La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

viernes, marzo 23, 2007

días de playa

un relato más

Llamé a Jack A desde la estación de autobuses de Sevilla. Él estaba en Praga, pero yo no lo sabía, creía que estaba en la playa. El teléfono público chupaba monedas y me traía su voz lejana y turbia de interferencias, ruiditos como viento, como crepitar de madera vieja, que iban y venían al arbitrio de los satélites y las tormentas solares. Me dijo que estaba de viaje con su nueva novia, una chica eslovaca cuyo nombre no entendí, y que hacía un mes que no pasaba por la casa de la playa. Le expliqué dónde estaba y que se me había ocurrido acercarme a verle. Jack me dijo podía ir de todas maneras, que pasara unos días allí haciendo el vago y tomando el sol. Que tomara mucho el sol, insistió, porque estaba muy pálido. ¿Cómo sabes que estoy pálido?, le dije. Tú siempre estás pálido, contestó.
Me despedí de Jack, nos deseamos mutuamente buen viaje y colgué el teléfono. Cogí mi mochila, coronada por el saco de dormir y las cremalleras cerradas con candado, y me la eché a la espalda. Se me ocurrió en ese momento que no sabía quién estaba en la casa de la playa, o si había alguien siquiera, pero luego pensé que siempre había gente en la casa, gente como yo, gente de paso, mochileros, jipis trasnochados, trotamundos, buscavidas, gente de la que Jack se hacía amigo en lugares como Praga, Tarifa, Goa, Buenos Aires, y a los que luego daba techo ocasional sin pensárselo demasiado. Eran buena compañía para el tipo de viaje que me apetecía, gente con la que era fácil estar y de la que era todavía más fácil desentenderse. Menos cuando eran artistas, supuestos artistas, con esos no era fácil ni estar ni desentenderse de ellos. Me acerqué a las taquillas y compré un billete.
Así que tras una espera de una hora en la cafetería, dos horas de autobús y un paseo de veinte minutos por el pueblo estaba en una calle de casas blancas con jardín delantero, garaje y piscina atrás, todas igual de blancas, enormes y obscenamente caras. Tenía las señas escritas en la última página de la agenda donde apunto los teléfonos desde que perdí el móvil y no me compré otro y aunque había estado en la casa varias veces tuve que consultar la dirección para distinguirla de las demás. Había una chica en el jardín, estirada en una tumbona. Tenía los ojos cerrados como si sestease e iba en bikini, los tirantes caídos para evitar marcas. Puse una mano en la verja de la entrada, muy caliente por el sol, y dije: Hola.
La chica levantó la cabeza, parpadeando. Hola, dijo.
Qué tal, dije.
Ella se subió los tirantes del bikini con los pulgares y se apoyó sobre los codos.
¿Eres el amigo de Juan?
Creo que sí.
Pasa, está abierto.
Empujé la verja y entré en el jardín. La chica se sentó en la tumbona y se calzó unas sandalias. Nos llamó hace un rato diciendo que venías, explicó. Ven, vamos.
La seguí al interior de la casa, mirando su espalda. Era una chica mona, le sentaba bien el bikini, y tenía el pelo aclarado por el sol. Dentro, por contraste, hacía un poco de frío. En el salón dejé mi mochila, mi pesadísima mochila, en el suelo y eché un vistazo alrededor. Me fijé en un par de focos en una esquina. El resto seguía igual, pulcro, impersonal, las estanterías llenas de bestsellers de hacía un lustro y hasta dos, los sillones y el sofá, la mesita de cristal con su par de ceniceros, la chimenea que sólo se encendía cuando los jipis trasnochados se ponían místicos y nostálgicos con periódicos y revistas que ardían un momento y luego nada, porque los troncos apilados con los atizadores eran de pega. Sólo la tele era nueva, más grande, más plana, más cara, más susceptible de que alguno de los bienintencionados y aborrecedores de la propiedad privada amigos de Jack se la llevara un día metida en un saco.
Tenemos un problema, dijo la chica.
Qué.
Bueno, a ver, es que no hay habitaciones libres. Lo tenemos todo copado. Puedes dormir en el sofá, si no te importa...
No me importa, dije, sentándome en dicho sofá. Es más cómodo que todas las camas que he tenido en la universidad.
La chica sonrió. Oh, perdona, dijo. Yo me llamo Silvia.
Se inclinó un poco hacia mí, esperando un gesto, un par de besos, un apretón de manos quizá, mi nombre, pero yo me limité a quedarme sentado, sosteniéndole la sonrisa y la mirada hasta que ella se azoró y dijo: Bueno...
Señalé los focos de la esquina. ¿Y eso?
Es para la peli, dijo ella, todavía desconcertada.
¿Estáis haciendo una película?
Sí... Hizo por recuperarse un poco. A ver, te cuento, dijo. Es una película para adultos, lo digo para que no te sorprendas cuando...
¿Una porno?
Intentaba actuar con naturalidad, pero se puso un poco colorada.
Algo así.
Algo así, no. O es o no es.
Es, dijo. La chica me sonrió. Saqué el paquete de cigarrillos y le ofrecí uno. Lo cogió y se sentó en uno de los sillones. Le pasé el mechero y luego me encendí uno. ¿Dónde están los demás, el equipo?, pregunté, porque en la casa no había ni un ruido.
Están haciendo una escena en la playa. Vamos, en una cala que hay a unos kilómetros, que no va nadie.
Y qué haces tú en la peli, si no es indiscreción preguntar.
