<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512</id><updated>2011-06-16T12:08:35.552+02:00</updated><title type='text'>La Gente Terrible</title><subtitle type='html'>j_alvargonzalez@hotmail.com</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>70</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-2405806557150070823</id><published>2011-06-14T18:47:00.001+02:00</published><updated>2011-06-14T18:49:03.956+02:00</updated><title type='text'>Mientras tanto...</title><content type='html'>...en otra encarnación: http://librodenotas.com/eldetectivedelpaisborroso/20527/el-fantasma-parte-primera&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-2405806557150070823?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/2405806557150070823/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=2405806557150070823' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/2405806557150070823'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/2405806557150070823'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2011/06/mientras-tanto.html' title='Mientras tanto...'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-4001420525820085641</id><published>2008-01-20T18:55:00.000+01:00</published><updated>2008-01-20T18:56:45.829+01:00</updated><title type='text'>sábado</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;em&gt;un relato&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;...son un príncipe y una princesa, los novios que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza, Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman  y al lado izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y siglos.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Roberto Bolaño&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;J despierta una mañana de sábado sin nada que hacer. No abre los ojos y permanece un rato con la cara enterrada en la almohada intentando negar el hecho. No estoy despierto. Si no me muevo no estoy despierto. Si no abro los ojos no estoy despierto. Pero le puede el aburrimiento y se vuelve y mira la habitación y la luz que entra por la ventana. Le duele un poco la cabeza. Recuerda haberse acostado borracho. Recuerda haber estada bebiendo y escuchando música en su habitación, cerveza y vino, unos relatos de Chejov.&lt;br /&gt;            Es un sábado como otro cualquiera y no lo es. J lleva meses sin trabajar, meses exprimiendo sus ahorros, comiendo poco y fumando mucho, saturándose de café, bebiendo a solas en su habitación. El lunes será su primer día en una empresa alemana de suministros industriales. Es un trabajo serio, jornada de ocho horas, lunes a viernes, bien pagado. No es un trabajo de supervivencia como los que él conoce. Es un trabajo en el que uno puede promoverse. Es un trabajo en el que uno puede progresar. Es un trabajo para toda la vida. Siente que está entregando algo más que su tiempo. Diría el espíritu si le obligaran a decir qué. Pero J intenta decir lo menos posible.&lt;br /&gt;            Intenta levantarse y nota que la resaca es mayor de lo que creía. Sentado al borde de la cama se sostiene la cabeza y espera. Se corrige despacio el ángulo del mundo. Siente náuseas. Cuando pasan va a la cocina y se sirve un café pasado en la taza y olisquea el cartón de leche antes de añadir un chorro. Enciende un cigarrillo. Hay una luz de tarde en la calle, una luz invernal, fría. Bebe café y fuma y piensa que le falta verdadero empeño para ser alcohólico. J bebe mucho pero tiene que esforzarse para ello. J bebe lento, metódico, sabiendo demasiado bien lo que hace. Bebe para conseguir cierta ligereza, cierta indiferencia hacia las cosas que recuerda haber alcanzado borracho, y para anestesiar el insomnio, que no vencerlo, y también para reírse a medias de sí mismo y de la miserable sombra que arroja sobre el mundo. En eso invierte las noches, en beber y leer y escuchar música. Escribe también y escribiendo sí que es compulsivo, bulímico. Escribe a borbotones, escribe aporreando el teclado del ordenador. La bebida le sirve para medir el tiempo en botellas y latas. J escribe como otros vomitan, y eso es lo que los días negros le parece lo que escribe, regurgitaciones, desechos, charcos inútiles. Los días luminosos, los buenos días, sólo le parece algo que hace, como respirar, como ir al cine, una manera entretenida de pasar las tardes y las noches y en lo que pensar durante largos trayectos en transporte público.