La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

sábado, octubre 27, 2007

esto no es una canción de amor (V)

Parte quinta: Luz de malla

- Es como si... como si no hubiera un único destino- prosigue-, sino más bien la posibilidad de elegir entre muchos destinos posibles, cuyo número decrece continuamente a cada elección que hacemos, hasta que por fin queda reducido a lo que realmente nos acontece, cuando pasamos entre los hechos, a través del tiempo irrecuperable, de una manera muy parecida a la de una lente que pudiera recibir toda la luz procedente de algún vasto campo celeste de visión y reducirla a un solo punto.

Thomas Pynchon


XV

La calle era larga y estrecha. En la acera de los números impares, un locutorio, una tienda llamada Súper China Town, un edificio con la fachada cubierta de andamios, imposible discernir si lo estaban rehabilitando o tirando abajo, un contenedor de escombros, un bar, más edificios de viviendas, viejos, decrépitos. En la acera de los pares, una carnicería halal, una tienda de ultramarinos, un edificio clausurado con tablones y una oxidada plancha de metal, pintarrajeada y cubierta de carteles y papelajos de publicidad hinchados por la lluvia, otro edificio de viviendas, una papelera a la que en algún momento se le había prendido fuego y se abría en un bostezo negro, los bordes cubiertos de estalactitas de plástico gotoso. Una señora tirando de un carro de la compra calle abajo. Un marroquí en la puerta del locutorio fumando un cigarrillo oscuro, el humo muy espeso. A ambos lados farolas inermes en la luz débil de la mañana.
Frente a mí las dos hojas de una puerta cerrada, la pintura agrietada, la cerradura vieja y oscura. Una cesta metálica para el correo comercial. Un portero automático, los botones numerados, sin etiquetas identificativas. Cuatro plantas, dos puertas por planta. Tercero C. Aquí vive. El hombre que se hace llamar Claudio Girón. Me encogí dentro de la cazadora y miré el botón gris. Solo extender a mano y pulsarlo. Acercarme al aparato y escuchar el crujido, el mar estático y crepitante de la electricidad, y la voz del hombre, en directo desde el país de los desaparecidos, mi Kurtz privado, mi corazón de las tinieblas.
Acercar la boca a la rejilla del micrófono y decir: Sé quién eres.
Decir: Siarhei Kamisarchuc.
Decir: Te he encontrado.
Esperar las palabras de la bestia. Una invitación a sus dominios.
Más allá, la incerteza, el funambulismo, la bruma.
Mantuve las manos dentro de la cazadora, quieto ante la puerta, envuelto en un frío húmedo que brotaba de los edificios, de la acera. La señora del carrito llegó hasta mí y me aparté para dejarla pasar. Gracias, hijo.
El marroquí del locutorio me estaba mirando. Qué hago aquí, se preguntará. Tan temprano, mirando una puerta. Como quien intenta encontrar la contraseña mágica de la gruta de los ladrones.
Crucé la calle y me metí en el bar. Olía a tabaco y a café y todavía a madrugada. Un hombre viejo mareaba un periódico en la barra. Me senté en un taburete, toqué la superficie de aluminio de la barra. Pedí un café. Desde donde estaba, a través de una luna de cristal, veía la puerta del edificio. Encendí un cigarrillo. El camarero manipuló la máquina de café, vetusta y roja y negra, haciéndola traquetear como una locomotora. Exhalé humo y vaho sobre la barra. Me dispuse a esperar. La vida es esto. Esto y nada más. Sea lo que sea esto.

El día fue oscuro. Pero la madrugada es brillante. A una hora que no es nada, una hora que es tierra de nadie, la patria suspendida de los insomnes, me asomé a mirar la tormenta. Brillaban los charcos, brillaban las farolas, brillaba la lluvia. Brillaba el tráfico nocturno y lejano al otro lado del río. Estallidos violetas delineando la forma de las nubes. Ya he estado aquí, pensé. Ya he vivido este momento. La larga noche eléctrica. Miré a mi espalda, como si fuera a haber alguien esperando en la cama. Un truco de papiroflexia. El tiempo plegado sobre el espacio, mostrando dos caras de un mismo momento. Otra habitación, otra vida, la misma tormenta. Bajo el resplandor del monitor, tiñendo de azul la penumbra, dibujos de aluvión en las sábanas. La pantalla mostrando un correo electrónico por enviar. Un texto breve, sin asunto, para la dirección susurrada por Aldara Cabo. Cogí los cigarrillos de la mesa y encendí uno. Abrí la ventana para soplar el humo a la calle y verlo brillar, agujerearse de lluvia. Pasó un coche blanco, muy despacio, agitando el reflejo del mundo en los charcos. Fumé y esperé y conté los segundos y las caladas y los relámpagos y el viento empujó algo de lluvia dentro de la habitación y arrojé el cigarrillo, la brasa dejó de brillar antes de tocar la calle, y cerré la ventana. Los insomnes sabemos una cosa. Estas horas no tienen dueño. Estas horas están fuera del reloj.

Envié el correo.

Lo mejor que he escrito nunca, pensé. Unas líneas escuetas, serias, sin florituras, sin embellecedores, pero que contenían, sin mencionarla, toda mi historia, mi historia con Itziar, mi historia sin Itziar, mi historia sin mí. Como una descripción rutinaria de las conexiones de las arterias, las venas, las venillas, los capilares, toda la maraña de tubos y empalmes de nombres esdrújulos e imposibles del aparato circulatorio pero que no pudiera evitar remitir al rugido de la sangre, al estruendo de los latidos, al tráfago primordial, o la narración de los procesos del hielo, la triste enumeración de símbolos químicos, la cristalización del agua, la fusión eutéctica, el descenso crioscópico, que rebosase el absoluto prodigio alquímico de los cambios de estado, como un visto y no visto, la rosa que emerge de sus cenizas. Algo así escribí en apenas un párrafo. Un párrafo largo, sí, pero un texto breve, seco, y también honesto. Una sucesión de palabra perfecta tras palabra perfecta. Un texto que empezaba como una confesión y terminaba como una pregunta. Por supuesto, una vez enviado lo perdí para siempre. No queda ni un borrador, ni un leve recuerdo en mi memoria para reproducirlo ahora. Era una criatura nacida para ser enviada al centro de la bruma y no volver. Para llevar un mensaje e intercambiarse por otro, para adornar su cabeza los salones de un rey secreto, entre aquí y allí, otra patria suspendida, todo lo que no puedes ver compone su reino y éste es el peaje que exige. Lo mejor que he escrito nunca.

