La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, septiembre 01, 2007

esto no es una canción de amor (II)

Parte segunda: Los habitantes del desierto


Si al infinito uno le añade más infinito, el resultado es infinito. Si uno junta lo sublime con lo siniestro, el resultado es siniestro. ¿No?

Roberto Bolaño


VI

No hablemos de Itziar. Olvidemos a Itziar. Olvidemos su rostro, esto es fácil, porque ya no lo recordamos. Pero olvidemos también el color de su pelo, el color de sus ojos, la forma de sus pestañas, la línea de su mandíbula, el desvaído rosa de sus labios, el calor de su boca, la suavidad de sus muslos, la aspereza de su pubis, sus pechos pequeños y bonitos, su fragancia bajo las sábanas, su nuca en la almohada, el arco blanco en sus ojos cuando entramos en ella, el rubor de sus mejillas justo al final, olvidemos su risa, su conversación, las inflexiones de su voz, su acento del norte, esa ciudad de la que hablaba, que siempre imaginamos lluviosa y nublada e insoportablemente bella porque era su voz la que nos la convocaba, olvidemos su trenca azul, la punta de goma blanca de sus zapatillas, olvidemos los nudos de su espalda, olvidemos su cuerpo, su ropa, su historia, los recuerdos que nos dejó, olvidemos que hubo un momento en que no quisimos olvidar nada, que nos esforzamos por recordarlo todo, sin poder dormir, evocando cada detalle, cada conversación, secretamente convencidos de que si podíamos recordarlo todo, si podíamos conservarlo, sería como tenerla de nuevo, atada a nuestra memoria, esclavizada, apresada, un súcubo, nuestro súcubo, que no nos heriría, no nos dejaría, no diría que ya no nos quiere o, peor, que nos quiere mucho pero que no quiere seguir, no puede seguir, que no tiene sentido seguir. Olvidemos a Itziar, por favor. Olvidemos que hubo una tarde en que decidimos seguir queriéndola, a pesar de todo, a pesar de ella misma, en que pensamos que era la manera de permanecer invictos en la derrota, victoriosos en el rechazo, amándola cuando ella amaba ya a otros, indiferentes a la fealdad de lo real, inasequibles al desaliento, y olvidemos que fue esa misma tarde, en ese mismo momento, por obra de esa decisión, de ese pensamiento de amor incondicional, cuando empezamos a desenamorarnos de ella, al principio tan despacio, después tan deprisa, olvidemos que fue cuando decidimos quererla cuando dejamos de quererla, olvidemos tantas cosas tan estúpidas, olvidemos la primera vez que nos separamos, veintiocho horas después de conocernos, en un andén de metro, y tomamos sus manos y la besamos y dijimos Eres una persona extraordinaria y me alegro tanto de haberte conocido, lo dijimos como si no fuéramos a volver a verla, lo dijimos como si ya supiéramos de la fatalidad, y nada sabíamos, y ella dijo Tú también, yo también, y nos separamos. Olvidemos todo esto. Olvidemos a Itziar, porque qué significan estas nostalgias, qué importan estos viejos dolores, qué sentido tiene seguir.

