La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, agosto 28, 2006

nico

entreacto

Dani, en chaleco negro y camisa blanca, una chapita rectangular anunciando su nombre prendida en el pecho; dice: - Lo que más me jode son las horas muertas. Entre película y película, hay un montón de tiempo de brazos cruzados. Nos ponemos a comer palomitas y regaliz, por hacer algo. Luego terminan tres películas a la vez y es un infierno. Un puto caos. Eso es lo que más me jode. – Sacude el cigarrillo. Fumamos en el callejón de atrás. Mantiene la salida de incendios abierta con una reproducción a tamaño natural del nuevo Superman, la cabeza entallada y doblada entre la jamba de la puerta y el mecanismo de cierre. – También me jode mucho el rollo de buenas tardes, buenas noches, sígame por favor, que disfrute de la película... Eso no lo he dicho nunca, pero a lo otro te obligan, colega. Los que vienen son tan tontos como borregos y deberíamos poder tratarlos como tales. ¿Cómo coño no encuentran sus putos asientos? Es una numeración de lo más sencilla, joder. El otro día un tipo se perdió. Salió a mear, o a buscar jovencitos en el servicio, yo qué sé, y luego no sabía volver a su película. ¡Pero si son cinco putas salas! Pues tuve que bajar yo a decirle dónde coño estaba la peli de los cojones... En fin.
- ¿Qué película era?
- Ya no me acuerdo. Algún engendro horrible. – Mueve la cabeza. – Por lo menos, puedo gritarle a los niños. Ayer le grité a unos, les dije que iba a mandarlos a la puta calle. – Sonríe de oreja a oreja. – Lo mejor es que entra dentro de mis competencias, no es un farol.
- ¿Qué tal te pagan?
- Una miseria- dice. – Pero como me toco los huevos a dos manos, siento hasta que les estoy robando. – Da una calada. – Por cierto, tienes una cara de pena.
- El insomnio.
- ¿Todavía?
- Todavía.
- ¿Dónde te metiste anoche?
- Estuve por ahí.
- Por ahí.
- Sí.
Menea el cráneo pelado y rubio, con tristeza. Se saca el cigarrillo de los labios y lo envía por el callejón de un capirotazo. – Javo...
- No estuve con ella- le corto. – Ya no tengo nada que ver con ella.
- Ah. Mejor.
- Mejor- asiento.
- ¿Entonces?
Tiro mi cigarrillo. - ¿No tienes que volver a entrar?
- Sí, ahora. Pero dime.
- Nico- digo.
Dani me mira, arqueando una ceja. – No jodas.
- No.
- Nico- repite. - ¿Dónde coño estaba?

Ya no tengo nada que ver con ella. Excepto su recuerdo de madrugada. Las horas vacías, inertes, tumbado en la cama, la respiración ligera e insuficiente como si un cinturón me ciñera el pecho y el fuego en los ojos, ojos descarnados, brasas viejas y cenicientas quemando sin alumbrar la penumbra indiscernible, el miedo a que la luz de la lámpara me descubra su ausencia en la cama, miedo a la noche interminable, al sol despiadado de la mañana, y luego las tardes, de nuevo las tardes agónicas, una detrás de otra, mi rostro paliducho en el espejo, los párpados oscuros, cigarrillos y café y cervezas en el Metropol, duchas de agua que sale tibia de las tuberías recalentadas. Su recuerdo como el calor, una constante que no se aplaca, que no cesa, la angustia anudándose sobre el estómago, y el límite del verano, la frontera entre esto y todo lo demás, al otro lado del páramo y la oscuridad del eclipse perpetuo, lejano, tan lejano como Marsella, como París, como cualquier sospecha de alivio o redención...