Y pensé que ya no quería escribir nada más. Nunca. Jamás. Enfrentarme a algo así. Vivir la vida como si no fuera vida, como si fuera otra cosa. Esperar de la vida más de lo que en la vida hay. No volveré a escribir, me prometí. No quiero ser un escritor, cualquier cosa menos eso. Porque qué sentido tiene seguir. Qué importan estos viejos dolores. Qué significan estas nostalgias.

XVI

Me encontré con Alejandro Rifar en un bar de Lavapiés. Cuando llegué estaba esperando acodado en la barra, una caña mediada, un cigarrillo en los labios, observando con ojo crítico las aceitunas de un platillo. Hola, dije.
Rifar me miró y sonrió. Hombre, qué pasa.
Aquí estamos, dije.
Te parecerá bonito, eh. Irte sin decir nada.
No hubo tiempo.
Le hice un gesto al camarero y pedí una cerveza.
Qué te pasó, ¿te dio un arrebato?
No, dije. En realidad, no.
¿Entonces? Rifar tiró al cigarrillo al suelo y lo pisó.
Me encogí de hombros. Saqué el tabaco y el mechero. Probé la cerveza. No sé, dije. Hay un momento para todo. Era el momento de largarme.
Tienes mala cara.
La que venía de serie.
No, en serio. Pareces un fantasma.
Intenté sonreír. Encendí un cigarrillo.
¿Por qué hemos quedado aquí?, dijo Rifar.
Estaba por el barrio. Dando una vuelta.
Lo que hacía era estar clavado frente al edificio de Girón, bebiendo cafés con leche y leyendo la prensa deportiva que los parroquianos iban olvidando. Mi vigilancia, que ya duraba tres días, era errática y caprichosa. Me costaba concentrarme. Vigilaba dos, tres horas seguidas, y de repente tenía que salir del bar, con una horrible sensación de asfixia, y vagabundeaba, los ojos turbios, los pasos vacilantes, hasta que recuperaba el aliento en alguna calle desconocida y vagabundeaba un rato más hasta que lograba orientarme y volvía a la vigilancia o me iba a casa, convencido de que dormiría de un tirón. Pero nunca lo hacía. Me quedaba mirando el techo en la oscuridad. Contaba los segundos insomnes. Pensaba en Itziar y en Claudio Girón.
¿Cómo está Reina?
Como siempre, dijo Rifar, mirándome de soslayo mientras cogía su cerveza.
¿Te ha hablado de mí?
No, dijo Rifar. Nada de nada.
Ya.
Reina es así. O habla de más o calla de más. Ahora está callando. Así que algo ha pasado.
Algo, sí.
No te voy a preguntar qué has hecho.
En tu familia tenéis una curiosa manera de preguntar sin preguntar.
Rifar sonrió, bebió de su cerveza y no dijo nada.
Le pedí un favor que no le tenía que haber pedido, dije. Que no le podía pedir.
Rifar dejó la cerveza en la barra e hizo una mueca. Si es algo sexual más vale que no me lo cuentes o te cago a patadas.
No, no, dije, sonriendo a medias. No es nada sexual.
Bueno, dijo Rifar. Sacó del bolsillo un paquete de Lucky Strike y se llevó uno a la boca. Qué quieres que te diga. Es una lástima. Lo que sea que os haya pasado.
Asentí y puse ambos codos sobre la barra y me cubrí la cabeza con las manos, el cigarrillo en los labios, el humo liándose en las pestañas. Escuché el chasquido del mechero de Rifar. Ojalá todo fuera diferente, dije.
Ya, dijo Rifar. Pero diferente a qué.
A cómo es.
Sí, y qué es todo. Y en qué manera lo cambiarías.
No lo sé. Me gustaría que fuera fácil. Que hubiera algo fácil, por una vez.
Mira, lo que pasa conviene. ¿Conoces el dicho? Qué le vas a hacer.
Es más fácil decirlo que aceptarlo.
Rifar dio una calada profunda y sopló el humo y luego dijo: Cuando mi madre se fue a vivir con el chileno las cosas se pudieron muy jodidas en casa. Todavía estábamos en Buenos Aires. Mi padre se enfermó. Nos cuidaba mi abuela. Reina fue la que peor lo pasó, no quería hablar, no quería hacer nada. Esos días hubiera querido cambiarlo todo. Pero, sabes, no estuvo tan mal. Había un cine, a un par de cuadras de nuestro apartamento, y yo pasaba las tardes allí metido. Sesiones dobles de películas viejas, en blanco y negro, de guerra y de piratas. Me escapaba del colegio para ver las sesiones matinales. En una de ésas vi The Wild Bunch. Algo me hizo clic en la cabeza. Como si le dieran a un interruptor y se encendiera la luz.
¿Cuántos años tenías?
Ocho o nueve.
¿Te dejaban entrar a esas películas?
Los del cine me conocían ya. Si no me dejaban tarde o temprano me colaba a verlas, así que no se molestaban. Aprendí mucho esos días, o lo aprendí después a cuenta de esos días. Y, es curioso, pero sé que fueron días malos, malísimos, pero yo me sentía bien. Viendo películas, faltando al colegio... Mierda, me lo pasaba muy bien.
Apuré la cerveza. Miré a Rifar que miraba el espejo tras la barra y en él los desconcertantes trazos de un mundo gemelo. Chasqueó los labios. No recuerdo el nombre del cine. Iba todos los días pero he olvidado el nombre. Cómo es posible.
Cómo es posible, repetí.
Bueno, dijo Rifar. Cuéntame qué estás haciendo.
Nada, dije.
¿Estás buscando trabajo?
No.
Vaya, dijo Rifar. Espero que tengas ahorros.
Algo tengo. No mucho.
¿Estás aprovechando para escribir, entonces?
Negué con la cabeza. Lo de escribir era más un deseo que una realidad, dije. Nunca he escrito demasiado. Algunos relatos, cuando empecé la universidad, un par de amagos de novela... Pero ya hace tiempo. No sé si estaba siendo sincero conmigo mismo. Si alguna vez he querido escribir. Ahora sé que no.
Joder, dijo Rifar. Pues estamos bien.
Tengo que resolver un par de cosas. Después ya veré qué pasa.
Rifar suspiró y alzó su cerveza como si hiciera un brindis y bebió. Tú sabrás, dijo.
Bebí también y me eché un vistazo en el reflejo tras la barra y aparté los ojos hacia la calle. Algo pasaba en el cielo. El aire se estaba llenando de luz. Justo a la hora en que el sol decaía, en aquel día gris, la luz empezaba a desbordarse. Una luz color melocotón, tamizada pero extrañamente viva. Iluminaba la calle, tendiendo una pátina sobre las aceras, el asfalto, las ventanillas de los coches, la gente que caminaba, matices distintos en cada superficie. Salí a la puerta del bar, miré hacia el cielo nublado, sin rastro de sol. Sin embargo, la luz. De dónde sale, me dije. Qué está pasando.
Rifar se asomó a la calle también. ¿Qué haces?
¿No lo ves?, dije.
No, ¿qué?
¿No lo ves?
¿Ver qué?
Nada, dije.
Quizá sean mis ojos. Quizá sea el mundo.

