La Gente Terrible

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jueves, septiembre 27, 2007

esto no es una canción de amor (IV)

Parte cuarta: Ojalá estuvieras aquí

Despeñarse era un asunto mental.

Juan Villoro

XIII

Soñé muchas veces que hablaba contigo, le dije a Itziar. Durante meses, te soñaba. Apenas dormía. Creía que me estaba volviendo loco. No hacía nada. No leía, no escribía, no comía. Fumaba mucho. No he conseguido fumar menos desde entonces. Quería estar todo el tiempo despierto. Bloqueaba tu recuerdo con fantasías evasivas. Historias de aventuras y ciencia ficción, pastiches elaborados para matar la vigilia. No hablaba con nadie. Por las noches te soñaba, en lo poco que dormía. Tu recuerdo estaba tan bloqueado que a veces te soñaba con el nombre equivocado. Te soñaba a veces como la chica equivocada, con otra cara, otro pelo, pero eras tú siempre. Eso lo sabía al despertar. Hablaba contigo y te contaba cosas. Me moría por contarte cosas. Quería que las oyeras. Soñaba hasta que te hablaba de mis sueños. Te decía que soñaba contigo cada noche. Te decía que a veces te equivocaba el nombre. Odiaba soñarte. Odiaba despertar. Odiaba caer dormido. Me estaba volviendo loco.
Había ajetreo en la cafetería. Gente que iba y venía por entre las mesas. Bandejas en equilibrio, tintineo de vasos y tazas y cucharillas y dibujos de posos de café e infusiones y como una bruma dorada de cigarrillos en el aire y como el sonido ambiente de una película mal doblada, apagado, distante, con retazos de diálogos en un idioma desconocido. Le dije a Itziar: Dolía tanto pensar en ti. Pero luego dejó de doler, muy despacio, y volví a leer y a escribir y recuperé el apetito y supe que no me iba a volver loco. Cuando alguien me hablaba de ti yo me encogía de hombros y no decía nada. De vez en cuando, me despertaba y sabía que te había soñado un poco, un ratito, pero no lo recordaba. Después ni eso. Me acosté con otras mujeres. No quise a ninguna. No perdí la esperanza. No te echaba de menos.
Itziar no decía nada. Permanecía quieta en su silla, las manos puestas en la mesita rectangular de mármol, el aspecto de una lápida erosionada y mordida por el sol y el viento, una tacita de cristal afiligranado y asa metálica enroscada en su base, una bolsita de té rojo, el pelo rubio oscuro suelto como acostumbraba, del tono exacto de ciertas joyas antiguas, los ojos del mismo color, los párpados ribeteados de sombra, moviéndose con la extrañeza de una cámara lenta reproducida a tiempo real.
Y ahora esto, le dije. Después de tanto tiempo. Esto.
Quise agarrar sus manos, un gesto desesperado, pero había tantas cosas entre nosotros, tazas, cucharillas, ceniceros, platillos, botellas grandes y pequeñas, azucareros, paquetes de cigarrillos, objetos que se duplicaban y fundían unos con otros y se reintegraban a sí mismos y se difuminaban como nieblas de río, que supe que iba a tirarlo todo y mantuve mis manos quietas, aferradas a mis rodillas, y dije: Itziar.
La cafetería temblaba como un escenario sumergido.
No entiendo nada, dije. Nada de todo esto.
Abrí los ojos en la ondulación azul de la almohada. Entraba un día desagradable y mezquino por la ventana, pobre de sol y mojado. Me giré en la cama, mudando el costado sobre el que me tendía, notando el mundo inestable y confuso girando a mi alrededor. No quería volver a dormir. Tenía la boca seca y me dolía la cabeza. Estoy enfermo, me dije. Voy a volverme loco. No quería estar despierto. Tampoco quería pensar, pero pensé en muchas cosas, en los muertos y los desaparecidos, en los amantes y los abandonados, en las diversas formas y mascaradas de la pena. Pensé en que podía recordar su rostro en sueños y en que lo recordaba más hermoso de lo que nunca había sido. Pensé en días de un desconsuelo tan fuerte y tan absurdo que parecían recuerdos prestados y pensé que habían sido mis días, todos y cada uno de ellos, así como también habían sido mis días los que pasé con ella, y los que hubo antes de ella, y como habían de ser míos los que me restaban por alcanzar. Pensé también en estrellas muertas, constelaciones negras perfiladas a una distancia inconmensurable, concentraciones masivas de materia fría y yerma que han lanzado su último destello y se apagan, una luz lejana e incierta cuyo origen ya no existe y que agujerea con firmeza el tejido del vacío.

