La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, noviembre 18, 2006

sólo la nieve

Como si hubiera nevado ceniza. Campos grises y sierras grises. Una vaca con el pellejo tirante y los huesos marcados como si fueran a rasgarlo mira con languidez el paso del tren. Junto a las vías unos perros cimarrones se disputan los restos de una oveja. La visión fugaz de un costillar desnudo y lana apelmazada de sangre. Árboles como dedos agónicos y descarnados señalando los cielos.
¿Qué ha pasado?, pregunto.
El tipo sentado frente a mí mira por la ventana, pero parece examinar más su reflejo que el escenario de pesadilla al otro lado del cristal. Nevó, explica. Me mira. Viste de negro y lleva barba. Los ojos tristes. Se parece a mi padre. ¿Has visto alguna vez la nieve, Javier?
No.
El tipo bosteza. Ya. Lo suponía.
Toca con los nudillos el cristal de la ventana.
Te vas a hartar de nieve.
¿Qué ha pasado?
Sólo la nieve. Sólo la nieve.
Columnas de humo negro, a lo lejos. Casas de chapa y cartón, hogueras temblorosas a las puertas. Personas vestidas con harapos. Miran el paso del tren. Un hombre se desgarra la ropa y del estómago le pende algo. Una probóscide rosada, extraña y móvil como el hocico de una musaraña. Aparto la mirada pero lo sigo viendo porque en los sueños uno no puede elegir ni lo que mira ni lo que ve.
El tipo saca un paquete azul de cigarrillos. Tabaco francés. Enciende uno y sonríe. No te pongas triste, dice. Hay muchas cosas que yo no he visto. La nieve, sí. Claro. ¿Recuerdas la primera vez que viste la lluvia, Javier?
No…
Yo sí. Llovía, aquella vez. Llovía mucho. La lluvia daba en las ventanas.
El tren vibraba. No el tren del sueño, el tren real. La vibración me llegaba desde los huesos y se filtraba como humedades en aquel vagón fantasmagórico.
¿Quién eres?, le pregunto.
Ah, suspira. La pregunta. La cuestión de la identidad. Quién soy. Quién eres. Quién lo sabe. Es una pregunta como para paladearla. Para reposarla. ¿Quién eres tú?
Me conoces, digo. Sabes mi nombre.
Bueno, Javier. No nos perdamos en el tan manido asunto de los nombres. Como si las cosas pudieran acotarse tan fácilmente. Como si pudiera reducirse la realidad a un conjunto de gruñidos articulados, a unos garabatos en tablas de arcilla. Y sabes quién soy. Sabes qué soy.
El cigarrillo se consume en su mano, el humo se riza y desanilla entre nosotros. Verás, dice. El mundo se está acabando. Todo. Desde el primer momento, no hay más que una demencial carrera hacia el fin. Hasta las estrellas se van a apagar algún día.
Hace un gesto hacia la ventana. Chabolas misérrimas. Plásticos que el viento agita. Rostros hundidos. Todos ellos, continúa. No son más profetas involuntarios. Heraldos de un apocalipsis ya acontecido. Son los titulares del último periódico que circulará entre los hombres. Y nadie quiere leerlo. Míralos, míralos. Si oficiáramos de antiguos sacerdotes y pusiéramos a uno de ellos en nuestro altar y lo abriéramos para leer en sus entrañas, con nuestros cuchillos de piedra, no encontraríamos nada que no hablase del final. Sus pólipos, sus tumores, sus fístulas purulentas y sucias. Y si nos abriesen a nosotros, ¿qué encontrarían? La misma sangre, la sangre de los hermanos, y desde luego estas señales del holocausto.
¿Quién eres?
¿Cuántas veces vas a preguntarlo?
Su rostro empieza a azularse. Los ojos se le inyectan en sangre. No deja de sonreír.
¿Qué te pasa?
Hipoxia cerebral, dice. Parto prematuro. Era demasiado pequeño, demasiado débil para salir al mundo. Siempre lo imaginaste así, ¿verdad? Lloviendo a mares. Y la pequeña criatura estrangulada por su propio cordón umbilical. Niño cadáver, azul y legamoso. Tu imaginación es tu peor castigo, Javier. Nadie te lo contó. Nadie te dio los detalles. Pero es como si lo hubieras visto todo, años antes de tu nacimiento y ya eras un testigo de mi muerte. Ah, Javier. Sangre de mi sangre. Tenías que imaginarlo todo. Ése es tu castigo. No poder consolarte en la ignorancia.
La vibración del tren. El malestar. Las náuseas.
Estoy soñando, digo.
El tipo asiente. Sueñas que estás soñando, dice. El sueño dentro del sueño. El Javier soñado y el Javier que sueña. Dos trenes, cada uno con un hermano muerto. Uno que te habla y otro que te persigue.
Lleva sus dedos azules dotados de romas uñas azules a sus mejillas azules y las estira en una mueca pueril. Su lengua asoma violácea e hinchada por entre los labios. Sus ojos brillan desorbitados con un delicado encaje de capilares reventados. Suelta los dedos y la carne, exangüe y sin embargo animada, vuelve a su lugar.
Seguro que éste es el sueño más raro que has tenido, dice.
No, digo. Una vez soñé que Violenne trabajaba en un restaurante chino.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Los tendones de su cuello y sus venas y arterias se marcan y la nuez sube y baja con violencia como un ser que se alojase en su garganta y quisiera ser expulsado.
Hermano, dice. Me mira fijamente con sus ojos coagulados. ¿Cuánto hace que no ves el mar?
Y el suelo del vagón se deshace en arena y bajo la arena el agua brota salada y fragrante y muestra su cargamento de detritos, algas podridas y crustáceos muertos cubriéndome hasta los tobillos y lo último que veo es una caracola cubierta de escoria cuya espiral puntiaguda gira sobre sí misma una y otra vez y no cesa nunca como nunca cesa el mar que lleva en su interior, oleaje perpetuo e inaccesible, marejadas del color del plomo…