&lt;br /&gt;            J termina el café, enciende otro cigarrillo. Mira por la ventana. Hace un bocadillo y se lo come. Bebe una Coca Cola. La resaca remite. Se le caen las paredes encima y decide dar un paseo. Es un barrio obrero y triste. Un cielo muy bajo, gris. Hace frío. J camina y todo lo que ve le parece teñido de sordidez y desencanto. Los parques, la gente, los coches aparcados, los escaparates de las tiendas cerradas o abiertas, un gato con el que se cruza en la acera y lo mira después entre dos contenedores de basura. Recuerda los días despreocupados, cuando tenía dinero en el banco y nada que hacer más que dedicarse a leer y escribir y escuchar música. Siente que se aleja de todo eso para no volver. En realidad, tampoco se preocupa demasiado. J ha llegado a conocerse en algunos aspectos. Conoce sus ciclos. Conoce sus funambulismos en el alambre de la depresión. Ha llegado a aburrirse de ellos.&lt;br /&gt;            Da un largo paseo. Si le preguntan dirá que odia pasear. Dirá que le parece estúpido y tedioso y que no tiene tiempo que perder en semejante cosa. Pero lo cierto es que da largos paseos. Lo cierto es que lo único que puede perder es tiempo. Fatigado decide volver en metro. Se arrepiente. Hay una huelga de limpieza y se acumulan en pasillos y andenes papeles y periódicos y latas y mugre diversa y en las paredes hay estrías de materia oscura, como sangre o mierda, que lo desazonan más allá del asco.&lt;br /&gt;            Compra cerveza y vino en una tienda de chinos. Ya es de noche. En su habitación coloca las botellas en la mesita de noche, apartando las viejas, y se sienta en la cama, que no es más que un diván elevado de categoría, y coge un libro, mira la portada, lo deja a un lado. Toquetea las botellas. Primero el vino. Quita el tapón, modelado en simulacro de corcho, y sirve un trago largo en el vaso de la noche anterior. El silencio lo inquieta. Los pequeños ruidos que genera parecen perderse en él. Como si se los tragara. Conecta la radio, busca música clásica. Le cuesta encontrar la emisora que le gusta, nunca está en el mismo punto del dial, una emisora flotante, lo recorre entre mares de estática, entre voces crepitantes, crujidos, retazos de idiomas desconocidos, hasta dar con la vibración grave de un chelo, con las notas como pasos de pájaro de un piano. La música clásica, sea cual sea, parece desconfigurar algo oscuro y perverso que alberga en su interior. También escucha radio deportiva y también tiene el mismo efecto. Sabe lo mismo de música clásica que de deportes. Poco o nada.&lt;br /&gt;            Bebe. Fuma. Lee. Ha terminado con Chejov pero sigue perdido en tribulaciones rusas. Acaba con la botella de vino y con el libro. Escucha la música. Mira la luz de las farolas que llega hasta su ventana, un tercer piso, y las ventanas iluminadas y las ventanas apagadas del piso de enfrente y todo el humo acumulado en la habitación. Las ventanas se apagan y se encienden, desfilan siluetas, bajan persianas. J empieza a temblar, sobre todo le tiemblan las manos. Tira ceniza a las sábanas. Mierda, dice, y es la primera vez que escucha su voz en todo el día. No, no lo es, se corrige. En la tienda. Al comprar la bebida. Tuviste que hablar. Tuviste que decir hola, buenas noches. Quiero cerveza, quiero vino. Muchas gracias. Adiós. Hasta mañana. Pero no está seguro de haber escuchado su propia voz. Se pregunta si es posible. ¿Cómo he podido hablar y no escucharme? Aguanta el ataque de claustrofobia un rato más y luego se da por vencido. Se echa a la calle, a una noche gélida, a un frío insoportable. Es muy tarde. Los edificios parecen clausurados, las calles bajo toque de queda. Recorre el barrio, respirando un aire afilado, terrible, y se tranquiliza un poco, pero luego el ataque claustrofóbico deviene en agorafobia y ya no sabe qué hacer.&lt;br /&gt;            Acaba en el único lugar abierto, la taberna inglesa. Un bar que le gusta tanto como le horroriza. Lo único inglés que tiene es un vago ánimo decorativo y una máquina de dardos. Musicalmente está estancado en el verano de mil novecientos noventa y ocho. Lo que es como decir en el siglo pasado. Lo que empieza a ser decir mucho. Sirven botellines de Estrella Galicia, una cerveza que J no recuerda haber bebido en ningún otro lugar. Estrella de la Muerte Galicia, lo llamaba un amigo. El dueño de la taberna inglesa, o su encargado, es un cincuentón flaco, enjuto, con bigote. Los brazos le asoman de un chaleco rojo como sarmientos pelados, carne a la que uno supone el tacto de la cecina, seco, duro, viejo. La taberna comparte algunos espacios con un restaurante adyacente y de vez en cuando los cocineros pasan a beber. Con uno de ellos, marroquí y joven, el dueño o encargado mantiene largas conversaciones, cada uno a un lado de la barra, entre dientes, hieráticos, inaudibles. J y su amigo especulaban acerca de la relación que los unía. Son amantes, decía el amigo. Podrían serlo, piensa J.