La Gente Terrible

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martes, diciembre 23, 2008

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Un cumpleaños mudo – Munich – El fin del mundo y los meses sin escribir – Deudas y dolores – Luces de Navidad – El animal – Violenne – Los diez mejores vídeos de Dana Lustful – Hanging on the telephone

Al otro lado de la calle los vecinos estaban celebrando una fiesta de cumpleaños. Los podía ver por la ventana. Eran gente joven y se habían puesto sombreritos cónicos y soplaban matasuegras. Se lo estaban pasando muy bien, parecía. El piso lo ocupaba una pareja, un chico y una chica, y desde mi ventana y a través de la suya se podía ver un poco del salón, un sofá, un acuario, sus idas y venidas antes de dormir, la mayor parte del tiempo sentados bajo el resplandor cambiante de un televisor invisible. Era el cumpleaños de la chica. Sus amigos le llevaron una tarta y le hicieron apagar las velas. Aplaudieron. Cantaron. No se podía escuchar nada.
La puerta del apartamento se abrió y escuché el repiqueteo de las llaves de Palma. Entró en el salón desabrochándose el abrigo. ¿Qué haces a oscuras?, dijo.
Nada.
¿Espiando a los vecinos?
Están de fiesta.
¿Has conseguido verlos follar por fin?
Palma encendió la luz del salón y me alejé de la ventana. Miró la lata de cerveza que tenía en la mano pero no dijo nada.
¿Eso crees que hago?
Yo qué sé. Pero los miras mucho.
Son mejor que la tele. Ellos miran la tele, yo los miro a ellos.
Y la tele te mira a ti.
Tú me miras a mí.
Palma sonrió. ¿Qué vas a hacer hoy?
¿Qué día es hoy?
Es viernes, por Dios. Sabes que es viernes.
Bueno. Nada. ¿Y tú?
No sé. Creo que me estoy poniendo enferma. Se pasó las manos por el cuello, palpando. Mira, dijo. Toca. Tengo los ganglios inflamados.
No sé qué es un ganglio y no pienso tocar ninguno.
Idiota, dijo. ¿Quieres que hagamos algo?
No especialmente.
Palma terminó de quitarse el abrigo y lo colgó de la percha. En fin. Vamos a hacer algo.
Pensaba ver una película.
Y beber.
Sí. Y beber.
Empiezas a beber como antes.
Le pegué un sorbo a la lata. No, dije. No has visto cómo bebía antes.
Palma fue hasta el sofá y se sentó. Lo que tú digas, dijo. Pero sí que lo he visto.
Llevó las manos a sus sienes. Tengo la cabeza como un bombo.
El bolsillo empezó a vibrarme. Eh, dije. Me llaman.
Saqué el teléfono móvil y miré la pantalla. Es Dani, dije.
Tu novio.
Cállate. Tú eres mi novio, dije. Salí del salón y acepté la llamada en el pasillo. Eh, Dani. No hubo respuesta. Se escuchaba viento. El bocinazo de un coche. ¿Dani?
Javo, dijo. Javo.
Qué pasa, Dani. ¿Dónde te metes?
Necesito un favor, tío.
Yo bien, gracias. ¿Qué tal tú?
