La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, agosto 26, 2007

esto no es una canción de amor (I)

Parte primera: Girón e Itziar


- Es misterioso y repugnante, terrorífico y doloroso.
- Entonces-dije-, siéntate y empieza contárnoslo.

Henry James


I

A las tres de la madrugada el viento soplaba con fuerza. Salí de la cama y me asomé a la ventana para mirar la tormenta. Las farolas eran puntos de luz casi apagados bajo una cortina gris y había bolsas de plástico que volaban como palomas histéricas. Se veía la forma del viento arremolinándose y combándose, circulando en direcciones opuestas. Qué haces, preguntó ella sacando la cara de la almohada. Me gustan las tormentas, dije. Hacía frío en la habitación y la voz me temblaba un poco. Una vez, le dije, estaba en el campo, era verano, y empezó a llover aunque no había ninguna nube. Fue como si se hiciera de noche. Caían rayos, muchísimos, y tronaba tan fuerte que lo notaba en los huesos. Un rato antes hacía sol y hasta calor, y de repente la tormenta. Te juro que no había ni una nube. Daba miedo verlo. Al final, hubo un rayo tan grande que no se acababa. Empezó siendo muy pequeño, como una pestaña, pero se hizo más y más grande, ramificándose, rompiéndose, y no se acababa nunca. Cubrió todo el cielo. Como una pestaña, dijo ella. ¿Cuándo fue eso? Cuando yo era pequeño, dije. Luego dejó de llover. La tormenta no duró ni cinco minutos. Se hizo de día otra vez y todo estaba mojado y brillante. Olía a lluvia tan fuerte que mareaba. Se podía ver hasta dónde había llovido, una parte del camino estaba mojada y la otra seca. ¿Estabas solo?, preguntó ella. Sí, estaba solo, respondí. ¿Y qué hacías tú solo en el campo de pequeño? No me acuerdo, dije. A lo mejor lo soñaste. No, le dije. No fue un sueño. Cuando se lo conté a mi abuelo me dijo que era posible, que él había visto cosas así. Un granizo que era de color azul y del tamaño de huevos de gallina. Eso fue antes de la guerra. También me dijo que durante una tormenta sin lluvia vio un rayo que salía de la tierra, en medio de un arroyo seco, y que cuando se acercó las piedras estaban rotas, como si les hubieran dado con un martillo, y calientes y el pelo se le ponía de punta. Ella rió en la oscuridad. Mi abuelo no tenía mucha imaginación, dije. Sólo hablaba de lo que veía. No fue un sueño, insistí. Esas cosas pasan. Eventos extraordinarios. Como el rayo verde, ¿sabes qué es? Ella dijo que no y se lo expliqué. Vaya, dijo ella. La miré. Se había incorporado sobre los codos y miraba hacia la ventana, con los ojos muy abiertos. Quiero verlo, murmuró, alguna vez. Volví a la cama, temblando un montón, y ella me abrazó con fuerza para sacarme el frío. Quiero verlo todo, dijo.


