La Gente Terrible

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domingo, marzo 04, 2007

un número desconocido

otro relato

El lunes por la mañana, al encender el teléfono móvil, encontró un mensaje de texto. Decía: ¿Te he despertado? Creo que soñaba contigo porque me he despertado buscándote.
Lo había recibido a las cuatro de la mañana. Era de un número desconocido. Elías miró la pantalla, entrecerrando los ojos de sueño. Estaba sentado en la cama, en calzoncillos. Dejó el teléfono en la mesita de noche. Encontró los pantalones liados entre las sábanas y se los puso. Salió de la habitación, fue a la cocina. Preparó café. Fumó mientras la cafetera borboteaba. Se bebió el café mirando los dibujos animados, fumando otro cigarrillo. Luego se dio una ducha. Se miró en el espejo empañado, el pelo pegado al cráneo y las mejillas perladas de agua. Se miró con atención. Las pequeñas pupilas, el iris castaño, el marco ovalado de las pestañas. Se secó y se puso unos vaqueros y una camiseta y una camisa gruesa de color negro. Bebió otro café en la cocina, apoyado en la encimera. Fumó otro cigarrillo. Controló la hora en las cifras verdes que parpadeaban en el microondas. Dejó pasar los minutos, miró articularse las cifras cuadriculadas. Cuando no pudo retrasarlo más, apagó el cigarrillo y puso la taza en el fregadero. Recogió las llaves, el teléfono móvil, un libro, se puso el abrigo y bajó a la calle. Fue metro un par de paradas e hizo un trasbordo a un tren de cercanías. Leyó durante el trayecto. Tardó menos de lo que esperaba en llegar a la dirección que tenía anotada. Veinte minutos de adelanto. Miró la entrada del edificio de oficinas. Un par de tipos con trajes oscuros y camisas color salmón fumaban y charlaban. Elías siguió caminando y llegó a un parque. Había unos árboles pelados que no reconoció y una fuente grande, una sucesión de pequeños estanques que se iban derramando hasta llegar a otro mayor. Presidía la fuente la escultura, oscura de lluvia y llena de arañazos, de una tortuga enorme. Elías se sentó en un banco, sacó el libro y se puso a leer. A veces dejaba el libro y miraba la tortuga un momento, fijamente, con intensidad, como si lo leído pudiera referirse a ella de alguna manera. Encendió un cigarrillo. Pasaron los veinte minutos. Elías dejó el libro pero no se movió. Miraba la tortuga. La hora de la cita se fue arrastrando poco a poco hasta desaparecer y Elías no hizo más que volver a coger el libro y encender otro cigarrillo. Las nubes eran como una pasta gris en el cielo. Hacía frío. Elías temblaba un poco. Cuando empezó a lloviznar se levantó y volvió a la estación de tren, deshizo el camino, leyendo. En el trasbordo al metro, no tomó la línea que lo llevaría a casa. Tomó la línea que lo llevaría al barrio. También tuvo que tomar un autobús. Tardó casi cuarenta minutos en llegar al bloque de apartamentos donde vivía su madre, donde había vivido él. Un lugar feo y triste, fachada de ladrillo visto, aparatos de aire acondicionado cochambrosos gravitando sobre el vacío, una mujer retirando la ropa tendida en una ventana. El ascensor traqueteaba, olía a desinfectante. En la puerta del quinto B pulsó el timbre y escuchó el ding. Lo soltó. Dong. Esperó, con las manos en los bolsillos. Abrió su hermana. Ah, hola, dijo.
Hola, Raquel.
Raquel estaba muy pálida y tenía ojeras. Había perdido peso. Se apartó para dejarlo pasar.
Qué tal estás.
Bien, dijo ella. Ya ves.
El piso olía a cerrado y a ambientador. Entraron en el salón, las fotos del padre muerto, los tapetes de ganchillo. Un espantoso cuadro bucólico, pastores y ovejas lanudas, enmarcado en pan de oro. En la mesa un cenicero limpio, un mordedor naranja, unos juguetes, la tetilla de un biberón.
Cómo estás tú.
Bien, dijo Elías. ¿Dónde está el niño?
Está con su padre, por una vez.
Elías se acercó a la mesa, tocó el mordedor, cogió uno de los juguetes, un dinosaurio de plástico con una sonrisa bobalicona. ¿Cómo está mamá?
Raquel suspiró, casi un bufido, hastiada. Cómo quieres que esté. Está en su cuarto, ve a verla.
En su cuarto, repitió él.
¿Quieres un café o algo?
No.
Voy a hacer café. Ve a ver a mamá.
Sí, dijo, pero no se movió. Dejó el dinosaurio en la mesa, se metió las manos en los bolsillos. Miraba las fotos en el pequeño mueble junto al televisor.
Ve a verla, dijo Raquel. Voy a hacer café.
Sí, sí.
Raquel entró en la cocina. Elías enfiló el pasillo, pasó la puerta del cuarto de Raquel, pasó la puerta de su antiguo cuarto, llegó a la puerta de la habitación de sus padres. Estaba entreabierta y la tocó con los nudillos. Mamá, dijo. Mamá.
Ella estaba en la cama, incorporada con una almohada en la espalda. Giró la cabeza para mirarlo y no dijo nada. Elías se acercó. Había una silla junto a la cama y sacó las manos de los bolsillos para ponerlas en el respaldo. Qué tal estás, mamá.
Ella lo siguió mirando y dijo: Hola.
Qué tal estás.
Cansada, dijo.
Elías asintió. Tragó saliva. Apretó las manos en el respaldo de la silla.
