La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, marzo 20, 2007

las muchas luces y los cielos oscuros

Una vez Violenne dijo: Lo que me gusta de Dani es que, debajo de esa pinta de huerfanito cabreado, se está riendo de todo el mundo. Y casi nadie se da cuenta.

Dani no soportaba a Violenne. A Violenne le hacia gracia y lo achacaba al síndrome del amigo desplazado. Pero no era eso.

Hay muchas cosas que la gente no sabe de Dani.

Para la gente Dani es un tipo demasiado flaco y demasiado rubio, hosco, malhumorado, que va en chándal, que habla poco y cuando lo hace es lacónico, cruel y ácido. Dani es una de esas personas en que la inteligencia se manifiesta de una manera tan obvia que repulsa e incomoda. No es su intención, pero tampoco le importa que sea así. Sus ojillos azules y acuosos parecen a ratos un pelotón de fusilamiento. No respeta a casi nadie y no busca que lo respeten. Su sentido del humor es críptico, inescrutable. Su amistad excluye confidencias, complicidades, y casi la conversación misma. Ser amigo de Dani consiste en beber y fumar en silencio la mayor parte del tiempo.

Esto es lo que se puede colegir de un conocimiento superficial del individuo.

Conozco a Dani desde los catorce años, hace una década. Dani tiene un hermano mayor y una hermana pequeña. Sus padres son dos personas amables y simpáticas que no entienden nada a su retoño.

Dani rechazó una beca para estudiar en Heilderberg. Hizo comentarios despectivos sobre todo filósofo alemán que se le pasó por la cabeza, de Kant a Nietzsche, e insinuó que merecían estar haciendo el paso de la oca en el infierno, ante un par de sus anonadados profesores que se habían acercado en la cafetería de la facultad a felicitarlo por la beca. Yo estaba allí, yo lo vi.

Dani pasa las tardes leyendo libros de filosofía en alemán sobre temas inescrutables, incluso más allá del idioma. No tengo ni idea de por qué no quiso aceptar la beca.

Sospecho que su canción favorita es Disco 2000.

Sé que su disco favorito es Ante todo mucha calma.

Su novela favorita es Moby Dick. Leyó una versión abreviada de niño y le pareció una mierda. Cuando leyó la versión completa fue como si se le cayeran las escamas de los ojos. Su otra novela favorita es Meridiano de sangre. Dos veces la ballena blanca. Todos los libros de J. G. Ballard que he leído me los ha prestado él.

La escena de los vómitos de Este chico es un demonio 2 le arranca lágrimas de emoción.

Dani es, cuando se relaja, la persona más ingeniosa y sabia que conozco.

Dani es mi mejor amigo. Yo soy el mejor amigo de Dani. Apenas nos soportamos. En los últimos siete años hemos compartido cinco pisos diferentes.

Una vez le dije a Palma que era una mierda que Dani no soportara a Violenne. Palma dijo que Dani probablemente estaba más enamorado de Violenne que yo.

Dani y yo nunca hemos hablado del tema.


