La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

domingo, enero 20, 2008

sábado

un relato

...son un príncipe y una princesa, los novios que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza, Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman y al lado izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y siglos.

Roberto Bolaño


J despierta una mañana de sábado sin nada que hacer. No abre los ojos y permanece un rato con la cara enterrada en la almohada intentando negar el hecho. No estoy despierto. Si no me muevo no estoy despierto. Si no abro los ojos no estoy despierto. Pero le puede el aburrimiento y se vuelve y mira la habitación y la luz que entra por la ventana. Le duele un poco la cabeza. Recuerda haberse acostado borracho. Recuerda haber estada bebiendo y escuchando música en su habitación, cerveza y vino, unos relatos de Chejov.
Es un sábado como otro cualquiera y no lo es. J lleva meses sin trabajar, meses exprimiendo sus ahorros, comiendo poco y fumando mucho, saturándose de café, bebiendo a solas en su habitación. El lunes será su primer día en una empresa alemana de suministros industriales. Es un trabajo serio, jornada de ocho horas, lunes a viernes, bien pagado. No es un trabajo de supervivencia como los que él conoce. Es un trabajo en el que uno puede promoverse. Es un trabajo en el que uno puede progresar. Es un trabajo para toda la vida. Siente que está entregando algo más que su tiempo. Diría el espíritu si le obligaran a decir qué. Pero J intenta decir lo menos posible.
Intenta levantarse y nota que la resaca es mayor de lo que creía. Sentado al borde de la cama se sostiene la cabeza y espera. Se corrige despacio el ángulo del mundo. Siente náuseas. Cuando pasan va a la cocina y se sirve un café pasado en la taza y olisquea el cartón de leche antes de añadir un chorro. Enciende un cigarrillo. Hay una luz de tarde en la calle, una luz invernal, fría. Bebe café y fuma y piensa que le falta verdadero empeño para ser alcohólico. J bebe mucho pero tiene que esforzarse para ello. J bebe lento, metódico, sabiendo demasiado bien lo que hace. Bebe para conseguir cierta ligereza, cierta indiferencia hacia las cosas que recuerda haber alcanzado borracho, y para anestesiar el insomnio, que no vencerlo, y también para reírse a medias de sí mismo y de la miserable sombra que arroja sobre el mundo. En eso invierte las noches, en beber y leer y escuchar música. Escribe también y escribiendo sí que es compulsivo, bulímico. Escribe a borbotones, escribe aporreando el teclado del ordenador. La bebida le sirve para medir el tiempo en botellas y latas. J escribe como otros vomitan, y eso es lo que los días negros le parece lo que escribe, regurgitaciones, desechos, charcos inútiles. Los días luminosos, los buenos días, sólo le parece algo que hace, como respirar, como ir al cine, una manera entretenida de pasar las tardes y las noches y en lo que pensar durante largos trayectos en transporte público.
J termina el café, enciende otro cigarrillo. Mira por la ventana. Hace un bocadillo y se lo come. Bebe una Coca Cola. La resaca remite. Se le caen las paredes encima y decide dar un paseo. Es un barrio obrero y triste. Un cielo muy bajo, gris. Hace frío. J camina y todo lo que ve le parece teñido de sordidez y desencanto. Los parques, la gente, los coches aparcados, los escaparates de las tiendas cerradas o abiertas, un gato con el que se cruza en la acera y lo mira después entre dos contenedores de basura. Recuerda los días despreocupados, cuando tenía dinero en el banco y nada que hacer más que dedicarse a leer y escribir y escuchar música. Siente que se aleja de todo eso para no volver. En realidad, tampoco se preocupa demasiado. J ha llegado a conocerse en algunos aspectos. Conoce sus ciclos. Conoce sus funambulismos en el alambre de la depresión. Ha llegado a aburrirse de ellos.
