La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, julio 02, 2007

la gran ninguna parte

Tenía la dirección escrita en un papel. A la hora indicada estaba en la acera de enfrente, mirando un edificio viejo de cinco plantas. El portal estaba abierto. Calle cual, número tal, ahí era. Entonces desanduve el camino y retrocedí un par de calles y me metí en un bar al que había echado el ojo, The Big Nowhere. El interior era azul y angosto como un útero extraterrestre, iluminado con luces indirectas, dos mesas pequeñas, una barra, un acuario vacío al fondo junto a la puerta de los servicios. El techo bajo, pintado de un azul más oscuro, acentuaba la sensación uterina, la sensación de submarino alemán que no se ha enterado del final de la guerra. Cuando entré se sostenía una nota de trompeta más allá de lo creíble, acompañada por una batería lenta, un contrabajo trastornado. Había dos negros, uno a cada lado de la barra, los dos con la cabeza afeitada y un brillo de agua nocturna en el rostro. La cabeza del cliente no era mucho más grande que una pelota de balonmano, los ojos demasiado juntos, orejas de soplillo, el hombre más feo que había visto en mi vida. Me senté en el taburete más cercano a la puerta. El camarero me miró mientras sacaba los cigarrillos y el libro y me hizo un gesto con la cabeza.
Hola, dije. ¿Me pones una cerveza?
El camarero sonrió y se inclinó para sacar un tercio de Heineken al que se le caían escamas de hielo y me lo puso delante. Era un tipo alto y grande, la perfección del esqueleto perfilándose contra la piel, y llevaba una camisa blanca, los botones grises como lascas de perla, que iluminaba por sí misma medio local. Gracias, le dije.
Añadió un cuenquito con frutos secos a la cerveza. De nada, dijo con una sonrisa de teclas de piano.
Me palpé en busca del mechero. ¿Tienes fuego?, pregunté.
El camarero asintió y sacó un librillo de cerillas y lo dejó sobre la barra.
Quédatelo, dijo.
Bien, gracias, dije cogiendo el librillo, era azul, cómo no, impreso TBN en rojo oscuro. Encendí una cerilla, prendí el cigarrillo, soplé humo color acero. El camarero volvió con el cliente y le susurró algo en un idioma que no reconocí. El cliente respondió con una palabra bisílaba, como dos gorjeos de pájaro unidos.
Bebí de la cerveza. La música seguía cayendo desde el techo, la nota de trompeta se arrastraba como un lamento, temblando con las flaquezas del pulmón del músico pero sin llegar a desaparecer o a cambiar, el resto de instrumentos parecían haberse olvidado de ella, avanzaban por el tema como si se hubieran aburrido de esperar a que la trompeta atacase la melodía. Perdona, le dije al camarero. Señalé al techo. ¿Qué es esto?
El camarero levantó los ojos. ¿La música?, preguntó.
Asentí.
Es jazz.
Sí, bueno, ya. Me refería a... Quién lo interpreta, quién lo toca.
Ah, dijo el camarero. Metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un paquete de cigarrillos, Gitanes. Se llevó uno a la boca. ¿Te gusta?
Sí, dije, aunque no estaba muy seguro de que me gustase ni de que fuese música hecha con intención de gustar.
Es mi banda, dijo el camarero. Señaló al cliente. Nuestra banda.
El camarero encendió su cigarrillo, la brasa relumbró.
Di una calada al mío y la expulsé con un ataque de tos. Llevaba un par de días tosiendo más de la cuenta, la garganta irritada. No había dejado de fumar ni de beber cerveza. Notaba el cuerpo febril, me dolían las articulaciones.
Me llamo Amadís Dudú, dijo el camarero. Soy trompetista y poeta.
Lo miré. Sonreía con la boca llena de humo.
No te llamas Amadís Dudú, dije. Conozco ese nombre.
Claro que me llamo Amadís Dudú.
Asentí. Ya, dije. Bebí cerveza. Un anillo de dolor se encendió en mi garganta. Bebí más. Dio otra calada. Tosí. Noté un borboteo de flemas.
¿Qué lees?, preguntó el camarero.
Levanté el libro para que viera la portada. Buen libro, dijo. Siempre me han gustado los rusos.
A mí siempre me han asustado, reconocí.
El camarero lo tomó por algo gracioso y rió entre dientes. Hizo aros de humo.
El cliente habló en su idioma incognoscible. Me miraba. El camarero asintió con gravedad. Mi amigo y yo tenemos una controversia, dijo. Acerca de la existencia de los fantasmas.