XVII

Gente apresurada en las aceras y tráfico detenido en el asfalto. Primera hora de la noche, el rumor de los motores, las conversaciones fragmentadas por los teléfonos móviles, el turbio aliento de los tubos de escape, un olor de especias y picantes desde un local que servía comida para llevar en una barra exterior, perfumes femeninos en vaharadas breves, aromas conocidos y desconocidos, algunos hirientes, otros agradables, todos inscritos en el frío aire nocturno. Esperando al cambio de color de un semáforo me fijé en una niña que me miraba. Iba en un carrito y era rubia y ya tenía un par de bonitos pendientes verdes. Su madre apoyaba una mano en el carrito y con la otra sostenía un teléfono móvil contra la oreja. No hablaba. La niña me miraba con los ojos muy abiertos y ninguna expresión en el rostro. Le saqué la lengua, bizqueé un poco, pero la niña continuó mirándome con seriedad. Sonreí pero eso tampoco funcionó. La madre empezó a mirarme, frunciendo el ceño. Bajó el teléfono móvil con lentitud. Le sonreí también a ella. El semáforo cambió de color y eché a andar. Recordé una escena parecida, años atrás, Itziar y yo en el metro. Una mujer llevaba a un niño en el regazo y el niño no dejaba de mirarme. Itziar me lo hizo notar. Te miran mucho los niños, dijo. ¿No te has dado cuenta?
Será la barba, dije entonces. Ahora volvía a llevar barba, descuidada y rala.
Una sirena aulló en alguna parte. Fue a lo primero que me acostumbré al llegar a esta ciudad, en días tan oscuros como estos, el constante aullar de las sirenas. Tantas que creía que se había producido una desgracia en alguna parte. No dejaron de sonar y yo dejé de escucharlas. Las escucho de nuevo. Una desgracia en alguna parte. Constantemente.
Seguí caminando hasta el bar y me senté en la barra y el camarero vino y me puso un café con leche. Gracias, dije. El camarero no dijo nada. Nunca decía nada. Reponía los cafés a un gesto de la mano, como un entrenado siervo victoriano, y ya nunca tenía que pedir el primero, sólo ocupar mi lugar habitual. Me senté de forma que pudiera vigilar la puerta, el clausurado agujero al País de las Atrocidades, sin forzar demasiado la postura. Era la peor hora para la vigilancia porque la iluminación interior rebotaba en los cristales y me devolvía mi imagen en lugar de filtrar la de la calle, confundiéndolas ambas en el mismo borrón. Soplé el café, rodeé la taza con las manos, absorbiendo el calor con la piel y con los huesos, y después saqué los cigarrillos y encendí uno y me pregunté si realmente me apetecía fumar. El resto de clientes bebían vinos y cervezas y refrescos, pero yo bebía café a todas horas. Miré por el cristal, me miré las manos, miré la brasa avanzar por el cigarrillo. Recordé otro momento, todavía más lejano en el tiempo. Esperando el cambio de color de un semáforo vi cómo un murciélago se estrellaba contra los bajos de un autobús de línea. El quedo golpe contra la cubierta de plástico sobre la rueda trasera. Me quedé mirando el bulto oscuro y quieto contra el asfalto. El autobús arrancó y un coche pasó y luego otro y el murciélago desapareció. Aquello me hizo pensar en animales muertos. En el gato que una vez vi en una cuneta casi partido en dos, su interior desparramado con el aspecto de la mostaza caducada por los matorrales y la grava, y el olor que desprendía, como una puñalada en las fosas nasales y que se agarraba al fondo de la garganta para no irse en mucho tiempo. También pensé en el recurso de algunos documentales de grabar la descomposición de un cadáver y montarlo en una versión abreviada y rápida, el cuerpo hinchándose y deshinchándose y volviéndose a hinchar, exudando humores, borboteando gases, los ojos que explotan, la sonrisa rigurosa e impúdica, la piel que se estira y se contrae y se rasga, los huesos blancos y húmedos, el trajín acelerado y loco de los gusanos.
No puede entrar con el perro, dijo el camarero.
Es solo un momento. Voy a comprar cigarrillos.
Estaba mirando los posos del café en la taza cuando escuché la voz del hombre. Hacía un buen rato que no miraba otra cosa. Me volví muy despacio en el taburete. El hombre estaba junto a la máquina de tabaco de la entrada. Llevaba un perro negro y lanudo de la correa, un perro viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua colgando fuera de la boca. El hombre pulsó un botón. Cogió un paquete de Marlboro de la máquina. Gracias, le dijo al camarero y tiró de la correa y salió a la calle.
Abrí y cerré los ojos un par de veces porque el bar se había vuelto impreciso y voluble y la inclinación del suelo traicionera para mis pies. Podía notar el pulso en la lengua, tal era la fuerza de los latidos. Un repentino sudor helado. Pagué los cafés, conté hasta diez, respirando hondo, y fui tras el hombre, pensando en las esquinas que podía haber doblado, los callejones que se le ofrecían para desaparecer, pensado que mi vigilancia no podría sostenerse ni un día más, ya no, porque preguntarme si me estaba volviendo loco era mi último atisbo de cordura. Iban calle arriba, hombre y perro con el mismo paso pausado, la correa floja. El hombre tenía el pelo blanco y era muy delgado. Una gabardina marrón. Zapatos negros. La edad le pesaba en los hombros pero estiraba el cuello flaco y arrugado y erguía la cabeza ante la noche y las farolas. Porte militar. Tiene que ser, me dije. Es. Es.
Los seguí durante unos minutos hasta que llegaron a un parque y el hombre se inclinó y soltó al perro y lo miró correr alrededor de una fuente. Entré en el parque y me senté en un banco alejado. Olía a tierra mojada, a árboles y hierba y a orines de perro. El hombre fumaba un cigarrillo. Manos largas y amarillentas, la correa enrollada en una de ellas. Los ojos entrecerrados, plácidos, observando el paisaje del frío. Por mimetismo saqué un cigarrillo y lo encendí, la cabeza vuelta hacia una dirección simulada, los ojos vueltos hacia el hombre, manteniéndolo en la periferia de mi visión. Los árboles susurraban al viento. Las ramas estaban llenas de pájaros. Se sacudían el plumaje, revoloteaban, piaban en la oscuridad como si hablaran en sueños. El perro corría con desgana. Accionaba los músculos y las articulaciones quizá por más sentido del deber que por apetencia. Le ladró a los árboles y a los pájaros en ellos y el hombre chistó una vez y el perro enmudeció. El hombre sacó otro cigarrillo y lo encendió con el anterior. Uno de los míos, pensé. Cómo es posible que sigas vivo. Cómo es posible.
Yo tiré mi cigarrillo y metí las manos en la cazadora insuficiente y tirité y esperé. Contemplé al hombre fumar. En un par de ocasiones el hombre miró en mi dirección con la misma plácida ausencia en la mirada, igual que si el banco estuviera vacío.
Finalmente el perro defecó y el hombre sacó una bolsita de plástico del bolsillo de la gabardina y recogió la deposición para tirarla a una papelera. Enganchó la correa al collar del perro y se marcharon del parque. Los seguí por calles oscuras. La ciudad parecía despoblarse a su paso y las pocas gentes con las que nos cruzamos eran sombras huidizas en los portales, agazapadas en los contenedores de basura. El hombre seguía fumando y hubiera podido guiarme con solo las espirales azuladas de su cigarrillo que lucían como formaciones planctónicas filtradas por la luz de malla de la noche.
En una calle más transitada el hombre cambió de acera y mientras yo esperaba a que el tráfico me dejara paso se detuvo frente al escaparate de una tienda y estuvo mirando con atención. Después echó a caminar otra vez. Miré cómo se alejaba. Estábamos cerca de su casa y supuse que el paseo terminaba. Cuando el tráfico me lo permitió me acerqué al escaparate que había estado mirando. Era una tienda de artículos de cuero, expuestos tras el cristal chaquetones y gabanes y cinturones trenzados y botas y carteras e incluso una vistosa silla de montar y también un amplio surtido de navajas y cuchillos de monte en sus fundas curtidas al cromo y acharoladas o en cajas de madera con el interior forrado de terciopelo verde, y la cola y la silicona que sostenían el cristal en su marco no impedían que el olor del cuero fuera fuerte y mareante. El escaparate reflejaba el tramo exacto de la acera contraría donde había esperado a cruzar la calle. El mismo lugar desde donde había mirado su espalda mientras el hombre me miraba la cara.
Sabe que estoy aquí. Sabe que existo.
Calle abajo el hombre se detenía para que el perro olisquease los restos de la papelera incendiada. No fumaba ya. Sus ojos recorrían las fachadas de los edificios, el reflejo brillante de las farolas en los coches aparcados en la acera. El hombre llevó al perro hasta la puerta y extrajo un manojo de llaves de su pantalón e introdujo una en la cerradura pero no la hizo girar. El hombre agachó la cabeza un instante, los ojos cerrados, y sacó la llave de la cerradura y se volvió para mirarme.

