La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

jueves, agosto 23, 2007

los reyes ensangrentados

En la hora más oscura de la madrugada, el teléfono. Levanté la cabeza de la almohada y cogí el móvil que brillaba y aullaba en la mesita. ¿Qué coño quieres, Dani?, dije.
¿Estabas dormido?
Pues claro, coño.
Tú nunca duermes. Bueno, estás como dormido, con cara de tonto, fumando y bebiendo café, pero no dormido. ¿En serio estabas dormido?
Dormido, no. Dormidísimo. ¿Entiendes el puto superlativo?
Qué raro. Tengo insomnio. Desde hace una semana. Y te llamo y estás dormido. Tú. El insomne oficial.
Irónico. Sí. ¿Quieres algo?
No sé... Verás, estaba leyendo en mi cuarto, para ver si me entraba el sueño, cuando ya no he podido leer más. Se me caían los ojos. No podía dormir, pero tampoco hacer nada más, porque estaba muy cansado. Así que he ido al cuarto de Marcos, que se ha ido a ver a la novia de Salamanca, y me he puesto a ver una peli en su ordenador. Mean girls.
Ah...
Que no es una porno, en contra de lo que esperaba.
¿No?
Es una peli de Lindsay Lohan. Ella es una chica que ha vivido toda su vida en África pero a los dieciséis años tiene que empezar a estudiar por primera vez en un instituto americano...
Ah, ya, ya...
Es una gran película.
Seguro.
En serio.
¿Qué estabas leyendo? Antes de ver la peli.
Un libro. Sobre hermenéutica. Eh... ¿Te digo el nombre en alemán?
No te produce la más mínima contradicción, ¿verdad?
¿El qué?
Nada. Sigue contando. Lo que sea que me estés contando.
Pues eso. He visto la película y estaba pensando en lo pelirroja y adorable que es Lindsay y no me ha quedado más remedio que señalar el techo, vamos, como hacia los cielos, y decir Dios, cabrón, gracias, gracias, por Lindsay Lohan. Joder, gracias.
¿Eh?
Déjame que siga. Después he investigado un poco sobre Lindsay, porque qué sabía yo sobre Lindsay en realidad. ¿Sabes que se follaba a Bruces Willis? Al puto John McClane. Ahora tiene problemas con la coca, pero quién no.
¿Le estás dando a la coca, Dani?
¿Yo? No... Vamos, hace mucho que no. No me distraigas, idiota. Total, que buscando y buscando, he dado con una foto de ella, en el festival de Venecia o algo así, en que se le levanta la falda y no lleva nada debajo. Nada. Además iba afeitada o depilada o lo que sea, supongo que por un problema de clamidia o ladillas, y era tan hermoso. Tan perfecto. En serio, de una belleza tan arrebatadora... He tenido que alzar mi puño otra vez y decir tú, supremo hijo de puta, gracias, gracias otra vez, por Lindsay. Por todas ellas. Gracias, bastardo. Muchas gracias.
Por favor, Dani, apenas entiendo lo que dices.
¿Sabes por qué insultaba a Dios al darle las gracias?
Porque eres blasfemo e irreverente.
Porque me daba cuenta de que Dios ha creado a Lindsay Lohan, pero yo nunca podré follármela. Estoy condenado a verla en películas, en fotografías, y eso será todo, cuando yo necesito más, mucho más, de ella. Y me pareció cruel. Me pareció horrible. Me deprimí.
Lo entiendo. A mí me estás haciendo llorar. De dolor.
Pero entonces, lo entendí. Vi un fragmento del plan. Porque quizá Dios sólo puede crear una Lindsay. Y eso es triste. Pero todos podemos hacernos pajas. Y eso es bonito.
Dani...
No necesitamos a Lindsay, sólo la idea de Lindsay, ¿entiendes?
Esa es tu revelación.
Sí.
Las pajas.
Exacto.
Te recuerdo que tú no crees en Dios.
Pero creo en las pajas.
Voy a colgar. Duérmete.
Lo intentaré. Eh... Por cierto, feliz cumpleaños.
¿Es hoy?
Sí, ya, ahora no sabes cuándo es tu cumpleaños.
Es hoy, sí... Buenas noches.
Qué noches, si va a amanecer ya mismo.
Lo que sea, Dani, joder.
No te pongas en plan idiota como todos tus cumpleaños.
Adiós, adiós...
Nos vemos, tío.