Ella rió. No, qué va. Soy ayudante de dirección. No sé qué esperaba que fuera lo que tenía que hacer, pero lo que hago es encargarme de que todo el mundo tenga su bocadillo, de que todo el mundo esté en el mismo sitio a la misma hora, alguna reserva de hotel. La logística más tonta, vamos, lo que vaya saliendo.
Me señaló con el cigarrillo. Esperar a algún visitante inesperado, añadió.
Levanté las manos. Eh, lo siento.
No me he perdido gran cosa. Cuando ruedan es bastante aburrido. De todas formas, voy a ir ahora, tengo el coche ahí fuera.
Tenía una sonrisa bonita en un rostro nada especial. Me gustó cómo fumaba. No podría describirlo ahora, pero hay chicas que fuman bien y chicas que fuman mal. Ella fumaba bien.
¿Cómo te has metido en esto?
Ella se encogió de hombros. Estudio cine, dijo. Conocí al director y me pareció que podría aprender algo.
Eso me intranquilizó un poco, porque una estudiante de cine seguramente tendría inclinaciones artísticas y una chica con inclinaciones artísticas es la manera más sencilla de conseguir que me arroje por una ventana. Los tipos artistas me resultan insoportables, pero una chica artista es peor porque a lo mejor llego a querer tirármela y eso sí que es jodido. Las tonterías que hay que escuchar, las tonterías que hay que decir, los lugares comunes que hay que transitar. Prefiero mil veces una chica que no haya tocado un libro en su vida a una que haya leído dos o tres, o una docena, y se crea que tiene algo que decir al respecto.
La chica, Silvia, apagó el cigarrillo en el cenicero y dijo: Me tengo que ir. Vendremos esta noche. Mira, al lado de los rosales hay una piedra falsa y debajo la llave de la casa, sabes, usa eso para entrar, pero déjala siempre ahí, porque nosotros también la utilizamos.
De acuerdo.
Silvia se levantó, se despidió y salió del salón. Me acerqué a la ventana. Tenía la ropa junto a la tumbona y miré cómo se ponía una camiseta y unos pantalones cortos sobre el bikini y luego salía por la verja. Pensé que ver vestirse a una chica también tiene encanto, como verla desvestirse, aunque diferente, claro, muy diferente. Pensé que ver a las chicas hacer cosas, la mayor parte de las veces, siempre tiene encanto.
Volví al sofá y me tumbé. Encontré el mando de la tele, la encendí y estuve viendo vídeos musicales un rato, canciones que no conocía de cantantes que no conocía. Bostecé un par de veces, fumé otro cigarrillo, me aburrí mortalmente. Estaba demasiado cansado para hacer otra cosa. En las últimas dos semanas había hecho unas cincuenta horas de autobuses, trenes, coches, incluso de tartana, un rato, en un pueblo del norte de Cáceres, yendo de aquí para allá, dando vueltas, moviéndome lo más deprisa que podía sin motivo aparente, de piso de colega en piso de colega, presentándome sin avisar y oliendo a coyote muerto, el pelo revuelto y mi mejor sonrisa de caradura. Cientos de kilómetros. Miles, quizá. Y ahora estaba aquí, en la playa. Al pensarlo, me vino el olor a mar. Probablemente imaginado, pero inconfundible, salino, fragante, podrido. Eso me decidió. Saqué la llavecita de los candados del bolsillo del pantalón y abrí la mochila, rebusqué hasta dar con mi par de chanclas, mis bermudas de palmeras y mi camiseta de surfista, una camiseta naranja, que me queda grande, con un garabato dibujado en el pecho y la desconcertante frase, escrita muy pequeña y con caracteres de vieja Smith-Corona: My shirt is stained but my soul is pure. Ni una cosa ni otra, amigo, pienso cada vez que me la pongo. Ni una cosa ni otra.
Me fui a la playa. Todavía no era temporada alta y no había mucha gente. Unos niños, unos abuelos, alguna pareja perdida. Hacía buen tiempo y hacía mil años que no veía el mar. La última vez que estuve en la casa, año y medio antes, ni me había acercado. Estaba en plan impertinente, recuerdo, y todo me parecía asqueroso, horrible, insoportable, el mar, la playa, el mundo. Me limité a encerrarme en la habitación que me adjudicaron con una botella de whisky y a ver pasar las horas. Jack venía de vez en cuando, se sentaba en la cama y me contaba cosas, o se las contaba al guiñapo alcoholizado que vegetaba allí, sus cosas, sus historias, a quién se tiraba, a quién quería tirarse, especulaba sobre a quién quería tirarme yo y sobre quién querría tirárseme a mí. Por aquel entonces acababa de dejarme una novia artista que tenía. La novia de Jack también era artista, eso decía ella, y le hice jurar que iba a dejarla, porque las novias artistas eran lo peor, una plaga, un castigo, el más terrible de los suplicios, y Jack me dijo que sí, que sí, claro que sí. La dejó un par de meses más tarde, pero no creo que fuera por nada que yo dijera.