II

Conocí a Itziar la misma tarde que Miguel Ángel de Lucas me dio el dossier de la Operación Gladio. Habíamos quedado en la cafetería de su facultad y yo examinaba con desconfianza el grosor de aquel fajo de fotocopias. Miguel Ángel estaba metido en un fanzine y quería que yo colaborase. Era un rollo político, casi serio, pero tenían una sección llamada Conspiranoia donde se dedicaban a hablar, con bastante despreocupación, de sociedades secretas, de misterios templarios, de las teorías más disparatadas del asesinato de Kennedy, unos tres o cuatro años antes de que esos temas se pusieran de moda. Quería que escribiese un artículo para esa sección. A mí, que tenía la esperanza de ver impreso alguno de mis relatos, no me apetecía demasiado.
Claudio Girón, dijo Miguel Ángel.
¿Quién es?
Ya verás, dijo mientras abría un segundo sobre de azúcar y lo echaba en su café con leche. Lo hacía con un movimiento de muñeca distraído y casi espasmódico, espolvoreando azúcar por la mesa. Con razón necesita dos sobres, pensé.
Hojeé las fotocopias. Estaban manchadas de café y llenas de anotaciones ilegibles al margen y subrayados temblorosos. Encontré una foto del tipo. Granulada y en blanco y negro, el rostro no se distinguía apenas. Los ojos eran dos botones negros y borrosos y una boina militar le ensombrecía las facciones. Al fondo, unos árboles difusos. En primer término su brazo alzando un rifle, un gesto de saludo o desafío. El pie de foto decía Claudio Girón, el asesino de la Triple A en España.
¿Y qué hago con esto?
Escribir un artículo. Sobre la Operación Gladio, sobre Girón, un poco de todo.
No sé yo.
Tienes dos semanas, dijo Miguel Ángel. Te lees la documentación y la resumes en más o menos una página.
Una página, dije. Aquel lío de fotocopias tenía como dos dedos de gordo. Mira, Lucas, me parece que paso...
Miguel Ángel levantó la cabeza en ese momento y dijo: Eh, hola.
Saludaba a dos muchachas que pasaban a nuestro lado. Una era rubia y la otra morena. Las chicas le devolvieron el saludo. Miguel Ángel me presentó. Les dijo que se sentaran con nosotros y ellas fueron a la barra y volvieron con un par de cafés con leche. Compartían algunas clases, los tres. Me fijé primero en la morena, porque era más guapa y porque yo soy un hombre de morenas, si es que eso significa algo, pero no era una chica simpática. Era hosca y de ademanes nerviosos. Bebía café solo, sin azúcar. Fumaba más que yo, y yo fumo una barbaridad, así que eso me llamó la atención. La otra chica, la rubia, era callada y muy seria. Hablamos de literatura. Ellas hablaron de Cortázar y de poesía francesa y se notaba que estaban muy contentas con sus lecturas y sus opiniones, sobre todo la morena. Yo hablé de novela negra y Graham Greene y conseguí miradas de condescendencia. Miguel Ángel contemporizó lo que pudo. Fue un rato entretenido, aunque ahora ese tipo de conversaciones me aburren hasta la muerte y las evito como sea. Me producen urticaria. La morena se llamaba Aldara Cabo. La rubia se llamaba Itziar. Esa misma tarde me enamoré de ella.

A veces pasa. No necesitas más que una tarde, una conversación, algunos libros y canciones en común, y pasa. Aldara Cabo fue la primera en irse, tenía clase. Miguel Ángel aguantó un rato más y luego se fue a hacer lo que fuera que tenía que hacer. Itziar y yo nos quedamos solos en la mesa, sonriendo indecisos, como hacen los conocidos recientes que se ven atrapados en este tipo de ratoneras. Apuramos las bebidas, apagamos los cigarrillos, preparados para irnos cada uno por nuestro lado. Charlamos un poco más, por compromiso, de libros. Charlamos de cine. Charlamos de música. Alguien mencionó a Juan Rulfo. Alguien mencionó a David Lynch. Alguien mencionó a los Pixies. Se encendieron nuevos cigarrillos. De la cafetería se pasó a una cervecería y de la cervecería se pasó a un bar propiciamente oscuro y hablamos de más libros y más películas y más canciones y al final, medio borracho, le dije: Todavía no sé si tengo que besarte. Y ella dijo: Sí, yo creo que sí. Pasamos la noche en mi piso, un piso lamentable que olía a cerrado, papel pintado en las paredes. El somier era un desastre y chirriaba, así que tiramos el colchón al suelo. Siempre sorprende cuando es tan fácil, tan sencillo. Te puede hacer concebir ideas tontas sobre la predestinación, sobre la magia. Hubo un momento, mientras hablábamos en la oscuridad y nos acariciábamos, que sentí que el pulso se me paraba, que se me trababa el corazón en un latido, y notaba cada lugar de mi cuerpo que ella había besado o mordido o arañado como si ardiera. En ese momento quería alejarme de ella, irme a un rincón y encogerme sobre mí mismo, como si necesitase una pausa para pensar en todo lo que había pasado, en aquellas pocas horas, como si fuera algo demasiado grande para tragarlo de una vez. Pero no lo hice porque no había nada que pensar, ninguna conclusión a la que llegar, aunque diera miedo. Es sólo que a veces es así. Estaba enamorado. A veces pasa.