El relato empieza con la descripción del hombre. Tiene unos cuarenta y cinco años, arrugas marcadas en el rostro de las que deja la risa frecuente o ciertos tipos de melancolía, una barba muy corta y el pelo salpicado de canas. Moderadamente atractivo. Es profesor de universidad, enseña física cuántica. Es una joven promesa que quedó en nada. Un par de artículos en revistas especializadas, un libro que no es lo bastante convencional ni lo bastante extravagante en sus teorías como para llamar la atención. Una cátedra en una universidad de provincias. Se casó, tuvo una hija, enviudó. La hija se llama como la madre. He aquí el hombre, al principio del relato. Tontea con una estudiante en el aparcamiento del campus. Se ofrece a llevarla a casa. Acaban en la casa de él. Beben whisky, charlan. Ella mira las fotos de la familia. La esposa muerta, la hija que en las fotos es una niña. Estudiará historia, le dice, orgulloso. Habla maravillas de la hija. Se acuestan, ella se enamora un poco. Bromean sobre la nota que tendrá que ponerle en el próximo examen. Él es extraño. Fuma mucho, bebe de más. Tiene teorías absurdas que sólo le confía cuando está borracho. Realidades paralelas, universos fantasmas, balanzas cuánticas que buscan equilibrarse. Habla mucho de su hija. Ella siempre acaba de irse cuando la estudiante llega. Él siempre le dice que le gustaría que se conocieran. Pasan los meses, nunca coincide con la hija. Él bebe cada vez más. Ella cada vez está más enamorada. La habitación de la hija le da escalofríos. La primera vez que entra, mientras él está en la ducha, empieza a sospechar algo extraño. Todo parece cuidadosamente desordenado. Las arrugas de la colcha en la cama, los apuntes sobre el escritorio, los libros de las estanterías. Pasa un dedo por la mesita de noche y retira una fina lámina de polvo. El polvo de una habitación que es limpiada pero no ocupada. La estudiante empieza a no dormir bien. Empieza a recibir llamadas de madrugada, desde números ocultos, desde cabinas telefónicas. Al otro lado, sólo una respiración. La estudiante empieza a hacer preguntas. Cómo murió tu mujer, dónde está tu hija. Él le cuenta una historia trágica, un accidente de coche. De ahí la cicatriz de mi pecho. Ella conoce la cicatriz. La ha tocado, la ha besado. ¿Y tu hija, estaba en el accidente? Su mirada se oscurece. Esquiva la pregunta. Se sirve otro whisky. No, ella no. Estaba con sus abuelos. La pobrecita. Estaba con sus abuelos. Lo dice con los ojos nublados, lo dice como farfullando para sí. El polvo aparece y desaparece en la habitación de la hija. Las arrugas de la colcha no cambian. Él le habla de ella, de sus llamadas telefónicas, de sus visitas. Ya ha empezado la universidad. Estudia lejos. Es una mujercita. La estudiante sigue recibiendo llamadas intempestivas. ¿Eres tú?, pregunta al silencio. Sólo una respiración. La estudiante termina la carrera. Bromean sobre que ya no tendrán que ocultar la relación. Llevan un año juntos. Él sigue igual de extraño y esquivo. Un día ella se encuentra con un tipo que lo conoce, en un curso de posgrado, uno de sus profesores. No le dice que están juntos y él habla con sinceridad. Prometía mucho, pero nunca se recuperó, dice el tipo. Ella piensa que se refiere a la muerte de su esposa. Pero no. Se refiere a otra cosa. Ella no se atreve a preguntar directamente. Al volver a casa le pregunta: ¿Dónde está tu hija? Él ya está borracho, aunque es temprano, y empieza a hablar de cosas confusas. El entramado de la realidad, la teoría de cuerdas, cita ristras de números que compone y descompone, que deriva e integra, que parece que escribe sobre una pizarra invisible. La balanza cuántica, insiste. Eso es todo lo que importa. La balanza del mundo. Un hecho, un acontecimiento, se define por sus consecuencias. Mientras habla, bebe más whisky y fuma más cigarrillos. Es una piedra que cae en un lago, dice. Las ondas concéntricas que provoca. Si no percibo las ondas, no percibo la piedra. Si elimino las consecuencias, elimino el hecho. ¿Qué hecho?, le pregunta ella. Él sonríe torcido y deja el vaso y busca en unos cajones. Es difícil al principio, explica. Negarlo todo, forzar la memoria. Luego hay que ocuparse de muchos pequeños detalles. Matriculas de colegio. Matrículas de universidad. Ropa, caprichos, las cosas que le hubieran gustado, las que hubiera deseado, mil pequeñas frustraciones, mil pequeños recuerdos que insertar. Hay que falsear muchas cosas. Es complicado. Hay que intentarlo muchas veces y de diferentes maneras hasta acertar. Pero al final la balanza se vencerá hacia mi lado. La borraré de aquel día, de aquel coche, de aquella carretera. El universo me la devolverá. No lo pido todo, sólo a ella. Sólo a ella, mi niña. ¿Dónde está?, le pregunta la estudiante. Dónde. Él se vuelve. Ha encontrado lo que buscaba, un pequeño martillo, lo más parecido a un arma que hay en la casa. Está a punto de llegar, dice. El relato termina con él ensangrentado hasta los codos y como si velara el cadáver pero sin verlo, inmóvil, sentado en la oscuridad. El teléfono suena, o parece que suena, o él siente que suena. Coge el auricular, dejando alargadas huellas rojas en el aparato. ¿Eres tú?, pregunta. Al otro lado, sólo una respiración.