El libro llegó con retraso. Ya no lo esperaba. Lo encargué cuando empezaba a pensar que habría una oportunidad de que las cosas fueran distintas. Me avisaron con un mensaje de texto, desde la librería. La extracción de la piedra de la locura. Después de pagarlo y salir a la calle, me quedé parado bajo la luz temprana y ya ardiente, con el libro negro entre las manos. Pensando en que nunca dejará de sorprenderme lo físico que puede ser este dolor. Dan ganas de retorcerse y aullar como si las vísceras estuvieran en llamas. Un segundo. Luego pasa.
Abrí el libro y lo hojeé al azar. Lo cerré. Respiré hondo y lo metí en el bolsillo trasero de los pantalones. Notaba el cuerpo anquilosado y dolorido por la mala noche y la falta de sueño. Tampoco ayudaba haber pasado gran parte de la mañana tirado en el sofá y mirando la televisión con la mandíbula laxa. Me estiré con disimulo y eché a caminar por la calle. Y entonces lo vi. Estaba apoyado en el capó de un coche, fumando, en una camiseta sin mangas, una canasta de baloncesto en llamas dibujada en el pecho, y las piernas flacas asomando de unas bermudas estampadas de palmeras blancas y verdes. Más macilento que la última vez que lo vi, el sol no parecía incidir ni tener efecto sobre la blancura cérea de la piel que le asomaba por la extremidades flacas y lampiñas y el rostro chupado. Su pelo negro parecía descuidado y rígido, encrespado.
- Nico- le llamé. - Eh, Nicolás.
Los tendones de su cuello giraron con desgana y al principio no había nada en sus ojos, ni mucho ni poco, nada, ni un atisbo de reconocimiento. – Javo. – Parpadeó. Los ojos acuosos revivieron. – Joder, tío...

Un canario. Revoloteando en una jaula de alambre. Piando. El sonido de los picos y las palas. Lámparas de gas. Vigas y contrafuertes de madera, soportando toneladas de rocas y tierra. Rostros tiznados, mirando de reojo la jaula. Cuando falta el oxígeno, cuando silba inaudible el grisú, el canario para. Las tristes patitas extendidas y rígidas. Las lámparas se apagan, desaparece el fuego. Y los mineros que se marchan, con rumor de toses y metal contra la piedra, hacia la superficie. Apresurados. Sin mirar atrás.

- Qué te parece, ¿eh?
El coche era un tres puertas, de color verde. El interior olía a tabaco. Los asientos estaban ajados. – Muy bien...
Nico conducía con la cabeza inclinada, lo que ensombrecía y hacía patentes las oquedades enfermizas bajo sus pómulos y el cuello estirado y gallináceo. – No es mío, es de mi novia, sabes.
- Tu novia.
Me miró, sonriendo. – Sí, tío. Pero lo tengo yo todo el día, para moverme y tal. Los negocios y eso, tío. Ya sabes. – Metió mano en el bolsillo de las bermudas y tiró una cartera gastada y sin peso a mi regazo. – Ábrela, tío.
Dentro, la foto de una chica de unos treinta y tantos años, regordeta y morena. Y ni un puto euro, ni calderilla.
- Se llama Rosa- dijo.
- ¿Es española?
- Es ecuatoriana.
- Ah. – Le devolví la cartera. – Es... guapa.
Asintió, con la vista puesta en la calle. – Es mi vida, tío.
El piso de Nico no estaba muy lejos de donde vive el hermano de Sami. Otro bloque de viviendas de protección oficial que aguantando mal el paso del tiempo. Ropa tendida en las ventanas y cochambrosos aparatos de aire acondicionado renqueando sobre el vacío. Aparcó frente a la puerta. – Espera aquí, ¿vale?
Lo miré entrar en el portal. Encendí un cigarrillo con el mechero del coche y me retrepé en el asiento. Bajé la ventanilla, hacía calor. Fumé mirando la calle, hasta que recordé el libro. Lo saqué del bolsillo. Se había curvado y arrugado por la portada. Sus tapas negras ya no parecían tan flamantes, tan atractivas. Ya no era apto para regalo. Compré el libro sólo por un poema, Cenizas. Lo busqué en las primeras páginas, lo leí. Pensaba mostrárselo, señalarle el poema y que supiera que hablaba de nosotros. Pensaba escribir algo sencillo en la primera página. Algo que no pudiera olvidar.
Abrí otra pagina al azar. Leí.
Desnudo soñando noches solares.
He yacido días animales.