Claudio Girón no se llamaba Claudio Girón. Era hijo de unos emigrados rusos recalados en Buenos Aires. Nació en los años cuarenta y su verdadero nombre, resultado más que creativo de la trascripción fonética de algún funcionario, era Siarhei Kamisarchuc. Así lo llamaban sus padres hasta 1960, año que murieron en el incendio de su apartamento intoxicados por el humo. Claudio Girón odiaba llamarse Siarhei Kamisarchuc. Lo cambió oficialmente al alcanzar la mayoría de edad y como Claudio Girón ingresó en la Policía Federal. Tras unos años se le aparta del servicio activo sospechoso de estar vinculado con una banda criminal. A principios de los setenta Girón es reclutado por la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A. Es ascendido y reincorporado al servicio. Recibe formación militar. Hace borrón y cuenta nueva. Uno de sus antiguos socios aparece en el maletero de un coche abandonado, las manos atadas con alambre y un disparo en la nuca, otro se prende fuego, en un suicidio inverosímil y atroz, dentro de la celda donde se le había retenido sospechoso de un hurto menor, el resto desaparece sin dejar rastro. Girón se entrega al terrorismo de estado. Con la Triple A se le supone la participación en una veintena de asesinatos, de sindicalistas, profesores universitarios, periodistas, opositores al régimen, así como asaltos, secuestros e incluso matanzas masivas en barrios obreros, en los que las víctimas eran concentradas en un lugar, asesinadas y los cuerpos volados con explosivos. Dirigía también la vertiente que se ocupaba del crimen común para financiar la organización. Atracos a bancos y joyerías y tráfico de drogas. Años floridos para el horror. En 1975 la situación de la Triple A es insostenible, hay una grave crisis económica y el gobierno se hace progresivamente inestable. Los hombres como Girón empiezan a sobrar. Se le envía a España, un exilio forzoso y apenas disimulado. Participa en el contragolpe de Estado del general Spínola en Portugal, se vincula con grupos españoles de extrema derecha, forma parte de turbias empresas de seguridad. Hay fotos de políticos de la transición en las que aparece al fondo, trajeado y con gafas de sol, muy repeinado. Es fichado, se dice, por la Operación Gladio, un delirante proyecto, auspiciado por la CIA, consistente en crear fuerzas paramilitares ocultas en Europa, anidadas, latentes, previniendo un posible avance soviético. Una forma de contener los elementos fascistas más recalcitrantes sin dejar de tenerlos a mano. La Operación Gladio, de una manera u otra, está implicada en sucesos turbios por todo el continente. El nombre de Claudio Girón aparece mencionado siempre de manera tangencial pero significativa en la guerra sucia contra el terrorismo español de los ochenta. Después se esfuma, Girón desaparece en los noventa. Ya no hay telón de acero, ya no hay bloque soviético. La Operación Gladio se hunde sobre sí misma. Se acabó la fiesta.

Esto es, más o menos, lo que pude extraer del dossier que me pasó Miguel Ángel de Lucas. Nunca se publicó porque nunca se lo envié. No sé qué quería exactamente que extrajera de la historia de Girón, pero yo no pude extraer más que un pobre resumen. Le daba vueltas a la historia, una y otra vez, fascinado, horrorizado, y sólo llegaba a una conclusión. Claudio Girón es el mal. El mal singularizado en una persona. Un mal prosaico, desnudo, desmitificado. No un mal luciferino, un mal humano. Cierto tipo de maldad que circula desde siempre entre los hombres y que en el siglo veinte encontró su campo de juegos perfecto al abrigo de las ideologías y de las convulsiones sociales, un mal que era Girón y eran otros muchos hombres como él. Hombres que no están locos y que son malvados. Hombres crueles, hombres venenosos, hombres lúcidos. Sí enfermos, sí malvados, nunca locos. El texto que tenía que escribir había de ser una reflexión sobre el horror, sobre esos hombres, o no sería. Y no fue. Di largas a Miguel Ángel, incapaz de escribir una sola línea sobre el tema, y al final creo que publicaron algo sobre masones. No estaba preparado para escribir sobre Claudio Girón, un hombre que no significa nada y que lo significa todo. Después de todo lo que ha pasado sigo sin estarlo.

Pero aquí voy.

