La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

lunes, septiembre 17, 2007

esto no es una canción de amor (III)

Parte tercera: Singularidad Prandtl-Glauert

Si alguien es capaz de comprender las razones que le indujeron a amar a una persona en determinado momento de su vida, es que sigue enamorado de ella; un amor extinguido es siempre absolutamente incomprensible.

Michael Chabon

X

En el portal del edificio me salió un tipo al encuentro, metido en una americana azul, el pelo gris, una papada de sapo. ¿A qué piso va?, me preguntó.
Al cuarto, le dije, dejando a medias el paso que estaba dando al interior.
¿Cuarto qué?, croó.
Eh... Cuarto b.
Ah, sí, pase, dijo el tipo, y se apartó.
Completé el paso y entré en el edifico. El portero anadeó hasta una silla y se sentó mirando hacia la calle. El portal era amplio y el suelo de mármol, viejo y agrietado, pero limpio, desprendía un olor de amoníaco perfumado. Había plantas de plástico. Fui hacia el ascensor, un modelo vetusto, abierto, que colgaba por el hueco de la escalera. Entré y pulsé el botón de del cuarto piso. El aparato traqueteó, se tensaron cables sobre mi cabeza, ascendí con lentitud. Tamborileé los dedos en la carpeta negra del dossier. El mismo mármol en el suelo del pasillo, un poco más amarillento y castigado por la lejía. Me acerqué a la puerta de los Rifar y llamé al timbre, un chirrido gemebundo. Alejandro Rifar abrió la puerta. Hombre, dijo. Pasa, pasa.
Pasé. Rifar iba en pantalones cortos y camiseta sin mangas, descalzo. El suelo estaba cubierto por parqué. Lo seguí hasta el salón, un sofá en ele, un par de sillones de aspecto mullido, que terminaba en una puerta corredera y una terraza. He aquí mi templo, dijo Rifar. Señaló los altavoces, la pantalla de proyección enrollada y colgada en la pared sobre la televisión. ¿Qué te parece?
Precioso, dije. Levanté la carpeta negra para que la viera. Oye, ¿está tu hermana?
Rifar negó con un gesto. Viene luego. Trabaja hasta los sábados, la tía. Ven.
Lo seguí de nuevo por otro pasillo hasta su habitación. Las paredes estaban forradas de estanterías con vídeos y deuvedés, y discos de vinilo, casetes, cedés, originales, copias cochambrosas, por docenas, cientos, algunos libros, la mayoría de cine y música, novelas aquí y allá. Sobre la cabecera de la cama una reproducción tamaño póster de la portada del In Utero. Mira, mira, dijo Rifar echándose sobre una estantería. Me pasó un deuvedé. El título estaba escrito en caracteres orientales, rojos y verdes, impresos sobre un primer plano de Alejandro Jodorowsky con los ojos abiertos y alucinados. El Topo, dijo Rifar. ¿La has visto?
No.
Yo sí.
¿Qué tal es?
Extraña, pero imprescindible, dijo, rascándose la cabeza. La descubrí hace mil años, una sorpresa de madrugada. He conseguido esta copia por Internet. Edición coreana. Dos horas de western metafísico.
Ah, pues genial, dije, dubitativo.
Voy a pillar más pelis.
Bien, bien.
Rifar se volvió hacia la estantería y yo me entretuve mirando el póster. En su momento, había escuchado bastante Nirvana, pero no lograba recordar gran cosa. Que me gustaba, que yo tenía trece o catorce años. Los noventa, pensé. La década que se había tragado a Claudio Girón, el agujero negro de mi adolescencia. Me pregunté si habían pasado realmente.