Existen ojos que son más que esferas gelatinosas llenas de humores vítreos y cristalinos, más que las partes que los componen, más que el espacio que ocupan en su cuenca. Existen ojos que son más que meros testigos del mundo. Existen ojos que escupen su propia versión de la realidad y de los hechos y está escrito el vacío y el absoluto en su opacidad y en las arrugas que los circundan como si fueran mapas de lo pasado y lo venidero y el doloroso trámite entre ambas cosas. Existen ojos acostumbrados a distinguir entre lo válido y lo caduco, lo transitorio y lo permanente, la vida y la muerte, y a decidir en consecuencia lo que ha de desaparecer, lo que puede continuar. Existen ojos que cansados de tanto mirar al mundo empiezan a devolver los fantasmas de sus mundos internos, ojos que son mundos en sí mismos, mundos incandescentes que gravitan y describen órbitas alrededor de estrellas muertas y lejanas cuya luz ya solo se encuentra en la memoria. Existen ojos como bocas de horno. Existen ojos como noches de tormenta, y así eran los ojos de Claudio Girón.

El hombre permaneció mirándome en la inexplicable quietud de la calle, esperando. Viejo y frágil, anclado a la acera por el peso de su gabardina, el viento moviendo los bajos contra sus piernas, la correa del perro laxa y curva, el manojo de llaves repicando con suavidad. El rostro impasible, los ojos mudos interrogantes, como un duelista congelado hasta que la noche termine, aguardando lo que el sol traiga, dispuesto a cumplir con los requerimientos y las briegas de su oficio sin más aspavientos que los necesarios. Qué esperas, viejo. Qué haces. Habla de una vez. Qué noticias traes de la oscuridad exterior. Qué puedes contarme. No creas que me corresponde a mí la primera palabra. La primera palabra es tu prerrogativa.
Nada cambió y de entre todo lo que los ojos eran y contenían entendí al fin lo que estaba viendo. Lo que había en su mirada.
Cree que he venido a matarlo.
El hombre tenía miedo.
Cree que ésta es la noche en que las venganzas se consuman.
Miedo del extraño que lo persigue en la noche, miedo de sus intenciones oscuras y de su paso vacilante, y miedo de la propia decrepitud, del irresistible paso de los años, de su larga y terrible sombra. Claudio Girón, el asesino Claudio Girón, la bestia Claudio Girón, estaba aterrorizado. Claudio Girón veía fantasmas. Claudio Girón se aprestaba para morir.
La quietud de la calle se rompió. Como animales muertos en un documental los segundos se aceleraron y estallaron sobre nosotros y los coches arrancaron y los transeúntes nos rodearon y circularon y el perro rompió a aullar y para que no cupiese duda o pudiera ser descartado como una pesadilla o una alucinación sostuve la mirada de aquellos ojos que eran testigos y responsables de eventos inimaginables y alcé la mano en un gesto que nació con los hombres y les pertenece solo a ellos y que no es saludo ni despedida, quizá reconocimiento, quizá una promesa y un desafío. Sé quién eres. Sé quién soy. Esta historia acaba aquí.
Metí las manos en la cazadora, giré sobre mis talones y me alejé.

Nunca volví a ver a Claudio Girón.

