La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, noviembre 26, 2006

grial mío

El bar hace esquina. Lleva el nombre de su dueño. Paco, Desayunos y Tapas. Mi último refugio, las últimas cervezas del día donde Palma no pueda verme y empiece a sospechar una caída en el alcoholismo. La clientela es irregular, dependiendo del fútbol. Algunos días de partido nos llega desde el otro lado del río, sobre el ronroneo de las obras eternas, los rugidos disgustados del Estadio Vicente Calderón. Pero en este escenario, en este teatrillo hay pequeñas constantes humanas que se acodan en la barra, mobiliario que respira y bebe y habla, entre los que empiezo a ser consentido aunque no del todo aceptado, y que permanece fiel sea jornada de liga o no. Actores principales de una obra sin argumento. Dos rumanos a los que he bautizado como Pixie y Dixie por su confuso parecido estético que no físico, mismo corte de pelo, mismos jerséis de refugiado de guerra, y que se comunican con el resto del mundo en un jerigonza que mezcla español rudimentario con algún oscuro dialecto de los Cárpatos; un pensionista gris y desaseado, que escupe al suelo y se hurga los dientes con un palillo reblandecido y que nunca tiene barba pero sí aspecto de necesitar un buen afeitado; un ciego de unos cincuenta años, medio calvo y circunspecto, los párpados abultados y vencidos tras unos cristales ahumados, al que lleva y trae una mujer mayor, con la que guarda un parentesco no aclarado, tuerta ella, como si fueran personajes de una tragedia o una farsa, y que lo guía por una calle que, asegura el ciego, podría recorrer hasta de espaldas. Y con los ojos cerrados, añade. Un chiste recurrente que nunca ríe y ante el que los habituales asienten, como si hubieran asistido al fenómeno, y ante el que los ocasionales se desazonan y miran el fondo de sus vasos, rehuyendo una mirada que no existe. Y la señora tuerta, aunque nunca se quede ni un segundo más de lo preciso, con su ojo malo girado hacia fuera en un estrabismo extremo, medio oculto en la cuenca, apenas un asomo curvado de iris como el inicio de un eclipse, el mordisco satelital en un sol blanco y cuajado. Ellos y algunos más. Parroquianos grises, inveterados, enturbiándose con lingotazos de aguardiente y whiskazos a deshora. No tan miserables como para ser considerados lumpen o tan ruines como para ser canallesca, pero cercanos, tangenciales. Buscavidas cansados, obreros problemáticos. Dipsomanías, ludopatías, halitosis, cistitis, oligurias, seborreas, cefaleas, migrañas. Pieles hepáticas y curtidas. Capilares rotos en las mejillas. Deshidratación de las meninges. Niveles bajos de glucosa. Delirium. Demencia precoz. Sepsis. Veneno en la sangre. Arrugas como abismos en los rostros. Cicatrices quirúrgicas cruzando los pechos o los estómagos y que se muestran con el orgullo de soldados veteranos, dedos que señalan dónde se alojaba el quiste, el tumor, la nefasta bola de grasa, dónde hubo que ensanchar las arterias, dónde hubo que instalar una máquina que marcara los latidos. Un soplo en el corazón. Podría matarme mañana, dice una boca desdentada. Podría matarme ahora mismo. Secuelas de la isquemia. Un rostro como sacado de un museo de cera con la calefacción al máximo. Mitad tristeza, mitad mueca. También necesita un afeitado. Como el emasculado parcial. Como el hombre de la bota ortopédica. Como el de las manos nudosas y artríticas, sus garras de troll, sus uñas de corteza negra. Como la sesentona mustia que bebe sola al final de la larga barra de aluminio, junto al teléfono que nunca suena y nunca se usa, a la que intuyo un pasado atroz de madrugadas frías, aceras peladas y botas de caña alta, y cuyo bigote nos deja a todos en evidencia.

Olor a fritanga y anís y cerveza y vino barato. Sudor y serrín. Música de tragaperras y ningún tilt en la máquina de millón, el cristal resquebrajado, polvo en las bombillas de colores. Filamentos rotos, desvaídas luces de gálibo entre las nubes de tabaco negro y tabaco rubio impregnándose en la ropa, impregnándose en la piel, como el perfume de un amante que ya no quieres en tu cama.

Y Palma.