Su madre era un saco de huesos. Tenía la piel amarillenta. El pelo, ahora que no se lo teñía, era blanco. Se le caía a mechones. No había nada en los ojos. Ni inteligencia, ni reconocimiento, nada. ¿Pero estás bien, te duele?, preguntó.
No, dijo ella. No me duele nada.
Desvió los ojos y empezó a recorrer la habitación con la mirada, como si no la hubiera visto nunca, el armario con sus puertas espejadas, la cómoda, la percha, el galán de noche desnudo como el esqueleto de algo muerto. Volvió a mirarlo. Elías, dijo. Hijito.
Hola, mamá.
Ven, hijito, ven, siéntate.
Elías se sentó. Su madre extendió la mano y Elías la tomó entre las suyas. Qué guapo estás, le dijo.
Tú también estás muy guapa, dijo Elías.
Ayer me acordé de ti. Estábamos en casa de la abuela y María dijo que hacía mucho que no te veía y yo le dije que estabas en la universidad y luego vino Pablo. Hacía mucho tempo que no veía a Pablo.
Elías asintió y apretó un poco la mano áspera y frágil de su madre.
La tía Claudia ya no lleva luto, dijo ella. Hace bien.
Claro, dijo Elías.
Estás muy guapo.
Ya, mamá, ya.
Mi niño.
Elías soltó la mano. ¿Te duele, mamá?
No me duele nada. Qué me va a doler.
Lo que te está comiendo por dentro, pensó él. Lo que no sabíamos que estaba ahí, en tu estómago, gestándose, creciendo, devorando. Lo que no podías decirnos que estaba ahí porque te has quedado gagá.
Nada, dijo. Qué te va a doler. Estás estupenda. Estás muy guapa.
Ella sonrió. Cerró los ojos y dijo: Estoy muy cansada.
Elías le acarició la mano. Llámame, si quieres algo.
Muy cansada, dijo ella.
Elías se levantó de la silla y miró a su madre que respiraba lenta e irregularmente, los párpados inquietos pero cerrados. Salió de la habitación y recorrió el pasillo y entró en su cuarto. Era una habitación diminuta, con una cama diminuta y un armario empotrado diminuto. La mesa, que recordaba a rebosar de libros, casetes, cedés, apuntes de instituto y luego de la universidad, estaba vacía. Apenas una fina capa de polvo. Se sentó en la cama y sacó un cigarrillo. Al encenderlo se sintió como si violara un recinto sagrado. Mamá está en casa, se dijo. No puedes fumar.
Qué haces.
Raquel se apoyaba en el marco de la puerta.
Nada, dijo Elías.
El café ya está.
Elías asintió. Dio una calada y sopló el humo y lo miró estamparse contra el gotelé de la pared.
Dame uno, dijo Raquel.
Elías le pasó un cigarrillo y el mechero y Raquel se sentó en la cama junto a él.
¿Cómo está?, preguntó Elías. ¿Qué dijo el médico?
Que se va a morir, dijo Raquel. Pronto.
El rostro le tembló, se contrajo en una mueca. Tenía los ojos enrojecidos pero secos, cercados por unas ojeras profundas.
No se puede operar, dijo. La quimioterapia no funciona.
Elías se miró los pies. Miró el avanzar de la brasa por el cigarrillo, las volutas de humo. Miró las grietas en los baldosines amarillos del suelo. ¿Crees que ella sabe lo que le pasa?
No lo sé, dijo Raquel. A veces parece que sí. Luego no sabe ni dónde está. Pregunta por papá, pregunta por gente que lleva veinte años muerta. El otro día se puso a llorar. Estuvo una hora llorando y llamándote a gritos.
Elías la miró. ¿Me llamaba?
Sí.
¿Por qué no me lo dijiste, por qué no me llamaste?
Raquel suspiró y le dio una calada al cigarrillo. Para qué, dijo. ¿Crees que sabía a quién llamaba?
Elías ahuecó la mano libre, formando un pequeño cuenco, y golpeó contra el canto el cigarrillo dejando caer en la palma un centímetro de ceniza. Durante un instante notó como si fuera a quemarle pero luego perdió el calor y quedó en nada, una carcasa gris y quebradiza.
Tenías hoy la entrevista, ¿no?
Sí.
¿Qué tal?
Bien, creo.
¿Te darán el trabajo?
No lo sé, dijo Elías. La miró. A lo mejor tengo que volver aquí. Un tiempo.
Raquel cerró los ojos, se pasó la mano por la cara. Sería bueno, dijo. Necesito ayuda. No puedo con todo.
Elías asintió. Echó más ceniza en su mano. Raquel se levantó y fue a por el cenicero del salón. Lo puso en el escritorio, golpeó nerviosamente su cigarrillo en el borde. Quédate a comer, dijo. Puedo hacer arroz o sopa o algo.
Bueno.
¿Quieres el café?
Elías negó con la cabeza. Prefiero una cerveza ahora.
No tengo cerveza.
Elías apagó el cigarrillo en el cenicero y luego se sacudió la ceniza de la mano. Le quedó una marca gris y se la frotó con los dedos. Voy a bajar a tomarme una cerveza, dijo. Y subo en un rato.
De acuerdo.
Raquel cogió el cenicero y salió de la habitación. Elías se quedó un momento sentado, con las manos en las rodillas. Se levantó y salió de la habitación. En el ascensor recibió otro mensaje del mismo número desconocido. Decía: Perdona el mensaje de anoche. ¿Estabas dormido? Mucho tiempo que no te escribía. ¿Qué tal estás?
Elías leyó el mensaje y luego el que había recibido de madrugada. Le llamó la atención que no hubiera abreviaturas, cada letra en su lugar, y los signos de interrogación al principio y al final de las preguntas. Soñaba contigo, releyó. Me he despertado buscándote. Apagó el teléfono.