Cerré el libro. Las manos me temblaban. Me tiré ceniza en el pantalón. La soplé. Di otra calada, apreté los dientes y metí el libro en el bolsillo, doblado y maltratado. Soplé el humo por la ventanilla. Vi a la novia de Nico salir del portal. Miró hacia el coche, con el ceño fruncido. Levanté la mano, tímido. Ella giró el rostro y echó a caminar calle abajo. En la foto parecía más joven y más saludable. Al rato, bajó Nico, sonriendo. Se puso tras el volante. - ¿He tardado mucho?
- No, tío.
- Vamos a beber de una puta vez.

Siempre la misma imagen, al pensar en Nico. El pájaro en la jaula, avisando de la inminencia del desastre. Los mineros huyendo. Y en la oscuridad, sólo el sonido del cristal en las lámparas de gas, crujiendo al enfriarse. Y el canario una desvaída mancha amarilla, segmentada y rota por el alambre en el negro completo del interior de la mina. Nico, Dani y yo bajamos a los túneles. Días y días sin poder dormir, sin volver a casa, con gente desconocida alrededor, con las mandíbulas batiendo, bebiendo y apagando la borrachera con más química, un montón de tiempo, hasta convertirlo en un hábito, una manera de ser y estar en el mundo, consumiendo, subiendo, bajando, mintiendo, madrugando, trasnochando, dejando las cosas por hacer, durante demasiado tiempo, consumiendo cada vez más, subiendo y volviendo a bajar, rodeados de toda aquella gente extraña, tan ajena, tan asustada como nosotros, todos disimulando con una gran sonrisa, todos hartos de estar pasándolo tan bien, todos deseando parar un momento, y todos lo harían si no fuera porque aguardando estaba la más espantosa de las resacas y uno mismo, solo y desvalido en mitad de una estancia vacía Y cuando los débiles y enflaquecidos pulmones de Nico lo llevaron al fondo de la jaula, Dani y yo salimos de la mina. Sin mirar atrás. Porque no había nada que ver. Sólo la oscuridad intestinal de los túneles de piedra.

Nico pagó todas las rondas sacando un fajo de billetes de la cartera. Eran billetes pequeños, de diez y cinco, pero había un buen montón. Ni siquiera me dejó pagar el tabaco. Fumamos y bebimos y hablamos de los viejos tiempos. Nos contamos anécdotas. Reí hasta llorar. Los ojos de Nico permanecían tristes y rojos hasta cuando se carcajeaba dando puñetazos en la barra. El propietario del bar nos llamó la atención. Seguimos bebiendo y armando alboroto. Cervezas y chupitos de Jack Daniels, Legendario, José Cuervo Especial. Durante un buen rato, me sentía bien. Sin más. Fue entonces cuando me di cuenta de lo excepcional que era aquello, sentirse bien. Lo había perdido, como se pierden las buenas costumbres.

