La Gente Terrible

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miércoles, julio 18, 2007

tantos mundos que enseñarte

Antes de irme de la ciudad de piedra fui a visitar a Nico. Recordaba la dirección a la que me había llevado el verano pasado, la casa de Rosa, su novia ecuatoriana. Nico ya no vivía allí. Me abrió la puerta el hijo de Rosa, un chaval moreno y flaco. Me miró con unos ojos que eran como gotas de tinta. Hola, dije.
Mamá, llamó el chaval. Mamá...
Rosa se asomó a la entrada del piso, secándose las manos con un paño. El chaval se escabulló. ¿Qué quieres?, dijo Rosa. Me reconoció de un vistazo, aunque sólo habíamos coincidido una vez, cuando me encontró durmiendo en la cama de su hijo, apestando a sudor y a veneno y con una resaca atroz de vodka y cocaína. Después ejerció de anfitriona forzada y me dio de comer, arroz con tomate y huevos fritos, mientras le lanzaba miradas tremebundas a un Nico que no estaba mucho mejor que yo.
Estoy buscando a Nico, dije.
Nico ya no vive aquí.
Ya lo sabía, pensé. Desde mucho antes de llamar a la puerta.
¿Y dónde vive ahora?
Rosa hizo un gesto de indiferencia.
¿No lo sabes?
Rosa suspiró. Sí, lo sé, dijo.
Esperé. Rosa me dijo el nombre de una calle. Es la casa de la esquina, dijo. La que tiene la puerta grande.
¿Qué número?
No tiene número.
No conozco la calle, dónde...
Está en la parte vieja, dijo.
Eso también lo sabía, pensé. No podía ser otro lugar.
Vale, gracias. Me acercaré a verlo.
Rosa sacó el paño de sus puños, lo desplegó, sujetándolo por las puntas, empezó a doblarlo. Dile que... No, no le digas nada. Nada de nada.
Vale, dije. Yo...
Adiós. Rosa cerró la puerta.

Habla el ciego, la noche antes de volver a la ciudad de piedra. Pasa la mano por la barra del bar como si extendiera una baraja de cartas invisibles. Qué jugada de tahúr, dice. La vida. Visto y no visto. La ilusión de la permanencia y la inmortalidad. El vino lo hace hablar y lo hace con labios débiles y brillantes, los ojos abiertos tras las gafas oscuras. Qué gran broma, qué pase de manos. Pero esto lo digo ahora, espoleado por el vino y el griterío y el humo que no me deja oler otra cosa, ni el vaso que tengo en la mano. Cómo no creer que este pandemonio se hundirá sobre sí mismo. Cómo albergar esperanzas. Pero mañana, cuando el vino se aplaque, porque primero acaricia y luego muerde, pensaré otras cosas, podré encontrar un cierto sentido en el sin sentido. Entonces, qué queda pensar, qué saldo arroja la comparación de nuestras columnas del debe y el haber.