Se necesitaba una contraseña para acceder a la fiesta de la quinta planta. Me abrió la puerta un tipo en levita negra, el pelo ensortijado, brillante de fijador. Yo miraba al suelo y lo primero que le vi fueron los zapatos, de punta cuadrada, marrones. Notaba mi cabeza llena de algodón caliente, los pensamientos amortiguados, lejanos. El tipo esperó. ¿Sí?, dijo.
Hola, respondí.
El tipo puso una mano en el marco de la puerta, simulando un gesto descuidado, pero cerrando el paso. Me miró de los pies a la cabeza, con desaprobación. ¿Contraseña?
Os lo tomáis muy en serio, eh.
El tipo frunció el ceño. Es una fiesta privada y...
Si no tengo la contraseña, qué pasa. ¿No me vas a dejar entrar? ¿Tú?
Hablaba la fiebre.
El tipo boqueó. Su cuerpo transmitió miedo de roedor. Fiesta privada, repitió.
Lo miré, tragué flemas. Sorbí por la nariz. Nevermore, dije.
¿Eh?
La contraseña. Nevermore. Ya está.
Sí...
El tipo se apartó.
Sonaba música de clavicordio. La seguí por un pasillo flanqueado de muebles descascarillados con velas a medio derretir. En el techo, donde debería haber habido bombillas, colgaban cables pelados. El tipo me venía detrás, sus zapatos repicaban en el suelo. Mis deportivas no hacían ningún ruido. ¿Tiene teléfono móvil?, dijo.
¿Cómo?
Los teléfonos no están permitidos, puede dármelo a mí para que se lo guarde.
No, no tengo, le dije, sin volverme y sin dejar de andar.
Los invitados estaban en el salón, unos treinta, repartidos por sofás, sillas decimonónicas, escabeles y divanes, algunos tumbados en alfombras orientales, arabescos rojos y dorados. La música de clavicordio salía de ninguna parte. Una fiesta temática, había dicho ella. Romanticismo y decadencia. Empecé a sospechar que el tema oculto era la estupidez intrínseca del género humano. Las bebidas, dijo el tipo de la levita. Señalaba una mesa llena de copas y botellas de vino.
Ah, bien, dije.
Alguien llamó al tipo de la levita y me dejó en paz. Observé el panorama. Un grupo fumaba en círculo de un narguile recargado de ornamentos. Se pasaban la boquilla unos a otros, aspiraban y se dejaban caer de espaldas, como en éxtasis. Olisqueé marihuana, pero tendrías que estar fumándote Jamaica para que te afectara de esa manera.
Uno de los fumetas me miró y gateó en mi dirección. Sólo llevaba unos pantalones rojos, de satén o terciopelo, y tenía el torso escuálido, las costillas marcadas como los surcos que deja un arado. Calculé que si le tiraba una botella de vino a la cara podría alcanzar una ventana y arrojarme al vacío antes de ser atrapado.
Eh, eh, dijo, a cuatro patas. ¿Eres el tío del opio?
Negué con la cabeza.
Mierda, dijo el fumeta. ¿Sabes cuándo viene?
Ni idea, dije.
El fumeta se mordió los labios.
¿Quieres fumar? Siéntate con nosotros.
No, gracias, dije. La hepatitis ya no me sienta bien.
La...
Déjalo. Estoy buscando a alguien.
Me serví una copa de vino tinto. Busqué entre la gente pero no la vi.
Sorbí vino, sorbí mocos. Tosí con disimulo. Encendí un cigarrillo. Me fijé en una chica gorda sentada sola en un diván. Obesidad mórbida envuelta en tules negros, el pelo de un azabache imposible y la cara de una palidez cadavérica y empolvada. Exudaba, sin embargo, una sexualidad primigenia, prehistórica, evocaba inabarcables continentes de piel, orgasmos sísmicos, animales, procreadores, y turbaba desearlos, fiebre dentro de la fiebre, una diosa tallada en piedra por cavernícolas, una suma sacerdotisa, y también una doliente, una plañidera que hace suyos todos los muertos. Mantenía un gesto adusto, imperturbable, muy erguida en el diván. Estaba y no estaba, pese a lo contundente de su presencia. La luz apenas le resbalaba por el rostro y los brazos hipertróficos, carne evanescente, como si pudiera esfumarse sin más y dejar apenas un lío de sedas negras desfallecidas en el diván.
Tragué vino, llené la copa otra vez. Una chica con un sombrerito adornado con flores violetas y un velo de encaje negro se acercó a la mesa y se sirvió una copa. Fumaba un cigarrillo con una larga boquilla nacarada. Hola, le dije.
Me miró como se mira a los insectos. Hola, dijo.
Estoy buscando a alguien. Ana.
¿Te ha invitado ella?, preguntó la chica.
Sí, dije.
Ella sacudió la cabeza, muy despacio.
Típico de Ana, dijo.
¿Sabes dónde está?
Por ahí. ¿Has mirado en las habitaciones?
No, acabo de llegar.
Señaló un pasillo que se abría en el extremo opuesto del salón.
La vi hace un momento. Reservaba una habitación.
Gracias, dije. A ver la si encuentro.
Llamas un poco la atención, me dijo, mordisqueando la boquilla. Tu ropa.
Iba en vaqueros y camiseta, lo que en aquel mundo privado de tules, velos negros y pantalones rojos de terciopelo, tengo que reconocerlo, era llamativo.
Nadie me advirtió sobre la etiqueta, dije. Estoy avergonzado. A lo mejor me tiro por el balcón.
La chica puso los ojos en blanco. El suicidio es tan de los noventa, dijo.
Esperé un momento para ver si encontraba el más mínimo rastro de humor o ironía en la frase. No lo encontré. Colmé la copa de vino, le hice un gesto de despedida y enfilé el pasillo que me había indicado. La primera habitación a la que eché un vistazo no tenía puerta, sólo una cortina medio corrida. Había una chica desnuda sentada en el suelo con las muñecas encadenadas a los tobillos. Mordía una pelota de goma atada con correas a su nuca. Tenía los pezones anillados. Me miró con tranquilidad. Perdón, dije, y corrí la cortina.
Me apoyé en la pared del pasillo. Me dolían las articulaciones, la fiebre había subido. El clavicordio invisible me estaba matando.
Las habitaciones siguientes tenían puerta y estaban cerradas. La última habitación antes del cuarto de baño, en el que entreví en su penumbra una bañera oscura con patas de fiera, sólo tenía la puerta entornada y la empujé con los dedos. El suelo estaba forrado de alfombras, puestas unas encima de otras, formando valles y mesetas, crestas, un diseño parecido a ropa de feriante o adivino mil veces remendada y parcheada. Un diván junto a la ventana. Ana miraba la lluvia y fumaba un cigarrillo.

