La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, octubre 17, 2006

pequeñas y hambrientas criaturas

Cada mañana, durante el segundo previo a separar los párpados, espero amanecer convertido en un monstruo. Algún tipo de criatura extraña, de lomo encorvado y lleno de afiladas excrecencias cálcicas, torcido y contrahecho. Un ser imposible, homuncular, híbrido, articulado a partir retazos de insectos enormes e incognoscibles y cadáveres humanos cosidos y grapados por cirujanos proscritos sin más objeto que la experimentación y el espanto. Bestia bípeda de largas patas de saltamontes y brazos simiescos y garras negras y engarfiadas que rozan el suelo y chirrían en las baldosas, los ojos hundidos y casi desaparecidos en un rostro escarificado con las marcas y emblemas de sus creadores y mechones de una vieja barba que cuelgan como algas secas cerca de la boca entreabierta, la lengua púrpura, los dientes grises, un afilado pozo sin fondo. Durante ese segundo, imagino a la criatura, el sustituto de mi forma humana, irguiéndose en la primera luz del día, desplegando sus formas como en un siniestro truco de papiroflexia, mostrando ángulos, planos, pliegues prohibidos en el orden natural, estirándose, forzando los costurones que lo mantienen unido y retienen los humores y líquidos que animan sus órganos desordenados y ceñidos por el tórax quitinoso, pulsando y latiendo en la jaula que es el cono truncado de sus costillas, y levanta los élitros, alas escleróticas con el tacto de la piedra y veteadas de rojo y negro, y bajo ellos alza el genuino par de alas translúcidas y venosas, del color de la nicotina, con un ensordecedor zumbido, triunfal y salvaje, y la bestia, que es muda para que no aúlle constantemente por el dolor de sus cicatrices abiertas, da el primer paso en la luz que lo rechaza y lastima sus ojos y nada más parece moverse en el mundo como si la inmovilidad y la ausencia fuesen la única respuesta posible a semejante violación de las normas establecidas desde el primer momento de la Creación...

Pero un segundo después, al abrir los ojos, sólo estoy yo.

Cubierto por un edredón que apenas me quita el frío, los pies desarropados y gélidos, descubriendo que me duele la garganta y la cabeza y que en la cadera anida todavía aun rescoldo de malestar. Sin ánimo para moverme, en posición fetal. Sólo yo. Sin monstruo. Y no me siento especialmente feliz.


Después de que Palma se vaya a clase me instalo en su cuarto con el portátil, cigarrillos, un cenicero y un café casi en ebullición. Lo coloco todo en su mesa de estudio. Encendido el ordenador, creo un archivo de texto en el escritorio. Lo nombro como Botasnegras. Lo abro. Me quedo mirando el teclado con expresión ausente. Anoto cosas al azar. Pelo rojo. Ropa negra. Southern Confort... No se me ocurre gran cosa.
Por la puerta entornada se asoma Sofía. Es una de las compañeras de piso de Palma, una chica gordita y sonriente, con una melena negra larguísima. – Hola- saluda.
- Hola.
- ¿Qué tal estás? Te he oído toser mucho esta noche.
- Estoy bien... El frío siempre se me agarra a la garganta- digo.
- ¿Quieres algo? Leche con miel o...
- No, con el café me vale. – Le sonrío. – Gracias, eh.
- Como quieras- dice, y titubea un poco en la puerta. - ¿Qué estás haciendo?
Por lo que sé, Palma sólo les ha explicado por encima a lo que me dedico. Sexo e internet. Me pregunto qué imagen tendrán de mí, del tipo barbudo y no del todo simpático que se despereza y gruñe en su sofá mientras ellas desayunan viendo los dibujos.
- Bueno... Estoy con unas traducciones... Y eso...
- Ah... ¿Qué traduces? – Sofía entra en el cuarto y se acerca a la mesa.
- No, a ver... Tengo que escribir unos textos, una especie historia. Luego hay que traducirlo, pero es que todavía no lo tengo.
- Palma dice que eres escritor- dice Sofía. – Que escribes novelas.
- ¿Eso dice? – Hago una mueca. – Digamos que empecé una media docena de novelas, hace mucho tiempo. Ya no. Ahora hago... otras cosas.
- Palma dice que sólo escribes sobre desolación y tristeza y esas cosas.
Bebo un poco de café. Me escaldo la lengua.
- A ratos...
- ¿Tienes algo que pueda leer?
- No.
- Yo hice un curso de cuentacuentos. Para los niños, ¿sabes?
Emití un gruñido poco comprometedor.
- Me gustaba porque yo de pequeña me inventaba muchas historias. Luego ya no.
- Eso pasa.
- Me gusta mucho escribir también. Pero para mí, no para que le lea la gente.
- Ajá... – Probablemente es el tipo de conversación en que me siento más incómodo y fuera de lugar. Como si la gente esperase que les dijese algo sobre mí, algo fundamental, importante, algo que les explicase por qué hago lo que hago y por qué lo hago como lo hago. La única conclusión a la que he llegado es que contaba historias porque no dejaban de ocurrírseme. Se me acumulaban en la trastienda, dándose codazos las unas a las otras hasta que hacía algo con ellas. Pero no es una explicación que impresione mucho.
- Si quieres te puedo pasar unos poemas que he escrito... Para que me des tu opinión.
Horror. - Ah... Vale. Como quieras.
Me la quedo mirando, y aunque intento desfruncir el ceño y sonreír un poco, no lo logro por completo.
- Me tengo que ir a clase- dice.
- Hasta luego.
- Adiós, adiós...