III

Mi relación con Itziar discurrió por unos cauces que, ahora, me parecen insoportablemente tediosos por previsibles. Nos fue bien durante unos meses, nos fue fabulosamente bien, luego las cosas empezaron a torcerse, sin un motivo, sin una razón localizable, y al final me dejó, una ruptura que empezó de manera civilizada y acabó hecha un desastre de reproches, silencios y miradas sesgadas. Era la primera vez que me enamoraba, la primera vez que me enfrentaba a ese sentimiento que crees conocer hasta que lo conoces realmente, y examinaba los matices que le iba descubriendo con desconcierto, con una fascinación no muy distinta a la que sentía leyendo sobre Girón, una fascinación horrorizada. No era la primera vez que ella se enamoraba, si es que llegó a enamorarse de mí. Cuando me dejó, cuando me rompió el corazón, enfrenté por primera vez el desamor, el desamor auténtico, y fue un desamor también desconcertado. Un desamor desesperado, agónico, oscuro e insomne. Precisamente por previsible y tedioso, como me parece ahora, no voy a hablar aquí de las mil pequeñas miserias que nos arrojamos, los egoísmos, la incomprensión. Si lo han sentido alguna vez, lo conocen. Si no lo han sentido, lo sentirán. Si creen haberlo sentido, si sólo lo creen, como lo creía yo, no hay nada que pueda decir que les sirva de ayuda. Todos creen que su herida es la medida de las heridas. Después descubres que sólo hay una herida que se repite de una persona a otra, con más lágrimas o con menos, con unos sueños peores que otros, con unas angustias que persisten más que otras. Cuando se les venga encima, cuando los machaque y los triture y los haga fosfatina, cuando tengan que recoger los pedazos del suelo e intentar armar otra cosa, algo diferente, algo que funcione, sabrán de qué les estoy hablando. Si mi herida era la medida de todas las heridas, hubo un tiempo en que pensé que Itziar era la medida del mundo, lo que hacía las cosas pequeñas o grandes, valiosas o despreciables. Uno cree que inventa el amor la primera vez que se enamora. Asumir que es un juego viejo y ya escrito, cuyo reglamento parece que te escamotean, es quizá lo más doloroso. Un juego viejo, he dicho, pero no un juego caduco. Esta certeza es el último amago de la esperanza.

Y qué hice, perdido como estaba, sin poder tomarle medidas al mundo, siendo todo tan grande que me superaba o tan pequeño que se me escurría entre los dedos. Hice lo que se hace cuando te muerde una serpiente. Corté profundo y lo dejé sangrar. Sangró mucho tiempo hasta que expulsó el veneno, pobre sombra mía desangrada y anémica, y con el veneno se fueron muchas cosas bonitas, muchos buenos recuerdos, cosas y recuerdos que lamento haber perdido, pero que entonces se habían vuelto ponzoñosos, tóxicos, y que era mejor no tocar. Te crees que nada tiene sentido, te crees que estás inventando el dolor, te crees que no vale la pena seguir adelante. Luego sigues adelante.

IV

Dos años después nunca pensaba en Itziar. O pensaba en ella como una abstracción, apenas dotada de un rostro y de un color de pelo. Mi vida era muy distinta. Había dejado la carrera, trabajaba de teleoperador, decía que estaba escribiendo una novela. En este tríptico había dos verdades y una mentira. No escribía nada. Quería escribir, pero no lo hacía. Trabajaba de tres a nueve, y el resto del tiempo lo dedicaba a vagabundear, a emborracharme, a visitar a los poco amigos que conservaba, a fumar dos paquetes diarios. No era un tipo infeliz, había agotado por el momento mi cuota de infelicidad. Flotaba en una suerte de líquido amniótico de insatisfacción satisfecha, de ambición anulada, un líquido gris y denso que anestesiaba el hambre, todas las hambres, y propiciaba el sueño sin sueños. Decía que estaba escribiendo una novela de manera inercial, cuando me preguntaban, y no con ánimo de mentir, sino más bien como un tic verbal, como un resorte que saltaba sin que yo pensase en ello. Los papeles sobre Claudio Girón y la Operación Gladio se debieron perder en algún traslado, de habitación de piso compartido en habitación de piso compartido. Sólo aparecieron, cuando las busqué concienzudamente, las notas que había escrito sobre el tema. Nunca pensaba en Claudio Girón.

