La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, abril 22, 2007

este pequeño veneno que inventamos

El archivo de vídeo se llama Blowjob & fuck. Un título que no deja lugar a la sorpresa y, sin embargo, ahí está, en la pantalla, sorprendente, indefinible, lo que sea que ella tiene. Lleva el pelo en una coleta, las vetas rojas retorcidas, una camiseta verde, unos vaqueros gastados, sentada en el butacón. Hi, dice a la cámara. Habla bien en inglés, con soltura y apenas con acento, según Santiago. El tipo, el novio, el macho abstracto, el señor Pito Torcido, no habla, sólo gruñe. No ha mejorado su pulso ni su capacidad de encuadre. Pero no importa. La chica es lo que cuenta, señorita Botasnegras, Arden Blackboots. Fuma un cigarrillo. Hace aros con el humo, sonríe. Aplasta el cigarrillo en un cenicero sobre el brazo del butacón. ¿Quieres que juguemos?, pregunta, con su inglés desenvuelto de un año de intercambio de estudios en Atlanta, y se lo pregunta al tipo que sostiene la cámara y me lo pregunta a mí, el espectador, el mirón, el voyeur, sentado en mi canapé, lo pregunta a través de la penumbra y el humo del cigarrillo y del tiempo y del espacio, cuándo se grabó este vídeo, dónde se grabó este vídeo, para que yo lo vea ahora, encerrado en mi cuarto, la persiana bajada, el volumen al mínimo, encorvado, tenso, los ojos entrecerrados. Ven aquí, dice. Ven, ven. Y vamos, el tipo y yo. El esquema es repetitivo, conocido, de sus anteriores vídeos y del todo el porno que he consumido con anterioridad, pero ella hace que no envejezca, lo revive, lo hace divertido. Soplo el humo contra la pantalla del portátil. Me froto los ojos. Observo sus dedos en la hebilla del cinturón, en la cremallera, tirando de los pantalones del tipo. Su boca, pequeña, rosada, húmeda. Una mano masculina, tatuado un trece entre el pulgar y el índice, recorre las vetas rojas. Ella se aparta, mira al objetivo. No me toques el pelo, dice. Lo odio. La mano se retira. Ella vuelve a lo suyo, labios prietos, pálidos, un atisbo de lengua roja. Marcha atrás. Sus ojos. Lo odio, vuelve a decir. Marcha atrás. No me toques el pelo. Lo odio. Marcha atrás. No me toques el pelo. Lo odio. Sus ojos. La succión. Cierra los ojos al hacerlo. Quiero ver sus ojos. Prosigue la felación. Tres minutos y veintisiete segundos después ella se aparta, se saca la camiseta. Mira a la cámara, sonriendo, se acaricia los pequeños pechos. Desabrocha sus vaqueros, descubre unas braguitas negras, diminutas, las echa a un lado, la tenue franja de vello oscuro, los dedos recorriendo la hendidura. Tendida en el butacón, acariciándose muy despacio. Como ver algo que florece, que empieza a brillar, que despliega acogedoramente. Gime, se retuerce, patea lejos los vaqueros. Se humedece los labios, frunce el ceño como si se causase dolor, un dolor placentero, envenenado, un pequeño tormento. Marcha atrás. Su ceño frunciéndose. Un arco blanco en sus ojos cerrados. La cámara se retira, capta el conjunto. Un gemido, un ronroneo, los dedos mojados. Ven, ven, dice. Ven aquí. El pito torcido entra en plano, ella lo coge, lo dirige, lo recibe. Jadea. Cimbrea el cuerpo. Entramos en el viejo juego. Dura siete minutos y catorce segundos. La cámara enfoca genitales y su rostro alternativamente. El tipo termina sobre su vientre. Ella se mueve como quien despierta de un sueño, como quien despierta una mañana de domingo sin nada que hacer, ojos vidriosos, mejillas sonrosadas. Se despide con un gesto, manchada, ahíta, febril. Se lleva los dedos a los labios y lanza un beso. El vídeo termina. Marcha atrás. Se lleva los dedos a los labios. Marcha atrás. Se despide. Lleva los dedos a los labios. Sus ojos vidriosos. El brillo del sudor en sus hombros, en las oquedades de sus clavículas, su vientre pegajoso. Marcha atrás. Al principio del vídeo. Ella en el butacón. Hi. Enciendo otro cigarrillo y la llama del mechero vierte un resplandor naranja sobre el teclado. El humo la emborrona en su butacón. Dani, después de leer lo que había escrito sobre Arden Blackboots, la señorita Botasnegras, me dijo: Tío, sólo espero que no vayas a ser tan idiota de colgarte por una tía que te has inventado. No seas tan así.
¿Así cómo?, le pregunté.
Tan Javo, joder.