Da un largo paseo. Si le preguntan dirá que odia pasear. Dirá que le parece estúpido y tedioso y que no tiene tiempo que perder en semejante cosa. Pero lo cierto es que da largos paseos. Lo cierto es que lo único que puede perder es tiempo. Fatigado decide volver en metro. Se arrepiente. Hay una huelga de limpieza y se acumulan en pasillos y andenes papeles y periódicos y latas y mugre diversa y en las paredes hay estrías de materia oscura, como sangre o mierda, que lo desazonan más allá del asco.
Compra cerveza y vino en una tienda de chinos. Ya es de noche. En su habitación coloca las botellas en la mesita de noche, apartando las viejas, y se sienta en la cama, que no es más que un diván elevado de categoría, y coge un libro, mira la portada, lo deja a un lado. Toquetea las botellas. Primero el vino. Quita el tapón, modelado en simulacro de corcho, y sirve un trago largo en el vaso de la noche anterior. El silencio lo inquieta. Los pequeños ruidos que genera parecen perderse en él. Como si se los tragara. Conecta la radio, busca música clásica. Le cuesta encontrar la emisora que le gusta, nunca está en el mismo punto del dial, una emisora flotante, lo recorre entre mares de estática, entre voces crepitantes, crujidos, retazos de idiomas desconocidos, hasta dar con la vibración grave de un chelo, con las notas como pasos de pájaro de un piano. La música clásica, sea cual sea, parece desconfigurar algo oscuro y perverso que alberga en su interior. También escucha radio deportiva y también tiene el mismo efecto. Sabe lo mismo de música clásica que de deportes. Poco o nada.
Bebe. Fuma. Lee. Ha terminado con Chejov pero sigue perdido en tribulaciones rusas. Acaba con la botella de vino y con el libro. Escucha la música. Mira la luz de las farolas que llega hasta su ventana, un tercer piso, y las ventanas iluminadas y las ventanas apagadas del piso de enfrente y todo el humo acumulado en la habitación. Las ventanas se apagan y se encienden, desfilan siluetas, bajan persianas. J empieza a temblar, sobre todo le tiemblan las manos. Tira ceniza a las sábanas. Mierda, dice, y es la primera vez que escucha su voz en todo el día. No, no lo es, se corrige. En la tienda. Al comprar la bebida. Tuviste que hablar. Tuviste que decir hola, buenas noches. Quiero cerveza, quiero vino. Muchas gracias. Adiós. Hasta mañana. Pero no está seguro de haber escuchado su propia voz. Se pregunta si es posible. ¿Cómo he podido hablar y no escucharme? Aguanta el ataque de claustrofobia un rato más y luego se da por vencido. Se echa a la calle, a una noche gélida, a un frío insoportable. Es muy tarde. Los edificios parecen clausurados, las calles bajo toque de queda. Recorre el barrio, respirando un aire afilado, terrible, y se tranquiliza un poco, pero luego el ataque claustrofóbico deviene en agorafobia y ya no sabe qué hacer.
Acaba en el único lugar abierto, la taberna inglesa. Un bar que le gusta tanto como le horroriza. Lo único inglés que tiene es un vago ánimo decorativo y una máquina de dardos. Musicalmente está estancado en el verano de mil novecientos noventa y ocho. Lo que es como decir en el siglo pasado. Lo que empieza a ser decir mucho. Sirven botellines de Estrella Galicia, una cerveza que J no recuerda haber bebido en ningún otro lugar. Estrella de la Muerte Galicia, lo llamaba un amigo. El dueño de la taberna inglesa, o su encargado, es un cincuentón flaco, enjuto, con bigote. Los brazos le asoman de un chaleco rojo como sarmientos pelados, carne a la que uno supone el tacto de la cecina, seco, duro, viejo. La taberna comparte algunos espacios con un restaurante adyacente y de vez en cuando los cocineros pasan a beber. Con uno de ellos, marroquí y joven, el dueño o encargado mantiene largas conversaciones, cada uno a un lado de la barra, entre dientes, hieráticos, inaudibles. J y su amigo especulaban acerca de la relación que los unía. Son amantes, decía el amigo. Podrían serlo, piensa J.