El último disco honesto del rocanrol, dijo Rifar.
Lo miré. Señalaba el póster. Lo grabó con la bata manchada de sangre con la que su mujer había parido, explicó Rifar, barajando unos deuvedés como si fueran cartas. Albini de productor. Directo desde las entrañas, puro desgarro. Se acabó la honestidad en el rocanrol, la gastaron toda ellos.
Rifar sacudió la cabeza con pesadumbre.
Ya sólo quedan canciones de amor, sentenció.
Volvimos al salón y Rifar trajo una bandeja con un par de latas de cerveza y patatas fritas. Me instalé en el largo sofá. ¿Se puede fumar?, pregunté.
Mejor no, dijo Rifar. A mi viejo se lo tienen prohibido. Por el corazón. Si Reina huele a tabaco dentro de casa me corta las bolas. Luego hacemos una pausa y salimos a la terraza. Como en el curro. Cinco minutos.
Rifar desenrolló la pantalla, colocó el proyector. Se sentó en uno de los sillones con el mando a distancia en la mano. El menú del deuvedé era indescifrable. Tardó un buen rato en lograr reproducir la película y no fue capaz de sacarle los subtítulos en coreano, lo que apenas le sumó extrañeza a una película que ya era de por sí, como el menú, indescifrable. El Topo era un pistolero vestido de negro que iba por el desierto con su hijo, un niño pequeño desnudo a excepción de un sombrero, repartiendo muerte, justicia y frases sentenciosas y místicas. La película rebosaba simbología cristiana y oriental. El Topo disparaba a las rocas del desierto y brotaba agua. El Topo se enfrentaba a los cuatro Maestros de la Pistola por el amor de una mujer y de cada uno de ellos extraía una lección. Había algo raro en la película, una oscilación entre su pretenciosidad y su contundencia, que no me dejaba decidir si era una basura o una obra maestra. Una obra maestra involuntaria, quizá, de una manera distinta a la que Jodorowsky habría deseado.
Rifar, sin embargo, comentaba la película fascinado, entusiasmado por cada plano. Sí, sí, es una mierda, reconocía. Pero mira eso, ¿no es genial?
Envidié profundamente su capacidad de entusiasmo, un estómago cultural capaz de encontrarle nutrientes a una roca muerta.
Reina Rifar volvió a casa justo cuando un tipo sin piernas, encaramado a un tipo sin brazos, encañonaba al Topo con un revólver. Hola, dijo, dejando su abrigo en una percha. Miró hacia el sofá. Eh, dijo, abriendo los ojos. Hola...
Hola.
No sabía que...
Le he invitado a ver pelis, dijo Rifar. Para estrenar esta maravilla.
Qué tal.
Reina bajó los ojos, sonrió. Bien, dijo. Se sopló el flequillo. ¿Te quedas a comer?
Si no es molestia.
Claro que no.
Reina me miró, sonrió otra vez, se volvió hacia la pantalla. ¿Qué veis?, preguntó. Oh, El Topo. ¿Otra vez?
Rifar asintió. Edición coreana, puntualizó.
¿No te bastaba con la que tenías?
Rifar gruñó. No, no me bastaba.
Madre mía, dijo Reina. Cruzó delante de la pantalla y se sentó en el otro sillón, a mi izquierda. ¿Por qué está subtitulada en chino?
En coreano, dijo Rifar. Todo es chino para ti.
Bah, dijo Reina. Giró la cabeza para mirarme y sonreír de nuevo. Se sentaba de una manera firme, pero no envarada, sin dejarse caer en el respaldo. Me despisté bastante de la película. Prestaba atención la manera en que el pelo le resbalaba por la espalda.