No me jodas, dijo Dani.
Un poco estresado, sabes. Vendiendo caudalímetros, llevando una vida responsable, todo eso...
Gilipollas.
¿Sí? Yo también pienso en ti de vez en cuando.
Escuché a Palma reír desde el salón.
Estoy en Munich, payaso. ¿Sabes lo que me está costando esta llamada?
Parpadeé un par de veces. ¿En Munich? ¿La ciudad?
No. En el puto musical.
¿Munich, el musical?
En la puta ciudad de Munich de la puta Alemania en el puto continente europeo.
Joder. ¿Qué haces en Munich?
Nada especial. Mira, necesito una cosa.
Yo necesito que me digas qué haces en Munich.
Dani bufó. Eso es lo de menos, dijo. No hago nada. Pasar frío en la calle. ¿Quieres hacerme caso de una vez?
Dani...
¿Cómo andas de tiempo?
Que... Bien, supongo.
Necesito que vayas a un sitio. Hay un tipo que tiene una cosa que quiero. Que necesito. El tipo pensará que eres yo, vale, así que no la jodas.
Pero... Estás de broma, ¿no?
No.
¿Pero por qué va a pensar que soy tú?
Una cuestión de confianza. Ya está. Vas, coges lo que te dé y lo guardas. Pasaré por Madrid en unos días, a la vuelta de Munich.
Todo esto suena fatal, Dani.
No es gran cosa, Javo. Sólo darte un paseo y ya está.
¿Qué me va a dar ese tipo?
Da lo mismo.
No seas idiota. Tengo que saberlo. Se supone que seré tú.
Un libro. Es un libro.
¿Te has vuelto bibliófilo? ¿Es un incunable o algo así?
Llámalo como quieras. Oye, tengo que colgar, en serio, ¿me harás el favor?
Si no hay más remedio.
Bien. Gracias.
Dani.
Dime.
¿Qué haces en Munich?
El imbécil. Eso y nada más, dijo y después colgó el teléfono.
Volví al salón, con el móvil todavía en la mano.
Palma había encendido la televisión y me miró de reojo. Qué se cuenta Dani, dijo.
No mucho. Está en un musical llamado Munich.
Palma giró la cabeza. ¿Qué?
Lo que oyes.
No, ¿en serio?
Necesita un tutú.
Eres un gilipollas.
Eso mismo me ha dicho Dani... Voy a llamar a Marcos.
¿Pasa algo?
Yo qué sé, Palma, yo qué sé.
Marcos, que yo supiera, seguía siendo compañero de piso de Dani. Pero visto lo visto, nada era seguro. Salí del salón de nuevo y busqué su nombre en la agenda del teléfono. Contestó tras unos cuantos tonos. Intercambiamos saludos y le pregunté por Dani. ¿Sabes dónde está, Marcos?
En Alemania, ¿no?
¿Qué coño hace en Alemania?
Pues... Creo que le han dado una beca. Un rollo así. Para ir a unas conferencias en no sé dónde...
¿En Munich?
Sí. Puede ser. No entiendo la mitad de lo que dice así que no le hago mucho caso.
Unas conferencias.
Es un seminario o un curso... Algo que consiguió por la facultad.
Dani aceptando una beca para ir a Alemania.
Ya rechazó otra, ¿no?
Sí. Hace mil años. Para irse a vivir allí.
Ésta es de un par de semanas.
¿Sabes si está metido en algo raro?