Nico se libró de la borrachera esnifando dos rayas de cocaína en el coche. No eran las primeras. Yo miré por la ventana mientras lo hacía, notando el libro apretado y retorcido en los pantalones. Encendí un cigarrillo y se lo pasé. Dio una calada. – La gente, tío- dijo, como si siguiera el hilo de una conversación interna. – Se frotó la nariz. – La gente es muy mala, sabes.
Encendí otro cigarrillo. Por la ventanilla entraba una racha de aire caliente que rizó el humo y lo llevó hacia mis ojos. Parpadeé. - ¿Por qué lo dices?
- Siempre piensan lo peor... Rosa. Las cosas que decían de Rosa. Sólo porque trabajaba en aquel bar... Tenía mala fama, pero ella era camarera, qué coño. – Me mira. – No dejaban de hablar, tío. Cuando entraba en un bar, la gente se callaba. Me señalaban con la cabeza. Se reían, los hijos de puta. – Se carcajeó, amargo, sin alegría. – Eso es, sus madres sí que eran putas. Todas.
La noche iba cayendo. Flotaba en el coche una luz anaranjada que resaltaba el humo de los cigarrillos y el brillo de sus ojos sanguíneos.
- ¿Cuánto llevas con Rosa?
La mandíbula le batía de un lado a otro. – Siente meses- dijo. – Me salvó la vida, cuando me pasó aquello. No había nadie más. Ella me salvó. Es mi vida.
- ¿Qué te pasó, Nico?
Sonríe. Se lleva el índice a la sien. – Se me cruzaron los cables. Creía que todo el mundo quería hacerme daño. Que todos hablaban de mí y de Rosa. No dormía, porque tenía pesadillas. Así que me metía mucha mierda para estar despierto. Bebía mucho. Y se me cruzaron los cables, del todo. Pero ella me salvó. Le dio igual lo que me diagnosticaron. Sabía que no era yo, era la mierda que los demás me echaban encima. Y la puta medicación era la misma mierda, sabes. Más química. No quiero eso, tío, así que no me la tomo.
Le miré. Los nudillos blancos aferrados al volante. El rostro sudado. Un pequeño tic en el párpado. Vi escrito en mayúsculas sobre su cabeza: DELIRIO. Vi escrito: PARANOIA. Vi escrito: ESQUIZOFRENIA. Vi escrito: ME ABANDONASTE.
Se me revolvió el estómago. Controlé una arcada. – Me tengo que ir a casa- dije.
Giró la cabeza, alarmado. – No, no, tío. Te tengo que enseñar una cosa- dijo. – Siempre me acuerdo de ti, cuando veo algo así. Que te encantaría escribirlo en un relato.
- ¿Qué?
- Ya lo verás. ¿Vienes o no?

Carretera larga y estrecha, sin iluminación. La línea blanca refulgiendo bajo los faros. A los lados, chalés y piscinas y vallas y perros fieros con los ojos espejados y amarillos.
- Mira, mira- dijo Nico, apagando los faros.
Durante un segundo, se abrió sobre nosotros una matriz de oscuridad pura y sin forma, un manto más allá del negro que se extendió sobre el mundo exterior haciéndolo desaparecer por completo, engullendo incluso las estrellas y trabando todas las sombras en una sola, la oscuridad fetal, primigenia, sin remedio, las pupilas expandiéndose para mendigar la luz pobre del salpicadero. Y justo cuando la oscuridad empezaba a entrar en el coche, alucinatoria y horrible, Nico encendió los faros de nuevo. Cerré los ojos. Las pupilas se contrajeron dolorosamente. – No vuelvas a hacer eso.
Nico se rió. – Parece de peli de miedo, eh.
- Sí- dije. Me froté los ojos.
- Oye, una cosa- dijo.
Fijé los ojos en la serpiente flaca del asfalto. Me sentía borracho y agotado y me costaba mantener los ojos abiertos. – Dime.
- ¿Qué pasó con tu chica? La que te dejó. – Un gesto con la mano, impreciso. - ¿Cómo se llamaba? La gabacha.
- Violenne.
- ¿Qué pasó?
- Que volvió y me dejó otra vez.
- Oh, qué chungo.
- Bueno. Así son las cosas.
- ¿Y cómo lo llevas?
Como si me hubieran desalojado el alma con un cucharón afilado y sólo quedara un agujero en carne viva. – Bien- digo.
- Las tías son difíciles- reflexionó. – Hay muy pocas buenas. Como Rosa. Muy pocas.
Me presioné los ojos con los pulgares, con fuerza. Danzaron luces azules. Seguía viendo el trazado blanco impreso en mis retinas. No dije nada. No había nada que decir.