&lt;br /&gt;            Cuando entra la taberna está llena. Al fondo sillones de color magenta. Como cubiertos de una menstruación cuajada, piensa, y decide que no puede permitirse más pensamientos de ese tipo, pensamientos morbosos, de sangre degradada. Se hace un hueco en la barra. J frecuenta el bar por diversos motivos. Le gusta su desolación de media tarde, los borrachines lánguidos, las cervezas a deshora, los cuencos de frutos secos todavía sin expurgar. Y de noche, la colección de alcohólicos, de terminales, que se van colgando de la barra como grajos en el tendido eléctrico al borde de una carretera, tanteando sus copas de garrafón, un colectivo solitario, cada hombre un páramo, mezclados con los grupos de gente variopinta que solo buscan continuar la fiesta, una última oportunidad de salvar la noche. También la camarera de apoyo. En especial la camarera de apoyo que es, en realidad, a quien J frecuenta. Conoce sus horarios. J aparece en el bar y pide cerveza y fuma y mira. Saca un libro y hace como que lee. La observa sobre el borde del libro o de soslayo o la busca en el espejo de la trasbarra, su reflejo enmarcado entre cuellos de botellas. J a veces deja que ella sepa que la observa, intentando no parecer rijoso, hambriento. Es una chica rubia, de pechos grandes y facciones agradables. De algún lugar del este de Europa. Un acento grave, o quizá es la voz, algo rudo. Aún así agradable. Los ojos somnolientos, entrecerrados, finos, de un azul acuoso, un azul en el que puedes ahogarte piensa J, que hace pensar en tundras, en estepas, en largas rachas de viento batiendo el vacío, moviendo la nieve. J la observa, mira cómo sirve copas y cervezas y refrescos, cómo hace rodajas un limón, cómo se aburre, cómo enciende sus cigarrillos light y fuma y sopla el humo, cómo compone poses involuntarias, una mano en la cadera, otra en la máquina registradora, los ojos mirando hacia la calle, y cómo los terminales la importunan y se inclinan en la barra para susurrarle al oído y ella les da la espalda, lo que aprovechan para mirarle el culo, y hace como que no oye nada, ningún comentario sobre su pelo, ningún comentario sobre sus labios, y qué labios, labios como nieve rosada, ningún comentario sobre sus pechos.&lt;br /&gt;            J solo le dice lo imprescindible. Qué tal. Una cerveza. Qué vacío o qué lleno. ¿Me pones otra? Hace frío ahí fuera. Gracias. Muy bien. ¿Me pones otra?&lt;br /&gt;            Porque no hace falta más. Saben el uno del otro desde el primer momento.&lt;br /&gt;            Ella sonríe al verlo, no es pródiga en sonrisas, y J le pide cerveza y ella le sirve una Estrella Galicia. J no sabe qué pensar acerca de su sonrisa. Le pareció triste al principio, luego inescrutable, luego incognoscible. Los misterios del alma rusa, aunque ella no es rusa, sospecha J. ¿El alma eslava? ¿El alma euroasiática? J está leyendo demasiado a determinados autores.&lt;br /&gt;            Al pedir la segunda cerveza ella le pide fuego. J le alarga el mechero pero ella no hace ademán de cogerlo y es J el que hace girar la ruedecilla y prende del cigarrillo. Ella da una calada y lo mira a los ojos y dice: Gracias. Con su voz que es un trozo de iceberg a la deriva.&lt;br /&gt;            J se enamora con facilidad. J construye personajes. J se enamora de chicas a las que observa en la lejanía y atribuye virtudes, pasados, cicatrices, historias. J confunde persona y personaje. J es realista al respecto.&lt;br /&gt;            J bebe cervezas, más de las que cabalmente debería beber, y la camarera le pide fuego dos veces más, mirándole a los ojos. Le hace apartes al vaciar su cenicero. Banalidades acerca de la música, del humo que enturbia el ambiente, el desafuero de la clientela. J aguarda y al pedir la que decide será su última cerveza le pregunta a qué hora termina de trabajar. Suena Cindy Lauper. Ella lo mira como si calibrase a un duelista. Lo mira como midiendo el alcance de la pregunta. Le dice a qué hora termina. Añade: Espérame.