V

Alejandro Rifar había nacido en Buenos Aires en 1980. Llevaba media vida en Madrid. Era flaco como una caña, el pelo oscuro y los ojos grandes. Casi no tenía acento, o más bien no lo tenía en absoluto, excepto cuando hablaba con alguna chica, entonces su acento surgía como por arte de magia, un deje suave, hipnótico. Era un tipo simpático y un genuino cinéfilo, o no cinéfilo en el sentido ordinario y tedioso, un cinéfago capaz de encadenar a Dreyer con Fulcci sin sentir la más mínima contradicción o remordimiento. Sabía todo lo que se podía saber sobre Sam Peckinpah y trabajaba de vigilante en la entrada del mismo edificio donde yo hacía de teleoperador. Diría que nos hicimos amigos, pero en realidad éramos algo así como compañeros de humo. Nuestras pausas para fumar coincidían y charlábamos de cine y del tiempo. A veces me contaba cosas de Argentina tan teñidas de nostalgia que era como si hablase de un sueño, uno que no dejara de repetírsele cada noche. Su apellido se escribía Riffart, me explicó, pero perdió una efe y la t en algún lugar del Atlántico a finales de los setenta, palabras textuales. A lo mejor sí nos hicimos amigos, esa amistad ligera y volátil que dan las circunstancias laborales, porque de otra manera no me explico que aquella tarde comenzara a hablarme de su padre.
Era montonero, dijo.
¿Era qué?, pregunté, con el cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos del abrigo. Soplaba un viento frío por la calle. Atardecía y estábamos de pie en el último fragmento de luz crepuscular, una mancha miserable y desvaída que trepaba por la fachada del edificio hasta desaparecer. Tras horas bajo techo, entre láminas de plexiglás y tabiques falsos, iluminados por fluorescentes y pantallas de ordenador en una noche iluminada, eléctrica y sin hora, mendigábamos sol como lagartos. El cielo estaba limpio de nubes, arrancadas por el viento, apenas un arrecife lejano, impreso en el rojo del horizonte, como una explosión congelada, o una implosión, un desastre que pliega las alas. Todo el polígono industrial en el que habían levantado el edificio parecía estar contenido en una burbuja climática propia, apenas relacionada con el clima circundante. Era una burbuja de vientos desapacibles, chaparrones sucios y cielos apocalípticos.
Montonero, repitió Rifar. Era una organización, un movimiento armado contra la dictadura militar.
Armado, dije.
Sí, bueno. Mi padre militó con ellos un tiempo. Luego lo detuvieron, los de la dictadura. Creo que lo torturaron, aunque mi padre no habla del tema. Se vino a España un tiempo. Luego volvió a Argentina, se casó, nos tuvo a nosotros, a mí y a mi hermana. Como las cosas no mejoraban, nos trajo a todos a España.
¿Qué hace tu padre?
Es abogado, dijo Rifar. O lo era. Ahora, bueno, ahora lo está tirando todo por la ventana. Tiene mal el corazón, ha dejado su bufete y se dedica a perseguir a los criminales de la dictadura que se escondieron aquí, en España.
Un cazador de cabelleras, pensé en voz alta.
Rifar sonrió, una sonrisa poco alegre, y dio una calada a su cigarrillo.
En realidad, lo que hace es estar en su despacho, hablando por teléfono y leyendo documentos, dijo. No es romántico, es árido.
¿Han encontrado a muchos?
A algunos. No sé. No me intereso mucho por el tema.
Ah.

Sobre mi trabajo, también por ser tedioso y previsible, no voy a extenderme. Sólo diré que era una ocupación sencilla, embrutecedora y repetitiva que me dejaba mucho tiempo para leer entre llamada y llamada. Un trabajo en el que uno tenía la certeza de que todo era inmutable, que mañana sería igual que hoy, y que dentro de un año, o dos, o cinco, seguiría siendo exactamente igual, en el que se tenía una constante sensación de momento ya vivido, de llamada repetida, como si sólo hubiera un número limitado de clientes que se acudiesen en ciclos, mismos acentos, mismas consultas, mismas voces. Lo único que me permitía discernir que no estaba atrapado en un bucle era el libro que llevaba para los tiempos muertos, que sí que cambiaba, por el que sí avanzaba. Aquella tarde, lo recuerdo, estaba leyendo un libro de Peter Biskind. O lo intentaba. Después de hablar con Rifar era incapaz de concentrarme en las letras, y la mirada se me iba sin fijarse en nada a la plancha de plástico gris que cerraba mi cubículo por delante, empapelada con información de la empresa, horarios de descanso, promociones, y una pequeña postal de Cancún que alguien del turno de mañana había pegado con celo, una playa de media luna, arena blanca y agua esmeralda. Tenía algo en el estómago, algo agarrado, oprimiéndolo. Una sensación indefinible de nostalgia, de tristeza, que me provocaba más curiosidad que desazón. Persistió incluso durante la vuelta a casa en el cercanías, el libro abierto y abandonado sobre los muslos, la cara vuelta hacia la ventanilla donde a ratos veía las luces de la ciudad acercándose y a ratos sólo mi rostro reflejado, el ceño fruncido de extrañeza, los ojos opacos y sin vida. Esa noche, en algún momento de la madrugada, soñé con Itziar.