La existencia de los fantasmas es un tema controvertido de por sí, dijo Amadís Dudú. Pero no exactamente el tema que nos ocupa. Los fantasmas existen, hace tiempo que decidimos eso. ¿Has visto alguna vez un fantasma?
Puede, dije. Bebí cerveza.
Yo he visto muchos, dijo Amadís Dudú. Mi amigo también. Y nos preguntamos qué son. Nos preguntamos por su sustancia.
Ectoplasma, dije.
Amadís Dudú sonrió, dio una calada a su Gitanes.
Mejor dicho, nos preguntamos por su sustancia más allá de su sustancia. No nos inquietan los fundamentos del fenómeno físico, o parafísico, de su existencia. El nombre de lo que los compone. A Duke Ellington le preguntaron una vez qué era el jazz. Respondió que el jazz no es el qué, es el cómo.
El cómo de los fantasmas, dije.
Algo así. Nos gusta escuchar opiniones al respecto. ¿Tú tienes alguna?
Puede, volví a decir. Comenzaron los primeros brotes algodonados en mi cabeza. ¿Qué opináis vosotros?
Mi amigo opina que los fantasmas están compuestos de la misma materia que los sueños. Responden a la misma lógica indescifrable. Sueños que han dejado de soñarse. Sueños que se soñarán y todavía vagan sin dueño.
Sueños que no se están soñando.
Y sueños soñados, dijo Amadís Dudú. Soñamos fantasmas. Todas las noches.
El humo de su cigarrillo no me dejaba verle el rostro. Era más denso que el de mi Fortuna, más corpóreo. ¿Y tú, qué piensas que son?
Yo sólo veo fantasmas cuando toco la trompeta, y creo que los fantasmas habitan la música. Son notas desarticuladas. Las historias que contiene la música, que no pueden expresarse en palabras. Eso son los fantasmas. Por lo menos, los míos.
Cerré los ojos, me froté las sienes. Al abrirlos sólo podía ver una oscuridad azul. Los fantasmas son como nosotros, dije. Pertenecen a una realidad pegada a la nuestra. Las membranas que nos separan son porosas, están gastadas, y a veces se escurren a nuestro lado. Nos miran sin saber qué somos. No saben dónde están, qué están mirando. A veces nos escurrimos hacia la suya, de igual manera, y entonces nosotros somos los fantasmas.
Me sacudió el primer tembleque de la fiebre.
Tú has visto muchos fantasmas, dijo Amadís Dudú.
He creído verlos, dije.

