La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, septiembre 25, 2006

pasajeros

Quien te hace doler te recuerda antiguos homenajes. [...] Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.

Alejandra Pizarnik


segunda parte

- Es el futuro- dice Santiago. – Olvídate de todo lo demás. – Corta limón en una tabla y cuela los pedazos en los cuellos de un par de coronitas. Pone el cuchillo bajo el grifo y lo limpia. Lo seca con un trapo. Repite el proceso con la tabla mientras habla. – Lo que quiero decir que la industria convencional está en franca decadencia. Ya no tiene sentido. El consumidor sólo lo reclama por inercia. Pero es una inercia agotada. Vacía. Se acabó. Acabaron los diálogos absurdos. Se acabó la parodia de películas famosas. – Sonríe y me pasa una de las cervezas. – Se acabó la silicona, se acabaron los cuerpos neumáticos, se acabaron las rubias de bote, se acabaron las posturas acrobáticas. El porno americano, y todos los que lo copian, están más muertos que la muerte. Te lo digo yo. – Alza su cerveza y esboza un pequeño brindis. – Es el fin de la impostura.
- Pero siguen haciendo un montón de pasta- comento. La cerveza está muy fría. La condensación me moja la mano. – O eso tengo entendido.
Santiago lo descarta con una mueca. – Inercias, inercias- insiste. – La pasta ahora está en internet. Está en lo amateur. Un tío con una cámara. Una tía. O dos. O las que sean. Subjetividad total. El sueño de todos los pajeros. El puto gonzo. Es barato, es rápido y se lo puedes colocar a cualquiera. Es dinero, Javier.
- Ya- digo. Bebo de la cerveza.
Estamos en la cocina. Los armarios son de un suave color verde lacado. La vitrocerámica está tan limpia, tan pulcra, que no parece haber sido utilizada jamás. Los electrodomésticos, del enorme frigorífico a la pequeña tostadora, parecen artilugios de un futuro soñado en los años cincuenta. Todo en el apartamento tiene un aspecto minimalista y caro. Los muebles del salón brillan como si les hubieran aplicado algún producto que todavía pudiera abrasarte la piel.
Es la primera vez que me encuentro físicamente con Santiago. Hasta ahora no era más que una voz al otro lado del teléfono y neutros correos electrónicos. Mi jefe. Dueño de un par de sexshops y una página web de igual temática. Empresario, pone en letras de plata en la tarjeta color hueso y de aspecto caro que me puso en la mano nada más cruzar la puerta de su apartamento. Pornógrafo, debería poner. Ha resultado ser un tipo alto y pelirrojo, como su sobrino, con unas entradas avanzándole desde la frente. Aparenta unos cuarenta años.
- ¿Qué te parece?
- ¿Qué me parece qué?- digo.
- Lo que te estoy contando.
- Bueno, yo sólo traduzco textos. – Me encojo de hombros. – No estoy muy al tanto de las tribulaciones de la industria.
Santiago sonríe. – Yo diría que haces algo más que traducciones- dice. - ¿O crees qué no sé el inglés suficiente como para haberme dado cuenta de que te inventas los textos? – Ríe. – No te preocupes. Me gustan más tus versiones. Tienen más humor, lo hacen todo menos sórdido.
- Bueno, me alegro- digo. Miro por la ventana. Los edificios, el tráfico nocturno. La gente bajo las farolas. El agua brilla en el asfalto.
- ¿Te gusta la ciudad?
- Sólo llevo unos días, pero sí. Por ahora sí.
- ¿Dónde vives?
- Me quedo en casa de una amiga. Hasta que encuentre algo.
- Y necesitas un trabajo, además de lo de las traducciones.
Asentí. – Por eso te llamé. Pero no te sientas obligado, sólo se me ocurrió que...
- Ya, ya...
Santiago me hace un gesto para que le siga fuera de la cocina. Llegamos al salón y me indica un sofá de un complicado aspecto bulboso y cuero negro. Cruje suavemente cuando me siento, como el gruñido hosco de algo vivo. No me atrevo a dejar la cerveza sobre una pequeña mesita que parece tallada en obsidiana pura. Parece un objeto destinado a ritos antiguos y sacrificios aztecas.
Santiago se sienta en un sillón, también negro y también bulboso, y pone un cenicero y un paquete de cigarrillos sobre la mesita. - ¿Fumas?
Mientras enciendo el cigarrillo, Santiago conecta el televisor de pantalla plana que preside el salón. – Mira esto, Javier. – Enciende el deuvedé con el mando a distancia.