Abrí los ojos contra el cristal de la ventana. El sol agostaba el paisaje. Ganado a la sombra de las encinas, desfilando deprisa. Campos amarillos, secos. Cigüeñas en antiguos postes de tendido eléctrico. La luz hinchaba el aire como retenida por una membrana, excesiva, omnipresente. El sueño se desvaneció. La resaca permanecía. Tenía la boca pastosa. Volvía a casa en el regional y mi abuelo se estaba muriendo.


Los mismos andenes de siempre, la misma estación, dorada por un sol furioso. Un cierto olor a alquitrán reblandecido y metal caliente. Mi padre estaba allí. De alguna manera más joven que la última vez que lo vi. En camisa y pantalones vaqueros, el pelo gris y muy corto. Las noches de hospital se le notaban bajo los ojos y en la necesidad de un afeitado. Pero sonreía. Me llevó en el coche y no hablé mucho. Me habló del perro, me habló de la casa. Mientras pasábamos sobre el puente, blanco y con su forma de cresta de pez abisal, me habló de los camalotes. El río bajaba lento y con reflejos argentos allí donde el verde no lo había tomado por completo. – Son una plaga- me explicó. – Están por todas partes. Forman islas, uniendo las raíces. – Trabajadores y grúas sacando redes enteras de camalotes. Parloteo para llenar el vacío. Las líneas blancas del asfalto refulgían bajo la luz de agosto.
Después, pasillos de hospital. Su olor antiséptico, mentiroso. Enfermos en bata. Goteros. Enfermeras. Médicos. Parientes de visitas. Niños risueños, adultos afligidos. Gente muy cansada aguardando en los asientos de plástico. Por la puertas abiertas, fragmentos de vidas ajenas desarrollándose en habitaciones compartidas.
Al salir del ascensor, mi madre. Inmóvil e inexpresiva en el pasillo, como si hubiera brotado en ese suelo, como si se hubiera dispuesto su presencia en ese preciso lugar desde el principio de los tiempos. El pelo tenso y negro. Las facciones marcadas.
- Mamá- dije.
Se movió con una fluidez de cosa viva que parecía un imposible un segundo antes. Me besó las mejillas. Frunció el ceño. – Tenías que haberte afeitado- dijo.
- ¿Cómo está el abuelo?
- Mejor- dijo. – No ha sido tan grave como parecía. Pero el médico dice que ya no tiene bronquios. Pasa a verlo. – Señaló una puerta. Entré. Los dos octogenarios. Mi abuela sentada, mi abuelo tumbado. En ella, los rasgos de mi madre, la mujer que sería. Dura, pequeña, resistente. Con su acento de la vieja castilla que sesenta años en tierras lejanas no habían logrado borrar. Me incliné sobre ella, me besó. Me preguntó qué tal me iba. Me dijo que estaba muy guapo. Mi abuelo tenía una mascarilla en el rostro, como un piloto de bombardero. El siseo del oxígeno en sus menguados pulmones. La retiró con sus manos enormes y callosas. Una incipiente barba color acero. Llevaba una chaquetilla de pijama azul. Sonrisa soñadora, desconcertante. – Javier- dijo.
- Abuelo.
- Ven, hijito. – Ni rastro de ternura o cursilería en el apelativo, pero sí un cariño apabullante, superador. La edad lo había empequeñecido. El abuelo que siempre recordaría era una torre, un hombre de campo que movía enormes sacos de pienso como si fueran insignificantes, que modificaba con la fuerza irresistible de sus músculos la tierra misma y le arrancaba lo que quería de ella, el alimento, la vida, la esencia misma. Su pelo como el pelo de un bebé albino, tan fino, tan blanco. – Hijito mío.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