Al terminar la película, Rifar bajó a la calle a por más cerveza. Reina y yo fuimos a la cocina y la miré mientras llenaba una olla de agua, le añadía una gota de aceite, y la ponía sobre la vitrocerámica. Reina pertenecía a esa clase de chicas que se van haciendo más guapas cuanto más las miras, una belleza de mecha larga, que va quemando despacio, inasequible al primer vistazo, pero una belleza capaz de soportar malas resacas, maquillajes arruinados, el rimel corrido y las ojeras del cansancio, y permanecer ahí, entre velos, haciéndote sentir especial, partícipe de un secreto. ¿Te ayudo?, pregunté. Reina tenía un manojo de espaguetis en la mano, los miraba con ojo crítico.
¿Serán suficientes?, dijo.
¿Para los tres? Creo que sí.
Cogió la bolsa de espaguetis y añadió unos cuantos más. Es tengo que hacer para mi padre, dijo. Para que cene.
Ya... Eh, qué hago, yo...
Buf. ¿Quieres picar la cebolla?
Vale.
Te va a hacer llorar.
No importa, dije.
Reina me indicó una pequeña despensa, apenas un armario empotrado, y cogí una cebolla de un cesto de plástico. En la encimera había una tabla de cortar y unos cuchillos en un soporte imantado. Desprendí las primeras capas de cebolla con el pulgar. ¿Qué te ha parecido la película?, preguntó Reina.
Todavía no lo he decidido, dije.
A mí me gusta, dijo. A mi hermano le entusiasma.
Tu hermano es un entusiasta.
Sí, ¿verdad?, dijo. ¿Has visto su cuarto?
Asentí. ¿Cuántas películas tiene?
Ni me preguntes. Cada cierto tiempo le entra una histeria y se pone a ordenarlas por género, por director, por soporte, por lo que se le ocurra, lo pone todo patas arriba. Luego, en dos días, lo vuelve a tener hecho un lío. Es así en todas las cosas. Sin término medio.
A mí me da envidia.
Reina me miró. Abría la puerta del frigorífico, en busca de algo, y la postura me recordó un instante impreciso, un recuerdo que se me escapó durante un segundo y que me produjo una sensación abrumadora de momento ya vivido. El sueño de Itziar, pensé. Los tarros de mermelada.
A esa pasión, me refiero, dije. Esa intensidad. Como lo que dice de Nirvana...
El último disco honesto del rocanrol, recitó Reina. Sacó una cuña de queso del frigorífico y cerró la puerta.
Sonreímos. A ver, no es que esté de acuerdo con esa idea en concreto, me refiero a la certeza que implica.
Puse la cebolla pelada en la tabla y cogí el cuchillo. Porque eso es pasión, dije. Cuando te entregas a algo de tal manera. No sé. Puede que estés equivocado, pero es tu puta manera de equivocarte. Y... Bueno, nada, eso es lo que le envidio. Tampoco sé si envidia es la palabra, pero...
Reina se puso a mi lado en la encimera, la cuña de queso en una mano, un rallador en la otra. ¿Tú no sientes ese tipo de pasión?, preguntó.
Corté la cebolla. Se mezcló en el aire el olor fuerte de la cebolla con el olor suave de su champú y de su ropa. Entrecerré los ojos mientras picaba. A veces la he sentido, dije. A veces. Por los libros, supongo. Por cosas que escribía. Antes, cuando escribía más. Por alguna persona.
¿Ya no?
Piqué a conciencia. Los ojos me ardían. Apártate un poco, le dije. O vamos a acabar llorando los dos.
No me importa, dijo. Pasó con lentitud el queso por el rallador, arrancando virutas retorcidas. Le miré las manos. Me gustaron sus dedos largos y bonitos.