- ¿Tú nunca comes?- Se refiere a las sucesivas tapas que Paco ha ido dejando obstinadamente con cada cerveza, alitas de pollo, tortilla, cortezas de cerdo, aceitunas, sin retirarlas, alineándolas sobre el expositor de cristal en un intento de que me haga cargo de ellas, aunque ya quedó claro en noches anteriores que si no las toco es por inapetencia y no por desprecio.
- ¿Qué haces aquí?
- Te busco- explica. Mira a su alrededor. - ¿Qué haces tú aquí?
Hago un gesto vago con el cigarrillo. – Busco inspiración.
- ¿Para qué? ¿Para el suicidio?
- Uno nunca sabe… - Titubeo, borracho. – Las musas son caprichosas… Volubles… Crueles…
- Joder, Javo. – Me toma del codo y me baja del taburete. Me guía entre la gente como la tuerta al ciego. – Cómo vas.
- Sólo intento hacer un retablo. Mil pequeñas miserias- farfullo. – Bestiario cotidiano. Justo aquí, criaturas del averno. – Los parroquianos me miran. Sonrisas desde otro lado del telón de acero, cortesía de Pixie y Dixie. Me inclino con solemnidad para quitarme el cráneo y casi me voy al suelo. – Señores, señoras.
- Pero cuánto te has bebido, por dios.
- No te preocupes. Todo está pagado.
- Sí, ya. Lo he pagado yo.
En la calle el asfalto ondula bajo la lluvia. Rodadas de barro inexistente me traban los pies. En ese peculiar estado en que la mano del Palma, hincados los dedos en el brazo, no me sostiene a mí sino al mundo. Y si sus dedos faltaran, todo se alzaría para encontrarme, romperme, aplastarme. Mi cabeza pivota un momento y acabo mirando los cielos. Cúmulos nocturnos con panzas de algodón luminiscente. Fosforescencia en las nubes. – Brillan, ¿eh? – Tropiezo con escalones. Trastabillo en la escalera. Me sonrío en el espejo del ascensor. Barbudo demacrado. Muy abiertos los ojos, muy abierta la boca. Palma me sostiene entre el índice y el pulgar. Tengo equilibrio, sólo necesito un referente. – Blablablá- digo. – Blablablá.

Una ducha fría más tarde, envuelto en un albornoz de chica, me enfrento a un bocadillo en la mesa. Un trozo de pan demediado. Jamón cocido y queso dietético. Toco la corteza con el dedo. – Come- dice Palma.
Lo muerdo. Lo mastico. Lo trago. No salivo. Imagino mi estómago reducido por la subalimentación al tamaño de una nuez. Una bolsita de cuero húmedo que no admite sólidos y que supura como un sudor cualquier líquido, hasta sus propios ácidos. Chorrea el alcohol. Empapa todos los órganos. Quema. Me da una arcada. Muerdo otra vez. Mastico. Bebo agua. Trago como puedo. Tengo un clavo insertado en el hueso frontal del cráneo. Me recreo con un plano detalle de una cuidada reproducción en porcelana de mi calavera. Sonrisa impúdica y un enraizado de grietas allí donde se ha aplicado el martillazo.
Las compañeras de piso de Palma me miran como se mira a los locos. Y eso que no he hecho nada especialmente raro en su presencia. Quizá un comentario lascivo de pasada, camino del cuarto de baño y de la primera vomitona de la noche. Hace un buen rato de aquello, pero el tiempo se ha vuelto elástico, demasiado como para precisarlo. Se alargan los minutos y se disparan las horas.
- Tenemos una reunión- dice Palma.
- Una qué. – La boca llena de migas.
- Una reunión. Vienen unos amigos.
- Ah, una fiesta.
- No, una reunión.
- Eh… Lo que tú digas. – Intuyo que la diferencia estribará en la diversión del evento. Suspiro. Muerdo el bocadillo. No puedo tragar más. Le doy vueltas en la boca.
Sofía y Beatriz, la otra inquilina de la vivienda, sacan botellas y las colocan en la mesita frente a los sillones. Pocas para mi gusto. Caras para mi bolsillo. Vasos de cubata y chupitos.
- Javo- dice Palma. – Tápate, coño, que se te ve todo.
Las compañeras me miran, alzando las cejas. Expresiones cómicas de colegialas escandalizadas. Me coloco el albornoz, que es de color rosa, huele a rosa y hasta tiene un tacto rosa. - ¿Puedo estar en la reunión en albornoz, mamá? – pregunto.
- No seas idiota- dice Palma.
Las observo deambular por la habitación, disponiendo cosas, preparando el equipo de música, dejando algún cenicero en lugares estratégicos. En un despiste me dejan solo y me acerco a las botellas para servirme un chupito de vodka que me saque el sinsabor de la comida. Después del primero preparo el segundo. Éste con el claro objetivo de volver a estar borracho lo antes posible.