En el bar el camarero lo saludó por su nombre. Cuánto tiempo, dijo.
Hace mucho tiempo de todo, dijo Elías, sentándose en un taburete y tocando la fría barra de aluminio.
Qué tal estás.
Bien.
Estás más delgado.
Putas y cocaína.
¿Cómo?
Putas y cocaína. Por eso estoy más delgado.
El camarero sonrió. ¿Qué quieres?
Una cerveza.
El camarero le puso un botellín y unas aceitunas y Elías sacó el libro y el paquete cigarrillos y se puso a fumar y a leer y a beber. Bebía un segundo botellín cuando entró Luis en el bar. Llevaba una chupa de cuero ajada y pantalones de chándal. Hombre, dijo al verlo. Elías.
Hola.
Cómo tú por aquí.
Elías se encogió de hombros. Ya ves.
Dame un piti, ¿no?, le dijo.
Elías cogió el paquete y le pasó un cigarrillo. Luis se lo puso en la boca y al sacar un mechero del bolsillo de la chupa Elías vio la esquina de un paquete de Marlboro.
¿Dónde está el niño?, preguntó.
Luis dio una calada, sonriendo con un montón de dientes. Está con su abuela, dijo. Yo un rato bien, pero mucho me agobio con el crío.
Elías no dijo nada, cogió el botellín y pegó un trago.
¿Cómo está tu madre?
Bien.
¿Y Raquel? Hace mazo que no la veo.
Sonreía mucho, sólo con la boca, y Elías le pudo ver el sarro en los dientes y empastes negros en las muelas.
Ella está mejor todavía.
Claro, claro.
Luis miró las cosas que había sobre la barra. Extendió la mano y toqueteó el libro. ¿Qué lees?, preguntó. ¿Nueve cuentos? ¿Esto qué es, de princesitas y eso, érase una vez y esa mierda?
Luis, dijo el camarero. Tranquilo.
Si no estoy haciendo nada. ¿Verdad, Elías?
Elías no dijo nada. Le cogió el libro y lo devolvió a la barra.
No me gusta cómo me miras, dijo Luis.
No te miro de ninguna manera.
Te lo he dicho muchas veces. No me gusta cómo me miras.
Luis, dijo el camarero.
No me gusta tu puta cara, ¿sabes?
Ya no sonreía. Seguía enseñando un montón de dientes.
Elías tragó saliva, afianzó los dedos en el botellín. Por mí te puedes ir a tomar por culo, dijo.
Luis le pegó un puñetazo en la cara. Elías golpeó a ciegas con el botellín. El taburete se cayó, Elías trastabilló hacia atrás, se apoyó en la barra con la mano libre. Miró a Luis. Estaba a un par de pasos, tocándose la sien, mirando la sangre con los ojos muy abiertos. Hijo de puta, dijo. Se le echó encima. Elías golpeó con el botellín y esta vez le estalló en la mano. Luis retrocedió, sus ojos eran todo blanco, le sangraba la cabeza. Elías se sacudió la mano de cristales rotos y espuma de cerveza. Cerró los puños. Luis se cayó de espaldas, desmadejado. Elías se acercó a él. El camarero, que había salido de la barra, se interpuso.
No, dijo. Déjalo ya.
No voy a hacerle nada.
No te acerques.
El camarero se inclinó sobre Luis. La sangre manaba muy oscura y muy despacio con cada pulso. Le cubría media cara. Había un colgajo de cuero cabelludo. Elías recogió sus cosas de la barra. Pírate de aquí, dijo el camarero. Voy a llamar a la puta policía, joder.
Elías salió a la calle. Le dolía mucho la mano pero no tenía ningún corte. La flexionó un par de veces. Le dolía la mandíbula y le dolía el oído. Subió al piso de su madre. Raquel le abrió la puerta, le miró y dijo: Pasa.
Le miró otra vez. ¿Qué te ha pasado?
Me he dado un golpe.
¿Un golpe?
Un golpe, sí.
Entró en el piso. En el salón dijo: Ve a por el niño.
¿Cómo?
Que vayas a por el niño. Está con su abuela.
Por dios, dijo Raquel cubriéndose la cara con las manos. Te has vuelto a pegar con Luis. Te has vuelto a pegar con Luis.
Algo así.
Te va a matar, dijo Raquel. Un día te va a matar. Me lo dijo una vez, me dijo que te iba a matar.
Raquel, ve a por el niño.
Raquel descolgó su abrigo de la percha de la puerta, se abrazaba el cuerpo con un brazo conteniendo un sollozo. No puede ser, se decía. No puede ser siempre así.
Elías abría y cerraba la mano. Le dolían los dedos.
Vete de una vez.
Quédate con mamá.
Sí, sí.
Raquel salió dando un portazo. Se escuchó el sollozo, corto y amargo, de una chica que había aprendido a llorar lo imprescindible.
Elías deambuló por el salón como si buscara algo. Movió una fotografía del mueble, corrigiendo el ángulo. Abrió un cajón, lo cerró. Le temblaban las piernas. Escuchó un gemido por el pasillo. Fue al cuarto de sus padres. Su madre tenía los ojos cerrados y hacía una mueca de dolor.
Mamá, dijo.
Su madre no respondió. Elías se sentó a su lado. ¿Te duele, mamá?
Su madre abrió los ojos. Carlos, dijo.
No, mamá, soy Elías.
Carlos, insistió su madre. ¿Dónde están los niños?
Papá no... Mamá, papá ya no está.
¿Dónde están los niños, Carlos?
Están en la calle, dijo, con voz ronca. Están jugando.
Ah, dijo su madre. ¿Están bien?
Sí. Están muy bien. Muy bien.
¿Por qué lloras?
No estoy llorando, dijo Elías y parpadeó para aclarar el mundo que se había vuelto borroso y le quemaba los ojos como si fuera agua de mar.
Guadalupe, dijo.
Qué.
Estás enferma, ¿lo sabes? Tienes cáncer de estómago y no pueden curarte.
Su madre apretó los labios, parpadeó, respiró despacio.
Te vas a morir, pero no te va a doler nada. Quiero que lo sepas. No te va a doler nada.
Ella puede que lo escuchara o puede que no porque su rostro no mostró ninguna expresión, ningún gesto.
Te lo prometo, no te va a doler. Cuando pase, ni te enterarás.
Su madre giró la cabeza para mirarlo a los ojos.
No llores, mi niño, dijo. Nadie en el mundo te quiere más que yo.