Marcos rió un poco. ¿Sabes tú si alguna vez ha estado metido en algo normal?
Ya.
Pues eso.
Estaba muy raro cuando he hablado con él. Hacía semanas que no daba señales de vida y de golpe está en Munich.
Parece que últimamente se ha puesto las pilas. Va mucho a la facultad, ya no lleva chándal...
¿Cómo?
Lo que te digo. Se viste como un adulto. Chaquetas y todo.
Mierda.
Nos hacemos mayores, ¿eh?
Será eso.
Charlé un poco más con Marcos y nos despedimos. Durante todo el tiempo había sostenido en una mano la lata de cerveza sin darme cuenta. Estaba caliente. La apuré de un trago. Cogí otra del frigorífico. Palma apareció por la puerta de la cocina. ¿Y bien?, dijo.
¿Y bien qué?
Venga, cuéntamelo.
Me apoyé en la encimera y le relaté la conversación con Dani. Saqué un par de cigarrillos y fumamos bajo la luz fea de la cocina. Son juegos de control, dijo Palma. Has salido de su rango de acción. Quiere volver a tenerte dentro.
Venga ya.
Plantea situaciones para ver cómo respondes. Son como pruebas. ¿Hará lo que le pido?, se pregunta.
Suena a psicópata, dije. ¿De verdad crees que es una farsa para ver lo que hago?
No es un psicópata. Pero sí una persona muy disfuncional. Tú lo sabes. Tampoco creo que sea una farsa. Seguramente toda la situación es mucho menos complicada y misteriosa de lo que parece. Pero él lo plantea de esta manera. Te pide un salto de fe.
No me gusta esa mierda.
¿Qué mierda?
Que diagnostiques a mis amigos.
Palma sonrió sin mucha alegría. Deformación profesional, dijo.
Trabajas en Recursos Humanos de una empresa que hace cajas de plástico. Qué mierda de deformación profesional es ésa.
Ya sabes lo que quiero decir. Estudié lo que estudié aunque no lo ejerza.
Me sigue pareciendo una mierda.
¿Y qué vas a hacer?
No lo sé. He dicho que haría el favor.
Ya. ¿Pero por qué no te dijo qué hacía en Munich? Ha ido a una cosa perfectamente normal. No lo dice para dar más misterio al conjunto. Para hacerlo más extraño. Así llama tu atención.
No le gusta dar explicaciones. No creo que vaya más lejos que eso.
Si tú lo dices.
Le saqué una calada al cigarrillo. Dejábamos caer la ceniza en el fregadero. Palma abrió el grifo, mojó la punta de su cigarrillo y lo tiró a la basura. Tampoco me ha dicho la dirección ahora que lo pienso, dije. Ni cuándo tengo que ir.
¿Ves? Te deja a la expectativa. Bajo su control.
La cerveza había vuelto a calentarse mientras hablábamos. Di un trago e hice una mueca. A lo mejor sí es algo complicado y misterioso, dije.
Palma se encogió de hombros. Puede.
Sí. Puede.
Pero nunca lo es, ¿verdad?
Le di un último trago a la lata. Tiré dentro la colilla del cigarrillo. La cocina se había llenado de humo. No, dije. Nunca lo es.