El folio en blanco. Las historias que no acuden. Dejaron de acudir.

Antes era diferente.


Al bajar las persianas de la habitación Violenne, envuelta en las sábanas azules de nuestra cama, dijo: - Deja que entre la luz. Tenemos que levantarnos.
La miré desde la ventana, con la correa de la persiana todavía entre los dedos, la oscuridad como un muro levantándose entre nosotros. – Desconfía de la luz, mujer. Es engañosa y falaz y propicia la confusión y el equívoco de los sentidos.
Su risa, su involuntaria musicalidad. – Falaz... ¿Qué significa?
- Que halaga y atrae con falsas apariencias.
- Ah... – Su risa, de nuevo. Volví a la cama, sorteando con cuidado las formas del suelo. Mis zapatillas, una revista, una pila de libros, la alfombra...
- Por eso hemos de confiar en los otros sentidos- expliqué al alcanzar la cama y tumbarme junto a ella. – Quizá menos desarrollados, más torpes, pero sinceros. Como el tacto, como el olfato. Nunca mienten.
- A mí me gusta la luz- dijo, mientras ejecutábamos el complicado juego de entrelazar los brazos y las piernas y cubrirnos ambos con las sábanas insuficientes. – Los días sin sol son una mierda.
Suspiré. – Eso es porque no conoces la historia de Archibald Pryzbylewski.
- ¿La historia de quién?- preguntó. Su rostro flotaba blanco en superficie de la almohada, llameando como un farol lejano y plateado. Acaricié su cuello y la línea de su mandíbula. Se estremeció y sus muslos frotaron mis rodillas.
- Sir Archibald Pryzbylewski, un poco conocido explorador de mediados del siglo diecinueve, ¿no has oído hablar de él?
- Creo que no.
- Era un personaje curioso. Dicen las crónicas que estaba emparentado con la realeza polaca, aunque nació en Edimburgo, hijo de una familia burguesa de medio pelo. – Me acomodé en la cama, mis extremidades entre las suyas. – Desde muy joven emprendió largos viajes en un carguero por las costas de África, y recorrió tierra adentro el continente negro reclamando territorios para el Imperio Británico, lo que a la larga le valió el título de Sir. También viajó por la Amazonía y demás zonas ignotas de las Indias Occidentales, y por Oriente, desde Afganistán a China.
- Ajá... ¿Y qué tiene que ver eso con la luz? La luz falaz.
- A eso voy- digo. – En uno de esos viajes, entre pagodas birmanas, oyó hablar de un fenómeno extraordinario, recogido en unos antiquísimos códices de origen desconocido. En esos códices se mencionaba que en la antigüedad, lo que para aquel anónimo escriba era la antigüedad así que imagina a qué pasado remoto nos remitimos, mediante el uso de determinados artilugios y en una zona concreta del planeta donde el frío es extremo podía convertirse la luz en hielo.
- Oh.
- Sí. Oh.
- Sigue... – Su voz sonaba relajada, abandonada, como la de una niña a la que le cantan nanas.
- No se sabe por qué, pero Sir Archibald Pryzbylewski le concedió total credibilidad a aquellos códices. Durante su viaje de vuelta en barco de Oriente los estudiaba día y noche, sin salir de su camarote, hasta que llegó a lo que pensaba él era una traducción perfecta de los textos. Hasta tener, incluso, la latitud y la longitud de los lugares donde se producía ese fenómeno extraordinario, y las fechas aproximadas en las cuales era más sencillo observarlo.
- ¿Y dónde era?
- Nadie lo sabe ya. El barco naufragó cerca de las costas de Grecia, y los códices y las anotaciones de Sir Archibald se perdieron en el mar... Una lástima. Pero él lo tenía todo en la cabeza. Tras pasar unos meses en Corfú, emprendió por fin la expedición más ambiciosa de su vida. Rumbo al ártico, a esas coordenadas que ya nadie recuerda.
Violenne ronroneó. - ¿Y qué pasó?
- Narrar las penalidades y aventuras de ese viaje hacia el frío polar sería demasiado largo y demasiado trágico. Hubo desolación y muerte y también actos heroicos y valentía. Pero al fin y al cabo, lo que importa es que Sir Archibald Pryzbylewski alcanzó su objetivo. Un páramo de hielo, al que ni siquiera los osos se acercaban, e instaló allí el artilugio que, según él, sería el equivalente al que utilizaran milenios antes para el mismo objetivo. Un prisma dispersivo.
- ¿Un prisma dispersivo? ¿Eso que descompone la luz en colores?
- Ni más ni menos.
- ¿En la antigüedad?