VII

La hermana de Alejandro Rifar se llamaba Reina. Un par de días después de que le preguntase por Claudio Girón Rifar me dio su tarjeta, encabezada por el nombre del bufete de abogados donde hacía prácticas, su propio nombre debajo, Reina Rifar Ugarte, y un número de teléfono móvil, un número de fax y una dirección de correo electrónico. Les dan tarjetas a todos los que trabajan en el bufete, me explicó Rifar. No es que se las haga ella. No es ese tipo de persona, precisó.
La llamé ese mismo día. Tuvimos una conversación breve y amable, me preguntó por qué me interesaba Girón y repetí esa media mentira, o media verdad, que le había dicho a su hermano. Media mentira porque supongo que el encargo que me había hecho Miguel Ángel de Lucas podía considerarse dos años después más que cancelado, y media verdad porque realmente había empezado a pensar en escribir algo, aunque todavía no tenía muy claro qué, si un artículo, si un relato, pero notaba esa inquietud, esa comezón, en la boca del estómago y en la punta de los dedos, una ansiedad feliz, hambre por fin. Algo parecido a lo que se siente cuando te das cuenta, en medio del flirteo o de la seducción, de que te vas a acostar con la persona que te gusta, algo que puede disfrutarse en sí mismo, esa certeza, pero que al mismo tiempo urge a pasar a mayores, pasar a los besos, pasar a las cremalleras, a sentarte al teclado de una maldita vez. A ratos, todavía la tristeza dislocada, en fogonazos rápidos, ráfagas de melancolía, pero incluso eso me gustaba. Era tan diferente de no sentir nada, tan diferente de la inanidad. Me sentía un poco como si estuviera asomando la nariz fuera del líquido amniótico en que me había sepultado y olfatease el exterior intentado descifrar qué venía escrito en el aire, qué tiempo hacía fuera, qué tormentas o vendavales, qué cálidas tardes de verano.
El horario de Reina Rifar y el mío eran casi incompatibles, así que quedamos casi una semana más tarde, el sábado, en una cafetería que eligió ella en la calle Fuencarral. Me gustó su voz, era grave y un poco nasal, justo en el límite para parecer sensual y no ridícula, y su acento argentino, al contrario del acento de su hermano que iba y venía a voluntad, se filtraba en sus palabras de manera sutil, como un regusto sonoro, como llega a veces el olor del mar cuando estás cerca de la costa, algo que podrías estar imaginando pero que, en cualquier caso, percibes.

El teléfono de Aldara Cabo no daba señales de vida. Apagado o fuera de cobertura cada vez que lo intenté.

En esos días extraños vi señales por todas partes. Creo que si tuviera que volver a vivirlos, lo podría ver escrito en la forma de las nubes, en las vísceras tubulares de alguna bestia propicia, en el vuelo de los pájaros. Incluso el viento en los árboles me lo advertiría. Pero era inmune a los malos augurios. Me sentía eufórico, poderoso, como al borde de un descubrimiento, de una revelación. No dejaba de pensar en Itziar y no dejaba de pensar en Claudio Girón. Por las noches soñaba con ellos, sueños helicoidales, sueños que se impulsaban a sí mismos, sueños en los que iban y venían casi al alcance de mi mano, casi al alcance de mi voz, y entonces se perdían entre la multitud, entre la bruma, hileras de sueños, sueños como tormentas de arena. Por la mañana, me sentaba al borde de la cama, encendía un cigarrillo y dedicaba un momento a pensar en los sueños, a desenredarlos, en busca de una pista más, de un sentido definitivo. Pensaba que habría un momento en que las dos historias encajarían de alguna manera, con un chasquido, con un temblor, con un estruendo, y que eso lo cambiaría todo. Los días pasados, los días tranquilos, me parecían ahora días oscuros, días sin vida, días zombificados. Un simulacro, una farsa de cobarde. El silencio interno, la negación del hambre, la anestesia, la calma budista de no ambicionar nada, no es la vida. La vida es esto, pensaba, recrearse en un viejo dolor, seguir el rastro de sangre de un asesino, también recordar el flequillo de Reina Rifar y sonreírle al vacío. La vida es contradictoria y feroz. La vida es una taquicardia. La vida es soñar con el abismo.

Me revolvía de ganas de empezar a escribir.

La vida es literatura.