En la pantalla, una habitación pequeña. En primer término, enfocándose, una chica. Tiene el pelo negro, con unas furiosas vetas de tinte rojo y lo lleva recogido en la nuca. Fuma y está sentada sobre sus piernas en un butacón verde. La cámara se mueve. La calidad de imagen y sonido es espantosa. Da la impresión de haber sido grabado con una vieja cámara de VHS y digitalizado de la peor manera. La chica mira la cámara. Pone los ojos en blanco. Exhala humo. – No me gusta que me grabes- dice. Y es mentira. Se nota en la manera en que corrige la postura del cuerpo, un gesto intuitivo, y ladea la cabeza, mostrando un largo cuello blanco. Es guapa, delgada. Parece una chica normal y al mismo tiempo no. Desde el primer momento, tiene algo más. Estira las piernas. Lleva un vestido negro, la falda es una superposición de gasas oscuras. Calza unas enormes botas negras de chico. En la muñeca, una pulsera de pinchos. - ¿Es que quieres jugar? – pregunta.
- Sí, vamos- dice el tipo que sostiene la cámara. Se acerca a ella. La chica da una calada al cigarrillo. Sonríe. Finge aburrimiento, desinterés. Pero le divierte. Deja el cigarrillo fuera de plano. Hace aros con el humo. La cámara desciende por el escote del vestido, sus pechos pequeños. Muestra sus manos soltando el cinturón del tipo, bajando la cremallera. La grabación se vuelve errática. Los encuadres dan pena. La imagen se desenfoca. Los ruidos de succión se mezclan con molesto ronroneo de la cámara. El encuadre sube y baja.
- ¿Qué te parece?- pregunta Santiago.
Me rasco la cabeza. – La realización es un asco- se me ocurre decir.
- Claro- dice Santiago. – Pero no te pregunto por eso, te pregunto por ella.
Sus ojos en la pantalla. Fijos en el objetivo. Traspasando el televisor.
- Ella está muy bien.
- Ella es una bomba. Tengo cinco vídeos más. – Santiago se retrepa en el sillón. – Su novio, el que lleva la cámara, trabaja en una de mis tiendas. Se enteró de que yo estaba buscando material. Me pasó un deuvedé de ellos dos follando. Lo vi por compromiso. Y, joder, allí estaba ella.
La escena pasa con un corte brusco del butacón a una cama deshecha. La chica se saca el vestido. Un cuerpo bonito, pequeño. El vello del pubis muy corto y cuidado. Se sube a la cama con las botas puestas. Se exhibe. Se pone de espaldas a la cámara, sonríe con picardía. Acerca al tipo tirando de los pantalones desabrochados. Lo lleva dentro de ella. Gime. El tipo, me fijo, tiene el pene pronunciadamente curvado hacia la izquierda. El ridículo señor Pito Torcido.
- ¿Sabes el problema de la autenticidad?- pregunta Santiago. – Que parece cutre. Lo auténtico no queda bien. Pero con ella no pasa eso. Parece auténtico, porque ella es especial, ¿entiendes?
Gime con suavidad, apoyada sobre las rodillas y los codos. Se suelta el pelo. Las vetas rojas se expanden sobre su rostro.
- Sí- digo. – Tiene algo.
Apago el cigarrillo. Bebo de la cerveza. El vídeo llega al final. Ella se vuelve un poco escandalosa, lo justo. Ríe a veces, entre gemido y gemido, como si se lo estuviera pasando tremendamente bien. El tipo no tiene pulso. El encuadre enloquece. El tipo acelera. Bufa. Gruñe. Termina sobre su espalda. La cámara sube por ella hasta su rostro. Se aparta el pelo. Tiene los ojos brillantes, las mejillas rojas. Le dice adiós a la cámara. La imagen se congela. Fin del vídeo.
- Voy a darte una copia.
Enciendo otro cigarrillo, motivado por cierta empatía postcoitum. - ¿Para qué?
- Vamos a lanzarla- dice Santiago, con una sonrisa exultante. – Vamos a convertirla en una estrella.
- ¿Vamos?
- Tú, yo y algunas personas más. Vamos a crear una página web exclusivamente dedicada a ella. Vamos a profesionalizarla, pero sin que pierda ese toque de autenticidad, de amateurismo. Colgaremos galerías de fotos, vídeos como éste, con mejor calidad. Shows por webcam. Y quien quiera verlo, tendrá que pagar una pasta. Esa mierda ya funciona. Las nuevas estrellas del porno salen de la red. No participan en películas. Vídeos de quince minutos. De consumo rápido. Ya nadie quiere películas de hora y media con diálogos idiotas y argumentos sin sentido. Eso ya pasó. Tenemos que responder a otro tipo de urgencia, de deseo.
- Pero, yo...
- Necesito a alguien creativo. Como tú. Eres escritor, ¿no? Mi sobrino dice que eres bueno. – Santiago sonríe. – Ella está muy bien, pero necesitamos algo más. Un personaje. Quiero que hagamos un porno de calidad que nunca se haya hecho. Sin pretensiones de artista. Real, aunque sea todo fingido. Quiero un nombre. Una biografía. Una historia. No quiero que se hagan pajas con ella, quiero que se enamoren. Que quemen sus tarjetas de crédito por ella. Que quieran saberlo todo. ¿Puedes conseguir eso?
- Eh... No lo sé.
- Yo creo que sí- dice Santiago. – En cualquier caso, eres mi mejor opción. ¿Te interesa?
No tengo dinero. Estoy en una ciudad extraña. Llevo una semana durmiendo en un sofá. Me interesaría cualquier cosa. – Puede ser.
Santiago sonríe. – Voy a traerte el deuvedé.