Ha empezado a llover, dijo Ana. Encogía las piernas contra el cuerpo, sentada en el diván. La lluvia arañaba el cristal. Mis pasos hacían todavía menos ruido en el suelo alfombrado. Me senté a su lado y le ofrecí la copa.
Sí, gracias, dijo. La tomó y sorbió. Qué vino más malo, dijo.
No entiendo de vinos, dije.
Yo tampoco, pero éste es malo. Todo es bastante malo en esta fiesta.
No dije nada. Miré por la ventana, los edificios del centro mojándose, el cielo muy bajo y oscuro. El paisaje que se veía desde la ventana de mi cuarto era el de las obras del río, un espacio desolado, como arrasado por una guerra o alguna catástrofe o arrasado para dar lugar a la guerra y las catástrofes.
Ana llevaba una camisa negra, esa falda que ya conozco de los vídeos y que es una superposición de gasas, y las botas negras. Vámonos a otro sitio, dije.
Ella negó con la cabeza. He reservado esta habitación, dijo.
¿Para qué?
Ana sonrió. ¿Tienes tabaco?
Encendí un cigarrillo y se lo pasé. Ella me devolvió la copa de vino, bebí mirando el borde opuesto, la huella roja de sus labios. ¿Y qué esto, una especie de hostal?
Es una fiesta. Son amigos de un foro.
Un foro.
Un foro de Internet.
Ya.
Cuando necesitas una habitación lo que haces es ir a una habitación vacía y sentarte dentro y es tuya. Hasta el final de la fiesta.
¿Cuánto dura la fiesta?
Lo que haga falta, dijo.
Y tú necesitas una habitación.
Se echó hacia atrás en el diván, estiró las piernas hasta que sus pies me tocaron, la punta de sus botas.
Necesitamos una habitación, dijo.
Intenté sonreír. Tengo fiebre, dije.
Yo tengo frío, dijo ella. Ven aquí.

