La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, enero 22, 2007

el sol de invierno

un relato

En las cafeterías sólo se llora cuando te rompen el corazón. Y no se llora a solas, se sale a la calle, cuando no puedes controlar el arrebato, y lloras haciendo como que miras un escaparate, las manos alrededor del rostro como si te molestara el sol, o caminas con prisa, mirando al suelo y los lamentos los disimulas con toses, con gruñidos, con carraspeos y te frotas los ojos como si se te hubiera metido algo. O lloras en tu casa, donde nadie te vea, y lloras a gusto, lloras como se debe llorar, sonándote los mocos y haciendo mucho ruido. Por eso me llamó la atención cuando entré en la cafetería. Estaba sola y estaba llorando. Tenía unos veintitantos años, el pelo negro. Las manos junto a la taza de café. Las mejillas húmedas y los ojos rojos, un pelo solitario adherido al pómulo, mojado. La puerta se cerró a mi espalda y ella levantó la mirada y me vio. Giró el rostro y se pasó la palma de la mano por la cara, arrasando las lágrimas, y con la otra fingió buscar algo dentro de su bolso. Yo me hice el desentendido, que es lo que hago en estos casos, y fui a la máquina de tabaco y compré un paquete. Al irme me detuve a mirar un expositor de pasteles, o hice como que lo miraba, y la observé de reojo. Se había puesto unas enormes gafas de sol e inclinaba el rostro sobre el café. No sé si seguía llorando. Estaba muy seria. Me recordó a la vez que descubrí que Violenne no me quería. Era una cafetería parecida, quizá un poco más sórdida, y ella me tomaba de las manos y estaba llorando, y yo también, no podía evitarlo. Un poco, lo justo. Pero fueron unas lágrimas dignas, creo. Hay muchas formas de llorar, muchas, y ella y yo nos las arreglamos bien. Aquella vez, por lo menos.
Salí de la cafetería y crucé la calle y entré en la librería donde trabajaba. Aquel día no me tocaba trabajar, pero yo me pasaba igual. No tenía mucho que hacer. Compraba y vendía libros de segunda mano y los que me gustaban me los llevaba a casa y el jefe me los descontaba del sueldo. Era un trabajo de mierda, mal pagado, pero me pasaba el día leyendo y tenía libros baratos y eso lo convertía en el mejor trabajo que había tenido nunca. Por las noches me iba a casa y escribía. Por las mañanas escribía un poco más y me iba al trabajo. Y vuelta a empezar.
Al salir de la librería un rato después, con una edición de Las palmeras salvajes traducida por Borges metida en la mochila, volví a verla. En un paso de cebra, esperando a que el semáforo cambiase de color, haciendo girar la ruedecilla de un mechero, sin éxito. Llevaba todavía las gafas de sol y un cigarrillo le colgaba de los labios. Se arrebujaba dentro de un abrigo azul oscuro, largo y parecía al borde de la histeria. No sé qué me pasó, porque yo no hago cosas así. Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que no me gusta la gente. No la gente en sí. Conocer gente. Relacionarme con gente. No es que sea un antisocial o un eremita, es que odio ese momento, esa tierra de nadie, en que un desconocido todavía no acaba de definirse, de ser una cosa u otra. No sé si me explico. Antes me producía ansiedad. Ahora me produce tedio. Pero el caso es que me acerqué, busqué mi mechero y le dije toma, cógelo.
A lo mejor fue porque ella era guapa. Recuerdo que me miró, de arriba abajo, detrás de esos cristales negros tan grandes, y que no dijo nada. Se quedó como pasmada, el cigarrillo casi desprendido de los labios.
Le enseñé el mechero. Fuego, dije.
