La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, junio 03, 2007

huellas del último vals

De entre todas las fotos que Milan nos mostró la mañana de la reunión recuerdo una en especial. Dijo que la había tomado en algún lugar cerca de Bombay, hace tres veranos. En blanco y negro, muestra a un niño occidental y rubio subido en la cabeza de un elefante. La foto está tomada desde el suelo, muy cerca, y sólo se ve un rectángulo de cielo, una nube lejana como un trazo distraído de espuma de cerveza, y la colosal y gris cabeza del elefante, sus orejas pequeñas y asiáticas, la trompa arqueándose fuera de plano, y el niño rubio, de seis o siete años, con unos pantalones cortos de color blanco nuclear, la piel muy morena, incorporándose sobre la testa del animal, sonriendo, una sonrisa etílica como si estuviera borracho, pero borracho de qué, no de alcohol, borracho de luz, quizá, que se intuye devoradora y omnipresente en la mañana, borracho de oriente, borracho de elefante, lo bastante borracho como para ponerse a cantar y a bailar, a zapatear con pies ligeros, mientras el paquidermo, feliz y cómplice, barrita y trompetea y amaga su propio baile, borracho de luz, borracho de niño, borracho de la música secreta de su existencia. A lo largo de las cuatro horas que duró el viaje hasta la ciudad de piedra, la imagen me visitó una y otra vez, animada y en color. No quise preguntarme por qué, como tampoco me preguntaba qué esperaba encontrar al final del trayecto, al bajar del autobús, al volver a atravesar la estación de autobuses, al volver a pisar las calles de las que me fui, como un gato escaldado, hace ya medio año. Pero aquí estoy, de vuelta, y no me parece inapropiado hacerlo soñando despierto con un niño que baila sobre la cabeza de un elefante. Es más, me parece perfectamente lógico en su perfecto sin sentido.

Lo primero que hice fue ir al Metropol. Todavía olía a la fritanga del mediodía y había servilletas sucias por el suelo y mondadientes y cigarrillos aplastados, pero ya estaba casi vacío, pronto empezaría la hora de los cafés y los silencios pensativos y de las partidas de ajedrez desapasionadas en las mesas. Marcos estaba sentado en un taburete, acodado en la barra y con la espalda apoyada en la pared del fondo. Entré en el bar, con la mochila al hombro, y me acerqué a él, sin saludarlo. Marcos tamborileaba los dedos de una mano en la barra y se pasaba la otra por el mentón sin afeitar, ausente. Me senté a su lado, carraspeé. Marcos me miró. Parpadeó, se colocó las gafitas. Hijo de puta, dijo, enderezándose. Serás cabrón.
Qué hay, tío, le dije.
Pero serás maricón, dijo. Maricón e hijo de puta.
A tu servicio, le dije, y nos dimos un abrazo, palmadas en la espalda y todo eso.
Qué haces aquí, tío, dijo Marcos al separarnos. Qué asco de tío. No avisas.
Sorpresa.
¿Has avisado a alguien, a Dani?
No, a nadie. A ése menos.
Marcos rió y me palmeó el hombro. Joder, qué bien, tío.
Vengo un par de días. Un arrebato de nostalgia.
Pues hay que liarla, organizar algo, dijo. Apoyó el índice en la barra. Esta noche curra Chema aquí, ¿qué te parece?
Bien, claro. Dónde si no.
Le hice gestos al camarero, uno que no conocía, y le pedí una cerveza.
Empezamos a charlar de cómo nos habían ido las cosas. Marcos desglosó sus avatares sentimentales, las sucesivas rupturas y reconciliaciones con sus dos novias, las chicas a las que ocasionalmente lograba engañar para llevarse a la cama. Las novatas son las mejores, me dijo. Es facilísimo. Eso sí, he desarrollado un radar de vírgenes. Las reconozco con un vistazo. No quiero ni una virgen más, por dios. Qué horror.
Le pregunté por los demás y Marcos hizo una mueca. Está todo el mundo jodido, tío. Chema lo ha dejado con Susana, o ella lo ha dejado a él, más bien, y lo está llevando regular. Raúl sigue igual de tonto... Trabajas para su tío, ¿no?
Sí.
Bueno, pues igual. Igual de raro.
¿Y Dani?
Marcos hizo una mueca. Ya sabes cómo es, dijo. No hay manera. Estuvo una temporada muy bien, cuando estaba con la chica esa, la tal... Cómo era...
Sonia.
Eso, Sonia. Cuando ella le dio la patada, se vino un poco abajo. Desapareció una semana...
Estuvo conmigo, en Madrid.
¿Sí? Algo así me suponía. Pero es que yo ya ni le pregunto. El caso es que desapareció, volvió con la misma cara de mustio y poco más. Creo que ni se presentó a los exámenes de febrero. Y le quedan tres putas asignaturas, no sé. Sigue igual.
Todos jodidos, eh.
Bueno, yo estoy bastante bien, dijo, subiéndose las gafitas por el puente de la nariz. Pero lo demás, joder, qué puto desastre.
Sonreímos. Bebimos. Encendí un cigarrillo.