La soledad es un restaurante chino a media tarde, comiendo en un páramo de mesas vacías, rodeado de personas que no hablan tu idioma. Se lo dije a Palma mientras esperábamos en la barra, mirando un tipo que mojaba en sala agridulce el pollo al limón y se llevaba tallarines a la boca sentado al fondo del local. Éramos los únicos clientes. El restaurante se llamaba Felicidades. Junto al tipo había un acuario con carpas doradas demasiado grandes que se abofeteaban con la cola unas a otras. Biombos como de papel de arroz en las paredes, dibujos de cañas de bambú. Anda, cállate, dijo Palma, hojeando la carta.
¿Cómo se llamaba aquel restaurante?, dije. Al que íbamos en Cáceres.
Abundancia.
Eso. ¿No te deprimen? Los nombres, digo. Felicidades, Abundancia... Son como promesas incumplidas. Prefiero que se llamen Dragón Imperial, Gran Muralla, cosas así. Una vez vi uno que se llamaba Ciudad Prohibida. No llegué a entrar, pero me gustaba el nombre. De todas formas, no me gustan mucho los restaurantes chinos. Odio la salsa agridulce y los rollitos de primavera.
Palma me miró, los ojos divertidos tras las gafitas de pasta fina y verde. ¿Quién se negaba a comer en chinos?, dijo.
Dani.
Quién iba a ser.
Decía que a carne de chino le daba ardores.
Para ser un tío tan listo tiene muchas tonterías en la cabeza, dijo Palma.
Lo decía por tocar los huevos.
Sí, a eso me refiero.
¿Se puede fumar aquí?, dije. Descubrí un pesado cenicero de cristal en la barra. Supongo que sí, me respondí. Saqué los cigarrillos. ¿Quieres?
No, dijo Palma. Fumas mucho.
Ya, ya... Siempre he pensado que harías buena pareja con Dani.
Palma lanzó una carcajada. Ni loca, dijo.
Creo que tu apabullante normalidad y sensatez compensarían su disfuncionalidad y pensamiento lateral. Lo que pasa es que no te gustan sus chándales ni su tos de tuberculoso...
Ya ves, tengo unos caprichos estéticos.
No deberías descartarlo sólo porque parezca adicto a la heroína. Un día de estos la estética yonqui se pondrá de moda y ya será demasiado tarde. Podrá elegir cualquier chica disfrazada de harapienta que se encuentre por la calle.
Lloraré amargamente ese día.
Encendí un cigarrillo. En el fondo eres una clasista, dije.
Palma chasqueó los labios, volviendo a mirar la carta, y levantó el dedo índice y lo movió. Hoy no me vas a picar, dijo.
Nos habían servido un par de cervezas mientras decidíamos el pedido. Yo le había dado un sorbo a la mía y parecía lo que orina una burra anémica después de beberse sus propios orines. Apuré el resto de un trago. Hice una mueca y gruñí con desagrado. Qué asco, joder.
Palma llamó al camarero. ¿Tú qué quieres?
Nada.
Venga, pide algo.
No tengo hambre.
Que pidas algo, coño. Come.
Yo qué sé. Ternera con setas. Es lo único que me gusta.
Palma pidió además un rollito de primavera, sopa de aleta de tiburón y arroz tres delicias. Para llevar, indicó.
El camarero, que llevaba un inquietante flequillo fascista años cuarenta, asintió con la cabeza y lo anotó todo en un papelito.
Palma no había tocado su cerveza. ¿Te vas a beber eso?, dije.
Sí, ahora.
Ah... ¿Me das un traguito?
¿En serio?
Sonreí. No, no. Era broma...
Ya.
Pero me voy a pedir otra, dije, haciéndole un gesto al camarero.
Palma me miró muy seria. No puedes parar, ¿eh?
Me rasqué la barba, soplé humo. No quiero parar, dije.