La conocí, por fin, dos semanas antes de que la página comenzara a funcionar. Santiago organizó una reunión en su piso para ultimar detalles y enseñarnos los diseños definitivos. Yo no quería ir. La chica insiste en conocerte, me dijo por teléfono. Yo no quería incluir lo que escribiste. Bueno, no todo lo que escribiste, pero a la chica le gustó, le gustó mucho, y ahora quiere conocerte.
Pero para qué, dije. Mi parte ya estaba hecha y cobrada, traducciones incluidas cortesía de Antonio Méndez desde Kalamazoo.
No te me pongas en plan tímido, dijo Santiago. Además, la reunión también es para que conozca al fotógrafo. No vas a estar solo. La reunión es mañana por la mañana, a las diez. ¿Recuerdas la dirección?
Sí, pero...
Hecho, pues, dijo. No faltes. No me hagas ninguna putada, Javier, recalcó ominoso. Colgó el teléfono.
Yo estaba en mi habitación, sentado en el canapé. Descubrí en la sábana una mancha blanquecina que podía ser de lejía o podía ser de otra cosa y la rasqué con el dedo, sin pensar en nada. Y qué coño hago yo ahora, reflexioné. Dejé el teléfono a un lado y fui al cuarto de baño al mirarme en el espejo. Ojeroso, barbudo, más delgado. Hacía ya unos meses desde el día en que me dejé caer por su bar, y quizá me había olvidado. No, pensé. La conversación fue lo bastante rara como para que la recuerde. Estuve un par de horas allí sentado, vigilándola, bebiendo solo, poniéndome nostálgico, y acabé brindando por el gótico sureño. Lo recordará. Quizá no como para reconocerme si nos cruzamos por la calle, pero sí si me sientan a su lado el tiempo suficiente. No quería ni imaginármelo. Menuda idea tuviste, amigo. Puto enfermo, puto mirón.