No fui a trabajar. Pasé el día fumando, buscando dibujos en el gotelé de las paredes. Tragué café y aspirinas. No estaba enfermo, pero me sentía fatal, extenuado. La resaca de la euforia. Tumbado en la cama, observando el caracoleo del humo, ocupado en el trámite no de tomar una decisión si no de descubrir la que ya había sido tomada en algún subnivel de la conciencia, en los sótanos brillantes, por los chicos del laboratorio, la panda de desconsiderados que se dedicaban a fabricar rompecabezas con los recuerdos y a devolverlo todo mezclado, todo hecho un desastre, también conocidos como los paisajistas oníricos, los artífices del ensueño, esos pequeños bastardos.
Llamé a Reina Rifar, sentado en el borde de la cama como un penitente en una cuneta, transido y maloliente, indistinguible de la maleza y los rastrojos. ¿Sí?, dijo Reina Rifar.
Hola, dije. Soy yo.
Ya veo. Qué tal.
Bien. No te llamé ayer...
Ah, no pasa nada.
Perdona.
No pasa nada.
Fue un día complicado.
No importa, pero si quieres quedar...
Quiero.
¿Te viene bien hoy?
No.
Ya, a mí tampoco, en realidad. ¿Mañana? O si quieres dejarlo para el fin de semana...
Mañana está bien, si quieres.
Claro. Te llamo cuando salga de trabajar y quedamos...
Reina.
Qué.
Necesito una cosa.
Sí, dime.
La dirección de Claudio Girón.
¿Cómo?
La dirección de Claudio Girón.
Te he oído, dijo Reina. ¿Para qué quieres su dirección?
Es complicado, dije. Muy complicado.
Reina dijo mi nombre, que se quedó colgando un momento en la línea entre nosotros y si los nombres espesan el aire también pueden vaciarlo y despojarlo de cualquier significado, y añadió: No te voy a dar su dirección. No puedo, qué pretendes.
Te lo explicaré. Mañana. Necesito su dirección.
No.
Reina, dije. Te lo explicaré.
No.
Mañana. Lleva la dirección. No te pediré nada, nunca más.
Repitió mi nombre.
Reina, dije. Mañana. Por favor.

Largo rato en la misma postura, el teléfono muerto en la mano. Creía que lo único que me separaba de ella era una serie de números. Como una fórmula de alquimista. Un conjuro, una clave, un abracadabra. Nueve números que sólo significarían su nombre. Nueve números que traerían su voz. Números que en sí mismos no dicen nada. Nunca había pensado en ello, en lo absurdo que es. Lo lejos que se puede caer, separados por una membrana tan fina. Podría marcar nueve números ahora, al azar. Podría escuchar la voz de un extraño. Conservará ella mis números, cabe preguntarse. Conservará ella la posibilidad de mi voz.
Subí las piernas a la cama y me abracé las rodillas y permanecí así, sintiéndome fatal, un zumbido en la cabeza, los pies fríos, exceso de café barato quemándome las entrañas. Busqué los cigarrillos con la mirada, pero no di con ellos en el panorama de mi habitación, la estantería desvencijada que rebosaba libros, la mesa llena de papelajos, el monitor del ordenador como un ojo ciego, rastros grises de polvo y ceniza, y bajé los párpados y vencí la cabeza hacia las rodillas y me mecí en aquella posición, ni dormido ni despierto, dejando que el tiempo se arrastrara hasta el siguiente compás de esta canción desarticulada.