- Aquí es- dijo Nico. Sacó el coche de la carretera y lo metió en un pequeño camino de entrada, frente a una puerta enrejada verde. – Baja y abre, tío. Y cierra luego, que no se escapen los perros.
- ¿Perros?
- No hacen nada, no te preocupes.
Bajé y di unos pasos tambaleantes. Manipulé los cerrojos y abrí la puerta. Los goznes chirriaron. Cuando pasó el coche, volví a cerrar y me monté. La casa estaba oculta por una media docena de olivos jóvenes, sólo se veía alguna luz, y el camino subía flanqueado de frutales. Naranjos y limoneros con ramas hibridadas y esquejes raquíticos. – El vergel- susurré.
Había unos de coches aparcados frente a la casa, un pequeño chalé de una planta. Los perros estaban en el porche, tumbados en un sillón de mimbre. Eran dos, de raza boxer, uno grande y otro pequeño. Saltaron y vinieron corriendo hacia mí en cuanto bajé del coche.
- No hacen nada- dijo Nico.
- ¿Seguro?
El grande saltó y puso sus patas en mi pecho. Nos miramos a los ojos. El perro me olió. Lo aparté, un poco acojonado. Era un animal enorme, con musculatura de caballo. El pequeño no debía tener ni un año y ya mostraba esa misma musculatura salvaje, como robada a otra especie.
- ¿No te gustan los perros?
- Me gustan- digo. – Pero mantengo las distancias.
- Venga, ven.
El sillón del porche era de mimbre y estaba pintado de blanco. Pelos de perro en los cojines. Había una mesita de cristal, un par de taburetes y una nevera azul con un palmo de agua; flotaban latas de cervezas, cubitos de hielo y una botella de vodka con la etiqueta medio despegada. Ruido de gente dentro. Nico llamó a la puerta y la empujó. Salió humo y voces de hombre. Una risa femenina. Entramos. Estaban jugando a las catas, cuatro tipos sentados a una mesa. Como si fueran guardaespaldas, una chica detrás de cada uno de ellos, emperifolladas y aburridas, sosteniendo copas y cigarrillos.
- Hola- dijo Nico.
Los tipos levantaron la cabeza, lo miraron. Volvieron a las cartas. Las chicas parpadearon con desgana. El ambiente era sofocante. Hacía calor y se respiraba con dificultad. Me vino otra náusea. Me falló el equilibrio.
- ¿No está Julio?- preguntó Nico.
Una de las chicas lo miró. – Está en el váter, chaval.
- Ah- dijo Nico, y se quedó allí, frente a la mesa, con los brazos caído y asintiendo con la cabeza. - Bien, bien. Es que tengo que hablar con él y tal...
- ¿Jugáis al mus?- preguntó uno de los tipos. Tenía la oreja agujereada en el centro, un agujero perfecto. Como un orificio de bala imposible. Aparté la mirada.
- No, no sabemos- dijo Nico. Rió. – Yo la cuatrola y eso...
El tipo pasó de nosotros. Repartían cartas. Servían chupitos de whisky. Las chicas suspiraban. Saqué un cigarrillo, lo encendí, me atraganté con el humo. – Voy fuera- le dije a Nico.
Me miró. – Yo voy a esperar al tipo este. Tenemos... Bueno, igual tardo un rato, ¿vale?
- Estoy fuera- dije. Salí. Respiré hondo. El aire puro me quemó las fosas nasales. Las irritó. Me colocó más. Los perros vinieron a verme. Me mordieron los pantalones. Tiraron de mí pidiendo atención. Me senté en el sillón de mimbre. Los cojines olían a perro. Estornudé. Me picaron los ojos. Cogí una lata de cerveza y me la bebí de dos tragos. Cogí la botella de vodka y salí a dar un paseo por el vergel. Detrás de la casa había una suave ondulación de césped, punteada de aspersores y coronada por una piscina. La iluminaban bombillas sumergidas. El resplandor se vertía como vapor sobre la hierba. Llegué al borde. El fondo estaba decorado como un mosaico. Las bombillas mostraban insectos navegando la tensión superficial del agua. Despegué la etiqueta de la botella. Quité el tapón. Pegué un buen trago. El fuego frío me atravesó hasta el estómago. Perdí el aliento.