- No subestimes la sabiduría de los pueblos perdidos. Sir Archibald no lo hacía- dije. – Instalaron el prisma en el centro del campamento y siempre había un miembro de la tripulación con la atarea asignada de librarlo de nieve y hielo y que la lente no perdiera ninguna de sus propiedades... A pesar de todo, tardaron semanas en conseguir que un rayo de sol perfecto atravesase la cubierta de nubes e incidiese con total precisión en el prisma. Fueron semanas de penalidades, sumergidos en un frío total, absoluto, que le costó varios dedos de la mano al mismo Sir Archibald y que fue todavía peor para algunos de sus acompañantes. Pero todos consideraron que valió la pena al ver que la luz, descompuesta en siete haces, abandonaba el prisma e iba cayendo al suelo en largas láminas coloreadas. – Hice una pausa dramática. - ¿Imaginas? Hielo de luz. Rojo. Azul. Amarillo. Pero eran algo más que hielo. Eran de una belleza casi insoportable, hipnótica, las joyas más perfectas que pudieran imaginarse...
Violenne, somnolienta: - Te lo estás inventando.
- En absoluto. Todo lo que te cuento pertenece a rigurosas crónicas decimonónicas, tomadas de los diarios del médico de la expedición y la bitácora del barco.
- Embustero. – Rió. – Falaz.
- Escucha, todavía no ha terminado la historia.
- De acuerdo.
- Sir Archibald Pryzbylewski recogió con mucho cuidado aquellas láminas de luz. Las introdujo en unos estuches con los que esperaba poder preservar las muestras para llevarlas a la civilización y mostrarlas y conseguir fama y riquezas. Era un esfuerzo vano, pero él todavía no lo sabía. – Acaricié el pelo de Violenne, que volvió a ronronear satisfecha. – El caso es que, y aquí llegamos al meollo de la historia, uno de sus hombres no pudo resistir la tentación de probar la luz. Como hipnotizado, se llevó un fragmento de hielo dorado a la boca y dejó que se derritiera sobre su lengua... Según las anotaciones del médico, una vez tragada la luz, el hombre se iluminó. Brotó de sus ojos y de su boca un resplandor dorado y cayó de rodillas sobre la nieve, en éxtasis. Describe en sus diarios cómo bajo la ropa podían apreciarse perfectamente las siluetas de sus huesos y de su sistema circulatorio, tan intensa era la iluminación. Sin embargo, no emitía ningún calor. Algunos expedicionarios, pensando que aquel fenómeno tenía origen divino, probaron también la luz. Se iluminaron de igual manera, pero en distintos colores. Brillaron durante días. Sin habla, sin conocimiento, en una epifanía interminable.
- Vaya.
- Sí, vaya. De vuelta a Inglaterra, los hombres fueron perdiendo poco a poco la luz, pero no recobraron sus facultades por completo. Eran guiñapos subalimentados y enfermos que balbuceaban incoherencias sobre ángeles y palacios celestiales. Murieron la mayoría, al negarse incluso a beber agua. Y Sir Archibald.... Oh, Sir Archibald. Como sospechábamos todos los que conocemos estas historias, sus estuches especiales no sirvieron para nada. Perdidas las peculiares condiciones que habían materializado la luz, el hielo se evaporó y reintegró a la luz común e inmaterial, sin dejar ningún rastro, ninguna prueba, de forma que la expedición volvió con sólo un cargamento de hombres dementes y moribundos y mutilados y una historia inverosímil que habría de ser recogida apenas por los historiadores más excéntricos. Difieren a partir de aquí dichos historiadores. Unos dicen que Sir Archibald enloqueció y dedicó sus últimos años de vida a falsear pruebas que demostrasen la veracidad de su hallazgo. Se convirtió en un feriante, un buhonero, y casi un alquimista, que mostraba de pueblo en pueblo los supuestos logros de su expedición... En fin, dicen estas crónicas que acabó por arrojarse al Támesis cubierto de cadenas, loco por completo.
- ¿Y qué dicen las otras crónicas?
- Que partió en una segunda expedición, esta vez con destino antártico. Tenía la esperanza de que el mismo fenómeno fuera más perdurable al otro extremo del mundo. Pero su barco partió y nunca volvió.
- Pobre Sir Archibald.
- Sí, pobre. Como ves, una víctima de los perniciosos engaños y cantos de sirena de la luz.
- Eres un mentiroso... Te lo inventas.
- Qué va. Cómo podría inventarse alguien a Sir Archibald Pryzbylewski.
- Habrás robado el nombre de algún libro o de una de esas series que ves tú... Como siempre.
- Nah, ni mucho menos.
Se acurrucó entre mis brazos. - ¿Y qué pasó con los que probaron la luz? Los que sobrevivieron.
- Poca cosa- dije, cerrando los ojos y aspirando el aroma de su champú. – Siguieron como estaban. Pequeñas y hambrientas criaturas. Hambrientas de luz.
- Tienes que inventarte historias más alegres.
- No me las invento.
- Sí, ya. Pero que la próxima sea más alegre.