XIV

En el trabajo, nada más sentarme en mi cubículo delante del ordenador y ponerme el auricular del teléfono, montado en una diadema de plástico, la coordinadora de mi sección se acercó y me preguntó si podía hablar con ella un momento. Claro, dije, dejando el auricular colgando de la pantalla. La seguí hasta su mesa, al final de una larga hilera de cubículos, por entre el rumor de los teclados, los clics de los ratones, el monótono recital de las voces. Ella se sentó en la mesa y me indicó una silla. Siéntate, dijo.
Me senté. Ayer no viniste, dijo.
No.
¿Estabas enfermo?
No.
¿Tienes justificante médico?
No estaba enfermo.
Se echó hacia atrás en su silla. Ya. ¿Qué te pasó?
No podía venir, dije.
¿Tienes alguna excusa, alguna justificación?
No.
Me miró fijamente, extendió la mano y cogió un bolígrafo. Hizo tac, tac, tac contra el borde de la mesa. Ya veo. ¿Cuál es tu zeta?
Zeta setenta y siete, dije.
Lo tecleó en su ordenador, hizo un par de clics con el ratón. Miró la pantalla. Y hoy has llegado tarde, dijo. Cuarenta y ocho minutos.
Eso parece. Volvió a mirarme. La calidad de tus llamadas también ha bajado, dijo. Quizá tengas que repetir la formación. Refrescar conceptos.
Me encogí de hombros.
¿Cuánto llevas en la empresa?
Once meses.
Ella asintió. Tienes que ponerte las pilas si quieres seguir con nosotros. No hemos tenido problemas contigo, no empieces ahora.
No es mi intención, dije.
Volvió a hacer clics con el ratón. La impresora junto a la mesa ronroneó y empezó a escupir un papel. Vamos a amonestarte, dijo. No hace falta llegar a más esta vez, pero una falta injustificada puede ser considerada grave. Implicar una sanción. Suspensión de empleo y sueldo. Incluso despido.
Lo sé, dije.
Cogió el papel de la bandeja de la impresora, lo sopló y lo agitó un poco. Toma, dijo. Cogí el papel, lo leí por encima. Membrete de la empresa, fechado a día de hoy, mediante la presente se me comunicaba de las consecuencias de mi falta el día anterior sin justificación ni aviso previo, blablablá.
No se te abonarán las horas del lunes, dijo. Tampoco los cuarenta y ocho minutos de hoy.
De acuerdo.
Tienes que mejorar tu actitud.
Qué es esto, dije.
¿A qué te refieres?
Leí del papel: Este comportamiento supone la inobservancia y desobediencia de las órdenes y disciplina del servicio, repercutiendo gravemente en la calidad del servicio ofrecido, descuadrando su dimensionamiento, así como los objetivos establecidos.
Significa que no has cumplido con tus responsabilidades.
Sé lo que significa, dije. Pero es el ejemplo de prosa más pomposo y vacío que he visto nunca.
Ella frunció el ceño. Bien, dijo. ¿Quieres decir algo más?
Nada.
La amonestación te llegará por carta. Ahora tengo que enviarla al departamento de recursos humanos. Puedes volver a tu puesto. Gracias.
Dejé el papel en la mesa y me levanté. Fui hasta mi cubículo, me coloqué el auricular. Entró una llamada al momento. Buenas tardes, dije. Servicio de activación de tarjetas.
No me había identificado, ni dicho el nombre de la empresa, ni preguntado en qué podía ayudar al cliente, tres cosas por las que podían volverme a sancionar. Escuché una voz en mi oído. Una voz de hombre haciendo una petición ininteligible, un requerimiento de otra dimensión, de un planeta extrasolar, un trámite quizá cotidiano entre los ámbitos de la vida real, rutinario hasta unos días antes, pero que en ese momento me resultaba tan hermético como un ritual babilónico. Lo siento, dije. No puedo atender su llamada ahora.
Me quité el auricular, desconecté el teléfono. Miré la postal pegada a la plancha de plástico gris, la playa de Cancún, su belleza insípida, liofilizada. La despegué con cuidado, retirando el celo con la uña. Unas líneas escritas en el anverso: Todo esto es precioso. Lo estoy pasando muy bien. Ojalá estuvieras aquí. La postal no tenía sello, nunca había sido enviada. Volví a pegarla. Me puse en pie, cogiendo la cazadora del respaldo de la silla y poniéndomela mientras echaba a andar por el pasillo. La coordinadora me miraba desde su mesa. La gente me miraba desde sus cubículos. Adiós, dije. Llegué a las escaleras, ascendí desde la infame noche eléctrica hasta el vestíbulo y gané la calle. Respiré con fuerza, olor a macadán mojado en el largo crepúsculo invernal, un reflejo de cielo rojo y nubes en los charcos de las aceras. Absurda y fuera de lugar la luna descollando sobre un horizonte de edificios y naves industriales. Encendí un cigarrillo. Caminé hacia el cercanías. No tienes ni la más remota idea de lo que estás haciendo.