Nico vivía en un una casa vieja, diminuta, que hacía esquina frente a la plaza de una iglesia, también diminuta y achaparrada. El sol pegaba de lleno en el empedrado y, cuando se iba poniendo, si esperabas en silencio, se podía oír el chasquido de las piedras al enfriarse, contrayéndose, retazos de una conversación geológica, como si se comunicasen el final de otro día, nada ha cambiado, dicen, todo sigue igual desde hace un millón de años. Llamé a la puerta. Escuché movimientos. Unos pasos, una tos. La puerta se abrió unos centímetros, con la cadenilla echada. Vi flotar una cara blanca y mal afeitada, los ojos hundidos. ¿Topo?, preguntó.
Nico, dije. Soy Javo.
La cara blanca tosió. ¿Eh?
Que soy Javo, coño.
¿Javo?
La puerta se cerró, volvió a abrirse sin la cadenilla.
Javo, dijo Nico. Qué pasa, hombre.
Se apartó para dejarme pasar. Dentro de la casa flotaba un aire denso, pesado. Nico iba en pantalones cortos, tenía un aspecto sudoroso y febril. Su palidez destacaba en la oscuridad como la de un espectro. Estaba más delgado, aunque su cuerpo parecía haber perdido peso de una manera desigual, su pecho era flaco y estrecho, huesudo, pero le colgaba una barriga fofa y le enfundaba una rodada de grasa blanca los riñones. Una erupción roja le cruzaba la espalda. Pasa, pasa, me dijo. No me saludó de manera especial, como si me hubiera visto justo ayer y no hiciera casi un año de la última vez. Qué tal, tío.
Bien, dije. De visita.
Entramos en el salón. El calor del día se había acumulado hasta lo insoportable. Olía a cerrado, a sudor nuevo sobre sudor viejo, a comida recalentada, a cigarrillos, y a enfermedad, ese matiz agrio y punzante en las fosas nasales. Había un tresillo desvencijado, un par de sillas, un televisor, una mesa que desbordaba latas de refresco y cerveza, bolsas de patatas fritas, migas de pan, platos sucios, ceniza. Las paredes tenían manchas de humedad y se caía el gotelé a pedazos como cáscaras de un huevo duro. Estaba muy oscuro, apenas el brillo del televisor encendido y sin sonido, las ventanas cerradas, las persianas bajadas, las cortinas corridas.
Nico se tiró en el tresillo, tosiendo. Yo me senté en una de las sillas, con precaución. La silla chirrió un poco, estaba floja, desencolada. Nico seguía tosiendo.
¿Estás malo?
Un catarro, dijo. Se rascó la espalda, contorsionándose como un simio. Cómo me pica, joder.
¿Puedo fumar?, pregunté.
Sí, hombre, sí. Dame uno.
Saqué los cigarrillos. ¿Seguro?
Sí, coño.
Encendimos los cigarrillos. Creía que eras el Topo, dijo Nico.
¿El Topo?
Un tío que me está buscando.
Joder, Nico...
No te preocupes.
¿Qué le has hecho al Topo?
Nico tosió, dio una calada, volvió a toser.
Nah, ya sabes. Desacuerdos empresariales. Él dice esto, yo digo aquello. Él dice que me va a matar, yo digo que me encuentre primero. Se rió, sonó a somier oxidado. Es un niñato, tranquilo.
¿Qué le hiciste?
La avaricia rompe el saco, tío, dijo, levantando el índice. Tanto fue el cántaro a la fuente que tal y cual, ya sabes... Yo le pasaba farlopa. Claro, le hacía el viejo truco.
Cuando conocí a Nico se dedicaba a rondar institutos con dos objetivos, conseguir carne joven, con una falta de escrúpulos a la que ni Marcos ha llegado, y venderle a los chavales una mixtura de mala marihuana y buen orégano en una proporción que, según él, hacía indetectable el engaño incluso a consumidores avezados.
Una parte de coca, una parte de aspirina, siguió explicando. Ni se daba cuenta, el tío tonto. Tampoco es tan malo, eh, no se iba a envenenar ni nada...
Como mucho le ibas a quitar el dolor de cabeza, concedí, encogiéndome de hombros, sonriendo a mi pesar.
El caso es que la última vez me colé. Tanto fue el... Bueno, eso ya lo he dicho. El Topo quería diez gramos para pegarse un fiestón, y yo andaba un poco corto, así que cogí los cinco gramos más chungos que tenía de farlopa, que eran como puta cal, y los mezclé con cinco pastillas de paracetamol de gramo que me recetó el médico cuando me puse malo.
Le dio una tiritona. Sonrió, se rascó la espalda. Que ya ves el puto médico lo que me ha ayudado, dos semanas llevo así.
¿Dos semanas, Nico?
Sí, dijo. Total, que no me acordé de que las putas pastillas eran efervescentes. Así de listo soy. Nico suspiró, puso los ojos en blanco. Me contaron que le salía espuma por la nariz. Y, claro, ahora dice que me quiere matar.
El Topo, dije.
El Topo, dijo.