Terminé de picar. Dejé el cuchillo, miré mis propias manos, pegajosas. Hace tiempo que no, dije. Por lo menos no como antes, no tan fuerte, pero a veces... Es como si estuviera a punto de volver.
Ya...
Me acerqué al fregadero y abrí el grifo. No me voy a sacar este olor.
No lo frotes, dijo Reina, volviéndose un poco. Pon las manos debajo del grifo, sin más. Si lo frotas, se impregna, y entonces nunca se va. Déjalo ir.
Puse las manos bajo el agua, moví un poco los dedos.
¿Así?
Sí, así.
Y tú, Reina, dije, notando que era la primera vez que decía su nombre desde que nos conocimos, la repentina intimidad que eso puede generar, la manera en que espesan el aire los nombres. ¿Lo has sentido?
Reina se volvió del todo, se apoyó en la encimera, el flequillo gravitando sobre los ojos. A veces, dijo. Por alguna persona.
Sentí deseos de apartarle el pelo, de despejarle la frente con los dedos húmedos, de mojarle las mejillas. Aparté la mirada, cerré el grifo y me sequé con un trapo. Claro, dije. Al final siempre es por una persona.
El agua rompió a hervir. Reina se acercó a la vitrocerámica y le bajó la intensidad. Te he traído el dossier, dije. Lo tengo en el salón...
Ah, dijo Reina. ¿Te ha servido?
Creo que me servirá, dije. Lo he fotocopiado.
En realidad, era una copia para ti, dijo Reina. No hacía falta que me lo devolvieras.
Se sopló el flequillo,
Ah, como te dije que si querías que te lo devolviera...
Ya, ya, dijo, mirando un punto indeterminado del cuello de mi camiseta. Se me pasó, no sé en qué estaría pensando, yo...
Se miraba los pies ahora. Yo me fingí atareado en el examen de mis manos. Las olisqueé, piel mojada y, muy lejano, el aroma de la cebolla.
¿Quieres que te cuente un secreto?
Reina me miraba de nuevo, sonriendo.
Claro, dije.
Claudio Girón no está desaparecido.
¿En serio?
Asintió. Existe una red... Bueno, decir red puede que sea pretencioso. Los contactos de mi padre, la vieja guardia los llama, antiguos montoneros, opositores al régimen que acabaron aquí exiliados. Gente que hace sus vidas, pero que además, vigila a los otros exilados, a los de la otra parte. Se vigilan unos a otros, en realidad. Durante un tiempo, supongo, lo hicieron con la intención de ajustar cuentas, de consumar venganzas... Claudio Girón nunca desapareció para ellos.
Saben dónde está, dije, con la boca repentinamente seca, el pulso palpitando en la garganta.
Lo saben. Hace un par de años se enteraron de lo que estaba haciendo mi padre, de los casos que estaba armando, y le pusieron sobre su pista. Más que eso, le dieron su dirección. Vive aquí, en Lavapiés.
Venga ya.
En serio. Es un viejito. Cobra algún tipo de pensión y dedica el día a pasear con su perro por el barrio... Creo que se cansaron de vigilarle. Creo que asumieron que ya nunca se iban a consumar sus venganzas. Nos pasaron el testigo.
Reina se llevó el índice a los labios. Pero es un secreto, no digas nada. No queremos que se sepa hasta que la policía llame a su puerta. Ha sobrepasado con mucho la edad penal, pero verlo sentado en un tribunal, enfrentado a toda su historia, será un consuelo para muchos. Un principio de justicia... Esperemos que no se muera antes, concluyó con una sonrisa.
Esperemos, dije.