Tres cervezas después apareció Dani. Con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de chándal, color azul, y la barba más cerrada y más oscura. Entró en el Metropol con la vista en el suelo y se colgó de la barra haciéndole un gesto distraído al camarero. Una birra, pidió.
Eh, dije.
Dani levantó los ojos, me miró, parpadeó con lentitud legañosa.
Tú, dijo.
Aquí estoy, dije.
No pienso hacer ningún aspaviento, que lo sepas.
No esperaba menos. O más.
¿Qué haces aquí?
De visita. ¿Te molesta?
Dani arqueó las cejas. Por mí como si te tiras a un pozo, Javo.
Levanté el botellín de cerveza. Brindo por eso, hijo de puta.
Dani imitó el gesto con un botellín imaginario. Yo brindo por ti, bastardo.
Intercambiamos sonrisas feroces sobre los taburetes.
Cuánto amor, dijo Marcos. Precioso.
Ah, Marquitos, dijo Dani. Esto va más allá del amor.

Cinco cervezas más tarde me despedí de ellos alegando que quería dar un paseo, ver a ciertas personas, revisitar determinados paisajes, todo mentira. Les dije que luego me pasaría por el piso, el piso al que Dani y yo nos mudamos desde la vieja casa, desde las paredes verdes, esto sí pensaba hacerlo, y de hecho lo haré, me tumbaré en el mismo sofá en que me he tumbado tantas veces y veremos una vieja película de terror, secuela de una aún más vieja película de terror, y me dormiré y tendré un sueño inspirador y extraño, pero todavía no, todavía no. Lo que pretendía era hacer una llamada. Telefonear, como dicen en las viejas películas. Caminé por la ciudad de piedra descartando teléfonos públicos, paseando por una especie de escenario doble, plegado sobre sí mismo, la capa del antes superpuesta sobre el ahora. Volver a la ciudad de piedra es como entrar en un tiempo distinto, alcanzar una velocidad de giro diferente, regresar a un lugar en el que las cosas no han dejado de avanzar pero que lo hacen en una espiral que las lleva cada vez más hacia sí mismas. Volver a la ciudad de piedra es volver a una ciudad dentro de una ciudad que nada sabe de su ciudad interna. Una ciudad secreta habitada por fantasmas. Es una ciudad en la que todavía Dani y yo paseamos de madrugada bajo farolas que parpadean, un poco colocados y un poco asustados y al menos seis años más jóvenes, en la que no dejo de ir al local de ensayo del grupo de Muerto y Brus para ver cómo tocan Fear of the dark cada vez peor, en la que tomo cafés apresurados con Palma en el Aldana, suelos blancos y negros, suelos de ajedrez, en la que Nico y yo llamamos a puertas que se caen a pedazos primero en busca de hachís, después en busca de cocaína, al final en busca el uno del otro, en la que permanecen bares que ya no existen, en la que cuando llueve hay rápidos y cataratas por el empedrado y por los escalones de los palacetes ruinosos y vomitan los canalones de granito y los canalones de lata arcos de plata y espuma brillante y un barquito de papel hecho con papel de periódico de hunde sin remedio, y en la que, sobre todo, Violenne no deja de marcharse cada segundo siluetada en cartulina negra una noche calurosa plagada de nubes gemelas.
Encontré una cabina, un ataúd de plexiglás, roto y astillado, como apedreado, que parecía haber sobrevivido a la ola renovadora de los teléfonos públicos sencillamente sumergiéndose en el olvido de la parte más abandonada del casco antiguo. Me pregunté si funcionaría. Dentro olía a animal encerrado. Saqué calderilla de los bolsillos. Eché monedas. Marqué un número. Conté los tonos. Conté seis. Hola, dijo ella.
Hola.
¿Desde dónde me llamas hoy?
Desde una cabina.
Tú tienes teléfono móvil. Lo he visto.
Y qué.
Y nada.
¿Qué tal estás?
Bien. Aburrida. ¿Y tú?
Estoy un poco borracho.
Siempre estás borracho o tienes resaca, ¿te has dado cuenta?
Es parte de mi encanto.
Empieza a ser predecible.
Pero todavía te gusta.
Ella rió. Sí, todavía.
¿Qué has hecho hoy?
Poca cosa. Me aburro. Quiero verte.
¿Ahora?
Ahora.
Sonreí. Lo siento, no puede ser.
¿Por?
No estoy en Madrid.
¿Dónde estás?
En la ciudad de piedra.
¿En dónde?
La ciudad de piedra.
Ni idea.
No es exactamente un lugar. Es un estado mental. Como el surf. Un estado de ánimo. Una ciudad itinerante. Descubrí hace poco que también responde al nombre de Canciones Tristes. No figura en los mapas. Se tarda cuatro horas en ir desde donde tú estás adonde yo estoy. En autobús. Creo que hay una playa, pero no la he visto nunca.
¿Es dónde vivías antes?
Sí y no. Es donde vivo a veces.
Qué idiota eres. ¿Cuándo vuelves?
En un par de días.
Llámame cuando vuelvas, quiero verte.
Te llamaré, dije. Cuéntame algo.
¿Qué quieres que te cuente?
Lo que sea. Cuéntame algo. Quiero escucharte.
Ayer grabamos un vídeo.
No, no me hables de eso. Cuéntame otra cosa.
Chasqueó los labios. A ver, a ver, dijo. Qué te cuento.
Lo que sea.
Ella suspiró y dijo: Una vez cuando era pequeña...
Colé monedas en la ranura del teléfono.