VIII

Antes de reunirme con Reina Rifar, fui a la FNAC a comprar libros, el único acto de mi vida que parecía tener un componente sacro. Había todo un ritual que respetar. Mientras las escaleras mecánicas me subían, me ascendían, hacia la sección de libros consultaba el papel donde había anotado las novelas o los autores que quería buscar, mi libro de oraciones, y leía para mí los nombres y los títulos como quien reza en silencio. Después, doblaba el papel, con gesto reverencial, y me acercaba a las estanterías, cientos de libros, miles de libros, dispuestos para mí, ediciones de bolsillo, ediciones en tapa dura, autores nacionales, autores extranjeros, ensayos, antologías, relatos, y entraba en una suerte de trance. Recorría los estantes, acariciaba los lomos, sopesaba los ejemplares, admiraba su factura, aspiraba el aroma de papel joven y tinta nueva, como si fueran incunables todos y cada uno de ellos por paupérrimas y tristes que fueran sus ediciones, olvidaba por completo mi lista previa, olvidaba por completo el dinero que podía permitirme gastar, y los libros se iban acumulando bajo mi brazo, demasiados, finos como manuales de autoayuda, gruesos como volúmenes enciclopédicos, añadiéndose, descartándose, yendo, viniendo, sin existir nada fuera del estante que recorriera mi índice, el universo y la literatura, para mí la misma cosa, reducidos a los apellidos de la letra C, Celine, Cortázar, Chabon, Cheever, Chejov, la letra M, Marías, Martín Santos, McCarthy, Melville, un infinito alfabético que al alcanzar la Z volvía a la A sin solución de continuidad, hasta el colapso, hasta que el brazo de carga me dolía y se acalambraba, y como alguien transido por la fe me encaminaba hacia las cajas, incapaz de calcular si tendría suficiente dinero para pagar los libros, incapaz de imaginarme viviendo sin el objeto de mi culto.
Pero aquel día, el ritual se interrumpió apenas iniciado.
Eh, escuché. Hola, tío.
Levanté los ojos. Me hablaba un tipo rubio, el pelo a trasquilones cuidadosamente despeinados, con el chalequito de dependiente cubierto de chapas. Tardé un momento en reconocerlo. Ah, dije. Qué tal.
Me cambié los libros de brazo, Mientras ellas duermen, La oscuridad exterior y Amberes, y le estreché la mano. Era un compañero de clase de Aldara Cabo, un tipo bastante idiota que tuve que frecuentar cuando salía con Itziar.
Bien, tío, me dijo. Qué tal tú.
Me encogí de hombros. Comprando libros, ya ves.
¿Qué haces ahora, sigues estudiando?
No, dije. Dejé la carrera.
Vaya, dijo el tipo.
Trabajo de teleoperador, le expliqué.
Asintió con lentitud y una sonrisa comprensiva, condescendiente.
Yo terminé el año pasado, dijo. Curso por año, ya me conoces.
Me alegro, dije. Curso por año. Y ahora curras aquí.
El tipo parpadeó. Sí, bueno, mientras sale otra cosa, yo... Eh, tengo que hacer una cosa, así que...
Sí, claro. Nos vemos... Espera, le dije.
El tipo ya se volvía para alejarse. ¿Qué?, dijo.
¿Tienes el número de Aldara Cabo?
¿De Aldara Cabo?
Sí. Quiero hablar con ella. Tengo un número, pero no funciona.
No sé, a ver. Hace mucho que no hablo con ella. Nos distanciamos un poco, ya sabes... Con lo de... Se llevó el índice a la sien y lo movió en círculos. Cuando se le fue la cabeza, concluyó.
Ya, dije, ahorrándome un comentario. Sacamos los teléfonos móviles y comprobamos que teníamos el mismo. Mierda, farfullé.
¿Para qué quieres hablar con ella?
Cosas mías, respondí, hosco. Intenté suavizarlo: Por los viejos tiempos.
Tengo el número de casa de sus padres, si lo quieres, dijo.
Sí, claro, dije. Pensé que cabía la posibilidad de que también tuviese el número de Itziar, pero un arrebato intuitivo me dijo que no, ella también pensaba que era un idiota y sólo lo trataba a través de Aldara Cabo. Además, no me apetecía preguntar por su número, el número de la chica que él sabría que me había roto el corazón, y soportar otro sonrisita de condescendencia.
Anoté en el móvil y me despedí dándole una palmada en el hombro, un pelín demasiado agresiva. Mientras bajaba por las escaleras mecánicas hacia las cajas no pude evitar silbar y canturrear como un tarado.
Pagué los libros y salí a la calle. Miré el reloj. La interrupción había servido para que no se me pasase la hora de mi cita con Reina Rifar. Iba justo de tiempo. Cuando llegué a la cafetería ella me estaba esperando. La reconocí porque se parecía a su hermano, ambos eran más atractivos que guapos, delgados, el mismo tono de pelo castaño, en ella largo y con un flequillo que apartó de un soplo justo la primera vez que la miré. Llevaba un jersey gris y vaqueros. Estaba sentada a una mesa cerca de la puerta. Me acerqué.