Intentaba la undécima aproximación a la historia del profesor de física cuántica, lo que llamaba mi relato a lo Stephen King, cuando sonó el timbre. Estaba sentado en el canapé e inclinado como un inquisidor sobre el portátil, no muy contento con lo que estaba sacando de la historia, y al echarme hacia atrás me chasquearon las vértebras como ramitas secas. – Joder- farfullé. Me saqué el filtro chamuscado que tenía en los labios y lo metí en la lata de cerveza que usaba de cenicero. La habitación estaba llena de humo y olía a café frío y sudor viejo. Yo mismo me sentía impregnado de esos aromas, entrelazados hasta en la última hebra de mi jersey y mis pantalones y hasta en el último poro de mi piel. Al salir al pasillo, el aire no viciado del resto de la casa me mareó, me dejó casi colocado. El timbre volvió a sonar, insistentemente. Abrí la puerta, frunciendo el ceño. – Tú- dije.
Había engordado un poco, lo que en él significaba haber pasado de muy delgado a delgado, y tenía el pelo más largo. Llevaba una sudadera negra con capucha y cremallera y vaqueros y una mochila al hombro. Una barba rubia y cerrada.
- Yo- dijo Dani. – Ya ves. ¿A qué coño viene esa barba?
- No- repliqué. - ¿A qué coño viene tu barba?
- Te queda como el culo.
- A ti sí que te queda como el culo.
- Te la vas a tener que quitar.
- ¿Yo?
- Sí, ¿o quieres que parezcamos novios o algo?
- Quítatela tú. Yo me la dejé antes.
- Y una mierda.
- La tenía este verano.
- Tenías una pelusa insignificante.
- Tú no tenías nada.
- Pero ahora la tengo y me queda mejor.
- Es como si no la tuvieras, no se nota nada.
- Lloriqueas como una mujerzuela.
- Tú eres una mujerzuela.
Dani sonrió. – Bueno, ¿me quedo a vivir en el pasillo?
- Pasa, joder.

El primer recuerdo que tengo de mí mismo, que quizá no sea el primero pero sí el más significativo, pertenece al día de mi cuarto cumpleaños. Soy yo sintiendo melancolía. Alguien me había dicho que tenía que empezar a ir al colegio. Así que ahí estoy yo. Mirando una velas chamuscadas, un plato de patatas fritas, las migas de una tarta, sintiendo que todo iba a cambiar, que todo iba a ser diferente, y sintiendo una desconcertante tristeza, por primera vez tristeza, por todo lo que se iba. Más que significativo es un recuerdo sintomático. No sé cuál es el primer recuerdo de Dani, pero estoy seguro de que se recuerda así mismo enfadado y confuso por algo, por algo que a todo el mundo le parece correcto y lógico. Si la vida es una sombra yo soy la narración del idiota, Dani es el ruido y la furia, y nada significa nada.