Cuando el camarero trajo la factura saqué un par de billetes. Yo invito, dije.
No hace falta.
Es mi cumpleaños, coño. Paga Javi.
¿Javi? Palma se echó a reír. ¿Quién es Javi?
Imité su risa, volviéndola simiesca. Qué graciosa.
¿Piensas en ti mismo como Javi?
Coño, así me llamaban hasta los dieciocho años. Lo de Javo me lo puso Marcos o Sami, no me acuerdo. Pero no es mi puto nombre, ¿vale?
Tranquilo, dijo, sonriendo. Tú siempre te presentabas como Javo. No, decías me llamo Javier, pero llámame Javo.
Porque iban a acabar haciéndolo, como todos.
Ahora resulta que no te gusta.
No es que no me guste, pero...
El camarero trajo la vuelta. Cogí el dinero y le di las gracias. Déjalo, le dije a Palma. Y bébete eso para que nos vayamos.
A ti te queda más.
Le pegué un trago. Hice una mueca, gruñí. Ya no, dije.
Eres un animal, Javi.
Vete a tomar por culo, mujer. Apuré la cerveza de otro trago.
Yo creía que hasta tus padres te llamaban Javo, dijo. Vamos, hasta Violenne...
Se cortó.
Cogí una servilleta de papel para secarme la boca. Puedes decir su nombre, Palma, dije. No me va a dar un ataque.
Bueno, hasta ella te llamaba Javo.
Ya ves.
Palma le dio un sorbito a su cerveza, carraspeó. ¿Cómo te llama la chica del porno?
Vate a la mierda. No te lo tenía que haber contado.
Vamos, cómo te llama.
Javi.
¿De manera espontánea?
Me preguntó cómo me llamaban mis amigos, porque Javier le sonaba demasiado serio.
Y le dijiste Javi.
Le dije Javi.
Mentiroso.
Me encogí de hombros. Delátame si quieres.
Allá tú.
Cogí su cerveza y le pegué un buen trago.
Joder, Javo, dijo.
Dejé el vaso en la barra. ¿No largamos de una puta vez?
Comimos en su piso, en la mesa de la cocina. Aunque me parecía que no tenía hambre me comí toda la ternera con setas y la mitad de su arroz tres delicias. Palma abrió una botella de lambrusco y bebió tanto como yo, hasta vaciarla. Nos trasladamos al salón mientras se hacía el café. Estoy achispada, dijo Palma. Empezó a liarse un porro, arrellanada en el sofá. ¿Tú vas a querer?, dijo.
Yo no fumo esas mierdas.
Palma puso los ojos en blanco. Nunca entenderé tus putos criterios. Beber sí, y no paras. Fumar porros no, y no le das ni una puta calada. Puto extremista.
Vaya lengua se te ha puesto.
Que te jodan.
Hala, dije.
Palma extendió las piernas y me puso en los muslos sus calcetines multicolores.
Dame un masaje, anda.
Sí. Luego te la chupo.
¿Qué me vas a chupar?
Eh... Lo que sea que tengas ahí. Que no me importa y no es asunto mío y no quiero seguir con esta conversación.
Mira, mira, se ha puesto rojo.
No me he... ¿Me he puesto rojo?
Un poco. Qué mono.
Petarda.
Sería un buen regalo de cumpleaños. Un polvete...
La miré, todo lo serio que pude. No sigas por ahí, mujer.
Ahora sí que te has puesto rojo. Palma terminó de liar el porro, riéndose. Oye, te voy a hacer una pregunta de madre. Con la chica del porno estarás tomando precauciones, ¿no?
¿Qué?
Imagino que sí, pero...
Sí, claro. Eh, la primera vez no. Fue todo un poco apresurado. Pero me corrí fuera, si eso es lo que te preocupa.
Soy tu amiga, Javo, pero no uno de tus amigotes. No seas tan explícito, dijo, todavía con una sonrisa.
No lo soy. No te he dicho dónde me corrí.
Corta, corta... Pero no me refería exactamente a eso. No quiero que la tía esa te pegue una venérea.
Joder, Palma.
Será un prejuicio, pero haciendo lo que hace...
Sólo folla con el tipo ese... Bueno, y conmigo.
¿Cómo lo sabes?
Me lo ha dicho.
¿Y te lo crees?
Sí.
Pero no sabes con quién más folla el tipo ese. Y follan sin condón, que lo he visto en los vídeos. ¿Es su novio o qué clase de relación tienen?
Ni lo sé ni me importa.
¿No te importa?
No.
Entonces, ¿es sólo sexo?
¿Lo de ellos?
Lo vuestro.
Supongo.
Suponer es peligroso en estas cosas.
Yo qué sé, Palma, déjame en paz.
Te vas a liar. Te vas a liar como siempre.
Ya veremos.
Ay, qué ganas tengo de que te eches una novia normalita.
Pasan de mí.
Y tú de ellas, pero bueno. ¿Sabes quién haría una bonita pareja con Dani? Tú.
¿Yo?
Por separado siempre os ponéis a hablar el uno del otro. Y juntos os tratáis como novios enfurruñados. Es muy gracioso.
Dios nos gastó una broma cruel al hacernos hombres y heterosexuales. De todas formas, yo sólo podría enamorarme de Steve McQueen.
Palma asintió. Te alabo el gusto. Yo mojo las bragas viendo La huida. La escena en que roba la escopeta y se carga el coche de policía...
La miré, boquiabierto. Palma se puso la mano en los labios y se sonrojó hasta la raíz del pelo. Está más borracha de lo que creía, le dije.
Es culpa tuya, gilipollas, dijo. Suena la cafetera, voy a ver si...
Se levantó y se escabulló a toda prisa.
Me eché a reír hasta que se me saltaron las lágrimas.