Estábamos en un piso con cocina americana, un piso que nunca había visto, quizá el escenario de una película olvidada. Ella a un lado de la barra de la cocina y yo al otro, desayunábamos. Llevaba el pelo de una manera peculiar, una coleta muy alta en la cabeza, coleta de samurái. Hablaba de sueños. Decía que había soñado que se despertaba muy temprano y que iba al cuarto de baño a lavarse la cara y que no salía agua de los grifos y luego iba a la cocina e intentaba hacerse unas tostadas pero todos los tarros de mermelada que cogía del frigorífico estaban vacíos, uno tras otro, todos vacíos. Entonces despertaba y seguía en la cama. Se levantaba e iba al armario y lo abría y buscaba un vestido que quería ponerse, movía las perchas y no lo encontraba, y entonces iba a la cocina y se encontraba consigo misma, la Itziar del sueño, que miraba desconcertada el frigorífico abierto. Llevas mi vestido, le decía Itziar. Mi vestido. La Itziar soñada giraba la cabeza y cerraba despacio la puerta del frigorífico mientras miraba a su soñadora y abría los ojos y separaba los labios. Ahora va a decir algo, pensaba Itziar, y en ese momento supo que soñaba y el sueño se desvaneció e Itziar despertó y ya no estaba soñando, ahora no tuvo ninguna duda. Los sueños se confunden con la realidad, dijo, pero la realidad nunca se confunde con los sueños. Yo escuchaba y pensaba en las dos Itziar en la cocina, en esa misma cocina americana, y supe que también estaba en un sueño, que ella nunca había llevado el pelo así, que nunca habíamos estado en ese piso. Pero el sueño, mi sueño, no se desvaneció cuando lo supe. Empezó a temblar por los bordes, a difuminarse, a volverse translúcido, pero no se desvaneció. Itziar ladeaba su cabeza, su extraña coleta, y dibujaba un arabesco con el dedo sobre la barra. Mantuve el sueño hasta donde pude, mirándola, esperando, y la difuminación progresó desde los bordes y le dije Itziar, eh, Itziar. Ella dibujó arabescos en la barra, no dijo nada, y abrí los ojos en la oscuridad.