El bar de Paco parecía más sórdido por la mañana. Luz diurna colándose por las ventanas empañadas, traspasando un aire turbio con olor a lejía y amoníaco y a todo lo demás, lo que subyacía, la mugre imposible de borrar. Desolado y vacío. Sólo el ciego en la barra de aluminio, el cristal oscuro y redondo sobre sus ojos, fijo en ninguna parte. Sostenía un vasito de café, café negro, lo agitaba con suavidad, como calculando el líquido que le restaba, cuántos tragos cabía dar. Me senté a un par de taburetes de distancia. El ciego ladeó la cabeza en mi dirección. Hola, dijo. ¿Quién es?
Soy yo.
Don Javier, dijo el ciego. Vecino. Temprano para ti, ¿no?
Me he quedado sin café en casa.
El ciego asintió, con una sonrisa en los labios delgados y pálidos.
Acércate, si quieres.
Me trasladé al taburete a su lado. El ciego giró la cabeza en mi dirección, gesto que supuse adquirido, aprendido en algún momento, modales de invidente.
Paco surgió de las entrañas del bar, la cocina amarillenta y oleaginosa. Le pedí un café con leche. Paco asintió y manipuló la enorme cafetera, un aparato rojo y negro que traqueteaba y rugía y sirvió un café humeante en un vaso de cristal. Miré alrededor. La hilera de taburetes, las ausencias en la barra.
Siempre está vacío tan temprano, dijo el ciego en respuesta a una pregunta sin formular. Lo prefiero así porque por las tardes hay demasiado ruido. Me desoriento. Tomó un pequeño sorbo del vaso e hizo un gesto vago hacia el televisor colgado de una de las esquinas del bar.
Encienden eso a todo volumen.
Pero vienes igual.
El ciego sopesó aquello como si fuera otro trago de café. Un hombre necesita compañía, dijo, tras pensarlo. La compañía de otros hombres como él.
Eso suena un poco ambiguo.
¿Por?
Sólo era una broma.
Ah. Una broma, dijo el ciego. De nuevo tomó el vaso y lo agitó, con suavidad. ¿Por qué vienes tú, Javier? Eres joven. ¿Cuántos años tienes?
Veinticuatro.
Lo dices como si fuera una condena.
Lo parece. ¿Cuántos años tiene usted?
Cincuenta y siete, dijo.
Saqué el paquete de cigarrillos y me llevé uno a la boca. Me palpé en los bolsillos hasta dar con el mechero, hice girar la rueda. Estaba muerto, sin gas. Paco, dije.
Qué.
¿Tienes fuego?
Paco masculló entre dientes. Dejó un mechero blanco en la barra. Letras azules proclamando Piensos Sansón, S. A.
¿Qué fumas?, preguntó el ciego.
Fortuna.
Yo fumaba Marlboro. María me hizo dejarlo. Por mi salud, decía. ¿Has intentado dejarlo alguna vez, Javier?
No.
Las manos del ciego recorrieron el borde la barra, dejaron alargadas huellas en el aluminio. Me gustaba pensar que sólo me hacía daño a mí mismo, dijo. Que eran mis pulmones. Mis sucios pulmones. Pero entonces empezaron con lo de los fumadores pasivos y el humo de segunda mano. ¿No te hace sentir culpable?
No especialmente.
Nos robaron un privilegio. Se siente uno un criminal.
Probé el mechero blanco. La llama brotó y crepitó y despidió chispas infinitesimales. Prendí el cigarrillo y soplé una larga calada.
El ciego olisqueó el humo.
¿Me darías uno de esos?, preguntó.
Claro.
El ciego extendió la mano y dejé un cigarrillo entre sus dedos. Pasó los dedos por el Fortuna, como si comprobara su textura y calidad. Cuando diferenció al tacto los dos extremos se lo puso de manera correcta en la boca. ¿Fuego?
Le encendí el cigarrillo. El ciego apretó sus labios entorno al filtro, con expresión concentrada, y aspiró con fuerza. Exhaló con lentitud, con deleite. En algunas culturas, dijo, se da mucha importancia a compartir el pan. Y tienen razón. El pan hermana como la sangre. Pero se habla poco de compartir el humo. Este pequeño veneno que inventamos. Los hombres que comparten el humo se hermanan también, o deberían hacerlo. Si el pan es vida, qué es el humo. En qué se hermanan los hombres que fuman juntos.
No dije nada porque no parecía una pregunta dirigida a mí. El ciego se hablaba a sí mismo. Sus ojos se habían entreabierto, párpados mustios sobre esferas azuladas y venosas.
¿Puedo preguntarle algo?
El ciego sonrió. Eso ya es una pregunta.
Bueno, sí.
Quieres saber si siempre he sido ciego.
Di una calada profunda y soplé el humo sobre la barra mirando aquel rostro de ojos vedados. Eso es, dije. No soy el primero que pregunta, ¿eh?
No nací ciego. Pero mis ojos nunca estuvieron bien. Creo que recuerdo el mundo visible como se recuerda un sueño. Modificado, impreciso, confuso. El ciego paladeó el humo y añadió: Echo de menos leer con mis propios ojos.
¿Le gusta leer?
El ciego extendió los dedos. Me gusta que me lean. María lee para mí. Los periódicos, algunos libros. No todos los que me gustaría porque hay cosas que ella no quiere leer. Me lee sobre todo la Biblia. Pero no soy un hombre religioso. Ella sí lo es. ¿Has leído la Biblia alguna vez?
María, imaginé, era la mujer tuerta. No, respondí.
Es un libro interesante. Nunca se agota. Mi nombre es bíblico. Elías ¿Sabes qué significa?
¿Qué?
Mi Dios es Yahvé, dijo el ciego. Elías era un profeta. Resucitó a un niño y multiplicó la harina y el aceite de una pobre viuda.
Un buen samaritano.
Quizá. También era un hombre terrible, que predicó con furia en contra de los baales. Ya sabes. Todo ese asunto de convocar fuegos del cielo y sequías y hambrunas.
¿Qué son los baales?
Los falsos dioses. Los becerros de oro. Por lo general, la naturaleza divinizada.
Asentí y al darse cuenta de lo absurdo de mi gesto dije: Ajá.
Fue un personaje curioso, en cualquier caso.
Apuré el café que me quedaba en el vaso y dejé una moneda sobre la barra.
Tengo que irme, dije. Me despedí del ciego y salí a la calle. Había llovido durante la noche pero no había nubes en los cielos, limpios como si les hubieran pasado un paño húmedo, y el mundo era un lugar luminoso, frío y mojado. Me vi reflejado en la ventanilla de un coche, afeitado y repeinado e impostadamente formal, y después de mirarme un momento como si no me conociera eché a andar en dirección al metro.