XVIII

Itziar despertó temprano. Apartó con un brazo las mantas y las sábanas y se sentó al borde de la cama. El pelo revuelto, el rostro hinchado de sueño. Puedo imaginarla, los mechones desordenados a contraluz en la venta, la indecisión gris del amanecer. Los pantalones del pijama, holgados y a cuadros rojos y negros, una camiseta de manga larga, oscura, cálida. La mañana en que decidió borrarse del mundo. Fue al cuarto de baño, sin encontrar a ninguna de sus dobles por el camino, y en el silencio de madrugada, que no era silencio en absoluto, lleno del rumor de los coches en la calle, de cisternas vaciándose en los pisos superiores, tuberías que vibran y el martilleo lejano de una obra, se lavó la cara y se miró en el espejo con atención. Perlitas de agua sobre las cejas rubias. Los ojos enrojecidos y acuosos. Abrió el grifo de agua caliente en la ducha y se desnudó y entró con cuidado en la bañera. Volvió a su cuarto envuelta en una toalla, el pijama y el sujetador y las braguitas una bola apretada en su puño, y tiró la ropa, como si fuera a volver alguna vez para echarla a la lavadora, a un cesto de mimbre y dejó también allí la toalla. Permaneció desnuda, temblando un poco, la piel erizada, observándose en el espejo junto a su cama. Un espejo alargado y rectangular que la duplicaba de las rodillas a la coronilla. Se abrazó el cuerpo, se cubrió los pezones empequeñecidos. Como si sus ojos en el cristal fueran ojos que pudieran escrutarla. Como si pudiera así aplacar el frío y la oscuridad de la habitación. Abrió el armario, se vistió con lentitud. Un sujetador gris, unas bragas blancas. Calcetines verdes. Pantalones vaqueros. Una camiseta azul oscuro. Se cepilló el pelo y lo recogió en una coleta y cuando se miró en el espejo sintió de nuevo que sus ojos eran otros ojos y no quiso seguir mirando. Sacó del armario una de las dos maletas que tenía, la pequeña. Cogió ropa interior, calcetines. Seleccionó otro par de pantalones, algunas camisetas, una falda que casi nunca se ponía, una camisa, una blusa. Lo dispuso sobre las sábanas. Lo dobló, lo colocó en la maleta. Hizo la cama y luego se sentó en su borde, otra vez a contraluz, en el amanecer más claro y más incuestionable, y tomó el teléfono móvil de la mesita de noche y lo encendió. Leyó mensajes antiguos. Me gustaría pensar que alguno mío que todavía perdurase codificado en la memoria del aparato. Borró todos los mensajes. Dejó el teléfono móvil en la mesita. Se calzó sus zapatillas de punta de goma blanca y fue hasta la percha y descolgó y se puso su trenca azul y tomó del asa su pequeña maleta y así ataviada y ligera de equipaje salió de la habitación y del piso.

XIX

Recibí el correo electrónico unos días después. Otro texto perfecto y breve. El hermano de Itziar prescindía de saludos o de preguntas y se limitaba a transcribir lo que se sabía del último día de su hermana. Lo poco que había podido descubrir por su cuenta, lo poco que la policía y un investigador privado contratado por la familia habían desentrañado. Itziar se despertó una mañana muy temprano e hizo la maleta y se fue. Se sabe que pidió un taxi para que la llevara a la estación de Atocha y debió hacerlo desde alguna cabina o desde el teléfono de algún bar pues dejó su teléfono móvil en la habitación. En Atocha se determinó que compró un billete. Camino de una ciudad en la que, que se supiera, nunca había estado ni conocía a nadie. No se pudo precisar qué hizo con la hora que medió entre la compra del billete y la salida del tren. Pero puedo imaginar, como puedo imaginar todos y cada uno de sus movimientos, y sé que no me equivoco, que pasó el rato en alguna cafetería, bebiendo un café con leche, que compró cigarrillos y fumó uno mientras hojeaba un libro. Quizá uno de Cortázar, quizá de uno Henry Miller.
Todavía era muy temprano cuando llegó a la ciudad. Una ciudad pequeña y somnolienta con una parte vieja llena de palacetes de piedra y callejones estrechos. Las tiendas y los comercios comenzaban a abrir. Se podía oler la noche fría en las calles. El rocío en los árboles raquíticos de las aceras. Había perros y gatos escabulléndose como proscritos de las primeras luces del día y niños que arrastraban carteras con ruedas y en los bares se servían cafés y churros y tostadas. Nadie la recuerda en esos bares o en las pensiones u hostales cercanas. Solo un hombre, un librero, pudo dar cuenta de ella. Itziar entró en una librería de viejo, conversó un rato con el propietario, compró un libro y se marchó. Esto es lo último que se sabe de ella. Después ya no hay más Itziar. Itziar ya no está. Itziar se ha ido.

Han de respetar unos pasos los que se disponen a desaparecer. Una liturgia privada que lo contemple todo, una ceremonia, un rito, unas abluciones, un simulacro de orden en una vida que, puede, se abandona porque no se soporta su desorden. Aquella mañana, como si me dispusiera a borrarme del mundo, desperté cuando todavía era de noche. Me senté al borde de la cama y me miré las manos y los pies y escuché el sonido de la madrugada deshaciéndose a mi alrededor. Pensé en los sueños que había tenido. Fui a la cocina y miré en la cafetera. Estaba vacía. La desenrosqué, saqué el filtro y lo miré. El residuo compacto y negro. Golpeé el filtro contra el cubo de la basura y se desprendió un medallón de café apelmazado. Enjuagué las piezas por separado, las sequé con un trapo. Monté el filtro, le eché café con una cucharilla, enrosqué la cafetera y la puse al fuego. Me encendí un cigarrillo mientras esperaba el borboteo. Me serví un café y lo bebí en la luz vaga que entraba por la ventana de la cocina. Era amargo y fuerte. Al terminarlo lavé la taza y tiré el café sobrante y desmonté otra vez la cafetera para lavarla y ponerla a secar. En el cuarto de baño me lavé la cara y me mojé las muñecas y, más despierto ya, puse el tapón en el lavamanos y acumulé agua caliente y me afeité. Me corté el pelo con unas tijeras pequeñas e inadecuadas. Hice un buen trabajo, dentro de lo que cabe. Lavé el lavamanos de espuma de afeitar y barrí el suelo de mechones de pelo. Abrí el grifo de la ducha. Me sequé en el centro exacto del cuarto de baño y, tiritando, pasé la mano por el espejo empañado y observé la extrañeza lampiña de mi propio rostro. Me vestí en la habitación y barrí el suelo de pelusas y polvo acumulado y pasé un paño sobre la mesa y el monitor del ordenador y por la estantería. Vacié el cenicero en la papelera, soplé las cenizas por la ventana. Metí toda la ropa sucia en una bolsa de plástico y la dejé dispuesta para ir a la lavadora. Ordené un poco el armario, cerré los cajones. Hice la cama por primera vez en meses. Cogí un libro de la estantería y lo embutí en el bolsillo interior de la cazadora y la doblé en el respaldo de la silla. Me senté al borde de la cama, el amanecer ya consumado en el cielo, y encendí un cigarrillo y lo fumé sin pensar en nada en especial. En cómo se olvidan los sueños al despertar. En las formas quebradas de la ceniza. Dejé el filtro retorcido y humeante en el cenicero. Me puse la cazadora. Miré mi habitación imaginando que no volvería a verla. Los libros. Los carteles de películas, las chinchetas en sus esquinas, el infame gotelé. El móvil en la mesita, la luz testigo haciendo un guiño ocasional. Sin maleta. Salí de la habitación y del piso.