&lt;br /&gt;            J espera en el callejón de atrás, las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, exhalando nubecillas de aliento. Ella sale al rato. Lleva un par de cervezas escamoteadas bajo el abrigo. Brindan y beben y se miran a los ojos. Desde el local llegan las notas lejanas de Bamboleo.&lt;br /&gt;¿Por qué hemos brindado?, pregunta J.&lt;br /&gt;            Por nada, dice ella.&lt;br /&gt;            Bien. Por nada.&lt;br /&gt;            Brindan otra vez. Ella le pregunta cómo se llama y J dice que se llama C. Ella se llama N. Caminan por la luz amarilla de las farolas. Resumen sus vidas en biografías fragmentadas, comprensibles. Ella menciona su país de origen, su ciudad. J hace lo mismo. Median abismos entre los lugares en los que nacieron. J le hace preguntas para que ella hable, para escuchar su voz. Caminan mucho rato, dejan las botellas vacías en la acera, hablan de todo lo que se puede hablar en semejante situación. Caminan hasta que ella dice: Aquí vivo.&lt;br /&gt;            Se hace un poco de rogar y J bromea y hace que ría. Se siente un impostor. Siente lo que siente cuando no le importa lo que va a pasar. Al final lo invita a subir. Vive en un tercero. En el ascensor no hablan, no se miran, se rozan, abrigo contra abrigo, pantalón contra pantalón. Crepitan fuerzas oscuras, gravitacionales, eléctricas. Ella no enciende la luz al entrar en su piso. Lo guía en la penumbra. Ve formas de muebles, un perchero, un aparador, la línea recta de una pasillo, dejan puertas atrás. Ella lo mete en una habitación y enciende la luz. Espera un momento, le pide. ¿Hay alguien?, pregunta J. No, nadie, dice N. Dame tu abrigo.&lt;br /&gt;            Se lleva los abrigos a otro lugar, quizá al perchero del pasillo. La habitación debe ser su cuarto, supone él. Una cama con un cobertor azul, un corcho en una pared repleto de fotografías. Se asoma a la ventana y mira una calle desierta. Puede que haya niebla o es que el paisaje ha perdido perspectiva, se ha desfocalizado, comienza a borrarse, prolegómeno del fin del mundo. J cierra los ojos y se pellizca el entrecejo y aprieta mucho los párpados y vuelve a mirar por la ventana. Puede que el cristal esté sucio. Puede que las líneas ya no converjan hacia un punto en el horizonte.&lt;br /&gt;            Abandona la ventana y mira las fotos. Estampas familiares, cumpleaños, viajes, romerías, un campo ajeno y extraño aplastado por el cielo. Los abuelos posando el día de su boda en tonos sepias, ropajes atávicos, mirando al objetivo con la seriedad de ministros de Dios. J está lo bastante borracho como para no reparar hasta la última fotografía en que N aparece duplicada en todas las imágenes, desde niña. Dos veces ella, rubia, risueña, con coletas, con vestidos de verano, en ceremonias religiosas de iconografía desconocida. J mira la última de las fotografías, estremecido.&lt;br /&gt;            Es mi hermana, susurra N a su lado. Mi hermana gemela.&lt;br /&gt;            J gira la cabeza. Se ha recogido el pelo en una coleta y le parece más hermosa que nunca, aunque en realidad está más ojerosa, más ajada, más deslucida. A pesar de todo le parece tan hermosa que siente miedo. Tu hermana, dice J.&lt;br /&gt;            Sí. Esa foto es de antes de irnos.&lt;br /&gt;            Posan en un balcón, un paisaje de edificios a sus espaldas. Debe ser verano porque llevan ropa ligera y entre ellas en una mesa hay botellas de refrescos y vasos, un cenicero, un paquete verde de cigarrillos. Fotografiadas una tarde de domingo, un día de vacaciones, pasando el rato. A J le parece la imagen más triste que ha visto. No la más desgarradora, no la más dolorosa, sino la más triste. De un desconsuelo turbio, exento de tragedia que lo justifique. La tristeza no emana de sus poses o de sus expresiones, que parecen más bien preparadas para la tristeza, preparadas contra la tristeza, casi con los dientes apretados. La tristeza surge, se desparrama, de la composición de la imagen, la distribución de las botellas y los vasos, de las colillas en el cenicero, de los dibujos de la ceniza, de la ciudad que se abre a sus espaldas y se hace infinita, de detalles minúsculos, indefinibles, insoportables, inenarrables, de los edificios que son colmenas abandonadas, de las ventanas que son ojos ciegos, de las calles que llevan hacia ninguna parte.