Amadís Dudú siguió perorando acerca de fantasmas y música. Los doloridos lamentos que veía en el rocanrol. Las almas descarnadas que recorrían el jazz. Los miedos alados de las partituras cinematográficas.
Abrí el libro e intenté leer. Las letras estaban desenfocadas, entornaba los ojos para leer mejor y las palabras se hundían en un mar blanco. Forcé los ojos, leí: En aquella época tenía sólo veinticuatro años. Ya entonces mi vida era sombría, desordenada y solitaria hasta la hosquedad...
Me estremecí de pies a cabeza. Me llevé las manos a la cara como si fuera a llorar. Por esto leemos, pensé. Por esto.
¿Estás bien?
Sí, dije. Lo miré. Tú no te llamas Amadís Dudú.
¿Y cómo me llamo?
No te llamas Amadís Dudú.
¿Cómo te llamas tú?
En ningún momento había dejado de sonar la música ni, me parecía, de arrastrarse la infinita nota de trompeta. Dibuja espirales, pensé. La trompeta dibuja espirales. Como el humo, como los desagües, como los tornados. Percibía la música por todo el cuerpo, una vibración sólida. Las notas alcanzaban mi tímpano y reverberaban en el cráneo desde donde se transmitían a las vértebras y a las clavículas y de las clavículas por el húmero al radio y al cúbito y los tristes huesecillos de la muñeca hasta los metacarpianos y las falanges que vibraban contra el acolchado de las yemas de los dedos que recibían también la vibración de la misma barra, del suelo, de las paredes. La música en la piel, sobre la fiebre. La música en el interior, pulsando en las vísceras.
De nuevo, sólo la oscuridad azul, y el sonido azul, y una bruma de cigarrillos.
La camisa blanca de Amadís Dudú, el advenimiento de un sol nocturno.
No hay belleza que no sea terrible, dijo. No hay belleza que no duela.
No sé en relación a qué lo dijo, si a los fantasmas, si a mi libro, si a la música, pero es una frase que podría decirse en relación a todo y nunca dejaría de ser cierta.

Soy un hombre enfermo, le dije.
Ella manipuló el cinturón. ¿Qué?
Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.
Ella me giró la cara y me besó. Cállate, dijo. Tiró del cinturón, tiró de los pantalones, separó las gasas de su falda, afianzó las botas sobre el diván.
Ven aquí, aquí, aquí.
¿Ahí?
Ahí...
La fiebre es un motor extraño. La fiebre tiene sus propias reglas. El alfombrado amortiguó el golpe, rodamos por el suelo sin hacernos daño, o haciéndonos el daño justo, el exquisito grado de dolor. Se le saltaron dos botones de la camisa, hice agujeros en las gasas de su falda, mis dedos ansiosos, y rompió el cuello de mi camiseta de un tirón. Me mordió el brazo, me arañó las costillas. No era el animal solícito y complaciente de sus vídeos, no había ese aire juguetón y divertido, seductor. Su cuerpo, que ya creía conocer, estaba historiado de marcas secretas, de cicatrices invisibles. Lo acaricié, lo palpé, lo recorrí con miedo de dejar inexplorado un solo centímetro. También lo mordí y lo arañé. Le sujeté el rostro para mirar sus ojos, inyectados en sangre, mi fiebre había saltado a ella, y ahora era fiebre sobre fiebre, un ardor que agota océanos, y me mordió los dedos y yo me dejé morder. Quieta, le dije, separando sus muslos, buscando el camino. Su pelvis se sacudía, me golpeaba. Me hincó los dientes en el pulgar, gimió con los ojos cerrados. Gruñí de dolor justo cuando logré entrar en ella. Saqué el dedo de su boca, marcado y húmedo, le resbalaba una gota de sangre ensalivada. Se calmó un momento, respirando a jadeos. Me dejó mirar sus ojos. Eh, le dije. Eh. Me pasó una mano por la nuca y acarició con lentitud. Sí, eh, vamos. Con la otra mano recorrió las vértebras de mi columna, en orden descendente y como si las contara, y al llegar abajo me empujó para ir más dentro, más lejos, hasta el final.

Dejé monedas sobre la barra. Amadís Dudú las recogió sin contarlas. ¿Te vas, amigo fantasma?
Me voy, dije.
Ha sido un placer tu compañía.
Lo mismo digo, dije, pensando que su compañía había sido una nueva forma de pesadilla.
Puedes volver cuando quieras, dijo Amadís Dudú. Abrió los abrazos como abarcando el local y la luz se desplegó desde su camisa blanca como argucia de ilusionista. La Gran Nada, El Gran Desierto, El Gran Vacío, La Gran Ninguna Parte, siempre estará esperándote. Prometemos buena música y charlas con fantasmas, bebida barata y cerillas gratis, cortesía de la casa. El único requisito para volver es encontrar el camino de vuelta. ¿Sabrías encontrar el camino de vuelta?
Quizá, dije.
Siempre cabe la posibilidad de que nosotros te encontremos a ti, dijo, sonriendo. Pero para eso necesitaríamos tu nombre. ¿Cómo te llamas, amigo?
Metí las manos en los bolsillos. Arturo Belano, dije, y salí del bar.
Afuera soplaba un viento frío que me rebajó la fiebre. En el cielo se agolpaban ya signos de oscuridad y lluvia.