Llovizna en la calle. Me quedo un momento en el portal, hasta que escampe. Saco el móvil. Dani contesta pasado un rato. – Tío- digo.
- Oh, tú- dice. – Qué pasa, amigo.
- Poca cosa.
- ¿Qué tal por la gran ciudad?
- Es como las ciudades pequeñas- digo. – Pero en grande.
- ¿Decepcionado?
- Todo lo contrario.
- ¿Te has hecho ya un moderno?
- No- digo. – Palma me llevó a un par de sitios que te hubieran encantado.
- Entiendo que cuando dices encantado quieres decir horrorizado- comenta. – Cómprate unas gafas de pasta.
- No necesito gafas, Dani.
- Da igual. Así serás moderno antes.
- Creo que voy a pasar por el momento.
- ¿Y qué tal Palma?
- Moderna. Se está portando muy bien, pero tengo que irme de su sofá cuanto antes.
- ¿Cómo llevas lo del curro?
- Ya te contaré. El tío de Raúl me acaba de ofrecer un trabajo interesante. Sólo diré dos palabras: porno amateur.
- Eh, eso es lo que más me gusta después de, no sé, el porno gratis.
- Tengo que currarme los textos de una página web, en inglés y en español. Para lanzar a una chica al estrellato de porno. Imagina.
- ¿En inglés? Pero si tú no sabes inglés.
- Ya me buscaré la vida.
- ¿Pagan bien?
- Aceptablemente.
- ¿Y el tío es como Raúl?
- Es pelirrojo, pero éste no escribe teatro.
- Menos mal.
- Tampoco parece muy normal, eh.
- ¿Y qué vas a hacer ahora?
- Pues voy a pillar el metro para volver a casa de Palma.
- Yo me voy al Metropol a tomar algo.
- ¿Has quedado con estos?
- ¿Quiénes son estos?
- Joder, Marcos, Sami, Chema...
- Ah, no, no. Desde que te has ido y me he tenido que ir a vivir con Marcos y Raúl intento reforzar mi estatus de amigo libre asociado. Cuanto menos los vea, mejor.
- ¿Y con quién coño has quedado?
- ¿Y a ti qué coño te importa?
- Ya te estás poniendo estúpido, Dani.
- Ya te contaré si hay algo que contar.
- Te voy a colgar el puto teléfono, tío, tengo que irme.
- ¿No te revienta cuando se te mete una canción en la cabeza y no dejas de canturrearla?
- ¿Qué canción se te ha metido?
- Una de Ella Baila Sola.
- Qué putada.
- Me dan ganas de arrancarme el cerebro.
- Me voy, tío.
- Vale, pórtate bien.
- Que te jodan.
- Ya me gustaría. – Suspira. – Que te jodan, Javo.