Dos tipos de los que tengo que hablar con Dani. Uno es un chaval flaco, con gafas de pasta roja y un jersey tan parecido al de Freddy Krueger que no puede ser una elección casual. Asegura ser actor. – He trabajado en un corto, el año pasado. Experimental.
Le pego un tiento al ron con lima rebajadísimo con el que Palma pretende tenerme controlado. Escondí la botella de vodka en el cuarto de baño y voy a meterme un chupito cada vez que creo que las ganas de echarme a gritar van a poder conmigo. Ando cerca del límite otra vez. Pero también estoy tan pedo que pregunto:
- ¿Y de qué va el corto?
- Es una reflexión sobre la pornografía como catarsis alienadora del macho postviolento en la sociedad de la información. Sobre todo considerando el clímax, la eyaculación facial, como un acto de dominio, una forma de agresión, de sustituto del disparo que…
- Bueno- interrumpo. – Eso es un poco obvio, ¿no? Quiero decir, debajo de… - “toda esa palabrería”, casi digo- todo ese discurso. Es evidente. Para cualquiera.
El tipo me mira como si me hubiera meado en su madre.
- Eh, tío, seguro que es más complicado que eso. Digo yo… ¿Qué estás haciendo ahora?
- Soy camarero- dice, ojos miopes y perplejos.
- No, de cine y eso.
- Ah- exclama. Aparta la mirada. – Nada en concreto- refunfuña.
Paseamos la mirada por la reunión, incómodos. Poca gente. Luces indirectas. Una música electrónica suave, algo lerda, haciéndome descubrir nuevos matices del aburrimiento. Da la impresión de que soy el único que fuma. Hago rebosar los ceniceros. – Yo estoy en el mundo del porno- se me ocurre decir.
El tipo, al que decido bautizar como Fredicruguer, me mira de hito en hito.
- ¿Tú?
- ¿Quién está en el mundo del porno?- Una chica surge de la penumbra con la pregunta en los labios. Pelo negro, flequillo Betty Page, sonrisa bonita.
- Servidor. – Me señalo con el pulgar. – Puro macho postviolento.
Fredicruguer bufa con desagrado.

El otro tipo es un mastodonte con la cabeza afeitada. Lleva botas de cuero, pantalones de cuero y un chaleco de cuero y nada más. Pecho y brazos descubiertos, historiados con tinta, complicados tribales y kanjis, aros en los pezones y en las orejas. El tabique traspasado por una barrita de acero, una esfera cromada a cada extremo. – El septum- precisa, tocándose la nariz. Me ha seguido al cuarto de baño convencido de que iba a encontrar algo más que vodka. - ¿No tienes nada?
- Que no, tío. – Le pego un tiento a la botella. – Sólo esto.
- ¿Por qué la has escondido?- pregunta. Sin mucho interés, porque ya se está preparando sus propias rayas sobre la cisterna del váter.
- Porque Palma no me deja beber.
- ¿Es tu novia o algo?
- Es la hermana que nunca tuve.
El tipo me mira, sorbiéndose. - ¿Quieres?
- Qué coño- digo. – Cabalgo de nuevo el mismo caballo.
- ¿Cómo? – Tiene la barrita de lado, asomada por una sola fosa nasal. Parece que le cuelga un moco de acero cromado.
- Píntame una- digo, citando a Nicolás, el viejo y genuino yonqui. Frase que quería decir Dame más, dámelo todo. Pon farlopa hasta que nos caigamos a pedazos. Pero al tipo le faltan referentes.
Lo que esnifo tiene la textura y la consistencia del cristal molido. Abrasivo. Funciona. – Colega- le digo tocando su cabeza. Palpando con mi mano las soldaduras de su cráneo. – Yo te bautizo Moco de Acero, Caballero de Camelot, de la Mesa Redonda, de la Casta de los Audaces. – Lo que, reconozco, no tiene sentido ni para mí. – ¿No sientes en ti a veces la necesidad de lo imposible, de conseguirte la luna? ¿Sigues sin referentes? Persigamos griales, cráteras de plata, vellocinos de oro, caminos de vuelta a casa entre Escila y Caribdis, y sólo entre ellos, el rayo verde, la luz helada, eventos extraordinarios que reivindiquen la maravilla y la excepcionalidad de la existencia. Cosas así. No sé. Una chica que no te rompa el corazón.
Pero Moco de Acero ya se ha ido, cansado de balbuceos de borracho, sin prestar atención al solemne juramento al que intento someterlo.