Escribía en una pequeña libreta, volvió a apartar el flequillo soplando. Me gustó la forma que adoptaba su labio al soplar. Tenía labios bonitos, finos, de color rosa pálido.
Hola, dije. ¿Reina?
Miró hacia a mí, sonrió. Sí, hola.
Dejó la libreta y el bolígrafo en la mesa y se puso de pie para darme dos besos.
Siéntate, dijo. Ya he pedido.
¿Llego muy tarde?
No, yo he llegado temprano. Adelantaba un poco de trabajo...
Nos sentamos. El camarero se acercó y dejó un café con leche sobre la mesa. ¿Quiere tomar algo?, me preguntó.
Lo mismo que ella, dije.
Ajá, dijo y se dio la vuelta hacia la barra.
Bueno, dijo Reina Rifar mientras yo dejaba la bolsa de la FNAC con los libros sobre la mesa y procedía a sacar los cigarrillos. Así que te interesa Claudio Girón.
Encendí un Fortuna. Sí, dije, soplando humo. Perdona, ¿quieres uno?
Uf, dijo ella. Lo estoy dejando, en realidad.
Ah, entonces...
Sí, dame uno, dijo, riendo.
Me contagió la risa, una risa grave y sensual como su voz.
Encendió el cigarrillo y dijo: Claudio Girón.
Sí, Don Claudio Girón.
Me ha dicho mi hermano que estás escribiendo sobre él.
Sí, una especie de artículo.
¿Una especie de artículo?
Sí, eh... Para... ¿Conoces Diagonal, el periódico? Me lo han encargado ellos y...
Reina abrió los ojos. Sí, claro que lo conozco, dijo. Mi padre está suscrito.
Mierda, pensé.
Carraspeé. Pues... Ellos lo han encargado... No sé si lo acabarán publicando, pero...
¿Qué enfoque vas a darle al artículo?
Di una calada profunda, hice un gesto impreciso con la mano. Ya sabes, improvisé. Como una semblanza... Una semblanza del horror.
Reina se echó hacia atrás en la silla, escuchando, el cigarrillo dibujando espirales de humo. Una semblanza del horror, repitió.
Voy a intentar tomar a Girón como una especie de... epítome. De resumen de cierto tipo de hombres, de ciertos años... De cierto tipo de horror, sí. Girón es uno entre tantos, y quizá no sea de los peores, pero creo que en él... Se resume cierto espíritu. Cierta maldad. No sé si me estoy explicando con claridad, dije, notando un progresivo acaloramiento, una gota de sudor resbalando por mi costado. Y el hecho de que quedara impune, que desapareciera a principios de los noventa, le da mayor relevancia. Qué coño habrá sido de ese tipo, si sigue vivo, claro, debe tener como ochenta años...
Ella me miraba, sonriendo a medias. Tocó la carpeta negra en la mesa. Te he traído información. Un dossier de mi padre, uno de tantos que tiene. Claudio Girón es, bueno, uno de sus objetivos, desde siempre.
Toqué la carpeta como si me diera miedo cogerla. ¿Es sobre Girón?
Sí, es todo lo que puedo darte.
Aparté la mano de la carpeta. Tu padre es un cazador de cabelleras, dije.
Ella rió. Si quieres verlo así.
Lo digo como un elogio.
Ya, dijo, apagó el cigarrillo en el cenicero.
Tú también eres una cazadora, dije.
Reina parpadeó entre el humo, bajó los ojos. Creo que se sonrojó un poco. Gracias, supongo, dijo. Ayudo en lo que puedo. Tú también ayudas escribiendo el artículo. Diagonal es un periódico estupendo.
Sí...
¿Has estudiado periodismo?
No.
Ah.
Yo... Es difícil de definir. Ahora mismo, soy teleoperador.
Hizo un gesto con las manos, descartando la pregunta.
No pasa nada, no es que sea un vergonzoso, dije. Tú haces prácticas en el bufete de tu padre, ¿no?
El que era el bufete de mi padre, más bien. Pero sí, sí, soy licenciada en Derecho.
Nos miramos, nos sonreímos. No supimos qué añadir. Reina miró su reloj. La verdad es que...
No te molesto más, me adelanté. Tendrás cosas que hacer, así que mejor si me voy, dije, aunque ninguno había llegado a darle más de un par de sorbos a los cafés.
Sí, estoy un poco liada, dijo ella, encogiéndose de hombros.
Extendí el brazo para coger la carpeta. Lo fotocopio y te lo devuelvo cuanto antes, dije y al acercar la carpeta empujé la bolsa y la tiré al suelo desparramando los libros. Joder, dije.
Nos inclinamos. Reina cogió uno de ellos, miró la portada. ¿Te gusta Roberto Bolaño?, preguntó.
Sí, dije, metiendo los otros libros en la bolsa.
Reina me devolvió el libro y se acomodó en la silla, mirándome. A mí también, dijo.
Nos sonreímos otra vez.
Oye, me queda mucho café, dijo. ¿Me darías otro cigarrillo? Si quieres compro ahora.