Me preguntó por la ciudad de piedra. Me habló de la ciudad que él conoció. Ferias del ganado de cuarenta años antes. Allí las caballerizas, me decía. Allí las pensiones. Allí las tabernas. Recuerdos lúcidos, coherentes, pero expresados con textura de sueño. Le dije que había venido en tren. Me habló de los trenes que él había conocido. Cuando subía hacia el norte con tripas de cerdo bajo la ropa. Las madrugadas. Las matanzas. El frío. El estraperlo. La trashumancia. Bandolerismo todavía en los bosques, asaltos a golpe de garrote y navaja. Los matriarcados funcionales, los hombres siempre lejanos. Cuando se casó, su madre le regaló una pistola del veintidós. Lo hizo con todos sus hermanos. Nunca tuvo que usarla, pero la llevaba también bajo la ropa. Todavía está la funda por casa, dijo, obra de un zapatero en cuero y cierres de latón. Le retiraron el arma cuando un anarquista mató a un dirigente de la Falange en Madrid. El régimen temía un alzamiento que nunca llegó.
Su enorme mano tomó la mía, la apretó. La primera vez que se fue de casa tenía ocho años e iba descalzo. Su padre había partido por la mañana, con las ovejas, y él partió siguiéndole el rastro. Un vecino lo encontró en el camino y le subió a su carro. Encontraron al padre. Le dieron unos zapatos. Pasó un mes durmiendo al raso, envuelto en un manta, guiando a perros feroces que podrían haberlo devorado y una vez, contó, escuchó lobos aullar en una noche sin nubes que era tan luminosa como el día, luna inmensa en el cielo y la vía láctea ardiendo en el terciopelo negro de los cielos como brasas blancas de una hoguera inmemorial. Los lobos aullaban, los últimos lobos, y hubo sonidos de refriega en la noche, ladridos, y los perros volvieron con sangre en las fauces y terribles como bestias de pesadilla. Habló y habló el hombre, el viejo octogenario, con la silenciosa aquiescencia de su mujer, miembros de una estirpe que había tenido descendencia pero que se extinguía de todas formas, retazos de un mundo que creían eterno y que ya no estaba, se había ido, y sólo quedaba almacenado en sus memorias.
Habló el abuelo hasta que los pulmones le fallaron y tuvo que colocarse la mascarilla. Respiró con ansia, a bocanadas. Me despedí. Le besé a medias la mejilla rasposa, a medias el plástico que lo enmascaraba.
Mis padres charlaban en el pasillo, susurrando. Me miraron.
- Habla mucho- dije.
Mi padre sonrió. – Es el oxígeno. Se le sube a la cabeza.
- No se va a morir.
- No, no se va a morir. Sólo está un poco colocado.
Mi madre lo miró con desaprobación. Volvió los ojos hacia mí. - ¿No has traído equipaje?
- No.
Frunció el ceño, estrechó los párpados. - Ajá- dijo y se metió en la habitación.
Mi padre me tocó el brazo. – Tus tíos están en la cafetería. Baja a verlos.
- De acuerdo.
- ¿No te vas a quedar?
- En principio, no. Sale un tren esta noche.
- Quédate, tengo algo que darte.
Le miré. Se pasó una mano por el pelo. – Quédate- insistió.
Me encogí de hombros y eché a andar por el pasillo. Los ascensores rebosaban gente y bajé por las escaleras. Me crucé con mi primo que me miró un momento como si fuera una aparición, un espectro, y luego sonrió. – Tú - dijo.
- Hola.
Nos dimos la mano, nos abrazamos. - ¿Has visto al abuelo?
- Sí. Está en pleno subidón de oxígeno.
Sonrió. - ¿Te ha contado lo de los caballos?
- No.
- Dice que a mi edad domaba caballos salvajes.
- A mí me ha dicho que tenía una pistola.
- No jodas- dijo. - ¿Cómo estás tú?
- Tengo resaca.
Me palmeó el hombro. – Pues vamos fuera y me cuentas lo de la pistola.