Me relajó el mar. Tanta agua, tanta arena, tantos bichitos nadando. Me relajó porque ya no estaba en plan impertinente. Me senté en el murete que delimitaba el paseo marítimo y me fumé medio paquete de cigarrillos, mirando los cambios del cielo, el avance de la marea. Cuando me superó estar tan relajado, ya de noche, me metí en un chiringuito del que brotaba música estridente y comí pescado frito y bebí cerveza. Todo el mundo allí estaba muy moreno o muy rojo. Sentado en un taburete me dediqué a mirar a un par de chicas que bailaban, con escotes pronunciados y faldas muy cortas, pulseritas en las muñecas, sandalias que se ataban por encima de los tobillos. Una era rubia y la otra morena. La rubia tenía el pelo muy corto y la morena tenía una melena suelta que se movía con el baile. Bailaban entre ellas y eran las únicas que bailaban. Pedí más cerveza y observé con ojo crítico la palidez cadavérica de mis brazos, el vello que parecía jaspeado por un rotulador de punta fina, el rugoso azul de las venas en el dorso de las manos. La chica morena se dio cuenta de que las miraba y empezó a mirarme también, una vigilancia de reojo que se suspendía cuando yo iniciaba la mía, ojos que nunca se encuentran. Cuando ella me miraba yo bebía de la cerveza y fumaba poniendo cara de interesante, y cuando yo la miraba ella hacía como que no se daba cuenta y bailaba con más desparpajo, sacudiendo el pelo, meneando las caderas. Llevaba casi una hora allí, la morena cuchicheaba con la rubia y ahora las dos me miraban y se sonreían y yo seguía pidiendo cervezas y pensando en qué momento pasa un tipo que bebe solo de parecer interesante a parecer triste y ridículo, preguntándome si yo ya habría pasado ese rubicón o si estaba por pasarlo.
Dos tipos con pinta de puretas de vacaciones, relamidos y sin duda tristes y ridículos, intentaron acercarse a ellas. Llegaron, las saludaron, las besaron, y medio las arrinconaron contra la barra. Ellas aguantaron el chaparrón, asentían a lo que ellos decían por cortesía, pero con muestras claras de desinterés. La morena se escabulló hacia mi lado de la barra y llamó a un camarero para pedir un par de copas, ron con coca cola. Me miró de reojo y yo la miré de reojo y ninguno dijo nada. La morena llamó a la amiga, que se zafó de sus pretendientes para coger la copa, y se fueron bailando al otro extremo del chiringuito. Los tipos mantuvieron unas amplias sonrisas de comemierdas, como preguntándose qué había fallado. Hijos de puta, pensé. Ahora no tengo ángulo para mirarlas.
Pasado un rato apagaron las luces del chiringuito y luego volvieron a encenderlas y la música bajó de volumen hasta desaparecer. Apuré un último trago de cerveza, una calada más en el cigarrillo, y me giré en el taburete para mirar el éxodo. La morena y la rubia desfilaron para mí, con sus vestidos mínimos de verano, con sus pulseritas y sus sandalias. La morena se había recogido el pelo en una coleta, estaba un poco sonrojada por el baile, encantadoramente sonrojada, y pude adivinar, con total claridad, su rostro postcoitum, incluso la coleta era como las que se hacen las chicas la segunda o la tercera vez que te acuestas con ellas y ya todo está claro, certificado y seguro y pueden preocuparse más por la comodidad que por tener buen aspecto. El caso es que miré a la morena y la morena me miró a mí y me sonrió, una finísima película de sudor brillaba en su nuca, sudor sexual, o sustituto del sudor sexual, y no era una sonrisa de invitación o de reto, si no más bien de reconocimiento, como un encogimiento de hombros, de tú estabas ahí y yo aquí y no ha pasado nada, podría haber pasado, podría haber existido, podría haberse escrito este momento de otra manera, y ya nunca será, será con otros y será con otras pero no será con nosotros porque es tarde y es de noche y ya estoy muy cansada y tú muy borracho y tampoco estoy muy segura de haber querido que te acercases y por eso no me acerqué yo, pero siempre lo recordaré, recordaré este momento, esta oportunidad perdida, y cuando digo siempre quiero decir durante los próximos cinco minutos, solitario desconocido. Todo eso decía su sonrisa, o a lo mejor no. Yo qué sé. Pero me miró y me sonrió y los idiotas como yo recordamos estas cosas más de cinco minutos.
La suela de mi chancla izquierda se estaba desprendiendo y de vuelta a casa hacía un sonido curioso, como de momia coja persiguiendo a un arqueólogo, por la acera espolvoreada de arena. Bajo la luz de las farolas me dediqué a darle patadas a las piedras ornamentales junto a los rosales hasta que di con la piedra falsa y cogí la llave. Abría la puerta y volví a dejarla en su lugar. Entré en la casa, de puntillas. Había un rumor de gente dormida en el piso de arriba. Una tos, un par de palabras, unos pasos, la cisterna que se vacía. Me senté en el sofá, abrí los candados de la mochila y desenrollé el saco de dormir. Luego busqué entre los calzoncillos y saqué el revólver. Era un 38, con la culata de madera, llena de arañazos, y raspones grises en el cañón negro donde se roza, donde se había rozado muchos años, al enfundarlo y desenfundarlo. Miré el arma en mi mano, sopesándola. Abrí un bolsillo lateral de la mochila y saqué la única bala que tenía, una bellota dorada, un corpúsculo de plomo y acero latonado y corazón de pólvora. Metí la bala en el tambor y lo hice girar un par de veces, sin mirar, como distraído, y lo cerré de una palmada. Me puse el revólver en la cabeza, el cañón en la sien, lo amartillé, apreté el gatillo y el percutor bajó e hizo tac contra una recámara vacía, no muy fuerte ni muy dramático, y bajé el arma. Abrí el tambor, saqué la bala, guardé la bala en su bolsillo lateral y el revólver entre los calzoncillos, eché los candados y me metí en el saco de dormir. Me sentía muy cansado, me sentía terriblemente cansado.