Ella extendió la mano, los dedos blancos y finos, y cogió el mechero. Giró la ruedecilla y la llama se reflejó duplicada en sus gafas y encendió el cigarrillo y también se reflejaron las volutas de humo. Gracias, dijo. Me devolvió el mechero.
Y si ya era raro que yo hubiera hecho eso fue más raro lo que hice después.
¿Estás bien?, le pregunté.
Y pasó lo que tenía que pasar.
No, dijo ella. Me he perdido.
Ah, dije, maldiciéndome por preguntar. ¿Adónde quieres ir?
Ella dio una calada y sopló el humo. Se apartó un mechón de pelo de la cara.
No lo sé.
Ah, repetí. Señalé calle abajo. El metro está por allí, le dije. A la vuelta de la esquina.
Ella miró en esa dirección. Fumaba con caladas profundas, lentas. Temblaba un poco. El metro, dijo, pensativa.
Está ahí al lado.
Me voy a perder, dijo.
No, no, es ahí mismo. Si quieres te acompaño.
Ella volvió a mirarme, con aquellos ojos invisibles, las pantallas de cristal especular y enorme Le daban un aspecto extraño, de insecto futurista. Bueno, dijo.
Vale, dije. Pero no nos movimos.
El semáforo cambió de color y la gente empezó a rodearnos y ella miró a los lados, alarmada, y dijo vamos, vamos. Fuimos por la acera, uno junto al otro. Ella caminaba deprisa y a mí me costaba seguirle el paso, con los faldones de mi abrigo desastrado dándome en los muslos y la mochila botando al hombro. Eh, espera, le dije.
Ella refrenó el paso para mirarme. ¿Me conoces?, preguntó.
Creo que no, dije. ¿Eres del barrio?
Ella sonrió, una sonrisa débil, pálida, como un sol de invierno.
No, dijo.
Me sentí un poco tonto. A lo mejor me preguntaba si nos conocíamos de otra vida, un rollo místico, kármico, algo así. A lo mejor estaba así de zumbada. Me empecé a agobiar, a sentir atrapado.
Me he cortado el pelo, dijo. Y teñido de negro.
Te queda bien.
No sabes cómo me quedaba antes.
Me encogí de hombros. Pero te queda bien, dije. No tiene nada que ver.
¿No sabes quién soy?
No, no lo sé.
Ella asintió y siguió caminando. No dijimos nada más hasta que llegamos a la boca del metro. Aquí es, le dije.
Ella volvía a estar nerviosa. Le apuró unas caladas rápidas al cigarrillo y lo tiró al suelo para pisarlo. Me fijé que llevaba unos pantalones negros y los pies, pies muy pequeños, estaban metidos en una especie de zapatitos de niña, de uniforme escolar, con cierre de hebillas.
Es que no sé adónde quiero ir, dijo.
Me rasqué la cabeza, desesperado.
¿De dónde vienes?, pregunté.
Del centro. Vine en autobús.
En autobús.
Sí. Me había cansado de caminar. No sabía qué hacer.
Le señalé el mapa junto a las escaleras. A ver, dije. Si coges esta línea...
Me da miedo el metro, dijo.
¿Qué?
Me da miedo. No me gusta.
La miré, respirando hondo.
Te da miedo.
Sí, dijo y echó mano a su bolso y sacó un paquete de Nobel y se puso uno en la boca. Rebuscó y sacó el mechero e hizo girar la ruedecilla. Cuando no pasó nada, lanzó con gritito tras los labios apretados. Estoico, le alcancé mi mechero. No me dio las gracias. Encendió el cigarrillo y guardó los dos mecheros en su bolso, sin darse cuenta. No le dije nada.
¿Vives por aquí?, preguntó.
Sí, dije y me arrepentí de haberlo dicho.
Necesito estar en algún sitio, necesito... No sé... No sé qué hacer.
Esto lo dijo con seriedad, sin temblores, como quien enuncia un dilema casual sobre el primer plato en un restaurante. Y debajo una desesperación absoluta, feroz.
Si quieres podemos tomar algo. Un café, un té...
Sí, sí. Por favor.
Fue porque era guapa, creo que sí. A una fea no le hubiera aguantado tanta marcianada, me temo. A ratos soy así de previsible.