Y volví al piso y vimos la película.

Soñé.

Una lluvia suave y menuda sobre el parabrisas de un coche polvoriento.

Jeffrey L. Dahmer cerniéndose sobre uno de sus amantes forzados. Años ochenta, espantosos cortes de pelo, la erótica de la lobotomía. Muertos vivientes, muertos amantes. Un taladro ensangrentado. Una jeringa llena de agua hirviendo. Una solución de ácido y lejía. Amor zombi.

Un palacio subterráneo en una isla tropical. Un salón de baile inmenso, austriaco, polvoriento, abandonado. La huellas del último vals. Al fondo, un telón raído, rojo, blanco y negro, una esvástica gigante.

Un parque, un viento frío, una chica con el pelo negro encogiéndose dentro de una rebeca azul. Se llama Aldara Cabo. Muy delgada, muy guapa. Escribe un diario secreto. Escribe sobre alguien llamado B. En ella se cifra el misterio del mundo. Tal vez.

Un bar a primera hora de la noche. Una cerveza y un cigarrillo. Un tipo con ojeras y el pelo desordenado dice que es el diablo. De alguna manera, podría serlo. Dice que puede comprarme el alma. Dice que puede concederme un deseo.

Cerezas de tormenta.

Un autobús escolar internándose en un desierto de pesadilla.

Una elipsis.

Y ya no es un sueño.

El Metropol.