Un número restringido. Sí, hola.
Hola. Cómo estás, dijo. Su voz metalizada, parafónica. Eso nunca lo has tenido, pensé. Una voz bonita.
Bien, dije. ¿Qué quieres?
He estado pensando en ti.
Más allá de su voz, rumor de gente, de pasos, de exclamaciones, vocecitas femeninas. ¿Dónde estás?
En el centro. Internada.
La imaginé de pie en un vestíbulo, el pelo recogido en las orejas, dentro de un pijama holgado de hospital, gris o azul, su cuerpo menudo y huesudo, pies desnudos en zapatillas de papel, una hilera de teléfonos de monedas adosados a la pared, todos desocupados menos el suyo, el deambular de las chicas perturbadas, enfermeras empujando carritos de medicinas por pasillos interminables, un cierto olor a desinfectante. Cuánto habrá de inexacto en esta imagen.
Has estado pensando en mí.
Aquí tengo mucho tiempo para pensar.
Aquí, en el cubil de la araña. Y cómo piensan las arañas. Piensan que tienen siempre hambre.
Qué quieres.
Nada. Saber cómo estás.
Estoy bien, ya te lo he dicho.
Saber qué vas a hacer ahora.
Hacer, dije.
Sí.
Voy a encontrarla.
Escuché su suspiro como una ráfaga de estática.
Pero para qué.
Para lo mismo que pensaba hacer desde el principio, supongo. Decirle hola. Qué tal. Sentarme con ella en alguna cafetería. Preguntarle qué has hecho todo este tiempo. Nada más.
Escuché su respiración, lenta, desfallecida. A mí también me gustaría volver a verla, dijo al fin.
Se lo diré.
No vas a encontrarla.
Sí. De alguna manera.
Rió, desprovista por completo de alegría o humor. De nuevo la imagen de ella, los teléfonos, los largos pasillos. Escucha, dijo. Susurró una dirección de correo electrónico. Es de su hermano. Le he escrito. Le he dicho que querías mucho a Itziar. Le he dicho que le escribirías. Repitió la dirección. No la olvides.
No, no...
Es todo lo que puedo hacer.
Gracias.
Aldara, dije. ¿Cómo vas vestida?
¿Qué has dicho?
Cómo vas vestida. Qué llevas puesto.
Me vas a decir guarradas o qué.
No. Tengo curiosidad.
Llevo un chándal. Verde.
¿Cómo llevas el pelo?
Suelto.
¿Detrás de las orejas?
Sí.
¿Dónde crees que estoy?
¿Qué? No sé. En la calle. Oigo coches.
¿Qué más oyes?
Gente.
¿Crees que ha llovido?
Supongo. Llueve en todas partes.
Ahora no llueve, pero los árboles gotean. Estoy en Tribunal, esperando a una chica.
¿Y?
Es una historia complicada. Tanto como la nuestra. Acerca de un asesino.
Tú sí que estás chiflado, ¿lo sabes?
Empiezo a sospecharlo. Cuéntame algo.
Qué quieres que te cuente. No me quedan monedas.
Algo. Cualquier cosa.
No. Se va a cortar. No puedo contarte nada.
De acuerdo.
No hay nada que contar.
Siempre hay algo.
Entonces ven a verme cuando la encuentres.
Clic. Antes había un tono sostenido. Ahora hay un silencio como si se hubiera borrado el mundo al otro lado. Si no te das cuenta todavía puedes pasar un momento arrojando palabras al vacío.
De la boca del metro empezó a salir una andanada de gente con paraguas o chubasqueros, el calor subterráneo aún prendido a la ropa, Reina Rifar abotonándose el abrigo.