El ciego hacía visajes, muecas, gestos involuntarios fruto de la no conciencia o el olvido del propio rostro. Tenía el dorso de la mano perlado de vino, la primera vez que lo veía desatender su pulcritud y caer en el desaliño del pelo, que se le desordenaba, y los labios y las manos manchadas, una pulcritud hecha de hábitos mecánicos, memorizados, adquiridos, todo eso se perdía ahora en la noche oscura que aguardaba fuera y en la que él estaba inmerso. Sólo hay dos oficios que los hombres desempeñan en toda su pureza, Javier, dijo. La guerra y la narración de historias. Sus dos primeros oficios, sus únicos oficios legítimos, impuestos por un orden previo a todo, por su misma esencia, por el alcaesto y el destino. Estos dos oficios contienen al hombre, lo definen. Y no interpretes la pureza como algo positivo, la pureza es horrible, es una herida en carne viva. Se detuvo el ciego, agitó el vaso, calculó un último trago. Puede que la guerra sólo exista para contarla, dijo. Y puede que las historias no sean más que otra faceta de la guerra, la que todos los hombres libran contra el vacío.

Nico tenía en el frigorífico cuatro latas de Mahou, dos botellines de Águila, una litrona de San Miguel mediada, una botella de vodka, un frasco de mayonesa, un bote de mostaza, un bote de ketchup, un salchichón mordisqueado, un tomate pocho y dos cubiteras vacías. Cogí los botellines, los dejé en la encimera, ennegrecida y pegajosa, y busqué por los cajones hasta dar con un abridor, y volví al salón. Nico miraba la tele, abrazándose las costillas y meciéndose un poco. Abrí los botellines, le pasé uno. No debería, dijo. Por los antibióticos. Pegó un trago. Lo que no te mata te hace más fuerte, ¿eh? Bueno, qué tal estás. La capital y eso.
Bien, dije. ¿Tienes fiebre?
Yo qué sé, dijo. A esta hora siempre me sube. Los putos biorritmos.
¿Has vuelto a ir al médico?
Para qué. Oye, por cierto, ¿cómo está el tema por allí?
Qué...
El tema.
Ah. No sé, Nico. Hace mucho que no compro. Estoy hecho un comebolsas.
Sonreímos. ¿Calidad y eso?
Tan mala como en cualquier parte.
¿Cuándo te vas?
Hoy, dije. Tenía billete para esa misma tarde y todavía tenía que pasar por casa de Dani a por la mochila y por el Metropol para despedirme de todos. Iba muy justo de tiempo, pero no tenía ánimos para marcharme y dejarlo solo. No podía imaginarme haciéndolo, y casi nunca logro hacer nada que no haya proyectado primero en mi mente, anticipado de alguna manera, una especie de película de lo probable. Una de mis múltiples taras.
Ya. Nico se frotó la cara. Tengo un poco, si tú quieres. Barata, de puta madre...
No, si yo...
Que no es paracetamol, eh. Que es de la buena, de la mía, de la que yo me meto.
Déjalo, da igual.
Ya, ya, dijo Nico. Se rascó los brazos, se rascó la espalda.
El calor se estaba volviendo explosivo. El humo ascendía con lentitud hasta el techo, como si le costase, como si se desenvolviera en un líquido muy espeso. Bebí un poco de cerveza, menos fría de lo que esperaza, e hice una mueca. Amarga, dijo Nico. Es lo único que me gusta que sea amargo, la cerveza.
Me pareció que amargaba demasiado. ¿La cerveza caduca?, le dije, buscando alguna fecha impresa en la etiqueta o grabada en el cristal.
Nico no dijo nada y encogió las piernas contra el cuerpo, apretando los dientes. Me duele la espalda, dijo. Es como una punzada. Por dentro.
Dejé el botellín en la mesa. Nico, dije. Quieres...
¿Sigues escribiendo?
Sí, dije.
Bien, tío. Mejor que hayas vuelto.
En realidad, nunca dejé de escribir.
Nico asintió. Apretaba los dientes. ¿Cuándo voy a salir yo?, preguntó. En un cuento, en una novela... Me tienes que sacar, alguna vez.
Claro, dije.
Sudaba a chorros, y el sudor le resbalaba por la piel y se evaporaba dejando un rastro salino sobre la piel paliducha y la forma pobre de sus músculos y sus huesos. Gimió, estiró los brazos hacia atrás, una postura forzada, una postura de puñalada. Nico, dije. ¿Nico?