El bar estaba atestado. Nos refugiamos al final de la barra, contra la pared, Marcos, Raúl, Dani y yo. Chema tenía turno, nos puso unos tercios y se echó sobre la barra para darme un abrazo. Estás más delgado, hijoputa, me dijo.
Putas y cocaína.
¿Cómo?
Putas y cocaína, Chema. Dos vicios que adelgazan.
Te repites, Javo, me dijo Dani.
Es parte de mi encanto.
Eh, hay que reconocer que este cabrón tiene encanto, dijo Marcos señalándome con el cuello del tercio. Un cierto encanto decadente y seductor.
Sí, el encanto de un perro sarnoso.
Gracias, Dani, dije.
Yo lo digo porque he oído alguna historia sobre una chica con flequillo.
Miré a Dani.
Eh, tío, querían cotilleo, qué quieres que le haga.
¿Qué pasó con ella?
Bah, dije. Nada. Le di mi número, ella me dio el suyo, ninguno ha llamado al otro.
Es Javo, dijo Dani. Las ama y las deja.
Soy Javo, dije. Cuando las amo me dejan.
Marcos sonrió y dijo: ¿Y la del porno?
Miré a Dani otra vez.
No dejaban de preguntar, tío.
¿Te la has follado ya?, preguntó Marcos.
Marquitos, esa boca, le dije. Coño.
Nah, nah, no me vengas con ésas, insistió Marcos. ¿Te la has follado o qué?
No.
¿No?, preguntó Dani.
No.
Pero la conociste, ¿no? Y quedaste con ella.
Sí.
¿Y?, dice Marcos.
Y nada. Hablamos.
¿No intentaste nada?
La besé. Nos estuvimos besando.
Marcos frunció el ceño. A ver, me estoy perdiendo. Esa tía hace porno. Queda contigo. La besas. ¿Y no te la follas?
No surgió.
Marcos parpadeó, se subió las gafitas. No lo entiendo, dijo.
Es sólo eso.
¿La has vuelto a ver?
No. Pero hablamos por teléfono.
Por teléfono, repitió Marcos.
Sí.
¿De qué?
Me cuenta cosas. Me gusta oírla.
Marcos se volvió hacia Dani. No lo entiendo, te lo juro. Es como si me hablase en otro puto idioma. ¿Tú lo entiendes, Raúl?
Raúl sonrió, se rascó la cabeza pelirroja. No sé.
Sí, ya, tú qué vas a saber. En serio, Javo, eres un puto marciano.
Me reí.
Porno, Javo. Porno.
Déjalo ya, Marcos.
Sí, tío. Marcos echó un trago de cerveza. ¿Si voy a Madrid me la puedo follar yo?
Si no sabes ni cómo es.
Qué más da. Esa tía hace porno, tío. Es algo que tiene sentido en sí mismo.
Le señalé con el dedo. Si te acercas a ella te mato, dije.
Marcos suspiró. Eso es lo que quería oír, joder.

Avance rápido. Cervezas, cigarrillos, un ramillete de anécdotas, las voces cada vez más pastosas. El Metropol alcanza su masa crítica de clientela y durante casi una hora el bar es un lugar suspendido en el tiempo, bullicioso, envuelto en una niebla profunda, donde hace demasiado calor, donde nadie está cómodo. Poco a poco, empieza a vaciarse, se hacen huecos en la barra, se vacían las mesas. Nosotros permanecemos.

Sonia entró con un tipo de la mano. La vi al mismo tiempo que Dani y noté cómo se le crispaba el cuerpo. Gruñó, carraspeó. ¿Tienes un cigarrillo?, me preguntó.
Sí. Le pasé el paquete de Fortuna.
Sonia se acercó a la barra y echó un vistazo alrededor. Nos vio. Sus labios formaron un oh. Se volvió hacia el tipo, le dijo algo al oído. El tipo nos miró, la cogió de la mano y salieron del bar. Ella agachaba los ojos, el tipo se sonreía.
Dani miraba con atención el espacio de aire entre sus rodillas. Dio una calada, sopló el humo.
¿Estás bien?
Estoy de puta madre, dijo.
Ya.
De puta madre.
¿Cómo lo llevas?
Me miró. Cómo llevo qué.
Vale, vale, dije.
Me encendí un cigarrillo. Quedamos un momento en silencio. Marcos le contaba algo a Chema, que se apoyaba en la barra con aspecto cansado. Raúl se había ido a casa un rato antes.
Es como tú dijiste, dijo finalmente Dani. La malaria. Unas fiebres recurrentes.
Unos temblores de vez en cuando. Nada que no podamos soportar.
¿Sabes lo de la gabacha?, preguntó Dani.
Ahora fui yo el que tardó en decir algo. Sí, lo sé. Ella misma me lo dijo, antes de que me fuera.
Hay toda una historia este verano que no me has contado
Toda una historia que no le he contado a nadie.
Tiene cara de idiota.
¿Quién?
Él. El novio de la gabacha.
Sonreí. Ya, ya lo sé.
Dani abrió la boca para decir algo, la cerró, frunció el ceño y finalmente dijo: Iba a decir que el mundo está lleno de idiotas que llevan de la mano a chicas que no se merecen pero, creo, el mundo está lleno de chicas que tienen exactamente lo que se merecen, un tío con cara de idiota llevándolas de la mano.
Volví a sonreír. Amén, dije.
Palabra del Señor, dijo Dani.