&lt;br /&gt;            N coge la fotografía y quita la chincheta. Mira, dice. Somos idénticas. Nadie puede distinguirnos.&lt;br /&gt;            J no mira la fotografía. Ya lo veo, dice.&lt;br /&gt;            Es mi foto favorita, dice N. La sostiene con las dos manos y clava los ojos en ella como si fuera una pantalla en que se desarrollase una escena. J le hace girar la fotografía, con la esperanza de que su espantoso encanto haya desaparecido, igual que se esfuman tan pronto las pesadillas, pero sigue siendo tan desoladora como mirar un desierto polar, una nada blanca, una nada llena de cosas, un vacío saturado de presencias.&lt;br /&gt;            ¿Quién soy yo?&lt;br /&gt;            ¿Cómo?&lt;br /&gt;            N le entrega la fotografía. ¿Quién soy yo?, dice.&lt;br /&gt;            J señala. Ésta.&lt;br /&gt;            N se ríe.&lt;br /&gt;            No. Soy la otra.&lt;br /&gt;            J aprieta la fotografía contra el corcho, dejando sus huellas visiblemente marcadas en ella, lo que N no percibe o no le importa, y coloca la chincheta.&lt;br /&gt;¿Quieres tomar algo?, le dice ella. Una cerveza, una Coca Cola.&lt;br /&gt;            Una cerveza.&lt;br /&gt;            N sale de la habitación. J la sigue hasta la puerta y asoma la cabeza a las tinieblas del pasillo y ve cómo desaparece y una puerta se cierra y un haz de luz se enciende a ras de suelo. Cree escuchar una voz, un murmullo. Alguien que habla para sí o habla a una persona medio dormida sin querer despertarla del todo. J estira el cuello, ladea la cabeza, pero no escucha más. No está seguro de haber escuchado algo en primer lugar. Se aleja del pasillo y se queda plantado en el centro de la habitación, de espaldas al corcho, mirando el cobertor azul. Se frota las sienes. Por dios, dice. Por dios.&lt;br /&gt;            Cuando ella vuelve lleva una lata de cerveza en cada mano. Toma, dice.&lt;br /&gt;            ¿Hay alguien más?&lt;br /&gt;            Ella extiende un brazo, ofreciendo la lata. ¿Cómo?&lt;br /&gt;            Que si hay alguien más. En el piso. Otra persona.&lt;br /&gt;            No, dice ella, muy seria.&lt;br /&gt;            ¿Seguro?&lt;br /&gt;            Ella frunce el ceño. No hay nadie más, dice.&lt;br /&gt;            En la muñeca del brazo extendido lleva una pulsera negra. J no está seguro de si la llevaba antes. ¿Por qué te has hecho la coleta?, dice.&lt;br /&gt;            Para estar más cómoda. Malinterpreta la pregunta y dice: ¿Quieres que me lo suelte?&lt;br /&gt;            J traga saliva. Sí, dice, y coge la cerveza. Ella deja la lata en la mesita de noche y se suelta el pelo y su melena rubia se abre en abanico y es como el trigo al sol y J siente que, por una vez, no tiene más tiempo que perder. Abandona también la cerveza y se acerca a ella. El encuentro es previsible, sencillo, pero no desprovisto de gracia e inspiración. Ella prefiere estar debajo y se aferra a su espalda con los talones y le hunde los dedos en la nunca. Él briega y se esfuerza y cierra los ojos y aprieta el rostro contra su rostro y al final, en un momento que también debería ser blanco, limpio como una racha de viento estepario, se le cruzan imágenes confusas de una antigua amante, una chica que creía olvidada, una chica por la que creyó que iba a morir.&lt;br /&gt;            N le acaricia la cabeza un rato y le dice cosas que no entiende. Palabras, una nana, un cuento infantil, todo en su lengua vernácula, comprensible por su cadencia, por su invitación al sueño, y J sueña con las calles de una ciudad desconocida, semáforos que se balancean apagados, peatones que se arrojan al asfalto y escenifican con el tráfico una precaria coreografía de impactos anunciados y a J, que observa desde las alturas imposibles del soñador, le parece que son las personas las que buscan chocar con los coches imbuidas de una determinación zombi que no deja ninguna esperanza a las máquinas, y con una salva de aplausos envueltos en estática que pone fin a un recital de música balcánica, un viejo disco de pizarra que gira, la aguja que lo araña, los crujidos del abandono. Despierta de esos y otros sueños extraños y N duerme a su lado. Sale con cuidado de la cama y busca sus pantalones y en sus pantalones busca tabaco. Entreabre la ventana y fuma soplando el humo a la calle, tiritando, desnudo. Clarea a lo lejos. J siente una tristeza tan inmensa que le parece que va a echarse a llorar. Le tiemblan los hombros, le tiemblan los huesos. Tira el cigarrillo por la ventana. N murmura algo en sueños. Está tendida de costado, el cobertor azul cubriéndola hasta la mitad de la espalda. J se acerca y se agacha junto a la cama y mira su rostro. Los ojos que se mueven bajo los párpados mirando las facetas cambiantes de otro mundo, tan real como éste, apenas un poco más volátil. Le acaricia el pelo. N no se despierta.