Reina Rifar había nacido en Buenos Aires en 1982. Su padre la trajo a España junto con su hermano el año de los Juegos Olímpicos y la Exposición Universal. Dijo que no entendía nada. Dijo que odiaba Madrid, odiaba su colegio, odiaba a sus compañeros de clase. No hablaba, lloraba por las noches. Su madre llamaba desde Canadá, donde vivía con su nuevo marido, un chileno de apellido alemán, y Reina no lograba entender quién era esa mujer. Sufrió una involución temporal, un conato de autismo preadolescente. Luego las cosas mejoraron. Hizo amigos, dejó de llorar, perdió el acento porteño como se pierden las buenas costumbres, explicó, aunque yo lo notaba en cada una de sus palabras como una sombra. El recuerdo de su madre, a la que nunca veía, se hizo ajeno, como si fuera la madre de otra persona, de una niña bonaerense que como ciertas letras de su apellido se había perdido por el Atlántico. La figura de su padre cobró dimensiones titánicas. Pasó por un periodo grunge, influencia de su hermano, que no duró mucho. En música coincidíamos en algunas cosas, The Cure, los Clash, los Buzzcocks. A ella le gustaba Radiohead y yo reservé prudentemente mi opinión. No me atreví a preguntar por los Pixies. Compartía la fascinación de su hermano por Sam Peckinpah, ante lo que se me descolgó la mandíbula. Su escritor favorito era Nabokov, le fascinaba Raymond Carver y reconocía no haber entendido ni disfrutado El almuerzo desnudo, libro que yo sí había disfrutado sin estar muy seguro de haber entendido. La historia interminable nos parecía a los dos un libro que hacía justicia a su título, un libro inagotable, un libro que había contribuido en muchas formas a configurarnos tal como éramos. Emuló al padre estudiando Derecho en lugar de Literatura, su primera opción, y no se arrepentía. Yo no hablé mucho, dejé caer una pregunta aquí y otra allí para que siguiera hablando. Me recordaba a mí mismo con diez años, el verano de su llegada al país, camisetas de Cobi, atletas subiendo a podios, un día caluroso en Sevilla. Sentí envidia de las personas que la habían conocido antes que yo. Odié a todos y cada uno de los novios que pudiera haber tenido. Reconocí los síntomas. No me puede estar pasando otra vez, pensé. Otra vez no.