Cuando entra la taberna está llena. Al fondo sillones de color magenta. Como cubiertos de una menstruación cuajada, piensa, y decide que no puede permitirse más pensamientos de ese tipo, pensamientos morbosos, de sangre degradada. Se hace un hueco en la barra. J frecuenta el bar por diversos motivos. Le gusta su desolación de media tarde, los borrachines lánguidos, las cervezas a deshora, los cuencos de frutos secos todavía sin expurgar. Y de noche, la colección de alcohólicos, de terminales, que se van colgando de la barra como grajos en el tendido eléctrico al borde de una carretera, tanteando sus copas de garrafón, un colectivo solitario, cada hombre un páramo, mezclados con los grupos de gente variopinta que solo buscan continuar la fiesta, una última oportunidad de salvar la noche. También la camarera de apoyo. En especial la camarera de apoyo que es, en realidad, a quien J frecuenta. Conoce sus horarios. J aparece en el bar y pide cerveza y fuma y mira. Saca un libro y hace como que lee. La observa sobre el borde del libro o de soslayo o la busca en el espejo de la trasbarra, su reflejo enmarcado entre cuellos de botellas. J a veces deja que ella sepa que la observa, intentando no parecer rijoso, hambriento. Es una chica rubia, de pechos grandes y facciones agradables. De algún lugar del este de Europa. Un acento grave, o quizá es la voz, algo rudo. Aún así agradable. Los ojos somnolientos, entrecerrados, finos, de un azul acuoso, un azul en el que puedes ahogarte piensa J, que hace pensar en tundras, en estepas, en largas rachas de viento batiendo el vacío, moviendo la nieve. J la observa, mira cómo sirve copas y cervezas y refrescos, cómo hace rodajas un limón, cómo se aburre, cómo enciende sus cigarrillos light y fuma y sopla el humo, cómo compone poses involuntarias, una mano en la cadera, otra en la máquina registradora, los ojos mirando hacia la calle, y cómo los terminales la importunan y se inclinan en la barra para susurrarle al oído y ella les da la espalda, lo que aprovechan para mirarle el culo, y hace como que no oye nada, ningún comentario sobre su pelo, ningún comentario sobre sus labios, y qué labios, labios como nieve rosada, ningún comentario sobre sus pechos.
J solo le dice lo imprescindible. Qué tal. Una cerveza. Qué vacío o qué lleno. ¿Me pones otra? Hace frío ahí fuera. Gracias. Muy bien. ¿Me pones otra?
Porque no hace falta más. Saben el uno del otro desde el primer momento.
Ella sonríe al verlo, no es pródiga en sonrisas, y J le pide cerveza y ella le sirve una Estrella Galicia. J no sabe qué pensar acerca de su sonrisa. Le pareció triste al principio, luego inescrutable, luego incognoscible. Los misterios del alma rusa, aunque ella no es rusa, sospecha J. ¿El alma eslava? ¿El alma euroasiática? J está leyendo demasiado a determinados autores.
Al pedir la segunda cerveza ella le pide fuego. J le alarga el mechero pero ella no hace ademán de cogerlo y es J el que hace girar la ruedecilla y prende del cigarrillo. Ella da una calada y lo mira a los ojos y dice: Gracias. Con su voz que es un trozo de iceberg a la deriva.
J se enamora con facilidad. J construye personajes. J se enamora de chicas a las que observa en la lejanía y atribuye virtudes, pasados, cicatrices, historias. J confunde persona y personaje. J es realista al respecto.
J bebe cervezas, más de las que cabalmente debería beber, y la camarera le pide fuego dos veces más, mirándole a los ojos. Le hace apartes al vaciar su cenicero. Banalidades acerca de la música, del humo que enturbia el ambiente, el desafuero de la clientela. J aguarda y al pedir la que decide será su última cerveza le pregunta a qué hora termina de trabajar. Suena Cindy Lauper. Ella lo mira como si calibrase a un duelista. Lo mira como midiendo el alcance de la pregunta. Le dice a qué hora termina. Añade: Espérame.
J espera en el callejón de atrás, las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, exhalando nubecillas de aliento. Ella sale al rato. Lleva un par de cervezas escamoteadas bajo el abrigo. Brindan y beben y se miran a los ojos. Desde el local llegan las notas lejanas de Bamboleo.
¿Por qué hemos brindado?, pregunta J.
Por nada, dice ella.
Bien. Por nada.