&lt;br /&gt;            ¿Quién eres tú?, dice J.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésta es una historia que, por motivos que no comprende, no desea contarle a nadie. Pero sí la escribirá. Porque él lo escribe todo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-4001420525820085641?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/4001420525820085641/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=4001420525820085641' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4001420525820085641'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4001420525820085641'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2008/01/sbado.html' title='sábado'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-3289407903389396654</id><published>2007-10-27T17:31:00.000+02:00</published><updated>2007-10-27T17:39:12.453+02:00</updated><title type='text'>esto no es una canción de amor (V)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Parte quinta: Luz de malla&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;- Es como si... como si no hubiera un único destino- prosigue-, sino más bien la posibilidad de elegir entre muchos destinos posibles, cuyo número decrece continuamente a cada elección que hacemos, hasta que por fin queda reducido a lo que realmente nos acontece, cuando pasamos entre los hechos, a través del tiempo irrecuperable, de una manera muy parecida a la de una lente que pudiera recibir toda la luz procedente de algún vasto campo celeste de visión y reducirla a un solo punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Thomas Pynchon&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XV&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La calle era larga y estrecha. En la acera de los números impares, un locutorio, una tienda llamada Súper China Town, un edificio con la fachada cubierta de andamios, imposible discernir si lo estaban rehabilitando o tirando abajo, un contenedor de escombros, un bar, más edificios de viviendas, viejos, decrépitos. En la acera de los pares, una carnicería halal, una tienda de ultramarinos, un edificio clausurado con tablones y una oxidada plancha de metal, pintarrajeada y cubierta de carteles y papelajos de publicidad hinchados por la lluvia, otro edificio de viviendas, una papelera a la que en algún momento se le había prendido fuego y se abría en un bostezo negro, los bordes cubiertos de estalactitas de plástico gotoso. Una señora tirando de un carro de la compra calle abajo. Un marroquí en la puerta del locutorio fumando un cigarrillo oscuro, el humo muy espeso. A ambos lados farolas inermes en la luz débil de la mañana.&lt;br /&gt;Frente a mí las dos hojas de una puerta cerrada, la pintura agrietada, la cerradura vieja y oscura. Una cesta metálica para el correo comercial. Un portero automático, los botones numerados, sin etiquetas identificativas. Cuatro plantas, dos puertas por planta. Tercero C. Aquí vive. El hombre que se hace llamar Claudio Girón. Me encogí dentro de la cazadora y miré el botón gris. Solo extender a mano y pulsarlo. Acercarme al aparato y escuchar el crujido, el mar estático y crepitante de la electricidad, y la voz del hombre, en directo desde el país de los desaparecidos, mi Kurtz privado, mi corazón de las tinieblas.&lt;br /&gt;Acercar la boca a la rejilla del micrófono y decir: Sé quién eres.&lt;br /&gt;Decir: Siarhei Kamisarchuc.&lt;br /&gt;Decir: Te he encontrado.&lt;br /&gt;Esperar las palabras de la bestia. Una invitación a sus dominios.&lt;br /&gt;Más allá, la incerteza, el funambulismo, la bruma.&lt;br /&gt;Mantuve las manos dentro de la cazadora, quieto ante la puerta, envuelto en un frío húmedo que brotaba de los edificios, de la acera. La señora del carrito llegó hasta mí y me aparté para dejarla pasar. Gracias, hijo.&lt;br /&gt;El marroquí del locutorio me estaba mirando. Qué hago aquí, se preguntará. Tan temprano, mirando una puerta. Como quien intenta encontrar la contraseña mágica de la gruta de los ladrones.