En el vagón, a mitad de trayecto, un tipo se incorporó en su asiento y dijo: Señores, señoras, sólo soy un pobre hombre que quiere pedirles ayuda. Me han echado de mi trabajo y soy seropositivo. Ahora estoy en juicios con ellos. Si pudieran ayudarme, señores, señoras, yo se lo agradecería. La voluntad, señores, señoras, la voluntad.
El tipo llevaba una chaqueta de cuero astrosa y pantalones de chándal y era muy moreno y tenía aspecto macilento. Recorrió el vagón con la mano extendida, murmurando súplicas y gracias. Cuando pasó frente a mí miré su mano y luego sus pies en zapatillas de deporte sucias y miré mis propios pies en botas negras y polvorientas y el tipo siguió caminando, sus murmuraciones cadenciosas como quien reza un rosario.

Llegué deliberadamente tarde. Me esperaban en el salón, sentados entre los muebles negros y bulbosos de Santiago. Reconocí a Pito Torcido aunque nunca le hubiera visto la cara. Tenía exactamente la misma sonrisa de comemierda que le imaginaba. Un tipo alto, con patillas, vaqueros negros y una sudadera de Fear Factory. Santiago me dijo su nombre, le estreché la mano, e hice todo lo posible por olvidarlo al instante. El otro tipo era rubio y bajito, con gafas, y por las mangas de su camiseta salían dos brazos de estibador, brazos de Popeye. Era checo y se llamaba Milan, el fotógrafo. Hola, dijo. Su acento alargaba las vocales. Qué tal.
Tenía un apretón de manos firme y una sonrisa agradable, simpática. Me cayó bien al instante.
Y la chica.
Ésta es Ana, dijo Santiago.
Se recostaba en el mismo lugar donde yo la había visto por primera vez, follando en la pantalla, y me miraba arqueando una ceja. Hola, dijo. Tenía un cigarrillo en la mano y no se movió, no se acercó para ofrecerme el rostro y dar los dos besos de rigor. No fue un gesto, o una ausencia de gesto, exactamente hostil, pero todos lo percibieron, quizá el tipo no, estaba ocupado mirándose las uñas sin que su sonrisa imbécil flaqueara, y Santiago aguardó un momento, confuso, y dijo: ¿Quieres tomar algo, un café?
En la mesita, la mesita de sacrificios aztecas, había una cafetera, un azucarero y una jarrita con leche y cuatro tazas ya llenas y una vacía. Sí, gracias, dije. Tomé asiento en un sofá de dos plazas y Santiago se sentó a mi lado, delante la chica y el tipo, el fotógrafo en un sillón. Me serví el café. Santiago carraspeó. Bueno, dijo. Hablemos de negocios.