Al despedirnos en la puerta de la cafetería, dos tímidos besos, le dije que le devolvería la carpeta a través de su hermano, si lo prefería.
Bueno, dijo ella. También podemos tomar café algún día. Otra vez.
Claro, dije.
Tengo que irme.
Sí, yo también.
Intercambiamos sonrisas indecisas y al final seguimos cada uno una dirección, ella hacia el bufete, trabajaban todavía el sábado por la tarde, y yo hacia el metro más cercano. En el vagón hojeé el dossier, era una versión ampliada del que me había pasado Miguel Ángel, incluidas borrosas fotocopias de documentos oficiales, de un pasaporte falso con una imagen irreconocible de Claudio Girón. Sergio Camacho era el alias que utilizaba, mucho más parecido a su imposible nombre real. Más tarde, en mi habitación, llamé a Miguel Ángel para preguntarle si conocía a Reina Rifar. Sí, claro, me dijo. Es la que me pasó el dossier de Claudio Girón, era amiga de un compañero de clase, ¿en qué andas metido? Ya te lo contaré, le prometí. Claudio Girón ha vuelto a mi vida, igual escribo algo sobre el tipo, ¿te sigue interesando? Pues más bien no, dijo. Ya es un poco tarde, eh. Reímos y me despedí. Me quedé sentado en la cama, sonriendo y pensando en Reina Rifar. Encendí un cigarrillo y miré los haces de luz que se proyectaban por la persiana veneciana iluminando motitas de polvo suspendido. Había cosmos enteros expandiéndose unos contra otros, arrojándose soles fugaces y planetas y satélites que relucían como esquirlas de mica, tendiendo entre ellos tenues lazos de gravedad, girando en órbitas inestables, dibujando espirales y cúmulos elípticos o lenticulares que se enredaban y arracimaban y arremolinaban y se iban mostrando en las sucesivas láminas de luz, galaxias que ascendían y descendían y se perdían más allá de los confines de lo que se puede ver junto con quasares y singularidades incognoscibles, toda la variedad y riqueza del universo contenida en un espacio abarcable con los brazos, supernovas, estrellas binarias, enanas blancas, artefactos fastuosos de civilizaciones perdidas, inteligencias alienígenas, vacíos primordiales sólo reconocibles por la ausencia en que se definen, discos de acreción, momentos angulares contradictorios e imposibles, cometas erráticos, horizontes de sucesos y ergosferas en rotación, meteoritos de diamante espejado, milagros atómicos, los Perros de Tíndalos, las entropías reversibles y la bastarda y mentirosa entidad geométrica que forman el espacio y el tiempo justo entre el índice y el pulgar. Soplé el humo retenido en los pulmones y arrasé con todos esos universos y otros iguales vinieron a sustituirlos y cerré los ojos y sentí el calor del cigarrillo en los dedos y al volverlos a abrir continuaba la misma danza de derviches en la luz pálida del sábado por la tarde. Todo tiene sentido, pensé. Todo está lleno de prodigios.

IX

Tiene cara de pájaro, me dijo Itziar una vez, hablando de Aldara Cabo. Creí que quería decir que era fea y no lo entendí. Aldara Cabo no era fea. Aldara Cabo era más que guapa, era hermosa de una manera que sólo se acostumbra a ver filtrada por una pantalla de cine, desde una página de revista. Así que lo pensé y descubrí que Itziar tenía razón. El rostro de Aldara Cabo, los labios carnosos, la nariz perfilada, las cejas como trazos de tinta de caligrafía japonesa, tenía una fragilidad de ave, algo que residía en la perfección de los huesos bajo la piel, como un diseño superior, aerodinámico. Una fragilidad engañosa hecha para romper la barrera del sonido. Era una chica de la que enamorarse con una mirada fugaz en la penumbra coloreada de una discoteca, con entrever su rostro en la ventanilla de un tren, con cruzártela por la calle. Nunca le conocí novio a Aldara Cabo, aunque le sobraban pretendientes, lo que me hizo suponer que era lesbiana o estaba sexualmente confusa. Según Itziar, ni una cosa ni otra. Es muy difícil, me dijo. Sólo eso.

Aldara Cabo era difícil, sí. Aldara Cabo, terminaría por descubrir, era una persona horrible.