Durante la noche hizo un frío polar. Por la mañana las aceras estaban mojadas y salpicadas de sal y camino del desayuno mis deportivas hacían crujir suavemente el suelo. Estaba muy oscuro y soplaba el viento. No era temprano pero la cafetería en la que recalé estaba casi desierta. Una pareja en una mesa al fondo. Un tipo con el periódico en la barra. Pedí café con leche, zumo de naranja, tostada. Me dolía un poco la cabeza aunque no había bebido mucho la noche anterior. El alcohol me afectaba como a un adolescente. Tras conseguir el trabajo de los caudalímetros restringí mi consumo de alcohol por completo. Al principio me temblaban las manos, tenía ataques de ansiedad, pesadillas horribles. También reduje el consumo de café al mínimo para no alimentar el insomnio. Seguía durmiendo menos de seis horas diarias. Fumaba todavía más. Ahora me permitía pequeñas borracheras de fin de semana. Las resacas me dejaban baldado y satisfecho. Me sentía mejor. La ansiedad remitía. Ocupé una mesa con mi desayuno y primero encendí un cigarrillo y saqué del bolsillo una antología de relatos de ciencia ficción rusa dirigida por Jacques Bergier. Se escuchaba una radio detrás de la barra, quizá en la cocina. La pareja hablaba en susurros. Los camareros callaban, pasaban el trapo por la barra, ordenaban tazas y platillos. El lugar parecía bajo un hechizo o un sueño submarino. Terminé un relato que había empezado la noche anterior y apagué el cigarrillo y preparé la tostada. La comí despacio, la bajé con sorbos alternativos de zumo y café. Encendí otro cigarrillo. Leí más relatos, algunos me gustaron bastante, otros los olvidé en cuanto pasé la última página. El tipo de la barra cogió su periódico y se marchó. La pareja elevó el tono de sus susurros. No, dijo ella. No lo sé, dijo él. Los camareros siguieron en silencio. La voz de la radio era ininteligible. Afuera, podía verlo por la luna de cristal de la cafetería, el cielo estaba muy bajo y muy gris y el viento sacudía los árboles pelados de la acera. Di un sorbo al café. Nadie pasaba por la calle. Contemplé la posibilidad de que hubiera sucedido un cataclismo discreto, un holocausto que los camareros mantenían en secreto. Sonreí porque era el tipo de pensamiento que menos de un año antes me hundían en la depresión y la paranoia. Entonces tuve una imagen, como un chispazo en la oscuridad, una pantalla que destella medio segundo, la imagen de dos jóvenes, un hombre y una mujer abrigados con harapos, que revolvían escombros en una mañana helada. Aquel momento me encontró con la taza alzada en el aire y la dejé con lentitud en la mesa. Un fin del mundo sin memoria, pensé. Un fin del mundo con zombis y hombres lobo. Todavía tenía un cigarrillo humeando en el cenicero pero llevé las manos al paquete y cogí otro. Recorren el mundo, me dije. Recorren un mundo que se ha acabado y está lleno de horrores y de monstruos pero eso no es lo más grave, lo más grave es otra cosa. Un mensaje de texto me sacó de la ensoñación. Lo escribía Dani y contenía únicamente una dirección, el nombre de una calle, el número de un portal. Miré la pantalla del teléfono móvil un rato y luego guardé el aparato en el bolsillo. De vuelta al mundo de los caudalímetros, con dos cigarrillos encendidos, con una taza de café frío, con un vestigio de resaca. Sentí un repentino dolor, una nausea. Como un arañazo o una larga punzada desde la garganta al estómago. Cuando pasó recogí mis cosas y salí a la calle. Me detuve de espaldas al viento para subir el cuello de la cazadora. Pensé que hacía meses que no escribía.
En el apartamento Palma todavía estaba en pijama. Miraba la tele con una manta sobre las piernas y la nariz enrojecida.
¿Qué te pasa?, le dije.
Catarro confirmado, dijo ella. Voy a pasarme el día drogada y viendo películas.
Atravesé el salón y me asomé a la ventana. Los vecinos tenían la persiana subida. Los adornos del cumpleaños, los sombreritos de cartón, las espirales de cartulina roja y verde y azul colgando de los respaldos de las sillas, un rastro de confeti sobre el sofá.
¿Te apuntas?
¿Qué?
Que si te apuntas. Sábado de películas.
Bueno, dije. No, espera. No puedo.
¿Tienes plan?
Algo así.
Palma se estaba frotando los ojos hinchados. Me miró parpadeando y se puso las gafas. ¿Ah, sí?
He quedado para ir al cine con Gloria.
Palma formó un oh mudo con los labios. Qué me dices.
Ver una película, tomar algo por ahí...
Nivel fin de semana, dijo Palma.
¿Cómo?
No es lo mismo quedar para tomar un café un miércoles que para ir al cine un sábado. Es otro nivel. Se sonrió y extrajo un pañuelo de los pliegues de la manta. Sólo digo eso.
Ya.
Digamos que hay otras expectativas.
Sólo vamos a ver una película.
Palma se sonó los mocos. ¿Qué tienes, quince años?, dijo con la voz ahogada.
No. Es sólo que...
¿Qué?
Nada.
Javo... Tómatelo con calma. Me duele demasiado la cabeza para decirte otra cosa. Pero ya sabes a lo que me refiero. No te pongas raro. Sé encantador.
Encantador, dije.
Como tú sabes serlo. Relájate. No vayas a cada chica como si tuviera que salvarte del fin del mundo.
Volvió a sonarse los mocos. ¿Qué he dicho? ¿Por qué me miras así?
No importa, déjalo. Te haré caso. Seré encantador.
De repente sí que me sentía como si tuviera quince años. Sobrecogido por la idea de besar a una chica.