La gente me cuenta historias. Algunos de estos hombres que nos acompañan hoy, en medio del ruido y que no miran en nuestra dirección, sé que no lo hacen, llegan tosiendo, carraspeando, gruñendo, tímidos como niños, y quieren pagarme el café o el vaso de vino para que los invite a sentarse a mi lado, y se sientan como estás sentado tú ahora, se inclinan hacia mí, y hablan. Me hablan, en esas ocasiones, como se habla a un confesor, como se habla entre tinieblas, susurrando. Será porque no puedo verlos, será porque no tienen que ocultar sus rostros de mi mirada que no temen hablar. Cuentan sus historias, sus ridículas o terribles o imperdonables historias, impregnados del olor de su bebida, como si en realidad hablasen de otra cosa, deslizando aquí y allá fragmentos de su confesión, me cuentan que cuando eran niños mataron un perro, me cuentan que no pueden dejar de beber, me cuentan que robaron, me cuentan que engañaron, mintieron, huyeron, me cuentan que algunas noches no pueden dejar de llorar aunque no recuerdan el motivo o lloran porque no pueden dejar de llorar, me cuentan que una vez mataron a un hombre que creían odiar y que no odiaban, me cuentan que una vez mataron a una mujer que creían amar y ahora no saben qué creían saber.