Al día siguiente desayuné con Silvia y con el cámara de la película, un chaval muy joven, que me cayó bien porque no tenía ni un rastro de inclinación artística, era más bien prosaico. Desayunamos en la cocina, tostadas y café. Una chica se paseaba en albornoz de un lado para otro, como si no supiera dónde meterse, era rubia y muy alta y tenía un marcado acento del este, se lo noté cuando dijo buenos días, porque no dijo mucho más.
Lo chungo, decía el cámara, es que sólo tenemos una cámara, una cámara digital, y hay que rodarlo todo tres veces por lo menos.
La película se llamaba Bitch´s days y, aunque casi toda la película estaba rodada en Madrid, el clímax había de ser playero y sudoroso. El director era amigo de Jack. Juan, lo llamaron. Arriba estaban rodando, en la habitación principal. Los focos borrando sombras inconvenientes de los cuerpos y sus pliegues, la cámara dispuesta, actores en albornoces. Había subido a echar un vistazo y me habían presentado al director, un tipo con el pelo cano y gafitas que tenía un montón de inclinaciones artísticas y que me cayó fatal. O más bien primero me cayó mal, algo indeterminado en su apretón de manos y su cortés insistencia por conocer mi nombre, y luego le atribuí las inclinaciones artísticas para justificar mi aversión. Iban a rodar unos primeros planos, de caras pensé al principio y luego me corregí yo solito, y cuando uno de los actores se quitó el albornoz y empezó a sacudirse los atributos que lo habían llevado al mundo del porno, algo que vi con mucha más nitidez de lo que me hubiera gustado, me largué de la habitación. Dichos atributos, tengo que decirlo, eran, más que grandes, aterradores, y lampiños por exigencias del oficio.
Después de desayunar salí al jardín de atrás y estuve chapoteando en la piscina. Era una piscina para viejos y niños, poco profunda, ni dos metros en su parte más profunda, y con unos escalones azules en la parte panda que imposibilitaban nadar en condiciones. Casi mejor. Encontré unas latas de cerveza en el frigorífico de la cocina y me senté en esos escalones a tomar el sol, mojado hasta la cintura, bebiendo y fumando y pensando en mis cosas que no eran muy interesantes. Podía quedarme a ver el rodaje o podía no hacerlo. Podía ir a la playa o podía no hacerlo. Y no había muchas más opciones. Empecé a fantasear un poco, aburrido. Imaginé que de repente uno de los actores fallaba y necesitaban un sustituto. Me lo pediría Silvia, atribulada, como un favor, y yo accedería a hacer la sustitución, por su sonrisa bonita, por cómo fuma. Al principio, los primeros minutos, mi timidez sería un problema, pero me sobrepondría y haría mi escena como dios manda, quizá con la chica rubia y alta, y todos se quedarían impresionados, no por mis dimensiones físicas, que no iban a impresionar a nadie y menos en esta industria, pero sí por mi vigor, por mi vibración, por mi impetuosidad, mi apabullante actuación, un talento natural para el porno que nunca habría sospechado saldría a flote, y me pedirían otra escena y me llamarían para la siguiente película y a todo el mundo se le descolgaría la mandíbula, pero quién es ese chaval, qué es lo que tiene, qué es lo que hace, y me labraría una fulgurante carrera en el mundo del porno, de película en película, de festival en festival, sería acogido en Los Ángeles como una gran estrella, apreciado por todos por mi habilidad, mi profesionalidad, mi genio. Eso sí que daría sentido a mi vida, un objetivo. Ser el mejor de todos los tiempos. El chaval que lo cambió todo, dirían. Por él somos lo que somos.
Fue una ensoñación divertida, sobre todo cuando llegué a la parte de confesarle a mis padres a qué me dedicaba. Ese deportivo que veis fuera, les decía, lo paga el porno. Y la casa en Miami, y los regalos que os hice en navidades. Y habría lágrimas maternas, consternación paterna, y al final un abrazo conciliador, comprensivo. Si eres feliz, dirían, dedícate al porno, hijo. También me echaría una novia, supuse, a la que al principio le haría gracia mi oficio, Silvia quizá, pero que luego me pediría que lo dejase por ella, porque no podía soportarlo más, verme con tantas mujeres, verme en tantas películas. Ámame o déjame, le diría en una muy dramática escena. Pero no intentes cambiarme. Y ella lloraría y lloraría y me abandonaría, abandonaría nuestra casa en Miami, y yo saldría a mirar el enorme océano en el crepúsculo, solitario y maldito, barcos lejanos en el horizonte, y pensaría: Mi pecado, mi penitencia.
Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme a carcajadas. Salí de la piscina, me sequé, cargué con las latas vacías y las colillas para tirarlas a la basura, y me llevé mi mochila al cuarto de baño de abajo para lavar unos calzoncillos sucios en el bidé. Al terminar los colgué de la barra de la cortina de la ducha y me pregunté si los del mundo del porno serían muy ladrones, y luego pensé que quién iba a querer robar unos calzoncillos mojados. Tanto viaje y tanta incertidumbre me estaban volviendo paranoico para según qué cosas. Me duché también, antes de colgar los calzoncillos, y me puse otra vez los vaqueros y una camiseta menos surfista. Saqué la bala del bolsillo de la mochila y la estuve mirando un rato. Me la guardé en el bolsillo del pantalón. Porque era una bala y un talismán y un talismán no puede estar mucho tiempo en el mismo sitio sin que se agoste, se marchite y pierda fuerza. Necesita moverse, necesita estar con su propietario. Para protegerlo o para condenarlo. De otra manera sería sólo una bala y una bala podría disparárseme cualquier día en la cabeza.