¿Dígame?
Hola, saludé.
Sí, ¿quién es?
Le dije mi nombre. Soy amigo de Aldara... De Aldara Cabo, eh... Es la casa de los padres de Aldara Cabo, ¿verdad?
Ajá, dijo la voz, helada. Soy su madre.
Ah, claro. Bueno, yo soy amigo de Aldara, pero hace mucho que no sé de ella y... Tengo su móvil, pero no funciona, y me gustaría... Ya sabe. Soy amigo. De la universidad.
Eres amigo de Aldara, dijo la voz, como si musitara un titular de periódico vagamente improbable.
Sí, pero... Ya hace tiempo y... Hemos perdido contacto.
Quieres hablar con ella.
Sí.
Con Aldara.
Eh... Sí.
¿Cómo te llamas?
Le repetí el nombre.
Espera, dijo.
Esperé. Estaba sentado a la mesa del ordenador, en mi habitación. Cogí un bolígrafo y garabateé en unos papelajos, espirales, calaveras. Encendí un cigarrillo, garabateé un poco más. Escuché pasos al otro lado, el teléfono rozando la mesa al levantarlo. ¿Qué quieres?, preguntó Aldara Cabo.
Solté el humo de una calada, apresuradamente. Hola, Aldara, dije.
Hola, tú. ¿Qué quieres?
Estoy bien, gracias, ¿y tú?
Escuché su risita, metalizada por el auricular, una risita sin humor y sin vida.
Muy bien, dijo. Encantada de hablar contigo.
Me alegro.
Guardamos silencio. Di dos caladas antes de que ella suspirase y dijese: Bueno, qué quieres, ¿oírme respirar?
No.
¿Entonces?
Estoy intentado... Itziar. Necesito su número de teléfono.
¿Itziar?
Sí, Itziar, ¿te acuerdas de Itziar, tu amiga?
Itziar, tu novia. O lo que fuera.
Esa Itziar. ¿Tienes su número de teléfono? O un correo electrónico al que pueda escribir.
¿En serio?
Mira, a lo mejor no viene mucho a cuento, pero me gustaría hablar con ella. Saber cómo le va, en qué anda. No tengo ninguna idea rara en la cabeza.
No sabes...
¿Qué?
Nada.
¿Tienes su número?
Lo tengo. Pero no te lo voy a dar.
Me quedé con la boca abierta. ¿Por qué?
Porque no te iba a servir de nada.
¿Qué quieres decir?
Exactamente lo que he dicho. No te iba a servir de nada.
Pero...
Ven a verme, dijo. Te contaré una historia.
¿Qué?
Que vengas a verme.
¿Ahora?
No, ya es tarde. Dentro de siete días.
¿El domingo que viene?
Sí. Toma nota, dijo, y dijo el nombre de una calle, en Las Rozas. Esa calle termina en un parque, especificó. Estaré en el parque a las doce de la mañana. Hablaremos.
¿No puedes decírmelo ahora?
No. El domingo que viene.
¿Por qué el domingo?
Porque de lunes a sábado estoy internada en un centro. Por eso.
Colgó el teléfono.
Joder, le dije a la línea muerta. Anoté el nombre de la calle en un papel antes de olvidarlo.

Un par de días después, al salir a fumar, Alejandro Rifar me dijo: Mi hermana pregunta por ti.
Parpadeé entre el humo que me subía por la cara. Ah, dije, con la mayor indiferencia que pude. ¿Sí?
Rifar dio una calada, sopló el humo, se tomó su tiempo, sonriendo.
Sí, dijo.
Esperé, mirando su sonrisita de diversión. Conté los segundos. ¿Y qué preguntó?, claudiqué.
Rifar se encogió de hombros, como si no lo recordara. Nada en concreto, dijo. Algún comentario, alguna frase... No te pienses que mi hermana me va a preguntar directamente si tienes novia.
Tragué saliva, solté el humo por la nariz, carraspeé, cambié el peso de una pierna a otra. Rifar esperó, tranquilo. No, dije. No tengo.
Rifar hizo un gesto con la mano, como si dijera que él no había preguntado nada, que nadie había preguntado nada.
Noté que la cara me ardía, una vergüenza infantil.
Eh, dijo Rifar, chasqueando los dedos. ¿No tienes que devolverle unos documentos o algo?
Sí, un dossier, dije.
¿Por qué no vienes a casa el sábado? Hemos instalado un home cinema de esos y voy a estrenarlo con un maratón de clásicos. Habrá cerveza. Puede que esté mi viejo, igual te cuenta algo para tu artículo del tío ese, como se llame. De paso, le puedes devolver el dossier a Reina. ¿Qué?
El sábado, dije, poniendo cara pensativa. Pues...
Sí, ya, consulta tu agenda, tómate tu tiempo, dijo Rifar. Tiró el cigarrillo al suelo. Seguía sonriendo.