En la cafetería, otra cafetería, se tranquilizó. Pidió una manzanilla y yo un café con leche. Ella no probó su infusión, pero rodeaba la taza con las manos como extrayéndole el calor. Apenas las separaba para fumar o para apartar algún mechón distraído de su rostro. Los ojos detrás de las gafas eran ambarinos, un poco rasgados. Bonitos. No habló mucho. Hablé yo casi todo el tiempo. Esto también era muy raro porque yo no suelo hacerlo. Le hablé de la librería. Le hablé de Las palmeras salvajes, le dije que ya lo había leído con otra traducción y que ahora quería compararlas. Le hablé de lo que escribía y le dije que estaba terminando una novela, lo que era mentira. Le hablé de muchas cosas. Ella me preguntó dónde vivía y se lo dije. A un par de calles, en un edificio viejo. Le hablé de los escalones de madera que crujían y del ascensor que nunca funcionaba y del olor que a veces flotaba en el rellano, un olor a comida, a pan caliente. Le hablé de un montón de cosas. De mi cafetera. De mis mantas con agujeros. Del traqueteo de las lavadoras los sábados por la mañana. Mientras hablaba era un poco como si me mirase desde fuera, preguntándome qué estaba haciendo. Cómo podía estar hablando tanto, yo, que solía callar y hacer como que escuchaba en estas situaciones, pensando en mis cosas, pensando en escribir, pensando en irme a casa. Hablé hasta quedarme sin aliento y ella escuchaba, asintiendo, emitiendo monosílabos. Hablé durante mucho tiempo, hasta que no pude más y me quedé con las manos al borde de la mesa, el café frío en la taza, esperando a ver qué hacía. Ella se quedó callada por lo menos un minuto, un minuto eterno, y creo que fue ahí donde percibí lo guapa que era, lo guapa que era en realidad, más allá de sus facciones correctas, de su corte de pelo, del jersey gris que resaltaba discretamente sus formas. Me quedé sin aliento. Sonó un teléfono móvil. Ella buscó en su bolso y sacó un aparato de aspecto caro, quizá una PDA. Miró la pantalla y sus párpados se agitaron. Apagó el aparato. Dijo: ¿Podemos ir a tu casa? No quiero estar sola.