Pasé la tarde dando vueltas por el pueblo, por el paseo marítimo, y volví a comer pescado frito, con una ensalada antes, en una tasca que olía muy fuerte, pero sin llegar a molestar, a marisco. Servían una cerveza muy fría y muy buena y me bebí una jarra entera. Como ya no se me ocurría nada más que hacer me metí en el cine del pueblo y vi una película que iba de chicas jugando al voleibol en bikini que también eran expertas en artes marciales y peleaban con espadas y se daban patadas a cámara lenta que mostraban cada una de sus turgencias con todo detalle. Fue una hora y media muy bien aprovechada por mi parte. Después fui al chiringuito de la noche anterior pero ya no había chicas bailarinas que mirar. Pedí whisky con seven up, me bebí tres. Acabé en la playa, de noche, sentado en la arena. En el silencio nocturno, sólo un rumor de música de los chiringuitos y los bares muy lejos, el oleaje tronaba. Una y otra vez, la tormenta blanca de las olas, la espuma refulgente, rodaba por la playa. Qué onomatopeya sería, me pregunté. Bruuum. Brum, y un siseo. Bruuum, ssshhh. Algo así. Pero no es eso. Y de vuelta a casa, mi chancla izquierda en el asfalto arenado, haciendo ras. Raas. Raas. Voy a cogerte, amigo, voy a cogerte, aunque sea una momia artrítica, y esté cojo y sólo pueda extender los brazos como un imbécil, porque esta pirámide está llena de pasadizos secretos y callejones sin salida y yo estoy muy cabreado, llevo miles de años cabreado, y ahora las vas a pagar todas juntas, arqueólogo, con tu modelito de explorador caqui y tu té de las cinco.
Mientras intentaba identificar la piedra falsa entre las reales me percaté de que por la ventana del salón salía el resplandor azulado de la televisión. Al rato se abrió la puerta de entrada y Silvia se apoyó en el quicio, un cigarrillo en una mano, una lata de cerveza en la otra. Qué haces, dijo.
Busco la llave.
Está ahí, en los rosales, no en los cactus.
Ah, vale, dije, encaminándome a los rosales y cogiendo la piedra falsa. Con la piedra en la mano me di cuenta de que la puerta estaba abierta y la dejé caer. Joder, mascullé.
Pasa, anda. ¿Estás borracho?
Estoy muy lejos de estar borracho, dije.
Silvia me dejó pasar. Llevaba sus pantalones cortos y una camisa o una blusa de color azul. Iba descalza. En el salón parpadeaba la luz del televisor. Qué tal el día, pregunté.
Bueh, dijo ella. Rodando. Haciendo bocadillos.
No hay negocio como el negocio del espectáculo, ¿eh?
Ya ves, dijo. Dio un sorbo a la lata, una calada al cigarrillo.
No puedo dormir, dijo.
La cerveza es un somnífero pésimo, le dije. Me derrumbé sobre el sofá. Todavía se notaba el calor en el lugar que ella había ocupado.
Es lo único que había.
¿Es mi cerveza?
Silvia me miró y miró la lata. No sé, estaba en el frigorífico.
Entonces es mi cerveza.
No sabía que la habías comprado tú, perdona.
No, no la he comprado.
Silvia fue a decir algo y luego frunció el ceño y dijo: Eres un poco idiota, ¿no?
Algo se habla.
Silvia se sentó en un sillón y cruzó las piernas, sus piernas desnudas y morenas y acariciables, y lució su bonita sonrisa en su rostro anodino. Idiota, insistió.
Me debes una cerveza.
Ella negó lentamente con la cabeza. Era la última que quedaba, dijo.
Me rasqué la cabeza. Pues a ver qué hacemos.
Ella volvió a beber y a darle una calada a su cigarrillo.
¿Qué se te ocurre?
Me encogí de hombros. Muchas cosas, dije. O muy pocas. No sé. No son horas para pensar.
Silvia me miró y luego giró la cabeza como si se mirase las manos ocupadas, pensando, y dijo: Espero que no estés pensando en sexo.
Y, lo crean o no, yo no estaba pensando en sexo hasta ese momento.
Eh, yo no digo nada, argüí. Evalúo la situación. Hay una deuda, un pago pendiente, poco más.
Una calada al cigarrillo, un último trago a la lata, una mirada pensativa. Ella sí que estaba evaluando la situación, midiendo urgencias, contrastando reparos, tomando una decisión.
¿Y qué hacemos?, preguntó.
Lo que quieras. Yo aquí estoy.
No, aquí no, dijo. Esto es el salón, joder.
¿Las habitaciones?
Comparto habitación con dos de las actrices.
Oye, no van a ver nada que no...
No sigas por ahí, me interrumpió. Dejó la lata en la mesita de cristal, apagó el cigarrillo. No pienso hacerlo aquí.
Bueno, pues...
Tengo el coche ahí fuera.
¿En el coche?
Es lo que hay.
Por mí vale, dije, y la verdad es que no me importaba mucho el dónde. Ni si pasaba o no. Sólo estaba ahí, tumbado en el sofá, jugueteando con la idea, y ella ya estaba improvisando la logística.
Entonces qué, dijo ella.
Me incorporé en el sofá, me estiré un poco. Joder, vamos, dije.
Ella sonrió, de repente un poco nerviosa, y dijo: Espera, espera.