Enciendo un cigarrillo y la primera calada me hace toser. Toso durante un buen rato, inclinado sobre el teclado. Dos o tres caladas después tengo controlado el dolor de garganta. Sigo fumando. Sigo sin un nombre para la chica. Ana. Sus mechones rojos como láminas de luz. Haré como siempre, me digo. Lo robaré de algún sitio. Sonrío. Miro el archivo de texto, lo borro todo.

Después empezaré con su biografía.

Y, por una vez, intentaré que sea una historia alegre.

Una buena vida para la señorita Botasnegras.

6 Comments:

Anonymous Anónimo said...

that´s the way, u-hu, u-hu, i like it, u-hu, u-hu...

17 octubre, 2006 15:26  
Blogger miguel de lucas said...

...

falaz.

17 octubre, 2006 22:33  
Anonymous vil-mendez said...

Ju! Esto es mas barroco que la oreja de un punki. esto es mas barroco que tus rizos pubicos. es como el escritorio de mi habitacion tio, en crissey hall. esta lleno de cosas bellas.

mMmMMmua

17 octubre, 2006 22:39  
Blogger getchell said...

Gran post.

Por tu culpa estoy enganchado a The Shield. Si el Pryzbylewski va del mismo palo, ya serán dos.

18 octubre, 2006 10:14  
Anonymous Anónimo said...

¡Sir Archibald Pryzbylewski a la wikipedia ya!

De los Pryzbylewski de toda la vida.

18 octubre, 2006 11:00  
Anonymous berliner pilsner said...

Joder vaya bicho! que descripcion, ni el Domine Cabra, macho... da mas asco que los monstruos del silent hill. Que enganche me traigooooo!!!!!!!!

25 julio, 2007 14:24  

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