Llamé a un taxi desde una cabina telefónica. Hacía frío y hacía sol y el cielo era azul. No quedaban charcos de lluvia. El taxi me llevó a la estación de Atocha. Compré un billete y maté el tiempo en una cafetería, hojeando el libro. Mientras el tren entraba en el andén intenté imaginar dónde había esperado ella. Si se habría sentado en alguno de los bancos rojos o si aguardaría de pie mirando el largo recorrido de los raíles grises, la grava alquitranada entre las vías. Continué leyendo en el vagón, a ratos mirando el paisaje. El desfile del extrarradio, las carreteras, las ciudades dormitorio, la progresiva ruralidad. Ganado en la dehesa que levantaba las cabezas al paso del tren. Terneros que corrían alejándose de las vías. Pájaros en el tendido eléctrico, siluetados en negro como pacientes funerarios. Un caballo paciendo en un cercado y una larga extensión de tierra verde en la que enormes rocas grises parecían haber llovido del cielo o surgido como improbables hongos graníticos.
Horas después, anquilosado y aturdido por el viaje y la falta de sueño, llegué a la estación de la ciudad. Desde el andén entré en un vestíbulo amplio, las taquillas a un lado, una hilera de asientos de plástico al otro, un teléfono de pago en la pared. El techo del vestíbulo era alto como el de un aviario o una catedral.
Salí a la calle y vi una rotonda y a lo lejos la estación de autobuses y un parque más allá. Caminé por la acera, echando vistazos al interior de los bares, a los escaparates de las tiendas. Imaginándola a ella. Sabiendo el camino que habría tomado. Pasé la rotonda y la estación de autobuses y antes del parque encontré la librería de viejo. Acababa de abrir y un hombre gordo sacaba un estante con ruedas a la puerta. Lo dejó allí y entró en la tienda. En el estante había una caja con libros pulcramente apilados y un cartelito de cartón que anunciaba libros a un euro. Eran novelitas rosas, manuales técnicos desfasados, textos políticos de finales de los setenta, amarillentos, desencuadernados. Cualquiera podría coger alguno de los libros o incluso la caja entera e irse sin más, pero pensé que cualquiera tan raro como para interesarse en un libro así sería tan raro también como para entrar a pagarlo. El escaparate de la librería tenía todavía la persiana metálica echada. Dudé un momento y empujé la puerta para entrar. Una campanilla repicó sobre mi cabeza. El hombre gordo estaba tras un mostrador leyendo el periódico. Me miró y arqueó las cejas. ¿Está abierto?, pregunté.
Sí, bueno, dijo. Por qué no.
Es muy temprano, dije.
No importa. Pasa.
Las paredes estaban forradas de libros hasta el techo. Era un local estrecho, con el suelo de madera alabeada por el tiempo y la humedad. Olía a papel. Mis pasos crujieron. El hombre bajó el periódico y me miró.
Hola, dije.
Hola, dijo. ¿Qué quieres?
Eh... Es complicado.
A ver. Habla.
No es sobre libros.
El hombre dobló el periódico y lo dejó a un lado. Sacó un paquete de Ducados y un Zippo del bolsillo de su camisa. Tú dirás.
Quizá no lo recuerde, pero, hace más o menos un año, vino una chica...
El hombre asintió. La chica, dijo. La chica rubia, ¿no?
¿La recuerda?
El hombre se encogió de hombros. Sí. Es un decir. No la recordaría ahora si no hubiera venido aquel tipo preguntando por ella. Se puso un cigarrillo en los labios y lo encendió con el mechero. Perdona, ¿fumas?
Sí.
Coge uno. Empujó el paquete por el mostrador hacia mí.
Gracias.
El tipo decía que era detective. Ya ves. Peliculero. Me enseñó una foto de ella y la reconocí. Fue curioso que la reconociera entonces, pienso. Pero vino muy temprano, cuando acababa de abrir y... El hombre me miró, ladeando un poco la cabeza. Fue sobre esta hora, de hecho, dijo.
¿Por eso la recordó?
Por eso y por la conversación.
¿De qué hablaron? Si no le importa decírmelo...
El hombre dio una calada y sopló el humo como si meditase la respuesta. No me trates de usted, dijo. ¿Eres familia suya?
No, dije.
¿Entonces?
Soy un amigo.
¿Un amigo?
Sí.
¿Un novio?
Algo así.
Bueno, te diré lo mismo que le dije al tipo aquel. No recuerdo cada palabra. Hablamos de libros. La recuerdo por lo temprano que llegó y porque era simpática. Seria, pero simpática. No esa clase de gente simpática, dijo, como si hubiera una clase de gente simpática que le diese ganas de vomitar. Simpática sin más. Amable.
Sí, dije. Lo sé.
El detective me dijo que había desaparecido.
Asentí. Éste fue el último sitio donde fue vista.
Ah, ¿sí? Vaya. No me dijo adónde iba ni yo se lo pregunté, claro. En eso no puedo ayudar nada.
Lo entiendo.
Y tú la estás buscando.
No lo sé, dije. Sí. Algo así.
El hombre se retrepó en su silla y volvió a mirarme con fijeza. Fuma, dijo.
Cogí un cigarrillo del paquete y lo encendí con el Zippo. El tabaco negro se me atravesó en la garganta y tosí un poco. Cerré la tapa del mechero, gastada y llena de arañazos.
Eh, cuidado, dijo el hombre.
No pasa nada, dije.
De bajo el mostrador el hombre sacó una valva de mar ennegrecida y echó la ceniza allí. Mi cenicero, dijo. Hablamos solo un momento. De nada en particular. De libros.
Compró un libro, ¿verdad?
Sí. Lo cogió de la caja de fuera. Por eso entró.
¿Qué libro?
No lo recuerdo, dijo. Creo que era de Julio Verne. Sí. De Julio Verne. Porque se lo comenté. Que las chicas no solían comprar ese tipo de libros. Ni los chicos, si lo pienso bien. Los libros de Julio Verne ya solo los compran gente como yo.
Un libro de Julio Verne, dije.
Pero no recuerdo cuál. Ninguno de los famosos.
Ya...
¿Ya?
Sí. Sé qué libro fue. Estoy seguro.
El hombre frunció el ceño, pero no preguntó. Se pasó la mano por la papada.
¿Qué hizo?, pregunté. Cuando entró. Cómo fue.
Pues entró por la puerta, dijo señalando con el cigarrillo. Con el libro en la mano. Preguntó si estaba abierto.
¿Cómo llevaba el pelo?
¿Qué?
El pelo.
No sé. Recogido, creo. En una coleta o un moño.
Llevaba una maleta, ¿verdad?
El hombre dijo que no lo recordaba,.
¿Dónde se paró? ¿Justo aquí?
El hombre dio una calada y aplastó el cigarrillo en la valva y sopló el humo. Si me sigues preguntando cosas así acabaré por inventármelas. Para dejarte contento. ¿Quieres que haga eso?
No, dije.
No recuerdo gran cosa. De hecho, ya no sé si lo que recuerdo fue tal como te lo cuento. La memoria es así. Se esfuerza por llenar los huecos. Sobre todo si no estabas prestando atención... Vino, compró el libro, se fue. Nada más. Cuando le dije que las chicas no solían comprar ese tipo de libros se rió y dijo que ella tenía interés por leerlo. Me dio el euro y se lo llevó. El libro valía más de un euro, pero no dije nada. No sé qué hacía en la caja de fuera. Un despiste.
Gracias, dije.
No puedo decir más.
Lo sé. Perdón por la molestia.
Apagué el cigarrillo en la valva e hice un gesto de despedida.
El hombre se rascó la cabeza mirando al techo y luego dijo: ¿Crees que la encontrarás?
No lo sé, dije. Creo que no. Creo que no quiere que la encuentren.
A lo mejor tendrías que respetar eso.
Sí. A lo mejor.
Yo casi nunca entiendo lo que la gente hace o por qué lo hace. Dejé de preocuparme al respecto. Las elecciones que se hacen. Los caminos que se toman. No puedes hacer demasiado.
Sonreí y metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Los libros son más sencillos, ¿verdad? Más fáciles de entender.
El hombre sacudió la cabeza. Me miraba como si calibrase un nuevo factor en la ecuación de la mañana. Los libros son como cualquier otra cosa, dijo. Si te engañas con eso te engañas con todo.
Me tengo que ir.
El hombre levantó una mano. Que tengas suerte, dijo.
Gracias. Buenos días.
Buenos días, chaval.