Esa noche, en su piso, no encendió las luces. Se movió en la claridad que entraba desde la calle. Tiró el abrigo en la cama y se sentó para quitarse las botas. El teléfono móvil se había deslizado fuera del bolsillo del abrigo y Elías lo cogió y lo encendió. Tenía dos llamadas perdidas del número desconocido. Lo miró un buen rato. Lo miró un rato largo, pensando, hasta decidirse. Pulsó el botón. Se llevó el teléfono al oído. Escuchó. Aceptaron la llamada, al otro lado, tras tres tonos. Ningún dígame, ningún hola, ningún saludo. Sólo un rumor de coches, de calle, de viento. Elías esperó, contó hasta cinco, y luego dijo: No sé quién crees que soy, pero no lo soy.
Al otro lado, unos pulmones exhalaron, jadearon.
No soy yo, insistió. Tienes... Tienes que seguir, tienes que dejar esto atrás. No... No puede ser siempre así.
Un expiro, un suspiro, un jadeo.
Todavía te quiero, dijo ella. Todavía.
Elías cerró los ojos con fuerza. No, no, dijo. Veía luminiscencias como lejanos fuegos artificiales. No es eso, quiero decir que...
Quiso decirle: Nadie va a salvarte. Nadie va a venir por ti. No importa lo mucho que quieras, no importa lo mucho que ames. Todo está perdido. Sólo quedas tú. Es lo único que tienes, es lo único que cuenta. Tú, tú, tú. Es lo único que podrá salvarte y salvar todo lo demás. Ningún mensaje desesperado de madrugada va a conseguirlo. Sálvate. Sálvate, por dios.
Todavía pienso en ti, dijo ella.
Elías abrió los ojos.
Es un número equivocado, dijo. No vuelvas a llamar.
Colgó el teléfono. Se echó hacia atrás en la cama, miró al techo con los ojos muy abiertos. La pantalla del teléfono brilló unos instantes, titiló, se apagó, y ya no quedó ninguna luz en la habitación.