Y otra elipsis.

Cuando ya se ha ido todo el mundo.

Las puertas del Metropol cerradas. Chema se había pasado a nuestro lado de la barra con una botella de José Cuervo Especial. Sonaba White Wedding en el equipo de música.
Chema sirvió tequila. Bueno, un puto brindis, dijo.
Dani levantó el vaso, saltó de su taburete, trastabilló, Marcos lo sujetó por el brazo. Cuidado, tío, le dijo.
Déjame, déjame, dijo Dani, ojos húmedos, rojos, el labio inferior vencido, borracho como una cuba, con una pinta más triste y derrotada que nunca. Yo quiero brindar... No, no quiero brindar, qué coño. Quiero decir unas palabras, hacer una puta declaración.
Chema bufó. Dani...
No, coño, déjame. Es... Lo que quiero decir es que... Mierda, que lo rechazo todo.
¿Rechazas qué?, preguntó Marcos.
Todas y cada una de las cosas. Todas y cada una de las verdades incuestionables. Lo niego todo, del principio al final. La realidad, el orden, la física, la química. Niego, especialmente, la gravedad. Estamos flotando. Hágase la luz. La tierra es plana.
Dani se bebió el tequila. Sólo creo en el fin del mundo.
Marcos miró su vaso y dijo: Sí, venga, lo que sea.
Sucede a cada momento, insistió Dani. Flotamos.
Tú desde luego, dijo Chema.
Por el fin del mundo, dije. Bebimos. Chema sirvió otra ronda.
¿Puede alguien hacer un brindis normal y corriente ahora, por favor?, dijo Marcos. ¿Javo?
Cogí mi vaso, lo alcé. Bueno, dije. Yo también creo en el fin del mundo.
La jodimos, suspiró Marcos.
Pero también creo en otras cosas, dije. Creo en bailar borracho en la cabeza de un elefante, por ejemplo. Creo en la literatura también, a pesar de todo y más que nunca, y creo en los gestos inútiles, creo en algo sin nombre que es mitad azar y mitad destino, creo en escribir cartas de amor desde un edificio en llamas, creo en la exhibición de atrocidades, creo en el arte más íntimo, creo en las uvas de la ira, creo en el hombre que ríe, creo en el ruido y la furia. Moví el tequila en el vaso, meditando. Mierda, creo en el rocanrol.
Dani sonrió y levantó el vaso y dijo: Por el rocanrol.
Por el rocanrol, lo acompañó Chema.
Rocanrol, dije, y bebí.
Marcos carraspeó, se subió la gafitas con el dedo. Pues yo creo en las tetas gordas, dijo.
Amén, asentimos.
Sonaba This is not a love song. De nuevo, la imagen fugaz de la chica con la rebeca azul. El misterio del mundo. Siempre cifrado en una chica.