Los perros no se acercaron al agua, aunque los llamé. Recelaban. Bebí más. Había formas en las sombras. Siluetas. Las rodillas me fallaban. Empecé a ver borroso. Las aguas se hicieron espuma de luz. Trastabillé camino del coche. Los perros me siguieron. Caminé entre los olivos. Levanté polvo. El vómito lo asentó. Apoyado en la corteza dura y negra, vomité una y otra vez, vomité hasta tener agujetas. Vomité alcohol, vomité tapas de bar, vomité bilis. El vómito resbaló por las fosas nasales, ácido y corrosivo. Tosí. Tuve arcadas. Tosí más. Quemaba. Vomité más bilis. Uno de los perros gimió en la oscuridad. Escupí.
Llegué hasta el coche. Me apoyé sobre el capó. Estábamos lejos de la ciudad. No había nubes. El cielo estaba cuajado de estrellas. Miles. Millones. Todas las constelaciones ardiendo sobre un telón negro. Inacabables. Cerré los ojos, me los froté. Seguían ahí al abrirlos. Heladas. Fijas. Tan lejos.
Dormí unas horas en el coche. Nico vino y me habló. Dijo cosas que no entendí y volvió a la casa. Hablé en sueños. La llamé. Dije su nombre. Desperté en lo más oscuro de la noche. Me sabía la boca a vómito y estaba aferrado a la botella de vodka. Tenía calambres en las piernas. Salí fuera y me estiré. Me dolía todo. Caminé. Los perros brotaron de entre los olivos y se me quedaron mirando. Las luces de la casa estaban apagadas, la puerta cerrada. Los perros me acompañaron a la piscina. Le saqué el tapón a la botella y bebí. El vodka arrasó con el vómito, mi estómago se contrajo. Dejé la botella en la hierba, me saqué la ropa a tirones y patadas. Me detuve en el borde de la piscina un momento y luego salté. El agua explotó. El mundo se volvió blanco, burbujeó a mi alrededor. El cloro arrasó con el sabor del vodka. Braceé hasta tocar el fondo, hinqué las uñas en las teselas del mosaico. Abrí los ojos para ver subir la espuma, dorada por las luces de las bombillas. Aguanté la respiración hasta que los oídos me zumbaron y los ojos me dolieron y la presión acuchilló mi pecho. Conté los segundos. Sentía como si me fuera a romper. Como si mis costillas fueran a hundirse sobre sí mismas y a atravesar los pulmones. Me solté y saqué la cabeza, respiré a bocanas, escupí agua. Los oídos hicieron pop. Pop. Nadé hasta el otro extremo dela piscina y me senté en el borde, con los pies en el agua, una de las bombillas calentándome los tobillos. El aire me hizo tiritar, pero me quedé quieto allí, desnudo, pálido y desposeído, abrazándome el pecho con el pelo pegado al rostro. Formas en las sombras, homúnculos siniestros aguardando su turno en las aguas iluminadas, acuclillados y contrahechos y sedientos y viles. Las formas de los perros corrían a su vez fuera del círculo de luz, sus sombras extrañas proyectadas sobre la pared blanca del chalé como figuras quiméricas, de nuevo aproximaciones de alquimista a medias de este mundo, a medias del otro, del universo fantasma, en una duplicidad absurda y aberrante. El cloro me quemaba los ojos. Parpadeé. Bostecé. Temblé. Uno de los perros husmeaba mi ropa. – Eh- grazné. – Fuera.
El perro me miró. Tenía algo negro y rectangular en la boca.
- Eh, chucho- dije.
El perro corrió hacia la oscuridad, hacia el vergel.
El agua me lamía los pies. No me moví. Los aspersores de conectaron. Mojaron la ropa. El aire llevó el agua hasta la piscina y la superficie se rizó como si de lluvia se tratase. Me abracé con más fuerza las costillas y miré hacia el cielo. Millones de estrellas, todavía. Tantas como para volverse loco.