Mi padre tenía un perro, dijo el abuelo. Era medio galgo y medio lo que sea. Quizá mastín, porque era grande. Grande y flaco. Color canela. Era un buen perro, muy tranquilo, y seguía a mi padre a todas partes. Recuerdo que yo era muy pequeño y apenas sacaba una cabeza por encima de su lomo. Nunca ladraba, de eso me acuerdo, pero era fiero. El perro más fiero que he visto en mi vida. Lo teníamos en el corral y pasaba las noches agazapado junto al pozo, vigilando a los gatos. Y los cazaba. Una mañana encontré la cabeza de uno. El resto estaba en el estercolero. Cuando vi la cabeza una gallina le estaba picoteando los ojos. El caso es que un día un hombre, un forastero, estaba en la plaza y tenía un par de perros. Uno era enorme, negro, y daba miedo mirarlo, y cuando llegamos nosotros, con nuestro perro detrás, los perros se olieron y se gruñeron y se tentaron. Los hombres que allí había los azuzaron, aunque mi padre dijo que no lo hicieran. Se enzarzaron. El perro negro agarró al nuestro por el cuello. El nuestro lo agarró por el pecho. Era mucho más pequeño, ¿pero sabes qué pasó? Lo mató. Desde donde estaba escuché cómo se le rompían las costillas. Crac. Horrible. Le salía espuma del pecho. Espuma rosa… Era un buen perro, un perro que nunca ladraba. Pero llevaba aquello dentro… Lo que fuera. La pelea. Como un veneno. Eso daba mucho más miedo. Un tiempo después un carro lo mató. Le pasó por encima y le sacó las tripas. Me dio mucha pena pero también dejé de tener miedo… No me gustaba encontrar gatos muertos en el corral.


Compramos latas de cerveza alargadas y frías en una multitienda y nos sentamos a beberlas en un parque, a la sombra de unos árboles. – Me voy a ir- dije.
- ¿Adónde? – Abrió su lata. La espuma brotó escasa y la sorbió con cuidado.
- A Madrid- dije.
Me miró. - ¿A Madrid?
Me encogí de hombros.
- ¿A qué?
- No lo sé.
Bebió de su lata. Abrí la mía. – Bueno, ¿y por qué?
- No lo sé- dije. – Está lejos. Es grande. No es esto.
Chasqueó los labios, bebió de la lata. - ¿Lo has pensado bien?
- Lo suficiente.
Otro trago. No dijo nada. Observé su perfil. El mismo perfil que conocía de la niñez y que me seguía siendo igual de cercano. Ahora era un rostro más duro, un rostro adulto y afilado con la misma sombra de barba que yo mismo lucía. Pero todavía en los rasgos adultos el niño con el que había recorrido el campo del abuelo, con el que me había inclinado y bebido de arroyos sobre piedras ardientes y entre zarzas enmarañadas, pequeños proyectos de hombres salvajes y paganos, y con el que había descubierto facetas de la naturaleza de las que nadie habla, osamentas blanquecinas de criaturas semienterradas en el matillo del bosque, ojos predadores y mezquinos en la espesura, la vida como un enigma a desentrañar en la palma de la mano lleno de vísceras y humores.
Bebimos en silencio. Fumé hasta acabar el cigarrillo.
- Me quiero ir, tío- dije. – Es sólo eso.
Asintió. – Haces bien. Qué quieres que te diga. Si tienes que hacerlo tienes que hacerlo.
Le saqué una última calada a la colilla requemada y la dejé caer. Tengo que hacerlo. Porque sí. Porque lo llevo dentro. Lo que sea.
Mi propia y silenciosa pelea.
Sin ladridos ni alharacas.

3 Comments:

Blogger miguel de lucas said...

Está lejos. Es grande. No es esto.

Uy, creo que me vine a Madrid por los mismos motivos.

18 noviembre, 2006 02:53  
Anonymous Anónimo said...

sin palabras.palabra de pataliebre.sólo nieve

18 noviembre, 2006 12:15  
Anonymous vil-mendez said...

"Es duro separarse de alguien cuando todavia le amas" o "El amor es la cosa mas triste del mundo cuando se acaba". Dos citas de la misma pelicula de Almodovar. Eso es lo que siento tio. Yo en michigan y tu en madrid. La vida no trata muy bien a lo nuestro, pero si esto fuera un camino de rosas te amaria menos.
Las navidades van a ser blancas en muuuuuchos sentidos para nosotros.
MMuua

25 noviembre, 2006 20:02  

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