De mi piso me avergonzaba todo. Nunca tenía visitas y la dejadez me había ganado. Había pelusas en las esquinas, ropa arrugada en las sillas, platos sucios en el fregadero. A ella no parecía importarle. Entró en el salón y se quedó plantada frente al sofá, sin mirar nada en particular.
¿No tienes televisión?, preguntó.
No, dije.
¿Por qué?
No sé, respondí. No tengo dinero.
¿Desde hace mucho?
Desde hace unos meses. Desde el verano.
¿Y radio?
Tampoco.
Ah, dijo, como si se explicase algo. Me miró. ¿Tienes pareja? Quiero decir, ¿vives solo?
Sí, dije.
Es un piso grande.
No pensaba vivir solo cuando lo alquilé, reconocí, incómodo. Pensaba vivir con una chica.
Una chica, dijo ella.
Francesa, puntualicé sin saber por qué.
¿Dónde está ella?, preguntó. No se había movido, ni quitado el abrigo ni descolgado el bolso del hombro, parecía una esfinge, con sus acertijos irresolubles, sólo que ésta planteaba preguntas de respuestas fáciles pero dolorosas.
Está en Francia.
¿Tuvo que irse?
Quiso irse.
Ella asintió, como si comprendiera.
¿Quieres comer algo?
Da igual.
No tengo mucho, unas latas de sardinas, pero si quieres...
No como mucho. Me da igual.
Yo sí comía mucho, dije. Ya no.
Ella se estaba desabrochando el abrigo. Había dejado el bolso en el sofá.
¿Por qué ya no?
No lo sé. No me apetece.
¿No tienes hambre?
Hambre sí. Pero no apetito.
¿Y qué haces cuando tienes hambre?
Fumo, dije.
Ella me miró de arriba abajo, como había hecho cuando le ofrecí el mechero.
Por eso te queda la ropa grande, dijo.
Por eso, admití.
Traje las latas y unos tenedores y comimos. Afuera atardecía, un crepúsculo grisáceo, mortecino. No hablamos, comimos poco. Las farolas se encendieron en la calle y arrojaron rectángulos de luz en el salón. Encendí la lámpara. Sabía que ella iba a preguntármelo antes de que lo hiciera. ¿Puedo pasar aquí la noche? Sí, le dije. Encontré un mechero entre los cojines del sofá y encendí dos cigarrillos. Fumamos mirando las caprichosas disposiciones del humo, cómo se fundían unas bocanadas con otras, como ver el movimiento de las galaxias en avance rápido.
No voy a poder dormir, dijo ella.
¿Por qué?
No tengo mis pastillas.
Yo he padecido todos los trastornos del sueño que existen, dije. Insomnio, disomnia, parasomnia...
¿Qué pastillas tomas?, preguntó ella, sentada en el sofá, como desfallecida, una mano acariciando la funda algo raída de los cojines.
Nada.
¿Nada?
Va y viene, expliqué. Espero a que se pase, como con el hambre. Fumo mucho, leo, escribo... Me encogí de hombros. No le hablé de las veces que despertaba de madrugada, tras descabezar un primer sueño frágil y leve, de las horas que se deslizaban agónicas, llenas de malos pensamientos, de presagios funestos, de las veces que se me crispaban los puños sobre el rostro, horrorizado, alucinado, ni de los terrores nocturnos, las veces que despertaba en medio de la noche con un grito, viendo ratas en las sábanas o extraños desfilando por la habitación. Eso había cambiado. Dormía pocas horas, pero las dormía, y mis sueños, cuando los recordaba, eran tediosos, molestos, mapas que no dejaban de desdoblarse, carreras que nunca podía ganar, escaleras mecánicas que ni subían ni bajaban. Una vez soñé que Violenne me llamaba desde Marsella y me decía que su novio se había liado con su hermana, la de Violenne, y yo hacía bromas y ella se reía y no podía recordar si Violenne tenía una hermana, lo pensaba una y otra vez y nunca estaba seguro. Lo recordé al despertar. No la tenía.
Insomnio, dijo ella. Yo no tengo insomnio. Sólo me tomo las pastillas que me dan y me quedo dormida. Por eso no voy a poder dormir. Porque no tengo las pastillas.
Ajá, dije, temiendo que se perdiera en un pensamiento circular.
Se masajeó las sienes. El pelo le caía en mechones por entre los dedos y la luz de la lámpara le arrancaba reflejos azulados, de ala de cuervo. Era un pelo bonito, lo tuviera como lo tuviera antes. Es bueno escribir, dijo. Si es lo que te gusta hacer. A mí me hubiera gustado ser actriz. Hice una obra de teatro en el instituto. Hice más de una. Pero no era buena, no se me daba bien. Pero me hubiera gustado ser actriz. Ser otra persona, ¿entiendes? Un rato por lo menos... No voy a poder dormir, dijo. Tenía los ojos cerrados.
Me levanté sin hacer ruido y saqué una de mis mantas con agujeros del armario de la habitación. Era la que mejor estaba, sólo un poco deshilachada en los bordes y con un par de agujeros por los que colar el dedo en el centro. Era roja y negra como una falda escocesa. Volví al salón. Ella se había quitado los zapatos y escondido las piernas debajo del cuerpo, una de esas posiciones que sólo las chicas jóvenes parecen encontrar cómodas, y le eché la manta por encima. Gracias, dijo. Me senté a su lado y fumé un par de cigarrillos mientras ella se quedaba dormida, respirando lenta y regularmente, como un fuelle lánguido, suave. Me parecía inapropiado irme a la cama. Debería haberle dicho que durmiera en ella, y yo quedarme en el sofá y ahora me sentía culpable. Así que, por una solidaridad tozuda e idiota pero inapelable, apagué la lámpara, cogí un extremo de la manta y me tapé un poco y me preparé para pasar mala noche. El salón era amarillo bajo la luz de la calle y flotaba una niebla fina de cigarrillos. Nunca me duermo tan temprano, me decía. Me voy a pasar la noche así, despierto, incómodo, con una loca roncando al lado, y diciéndome estas cosas me fui quedando dormido, profundamente, y si hubo malos sueños no los recuerdo.

