La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, noviembre 12, 2006

la búsqueda irremediable

Palma me dijo: - Es el amigo de un amigo. O el conocido. No le conozco mucho, le he visto un par de veces. Pero el piso es barato y está bien. No parece mala gente. Se llama Mariscal. Creo que es el apellido.
Yo me rascaba la barba, medio cubierto por el edredón. El día era negro y lluvioso y no me apetecía salir del sofá. Palma removía un café, con expresión somnolienta. - ¿Ya me quieres echar?- dije. Sonó más grave de lo que pretendía. Sonreí para aligerar la frase.
Palma frunció el ceño. – Idiota- dijo. – No te quiero echar. Pero creo que te hace falta tener un piso ya mismo… Es que me preocupas. Te levantas y te vas a la calle, te pasas el día fuera haciendo yo qué sé, luego vuelves cuando anochece, te encierras con mi ordenador un par de horas, que parece que quieres destrozarlo por cómo le das a las teclas, y cuando nos acostamos nosotras te metes en ese puto edredón y te quedas dormido… No comes nada, bebes mucho y te estás quedando en los huesos.
- Eh… No bebo mucho.
- Te bebes tres o cuatro cervezas antes de dormir. Eso que vea yo. Y no cenas. Hueles a alcohol y a tabaco todo el rato, y estás a punto de perder el encanto bohemio para volverte un personajillo triste. – Suspiró. – No quiero ejercer de madre, Javo. Ya no tienes edad para eso. Pero tampoco me voy a quedar mirando mientras te consumes en mi salón. Mira, el piso que te he buscado, si te gusta, está a un par de calles. Me tendrías al lado para cualquier cosa. Pero ya sería tu casa, podrías agarrarte a algo, algo que no sea provisional, y dejar de pasar por aquí como un fantasma, como pidiendo perdón por existir…. Y buscarte un trabajo.
Levanté la cabeza. – Tengo trabajo- protesté.
- Otro trabajo, Javo. Uno con horario, con obligaciones concretas, que te organice un poco la vida. Con el que tienes, con las traducciones, la pasta te llega muy justa. Te deja tiempo de sobra para otro curro.
Farfullé. – Tengo dinero…
- Se te acabará.
Gruñí. Farfullé. Tenía razón. – Bueno… Pásame el número del tipo ese… Pero sólo porque me quieres echar a la calle y eres la peor amiga del mundo.
Palma suspiró otra vez, teatral y exageradamente. – Qué lata me das… ¿Sabes qué? Creo que a Sofía le gustas.
Me froté los ojos, me saqué las legañas. – Joder, ¿estamos otra vez en el instituto?
Palma rió. – Yo te lo digo, pero no lo sé seguro.
Me senté en el sofá, mis piernas asomaron por el edredón y se me encogió la piel de frío.
- Es una niña- dijo Palma.
- ¿Quién?
- Sofía.
- ¿Cuántos años tiene?
- Veintidós, pero no lo digo por la edad. Es una niña. Está buscado un padre. – Se sonríe. – Es esa barba, que te hace parecer mayor.
- Así me veo como me siento.
- ¿Qué te parece Sofía?
Hice un gesto indeterminado. – No sé. Neutra. Nada. Un poco molesta cuando se esfuerza por hablar conmigo. Pero creía que era por cortesía… Oye, no pretenderás hacer de celestina o algo así, ¿no?
Palma parpadeó. – Javo, no te ofendas, pero eres el último novio que le recomendaría a una amiga.
- Así me gusta, que me quieras.
- Eres un buen amigo. Pero siempre me has parecido una pésima pareja.
La miré. Sonreía. – Me estás provocado, joder. Casi pico. – Sonreí. – Que te jodan.
- ¿Quieres un café?
- No- contesté. – Me va a dar ganas de fumar y me vas a reñir porque es muy temprano.
- Pues sí- asintió. – Tómate un colacao o lo que sea…
- También me da ganas de fumar- repliqué. – Hasta respirar me da ganas de fumar.
Palma sonrió y bebió de su café. – Tonto.
Me quedé mirándola un momento, mientras bostezaba. Hay dos aspectos de mi relación con Palma que siempre me han sorprendido. Uno es que es que desde que nos presentó un conocido común, siempre parecíamos encontrarnos en momentos de transición. Si yo llegaba a un bar, ella salía. Si yo subía al autobús de la facultad, ella bajaba. Nunca coincidíamos en ningún sitio de manera estática, como en una sala de cine o en alguna cafetería, de forma que nuestros encuentros eran necesariamente breves y pasajeros, pero se hacían oscuramente significativos. No sé de que manera, pero ella se daba cuenta y yo también, por lo que acabamos forzando encuentros más duraderos, que de todas maneras acababan siendo presurosos y agitados, como si algo, el karma quizá, mantuviera nuestra amistad en constante movimiento. Por eso, estar sentado con ella y sin prisas, aunque ya lleve días pasando, no deja de tener un revestimiento extraordinario, de evento singular.
El otro aspecto es que pese a esa extraña complicidad instantánea y un afecto mutuo algo injustificado, síntomas que suelen llevarme en direcciones muy concretas, nunca se dio entre nosotros nada que no fuera una amistad despojada de todo componente sexual. Su química y mi química no entrelazan de esa manera. Sin más. Puedo reconocer los encantos de Palma, sus atractivos. Y ella, imagino, podría encontrar los míos si se esforzara lo suficiente. Pero no encaja. Tú eres Lego, yo soy Tente, que diría Dani. Deberíamos encajar pero no lo hacemos. Así que somos amigos.
Me reconforta un poco relacionarme con una chica perfectamente deseable con la que ese tema se ha descartado de una manera tan limpia e indolora, aunque no sabría decir el motivo… Bueno, claro que sabría. A ella no tengo por qué tenerle miedo.
- ¿Qué vas a hacer hoy?
Carraspeé. Agité las flemas de mi garganta. Me rasqué la barba. – Lo de todos los días.
- ¿Y qué es lo de todos los días?
- Salir por ahí.
- Javo- dijo. – Ay, Javo.