Brindan otra vez. Ella le pregunta cómo se llama y J dice que se llama C. Ella se llama N. Caminan por la luz amarilla de las farolas. Resumen sus vidas en biografías fragmentadas, comprensibles. Ella menciona su país de origen, su ciudad. J hace lo mismo. Median abismos entre los lugares en los que nacieron. J le hace preguntas para que ella hable, para escuchar su voz. Caminan mucho rato, dejan las botellas vacías en la acera, hablan de todo lo que se puede hablar en semejante situación. Caminan hasta que ella dice: Aquí vivo.
Se hace un poco de rogar y J bromea y hace que ría. Se siente un impostor. Siente lo que siente cuando no le importa lo que va a pasar. Al final lo invita a subir. Vive en un tercero. En el ascensor no hablan, no se miran, se rozan, abrigo contra abrigo, pantalón contra pantalón. Crepitan fuerzas oscuras, gravitacionales, eléctricas. Ella no enciende la luz al entrar en su piso. Lo guía en la penumbra. Ve formas de muebles, un perchero, un aparador, la línea recta de una pasillo, dejan puertas atrás. Ella lo mete en una habitación y enciende la luz. Espera un momento, le pide. ¿Hay alguien?, pregunta J. No, nadie, dice N. Dame tu abrigo.
Se lleva los abrigos a otro lugar, quizá al perchero del pasillo. La habitación debe ser su cuarto, supone él. Una cama con un cobertor azul, un corcho en una pared repleto de fotografías. Se asoma a la ventana y mira una calle desierta. Puede que haya niebla o es que el paisaje ha perdido perspectiva, se ha desfocalizado, comienza a borrarse, prolegómeno del fin del mundo. J cierra los ojos y se pellizca el entrecejo y aprieta mucho los párpados y vuelve a mirar por la ventana. Puede que el cristal esté sucio. Puede que las líneas ya no converjan hacia un punto en el horizonte.
Abandona la ventana y mira las fotos. Estampas familiares, cumpleaños, viajes, romerías, un campo ajeno y extraño aplastado por el cielo. Los abuelos posando el día de su boda en tonos sepias, ropajes atávicos, mirando al objetivo con la seriedad de ministros de Dios. J está lo bastante borracho como para no reparar hasta la última fotografía en que N aparece duplicada en todas las imágenes, desde niña. Dos veces ella, rubia, risueña, con coletas, con vestidos de verano, en ceremonias religiosas de iconografía desconocida. J mira la última de las fotografías, estremecido.
Es mi hermana, susurra N a su lado. Mi hermana gemela.
J gira la cabeza. Se ha recogido el pelo en una coleta y le parece más hermosa que nunca, aunque en realidad está más ojerosa, más ajada, más deslucida. A pesar de todo le parece tan hermosa que siente miedo. Tu hermana, dice J.
Sí. Esa foto es de antes de irnos.
Posan en un balcón, un paisaje de edificios a sus espaldas. Debe ser verano porque llevan ropa ligera y entre ellas en una mesa hay botellas de refrescos y vasos, un cenicero, un paquete verde de cigarrillos. Fotografiadas una tarde de domingo, un día de vacaciones, pasando el rato. A J le parece la imagen más triste que ha visto. No la más desgarradora, no la más dolorosa, sino la más triste. De un desconsuelo turbio, exento de tragedia que lo justifique. La tristeza no emana de sus poses o de sus expresiones, que parecen más bien preparadas para la tristeza, preparadas contra la tristeza, casi con los dientes apretados. La tristeza surge, se desparrama, de la composición de la imagen, la distribución de las botellas y los vasos, de las colillas en el cenicero, de los dibujos de la ceniza, de la ciudad que se abre a sus espaldas y se hace infinita, de detalles minúsculos, indefinibles, insoportables, inenarrables, de los edificios que son colmenas abandonadas, de las ventanas que son ojos ciegos, de las calles que llevan hacia ninguna parte.
N coge la fotografía y quita la chincheta. Mira, dice. Somos idénticas. Nadie puede distinguirnos.
J no mira la fotografía. Ya lo veo, dice.