XI

Llegué a Las Rozas en cercanías, con resaca y el tiempo justo. Por lo que pude ver reflejado en la ventanilla del vagón tenía una cara espantosa, cercos oscuros bajo los ojos, la piel hepática. Después de comer Reina tuvo que volver al bufete y Rifar y yo pasamos la tarde viendo películas y luego fuimos de bares por el barrio. Nos emborrachamos y nos contamos fragmentos escogidos de nuestras vidas sentimentales. Rifar intentó ligar con todas las chicas que pudo, pero más como divertimento que con verdadero empeño, calzándose el acento a voluntad. Eso es juego sucio, le dije. Impostor. Rifar se rió y me llamó boludo. Al cerrar los bares Rifar me dijo que fuera a su casa, si quería, y que durmiera en la habitación de invitados. Acepté por pereza. Acepté por la posibilidad de volver a ver Reina. Desperté muy temprano, incómodo y desubicado, hice la cama como pude, con manos temblorosas y una resaca indecisa pendiendo sobre la cabeza, y salí a la terraza para despejarme. Encendí un cigarrillo. Hacía frío y el cielo estaba cubierto de nubes oscuras, una capa densa, sólida, un émbolo dispuesto para aplastar la ciudad. Alguien carraspeó a mi espalda. Me giré y vi a un hombre de unos cincuenta años, sosteniendo una taza de café. Era muy delgado y tenía unas entradas discretas, el rostro serio, los ojos distantes, tristes en cierto sentido. La camisa que llevaba era gris, de buena calidad, y le hubiera quedado mejor de haber tenido un par de kilos más para rellenarla. Hola, dijo. Lo saludé. ¿Eres amigo de Alejandro o de Reina?, preguntó. Alejandro, dije. Trabajamos en el mismo edificio. Anoche salimos y... Ya, ya, dijo. Me miró fijamente. Me preguntó si era el pibe de Diagonal. Asentí, lamentado la ocurrencia de haber mencionado el periódico. Soy Carlos, dijo, estrechándome la mano. Querrás hacerme preguntas, añadió, amagando una sonrisa que trasmitía cierto tedio, un infinito cansancio. En realidad, no, dije. Carlos Rifar asintió con lentitud. Mi cigarrillo se había consumido, apenas me quedaba el filtro chamuscado entre los dedos, y no tenía ningún cenicero a mano. Carlos Rifar se dio cuenta. Bótalo a la calle, dijo. No te mira nadie. Sonreí y tiré el cigarrillo. Carlos Rifar avanzó por la terraza, con una cojera leve, y se apoyó en la barandilla. Qué mal día hace, comentó. Quedamos en silencio, escuchando el ruido de los coches en la calle, el viento agitando los flecos de los toldos en los balcones vecinos. Saqué otro cigarrillo, le ofrecí el paquete por inercia. No debo, dijo. Bebió de la taza. Caprichos del médico. ¿Cuánto lleva sin fumar?, pregunté. Dos años, dijo. Y no ha pasado un día sin que lo eche de menos. Sonrió con resignación, encogiéndose de hombros. Volvimos a quedar en silencio hasta que por el salón apareció Reina, el pelo revuelto y metida en un pijama verde. Salió a la terraza frotándose los ojos. Buenas, dijo. Me miró, parpadeó. Creía que eras Alejandro, dijo. No logro irme de esta casa, le dije. Reina sonrió y se tocó el pelo. Ya veo, dijo. Carlos Rifar nos miró frunciendo el ceño. ¿Quieres un cafetito?, me preguntó. Yo te lo traigo, dijo Reina, dando un paso atrás. No, no, dijo Carlos Rifar. Yo voy. Salió de la terraza. Aprecié su cojera mejor que antes, no tenía la torpeza del lesionado reciente, era una cojera vieja, integrada en su lenguaje corporal. Una lesión precisa, supuse. Una lesión experta. Una lesión de cuarto sin ventanas. Me alegré de no haber hecho preguntas. Me alegré de no haberme enfrentado a silencios elocuentes. ¿Te quedas a comer?, preguntó Reina. Seguía intentando hacer algo con su pelo, disimuladamente, un esfuerzo inútil y también innecesario. No puedo, tengo que irme pronto, dije. Un compromiso previo, pero... Si quieres luego podemos tomar un café o una cerveza, eh... Vale, dijo Reina. Llámame. Te llamo, dije. Reina sonrió, mirándose de reojo en el reflejo de la puerta de la terraza. Yo observé con atención la brasa de mi cigarrillo. Seguía haciendo bastante frío.