Gloria trabajaba en el mismo edificio que yo. Era una chica menuda, con el pelo oscuro y peinado hacia un lado, corto en la nunca, mechones distraídos del flequillo sobre la ceja derecha. Una boca pequeña y rosada, una naricilla salpicada de pecas, los ojos grandes y castaños. Tenía veintiocho años pero aparentaba un lustro menos. Ya me había fijado en ella antes de que comenzasen a suceder cosas. La primera vez que le dije algo fue porque se sentó frente a mí en un vagón de metro. Ella estaba leyendo Sale el espectro y yo Deudas y dolores. Se quedó un momento mirando mi libro con extrañeza y luego me miró a mí y se le escapó una sonrisa. Yo se la devolví. Después de eso comenzamos a saludarnos, primero con gestos rápidos y luego, si coincidíamos en el ascensor o en el andén del metro, hablábamos del tiempo, del libro que estuviéramos leyendo, de las horas de oficina que quedaban por lidiar. Finalmente la invité a tomar café. Resultó ser una chica simpática y agradable, justo lo que anunciaba su aspecto. También tenía la voz que cabía esperarle, suave, un poco infantil. Resultaba fácil hablar con ella. Sus puntos de vista eran predecibles, inofensivos. Le gustaba mucho Paul Auster y las películas de Sofia Coppola. Yo intentaba no pensar en ello y dejarme llevar. Hacer chistes amables. No esbozar ninguna mueca. Ser encantador.
Así que unas semanas después de aquel primer encuentro libresco estaba en la plaza de Callao, con dos entradas en el bolsillo para una película de Michael Winterbotton que no tenía ninguna gana de ver, encogido dentro de la cazadora, esperando en el frío. Miraba las luces de navidad un poco embobado. Me recordaban algo que había pasado el año anterior. Cuando me di cuenta de que Gloria llegaba la tenía casi encima, forrada contra el invierno, su abrigo negro con ribetes rojos en la solapa, la cabeza cubierta por un gorro de lana, una bufanda excesiva alzada hasta la boca. Lo siento, dijo con voz ahogada. El metro iba fatal.
Un dedo enguantado hizo bajar la bufanda y la chica sonrió. Parecía más niña que nunca. Es dos años mayor que yo, pensé.
No pasa nada, dije. Pero vamos un poco justos de tiempo.
Intenté devolverle la sonrisa pero debió salirme un poco rara porque la suya tembló un momento. De camino al cine respondí con monosílabos a sus preguntas. El frío me apretaba las mandíbulas, la cazadora no presentaba resistencia contra la noche de diciembre. Vi la película sin enterarme de nada, desmadejado en la butaca, los ojos puestos en las siluetas de cabezas que rozaban la parte baja de la pantalla. Notaba en el interior del cráneo el brote algodonado que anuncia la fiebre. Al salir del cine encendí un cigarrillo y temblé un poco. ¿Estás bien?, me preguntó Gloria. Sí, dije. Creo que me estoy poniendo malo. Mi compañera de piso tiene un catarro.
Ella dudó un momento y luego dijo: Si quieres irte a casa...
No, no pasa nada, dije. Vamos a tomar algo.
Me preguntó qué me había parecido la película y respondí algo poco comprometedor. Se puso a hablar de las películas de Winterbottom que había visto. Intenté implicarme en la conversación, pero a la altura del Dunkin’ Donuts de Gran Vía ella notó que se me iba por completo la atención. ¿Estás bien?, volvió a preguntar.
Sí, es que... Nada.
Entramos en un local de la calle Fuencarral, la mayoría de los clientes eran parejas acarameladas, velas en las mesas, iluminación indirecta, una penumbra rojiza. Ocupamos una mesa al fondo y mientras ella se desprendía de sus múltiples capas de abrigo le pregunté qué quería tomar.
¿Qué vas a tomar tú?
Una cerveza.
Vale. Yo también.