Tac, tac, tac.

Olía a perro.

Tac, tac, tac.

Había luz. El mundo era impreciso.

Tac, tac, tac.

Nico estaba preparando unas rayas en la mesita de cristal del porche, sentado a un taburete. – Buenos días- dijo. Usaba su DNI. Tac, tac, tac.
Me froté el rostro. Me saqué las legañas. Estornudé pelos de perro. Tenía la ropa húmeda y estaba tumbado en el sofá de mimbre.
- ¿Qué has estado haciendo, tío?
- Me bañé.
- ¿Por qué no entraste en la casa a dormir?
Me encogí de hombros. – Qué más da.
- Bueno, ¿quieres una?
Sorbí por la nariz. Me rasqué el pelo, grasiento y sucio. Hice un recuento de dolores. Estaba amaneciendo. – Ponme una.
Me puso dos. Las esnifé con un billete de cinco euros. La saliva se retiró. Se me durmió la boca y me supo a visita al dentista. Los dolores se amortiguaron.
- ¿Bien?
- Bien.
- De puta madre.
- ¿A qué hemos venido aquí?
Nico sorbió en seco. Esnifó sus rayas. – Negocios, tío. Deberías haber vuelto a la casa, tío. Estuvieron enseñando sus pistolas. Como en los relatos que escribías antes.
Me estremecí. Sorbí en seco. El corazón me dio un brinco en el pecho.

La cocaína me aceleró en el coche, de vuelta a casa de Nico. Me soltó la lengua. Me desbocó el corazón. – Me siento como atrapado, ¿sabes? Perdido. Todos los días tengo la sensación de que no estoy haciendo nada. Sólo seguir hacia delante. Dejarme llevar. Hacer las cosas cómodas que no requieren ningún esfuerzo. Que sólo satisfacen porque son fáciles. Son lo de siempre. Como ponerse unas pantuflas viejas que se caen a pedazos. – El corazón me brincaba en el pecho. Me diagnostiqué taquicardia. La diagnostiqué como pasajera. Las había tenido peores. – Lo que quiero decir es que... Siento que me encuentro entre dos cosas. Lo que acabo de dejar y algo que no llega. Sencillamente, no llega. Y ya debería estar aquí. Me siento como clavado en un entreacto. La vida sigue y la trama no avanza. Los días pasan. Pequeños fracasos, uno detrás de otro. Como si me hubiera acostumbrado a un nivel de insatisfacción cotidiana, y creyera que tiene que ser así. Así de gris. Así de muerto. Así de vacío. Una vez leí, en una novela, que hay hombres que cuando no obtienen lo que quieren no se conforman con algo igual, sino con lo peor que pueden encontrar. La vida que llevo es lo peor que he podido encontrar. Porque no lo parece. Porque parece una buena vida. Porque es fácil. Y me está matando. Despacio. Me ahoga. Me estrangula. Me vence los hombros, me agacha la cabeza, me enferma el gesto... ¿Entiendes? ¿Entiendes lo que te digo, Nico? Un buen día es un día triste. Un día triste es fácil. Porque me he acostumbrado a estar triste. Porque estar triste es lo único que recuerdo. Pero la vida no es eso. No quiero que sea eso. No. Tiene que haber algo más, en alguna parte. ¿No crees?
Entrábamos en la ciudad de piedra. El duro y rocoso y desapasionado escenario de los últimos seis años de mi vida. Piedras una detrás de otra. Piedras como días tristes.
Nico dijo: - Te sigo, tío. Te entiendo.
Negué con la cabeza. – Todos los dolores son el mismo. Por eso cuesta comprender los ajenos.
- ¿Qué quieres decir?
Bajábamos por Cánovas. Miré los árboles. Había niños en los columpios. Los pájaros revoloteaban. – Cada día sin ella es una decepción- dije. – Eso es lo que quiero decir. Y que bastaría una palabra suya para que todo cambiaria. Pero nadie puede salvarte. No funciona así. – El corazón brincaba. Machacaba las costillas. Daba puñetazos arrítmicos. Diagnostiqué una taquicardia preocupante. – Una decepción, todos los días. No siento que duela menos. Siento que me he acostumbrado a sentirme así. – Tamborileé los dedos en el cristal de la ventanilla. – Y ya no estoy dispuesto a ello.