Llamé a un taxi. Fui a la habitación de Nico, un cuartucho con un catre despellejado y un revoltijo de ropa sobre una tabla de planchar, y cogí una camiseta al azar. En el salón, conseguí incorporarlo y pasarle la camiseta por la cabeza. Vamos, le dije. Vamos, Nico.
Le ayudé a pasar los brazos por las mangas. Debajo de la mesa encontré un par de sandalias. Las cogí y las puse junto a sus pies. No te tengo que poner esto, ¿verdad?
No, hombre, no...
Me aparté, cogí el cigarrillo que había dejado humeando en la mesa y le di un par de caladas mirando a Nico pelear con las hebillas de las sandalias. Apagué el cigarrillo y le ajusté las sandalias a los tobillos.
¿Puedes andar?
Sí, claro.
Llegó el taxi. Nico caminaba como un zombi. El taxista frunció el ceño al vernos. Venga, dijo. Que aquí no puedo aparcar. Tenía el coche cruzado en la calzada peatonal que circundaba la plaza de la iglesia. Nico se metió en el asiento de atrás. Al hospital, le dije al taxista. ¿Qué hospital?, me preguntó.
Miré a Nico. No sé, el que esté más cerca.
No, dijo Nico. Clínica... San... Clínica San Francisco. Mis padres me tienen... Por la privada. De beneficiario. Eh...
El taxista me miraba.
Clínica San Francisco, le dije. Vamos, coño.
Al llegar, tuvimos un pequeño problema monetario. Sólo tenía un billete de cincuenta euros, que había sacado del cajero un rato antes, y el taxista no tenía o no quería darme cambio. Hice acopio de chatarra y un billete de cinco euros hecho trizas que encontré escondido entre recibos del banco y un preservativo fosilizado en la hendidura más recóndita de la cartera, contando céntimo a céntimo para completar el monto, mientras el taxista me miraba y gruñía para sí. Volví la cabeza para preguntarle a Nico si tenía algo de dinero, cosa bastante improbable, y descubrí que ya se había escurrido fuera del coche. Joder, dije, y le puse en la mano al taxista aquel lío de monedas y el billete astroso, y salí también del coche. La entrada de la clínica estaba sombreada por unos árboles y se extendían unos setos ya agostados por el camino hacia la puerta. Entré en la clínica, en una sala de espera estrecha, una hilera de asientos de plásticos atornillados al suelo, una puerta azul a un lado y unas puertas batientes al fondo, y un mostrador en el que se apoyaba, por el lado de fuera, una mujer en un uniforme verde, una enfermera, supuse. Hola, dije. La mujer se mordisqueaba la uña del meñique, me miró sin dejar de hacerlo. Vengo con un amigo, dije. ¿Ha entrado... ?
La mujer me miró como si le hablase en otro idioma. Se sacó la uña de la boca pero no dijo nada.
Es un tío flaco, de mi estatura, expliqué. Pantalones cortos... ¿Lo ha visto entrar?
La mujer se encogió de hombros. Me miró como si fuera un marciano.
Vale, vale, dije, y volví a salir de la clínica. Eché un vistazo a los setos, imaginándome a Nico perdiendo el conocimiento y cayéndose por ahí, fuera de vista, pero no encontré nada. Entré de nuevo. La mujer ya no estaba. Había un tipo, con el mismo uniforme verde. Eh... Joder, dije. Oiga, ¿ha entrado un chaval ahora mismo?
Yo acabo de llegar, no sé, dijo el tipo.
Pero...
Me froté los ojos. Tuve la espantosa sensación, una sensación que antes tenía mucho más a menudo, de haberme deslizado fuera de la realidad, haber cruzado un meridiano secreto, una división entre mundos, y haber caído en uno similar al mío, pero desprovisto de sentido y referentes, donde nada de lo que yo conocía había existido jamás, donde no era más que un paria, donde mi voz a los oídos de los habitantes de esta realidad sólo decía incoherencias. Se abrió la puerta azul y salió Nico, con su aire encogido y un temblor en los hombros. Joder, Nico, le dije. Dónde coño...
Me estaban tomando los datos, dijo.
No te encontraba.
Me tienen que hacer unas radiografías, dijo. Parece que estoy un poco jodido de los pulmones.
¿Quieres que llame a alguien?
Nico cerró los ojos. Apretó con fuerza los párpados. No, dijo. Pero espérame, ¿vale? ¿Te importa esperar a que terminen, tío? No quiero... Es que...
No te preocupes, me quedo aquí.
Gracias, dijo, y me tocó el hombro y se giró hacia el tipo de verde. ¿Por aquí?, dijo.
Sí, ven, te acompaño, dijo el tipo y se acercó a Nico para llevarlo más allá de las puertas batientes, por un pasillo que atisbé enorme e interminable, dos cosas que seguro no era, y me quedé solo en la sala de espera. Me senté en uno de los asientos de plástico, estiré las piernas. Miré la hora en el móvil. Mi autobús salía en treinta y cinco minutos. Adiós, adiós, pensé. Otro día más en la ciudad de piedra.
La mujer de verde se asomó tras el mostrador, como si se hubiera estado escondiendo, esperando su turno, el pie de su parlamento. ¿Has encontrado a tu amigo?, preguntó.
La miré. Me llevé la uña del meñique a la boca y no dije nada.

Como si al estarme privado el mundo visible pudiera saber del invisible. Como si mis ojos estuvieran adecuados a una vibración distinta de la luz y todo lo oculto, el misterio, estuviera a mi alcance. Pero te diré, Javier, que no hay más mundo que el mundo. No hay ningún misterio, no hay ninguna magia, apenas el pase de manos, ya lo he dicho, de un charlatán que a fuerza de repetirlo ha convencido a todos de que las cartas en la manga son parte del espectáculo. Apenas eso. Apenas eso y nada más.