Y había llovido en Las Rozas. En el piso tenía un plano garabateado para llegar al parque, pero no contaba con dormir fuera de casa y no lo llevaba encima. Haciendo memoria llegué al sitio, una pista circular de grava, bancos de madera, unos columpios, un tobogán. El sitio olía a mojado y no había ni un alma. Me encogí dentro de la cazadora y encendí un cigarrillo. No dejaba de darme vueltas la imagen de un hipotético Claudio Girón, un viejito Claudio Girón, canoso e invernal, dando paseos con su perro. Me preguntaba si se podría percibir lo que era, si le brillaría algo en los ojos. El asesino. La bestia. Pensaba en la cojera de Carlos Rifar. Pensaba en Reina. Pensaba que apenas recordaba quién era Itziar. Qué es lo que quieres de ella, me pregunté. Qué quieres de Claudio Girón. A qué viene todo esto...
Eh, tú.
Aldara Cabo, materializada desde la nada. Llevaba una rebeca azul y unos pantalones de pana que le quedaban sueltos. Se encogía como yo, las manos dentro de las mangas, los brazos cruzados bajo el pecho. El viento le movía el pelo negro sobre la cara. Tenía el aspecto de una refugiada de guerra, huesuda, arrasada, alguien que está de vuelta de lugares espantosos.
Hola, Aldara, dije.
Aldara Cabo hizo una mueca
Hola, sí.
Unos metros detrás, esperaba una mujer. Tenía unos cincuenta años, el pelo rubio, rasgos idénticos a Aldara. Parecía una aproximación a su hija, un borrador previo, una idea descartada, no tan bella, no tan perfecta, más humana. Mantenían ambas el mismo rictus gélido, la misma postura enhiesta. La mujer me miró fijamente y se sentó en un banco. Sacó un paquete de cigarrillo de su abrigo oscuro, sin dejar de mirarnos. Desde donde estaba no podía escucharnos.
Te has traído carabina, dije.
Aldara se apartó el pelo del rostro. Le he dicho que eres mi amante. Le he dicho que quieres fugarte conmigo y llevarme muy lejos y atracar cajas de ahorros y follar en pensiones de mala muerte mientras nos ponemos ciegos de cocaína.
Parpadeé. Seguro, dije.
Se lo he dicho. Sólo para ver la cara que ponía. No sé qué se pensará. De todas formas, haga lo que haga, ella siempre viene conmigo. Ya no quiere dejarme sola. Menos en el centro, claro. Dame uno, pidió, con gesto hacia el cigarrillo de mi boca.
Saqué el paquete, le di uno y el mechero y encendí otro para mí encadenándolo con el que tenía en la boca. Tiré la colilla a la grava.
En el centro no me dejan fumar, dijo Aldara. Es como una cárcel. Estoy rodeada de piradas, niñas con trastornos alimenticios, paranoicas... Reparten pastillas como si fueran gominolas y no me dejan fumarme un puto cigarro, sabes.
El comentario era una provocación, una invitación a la pregunta, para poder escupirme a la cara un pedazo doloroso de su historia. Me quedé callado, dando caladas, mirando el balanceo suave de los columpios al final de las cadenas.
Aldara encendió su cigarrillo, ahuecando una mano sobre la llama. El viento seguía agitándole el pelo y se lo recogió detrás de las orejas. Sus ojos, entrecerrados y serios, parecían medias lunas negras, el eclipse gemelo de dos satélites oscuros.
Bueno, qué quieres, dijo.
Ya sabes lo que quiero.
Puso los ojos en blanco. Itziar, dijo. ¿No lo has superado todavía?
No es eso, dije. Tampoco es asunto tuyo.
Aldara apretaba el mechero en la mano, lo movía con dedos inquietos, haciendo girar la rueda, arrancando chispas y chasquidos.
Es asunto mío, dijo. Tú me buscaste a mí. Me has metido en esto.
Sólo te he pedido un favor, dije. Un número de teléfono. Tú lo estás complicando.
Lo de Itziar es complicado, dijo. ¿Por qué quieres verla?
No hay motivo. Hace mucho tiempo que no sé nada de ella.
Aldara Cabo sonrió. Sí, ya. ¿Todavía sigues enamorado de ella? Cuánto tiempo hace ya, ¿dos años? ¿Más?
No estoy enamorado de ella, dije.
Siempre supe que ibais a durar poco, dijo Aldara. Era tan predecible, tan típico. Relación de transición. Algo en lo que matar el tiempo mientras llega lo importante. Itziar lo sabía, y creía que tú lo sabías también. Te dejó cuando se dio cuenta de que no entendías nada.
No tienes ni puta idea, mascullé.
Ah, ¿no? Aldara Cabo desplegó una sonrisa amplia, llena de dientes perfectos. Me decía que eras un dependiente emocional. Que eras un niño dispuesto a aferrarse a cualquier cosa. Un inmaduro crónico. Dime, ¿crees que es algo que ella podría haberme contado?
Había empezado a temblarme todo, las manos, metidas en los bolsillos de la cazadora, el cigarrillo en los labios, las rodillas. El corazón me daba puñetazos en las costillas.
Itziar me contó muchas cosas, dijo Aldara. Pobrecito niño. Me acuerdo de ti, después de que te dejara, rondando por la facultad, yendo todavía a los mismos bares, con ese aire de perro apaleado. Era gracioso y triste. Nos hubiéramos reído más de no haber dado tanta lástima.
Estaba a punto de vomitar. Tenía ganas de echar a correr. Tenía ganas de darle un puñetazo en la cara. Tenía ganas de esconderme y taparme los oídos.