Me despertó ella. Con una caricia larga que seguía la curva de mi ceja y continuaba por la sien y la línea del cuero cabelludo. Abrí los ojos. Me estaba mirando y ahora la caricia me recorrió el pómulo y la mejilla, lenta, cuidadosa, hasta la mandíbula sin afeitar. El roce de sus yemas sobre el vello de lija. Hola, farfullé.
Hola, dijo ella. No sé cómo te llamas.
Se lo dije.
Yo me llamo María.
Hola, María.
Sonrió. Era muy temprano, amanecía. Una luz pálida, desvaída, como el frío que me había calado en los huesos. ¿Quieres desayunar?, le dije.
Sí. ¿Dónde está el baño?
Mientras ella hacía sus cosas, yo me desperecé, crujiendo las articulaciones como engranajes oxidados, y fui a mi habitación. Busqué la ropa que estuviera menos arrugada y gastada y me cambié deprisa, sin poder sacarme el frío de encima. Cuando ella salió del cuarto de baño no tenía el aspecto de haber dormido en un sofá y de llevar la misma ropa que el día anterior. Ni una arruga, ni un cabello fuera de su sitio, ni rastro de ojeras. Para mí todo tenía una textura onírica, irreal, incluso mi cara en el espejo cuando me lavaba la cara, incluso el agua en mis manos. Todo es un sueño, me dije. Todo es un sueño.
Bajamos a la calle. Los bares acababan de abrir. Dos cafés con leche, dos cigarrillos. Ella me habló de las pastillas. Dijo que no le quitaban el miedo, pero que hacían que no le importase. Que no le importase nada. Que iba de un lado para otro sin entender lo que le decían, respirando por inercia, comiendo por obligación. Dijo que unas pastillas hicieron que engordase y que ésas se las dejaron de dar. Dijo que a veces prefería el miedo, prefería que le importase algo aunque fuera eso. ¿Qué vamos a hacer hoy?, preguntó.
Ir a trabajar, dije.
Le gustó la librería. Se pasó media mañana hojeando libros de fotografía, mirando ilustraciones, silenciosa. Sonreía a ratos y canturreaba melodías que no reconocí. Estuve abriendo cajas de libros viejos, colocándolos en las estanterías. Encontré dos ediciones decentes de El largo adiós y Ada o el ardor y las guardé en mi mochila.
En un momento la tienda se llenó de clientes, lo que no era difícil porque era un sitio pequeño, y ella volvió a ponerse nerviosa y dijo que se iba a dar una vuelta. Algunos clientes la miraban de reojo, me fijé, pero no le di mayor importancia. Era guapa como para atraer miradas. La miré irse y pensé que no volvería a verla. Estaba seguro de ello. Hubiera sido lo más apropiado. Como llegó se fue. Una historia para contar de vez en cuando. La chica guapa y atribulada, la aparición misteriosa, que se esfumó sin más. Hizo puf y ya no estaba. La chica que lloraba en la cafetería y de la que nunca supe más. Así es como debían de ser las cosas y así las prefería. Podría volver a mi rutina, a mi piso viejo, a mis libros, a mis escritos, a mis miedos tranquilos y mis pastillas secretas. Me forcé a sonreír y a apilar libros, a copiar los ISBN en el ordenador, como todos los días, satisfecho de ser quien era, satisfecho de hacer lo que hacía, lejos de la pena, la desesperación y la extrañeza que la vida se empeñaba en cruzarme.
Apareció una hora después.
Hola, dijo, quitándose las gafas de sol.
Mi suspiro de alivio, discreto, silencioso, fue como si se desanudase algo en mi interior que ni si quiera sabía que llevaba anudado.