XX

Hablemos de Itziar.

Saliendo de la librería. El pelo recogido, el libro en la mano, la maleta rodando tras ella. El resto del día a su disposición así como el resto de su vida. Los fantasmas del pasado ululando perdidos a cientos de kilómetros, en una habitación vacía y ordenada, girando alrededor de un teléfono móvil. Itziar entrando en el parque y sentándose en un banco, la trenca azul abierta, mechones rubios liberados de la coleta movidos con suavidad por el viento, abre el libro y comienza a leer.

El parque era grande y verde. No había fuente pero sí un estanque y en medio una escultura negra que representaba una vetusta tortuga gigante. Me senté en el banco y encendí un cigarrillo que no me apetecía en absoluto y dejé que se consumiera entre mis dedos.

Sé que estuviste aquí. Dónde estarás ahora.

Los sueños se confunden con la realidad. La realidad nunca se confunde con los sueños.

Pero sí, a veces sí, como si se inyectaran en el mundo los humores oníricos y se extendiese la textura de un sueño en lo que te rodea. Matices imposibles en el verde del césped. Palabras en el susurro de las ramas, en las hojas que caen. Un recuerdo por el que te puedes pasear. Un andén de metro, tomando sus manos, mirando sus ojos de bronce viejo. Eres una persona extraordinaria. Me alegro tanto de haberte conocido. Como una ventanilla que no dejara de romperse. Un crujido que se sostiene en el tiempo y que es lo único que importa. La fragilidad del momento perfecto, cuando la vida es exactamente lo que quieres que la vida sea...

Como un espectador en un teatro que abandonase la platea para subir al escenario y apartar un poco, solo un poco, el telón y mirar su reverso probable, la imagen entre los pliegues del lienzo rojo como la sangre, Itziar sentada en una playa, la playa al final de las playas, una playa que se desdibuja, erosionada por los milenios hasta que sólo asoma su esbozo trazado en el principio de los días, el mar desenrollándose a sus pies, el rostro tintado de crepúsculo, el pelo rubio blanqueado por el sol, y el cielo que destella verde un segundo, apenas un segundo, un segundo de un millón de años, y se extiende sobre el horizonte y sobre todas las cosas como un cielo de otro mundo, un cielo extraño y ajeno, un cielo marciano, un cielo venusino, y sonríe y cierra los ojos, y después el sol se hunde, la noche llega, el fin del tiempo, una infinita belleza.

XXI

De vuelta en la estación de trenes eché un vistazo al panel de horarios y compré un billete en la taquilla. Todavía faltaban un par de horas para la salida y pensé en tomar un café o comer algo en la cafetería, pero no tenía ánimos. Me dejé caer en uno de los asientos de plástico y me dejé resbalar por el respaldo para acabar mirando al alto techo.
Pasado un rato vacié mis bolsillos en el asiento contiguo, un par de llaves, un billete arrugado, calderilla, la tarjeta de Reina Rifar con las esquinas dobladas, rota por los bordes. Lo examiné con atención, la manera en que se habían situado, lo que pudiera leerse en su disposición de huesos y cuentas de chamán, y lo recogí todo y me levanté para ir hasta el teléfono de pago. Eché las monedas, marqué el número. Tras unos tonos el buzón de voz me informó de que podía dejar un mensaje. Me quedé callado unos largos segundos. Hola, dije al fin. Soy yo... Quería hablar contigo. No sé qué quería contarte. Me he bloqueado. Se me ha ido...
Intenté reír pero sonó algo parecido a una graznido.
Yo... Estoy lejos de casa. He venido a buscar a Itziar. No la he encontrado, pero no importa. Ya no importa. Tampoco me importa ya Claudio Girón. Eso es lo que quería, pedirte perdón. No quería hacer las cosas así. Nunca quiero hacer las cosas como las hago... Perdóname. Solo eso.
La voz se me entrecortó. Carraspeé, me pasé la manga de la cazadora por los ojos. En realidad estoy bien. Muy bien. Esta ciudad es bonita. Parece un poco triste. Pero es bonita. Es una ciudad para dar paseos.
Eché las últimas monedas y durante un momento no puede articular palabra y pensar en nada más que decir y me limpié otra vez los ojos y pensé en mí, allí de pie, en la patética estampa de mi figura doblada sobre el teléfono, y en los días perdidos y las noches interminables, en los difuntos y los desaparecidos, en los amantes, en la sangrienta historia del siglo veinte, pero qué historia no lo es, y en Itziar y en Claudio Girón y el perro lanudo, en todas nuestras pobres y miserables sombras. Ojalá estuvieras aquí, dije y colgué el teléfono.
Después volví al asiento y me cubrí la cara con las manos y cuando me calmé pensé que me apetecía un cigarrillo. Pensé que cuando volviera a casa echaría la ropa sucia a la lavadora. Pensé que me sentaría delante del ordenador y lo pondría todo por escrito. Una palabra tras otra, imperfectas y desarticuladas, hasta dar cuenta de esta penosa y ridícula historia.