Es mi foto favorita, dice N. La sostiene con las dos manos y clava los ojos en ella como si fuera una pantalla en que se desarrollase una escena. J le hace girar la fotografía, con la esperanza de que su espantoso encanto haya desaparecido, igual que se esfuman tan pronto las pesadillas, pero sigue siendo tan desoladora como mirar un desierto polar, una nada blanca, una nada llena de cosas, un vacío saturado de presencias.
¿Quién soy yo?
¿Cómo?
N le entrega la fotografía. ¿Quién soy yo?, dice.
J señala. Ésta.
N se ríe.
No. Soy la otra.
J aprieta la fotografía contra el corcho, dejando sus huellas visiblemente marcadas en ella, lo que N no percibe o no le importa, y coloca la chincheta.
¿Quieres tomar algo?, le dice ella. Una cerveza, una Coca Cola.
Una cerveza.
N sale de la habitación. J la sigue hasta la puerta y asoma la cabeza a las tinieblas del pasillo y ve cómo desaparece y una puerta se cierra y un haz de luz se enciende a ras de suelo. Cree escuchar una voz, un murmullo. Alguien que habla para sí o habla a una persona medio dormida sin querer despertarla del todo. J estira el cuello, ladea la cabeza, pero no escucha más. No está seguro de haber escuchado algo en primer lugar. Se aleja del pasillo y se queda plantado en el centro de la habitación, de espaldas al corcho, mirando el cobertor azul. Se frota las sienes. Por dios, dice. Por dios.
Cuando ella vuelve lleva una lata de cerveza en cada mano. Toma, dice.
¿Hay alguien más?
Ella extiende un brazo, ofreciendo la lata. ¿Cómo?
Que si hay alguien más. En el piso. Otra persona.
No, dice ella, muy seria.
¿Seguro?
Ella frunce el ceño. No hay nadie más, dice.
En la muñeca del brazo extendido lleva una pulsera negra. J no está seguro de si la llevaba antes. ¿Por qué te has hecho la coleta?, dice.
Para estar más cómoda. Malinterpreta la pregunta y dice: ¿Quieres que me lo suelte?
J traga saliva. Sí, dice, y coge la cerveza. Ella deja la lata en la mesita de noche y se suelta el pelo y su melena rubia se abre en abanico y es como el trigo al sol y J siente que, por una vez, no tiene más tiempo que perder. Abandona también la cerveza y se acerca a ella. El encuentro es previsible, sencillo, pero no desprovisto de gracia e inspiración. Ella prefiere estar debajo y se aferra a su espalda con los talones y le hunde los dedos en la nunca. Él briega y se esfuerza y cierra los ojos y aprieta el rostro contra su rostro y al final, en un momento que también debería ser blanco, limpio como una racha de viento estepario, se le cruzan imágenes confusas de una antigua amante, una chica que creía olvidada, una chica por la que creyó que iba a morir.
N le acaricia la cabeza un rato y le dice cosas que no entiende. Palabras, una nana, un cuento infantil, todo en su lengua vernácula, comprensible por su cadencia, por su invitación al sueño, y J sueña con las calles de una ciudad desconocida, semáforos que se balancean apagados, peatones que se arrojan al asfalto y escenifican con el tráfico una precaria coreografía de impactos anunciados y a J, que observa desde las alturas imposibles del soñador, le parece que son las personas las que buscan chocar con los coches imbuidas de una determinación zombi que no deja ninguna esperanza a las máquinas, y con una salva de aplausos envueltos en estática que pone fin a un recital de música balcánica, un viejo disco de pizarra que gira, la aguja que lo araña, los crujidos del abandono. Despierta de esos y otros sueños extraños y N duerme a su lado. Sale con cuidado de la cama y busca sus pantalones y en sus pantalones busca tabaco. Entreabre la ventana y fuma soplando el humo a la calle, tiritando, desnudo. Clarea a lo lejos. J siente una tristeza tan inmensa que le parece que va a echarse a llorar. Le tiemblan los hombros, le tiemblan los huesos. Tira el cigarrillo por la ventana. N murmura algo en sueños. Está tendida de costado, el cobertor azul cubriéndola hasta la mitad de la espalda. J se acerca y se agacha junto a la cama y mira su rostro. Los ojos que se mueven bajo los párpados mirando las facetas cambiantes de otro mundo, tan real como éste, apenas un poco más volátil. Le acaricia el pelo. N no se despierta.
¿Quién eres tú?, dice J.