Antes de cruzar la calle y volver a mi piso, Palma me regaló dos libros, una antología de relatos de Chejov, que había leído en su mayoría, y Cuando Alice se subió a la mesa. Se lo agradecí con un par de besos y me llevé los libros a casa. Tenía trabajo que hacer. Escribir la reseña de por lo menos cuatro películas pornográficas que no había visto, además Santiago me había dejado incluir en su extraño híbrido de revista y catálogo una pequeña sección de rarezas fílmicas, películas poco conocidas y de culto en la frontera del porno y el terror. Lo que Santiago no sabía es que me estaba inventando las películas. Al principio no, reseñé un par de pelis que me gustaban, luego me resultó más cómodo, y más divertido, inventármelas sin más. Tenía en la cabeza una película sobre un asesino hidrocéfalo obsesionado con la iconografía nazi y el infanticidio, la primera parte de una trilogía rodada en España a mediados de los ochenta con actores internacionales de tercera división. La idea me fascinaba de una manera extraña, extendía tentáculos hacia otras ficciones. Estaba deseando ponerla en negro sobre blanco. Es difícil explicar lo mucho que se parece el deseo de escribir al deseo sexual. Como encontrarse el pulso en las entrañas. Por lo menos para mí.
Antes de empezar, Ana me llamó. Me dijo que quería verme pero que no podía. No se explicó y no pregunté. Quedamos al día siguiente, en un bar cerca de su casa. Nos habíamos acostado cuatro veces, la última en su piso, el escenario de sus vídeos. Me senté en el butacón verde, fumando un cigarrillo, mientras ella ponía música. La cama estaba deshecha, un revoltijo de sábanas azules. Le pregunté por las sábanas negras. ¿Quieres que las ponga?, me preguntó, arqueando una ceja. No, dije. Follamos escuchando Metallica. Fumamos cigarrillos, hablamos un buen rato, volvimos a follar, nos quedamos dormidos, despertamos y volvimos a follar, volvimos a dormir. Al amanecer tuve que irme. Dijo algo de una visita. Dijo que ya estaba abierto el metro. En el espejo del ascensor me vi la cara surcada por las arrugas de su almohada. Iba como envuelto en una bruma. Esto va a ser un desastre, pensé. Esto no va a salir bien. Pero en el metro levanté la cabeza y lucí las marcas de mis mejillas como si fueran las cicatrices victoriosas de un soldado veterano.

Tenía tres litronas en el frigorífico. Abrí una y la llevé a mi habitación. Me instalé frente al ordenador. Bebía lenta y metódicamente y escribía a borbotones. Dedicaba las resacas a corregir el torrente creativo de la borrachera. Despaché las reseñas auténticas en poco tiempo, mirando escenas sueltas de los deuvedés que Santiago me enviaba, y me dediqué a la que me interesaba, a la ficticia. Escribí escenas sueltas, imágenes que me perturbaban. El hidrocéfalo llevando acabo rituales de sangre en un uniforme de las SS que se cae a pedazos, raído y mohoso. Un sótano infernal. Alabé el enfermizo buen gusto del primer asesinato, sustraído al espectador en una elipsis que era una de las muchas sutilezas secretas de la película. La asesinada es una niña, de unos doce años, morena, guapa... Me detuve. Me volvió la imagen de la chica de la rebeca azul, en el parque, encogiéndose de frío. El pelo negro movido por el viento. Es ella, pensé. La niña de la película es la chica de la rebeca. Aldara Cabo, el personaje secundario de una historia que estaba escribiendo. No, me dije. No puede ser. Aldara Cabo tiene mi edad. A mediados de los ochenta no podía tener doce años y salir en una película. Aparté las manos del teclado. Encendí un cigarrillo. Esperé. Podía cambiar las fechas. Hacer mayor a Aldara Cabo, o situar el rodaje de la película en los noventa. Era mi historia y podía hacer lo que me diera la gana... Pero lo cierto es que no podía. Las fechas estaban bien. Me froté las sienes. Cerré los ojos. Entonces me di cuenta. Son la misma persona y no lo son. Ésa es la historia, esa imposibilidad, esa contradicción. Apagué el cigarrillo, escribí. Esbocé la historia a lo largo de siete páginas, otra litrona y medio paquete de cigarrillos. Finalmente, Aldara Cabo tendría su propia historia.