- Arden- digo.
- ¿Quiénes?- pregunta la chica.
- No. – Niego con la cabeza. – Es un nombre. Lo saqué de una novela. De otra impostora. Se llama así, su personaje. Arden. La señorita Botasnegras. Pero la llamarán Blackboots, por aquello del mercado internacional.
La chica se toca el flequillo Betty Page. - ¿Y qué pasaba con ella?
- La mataban. Le partían la mandíbula con un torno.
Hace una mueca. – Pues no le cuentes eso- dice. Bebe de su copa. Los dedos otra vez en el flequillo. - ¿Es buena?
- La mejor que he visto.
- ¿La conoces? Personalmente, digo.
- Más o menos. Ella no sabía que yo era yo.
- ¿Y quién eres tú? – Dedos juguetones enredándose en el pelo. - ¿Cómo te llamas?
- No nos perdamos en el tan manido asunto de los nombres- digo. – Citando a mi hermano muerto, si me permites.
Ella no se ha debido de enterar muy bien porque se carcajea y bebe, coqueta, de su copa. – Arden Blackboots. No está mal.
Me encojo de hombros. – Tampoco está de puta madre. – Acabo de un trago el ron con lima.

En algún momento, taxis. Éxodo de los reunidos. Palma me vigila de reojo. Mi rodilla con la rodilla de Betty Page. El domo pelado de Moco de Acero en el asiento de delante. En las calles hay algo que no es ni niebla ni lluvia y que perla las farolas, les pone un halo difuso, místico. Se nos enreda en las pestañas camino del local. - ¿Rocanrol?
- No, Javo- dice Palma. – No todo es rocanrol.
Pop aceptable, ochentero. Nostalgia barata pero efectiva. Trasiego de copas y botellas de cerveza en la barra. Exhibo billetes ruinosos. Le pago un ron con algo a la chica. Me pido dos cervezas. Después me doy cuenta de que Dani no está por ninguna parte y se la encasqueto a Palma. – Pero si no quiero cerveza.
- Pues me la guardas.
- Mejor me la bebo.
Una excursión a los servicios. Moco de Acero, la chica y yo. Moco de Acero lleva un abrigo azul, aire soviético y botones dorados. Pinta de estibador. Capaz de cargar con un barril de grog en la palma de la mano. La chica marca el ritmo de la música con su muslo contra mi muslo. Moco de Acero reparte rayas en una cartera, cómo no, de cuero negro.
Just like heaven. Sin transición. Estamos en medio de la gente que baila.
- Esta canción siempre me pone triste- digo.
- ¿Por?- pregunta ella.
Me empiezo a reír y ella descarta la pregunta con un pellizco juguetón.