La reunión duró poco. Santiago trajo un ordenador portátil, lo conectó al televisor y nos enseñó el diseño de la página. Estaba bastante bien, en tonos de un rosa desvaído, fácil de navegar, capturas de los vídeos ilustrando los márgenes. Esto irá mejorando cuando tengamos las primeras sesiones de fotos, dijo.
El fotógrafo tomó la palabra entonces y empezó a exponer ideas y luego puso un deuvedé con algunos de sus trabajos. Eran fotografías de gente, siempre de gente, gente por la calle, haciendo cosas, y fotos de estudio con gente posando, o más bien gente entre pose y pose, como si los hubiera fotografiado en ese intervalo, en gestos casuales, sin premeditar, pidiendo algo, tomando aire, tras decir alguna cosa. Eran buenas fotos, ninguna erótica, pero explicó que había hecho muchos desnudos cuando estudiaba fotografía.
¿Desnudos de qué tipo?, preguntó Santiago.
El checo se encogió de hombros. Desnudos artísticos, dijo.
Ajá, dijo Santiago. Pero yo no quiero desnudos artísticos. Esto es para las pajas, que no se os olvide, insistió, mirándome.
La chica y su novio no hablaron mucho. Él mantuvo su inexplicable sonrisa de satisfacción, aunque tenía un aire desganado y aburrido, y ella reía a veces, al verse en la pantalla guiñando un ojo o en algún orgasmo congelado. Yo no hablé en absoluto, nada de lo que se comentaba me concernía, y me fumé unos siete cigarrillos y tomé tres tazas de café con leche. Todos fumábamos allí y el salón se llenó de humo. La chica fumaba tanto como yo, eso me llamó la atención, y me hizo sentirme menos solo, menos enganchado, lo que es, a todas luces, ridículo.
Durante toda la reunión me esforcé por no mirar a la chica, aunque la tenía delante. Mi pequeño cultivo de paranoia, normalmente bien podado y contenido, se desmandó un poco y me pareció que ella sí que me miraba a mí de vez en cuando, apenas un segundo, y estrechaba los párpados y fruncía los labios y luego, muy rápido, apartaba la vista y volvía a reír.
Finalmente, Santiago dio por terminada la reunión. Nos levantamos entre el humo. Ésta va a ser una relación muy provechosa para todos, dijo Santiago, sonriendo y entrelazando los dedos como un sacerdote que termina el sermón.
Le estreché la mano al checo y a Pito Torcido y al mirarla a ella dije: A lo mejor tendríamos que intercambiar los teléfonos.
Y entonces sí que me miró, sin lugar a dudas, sin un desvío, sin sonreír. Esa mirada de duelista, de escrutinio desafiante.
No es mala idea, por si tenéis algo que deciros, asintió Santiago.
Saqué el teléfono móvil e intercambié el número con el checo.
Yo no he traído mi teléfono, dijo el tipo, con un tono desganado. ¿Te lo sabes tú?, le preguntó a la chica.
Ella metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros y sacó su móvil. Bueno, dijo. Con que tenga el mío es suficiente, ¿no?
El tipo resopló, demostrando su total indiferencia al respecto.
La chica nos dictó el número, al checo y a mí. Entonces, mientras lo anotaba, me di cuenta de una cosa. No había pluralizado. No había dicho: Con que tengan. Había dicho: Con que tenga. Él. Yo.
Y siguió mirándome.