Aldara, dije, con una voz que sonó a graznido, a prólogo de llanto.
No me digas que vas a llorar, dijo. ¿No le lloraste ya suficiente a ella?
Se estaba irguiendo mientras hablaba, parecía más alta, más terrible, la boca entreabierta, los dientes brillantes de saliva, incluso tenía más color en el rostro. Es un vampiro, pensé. Se alimenta de esto. Es la niña que clava insectos en alfileres para ver cómo mueven las patitas. Tenía un aire de regodeo perverso y sexual.
Saqué las manos con lentitud de los bolsillos, me quité el cigarrillo de la boca. Había dejado de temblar. Noté que todo mi cuerpo se relajaba. ¿Qué te pasó, Aldara?
Aldara cerró la boca, escuché el chasquido de sus dientes. Sus fosas nasales se dilataron, aspiró con lentitud, apretando la mandíbula. ¿Qué te han contado?, dijo.
Que tuviste una crisis. Que se te fue la cabeza, dije, e hice una breve pausa. Que estás chiflada, vamos.
Aldara volvió a encogerse, pero esta vez de una manera viperina, dispuesta a morder y escupir veneno. Sí, estoy chiflada, dijo. Loca por completo. ¿Quieres ver lo loca que estoy?
No, dije.
¿No? ¿No quieres que te cuente un secreto? Uno que nadie sabe, dijo, siseando. Voy a enseñarte una cosita. Para que se lo cuentes a tus amigos. Extendió los brazos y las mangas se retiraron descubriendo sus muñecas blancas y delicadas, hendidas por costurones de cirujano rojos y frescos, las manos laxas, abiertas, como si implorase. Míralo, dijo. Míralo bien.
Tápate eso, le dije, todo lo átono que pude conseguir.
El rostro de Aldara se descompuso, se le abrieron mucho los ojos, le tembló el labio inferior. Retiró los brazos, muy despacio.
No soy tu madre, dije. No me importas nada y no vas a conseguir hacerme daño enseñando el daño que te haces a ti misma. No vas a hacerme daño de ninguna manera. Porque no creo que estés loca. Creo que eres una mala persona. Nada más.
Me miraba de hito en hito. Hijo de puta, dijo. Eres un hijo de puta.
Los brazos le colgaban inertes a los lados, le asomaba por las largas mangas azules la punta de los dedos. Incluso hecha polvo conservaba su fragilidad engañosa, su belleza de alta velocidad. Uno todavía quería cogerla en brazos y arrancarla de su dolor, llevarla muy lejos, llevarla a pensiones de mala muerte, atracar cajas de ahorro para ella y follar esnifando cocaína del páramo blanco de su espalda.
Lo sigue teniendo, pensé. Eso. La fascinación. Como mirar los restos de un naufragio, lo que queda tras la singularidad Prandtl-Glauert, un montón de cosas rotas que siguen siendo bonitas.
¿Qué te pasó, Aldara?, insistí.
Se encogió de hombros. Quería ir más deprisa, dijo. Muy, muy deprisa. Como cuando sacas la cabeza por la ventanilla de un coche y el paisaje se hace un borrón y tampoco puedes dejar los ojos abiertos, solo sientes el aire en la cara, solo escuchas el aire, solo queda el aire... Eso quería. Ir así de rápido. Dejarlo todo atrás.
Tiró la colilla del cigarrillo al suelo, la pisó con delicadeza. Lo conseguí, dijo. Fue un momento, un ratito, pero iba tan deprisa que no importaba nada. Sonrió con algo tan lejano a la alegría que ponía los pelos de punta. Después me paré, concluyó. Y aquí estoy.
¿Quieres otro cigarro?, le dije.
Aldara tragó saliva, hizo un visaje involuntario, su rostro se estiró sobre el entramado secreto de músculos, tendones y huesos como una máscara gastada. Sí, dijo.
Le pasé otro cigarrillo y esperé a que lo encendiera y fumase un poco, recobrando la calma. No te voy a dar el número de Itziar, dijo.
¿Por qué?
Porque no te iba a servir de nada, dijo Aldara. Volvió a colocarse el pelo tras las orejas con los dedos, un gesto de puro agotamiento. Itziar se ha ido.
¿Cómo has dicho?
Quiero decir que desapareció. Se fue. Hará un año, más o menos. Yo ya me trataba poco con ella, pero un día me llamó su hermano. Hacía una semana que no sabía nada de Itziar. Él vive en Bilbao pero hablaban con frecuencia. Ella no le devolvía las llamadas, y cuando el teléfono dejó de estar disponible, ya sabes, apagado o fuera de cobertura, se asustó. Llamó a sus compañeras de piso, pero ellas no sabían nada, creían que se había ido a Bilbao. Su hermano, Jon se llama, vino a Madrid. El móvil estaba en la habitación de Itziar. Tenía el armario abierto, faltaba una maleta pequeña, algo de ropa. Jon estuvo haciendo llamadas, con la agenda del móvil de Itziar, pero sin resultados. La policía lo investigó, pero dijeron lo que todos suponíamos, que se había ido, sin más, no le había pasado nada. Un día hizo la maleta y se largó.
A mí nadie me llamó, balbuceé, incapaz de procesar exactamente lo que estaba escuchando.
No te ofendas, pero por aquel entonces nadie se acordaba mucho de ti, dijo. Una relación breve, hacía ya un año... No eras sospechoso de nada, supongo.
Entonces...
Entonces Itziar no está, dijo Aldara. Itziar se ha ido.