Ésta es una historia que, por motivos que no comprende, no desea contarle a nadie. Pero sí la escribirá. Porque él lo escribe todo.

9 Comments:

Anonymous Crátero said...

Una grata sorpresa.
Tus relatos son como cartas, y cada vez que veo uno nuevo me pongo contento.

Brindo por muchas más alegrías.

20 enero, 2008 22:16  
Anonymous vil-mendez said...

De primero un ¡Marica ya era hora!

Grande. Me ha gustado mucho. Y eso de esperar haciendo como que lees es muy tuyo, lo se.

22 enero, 2008 21:41  
Blogger getchell said...

Bravo. Se echaba de menos leer algo por este blog. Nuestras sospechas se han resuelto: Alvargonzález estaba escribiendo nuevas historias.

Viva McCArthy

23 enero, 2008 17:38  
Anonymous vil-mendez said...

¡te he visto en la cnn+ fumando en la mismísima cara de los niños españoles! ¡la madre que te parió, el puto humphrey bogart con un fondo de ladrillo visto! ¿se podrá ser mas castizo que eso?

05 febrero, 2008 02:31  
Anonymous L. said...

L.
No dejo de preguntarme qué pensarán de J. sus desdichados compañeros de piso.

10 febrero, 2008 14:34  
Blogger Rain said...

Las gemelas y la historia de J hace una historia fluida donde eso que se llama misterio está allí fluyendo hacia sus desenlace Porque dotas a tu relato de esos vasos comunicantes con el que lee: le das visos y sugestiones y más allá esa inaprehensible otredad de los personajes
Aquí, volviendo J Alvargonzález...

12 febrero, 2008 00:11  
Anonymous John Wilkes Booth said...

Aunque supura tristeza y horror vacui por los cuatro costados, me haces sonreir y pasarmelo como un enano. Depurado a tope y engrasado como un reloj suizo. Grande.
Te sigo con paso lento, pero te sigo.
Como siempre un placer.

24 febrero, 2008 19:13  
Anonymous fue madrid mientras duró said...

Arriba la taberna inglesa , su enjuto camarero con bigote y su amante moro, su decoración a lo gran hotel del norte, y por su puesto arriba la estrella de la muerte galicia. Grandes momentos, e inmejorable compañia en tan extraño
pero confortable lugar( o dimensión, no lo tengo claro).

24 febrero, 2008 19:21  
Anonymous Ibán said...

Ahora mismo estoy leyendo un Bolaño y a cada letra me enamoro más y más de él...

06 mayo, 2011 12:51  

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