Al volver de la barra la encontré con un Nobel encendido y mirándome un poco de lado, el flequillo pendiendo sobre el ojo castaño, en una postura relajada pero a la vez incitante, el cuello descubierto y blanco, un codo sobre la mesa, el cigarrillo humeando entre el índice y el corazón, el brillo tembloroso de una vela a lo largo de la línea de su mentón delicado. No le quedaba nada del aspecto de niña y recordé lo que había ido a hacer allí. Le acerqué su cerveza, me senté frente a ella y bebí de la mía. Aproveché la descarga de endorfinas del trago para retomar el papel del tipo que ella había conocido en las citas anteriores y dejar de lado el tipo que acostumbro a ser, más hosco, más serio. Bromeé sobre el ambiente del local, tan propicio para las parejas, las confidencias y los besos, y ella rió y apartó la mirada, pero luego me miró y su sonrisa había cambiado de intención. El rato que siguió fue agradable, hablando de libros y de películas, con tono ligero, una seducción de baja intensidad, como si ya se hubieran fijado definitivamente los términos de aquella noche y no quedara ninguna prisa, sólo charlar, pasar el rato, hasta que las cervezas hicieran su efecto y hubiera que fingir una despedida, una intención de irse a casa, y entonces el consabido te acompaño al metro, al autobús nocturno, a la puerta de tu edificio, y el demorarse en el beso en la mejilla, las manos en sus caderas, hasta que ofreciera si había de ofrecerlos los labios, y luego lo demás, lo que pasa siempre, lo que viene después. Quizá fuera así de fácil, esa parte y todo, comenzar otro tipo de vida, una vida agradable con una chica agradable, cafés de media tarde y conversaciones blandas sobre literatura, sábados de cine, domingos en El Retiro, polvos lentos y suaves antes de dejarnos dormir bajo todas las mantas que necesitan chicas como ellas. Así quizá tendría sentido madrugar de lunes a viernes, salir de la cama a las seis de la mañana para ir a la oficina con los ojos arrasados y la lengua torpe, pasar el día memorizando datos insignificantes sobre caudales volumétricos y fluidos conductivos, rangos de capacidad de medidores electromagnéticos, escribir correos electrónicos llenos de cifras incomprensibles y terminología marciana en mi inglés limitado a gente de cuya existencia es posible dudar en la sede de Osaka, en la sede de Manchester, en la sede de Nueva Delhi. Tener algo con lo que equilibrar la balanza. Si te entrego esto tendré esto a cambio, a ella, una vida blanda, unos deseos blandos. No existe ninguna necesidad de complicar lo que ya es difícil. Entonces recordé una canción de Franco Battiato, El animal. ¿Qué había hecho yo con mi animal, la criatura interna que no te deja ser feliz, que te esclaviza y somete? Lo había aturdido, lo había machacado con horarios y disciplina, con madrugones, con abstinencia. El animal vivía en la insatisfacción y siempre quería más, mucho más de lo que era razonable. El animal era lo que seguía gritando por ella, la chica de Marsella, cuando ya había pasado tanto tiempo que no podía ni recordar su rostro con claridad. El animal seguía ahí, ciego y sordo y desorientado, pero ahí, royendo lento y sin objeto, pasando las uñas por el interior de mis costillas.
¿Qué estás escribiendo ahora?, dijo Gloria.
La pregunta me pilló tan ausente que me pareció que no iba dirigida a mí.
¿Qué?, dije. ¿Quién?
Ella parpadeó. Tú, dijo. Te preguntaba, bueno, si estabas escribiendo algo...
Le había dicho que escribía relatos en el segundo café que tomamos, como parte del papel a interpretar. Era algo que impresionaba a cierto tipo de chicas. Siempre me arrepentía tras haberlo dicho porque, estuviera escribiendo o no y en ese momento no escribía nada, me hacía sentir un impostor.
Varias cosas, dije. Tengo proyectos que...
Ah, dijo ella.
Varios proyectos. Cosas.
Claro. Parecía decepcionada.
Cogí el paquete de cigarrillos. Hoy estaba pensando en un relato, dije. Va de un tipo... Empieza con el tipo mudándose a un nuevo piso. Lleva maletas, cajas con libros y esas cosas.
Ajá...
Me puse un cigarrillo en la boca y lo encendí. Pues... El tipo no hace nada. No pasa nada. Compra una botella de Jack Daniel’s y se emborracha. Pero al día siguiente, con la resaca, se acerca a una cabina telefónica y llama a una antigua novia. O a una amante, no sé. A una chica que quiso mucho.
Miré la cerveza frente a mí. El vaso estaba vacío. Ella apenas mediaba su cerveza. No se me ocurría nada más que decir.
¿Y?, preguntó.
Y nada.
¿Habla con ella?
No.
Oh. Vaya.
Pero ella sí cogió el teléfono.
¿Cómo?