Salió del salón y subió por las escaleras, un golpeteo rápido de pies desnudos.
Yo cogí la lata que había dejado en la mesita, la agité, calculando el contenido, y apuré un trago desbravado y tibio de cerveza. Ella tardó lo que dura un cigarrillo en bajar, un bolso al hombro y calzada, sus sandalias. Sonreía.
Venga, vamos, dije, yendo hasta ella y tomándola del codo para hacerla salir de la casa. Fuera seguía reinando el silencio nocturno, un coche lejano, un zumbido de insectos en las farolas, y bajamos por la calle. Es ése, dijo ella. Señalaba un coche verde botella, pequeño.
¿Mejor aquí que dentro?, dije.
Oye, ¿quieres o no?
Me encogí de hombros. Allá tú.
Volví a tomarla por el codo, la acerqué e intentamos el primer beso. Fue un beso pésimo, el peor que he dado, tardamos un montón en sincronizarnos, en cogernos el pulso. Su boca hedía a tabaco y no era nada agradable. Como lamer un cenicero. La mía sabrá incluso peor, pensé. Me empujó contra el capó del coche, me pasó las manos por la espalda. Yo le puse los dedos en el mentón, para inmovilizarla un poco y besarla como dios manda. Joder, ni que fuera el primer beso que daba en su vida. Nos separamos, ella buscó en su bolso las llaves del coche. Montamos en el coche.
¿Adónde vamos?
No lo sé, espera.
Arrancó, callejeamos, encendí un cigarrillo. Ella intentaba parecer relajada, despreocupada. Qué raro, ¿no?, dijo.
No sé, ¿por qué?
Bueno, hacer esto, yo qué sé, no es...
No dijo más.
Llegamos a una calle cortada, junto a un descampado en obras. Las farolas estaban apagadas, la puertecita de la base abierta, mostrando el cableado como una maraña de tentáculos rígidos y muertos. Pasamos al asiento de atrás. Los besos mejoraron un poco. Me sacó la camiseta, me desabrochó los pantalones y levanté el culo para bajarlos a los tobillos. Ella se apartó un poco y se desvistió por su cuenta. El alcohol me pasó factura pero conseguí estar a la altura de la situación. Ella me tocó, me palpó, y sacó una tira de preservativos de su bolso, que sospeché hurtados a la película, y me puso uno con menos delicadeza de la indicada.
Eh, cuidado, dije. Que no es un palo.
Intentamos varias posturas, ninguna cómoda, ninguna fácil. Al final, ella encima, yo debajo, las rodillas contra los asientos, el cuello doblado dolorosamente en el respaldo, inmovilizado. Ella tuvo que hacer todo el trabajo, yendo y viniendo, esforzándose. Yo la agarraba por las caderas como si la quisiera, como si quisiera tenerla muy cerca. No sé cuánto duró, me distraje un poco. Pensé en la estación de autobuses a la que pronto tendría que ir, en los paneles de llegadas y salidas, las dársenas numeradas, las listas de precios. Se me estaba agotando el tiempo en la playa y no sabía adónde iría después. A cualquier sitio menos a casa. En cualquier dirección menos en la dirección de vuelta. Pensé en aviones. Tenía un amigo en Alemania. Europa. Un dolor en la cadera me trajo otra vez al coche. No puedo más, decía ella. No puedo más. Pero siguió todavía, siguió hasta que desfalleció, se quedó entre mis brazos, agotada, y yo la abracé y besé su hombro y acaricié su espalda, imaginando, me temo, que era otra a la que abrazaba.
Por fin, se desasió y se apartó. Flotaba ese olor en el coche, muy fuerte. Es igual en todas, pensé. Digan lo que digan, es igual en todas.
Me saqué el preservativo, bajé la ventanilla y lo tiré a la calle. Me subí los pantalones y abrí la puerta. Me alejé hasta una farola, desnudo de cintura para arriba y tiritando un poco, y oriné. Amanecía, una luz gris y dispersa. Hacía frío y había una niebla extraña, impropia, rocío en la maleza del descampado. Volví al coche a ponerme la camiseta. Ella se estaba vistiendo. Qué raro, dijo. Hacer esto. Qué raro. Creo que estaba un poco saturada de ver tanto sexo y no hacer nada, explicó, se explicó, se justificó, no para mí, para ella misma.
No le hice mucho caso, estaba despistado, pensando en una conversación que tuve con Jack, hace unos años, sobre acostarse con gente. Sobre follar, vamos. Él decía que necesitaba parejas que le enseñasen cosas, o que las quería, no recuerdo bien. Yo decía que a follar se aprende solo, aunque necesites a otra persona. Hay parejas que nos hacen mejores amantes, eso sí, pero follar conlleva un aprendizaje solitario y distante, la peor de todas las soledades, porque se padece acompañado. Jack no estaba de acuerdo. Algunas de las amantes de Jack me habían confesado, un poco borrachas, que no lo hace nada mal, lo que sea que les hace cuando están solos. No tengo ni idea de lo que dicen mis amantes de mí cuando se emborrachan.
Silvia sacó de su bolso un paquete de cigarrillos y hachís envuelto en un chivato y se puso a liar un porro. ¿Quieres?, preguntó.