Después de comprobar en el pequeño mapa que estoy en el lugar correcto, lo pliego y lo devuelvo al bolsillo trasero de los pantalones. Me quedo mirando el largo andén vacío. Es la primera vez que veo uno así, como si fuera una estación fantasma. Deprime. Controlo un bostezo. Estoy empezando a pensar con añoranza en el incómodo sofá de Palma y en los ruidos de las obras de la M30, los pitidos de la maquinaria, las voces de los obreros que llegan incluso con el doble acristalamiento de las ventanas.
A pesar del cansancio, no he logrado conciliar el sueño ninguna de las noches hasta la madrugada. Como siempre, los ojos abiertos en la oscuridad hasta que me salgo al balcón a fumar, tiritando por el frío, mirando las obras que no cesan, la luz de las farolas, las siluetas de los edificios.
Por el túnel comienza a llegar un ruido mecánico, un traqueteo. Un panel anuncia: ESTE TREN NO ADMITE PASAJEROS. Qué bien, pienso. La historia de mi vida.
Cierro los ojos un momento, agotado. Durante unos segundos, las ganas de volver a la ciudad de piedra y tomarme una cerveza con Dani o con Muerto y Brus o con Marcos o con quien sea me golpean con tanta fuerza que me mareo un poco. Las ganas de volver. De vuelta a las pantuflas que se caen a pedazos.
Respiro hondo. Me controlo. Pasa. Ya no hay ciudad de piedra para mí.
De nuevo, hacer de la extrañeza mi hogar.
Abro los ojos.
Un interminable desfile de vagones vacíos. Respiro el aire que desplazan, con olores plásticos, metálicos, sucios. Me pongo los auriculares del mp3. Busco un disco que me ponga de buen humor. Así empiezan las peleas. Bien. Mejor.
Mucho mejor.

5 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Esto es como un entremes de ibericos: muy weno pero muy corto.

lo siento por los putos acentos. los ingleses se los comieron en la edad media.

Besos

25 septiembre, 2006 03:43  
Blogger miguel de lucas said...

Enhorabuena caballero, ya tiene un pie entre coche y andén. Bienvenido al horror con mayúsculas.

25 septiembre, 2006 09:56  
Anonymous camacho said...

bienvenido amigo, aqui te esperamos con los brazos abiertos. Pero ya te lo dije, no te hagas ilusiones,aqui no en(h)ebraras ni tú.

25 septiembre, 2006 13:28  
Blogger getchell said...

Se echaban de menos tus palabras.

30 septiembre, 2006 14:36  
Anonymous ellla said...

llegué aqui por casualidad.
me gusta lo que escribes, me encanta como lo haces. en serio.
un saludo

14 enero, 2007 22:17  

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