&lt;br /&gt;Crucé la calle y me metí en el bar. Olía a tabaco y a café y todavía a madrugada. Un hombre viejo mareaba un periódico en la barra. Me senté en un taburete, toqué la superficie de aluminio de la barra. Pedí un café. Desde donde estaba, a través de una luna de cristal, veía la puerta del edificio. Encendí un cigarrillo. El camarero manipuló la máquina de café, vetusta y roja y negra, haciéndola traquetear como una locomotora. Exhalé humo y vaho sobre la barra. Me dispuse a esperar. La vida es esto. Esto y nada más. Sea lo que sea esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día fue oscuro. Pero la madrugada es brillante. A una hora que no es nada, una hora que es tierra de nadie, la patria suspendida de los insomnes, me asomé a mirar la tormenta. Brillaban los charcos, brillaban las farolas, brillaba la lluvia. Brillaba el tráfico nocturno y lejano al otro lado del río. Estallidos violetas delineando la forma de las nubes. Ya he estado aquí, pensé. Ya he vivido este momento. La larga noche eléctrica. Miré a mi espalda, como si fuera a haber alguien esperando en la cama. Un truco de papiroflexia. El tiempo plegado sobre el espacio, mostrando dos caras de un mismo momento. Otra habitación, otra vida, la misma tormenta. Bajo el resplandor del monitor, tiñendo de azul la penumbra, dibujos de aluvión en las sábanas. La pantalla mostrando un correo electrónico por enviar. Un texto breve, sin asunto, para la dirección susurrada por Aldara Cabo. Cogí los cigarrillos de la mesa y encendí uno. Abrí la ventana para soplar el humo a la calle y verlo brillar, agujerearse de lluvia. Pasó un coche blanco, muy despacio, agitando el reflejo del mundo en los charcos. Fumé y esperé y conté los segundos y las caladas y los relámpagos y el viento empujó algo de lluvia dentro de la habitación y arrojé el cigarrillo, la brasa dejó de brillar antes de tocar la calle, y cerré la ventana. Los insomnes sabemos una cosa. Estas horas no tienen dueño. Estas horas están fuera del reloj.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envié el correo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo mejor que he escrito nunca, pensé. Unas líneas escuetas, serias, sin florituras, sin embellecedores, pero que contenían, sin mencionarla, toda mi historia, mi historia con Itziar, mi historia sin Itziar, mi historia sin mí. Como una descripción rutinaria de las conexiones de las arterias, las venas, las venillas, los capilares, toda la maraña de tubos y empalmes de nombres esdrújulos e imposibles del aparato circulatorio pero que no pudiera evitar remitir al rugido de la sangre, al estruendo de los latidos, al tráfago primordial, o la narración de los procesos del hielo, la triste enumeración de símbolos químicos, la cristalización del agua, la fusión eutéctica, el descenso crioscópico, que rebosase el absoluto prodigio alquímico de los cambios de estado, como un visto y no visto, la rosa que emerge de sus cenizas. Algo así escribí en apenas un párrafo. Un párrafo largo, sí, pero un texto breve, seco, y también honesto. Una sucesión de palabra perfecta tras palabra perfecta. Un texto que empezaba como una confesión y terminaba como una pregunta. Por supuesto, una vez enviado lo perdí para siempre. No queda ni un borrador, ni un leve recuerdo en mi memoria para reproducirlo ahora. Era una criatura nacida para ser enviada al centro de la bruma y no volver. Para llevar un mensaje e intercambiarse por otro, para adornar su cabeza los salones de un rey secreto, entre aquí y allí, otra patria suspendida, todo lo que no puedes ver compone su reino y éste es el peaje que exige. Lo mejor que he escrito nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y pensé que ya no quería escribir nada más. Nunca. Jamás. Enfrentarme a algo así. Vivir la vida como si no fuera vida, como si fuera otra cosa. Esperar de la vida más de lo que en la vida hay. No volveré a escribir, me prometí. No quiero ser un escritor, cualquier cosa menos eso. Porque qué sentido tiene seguir. Qué importan estos viejos dolores. Qué significan estas nostalgias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XVI&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Me encontré con Alejandro Rifar en un bar de Lavapiés. Cuando llegué estaba esperando acodado en la barra, una caña mediada, un cigarrillo en los labios, observando con ojo crítico las aceitunas de un platillo. Hola, dije.&lt;br /&gt;Rifar me miró y sonrió. Hombre, qué pasa.