Venía seria. Cruzó la calle y espantó a un par de pájaros de la acera, gorriones hinchados, el plumaje color ratón. Al verme apenas asintió con la cabeza y se acercó. Se detuvo a más de un metro de distancia, todo en ella invitaba a no trasponer la distancia, la expresión, la pose, el ceño fruncido. Hola, dijo.
Qué tal.
Bien.
Llevaba un bolso al hombro y se entretuvo en colocar la correa, sin mirarme.
¿Quieres ir a algún sitio?
Da igual.
Vale. El otro día estuve en uno por aquí cerca. Aunque no sé si lo volveré a encontrar.
Echamos a andar por la acera. Se llamaba The Big Nowhere, era un poco raro...
Ya.
¿Lo conoces?
No.
Bueno, estaba bien.
Ya, dijo.
Por aquí, creo, dije, tomando una callejuela. Había menos peatones. Se estaba haciendo de noche y las farolas parpadearon y se encendieron. Una se quedó parpadeando.
¿Te pasa algo?
Caminaba sin mirarme. No, dijo. Se apartó el flequillo de la frente con la mano. ¿Conoces a Pedro?
¿A quién?
A Pedro.
Creo que no.
Ya. Él tampoco te conoce a ti.
Me detuve. Reina avanzó un par de pasos y se volvió para mirarme.
¿Quién es?
Trabaja en Diagonal.
Ah.
Ah, dijo.
Metí las manos en los bolsillos de la cazadora, me encogí de hombros. Fue una cagada, dije. Se me ocurrió en el momento.
Ya. Claro. Una cagada.
Yo...
Tú qué.
Pensé que sería más fácil. No pensé fuera a ser así, no...
Reina me miró. Me clavó los ojos.
Ser así qué, dijo. Y cómo es. Dímelo.
No lo sé. Nada es como esperaba que fuera. Nada de nada. Ni una puta cosa.
No te voy a preguntar cómo esperabas que fuera.
Tampoco lo recuerdo, dije, intentando sonreír.
Reina suspiró, casi un bufido. Miró hacia el parpadeo de la farola. Qué pretendías, eh. ¿Pensabas escribir algo sobre Claudio Girón, por lo menos?
Sí. Al principio. Ahora no sé.
No sabes.
Es complicado. Pero se puede explicar.
Explícamelo.
Vamos a algún sitio, dije. Va a empezar a llover...
Lloviznaba ya. Salivazos que arañaban los charcos, los techos de los coches, la luz intermitente sobre nosotros.
No voy a ir a ninguna parte, dijo. No quiero... No. No.
Pues ven aquí. Me refugié bajo un portal. Ven. En serio. Está lloviendo.
Reina me miró y me siguió y se apoyó en la pared contraria, perlitas de agua en el pelo y los hombros del abrigo. Puso los ojos en la calle. Saqué los cigarrillos. Me llevé uno a la boca. ¿Quieres?
No.
Lo encendí. Nada de mí, pensé. Ni cigarrillos. Ni mirarme.
Bueno, qué, dijo.
Espera, dije. Es complicado. Mucho. No sé por dónde empezar.
Por el principio.
Sí, ya. Es una larga historia.
Empieza.
Tomé aire. Lo pensé un momento.
Conocí a Itziar la misma tarde que Miguel Ángel de Lucas me dio el dossier de la Operación Gladio, dije. Creo que conoces a Miguel Ángel.
Ella asintió. ¿Quién es Itziar?
Itziar es la parte complicada.
Habla, dijo.
Y hablé. De todo. De Itziar. De las fotocopias manchadas de Claudio Girón. De la fascinación horrorizada. De los días grises. De mi trabajo de teleoperador. No ahorré detalles. Hablé tanto y tanto tiempo que la lluvia vino y se fue. Encadené cigarrillos. El frío se me metía por todas partes. Reina, envuelta en su abrigo, escuchaba con el rostro vuelto hacia la calle, los ojos que a veces me miraban, a veces no. Desglosé una a una las maneras en las que me rompí, las maneras en las que me recompuse. La manera en que volvieron a mi vida, mitad accidente, mitad otra cosa. Le dije que después de vaciarme de todo ellos habían permanecido. No habían tenido más que insinuarse un poco para tenerlos por completo de vuelta. No sé si lees novela negra, dije. Esas historias en las que el detective investiga dos casos por separado, que avanzan en paralelo, pero que siempre resultan ser el mismo... Tiene un nombre. Cuando las paralelas se tocan. No lo recuerdo. No importa.
¿Qué quieres decir?
Las dos historias vinieron juntas. Volvieron juntas. Siento como si tuvieran que cerrarse juntas también. Como si fuera una novela. Los cabos se atan a final. Unos a otros. Entiendes una parte y lo entiendes todo.
Pero qué tienen que ver, en realidad, dijo. Girón y esa chica. No son más que casualidades...
Ya, dije. Lo sé.
Entonces...
Entonces no cambia nada. Sigo necesitando entenderlo. Una parte, por lo menos. Aunque no lo entienda todo. Porque qué vida sería ésa. En la que las cosas pasan sin más. Cómo podríamos vivirla. Dímelo. Qué vida sería ésa.
Pues la que tiene todo el mundo.
Bueno. No es la que yo quiero.
La vida no es una novela, dijo Reina. Las cosas no tienen que encajar en ningún momento.
Lo sé.
Pero no te importa.
No me importa.
Eres un gilipollas.
Asentí. Puede que me esté equivocando, dije. Pero es mi puta manera de equivocarme.
Reina se tapó la cara con las manos y por un momento pensé que se iba a echar a llorar pero al retirar las manos sus ojos estaban secos y dijo: No te voy a dar la dirección. Es un disparate.
Vale, dije.
No tiene sentido.
Ni un poco, reconocí.
¿Qué harías?
Encontrarlo. Mirarlo. Mirarlo y saber quién es. Que es un hombre y tiene carne y piel y huesos y también un asesino y un monstruo.
Pero eso ya lo sabes. Lo estás diciendo. Qué otra cosa podría ser.
Lo sabré cuando lo vea.
¿Y de qué te iba a servir eso?
A lo mejor dejaba de hacerme algunas preguntas.
Estás loco.
Es una opinión muy extendida en estos momentos.
Sonrió, a su pesar.
¿Quieres un cigarrillo?
Reina sacudió la cabeza. Tengo, gracias. Abrió su bolso y sacó un paquete y se llevó uno a la boca. Lo encendió. La llama del mechero le iluminó el rostro, un tembloroso baño dorado, y se reflejó en sus ojos y al apagarse todavía permaneció en el extremo del cigarrillo una gotita de fuego, el brillo en sus pupilas, y se esfumó con una voluta de humo. La chica, dijo.
Itziar.
Itziar, sí. Todavía sigues enamorado de ella.
No.
No era una pregunta.
Ya. Pero no se trata de eso.
Cuesta verlo de otra manera.
Es exactamente lo opuesto. La busco porque ya no estoy enamorado de ella. Porque una vez la quise y ahora no. Porque no he vuelto a sentir nada parecido.
Reina sonrió de tal manera que me recordó a las sonrisas vacías de Aldara Cabo. También logró ponerme los pelos de punta.
Suena a que quieres volver a enamorarte de ella.
No dije nada y aunque no era un silencio de los que otorgan pudo haberlo sido y Reina parecía deliberar consigo misma, fumando con lentitud, mirando el desanillar del humo en la luz naranja. Tiró el cigarrillo a un charco. La brasa siseó al apagarse. Abrió su bolso y sacó un papel. Toma.
Lo cogí. Dos veces doblado. Letra pulcra y redondeada. Tinta azul.
La traías.
Hubiera preferido no dártela.
Gracias.
Reina negó con la cabeza. Hagas lo que hagas...
No terminó la frase. Miró el reloj de su muñeca. Tengo que irme.
Lo siento, dije.
No lo sientas.
Siento que sea así.
No importa. Tengo que irme.
Pero no se fue. Llovía otra vez, una lluvia suave que flotaba más que caía y se revelaba en los parpadeos de la farola como una nueva forma elemental, señales del mundo hidrópico que está por llegar. Reina, dije. Ella levantó la mano hacia mí, un ruego de silencio, cerró los ojos, los volvió a abrir, y echó a caminar bajo la lluvia.