Dedicamos la tarde a pasear por el barrio. Había ganado locuacidad, habló de un montón de cosas, de las obras de teatro en las que había hecho papeles secundarios, de un melocotonero en el jardín de sus abuelos, de veranos largos en algún lugar al sur, de una bicicleta azul, de un vestido verde. Yo caminaba a su lado, con las manos metidas en el abrigo. Soplaba un viento desapacible, frío, que se enredaba en su pelo y ella se lo colocaba, distraída, con un pase rápido de los dedos, un gesto de prestidigitador, mechones que aparecen y desaparecen, nada por aquí, nada por allí, como si nunca se hubiera despeinado.
Llegamos a un parque. Una hilera de árboles, todavía provistos de hojas, susurraba al viento y lo detenía y había bancos de hierro forjado y madera y una pista circular de albero con un tobogán, un balancín y unos columpios. Un par de niñas, forradas con abrigos y bufandas y guantes de lana, se columpiaban y lanzaban grititos, como los gañidos de un pájaro. Una señora, su abuela quizá, las empujaba con delicadeza.
Me quiero columpiar, dijo María. Los ojos le brillaban y sonreía, de nuevo esa sonrisa peculiar, distante y melancólica.
Pues vamos, le dije.
No, espera a que terminen ellas.
Le ofrecí un cigarrillo pero no lo quiso. Encendí uno y lo fumé mientras ella vigilaba los columpios y se miraba los pies, dibujando círculos, garabatos, con la punta de su zapato de hebilla. Eres preciosa, le dije.
Ella esbozó una de sus sonrisas, mirando al suelo, y no dijo nada. Siguió dibujando, triángulos, símbolos, una cábala inescrutable. Las niñas se fueron. Vamos, le dije. Apresuró el paso y se sentó en uno de los columpios, seria, concentrada.
¿Quieres que te empuje?
No hace falta, dijo. Estiraba y contraía las piernas y subía y bajaba y su pelo se desordenó y su abrigo se infló y su expresión era seria, concentrada y cada vez iba más deprisa y subía más alto y yo me apoyé en uno de los tubos de metal, una mano en la cadena de un columpio, otra en el cigarrillo y la miré ir y venir y pensé que hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación en el estómago, como si fuera con ella en el columpio, y me sentí un poco triste y a la vez contento. Eres un idiota, me dije. Un idiota. Las cadenas que sostenían el columpio chirriaban y crujían. El viento seguía hablando en los árboles. Aquí es cuando el tiempo se detiene. Aquí es cuando deja de moverse.
Las niñas volvieron. Se reían. María puso los pies en la tierra, frenándose, y bajó del columpio. Sonreía, avergonzada. Las niñas la saludaron. Hola, hola, dijeron. Ella les hizo un gesto. La señora, su abuela, me sonrió como si compartiéramos un secreto, uno, en realidad, del que yo no tenía noticias.
Nos alejamos de los columpios. ¿Te lo has pasado bien?, le pregunté.
Sí, dijo ella. Todavía miraba al suelo. Se mordió el labio inferior, me miró y entonces levantó el rostro y me besó en los labios. Fue un beso superficial, un roce ligero, pero de alguna manera íntimo, turbador, el beso de viejos amantes, de cómplices, un beso que era la consecuencia de otros muchos, de una larga concatenación de besos que no existían, besos que no nos habíamos dado, pero allí estaban, contenidos todos en ese primero, tan perfecto, tan luminoso, tan indiscutible, besos que el tejido del mundo nos había escamoteado, pero anotados escrupulosamente en nuestro libro del debe, y que ahora nos devolvía con intereses.
Mañana me tendré que ir, dijo.
Cerré los ojos, mi frente contra la suya. Ya, ya, dije.
Mañana, repitió. Sus manos sujetaron las mías.
Escuchamos las risas de las niñas, dejándose caer por el tobogán. Volví a besarla y su boca sabía a café, o quizá era la mía, y había un lejano aroma a tabaco en su pelo. El viento, muy despacio, seguía meciendo los árboles.