La llamé dos días después, una tarde que había salido a comprar libros y acabé medio borracho en un bar cerca de Tribunal, desde el teléfono de la barra. No sé por qué preferí que figurara un número misterioso o incluso restringido en su pantalla, que no pudiera saber en un principio que era yo quien llamaba, o que no pudiera saberlo después, si no llevaba el teléfono encima y sólo encontraba la llamada perdida. Escuché los tonos, los codos sobre la barra, el teléfono muy pegado a la oreja y con la boca apestando a cerveza y tabaco. Conté siete tonos. Contestó. ¿Sí?
Hola, dije.
Hubo una pausa. ¿Quién es?
Javier, dije.
¿Quién?
Su voz no parecía intrigada o sorprendida, sino muy tranquila, serena, como si supiera, como si supiera de sobra quién y por qué.
Javier, insistí. Uh... El escritor.
Ah, dijo ella.
Sí, yo, dije. Se me escapó una risita nerviosa, incómoda. Carraspeé.
¿Querías algo?
Bueno, dije. Nada especial.
Ah, repitió ella.
Estaba dando una vuelta y, bueno, te he llamado.
Ya veo.
Hice una mueca silenciosa, me rasqué la cabeza, lamenté no haber esbozado un plan, inventado un excusa, algo, cualquier cosa.
Por si querías tomar algo.
Tomar algo.
Sí. Charlar un poco.
¿De trabajo?
Supongo que ése era el salvavidas que estaba buscando, el pretexto forzado pero lógico, aceptable, que necesitaba. Pero dije: No, de trabajo no.
Ella guardó silencio unos segundos y me preguntó dónde estaba. Se lo expliqué. ¿Tardarías mucho en llegar?
Una media hora, quizá.
¿Vienes?
No lo sé, dijo, con algo que no llegaba al recelo, pero que lo rozaba.
Mira, hacemos una cosa. Te espero aquí unos, digamos, cuarenta minutos. Si quieres vienes. Sólo quiero hablar contigo. Me apetece hablar contigo. Y si no quieres, no pasa nada. No voy a volver a llamarte ni a darte la lata. No me digas nada ahora, piénsatelo. Cuarenta minutos. Es lo que voy a esperarte. ¿De acuerdo?
De acuerdo, dijo ella. Cuarenta minutos.
Piénsatelo. Hasta luego.
Colgué el teléfono. Le hice un gesto al camarero y le pedí otra cerveza, con la intención de hacerla durar todo lo posible y no estar más borracho si es que se decidía a venir. Me saqué del bolsillo una libretita que me había acostumbrado a llevar encima, con un bolígrafo metido en las anillas. La usaba para anotar cosas que quería escribir, ideas, inspiraciones ocasionales. En realidad, nunca volvía a mirar las anotaciones, confiaba en mi memoria para que guardase las buenas ideas y dejara irse las malas, pero me servía para pasar el rato. Tomé notas para un relato que tenía en la cabeza. Escribí un nombre de mujer, Aldara Cabo, que había escuchado por casualidad en la televisión o leído en alguna parte y que me despertaba un eco impreciso, fascinante, y luego una letra, la B, y entré en algo parecido a la escritura automática, escribiendo nombres de pájaros, golondrina, colibrí, zarapito, alondra, e incluso algunos que supuse que me estaba inventado, hasta que terminé la cerveza y pedí otra y miré el reloj del móvil. Los minutos se arrastraron. Cumplidos los cuarenta, me levanté del taburete y pagué las cervezas. A partir de ahora, me dije, no volverás a pensar en ella. Aún así, le concedí un cigarrillo de cortesía. Salí a la calle con el filtro todavía humeando en los labios.
Estaba en la acera de enfrente, apoyada en el capó de un coche. Me miró y miró el reloj de su muñeca. Eh, dijo. Ibas en serio. Te largas ya.
Chasqueé los labios, simulando indiferencia .
Te he dado una pequeña prórroga.
Según mi reloj han pasado cuarenta y dos minutos.
¿Cuánto llevas ahí?
Diez minutos.
Habíamos quedado dentro, ¿sabes?
Lo sé, dijo, sonriendo. Quería ver si te ibas.
Me voy, de hecho, dije. Me saqué el cigarrillo de la boca y lo tiré al suelo.
Ella, sonriendo todavía, se acercó unos pasos. No te pongas así. No ibas a poner tú todas las condiciones, ¿no? También has hecho alguna trampa.
Sonreí, pero desvié la mirada hacia mis pies. ¿Me reconoces?
Sí, dijo. Te invité a dos chupitos.
Quería verte aquella vez, antes de empezar a escribir.
Podías haberme dicho quién eras.
Soy un tío tímido.
Sí, seguro.
¿Y ahora?, pregunté.
Eso, ¿y ahora?
Señalé con un pulgar a mi espalda. Estoy harto de ese sitio, dije. ¿Conoces algún bar por aquí para que te invite a una cerveza?
Claro, dijo ella.
Vi mi reflejo en el escaparate de una tienda, mi pelo volvía a su estado habitual de desorden y encrespamiento y lo aplasté lo que pude con la mano.
No, dijo ella, y se acercó y me pasó los dedos por la cabeza, despeinándome otra vez. Me gustan tus pelos de loco.
Echamos a andar por la calle.

20 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Oh my Gosh!
Cuentame mas, morenazo. Arden Blackboots es filete de primera!
xxx

23 abril, 2007 02:38  
Blogger getchell said...