En una novela de William Gibson lo describían como “…esa antihora apagada y espectral.”

Y lo que hago es salir por ahí.

Huyendo de la antihora.

En los flujos y reflujos humanos de la ciudad, la amorfa energía que circula en diferentes capas por el transporte público, en metros y cercanías, mirando paisajes suburbiales y lejanos, horizontes de edificios incompletos, esqueléticos, escoltados por grúas de pluma más altas que ellos o encaramadas a ellos en sus irreprochables ángulos de noventa grados como parásitos esquemáticos y punteados por hombres diminutos atareados en tareas incomprensibles y con maneras de funambulista, y más allá los cielos grises y pesados, y más cerca terraplenes estriados por la lluvia o contenidos con extrañas mallas que se han ido rasgando y perdiendo la tierra que les ha sido confiada en una lenta hemorragia y monumentos de cemento con hierba trémula brotando en sus grietas y enormes bloques de pisos escalonados como pirámides truncadas que se hubieran fundido unas con otras por una aberración de la materia, o la oscuridad de los túneles, la oscuridad total, inmóvil, surcada cada cierto tiempo por una luz veloz que cruza la negrura como un satélite sin dejar más rastro que una quemadura en las retinas, y dentro de los vagones la gente, gente abatida, la gente dormida, la gente despierta, furiosa, de pie o sentada con sus libros, sus auriculares, sus ojeras, sus rostros duplicados en los cristales como replicantes del universo fantasma que se asomaran sin sorpresa ni entusiasmo a esta otra faceta de la realidad, gente, gente en vagones que traquetean y gimen y aceleran y frenan y suspiran con abandono al detenerse y abrir sus puertas y liberar a los pasajeros y secuestrar otros tantos hasta la próxima parada, vagones que encierran su propia antihora, tan distinta a la mía, una antihora artificial y brillante, calurosa, nocturna de alguna manera, y preñada de una luz halógena e hiriente que se queda prendida en la ropa que crepita por el roce eléctrico del hacinamiento y llena de olores humanos, densos, perfumes y desodorantes y suavizantes y los ojos perdidos, hinchados, arrasados de la gente, siempre la gente, todas las razas, todos los credos, todas las pieles, mezcladas y confundidas en los intestinos de hormigón de la ciudad con sus cargas de pesar y alegría y violencia y miedos atávicos en fricción continua, fricción que genera la energía, el fuego, el impulso que configura esta arrebatada ánima común, en la que intento perderme, verterme, enajenar por completo mi miseria hasta que no pueda reconocerla como de mi propiedad, perder mi solitaria antihora en la antihora absoluta y feroz que lo recorre todo…

Pero al final del día, al fondo del pozo de gravedad, sigo estando yo, sigue estando ese periodo de tiempo negativo, de vacío silencioso, y antes de ello compro cervezas en algún chino y paso el tiempo escribiendo, por primera vez en tanto tiempo escribiendo, hasta que Palma me echa de su cuarto y me bebo las cervezas en el salón, iluminado por el televisor, no porque crea que puedo vencer el insomnio, pero sí anestesiarlo, limarle las asperezas, e intento permanecer despierto con los ojos en llamas para alejar el momento terrible que de todas formas aparece en la madrugada, tras descabezar el primer y frágil sueño. La antihora apagada y espectral donde nada tiene sentido excepto los más siniestros presagios y hasta la luna, membranosa y enferma, dibuja órbitas irregulares y trayectorias de colisión.

Luego duermo, cuando empieza a amanecer.

Y al despertar, la misma historia.

Una y otra vez, la búsqueda irremediable de algo que ni siquiera tiene nombre.

4 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Javo, esto es mierda densa, y es exactamente lo que el cuerpo me pedia. Ayer me pedi un puto chocolate caliente en el partido de futbol americano de K college (jugabamos contra otro college que se llama Alma! Perdimos.) y era pura agua con un color asi como entre gris y marron. Uhhmm...
Estaba templado.

12 noviembre, 2006 22:12  
Blogger miguel de lucas said...

Tú eres goma, yo soy cola; que diría Guybrush.

13 noviembre, 2006 00:51  
Blogger getchell said...

Ya me dirás cómo llegas a esos pensamientos, tío. Duro y al estómago, bien hecho.

Por cierto: "paso el tiempo escribiendo, por primera vez en tanto tiempo escribiendo". Gran noticia.

13 noviembre, 2006 14:46  
Anonymous Anónimo said...

javo, tu eres de mecano, un jodido arquitecto de poesia imsomne y abisal . "Esta es la ciudad donde todos los nombres duelen.]Me decias". me he convertido en un adicto a tu jodida andadura espectral. un enorme abrazo teratoide y tanatofóbico. palabra de pataliebre...

17 noviembre, 2006 20:30  

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