- Me voy pasado mañana, así que no te flipes- explica Dani, acodado en la barra del bar de Paco.
- ¿Dónde te quedas?
Dani me mira, alzando las cejas. - ¿Cómo que dónde me quedo?
- Ya- digo.
- He estado en casa de Palma.
- ¿Sí?
- Claro, coño. Cómo te crees que he llegado a tu puta casa- dice. – También tú, vives en su puto sofá dos meses y luego te mudas a la acera de enfrente. Qué te pasa, ¿tienes que pegarte a unas faldas siempre?
Suspiro. Bebo de mi cerveza. - ¿Y a qué has venido?
- A ver si era verdad lo de tu barba. No quería creérmelo.
- Pues ya ves.
- Ya veo- dice Dani. – Es espantosa.
Pedimos otro par de cañas y Dani empieza a hablarme de Marcos y su bigamia y de la última obra de teatro de Raúl y del curro del cine del que acaban de echarlo.
- Todo por hacer un par de comentarios inocentes sobre la dirección- explica.
No le pido más detalles, pero supongo que lo que Dani llama comentarios inocentes puede que incluso esté contemplado en el Código Penal.
- Me han llegado rumores, Dani- le digo.
- Rumores- repite él. – No me jodas.
- Sí, señor.
- Qué rumores.
- Tú y cierta chica- digo. – Una a la que te recuerdo llamando moderna de provincias o algo así de tierno.
- Bah- dice Dani.
- ¿Bah qué?
- Cosas que pasan- dice. – Ironías del destino.
- Ah, la dulce Sonia.
- Sí, así se llama- farfulla.
- ¿Pero sigues con ella?
- No lo sé- dice. - ¿Podemos cambiar de tema?
- Como quieras.
Le empiezo a contar cosas. Le hablo de la señorita Botasnegras, de la fiesta, la reunión, en casa de Palma, de la chica del flequillo. Le cuento que Santiago ha reconvertido su catálogo pornográfico en una especie de revista especializada y que me tiene escribiendo reseñas de películas que no he visto, y que no vería ni a tiros, y presentando supuestas novedades, que a veces tienen hasta cinco o seis años de antigüedad, bajo tres seudónimos. No tengo ni idea de la terminología adecuada ni de la jerga del género, le explico, así que me lo invento todo. Igual estoy creando todo un nuevo corpus teórico pornográfico.
Tres cervezas después le pregunto, sin querer saberlo en realidad, si la ha visto.
- ¿A la gabacha?
- Sí.
- Me la he encontrado un par de veces.
- ¿Y?
Arquea las cejas. – Si se pudiera morir de frialdad, ella estaría muerta.
Sonrío. Le hago un gesto a Paco para que nos ponga otro par de cañas. La tarde pasa deprisa. Llueve un poco cuando salimos a la calle. Dani se pone la capucha, camino de mi piso, y dice: - Sonia.
- Qué pasa- le digo.
- Me gusta mucho, tío, y todo es una mierda.
Me encojo de hombros. – Es como el sarampión, Dani- le digo. – Hay que pasarlo por lo menos una vez. O como la malaria. Unas fiebres recurrentes.
- Todo es una mierda- insiste.
No decimos nada más. Subimos al piso y saco unas latas de sardinas con tomate y filetes de caballa y pongo agua a hervir para hacer sopa de sobre. Dani fuma en el salón, mirando la tele. Le pongo en las manos el legajo maltratado y lleno de dobleces de lo que podríamos llamar mi obra madrileña, mi obra más reciente, y me voy a la cocina a ver hervir el agua mientras Dani lee los relatos terminados y algunos fragmentos inconclusos, todavía más llenos de tachones y dobleces. Echo la sopa de sobre, sopa de ave con arroz, la remuevo un poco y me voy a mi cuarto. Me fumo un cigarrillo, corrijo algunas cosas de la historia del profesor de física cuántica. Vuelvo al salón. – Qué- digo.
Dani levanta la cabeza de los papeles, un cigarrillo en los labios. – Está bien. Está mejor que antes.
Asiento. – Vale.
Me acerco a la ventana, miro el perfil achaparrado de la ciudad, el Estadio Vicente Calderón, las luces, las muchas luces y los cielos oscuros. Por asociación, pensando en El sol de invierno, acabo pensando en Violenne. En la versión que tiene Dani en las manos no se llama Violenne ni es francesa, pero no es que vaya a engañarlo con eso. Pienso en Violenne como no pensaba en ella desde hace mucho tiempo. Zorra, pienso. Un pensamiento, un insulto, que me sorprende, por injusto, por fuera de lugar, aunque sea dicho desde un pliegue oculto de mi cerebro y sólo para mí. Un insulto que llega tarde y mal, cuando no tiene ningún sentido enfadarme con ella, guardarle rencores, hacerme mala sangre. Así que primero me siento mal por haberlo pensado, y luego bien, como si me reivindicase de alguna manera íntima y secreta, y luego nada, no siento nada. Zorra, vuelvo a pensar. Y sigue sin haber nada. No importa nada. Miro mi reflejo en el espejo. Eh, quién eres. Javo sin Violenne. Javo sin que le importe Violenne. Quién eres, no te reconozco. Y tampoco importa. Porque estoy aquí, un poco borracho, esperando a que se enfríe la sopa, mientras mi mejor amigo lee lo mejor que he escrito en mi vida, en esta ciudad tan grande, tan llena de gente, tan llena de cosas, tan llena de historias, y de cuya grandiosa fealdad me estoy enamorando, y el tipo en la ventana, el tipo en el reflejo, tiene una estúpida sonrisa de oreja a oreja. La estúpida sonrisa de alguien razonablemente feliz. O, en mi caso, razonablemente infeliz. – Creo que voy a bajar a por más cerveza- digo.

5 Comments:

Anonymous Vil-mendez said...

"Si la vida es una sombra yo soy la narración del idiota, Dani es el ruido y la furia, y nada significa nada."

Javo, tu mejor post hasta ahora. Me lo voy a leer otra vez.

¡Enorme!

20 marzo, 2007 21:39  
Blogger getchell said...

Mu chulo, vuelta a los origenes. El tío del reflejo es Javo con Dani. Lo mismo sonríe por eso.

Interesante el rollo del profesor de física. Si esperas que el final sea sorprendente, tendrás que darle otra vuelta de tuerca que lo del martillo. Si los tiros van por otro lado (la relación entre los personajes), entonces tira pa´lante.

Joder, me ha entrado curiosidad por saber cómo haces las reseñas. Algún día tienes que meter una en mitad de un post.

20 marzo, 2007 21:56  
Blogger Antonio said...

tengo una cuenta blogger? y yo no lo sabia!!

22 marzo, 2007 21:57  
Anonymous Frunk said...

Uh... Gracias, Antonio, por compartirlo con nosotros.

22 marzo, 2007 22:33  
Anonymous vil-mendez said...

No ostia, que era yo. La red es asín.

23 marzo, 2007 00:09  

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