Lo dejé cuando ya no pude más, me dolía la espalda, me dolían los ojos, me dolían los pulmones. Me tambaleé al cuarto de baño, escuchando el rumor de mis compañeros de piso metidos en sus habitaciones. Me lavé la cara, me mojé las muñecas para despejarme. Más allá de mi nariz todo estaba desenfocado. Con cuidado, me arrodillé junto a la taza del váter y vomité la ternera con setas, el café de Palma, los dos litros de cerveza. Vomité hasta el humo de lo que había fumado. Tiré de la cadena, apoyé la espalda en la pared y me quedé sentado en el suelo mientras se me pasaba el mareo. Pensé en Nico, en su neumonía y en la infección de garganta que tuve después, convencido de que se me había contagiado su fiebre, sólo su fiebre, y que me iba a morir en su lugar. Pensé en Dani y en lo solo que tenía que estar para hacerme esa llamada de madrugada. Pensé en Sami, y en su hermano y en la chica rubia que les robó el dinero, y en hijo abortado pudo haber tenido. Pensé en Chema, pensé en Marcos, pensé en Muerto y en Brus, pensé en todos los tipos hechos polvo a los que quería, el pelotón de los suicidas, los reyes ensangrentados, aferrados a la barra del Metropol como si eso fuera a mantenernos a flote. Qué hermosa carne de cañón. Pensé en Violenne y en lo curioso que era que ya no me dieran ataques al escuchar su nombre. Pensé en Ana. Todo está perdido, me dije. Todo acabará en un desastre. Pero queda un atisbo, queda una rendija por la que...

Recordé a Dani parafraseando una de sus películas favoritas. Podría ser peor, dice.

Podría llover.

Me levanté y me lavé la boca. Hice gárgaras, escupí. Mañana será otro día.

Y yo tengo mucho que hacer.

Todavía queda mucho por escribir.


FIN DE LA SEGUNDA PARTE


What a life
A trick of light
Then everything returns to the sea
You can have whatever you want
But are you disciplined enough to be free

Turning love into a chore
Promises come cheap dear reader
Another page, another door
Follow, follow me

I know what I'm here for
Hanging on through late December
I know what I'm here for
Follow, follow me

Moving on
Don't belong
My life turned into a mall
Every line is in the song
Follow me out of the fall

What an actor, what a show
Going through some holy motions
The bands are sharp but the singers slow
Everything must go

I know what I'm here for

Souvenirs, polygraph tests
Photographs fresh from the wreck
What a poster saint he'll make
In one take, one take

I know what I'm here for
Follow, follow me

6 Comments:

Blogger J. Alvargonzález said...

Este post debería haberse publicado como muy tarde el 25 de julio. Lamentablemente, por diversas circunstancias que no viene al caso mencionar, aparece con un retraso inexcusable.

Gracias por la paciencia.

Saludos

23 agosto, 2007 20:30  
Blogger J.S. de Montfort said...

Me parece que al cómputo de circunstancias se une el desliz de la ciudad de piedra: Cáceres.
Pero siempre vale la pena esperar.
No hay problema.
Bienvenido sea.
Y que no se marche.
Y gracias, por volver.

24 agosto, 2007 03:00  
Anonymous Dr Zito said...

"Todo está perdido, me dije. Todo acabará en un desastre. Pero queda un atisbo, queda una rendija por la que..."

Sin embargo, ahi estamos, ahi seguimos. Grande.

Y no se disculpe, hombre.

24 agosto, 2007 14:21  
Blogger Rain en ZQ. said...

El tratamiento de personajes diversos en los relatos de La gente terrible genera adicción...

Salute.

25 agosto, 2007 19:43  
Anonymous betrunken Kaninchen said...

Vale, a partir de ahora tambien te quiero por tu cuerpo. Es dificil dejar de leerte. No pares, sigue sigue.

wunderbar

26 agosto, 2007 15:08  
Blogger getchell said...

Para mi cumpleaños quiero un Dani.

Supongo que conoces la peli "Ilsa, la loba de las SS". Sacaron dos secuelas. Pura mierda erótico gore de la que escribes.

26 agosto, 2007 21:19  

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