- ¿Cuándo vas a madurar?- pregunta Palma.
A estas alturas ya está demasiado borracha como para que pueda tomarme esa pregunta en serio. Además la he visto tontear seriamente con Fredicruguer, del que llevo recibiendo miradas de desprecio toda la noche que inquietarían a alguien menos zen que yo.
- Creo que Fredi tiene altas probabilidades de ser gay- comento.
- ¿Quién es Fredi?
- Quizá sólo sea un prejuicio homofóbico y postloquesea. Pero dicho queda. ¿Qué piensas tú de las gafas de pasta?
La chica vuelve, el flequillo perfecto, envuelta en un abrigo gris. - ¿Nos vamos?
Por el camino, fingiendo que no pasaba nada. Ni nos metimos mano. Charló con el conductor del taxi. Yo apoyé la cara en la ventanilla y vi desfilar las luces como espectros en la niebla, paisajes alucinatorios, automóviles que respiraban turbiamente bajo el capó con aliento de gases, fauna imposible y emplumada, ciudades en la basura habitadas por una raza innominada, un orden de seres descartados de todos los bestiarios, de todos los retablos del horror por su condición de cosa conocida y habitual pero no por ello menos aberrantes o condenados o antinaturales. Estirpe gnómica y desposeída, abrasada y hecha ceniza por los faros de un autobús nocturno.
Y paramos y subimos a su piso y hay todo un momento de ritual, y hay todo un juego de cerca y lejos, de labios huidizos, de ahora quiere y ahora no, y los dedos resbalando en la ropa húmeda, los botones, las cremalleras, los broches y los cierres, las medias, la camisa, la falda, los zapatos, el sujetador, un orden absurdo al desvestirse y la piel emergiendo en la fría habitación, carne pálida como vientre de pez bajo aquella luz, temblores, caricias tentativas. Ella esforzándose, afanándose, sin resultados. - ¿Has bebido mucho?
- Qué va- digo.
No lo hace mal. Le pone empeño. Araño con los dedos de los pies el frío del suelo, las piernas colgando fuera de la cama. Miro la criatura blanca y encogida cerniéndose sobre mi pelvis, su orografía carnal, correcta, hermosa, suaves montes, bellas laderas, el serpenteante lecho de ríos que dibujan los músculos de su espalda al moverse. Cierro los ojos, la mente ocupada en pensamientos divergentes, contradictorios, funestos. Desligado por completo de los asuntos de la carne. Viejos fantasmas de ojos azules.
- ¿Qué?
- Nada.
- Ya lo veo. – Sonríe. – No te preocupes.
- No es culpa tuya.
- Ni se me había ocurrido- bromea. Luego baja los ojos, resignada.
Me yergo en la cama. – No, espera. – La tomo por los hombros desnudos, la atraigo. Percibo el olor. El bálsamo. La fuente. La historia eterna y el viejo truco.
- Ponte así- le digo. – Así.
Se le escapa el gemido, alarmado. – Oh- dice.
- Sí. Oh.
Le aparto el flequillo de la cara para poder verla bien. Los ojos oscuros, febriles.
Jadea. – Eh. Eso no estaba así antes.
- Filigranas- digo.
Ella se ríe, se retuerce. – Llámalo como quieras. – Me da con los talones en la espalda. – Pero no pares, joder.

Luz de amanecer en las ventanas. Gris, morosa, fruto de soles mezquinos. Su respiración acompasada, un brazo distraído rozando mi costillar. Una antihora fácil, casi apetecible. El momento de sentirse perfectamente solo, tendido en una cama ajena, entre aromas ajenos. La seguridad de que no existe mi igual en el mundo, ni siquiera mi complementario, y que no importa, no importa, porque nada importa, todo es como esto, la placidez previa al sueño, la ausencia tan cercana que ya no asusta, el descanso y el abandono de la batalla en la que te has dejado la piel, perdida desde el principio, y en la que permaneciste por pura voluntad. Sentirse bien en medio del huracán. Ya me desmentirá el día, mañana. Ya me desmentirán los despertares, las resacas, los dolores musculares, los bestiarios y retablos. Ahora puedo dormir. Ahora estoy en calma. Duerme tú también, donde quiera que estés. Grial mío.

9 Comments:

Anonymous vil-mendez said...

Amigo, tu vida en Madrid te ha hecho justicia. Por fin adquieres dimensiones titanicas. Una fiesta muy Javo yeah!
Hay que creer! Aunque sea creer en lo fatal! Eso es lo que nos fascina a los postmodernos tio, las creencias, la entrega y dedicacion del creer en algo.
Hooray! Eres buena gente.

26 noviembre, 2006 04:45  
Blogger miguel de lucas said...

Javo, si existen una Escila y una Caribdis en este blog, te vas chocando primero con una y al post siguiente con la otra.
La necesidad de lo imposible... cielo santo.

27 noviembre, 2006 03:32  
Anonymous Anónimo said...

soy yo o esto es lo mejor que he leido en mi vida?
soy yo, aun así esto es perfecto.

28 noviembre, 2006 16:28  
Blogger getchell said...

Redondo. Suscribo al anterior: es el mejor post. Funciona por si solo. Vas a mejor, tío.

29 noviembre, 2006 20:37  
Anonymous alzalapataliebre said...

como te lo montas javo!el sexo es magico y nos eleva el alma .siempre me gustaron los flequillos y las chicas hermosas que los llevan. carpe noctem amigo!!!pd: yo me siento premoderno y postnuclear y llevo lentillas de pasta.

01 diciembre, 2006 20:30  
Anonymous iker said...

no está mal.

29 diciembre, 2006 16:17  
Anonymous chupachus said...

llevo semanas esperando esas cadenas de palabras que anidan en el estómago ...

09 enero, 2007 15:26  
Anonymous Anónimo said...

por qué no sigues escribiendo?
V.

25 febrero, 2007 11:18  
Anonymous Anónimo said...

¿V.? ¿Violenne?

01 marzo, 2007 12:37  

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