Cualquiera en tu lugar diría que eres un tío con suerte. ¿Qué dice el reflejo de la ventana?

23 abril, 2007 11:37  
Anonymous END said...

¿Pelos de loco?
Amigo, el pelo es lo más cuerdo que tienes.

23 abril, 2007 13:51  
Anonymous elendaewen said...

Seré optimista esta vez y pensaré que esos pelos de loco pueden acabar bien entre tanto humo.
Saludos =)

23 abril, 2007 17:11  
Anonymous Anónimo said...

Genial como siempre, sigue así y actualiza más a menudo. No nos prives de tus relatos, no nos hagas sufrir!!!.

Saludos

25 abril, 2007 00:14  
Blogger J. Alvargonzález said...

Un favor que les pido: firmen sus comentarios, amigos, aunque sea con unas misteriosas iniciales que nada signifiquen o un sobrenombre indiscernible. Más que nada es para tener fichados a los habituales y enviarles amor y cerveza telepática.

No sean tímidos, comenten más, mi fragil ego lo agradecerá.

Fin de la comunicación.

25 abril, 2007 11:40  
Anonymous Watson said...

Vistas las referencias que se hacen en este post a los relatos anteriores (el nombre del ciego, lo que dice sobre recordar como un sueño, la chupa de cuero y los pantalones de chándal) debemos suponer que lo que se cuenta aquí sucedió por lo menos hace un par de meses, ¿no? ¡Vaya retraso llevamos!

26 abril, 2007 12:25  
Anonymous Anónimo said...

Su frágil ego necesita más comentarios y sus lectores más posts, siga escribiendo por favor.
Bes-ets.

26 abril, 2007 23:59  
Blogger getchell said...

¿Soy yo o es la primera vez que hace un comentario dentro de su propio blog?

27 abril, 2007 13:52  
Anonymous Anónimo said...

Una vez, hace tiempo ya, eché un polvo completamente dormido, lo juro. Desperté, aunque no del todo, al terminar y le dije a la chica "Es el polvo más Javo que he echado en mi vida".
Todavía sigo sin entenderlo, a lo mejor tú sepas de qué va, o no.

27 abril, 2007 15:56  
Anonymous Vil-mendez said...

Lo sé de primera mano amigos, los comentarios endulzan su ya de por sí dulce existencia. Javo es como aquellas tartas de golosinas, con arcos de espongitas.
Y Antonio Méndez es un traductor de bandera.

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27 abril, 2007 19:38  
Anonymous frunk said...

Creo yo que un polvo a lo Javo es tanto echar un polvo correcto con la chica equivocada como, y sobre todo esto, echar el polvo equivocado con la chica correcta.

28 abril, 2007 00:37  
Anonymous blankita said...

claro que los hay, pero eso se lo dejo a los que podrían vivir de las letras, como usted.
Otros sólo lo hacemos para desahogarnos, hay quien lanza patadas a los contenedores, o quien hace rebotar las piedras en el agua... :P
Ansiosa espero a que se le pase la pereza

29 abril, 2007 15:08  
Anonymous Dr Zito said...

Esto... yo acabo de descubrir esto y aun sigo sobrecogido...

02 mayo, 2007 01:31  
Anonymous segolen said...

Amigo Javo, te quejaras de comentarios, creo que todo un record...y encima te prodigas escribiendo comentarios! ¿que te está pasando? ¿Ego de triunfador?
Sigue escribiendo, cabronazo...

04 mayo, 2007 13:48  
Anonymous totö said...

Actualiza, colega, que estoy sin curro y me aburro.

05 mayo, 2007 15:44  
Anonymous totö said...

putas rimas internas. si lo se digo 'trabajo' pero eso suena a serio.

05 mayo, 2007 15:46  
Blogger a said...

esperando la continuación..

05 mayo, 2007 18:35  
Blogger Guillermo C. said...

A la espera del siguiente

07 mayo, 2007 19:21  
Blogger J.S. de Montfort said...

Más, queremos más, estamos desesperados..., nos tiramos de los pelos, ¡actualice, pero-por-dios-santo!

22 mayo, 2007 11:48  

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