Al día siguiente desperté en el sofá con una resaca espantosa. Tenía un pie descalzo y el otro todavía metido en la bota, los pantalones desabrochados, el cuello de la camiseta manchado de babas. Me incorporé, me froté las sienes hasta que el salón dejó de girar. Escuché pasos por el pasillo. Eh, dije. ¿Queda alguien vivo?
Dani asomó la cabeza por la puerta del salón. Hola, dijo.
Joder, qué mala cara.
Dani se rascó la barba. Ya ves.
Te pareces al último novio de Jeffrey Dahmer.
¿Al novio de quién?
No importa, ¿qué tal estás?
Se encogió de hombros, bostezó. En realidad, bien, dijo. Con una resaca cojonuda, pero bien. Bastante bien. ¿Y tú?
Igual. Bastante bien.
Cuanto peor mejor, ¿eh?
Es que lo quiero para mi escudo de armas. Escrito en latín.
Acabo de mear tequila, te lo juro.
Yo creo que voy a vomitar.
Dani sonrió. ¿Te vas hoy?
Me encogí de hombros. No sé ni qué hora es. Creo que mañana.
Mejor. Tenemos que tomarnos unas cervezas de resaca.
Claro.
Pero ahora voy a caer en un reparador coma, si no te importa.
Yo voy a darme una vuelta.
Despiértame cuando vuelvas.
En serio, ¿estás bien?
Dani frunció el ceño. Ya sabes. Podría estar peor.
Vete a dormir.
Dani asintió. No hay problema, tío, dijo. Estoy flotando.
Hasta luego.
Me palpé los bolsillos en busca del tabaco y conseguí encontrar un paquete aplastado de Marlboro que no recordaba haber comprado en ningún momento. Los cigarrillos estaban hechos pedazos. Cogí el menos maltrecho y lo encendí y el humo me entró en los ojos mientras me ponía y ataba los cordones de la otra bota.
En la calle hacía calor, un calor luminoso y seco, un calor de piedra al sol, un calor que no se encuentra en otro sitio, sólo aquí. Un día aquí y ya era como si nunca me hubiera ido, las mismas borracheras en los mismos bares, las mismas resacas en las mismas calles. Podría quedarme aquí, pensé. Qué diferencia habría. No hay nada de lo que hago allí que no pudiera hacer aquí. Qué sentido tiene. Empecé a caminar, sin rumbo, mirando de reojo los teléfonos públicos, preguntándome para qué. Ni siquiera tendría que volver, porque ya he vuelto. Me pregunté si ya habría terminado todo aquí, me pregunté si alguna vez me había llegado a ir de este lugar, de esta ciudad de fantasmas. Y, en realidad, no me sorprendió encontrarla en ese preciso instante. Perfectamente lógico en su perfecto sin sentido. Como el lance de una novela. Un poco predecible, un poco inesperado. Mitad, azar, mitad destino, esa cosa sin nombre, ella, bajando de un autobús de línea en la acera de enfrente. Extiende un poco el brazo como para mantener el equilibrio, un gesto distraído, en el que no repara, mientras se coloca el bolso en el hombro y echa a andar por la acera vacía. El pelo suelto, los ojos ausentes, el brazo todavía un poco extendido, exhortando al mundo, quizá, a recolocarse, a corregir el ángulo. No me ve. No puede verme porque no espera verme, porque sabe que me he ido y ya no estoy aquí para ella. Soy un espectro, soy translúcido, sólo hay luz solar en el espacio de aire que ocupo. Camina pensativa. Camina deprisa. Alcanza una esquina y desaparece.
Me quedé un momento mirando la calle, como si fuera a pasar algo, como si fuera a sentir otra cosa dentro. Sólo la pena, el viejo dolor, pero esta vez de una manera dislocada, inerte, lejana. La echo de menos pero ahora no podría decir por qué. Es como recordar un chiste a medias e intentar armarlo desde ahí. Todavía te hace gracia, o todavía sigue sin hacértela, pero no puedes ni contártelo a ti mismo. Me descubrí sonriendo, me descubrí sintiéndome bien, regenerado. Incluso la resaca se aplacaba.
Busqué un teléfono público, reuní calderilla. Marqué, conté los tonos. Uno, dos tres, cuatro. Hola. Qué tal estás.
Fenomenal.
Sí, seguro. ¿No tienes resaca?
Una resaca espantosa.
Ella rió. Vuelvo mañana, le dije. Quiero verte.
Escuché su respiración. Me verás, dijo. ¿Cómo está la ciudad de piedra? Sonreí. Clausurada, contesté. Por el momento.

13 Comments:

Anonymous elendaewen said...

Si clickeas en "the" y en "Watchman" tienes el link a la información sobre el cómic. Sí, lo ley hace tiempo y me rondaba la idea.
Saludos.
(Genial tus letras de hoy =)

04 junio, 2007 00:20  
Anonymous die fiücher said...

¿Puede ser un genio el reflejo de otro genio? Puede serlo. Tú lo eres.