Llovía por la mañana. Desperté aletargado y confuso, fui a la cocina e hice café, recordando a medias el sueño, y me lo llevé a mi cuarto, me senté a beberlo frente al ordenador en el que decía que estaba escribiendo mi novela, una mesa llena de papelajos, revistas viejas, borradores de relatos y comienzos de novelas con dos o tres años de antigüedad que habían quedado en nada. Miré sin ver el espacio entre mis manos, la taza de café, tirando del hilo del sueño, con la sensación de que todavía podía verlo, como quien se asoma al brocal de un pozo y ve el reflejo circular del mundo, plateado y ondulante. Recordé los detalles uno a uno, la cocina, el piso, la coleta. No podía recordar su rostro. Recordaba sus rasgos uno a uno, la línea de sus labios, la forma de sus cejas, sus pómulos, sus ojos que eran del mismo color que su pelo, el color del bronce envejecido, pero su rostro, su conjunto, se me escapaba, lo había perdido. Deseé verla en ese momento, tener una foto a la que echarle un vistazo, pero nunca guardo fotografías, odio guardar fotografías, porque es como emboscar recuerdos, melancolías, para que te tomen al asalto cuando menos te lo esperes. Y, en especial, nunca quise conservar ninguna de sus fotografías, ni siquiera su número de teléfono al final, ni su dirección de correo electrónico, ni sus poemas, ni sus dibujos, ni sus regalos, nada, me deshice de todo, la borré de mi agenda, de mi correo electrónico, borré también algunas fotos que se habían refugiado en el disco duro de mi ordenador, dispersé los objetos físicos que me quedaban de ella de forma que no pudiera volver a encontrarlos, ese libro de poesía dedicado, unos garabatos en la servilleta de un bar, una pulserita que olvidó en mi mesita de noche, todo lejos de mi alcance. Cómo llevarás el pelo ahora, pensé. Qué hiciste con todas mis cosas. Encendí un cigarrillo, le di un par de caladas lentas y cogí el teléfono móvil y llamé a Miguel Ángel de Lucas. Hacía meses que no nos veíamos y mi llamada lo pilló por sorpresa. Le pregunté qué tal estaba y él me respondió que bien, que un poco ocupado, lo que interpreté correctamente pero decidí no tener en cuenta. Me preguntó por mí, qué estaba haciendo, y le hice un breve resumen de mi tríptico.
¿Dejaste la carrera?
Sí.
Ah...
Miguel Ángel había terminado periodismo y estaba trabajando en el periódico Diagonal. Charlamos un poco de política, de geopolítica, de Latinoamérica y los desastrosos movimientos sociales madrileños, o más bien él monologó y yo escuché, un monólogo parecido al zumbido entrecortado de una abeja que no sabe en qué flor quedarse, saltando de un tema a otro, dejando reflexiones a medias y análisis inconclusos.
Oye, le dije interrumpiendo una disertación sobre el programa atómico de Irán.
Qué.
Te llamo para ver si tienes el teléfono de Itziar.
¿Itziar? ¿Itziar la de Bilbao?
Sí, ella.
Pero... A ver, tú no...
Lo perdí, dije. Perdí el móvil con la agenda y me faltan teléfonos.
Ah, bueno, dijo, pensativo. Creo que no lo tengo. De hecho, creo que nunca lo he tenido.
Vaya, dije.
Yo la conocía por Aldara Cabo, no tenía mucha más relación, no como tú que... Quiero decir, que ibas con ellas y eso y... Ya sabes... Y tal.
Sí, ya, ya, dije. Lo pensé un momento y pregunté: ¿Tienes el número de Aldara Cabo?
A ver, no lo sé, espera.
Esperé, escuchándolo pulsar botones en el móvil, que sonaban como campanazos en mi oído, y aparté el teléfono un poco. La llamada se cortó. Joder, dije.
Quince segundos después Miguel Ángel me devolvía la llamada. Te he colgado sin querer, dijo.
Ya me he dado cuenta. ¿Tienes el número?
Sí, claro.
Miguel Ángel recitó el número y lo anoté en uno de los papelajos. Gracias, tío, le dije.
No sé si éste sigue siendo su número, pero es el que tengo. Además, tampoco sé cómo está ella ahora.
¿Por?
Por lo que le pasó.
¿Qué le pasó?
¿No te enteraste?
Respiré hondo. No, ¿qué le pasó?
Bueno, a ver, eh... Tuvo una crisis y eso. Ya sabes cómo era, siempre acelerada, siempre pasada de vueltas y tomando café, estimulantes. Se ponía hasta el culo de anfetas en los exámenes para no dormir, ¿te acuerdas?. Se le cruzaron los cables al final. Perdió un montón de peso, dejó de ir a clase. Hablaba de cosas muy raras.
Cosas muy raras, repetí.
Círculos y rayas. Decía que todo está conectado por círculos y rayas y que ella había empezado a verlos. Que estaban en todas partes. Vivía con dos compañeras de clase y un día se la encontraron en el cuarto de baño, cortándose el pelo con las tijeras de la cocina y hablando sola. Se cagaron de miedo, claro, y llamaron a sus padres. No sé más, sé lo que ellas me contaron.
¿Cuándo fue eso?
Pues... Hará un año y medio. No sé, no recuerdo.
No tenía ni idea, dije. De todas formas, gracias por el número.
Miguel Ángel dijo que de nada y retomó, como si no hubiera existido ninguna interrupción, el tema del programa atómico iraní. Escuché un momento y volví a interrumpir para despedirme. Estás muy liado, le dije, no te molesto más.
Vale, vale, dijo con repentina prisa, recordando probablemente todo lo que tenía que hacer. Ya nos veremos por ahí.
Claro, dije.
Adiós.
Por cierto, dije.
¿Qué pasa?
¿Qué sabes de Claudio Girón?
¿De quién?
Girón. El de la Triple A. ¿No te acuerdas?
Eh... Ah, sí, sí. ¿Qué pasa?
Nada, creo. Sólo eso, si sabías algo más de él.
Por lo que sé sigue desaparecido. Pero, vamos, ni idea. No había vuelto a pensar en él.
Ya, se me ha venido a la cabeza. Yo tampoco había vuelto a pensar en él.
Ya... Eh, mira, es que estoy muy liado y...
Nada, tío, no te molesto más. Nos vemos.
Adiós, nos vemos.
Dejé el teléfono en la mesa. Miré el número de Aldara Cabo. No me apetecía llamarla. Aldara Cabo era, o había sido, la mejor amiga de Itziar y sentía una importante y mal disimulada aversión hacia mí, lo que me hizo sospechar que quizá estaba un poco colgada de Itziar, de esa manera asexual, o retorcidamente sexual, en que a veces se cuelgan las chicas heterosexuales unas de otras, y que lo manifestaba así, odiándome, hasta que descubrí que sentía aversión por casi todo el mundo. Aldara Cabo era una chica rencorosa y maniática, de trato imposible y siempre como al borde de la histeria, cuya única buena baza era ser asombrosamente guapa. Ya lo he dicho, me fijé primero en ella, lo que demuestra hasta que punto mi radar está hecho polvo.