Entramos en mi piso sin encender las luces. Llegó a mi cuarto, en la penumbra amarilla que pasaba bajo la persiana, y desabrochó su abrigo y lo dejó sobre la mesa del ordenador, donde yo escribía. La miré, en silencio, sabiendo que no podría recordar nada de aquello como se merecía, que lo recordaría como se recuerdan los sueños, modificado, impreciso, confuso, y ella se desvestía con lentitud, cada vez más blanca, más pálida, el frufrú de su ropa, las cremalleras, los cierres, la ropa interior casi refulgente, y luego la oscuridad de su pubis, las sombras de sus pechos. No hice nada, embebido por la parsimonia de sus gestos, y ella, desnuda ya, se metió entre las sábanas y mantas liadas de mi cama. Yo me desvestí, torpe y sin gracia, sintiéndome ridículo, indigno, y me metí con ella en la cama y me recibió con una caricia, la misma con la que me había despertado, palpando mi rostro, y yo acaricié el suyo y nos estuvimos acariciando, descubriendo al tacto los cuerpos, la ondulación de las costillas, la curva de la cadera, la suavidad oceánica de los muslos, sus manos y las mías, entretenidas en ese descubrimiento interminable, de la piel, los músculos, y hasta los huesos y los huesecillos que intuían bajo la carne, y su pelvis, sus caderas como asas perfectas, el vello corto y áspero en la palma de mi mano y un beso, un beso sostenido, tendidos de costado, y ella pasó una pierna sobre mí, abriéndose, y sus dedos me llevaron dentro y encontré ese sol de invierno que había entrevisto en su primera sonrisa, un sol suave, tierno, almizclado, que crecía al vaivén de los cuerpos, un fuego lento, como el pan caliente, y el beso que no cesa como no cesa el sol, como no cesan los días, como no cesan las noches y como no cesa el viento.

Háblame de ella, pidió.
La madrugada se estaba acabando y yo hablé de ella, hablé de mí, hablé de nosotros. Le hablé de las promesas incumplidas, de los planes frustrados, de las cafeterías y los paseos donde iba encontrando las piezas rotas de nuestra relación, de cuando supe que no me quería, de cuando me dijo que no me quería, de cuando supe que no iba a volver. Le hablé de las noches de insomnio, de algunos llantos perdidos, de las más tristes llamadas telefónicas. Le dije que el pasado era un clavo ardiendo al que sólo un tonto se aferra, pero que tienes que quemarte mucho hasta darte cuenta. Le dije que costaba aprenderlo. Le dije que tenía cicatrices para recordarlo. Le dije muchas cosas que he olvidado. Cosas banales y cosas importantes. Ella no dijo nada. Ronroneaba contra mi pecho incapaz de quedarse dormida.

