están acogiendo una chica gallega que estudiaba con ella el año pasado, un italiano y una alemana. Paga una cantidad simbólica por el derecho a ocupar el sofá que gastan en vino y marihuana. Me miro la muñeca en busca del reloj, pero recuerdo que me lo he quitado por el camino, porque ella odiaba que estuviera mirando constantemente la hora, un gesto del que yo no me daba cuenta. Pienso en ello. En por qué lo he hecho. Qué me importa ahora que ella mire con desaprobación mis pequeños gestos, mis manías recurrentes. Pero dejo el reloj en el bolsillo.

- ¿Y tus anfitriones?- pregunto, apagando el cigarrillo en el cenicero.
Violenne me acerca una taza de café vacía y me señala un platillo con algunos dulces, fea bollería industrial. – Coge alguno, si quieres- dice. Toma la cafetera gris. - ¿Cargado?
- Sí.
El café humea al caer en la taza. Le echo un poco de leche y cojo una cucharilla de la bandeja en la que ha traído las cosas. – Te decía que...
- Sí. Mis... Anfitriones. – Pronuncia la palabra como quien la paladea, poniendo a prueba su dicción. - No están. Están de viaje. Por el sur.
- Ah – digo. Su español no se ha resentido demasiado del tiempo pasado en Francia, sigue hablándolo incluso mejor que algunos nativos, pero noto algo diferente. Un matiz impreciso que me desconcierta hasta que lo identifico. Es una modificación sutil. Tiene que ver con la pronunciación de las eses. Ya no las aspira. Ya no son como las mías. Ya no habla como yo. Le pongo azúcar al café. La miro servirse su propio café. Largo de leche, mucho azúcar. Lo remueve, con los ojos bajos, mirando su taza como si requiriera extrema atención. Levanta los ojos, me mira, y los vuelve a bajar, con una sonrisa tímida. Se muerde el labio inferior. Enciendo otro cigarrillo. Le doy vueltas al café. El silencio se extiende despacio, como algo que se disuelve entre nosotros.
- Qué tal- digo. Dos palabras absurdas, forzadas, sin sentido. Como si nos acabásemos de cruzar en la calle. Carraspeo. – Bueno. Quiero decir qué tal el año y eso...
Sus ojos suben. – Bien. Bueno, regular.
- Ah.
- Un poco triste.
- Por... eh... ¿Por lo que pasó?
- Sí. Claro. – Sus ojos huyen otra vez. – En parte, bueno. Muchas cosas.
- Ah.
- Sí. Muchas cosas.
- Claro...
El silencio, densificándose. Pruebo el café. Prueba el suyo. Busca los Gauloises y enciende uno. Está sentada sobre los pies, en una posición de aspecto incómodo, como si se estuviera trabando así misma para evitar una escapada refleja, un instinto animal de conservación. Y supongo que así es. Lleva unos vaqueros gastados y rotos por las rodillas que le quedan grandes y una camiseta de un color azul comido por el sol en la que pone Le Vieux-Port, Marseille. Reconozco ambas prendas. Podría decir cómo huelen. Podría decir qué tacto tienen. Tantas veces las acaricié. Tantas veces busqué bajo ellas.
- ¿Qué tal en Barcelona?
- Muy bonita- dice. Se endereza en la silla, como quien ha tomado una decisión y se dispone a ser resuelto. – Me encantó. Preciosa.
Empieza a narrarme su viaje por el país, su descenso por la península camino de la ciudad de piedra. Los lugares que conoció, la gente con la que habló. Mientras, vuelvo a notar en mi interior esa solidez, esa insensibilidad. Es como si un órgano secreto, un fragmento residual, un segundo apéndice todavía más absurdo y sin objeto, hubiera empezado a crecer en mi interior, sin terminaciones nerviosas, inerte por completo, ocupando los huecos entre los órganos legítimos, un cáncer que no mata, que sólo crece, que sólo reclama espacio y contagia lentamente su entumecimiento al entorno, extendiendo zarcillos por el músculo y el integumento borrando la sensibilidad como quien pasa la mano por una pizarra para iniciar después una progresiva calcificación, volviéndose ahora no sólo sólido sino también duro, pesado, un bloque rojo sangre con el molde de mis entrañas que sin embargo no deja de crecer, como el coral, y reclama más para él, más mucho más, hasta el punto en que quizá un día, si no para, si no lo paro, asome en mis ojos y en mi boca rojo y coralino y ya sea imposible ocultar a los demás que hace tiempo que no siento como ellos, que no me siento como ellos, y que quizá nunca lo hice.