La llamé un par de veces, una por la mañana y otra por la tarde, y en ambas ocasiones una voz grabada me informó de que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. En el trabajo persistió la sensación de pesadumbre, de tristeza dislocada. Atendí llamadas con el piloto automático puesto y los clientes debieron quedarse con la impresión de haber hablado con una máquina, una máquina que farfullaba, distante, soñando con ovejas eléctricas. Y era así, pensaba en el sueño, un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño. Una Itziar soñada que sueña a una Itziar que sueña a una Itziar que no encuentra la mermelada. Me llevó un rato desentrañar la conexión, el vínculo que me había llevado a volver a soñar con ella, a echarla absurdamente de menos. De los montoneros de Alejandro Rifar a Claudio Girón sólo había un paso, un paso que no había dado conscientemente, y de Claudio Girón, o de los días en que pensé y leí acerca de Claudio Girón, a Itziar había todavía menos, ni medio paso, y era un camino no se había andado sino desandado en la trastienda, en el archivo caótico de los temas oníricos. Al salir a fumar me encontré a Alejandro Rifar sentado tras la mesa de la entrada, alta y estrecha como el mostrador de una tienda o la barra de un bar, mirando la pantalla del ordenador de los vigilantes, aburrido y tecleando con un dedo aparentemente al azar.
Qué hay, le dije, poniendo los codos sobre la mesa o el mostrador o lo que fuera.
Eh, dijo. Qué hay.
¿Sales a fumar?
Rifar encogió los hombros dentro de la chaqueta azul de su uniforme. Bueh, dijo. Qué remedio.
Salimos a la calle y Rifar sacó un paquete de Lucky Strike. ¿Uno por la compañía Easy?, preguntó.
Le acepté un cigarrillo y lo encendí y Rifar encendió el suyo y entramos en el breve silencio reflexivo que precedía nuestras conversaciones, también breves, hasta que uno de los dos tomaba la palabra y marcaba el tema de conversación, el tiempo que hacía, la última película que había visto, la resaca que lo atenazaba. Esa tarde me adelanté y dije: Oye, quería preguntarte una cosa.
Rifar me miró, dando una calada al cigarrillo, arqueando las cejas.
¿Te suena de algo el nombre de Claudio Girón?
Rifar sopló el humo. ¿Claudio qué?
Girón, Claudio Girón.
Ni puta idea, ¿quién es?
Le di una calada a mi cigarrillo, soplé el humo. Un argentino, como tú. Era un terrorista de estado, en los años setenta. Desapareció aquí, en España, a principios de los noventa. Me lo recordaste la otra tarde, cuando hablamos de tu padre.
Ah. Pues no, no sé nada. ¿Por?
Y ahí, sin premeditación, mutó la tercera pata de mi tríptico, saltó mi pequeño tic mentiroso. Estoy escribiendo una cosa sobre él, dije.
¿Para la novela?
No, una especie de artículo, no sé. Para el periódico de un colega.
¿Buscas información?
Algo así.
Entonces tendrías que hablar con mi padre o con mi hermana.
¿Tú crees?
Claro, les encantan estas cosas. Mi hermana trabaja en el bufete de mi padre, haciendo prácticas, y también colabora en esto de cazar cabelleras, como dijiste. Tendrías que hablar primero con ella.
Eh... Bueno, si a ella no le importase.
Todo lo contrario. Mira, esta noche se lo comento. ¿Te paso su número?
Claro, dije sin saber lo que estaba diciendo.

...

4 Comments:

Blogger J. Alvargonzález said...

Se hace necesaria, llegados a este punto, una pequeña explicación.

Los lectores habituales encontrarán en esta novelita, que oficia como entreacto por entregas entre la segunda y la tercera parte de La Gente Terrible, algunos pasajes ya conocidos y transitados. No se alarmen, no es que se me hayan acabado (del todo) las ídeas, sino que "Esto no es una canción de amor" se ha ido gestando en paralelo durante los últimos meses y no he podido evitar cierta contaminación literaria, la duplicación de ciertas metáforas y reflexiones.

Lo advierto para que no se sorprendan si leen algo ya leído y, sobre todo, para que sean comprensivos con la, como diría Bolaño, "validez de muchos párrafos repetidos".

Saludos.

26 agosto, 2007 19:55  
Anonymous Rolo Tomasi said...

A mi mientras no me tengas en vilo durante mes y pico para actualizar, como si plagias a Faulkner o te compras un sombrero horroroso. Digou!

26 agosto, 2007 21:48  
Anonymous elendaewen said...

Con razón tardabas tanto... Merece la pena esperar =)
Saludos.

28 agosto, 2007 01:31  
Blogger Rain en ZQ. said...

Ese desdoblamiento de sueños es una de las imágenes más logradas...


Salutes.

28 agosto, 2007 23:01  

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