Tuve que esperar dos horas. Las dediqué a fumar cigarrillos bajo la sombra de los árboles de la entrada, a rescribir mentalmente párrafos de relatos pasados, a mirar la punta de mis zapatillas. También hice una breve excursión a una cabina cercana. Intenté hablar con Ana, pero estaba con el tipo, el Señor Pito Torcido, y la conversación resultó críptica y apresurada. Mencionó una fiesta a la que iba a ir. Sola. Romanticismo y decadencia. Ya te daré los detalles. ¿Quieres ir?, dijo.
Afuera anochecía. Una enfermera salió de las puertas batientes. ¿El compañero de Nicolás?, preguntó. No había nadie más en la sala de espera. Yo, dije. Ven, dijo la enfermera. Puedes pasar a verlo.
¿Cómo está?, le pregunté.
Bien, dijo la enfermera.
Me llevó por el pasillo hasta unas escaleras y las subimos y cruzamos un pasillo más y me dejó frente a la puerta de una habitación. La puerta estaba entornada y llamé con los nudillos. Eh, dije. ¿Se puede?
Nico estaba en una cama, arropado hasta el pecho con una sábana. Se incorporó sobre los codos. Javo, dijo. Llevaba un pijama del hospital.
¿Cómo estás?
Nico hizo una mueca. Tengo neumonía, dijo.
Vaya.
El médico ha dicho que tengo los pulmones de un pajarito y que no tendría que fumar.
Pues ya sabes, dije.
Me han puesto hasta el culo de antibióticos y calmantes, llevo un buen pelotazo encima, Javo.
Sonreí. Disfrútalo, le dije.
No había dónde sentarse. Me quedé al borde de la cama, sin saber qué hacer, y Nico me miró y en cada uno de sus ojos ardía un mundo, mundos configurados en el paroxismo y la fiebre en los que puede verme reflejado, mis propios ojos, mis propios mundos de estupor, y era un reflejo insoportable, como la mirada de Medusa, como la destrucción de Sodoma, y aparté la mirada antes de convertirme en estatua de piedra o sal y quedarme para siempre vitrificado en el horror.
Rosa, dijo Nico.
Qué.
Podrías...
Qué, qué...
Sacudió la cabeza. Nada, déjalo. Mejor nada... Eh, ¿estás bien?
Sí, dije. Pero no estaba bien. Estaba a punto de vomitar. Nos va a sobrevivir a todos, pensé. Era una revelación, y no llegaba en forma de imágenes confusas, de relámpagos internos, convulsiones y ojos en blanco, era más bien como una certeza, una certeza premonitoria, un incuestionable atisbo de futuro. De entre los pliegues del tiempo, en un truco de papiroflexia limitado y pequeño, surgía. Ninguno de nosotros lo verá muerto. Marcos, Dani, yo, ninguno. Nico bailará sobre nuestras tumbas. Este despojo neumonítico, cocainómano, trapichero, buscavidas, con pulmones de pajarito, seguirá siempre hacia delante, sin echar un vistazo al holocausto a su espalda. Y bailará, bailará porque será lo único que le quede, y el fin del mundo lo encontrará bailando, inmune al espanto, en la ciudadela del cataclismo.
Tengo que irme, dije.
Espera, dijo Nico. Había una mesita junto a la cama y abrió un cajón y sacó un par de llaves. Toma, dijo. Ve a casa. Cogí las llaves, le dije que vendría a verlo al día siguiente, y salí dando tumbos de la habitación. Caminé como un autómata por las calles y no fue hasta pasado un buen rato que no me di cuenta de que tenía las llaves de su casa en la mano, sudadas y brillantes, y no supe qué hacer. Tenía que ir a por mi mochila, tenía que comprar otro billete, tenía que comer algo, tenía que sacarme de encima el sudor del día, que me pesaba como la mortaja que habría de cubrirme, tenía que hacer todo eso, y lo que hice fue encender un cigarrillo y andar despacio hacia la casa de Nico. Cuando llegué, me dediqué a descorrer cortinas, abrir ventanas, levantar persianas. El calor remitía. Circulaba algo de aire. Encendí las luces del salón, pero las bombillas parpadeaban e iluminaban menos que la llama de un mechero, y me quedé a oscuras, fumando, mirando el desfile de imágenes del televisor sin sonido, y las manchas de humedad de las paredes parecían mapas de la superficie de la luna, mares de roca y polvo gris, mesetas vacías, cráteres insondables, pero mapas trazados por un selenógrafo trastornado que alucinara con un satélite alternativo, una luna que es sólo su cara oculta, y lo plasmara en trance cada amanecer, y en algún momento empecé a soñar, sin llegar a quedarme dormido, y Violenne se sentó a mi lado y hablamos de premoniciones y de los días del futuro pasado, y luego soñé con caballos corriendo en la noche, restallaban relámpagos y llovía y yo me movía muy deprisa como si fuera en un vehículo descubierto, aunque no podía verlo, y un haz de luz, un foco, una linterna, un farol, recorría las formas de los animales que corrían despavoridos y mostraban los cuartos traseros, los cascos que arrancaban hierba y barro en la carrera como azadones y los lomos blancos o negros o bayos que se arqueaban y se contraían y las crines como llamas en la oscuridad y los cráneos alargados, los ojos desorbitados y blancos y furiosos que giraban sin tino dentro de las cuencas y en el sueño sólo había movimiento y caballos de belfos retraídos y dentaduras perfectas y enormes y luces en el cielo y penetrando la lluvia como si la acuchillasen, los cielos quebrados en violeta, aire saturado de olores, el movimiento que no cesa, y el sueño se borró despacio, sin dejar de acelerarse, y alguien llamó a la puerta y me levanté dormido y despierto y al abrir la puerta una delegación de cenobitas me saludó e hicieron reverencias burlonas y habló el portavoz. Ah, dijo. Tenemos tantos mundos que enseñarte.