En medio del páramo de alfombras debíamos parecer dos alucinados, dos eremitas perdidos que finalmente encontraron lo que habían ido a buscar al abismo, dos náufragos en la última de las playas, cubiertos de sal oceánica y sal de sudor, y dos amantes transidos, lo que éramos, y también dos huellas de fiebre, dos dibujos de ceniza, dos nubes de tormenta.
Sabes, dijo ella, creo que si lo hiciéramos un poco más fuerte y un poco más deprisa, sólo un poco, saldríamos ardiendo. Por fricción, como dos cerillas.
Dos cerillas.
Puro fuego.
¿Crees que seríamos capaces?
Asintió con gravedad, tragó saliva seca. Combustión espontánea, dijo. Bum.
¿Más fuerte y más deprisa?
Sí, sólo un poco. O incluso mucho más fuerte y mucho más deprisa. Sin parar un momento, hasta volvernos atómicos. Hasta quemarlo todo.
¿Quieres salir ardiendo?
Sí, dijo. Me pasó las uñas por el pecho.
¿Quieres quemarlo todo?
No se me ocurre otra salida, respondió. Me giré para besarla y colocarme sobre ella y empezar a follar de nuevo como si tuviera que ser la última, como si fuera el polvo del fin del mundo, como quien escribe cartas de amor, ya era hora, desde un edificio en llamas.

12 Comments:

Anonymous ana said...

Mmmm... romántico y decadente... uy como te estas refinando, jajaja. Me ha gustao the big nowhere, si señor. Historias en ninguna parte en un punto entre vida y muerte. Estas hecho un crack! sigue así...

02 julio, 2007 13:49  
Anonymous Vil-Mendez said...

Muy grande y muy Tim Burton el bar. Comparto tu pasión por escribir cartas o emails de amor desde un edificio en llamas.
I love you.

02 julio, 2007 18:07  
Anonymous el niño dinosaurio said...

Aquí hay una puta canción! De aquí se saca un jodido disco entero!

02 julio, 2007 18:33  
Blogger getchell said...

Tu prosa tiene el aroma del aguardiente de Nueva Orleans, de viaje onírico, de canciones olvidadas. Al final, el Halcón está hecho de letras borrosas.

03 julio, 2007 14:32  
Blogger Rain (v.m.t.) said...

Lugares grabados en la memoria selectiva. Lugares a los que J.Alvargonzález da vida. Seres de una ciudad delirante. Diálogos y pensamientos lanzallamas...

La Gente Terrible.

04 julio, 2007 11:02  
Anonymous a said...

y bum!

04 julio, 2007 12:17  
Anonymous RUFIO RUF said...

blog de entrañas desde un universo,en llamas. Uterinidad, amor y fantasmas y miedo a los rusos. Me alegras los dias con tu prosa immortal y evanescente. grandes esperanzas...

04 julio, 2007 17:19  
Blogger Elendaewen said...

"Fever, what a lovely way to burn..." =)
Saludos.

05 julio, 2007 00:48  
Anonymous Dr Zito said...

Mire, conozco el proposito (o creo), pero el negro no me ha interesado demasiado. Pero eso no quita oiga: una bilocacion magistral.

10 julio, 2007 18:12  
Anonymous Anónimo said...

Q tal? La frase de Duke Ellington "el jazz no es el qué es el cómo" tenes idea en quñe entrevista la dijo, y cuál es su traducción exacta en el ingles (tal cual la pronunció él). GRacias si alguien puede contestarme esto!

10 septiembre, 2008 16:52  
Anonymous Anónimo said...

Por qué has dejado de publicar? me encanta lo que leo. No sé cómo he llegado hasta aquí pero me gusta.
Un saludo!
Nuria

02 junio, 2011 16:58  
Anonymous Anónimo said...

después de muchos años he vuelto como la mosca a la miel. aún no he encontrado un blog que me remueva de igual forma el aparato digestivo.

20 agosto, 2016 20:46  

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