Violenne sigue hablando un poco y luego calla. Se muerde el labio. – Creo que volveré a Tarifa este verano.
- Ah.
- Tengo ganas de ver la zona en apogeo. Y hacer windsurf, ¿te acuerdas?
Me acuerdo. Fuimos a Tarifa en temporada baja. Hizo mal tiempo. Soplaba el viento y había nubes de tormenta, pero estuvo bien. Había cometas en el cielo y surfistas que se deslizaban por las olas cogidos a ellas. Hizo bochorno. Llovió el último día. La única noche despejada la pasamos en la playa, fumando porros y mirando lo que quisimos creer que eran las luces de Tánger, más allá de la espuma de las olas y el mar, luciérnagas enormes en el horizonte nocturno. Hablamos de hacer más viajes. Enumeramos los lugares que queríamos conocer. Nos arrullamos sobre la arena. Le hablé de cerezos en flor y ruinas romanas, de una alameda y un prado y del fuerte olor a romero de la primavera. Al volver al camping, descubrí que hay una diferencia entre follar y hacer el amor, y por primera vez no sentí al terminar unas insensatas ganas de escaparme ni la obligatoria inquietud química postcoitum, sólo tenía ganas de estar allí, aferrado a su espalda, acariciando con suavidad su muslo, mientras ella susurraba cosas sobre mezquitas, playas mediterráneas, el viejo puerto de Marsella...

Termino el café. Conversamos con cuidado, pasando de puntillas sobre los temas espinosos. Me pregunta por la casa vieja, por las paredes verdes, los muebles del Centro Reto. Hay silencios. Hay titubeos. La conversación es antinatural y forzada.
Tras uno de esos silencios, digo: - Tenías cosas que contarme.
Ella me mira, mordiéndose el labio.
- Lo pusiste en el correo- explico. – Cosas que quedaron por decir.
Ella asiente. – No- dice. – Ahora no.
- ¿Por?
- No es el momento- dice. Apura de una calada el cigarrillo hasta el filtro y lo aplasta en el cenicero. – No estoy preparada. Ni tú.
- ¿Entonces?
Se encoge de hombros. – Voy a estar un tiempo por aquí. Podemos volver a quedar. Si quieres.
Me levanto. Recojo mis cosas, los cigarrillos, el móvil. Me centro en eso.
- No son cosas importantes- dice. – Reflexiones. Conclusiones a las que he llegado.
- Ya.
- No te enfades.
Niego con la cabeza. – No estoy enfadado- digo. No puedo estarlo. No tengo nada dentro. Sólo coral inerte. – Pero es raro.
- ¿Quieres que volvamos a quedar?
- Sí. – Me inclino y le doy un beso en la mejilla. – Cuando podamos.
Al separarme, ella me toca la mano un momento. Pasa algo, como un chispazo. Los ojos conectan. Algo eléctrico que apenas dura un segundo, tan rápido, tan breve que al cesar no puedo decir si realmente ha sucedido. – Adiós- digo.
Ella no me mira. – Adiós...

2 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

Vale. Inmenso. Me ha vuelto a hacer daño leerte. Así sí.

15 junio, 2006 23:53  
Anonymous Don Mend said...

Esto es pura dinamita, marikita.
q arte.

16 junio, 2006 22:44  

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