04 junio, 2007 00:36  
Anonymous Vil-Mendorl said...

¡Chacho!
¡Enorme!
Ya pronto nos emborrachamos tú y yo, pazo puta.

04 junio, 2007 06:56  
Anonymous The Fucking Holly Dinosaur Boy said...

qué grande eres, qué grande es todo!
colega, yo te comento, el y ella te comentan, nosotros te comentamos, vosotros os comentais, ellos te comentan... pero tú no me comentas!!
pasate y saluda, cohoneh!

05 junio, 2007 02:07  
Anonymous Dr Zito said...

Para cuando un personaje "interesante" que no fume, que no beba, que no sea un "lobo solitario", que no sea de pocas palabras o putero o mlagastador, que no se ligue a las mujeres con solo pestañearlas?

Es por meter el dedo en el ojo, ya sabe. Por lo demas, asombro del bueno.

06 junio, 2007 11:54  
Anonymous Watson said...

Zito, no nos engañemos, creo que Javo es lobo solitario y parodia de lobo solitario de una manera bastante consciente. Y en este post más que nunca.

"Es parte de mi encanto.
Empieza a ser predecible.
Pero todavía te gusta.
Ella rió. Sí, todavía."

Pero abramos un debate, maldita sea. ¿A la autenticidad por el posturismo? ¿Existe otro camino?

06 junio, 2007 12:09  
Anonymous Dr Zito said...

Si, es curioso, el mismo texto resume como me siento a este respecto "Empieza a ser predecible. Pero todavía te gusta."

Entiendo su punto, Watson. Puede que tenga razon. Ole lo del debate, me gustaria oir mas opiniones. Hay alguien ahi?

06 junio, 2007 13:21  
Blogger Yoyo said...

Ya vale la pena que tardes tanto en ponernos algo, que de mierda leida y escrita el mundo está bien lleno.

Eres de las pocas cosas que leo, yo soy mas de letras con dibujos.

Un saludo de un fan mas.

06 junio, 2007 18:14  
Anonymous Vil-Mendez said...

Seamos serios amigos. Probablemente nuestras vidas, aún cuando quizás estemos ahora mismo en su parte más interesante (ya saben, veinteañeros, con nuestras cosas y demás) no sean demasiado interesantes.
Hay una gran excepción: Javo. Puede que esté enfermo, puede q sea solitario o puede que fume mucho, pero amigos: Javo está muy bueno, requetechevere, un gran hottie, y no hay más que hablar.

06 junio, 2007 22:20  
Blogger Dr Zito said...

Pues nada, ante un club tan acerrimo, me quedare calladito.

07 junio, 2007 10:41  
Anonymous watson said...

No se quede calladito, Zito, todo lo contrario. Su comentario era lúcido y pertinente.

El problema, claro, es que no vamos a cambiar a Javo a estas alturas.

Yo insisto en que hay una parodia implícita en Javo, un guiño cómplice nunca demasiado explícito, que rebaja el odioso malditismo. Javo tiene esa actitud, pero no se toma nunca en serio. Javo es así después de leer demasiadas veces "El largo adiós". Javo es un detective sin caso, un alcohólico en potencia, un fumador compulsivo, pero también es demasiado perezoso como para tomarse a sí mismo en serio. Javo se formula en este blog desde el género negro, algo así como un "costumbrismo noir", vamos, la vida después de leer demasiadas novelas. Y lo sabe.

Cuanto peor mejor, ¿eh?
Es que lo quiero para mi escudo de armas. Escrito en latín.

Si esto no es un guiño cómplice, disimulado lo justo como para hacerlo pasar por un parpadeo involuntario, no sé qué es.

07 junio, 2007 11:55  
Anonymous a said...

me ha gustado lo de "estoy flotando", la verdad es que si..

19 junio, 2007 13:40  
Anonymous lee harvey oswald said...

Siempre me ha tocao un poco los cojones esa maldita mania por analizar las cosas que tienen algunas personas. Se da casi siempre la graciosa ironia de que casi nunca aciertan, aunque que acertar. keroseno para las criticas cero sesenta. Limitense a disfrutar y no a disertar señores.este jodido blog es agua de manantial en un jodido desierto de mediocridad. que aproveche

04 julio, 2007 17:32  

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