7 Comments:

Anonymous berliner pilsner said...

Dolorosamente bello, los detalles son tan acertados que me parece verlos, me gustan demasiadas cosas, lo volvere a leer, hoy no es tan facil.

Olvidemos a Itziar. Gracias mein Freund.

27 septiembre, 2007 19:20  
Anonymous Vil-Mendez said...

No olvidemos a Itziar; olvidemos a Itziar. Lo bipolar, la tensión, son, como la amnesia tan recurrente en las series americanas actuales, fuerzas dramáticas enormes. Y tú las explotas tal y como me gustaria que me explotasen a mí: con arte y majestad.
Me ha gustado muchísimo, chato.

27 septiembre, 2007 22:19  
Blogger Elendaewen said...

Esto empieza a ser como una droga... cuanto más leo, más quiero.
Saludos.

01 octubre, 2007 23:05  
Anonymous sónica said...

Lograr que el que lee vea todo tan nítido, nunca es tan simple, como algunos lo creen, porque suene sencillo esa resonancia del texto, sin complicaciones laberínticas. Reina Rifar va tomando mayor peso sin que se desequilibre esa tensión que hay en el capítulo. Cuando uno lee lo que ha leido aquí, comprende que sea una vital necesidad escribir de largo, porque así hay tiempo para los detalles, para todo...

Salutes.

05 octubre, 2007 00:38  
Anonymous chupachus said...

me engancha itziar y el humo de tabaco de tus textos. No pares por favor...

08 octubre, 2007 20:31  
Anonymous Anónimo said...

Sigue

10 octubre, 2007 13:40  
Blogger Akeru said...

ES UN PLACER PARA MI QUE ME VISITES...

10 octubre, 2007 20:09  

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