Él se lo cuenta a alguien después. Le dice que ella no atendió la llamada. Que menos mal, verdad, porque no tenía nada que decirle. Hacía más de dos años que no hablaban. Pero es mentira, ella sí atiende la llamada.
¿Y no le dice nada? ¿Qué hace?
Se queda escuchando su voz. Ella no dice más que hola, hola, pero él la reconoce, la siente como si todo hubiera sucedido el día anterior, como si estuviera todavía en la cafetería en la que supo que ella no le quería. No se atreve a hablar. Cuelga el teléfono.
¿Qué más pasa?
Poco más. Vuelve al piso. Coloca algunos libros. Al día siguiente va a una entrevista de trabajo y lo contratan, no sé, para vender herramientas de construcción alemanas. Se acaba el relato.
Ah, dijo Gloria. Se mordió el labio inferior, dudosa. Supongo que es una de esas historias que tienes que leer para entender del todo...
Temerosa de decir algo inapropiado. El ambiente se había vuelto repentinamente grave. Era el momento de hacer una broma para descargar la tensión que se había acumulado, retomar la ligereza, volver a la seducción distraída.
Hay algo más, dije. Algo que tampoco le ha contado a nadie.
Ella se envaró en la silla. Carraspeó. ¿Ah, sí?
Sí... Él la ha visto. Unos días antes de la llamada. Se cruza con ella por la calle, lo que no tiene sentido, porque está en otra ciudad, él huye a otra ciudad para no volver a verla, pero de repente, un día como hoy, con luces de navidad, por una calle como, digamos, la Gran Vía, se cruza con ella. Digamos que se detiene frente al Dunkin’ Donuts para encender un cigarrillo. Sin pensar en nada especial, sólo en qué bolsillo ha guardado el mechero, y ella aparece, pasa a su lado, después de dos años. Dos años. Al principio él no se lo cree. Es absurdo. Pero es ella. Unos días antes, si hubiera tenido que describirla, le habría costado, así de bloqueado tiene su recuerdo, pero la reconoce al instante. Ella pasa a sólo un par de metros, entre la gente. Lo mira y él se queda paralizado, con el cigarrillo en la boca y una mano en el bolsillo, incapaz de hacer nada. Ella lo mira y no lo reconoce o no quiere reconocerlo. Sigue caminando sin más. Él se queda como un imbécil allí parado. Cómo es posible, se pregunta. Cómo es posible.
Gloria abrió la boca, desconcertada, pero no dijo nada.
Es una historia del fin del mundo, dije. Eso es lo que es.
Tengo que ir al servicio, dijo Gloria. Yo...
Claro. Ve.
Sonrió un poco y se puso en pie. Ahora vuelvo, dijo. Fue una precisión interesante. En ese momento no habría parecido sorprendente que siguiera caminando hasta la puerta y nunca más volviera verla.
Mientras esperaba me empleé en respirar hondo. No lo estaba haciendo nada bien. Gloria no era una chica a la que contar historias raras. Era una chica con la que dejar la extrañeza a una lado, el animal bien sedado, bien dormido. Gloria, pensé, no me gustaba nada. O sí me gustaba, pero de una manera que me hacía desear apretarme contra ella y meter las manos bajo su ropa, y nada más. Un ansia real y apremiante por bajarle los pantalones, por romperle un par de botones, por hacerlo de pie y medio vestidos, gruñendo, sin hablar. Era una fantasía poco realista con respecto a ella, pero también era lo que me mantenía allí clavado.
A su vuelta, mirándola caminar entre las mesas, lo pensé de nuevo. Seguía siendo la misma chica agradable y bonita, pero no me gustaba, tan sencillo como eso, porque preferiría siempre, me volverían loco antes, las chicas con problemas, las chicas desquiciadas, las chicas con cicatrices, las chicas que escuchan música ruidosa, las chicas que escupen, las chicas que dan puñetazos, las chicas con tatuajes excesivos, las chicas de ojos turbios, chicas con padres ausentes o con padres muertos, las chicas inaccesibles, la chicas que no me quieren, las chicas con obsesiones, con una especie de fiebre, cuya frente quema como si estuvieran a punto de enloquecer también ellas. Chicas en las que por algún motivo no lograba dejar de pensar. Las chicas que alimentaban al animal y nunca lo dejaban dormir. No eran chicas que fueran a hacerme feliz. Pero a veces tenemos derecho a la pesadilla de nuestra elección.
Gloria se sentó y le dije: Lo siento. Creo que tengo que irme.