No.
Encendí un cigarrillo. Ella empezó a hacerme preguntas, de dónde era, dónde vivía, esas cosas. Demasiado cansado como para inventar le dije que vivía en Madrid. Ella también. Insinuó algo sobre intercambiar teléfonos, sobre seguir viéndonos. No dije nada al respecto, pero me saqué la agenda del bolsillo y el lápiz reducido que aprieto entre sus páginas y apunté un número al que no pensaba llamar. Le expliqué que no tenía teléfono. ¿Por qué?, me preguntó. Lo perdí. ¿Por qué no te compras otro? Para qué, respondí.
Oye, ¿qué es esto?, dijo. Cogió algo del asiento, lo mostró entre el índice y el pulgar.
Ah, es mi bala, dije.
¿Tu bala?
Se la cogí de entre los dedos y la devolví al bolsillo con la agenda.
¿Por qué tienes una bala?
Es un talismán.
Silvia encendió el canuto y dio una calada, mirándome.
La encontré entre las cosas de mi padre, cuando murió.
Oh, dijo ella.
Fue hace un año, le dije. Estaba en una caja de zapatos. La caja de zapatos estaba llena de cosas de mi madre. Fotos, cartas, una cajita con unos pendientes. Mis padres se separaron cuando yo era pequeño. No sabía que mi padre guardaba esas cosas. También la bala y otra cosa. Pero eso no era de mi madre.
¿Qué otra cosa?
Un revólver.
Vaya, dijo. Silvia se miró las rodillas y el humo que le salía de la boca y yo le di caladas al cigarrillo, en silencio.
Terminé el cigarrillo, lo tiré por la ventanilla y dije: Tengo un amigo que está loco.
Ella me miró, amagó una sonrisa. ¿Jack?, preguntó.
No, no Jack. Jack es muy lúcido, a su manera. Otro amigo, loco de verdad.
Ya...
Silvia se revolvió en el asiento, incómoda. Le dio caladas nerviosas al canuto, como queriendo acabarlo, como si en el canuto estuviera contenido el tiempo que iba a concederme, el tiempo que me debía por el polvo, y quisiera liquidarlo cuanto antes.
Este amigo intentó suicidarse, proseguí. Se metió veinte antidepresivos en el cuerpo y media botella de vodka. Casi la palma. Lo encontró su novia, su ex novia de hecho, y llamó a una ambulancia. Ahora está en un manicomio, pero nadie lo llama manicomio. Lo llaman centro, lo llaman institución. Pero es una puta casa de locos. Fui a verlo, el año pasado. Creo que esperaba encontrármelo en bata, babeando y con cicatrices de lobotomía. Pero qué va. Estaba más gordito, con el pelo más largo, y en chándal. Me gorroneó cigarrillos. Estuvimos charlando en un jardín, sentados en un banco de piedra. Era un sitio bonito. ¿Sabes qué me dijo? Que no había intentado suicidarse.
Ah, ¿no?
Silvia se encogía contra la puerta, y me miraba con los ojos muy abiertos, ojos que querían cerrarse de sueño y por el hachís, me miraba como si estuviera asustada.
Decía que no quería matarse, que no le pasó eso por la cabeza. ¿Fue un accidente?, le pregunté. No, dijo. Ni mucho menos. ¿Entonces? Se quedó un rato callado. Me dijo que no le gustaba hablar de eso, porque cada vez que lo hacía le subían la medicación y estaba más lejos de salir del centro. Yo no soy un loquero, le dije, y eso que no quería que me lo contase. No quería. Sabía que no quería oírlo. Que no iba a dejar de darme vueltas. Se lo pensó un rato más y me dijo que lo que quería hacer era pasar por el ojo de la aguja. No quería matarse. Quería hacerse pequeño, muy pequeño, pequeñito, y deslizarse al otro lado con limpieza. Qué otro lado, le pregunté. Este mismo, dijo, pero desde el ojo de la aguja. Hacerse tan pequeño que sólo pudiera pasar él y nada más. ¿Lo conseguiste?, le dije. Abarcó el jardín, el manicomio, los loqueros, los locos, con un gesto del cigarrillo y dijo: Estoy aquí, tío, esto no es el mundo. Creo que es el ojo de la aguja en sí mismo.
Silvia tiró el canuto por la ventanilla, más de medio canuto, y dijo: Estoy cansada, vámonos.
Como si no la oyera, dije: El ojo de la aguja. No dejó de darme vueltas. No dejé de pensar en ello. Me despertaba por las noches y me acordaba de él, con su chándal y su pelo largo, diciendo que quería pasar por el ojo de la aguja. Pensé que tenía que encontrar mi manera de hacerlo, de volverme tan pequeño. Pensé que los dos estábamos igual de locos. Pero lo seguí pensando, pensando en una manera de hacer eso. Es como devolver las cosas a su contexto, entiendes, de darle a todo la perspectiva que merece. Como ser consciente de lo frágil que es todo y moverte en esa fragilidad. Si te piensas que las cosas son fuertes, que son inamovibles, te vienes abajo cuando todo se rompe. Porque todo se rompe. Tarde o temprano se te acaban las recámaras vacías.
Silvia abrió la puerta y salió a la calle y volvió a entrar para sentarse al volante. Estoy muy cansada, dijo. Vámonos.
Sí, vamos, dije. Me quedé en el asiento de atrás.