Nico me enseñó la habitación del niño. El hijo de Rosa. Dijo que estaba en casa de la abuela. No le hice ninguna pregunta. Había juguetes por el suelo. Dibujos en las paredes. Fotos de Rosa y el niño. Tenía unos ocho años. Nico no salía en ninguna.
- Duerme, ¿vale? Puedes quedarte el tiempo que quieras. – Sonrió. – Hasta esta tarde, por lo menos.
Nico se fue. Bajé la persiana. Me desnudé en la penumbra, despegándome la ropa de la piel. Olía a sudor, olía a perro. Olía a coyote mojado. Cuando volviera a ponérmela, estaría fría y rígida, acartonada. La cama era pequeña, y sólo tenía un cobertor y una sábana sobre el colchón. Aparté ambas cosas para dejar el colchón desnudo, como el que tenía en mi habitación, y me tumbé. El corazón seguía latiendo. Diagnostiqué una taquicardia histérica. Latía a ráfagas. Latía deprisa. Corría contra sí mismo, como pretendiendo doblarse en una carrera. Como si quisiera reiniciar el contador. Dar la vuelta completa y empezar con el kilometraje a cero. Los latidos empeoraron. Yací sobre el colchón despellejado, respirando hondo, inventando trucos de faquir para controlar el ritmo cardíaco. Funcionó a medias. Los latidos se refrenaron. Los latidos se ordenaron. La taquicardia perdió vigor. Me enfrenté al insomnio químico. Me distraje haciendo planes. Pasarme por el cine, a ver a Dani. Hacer unas llamadas. Pensé en ella. Me prohibí pensar en ella. Articulé fantasías evasivas que no la incluían. Volví a pensar en ella. La rechacé. La veté. Articulé más fantasías. Me dormí haciendo planes. El corazón se calmó. Me dormí pensando en huidas hacia delante. Me dormí pensando una manera de escapar de una vez por todas de este interminable y aburrido entreacto.

Dormí bien.

Dormí sin sueños.

4 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

No eres tú, Javo. Es Cáceres.

29 agosto, 2006 13:34  
Anonymous Vil-Méndez said...

Chico, vas por el buen camino. Hay que quemarse vivo, convertirse en polvo y revivir.

Yo le digo al polvo: "¡Polvo! ¡Vienes del hombre y al hombre volverás!

Soy un optimista crónico.

Me ha encantado tío.

29 agosto, 2006 15:39  
Anonymous El Niño Dinosaurio said...

Espléndido, quizá sea tu mejor post.
En la blogosfera si hay que elejir entre la realidad y la leyenda, siempre se escoje la leyenda.
TU escoges la realidad.
Una realidad compacta, dura, sucia y atávica, escrita desde una inspiración que hacen de este blog una obra maestra absoluta.
La mirada revisionista que propones, desmonta el mito para crear uno nuevo.

El Rey ha muerto, dejen paso a Javo, hurra viva y bravo!

30 agosto, 2006 16:26  
Anonymous Anónimo said...

In the desert
I saw a creature, naked, bestial,
Who, squatting upon the ground,
Held his heart in his hands,
And ate of it.
I said, "Is it good, friend?"
"It is bitter – bitter", he answered,
"But I like it
Because it is bitter,
And because it is my heart."

30 agosto, 2006 20:43  

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