Más tarde, a lo mejor, me entretendré en componer una canción de amor. Una que no empalague, una que no lloriquee, una que tenga sentido. Una sin letra que nos distraiga.

Quizá solo una melodía para silbar en el crepúsculo.

9 Comments:

Blogger J. Alvargonzález said...

Para terminar, como si esto fuera realmente una novelita con portada, contraportada, foto en la solapa y página de agradecimientos tediosos al final, me gustaría, más que agradecer, pedir disculpas a Miguel Ángel de Lucas y a los muchachos de Diagonal por hacerlos desfilar por aquí convertidos en involuntarios personajes secundarios. Disculpen y gracias, amigos. No les prometo que no volverá a pasar. Más disculpas para los que se han interesado en la historia por mi inconstancia y el excesivo tiempo que me tomo entre una actualización y otra. Es algo que no voy a lograr corregir nunca, así que apelo a la indulgencia de los lectores para seguir abusando de su paciencia. Me disculpo también con todos a los que he atormentando con mis dudas e inseguridades y me han tenido que escuchar mil veces decir que lo iba a dejar colgado y que todo era una mierda y que me quería tirar por la ventana... Qué diablos, retiro estas disculpas, porque al fin y al cabo son gente que me quiere y a la que quiero y querer significa no tener que decir nunca “Perdón por amenazar con suicidarme.” Me resta pedir disculpas a la chica que una vez me contó el sueño de su desdoblamiento por robárselo para escribir uno de los pasajes que más me gustan de esta historia. Nunca le pedí permiso y quizá no le guste si llega a leerlo. Lo siento.

Les confirmo sus sospechas, todo lo que les haya gustado lo robé de alguna parte, todo lo que no les haya gustado se me ocurrió a mí solito.

Gracias, ahora sí, a todos los que han dejado comentarios, en estos posts u otros, y a los que me han enviado algún correo, porque me ponen de mejor humor y alivian la sensación de estar escribiendo para el vacío. Gracias, en serio.

Esta historia no podría haberse escrito sin la banda sonora secreta y un poco esquizofrénica de Metallica, Interpol, Siniestro Total, Catfish Haven, Neutral Milk Hotel, The Ramones, Franco Battiato, Faith No More, Johnny Cash, Motorhead, Richard Cheese, Bauhaus, Micecars, Camarón de la Isla, The Nerves, Rancid, Joy Division, The Robocop Kraus, Nirvana, James, The Cure, Art Brut, Soledad Brothers, otros tantos que olvido ahora, y los flamantes recopilatorios (garajeros, rocanroleros, mods, psicodélicos) que me suministra con regularidad A. L. (a.k.a. Totolovich a.k.a. El Niño Dinosaurio).

Insisto en ello, amigos. Disculpen y gracias.

No les prometo que no volverá a pasar.

27 octubre, 2007 17:36  
Anonymous Vil-Mendez said...

Bah tío, no te disculpes por lo que has tardado porque como alguien ha dicho ya en algun comment la cosa buena tarda. O lo de vísteme despacio que tengo prisa. O lo de J. no puedo mas que amarte e invitarte a un algo esta noche despues de haber leído la conclusión de lo que ahora parece algo "catedralicio" porque la cita quede en familia.
Me ha encantado. Ha sido un placer acho.

03 noviembre, 2007 17:23  
Anonymous Daniel del Valle said...

No sé si te acordarás del mensaje que te escribí, pero el caso es que voy a volver a dibujar. Voy a intentar ilustrar La Gente Terrible. Ya te diré cosas. Ya me dirás cuando termine dónde te envío los dibujos.

04 noviembre, 2007 18:57  
Anonymous Mark David Chapman said...

No soy capaz de decidirme por la cualidad que me resulta más adictiva
de este relato, de sus historias y de su forma entender el mundo y la literatura, Señor Alvargonzález. No se si se trata de su profundo y descarnado lirismo. Quizás la forma de materializar la extrañeza, con sus aristas y su belleza abisal. Quizás la forma con la que consigues arrancarme una sonrisa, mientras me deslizo a través de esta historia tan amarga, tan llena de lluvia y humo y cargada de toneladas de honestidad y estilo propio. Creo que es la mezcla de todo esto, el combo mortal que me hace rendirme a sus pies y prometerle absoluta lealtad para con su arte. Resuena su melodía en el crepúsculo, y yo la recuerdo y me sonrío, y me emociono.
La espera mereció la pena, usted nunca decepciona.

06 noviembre, 2007 20:39  
Anonymous chupachus said...

Las grandes cosas son indescriptibles. Y para describir tu texto, javo, no consigo encontrar las palabras. Sigue escribiendo(nos), porque somos muchos los que sonreimos mirando a la pantalla cada vez que subes algo.
Te espero impaciente, como siempre.

16 noviembre, 2007 18:22  
Anonymous Rain said...

Una compañía que mantengo cerca,
La Gente Terrible.

Con sus personajes y sus entramados grabados en la memoria: gracias Javo. Muchas gracias.

23 noviembre, 2007 06:04  
Anonymous Le fromage du la france qui s'apelle Camembert said...

Amigo mío, terminé de leerme su novela hará un par de noches. Se que me he demorado mucho, más de lo que estaba usted acostumbrado, pero entienda mi situación. ¿Conoce usted la pena que entraña una condena por licantropía? Pues eso mismo.

Cuando terminé no sabía si llamarlo por teléfono, leerlo de nuevo o masturbarme. Como eran las seis de la madrugada pensé que estaría dándole a coito o descansando inter coitum y sería un bochorno de escándalo. Por ese mismo motivo descarté la idea de releerlo, ya que me acabaría entrando el sol por la ventana y al brillar unas motas de polvo en el aire me daría un patatús de aupa. Y como nunca está de más, procedí al onanismo. Otro día le cuento qué tal me fue.

Es de lo mejorcito que has escrito jamás, maricón!

14 diciembre, 2007 19:35  
Anonymous L. said...

Definitivamente, todo esto es la excusa más rebuscada que me han dado nunca para no enviarme un artículo.

09 febrero, 2008 19:38  
Blogger itxi said...

Os he encontrado por casualidad, y a pesar de estar trabajando no he podido despegarme del relato de j.alvargonzález.
Da la casualidad de que me llamo Itziar y a medida que iba leyendo me identificaba más y más con la protagonista de la historia.
Ha sido un placer tomarme este respiro durante mi trabajo

14 febrero, 2008 14:47  

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