XII

No lo frotes, había dicho Reina. Se impregna y entonces nunca se va. Horas después, en un bar cerca del centro, bebiendo cerveza y encadenando cigarrillos. El sitio se llamaba The Big Nowhere y era azul y pequeño. Había entrado porque era solitario y había música tranquila, un jazz desangelado y lejano que sonaba como a través de una lata. De hecho, no tenían televisor y el equipo de música incluía un viejo plato para vinilos, el brazo de la aguja erguido como el brazo de un robot de los años cincuenta, la tapa de plástico cubierta de motitas azules. En aquel bar todo lo que no estaba pintado de azul estaba salpicado de pintura azul.
En una de las dos única mesas del local había un hombre dormitando delante de una infusión. Tenía una larga barba rubia y unas gafas de culo de vaso. Afuera estaba muy oscuro y el viento traía ráfagas de lluvia. Yo pensaba en Itziar. La dulce Itziar, la seria Itziar, la distante Itziar cuyo rostro no podía recordar. Recordaba nuestra primera noche, la penumbra de la habitación, hablando de su nombre. Hay un pueblo que se llama Itziar, contaba. Tiene playas bonitas, tiene fallas y acantilados. Hace mucho frío. ¿Qué significa tu nombre?, le pregunté. Altura encarada al mar, dijo. Qué feo, ¿verdad? No, dije. No es nada feo. Ella frunció el ceño y me sacó la lengua. De pequeña me lo quería cambiar, dijo. En el colegio siempre se equivocaban, lo escribían mal, con ce. Pero es bonito, dije. Me gusta. Sí, ya, dijo. Ya.
Ese fue uno de mis primeros recuerdos falsos de Itziar, recuerdos de cosas a las que no había asistido, pero que podía recrear con todo lujo de detalles, Itziar en las playas de Itziar, la niña encarada al mar, fríos vientos del norte.
Pero qué sentido tiene, pensaba echado sobre la barra del bar, atacando la quinta cerveza. Pensar en ella. Itziar que quiso borrarse de tu vida y que ahora se había borrado incluso del mundo. Por qué hacer esto, por qué hurgar en lo que duele.
Ya sólo quedan canciones de amor, había dicho Alejandro Rifar. Empalagosas canciones de amor, melodías edulcoradas para corazones débiles, canciones como palmaditas en la espalda. Todo va a salir bien, cariño. El amor es así. Después del estribillo seguiremos siendo felices.
Pero esto no es una canción de amor. No hay estribillo y la melodía nunca vuelve sobre sí misma. Esto es arrítmico y disonante, los instrumentos están desafinados y los músicos borrachos. Nada más que un montón de ruido que encaja entre sí por pura casualidad.
Itziar no está, había dicho Aldara Cabo, otra chica que había intentado borrarse del mundo, al menos dos veces, mediante la velocidad y las cuchillas, otra nota desarticulada, otro cabo suelto.
No lo frotes, había dicho Reina Rifar. Déjalo ir.
Esto no es una canción de amor. Esto no es una canción en absoluto.
La música del bar cambió, pasó del jazz a canciones tristes y lánguidas de Johnny Cash, con el mismo sonido enlatado y polvoriento.
Pedí otra cerveza. Por el fin del mundo, me dije. Porque sucede a cada momento. Porque todo está perdido. Porque aquí seguimos, penando, intentando encontrarle algún sentido.
Sobre mi cabeza, Johnny Cash cantaba sobre reencontrarnos algún día soleado. La canción era melancólica y aunque intentaba ser moderadamente optimista, me pareció muy triste, como una promesa imposible de cumplir. Un nunca te olvidaré, dicho con una sonrisa temblorosa, un seguiremos siendo amigos, un pensaré en ti.
Le hice un gesto al camarero, un tipo negro y alto que llevaba una camisa blanca que era como un estallido nuclear. ¿Cómo se llama esta canción?, pregunté.
El camarero me miró un momento, arqueando una ceja. We´ll meet again, dijo. Es de su último disco. Luego se murió.
Su último disco, dije. Claro. Claro.
Pagué las cervezas y salí a la calle, al viento frío y a la luz de las farolas ondulando en los charcos. Anduve unos metros, con pasos indecisos, y me acerqué a un contenedor de basura, me apoyé en la tapa y vomité espuma de cerveza y bilis, en silencio y salpicándome los zapatos. No, me dije. No voy a dejarlo ir. Aunque se impregne. No me importa. No me importa nada.
Después, caminé hacia el centro, pensando en alguna manera de volver casa, apenas tenía calderilla en los bolsillos. Ya era tarde y era domingo pero las calles estaban llenas de gente. Las luces de la ciudad convertían las nubes del cielo en un algodón sucio pero iluminado. Observé desolado el desfile nocturno, las putas, los mendigos, los fiesteros irredentos, chinos que vendían cerveza y bocadillos, y avancé hacia el norte magnético de todo aquello, la arteria de este torrente de sangre. Los coches pasaban aullando, sirenas de ambulancia, guiños estroboscópicos... Es el fin, pensé. Se acaba aquí. Se acaba ahora. Llegó un viento frío desde algún lugar del cielo brillante, de la panza luminiscente de las nubes, y la gente se estremeció como si fuera la misma noche lo que les pasara por encima, veloz y gélida, escurriéndose hacia el otro lado del mundo. Empezó a llover. Los chinos levantaron los puestos, las putas buscaron refugio.
Se inundó la Gran Vía de olor a cartón mojado.

6 Comments:

Anonymous Vil-Mendez said...

Nada es ya una canción de amor hermano mío, pero por suerte la casualidad siempre os sonríe a los grandes. Ésto me está gustando mucho tío, hay fragmentos que revelan aún más con una segunda lectura. No es que esté loco o me esté haciendo un lío, ésto es métrica postmoderna.

Te juro que releerte hoy ha sido consolador y un poco catártico. ¡Veo la luz chacho!

18 septiembre, 2007 13:45  
Blogger Rain en ZQ. said...

Son mujeres delineadas con horror y amor, ese amor de las tardes heladas, los bares con canciones tristes y absurdas.... Y hombres desolados que miran la calle desde terrazas con restos de cigarrillos, y al fondo un criminal...

La gente terrible.

Aprecio mucho nos des estos relatos seriados, una fuerza escritural de la que uno participa una y otra vez.

Salute.

18 septiembre, 2007 23:27  
Blogger Rain en ZQ. said...

Ah, es una novela por entregas. Vale la precisión.

20 septiembre, 2007 10:50  
Blogger franco de los santos said...

Genial la cita de Bolaño en el post anterior. ¡Otro loco que cuelga posts kilométricos!
Saludos.

22 septiembre, 2007 17:34  
Anonymous Un eminente flamencólogo y fontanero (a tiempo parcial) said...

Esta página huele a ciprés y a tornillo apretado

23 septiembre, 2007 17:07  
Blogger Dr Zito said...

Ay que miedo! Esa fascinacion por ese abismo vacio que algunas mujeres guardan es letal.

03 octubre, 2007 20:41  

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