10 Comments:

Anonymous elendaewen said...

Wao... Me pierdo entre las letras. Engancha =)
Un saludo y encantada.

05 marzo, 2007 00:14  
Anonymous Anónimo said...

estupendo.

05 marzo, 2007 01:56  
Anonymous chupachus said...

Igual de bueno o aún mejor, las esperas se hacen eternas

05 marzo, 2007 17:29  
Anonymous Una atractiva lectora said...

Sigue en la línea.

05 marzo, 2007 23:21  
Anonymous Fabuleux Enfant Dinosaure said...

Uno debería tener que pagar por poder hacer según qué cosas, por leer esto, por ejemplo.
Yo me bajaría los pantalones si me lo exigieran. Total, me los acabo cagando siempre, wine cock! you make me have a shit on me!

07 marzo, 2007 18:01  
Anonymous Vil-mendez said...

Los pantalones del enfant dinosaure este se caen de pura lujuria, que yo lo he visto.
Sobre el relato: me mola.
Desde que vives en Madrid estas como mas de barrio.
Street rep!
xx

08 marzo, 2007 16:57  
Blogger Guillermo C. said...

Un placer volver a leer un relato tuyo. En mi blog he utilizado un fragmento de este texto, lo he referenciado. Si tienes algun inconveniente ponte en contacto conmigo. Gracias!

Y....... esperando el siguiente

10 marzo, 2007 17:59  
Anonymous Anónimo said...

¡Realmente bueno!
Saludos.

11 marzo, 2007 23:52  
Blogger miguel de lucas said...

Javo, su vida ya me parecía triste. Pero en comparación con sus personajes parece usted Julie Andrews.

12 marzo, 2007 16:30  
Blogger reysombra said...

!

27 mayo, 2007 22:05  

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