13 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Ojalá yo pudiera fumar mientras me leo esto tal y como hace el dino-kid. porque de éso es de lo que me entran ganas; de fumar y de declamar interjecciones obscenas, tacos castizos y madrileños para alabar a Javo, los bares y el bendito devenir tuyo, hermano.

18 julio, 2007 16:01  
Anonymous elendaewen said...

Tus letras sí que nos sobrevivirán...
=)
Saludos.

19 julio, 2007 00:41  
Anonymous anónima said...

tantos mundos que nos enseñas.. mundos de sensaciones, mundos de vibrasiones que nos puedes regalar. Estos son los días más felices que puedo yo vivir, con luz de mil matices que tienes para mi.
Javo, mil abrazos para abrazarte y mil bocas para besarte.

19 julio, 2007 03:49  
Blogger getchell said...

De pequeño quería ser cenobita, pero me quedé en contador de historias.

La ciudad de piedra tiene un tono diferente a Madrid y eso me gusta. Tal vez ese sea el mundo diferente al que temías caer.

19 julio, 2007 13:07  
Blogger GABO CARUANA said...

fascinantes palabras. gracias. llegué aquí por zona tomada. volveré por placer.

20 julio, 2007 02:26  
Blogger Rain (v.m.t.) said...

Esa manera de ser de Javo, en La ciudad de piedra, el recorrido, los diálogos, cada personaje, Nico, el ciego, la fugacidad de los gestos, de la enfermera, de Rosa, del Chaval, el relato completo, la atmósfera:

lo concreto con sus delirantes, serenas, inquietantes actos...
La ciudad de piedra entra al imaginario del lector y la gente terrible como bloque de personajes que atisbamos diariamente, está aquí. J Alvargonzález las muestra en cada relato suyo.

J Alvargonzález, tus cuentos son como esos films que uno quiere ver nuevamente...

Grandes salutes.

21 julio, 2007 06:28  
Anonymous fedra said...

Y que no falte la gente terribles por estos lares vituales.

25 julio, 2007 19:55  
Anonymous fedra said...

de vituitaria no
virtuales, sí.

25 julio, 2007 19:57  
Anonymous Anónimo said...

Yo quiero tener sexo vitual con este adonis vernal: http://www.fotolog.com/totolovich/23193154

26 julio, 2007 04:14  
Anonymous Zeke said...

¡Javo Shephard! Ahora lo entiendo todo.

"Because I want it to crash, Violenne"

26 julio, 2007 19:18  
Anonymous el dad said...

Con estas historias, uno cree que los blogs tienen futuro.
Saludos.

26 julio, 2007 19:19  
Anonymous Dr Zito said...

De verdad no le quiere cambiar el nombre al blog por "Maldito malditismo"?

;P

26 julio, 2007 21:20  
Blogger J.S. de Montfort said...

Le echamos de menos,
¿seguro que no hay nada por ahí en algún cajón? ¿Algo que alegre esta pesadez de muerte de Agosto?
Venga, seguro que sí.
Venga, háganos felices, Javo.

05 agosto, 2007 17:27  

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