Me di cuenta de lo temprano que era al ver que el metro seguía abierto. La acompañé hasta su andén y en el momento de la despedida fue ella la que se demoró con los labios, besando la comisura de los míos. Yo sonreí, le devolví el beso, más pudoroso, y volví a alegar la enfermedad, el catarro en ciernes, me disculpé por el final abrupto de la noche. Te llamaré, ¿vale?, dije, y ella asintió y no dijo nada.
Luego fui hasta el andén que me correspondía. Los trenes dejaban grupos de fiesteros del extrarradio, acicalados para el sábado, dispuestos a todo. Hice el camino de vuelta en un vagón medio vacío, ocupado por otros desnortados, gente de aspecto triste en general. Pensaba en una botella de vino por abrir que tenía en el apartamento. En sentarme en mi habitación y beber hasta quedarme dormido, sin pensar en nada. Mañana me ocuparía de la resaca y del arrepentimiento. Me ocuparía en imaginar qué otros despertares podría haber tenido, menos solitarios, menos dolorosos. Me ocuparía en descifrar los vectores ocultos de lo que acababa de pasar.
Palma estaba dormida en el sofá. Una constelación de pañuelos de papel arrugados sobre la manta, una potente farmacología, jarabes, cápsulas, aspirinas, sobres, desplegada sobre la mesita de Ikea. Había puesto Cantando bajo la lluvia antes de quedarse dormida. Sin llegar a entrar en el salón, encendí un cigarrillo, y miré una de las escenas, Cyd Charisse con un vestido verde y fumando en una larga boquilla bailaba alrededor de Gene Kelly. Cogí la botella de vino y un vaso de la cocina y me metí en mi habitación. Busqué en la radio una emisora de música clásica, cualquier cosa instrumental, sin voces, que pudiera dejar de fondo sin prestar atención, y me serví el primer trago sentado al borde de la cama deshecha. Servía el segundo cuando sonó el teléfono móvil. La pantalla anunciaba un número restringido, como los de los edificios gubernamentales, como los de las cabinas telefónicas.
Acepté la llamada. ¿Diga?
Nadie respondió, pero se escuchaba ruido de fondo, tráfico, alguien que hablaba y se alejaba. El rugido de una motocicleta. Una respiración.
El corazón se me aceleró y se me secó la boca. Tragué una bola de ansiedad. Se me escapó algo cercano a un jadeo. ¿Eres tú?, pregunté.
Sí, dijo una voz femenina. Soy yo.

No era Violenne.

3 Comments:

Blogger Elendaewen said...

Un maldito puñal. Y tus letras.
Me pregunto qué personaje tiene más parte de emo.
Adictivo.

Felices Fiestas.

24 diciembre, 2008 16:28  
Anonymous .L. said...

Una pesadilla submarina. Y con los caudalímetros, más aún.

25 diciembre, 2008 17:37  
Blogger hijoeputa said...

No me he olvidado de los dibujos, pero me cuesta mucho coger los lápices. Me cago en la puta que bien escribe ud.

19 enero, 2009 12:26  

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