Al día siguiente llamé al trabajo y les dije que no iba a ir, que estaba enfermo. Hicimos el amor dos veces más. Fumamos cigarrillos en la cama. Comimos latas de sardinas. Nos vestimos y bajamos a la calle y ella me contó que cuando era pequeña rellenaba los cuadernos de matemáticas con cifras al azar para que pareciera que había hecho los deberes y mientras lo decía los ojos se le llenaban de lágrimas y la voz le temblaba. No llores, le dije.
No estoy llorando.
Caminábamos de la mano. La gente nos miraba, la miraba a ella y sus ojos llorosos. En la boca del metro me sujetó por las solapas del abrigo y dijo: Ya no puedo besarte. Aquí no.
La abracé y la apreté contra mi cuerpo. ¿Te dará miedo el metro?
No, dijo. No, no.
Nos separamos. Adiós.
Adiós.
Bajó las escaleras. Una corriente de aire esparció mechones de pelo por su frente y ella hizo su truco con sus dedos de tahúr y eso fue lo último que vi de ella. Me quedé un rato allí, con las manos en los bolsillos, y vi un par de chicas que me miraban y se daban con el codo, y entonces me di cuenta qué era lo que pasaba, por qué la miraba la gente. Claro, pensé. Claro.

Descubrí quién era tres o cuatro días después, hojeando un periódico gratuito en el metro. Era una noticia pequeña y traía una foto pequeña de ella y un tipo alto y con un hoyuelo en la barbilla. Hablaba de un concierto suspendido por imprecisos motivos de salud. No decía quién era el tipo, lo daba por sabido. Salí del metro y me llevé el periódico a una cafetería, pedí un café con leche, encendí un cigarrillo y volví a leer la noticia, a mirar la fotografía. Tenía el pelo distinto, rubio, más largo. No le quedaba tan bien. Estuve mirando por la luna de cristal de la cafetería el tráfico que daba vueltas en una glorieta y pensando en Violenne y entonces me percaté de una cosa, una cosa que ya sabía desde hacía un tiempo pero que no había acabado de articularse. Fue una revelación tranquila, como si me diera un toquecito en el hombro y me dijera eh, fíjate.
Ya no quería a Violenne. No es que me fuera indiferente, como otras mujeres que había amado, o que no le guardase todavía pequeños rencores, algunos cariños dispersos. Pero ya no la quería. Ni mucho ni poco. Tan sencillo como eso. Pensé en ella, en todo lo que había pasado, en todo lo que me había dolido. Luego pensé en otras cosas. Busqué en mi mochila Ada o el ardor y comencé a leer desde la primera página. El tráfico siguió girando en la glorieta.

10 Comments:

Anonymous TMNA said...

Esto ya se ha dicho un zillón de veces: Eres el puto Post-Punk!

22 enero, 2007 17:36  
Anonymous Anónimo said...

Simplemente genial.

22 enero, 2007 18:06  
Blogger getchell said...

Buen relato, lleva tu impronta. Una historia natural y espontánea, como las lágrimas de una bailarina de streeptese. ¿Para cuando la siguiente?

22 enero, 2007 18:38  
Anonymous chupachus said...

si todos me encantan este me encanta más

23 enero, 2007 02:38  
Anonymous Vil-mendez said...

me gustas mucho tianonianoniaaaaaan
me gustas mucho tu tianonianoniaaaaan
tarde o teempraaano sere tuuyaa y mio tuuu seraaaas.
Si la pobre Rocío Durcal leyera este relato ella te cantaría esto mismo.

23 enero, 2007 02:49  
Anonymous Anónimo said...

Ha sido una grata sorpresa. Estaba a punto de ponerme a llorar, oiga.
Besets

24 enero, 2007 16:01  
Blogger miguel de lucas said...

un post que es la consecuencia de una larga concatenación de post que no existían. Grande.

27 enero, 2007 07:24  
Blogger a said...

Delicioso post..

27 enero, 2007 18:06  
Anonymous POla said...

eso, que a mi también me ha gustado. Es difícil mantener la atención de los lectores tanto rato cuando se trata de una pantalla de ordenador ;)

23 febrero, 2007 11:54  
Anonymous Paulita said...

Es hermoso este blog. Leí mucho en verdad, quería sólo compartir mi pensamiento. Un abrazo. Adiós.

13 agosto, 2007 11:35  

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