En el cercanías, de vuelta a casa, estalló una ventanilla. Sucedió al salir de un túnel, el vagón iba atestado de gente que dormitaba, hojeaba periódicos gratuitos, le hablaba a teléfonos que habían perdido la cobertura en el paso subterráneo. El tren hacía todos sus ruidos habituales, sus ronroneos, sus vibraciones. Yo estaba sentado al final del vagón y miraba hacia esa ventanilla por casualidad. Sonó como algo líquido, una lámina de agua que choca contra el asfalto. La ventanilla se volvió blanca, pero no se cayó ni saltó en pedazos, se mantuvo en el marco. Hubo un par de gritos, un alarido. Unos tipos se rieron. Los que estaban sentados junto a la ventanilla, cerca del principio del vagón, se apartaron, sonreían como si les hubieran gastado una broma pesada. Qué ha pasado, qué ha pasado, preguntaban. Los niños, dijo una señora a mi lado. Los niños salvajes. La miré, la señora se miraba las manos. ¿Los niños salvajes?, pregunté. La señora levantó los ojos. Sí, dijo, y volvió a mirarse las manos. Iba a preguntarle qué quería decir, pero me mantuve callado. Los paisajes que recorría el tren a esas horas crepusculares parecían siempre siniestros y vacíos, un extrarradio de la desolación. Ruinas de un páramo edificado. Fácil imaginarse hordas de niños salvajes, caníbales bajo los puentes, los habitantes del desierto emboscando trenes de otro mundo, un mundo que todavía no ha terminado.
La ventanilla seguía rompiéndose. Un crujido que se extendía por el vagón y que iba callando las conversaciones. Como hielo al que se le vierte café caliente o como envoltorios de caramelo arrugándose muy despacio. Seguía sin caer, sin desprenderse, sólo se rompía, firmemente adosada a su marco. Un tipo se levantó y vino al final del vagón. Se sentó en el último asiento libre. Los pasajeros que quedaban se miraron, sonrieron, tragaron saliva. El crujido no cesaba. Se levantaron y se apelotonaron a nuestro lado, atónitos, confusos. La señora se tapó los oídos. Un niño se echó a llorar. Hubo carraspeos, toses. Nadie hablaba. Las manos estrujaban periódicos. El crujido continuó. Como grillitos de cristal. En la siguiente parada se bajó todo el mundo. A mí me faltaba un buen trecho para llegar a casa, pero tampoco podía aguantarlo más. No era un sonido insoportable, como uñas en una pizarra, era sólo su constancia, la impresión de que no iba a dejar de romperse nunca. Me senté en un banco a esperar el siguiente tren.


...

5 Comments:

Anonymous z q said...

Cuando el viejo emile escribe sobre el amor denigrándolo le doy la razón. Cuando leo esta segunda parte de tu cuento, no le creo al viejo Cioran. Y así...no sé hasta cuándo...
:)

Salutes.

01 septiembre, 2007 08:22  
Anonymous Berliner in love said...

"La vida es esto, pensaba, recrearse en un viejo dolor, seguir el rastro de sangre de un asesino, también recordar el flequillo de Reina Rifar y sonreírle al vacío. La vida es contradictoria y feroz. La vida es una taquicardia. La vida es soñar con el abismo."

I love you

Me esta picando el leerte como a ti el escribir. Mas o menos, orgasmo!

02 septiembre, 2007 13:40  
Anonymous chupachus said...

espero que no tardes mucho en escribir una tercera parte. Me he quedado con unas ganas de seguir leyendo...uff

02 septiembre, 2007 21:37  
Blogger Elendaewen said...

"...olvidarte es recordar que es imposible..."
Magnífico =)
Saludos.

04 septiembre, 2007 13:28  
Anonymous Dr Zito said...

VI es glorioso. Y sus pecho tenian que ser pequeños, por supuesto.

28 septiembre, 2007 16:25  

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