Era el último día que pasaban en la playa. Rondé por el rodaje, alma en pena y resacosa, mientras hacían las últimas escenas en el salón y en la parte más recoleta del jardín trasero. Un rollo bastante aburrido. Pasado el primer impacto era como ver a gente hacer cualquier otro trabajo. Embalar paquetes, apretar tuercas, cargar maletas. Mecánico, funcional, desapasionado. Profesional. Ayudé a recoger cosas, a desmontar focos, a enrollar cables. Empezaron a caerme bien y sentí que se fueran, pero también sabía que era porque se iban y ya podía desentenderme de ellos y seguir a lo mío. Silvia estuvo distante y se despidió de mí con un par de besos, supongo que arrepentida de haberme dado su número. Miré los coches que se iban yendo desde el jardín, apoyado en la verja caliente de sol, y luego me eché en la tumbona, sin camiseta, y dejé pasar el rato. Dentro de la casa, un poco insolado y en el silencio absoluto, abrí los candados de la mochila y saqué el revólver, pensando en lo pesado que era y lo fácil que me había sido manipularlo desde la primera vez, consecuencia de ver tantas películas y leer tantas novelas policíacas. Empezó a sonar un teléfono. Venía del piso de arriba. Recorrí las habitaciones y en la principal estaba el teléfono, timbrando en la mesilla junto a la enorme cama donde unas horas antes cuatro personas, sobre sábanas de seda negra, habían fornicado para las cámaras. Me senté en la cama, sábanas de lino blanco ahora, y descolgué el auricular.
¿Sí?
Eh, dijo Jack. ¿Quién eres?
Yo.
Ah, vale. Sigues ahí, bien.
¿Dónde estás?
En Bratislava. ¿Estás solo en la casa?
Ahora sí. Ya se han ido los del porno.
¿Los del porno?
Estaban haciendo una peli porno en tu casa, Jack.
Anda, no sabía que era un peli porno. Igual me lo dijeron, pero pensaba que era coña.
Todavía tenía el revólver en la mano y lo usé para rascarme detrás de la oreja.
Te llamo para ver si puedes estar pendiente de un chaval que va a llegar esta tarde, un alemán. Buena gente. Lo conocí en Berlín.
Claro, sin problema, dije, mirando el cañón del revólver.
Bueno, cuéntame, dijo. ¿Alguna novedad?
No, dije. Nunca pasa nada los días de playa.

6 Comments:

Anonymous Enfant Terrible said...

C'est magnifique!

24 marzo, 2007 12:45  
Blogger miguel de lucas said...

A veces me da que hasta usted tiene inclinaciones artísticas.

Y entonces me echo a temblar.

24 marzo, 2007 15:00  
Anonymous vil-mendez said...

Inclinaciones artísticas = buttfuck.

Este hombre es un Neal Cassady, que era un artista pero no.

24 marzo, 2007 19:44  
Anonymous Alvy Singer said...

Un final magnífico. Muy casi, diría beckettiano. Es que a mi los cuentos con palabras como Jack y pistola ya me enamoran.

25 marzo, 2007 18:00  
Anonymous Anónimo said...

Como ya te dije: pasa de todo sin pasar nada, como aquí, que tenemos días de playa todos los días y pasa de todo -por la cabeza- porque nunca pasa nada...
Besets

26 marzo, 2007 13:46  
Blogger Elendaewen said...

Las cosas de diario que no se cuentan...
Saludos.

31 marzo, 2007 15:07  

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