&lt;br /&gt;Aquí estamos, dije.&lt;br /&gt;Te parecerá bonito, eh. Irte sin decir nada.&lt;br /&gt;No hubo tiempo.&lt;br /&gt;Le hice un gesto al camarero y pedí una cerveza.&lt;br /&gt;Qué te pasó, ¿te dio un arrebato?&lt;br /&gt;No, dije. En realidad, no.&lt;br /&gt;¿Entonces? Rifar tiró al cigarrillo al suelo y lo pisó.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Saqué el tabaco y el mechero. Probé la cerveza. No sé, dije. Hay un momento para todo. Era el momento de largarme.&lt;br /&gt;Tienes mala cara.&lt;br /&gt;La que venía de serie.&lt;br /&gt;No, en serio. Pareces un fantasma.&lt;br /&gt;Intenté sonreír. Encendí un cigarrillo.&lt;br /&gt;¿Por qué hemos quedado aquí?, dijo Rifar.&lt;br /&gt;Estaba por el barrio. Dando una vuelta.&lt;br /&gt;Lo que hacía era estar clavado frente al edificio de Girón, bebiendo cafés con leche y leyendo la prensa deportiva que los parroquianos iban olvidando. Mi vigilancia, que ya duraba tres días, era errática y caprichosa. Me costaba concentrarme. Vigilaba dos, tres horas seguidas, y de repente tenía que salir del bar, con una horrible sensación de asfixia, y vagabundeaba, los ojos turbios, los pasos vacilantes, hasta que recuperaba el aliento en alguna calle desconocida y vagabundeaba un rato más hasta que lograba orientarme y volvía a la vigilancia o me iba a casa, convencido de que dormiría de un tirón. Pero nunca lo hacía. Me quedaba mirando el techo en la oscuridad. Contaba los segundos insomnes. Pensaba en Itziar y en Claudio Girón.&lt;br /&gt;¿Cómo está Reina?&lt;br /&gt;Como siempre, dijo Rifar, mirándome de soslayo mientras cogía su cerveza.&lt;br /&gt;¿Te ha hablado de mí?&lt;br /&gt;No, dijo Rifar. Nada de nada.&lt;br /&gt;Ya.&lt;br /&gt;Reina es así. O habla de más o calla de más. Ahora está callando. Así que algo ha pasado.&lt;br /&gt;Algo, sí.&lt;br /&gt;No te voy a preguntar qué has hecho.&lt;br /&gt;En tu familia tenéis una curiosa manera de preguntar sin preguntar.&lt;br /&gt;Rifar sonrió, bebió de su cerveza y no dijo nada.&lt;br /&gt;Le pedí un favor que no le tenía que haber pedido, dije. Que no le podía pedir.&lt;br /&gt;Rifar dejó la cerveza en la barra e hizo una mueca. Si es algo sexual más vale que no me lo cuentes o te cago a patadas.&lt;br /&gt;No, no, dije, sonriendo a medias. No es nada sexual.&lt;br /&gt;Bueno, dijo Rifar. Sacó del bolsillo un paquete de Lucky Strike y se llevó uno a la boca. Qué quieres que te diga. Es una lástima. Lo que sea que os haya pasado.&lt;br /&gt;Asentí y puse ambos codos sobre la barra y me cubrí la cabeza con las manos, el cigarrillo en los labios, el humo liándose en las pestañas. Escuché el chasquido del mechero de Rifar. Ojalá todo fuera diferente, dije.&lt;br /&gt;Ya, dijo Rifar. Pero diferente a qué.&lt;br /&gt;A cómo es.&lt;br /&gt;Sí, y qué es todo. Y en qué manera lo cambiarías.&lt;br /&gt;No lo sé. Me gustaría que fuera fácil. Que hubiera algo fácil, por una vez.&lt;br /&gt;Mira, lo que pasa conviene. ¿Conoces el dicho? Qué le vas a hacer.&lt;br /&gt;Es más fácil decirlo que aceptarlo.&lt;br /&gt;Rifar dio una calada profunda y sopló el humo y luego dijo: Cuando mi madre se fue a vivir con el chileno las cosas se pudieron muy jodidas en casa. Todavía estábamos en Buenos Aires. Mi padre se enfermó. Nos cuidaba mi abuela. Reina fue la que peor lo pasó, no quería hablar, no quería hacer nada. Esos días hubiera querido cambiarlo todo. Pero, sabes, no estuvo tan mal. Había un cine, a un par de cuadras de nuestro apartamento, y yo pasaba las tardes allí metido. Sesiones dobles de películas viejas, en blanco y negro, de guerra y de piratas. Me escapaba del colegio para ver las sesiones matinales. En una de ésas vi The Wild Bunch. Algo me hizo clic en la cabeza. Como si le dieran a un interruptor y se encendiera la luz.&lt;br /&gt;¿Cuántos años tenías?&lt;br /&gt;Ocho o nueve.&lt;br /&gt;¿Te dejaban entrar a esas películas?&lt;br /&gt;Los del cine me conocían ya. Si no me dejaban tarde o temprano me colaba a verlas, así que no se molestaban. Aprendí mucho esos días, o lo aprendí después a cuenta de esos días. Y, es curioso, pero sé que fueron días malos, malísimos, pero yo me sentía bien. Viendo películas, faltando al colegio... Mierda, me lo pasaba muy bien.&lt;br /&gt;Apuré la cerveza. Miré a Rifar que miraba el espejo tras la barra y en él los desconcertantes trazos de un mundo gemelo. Chasqueó los labios. No recuerdo el nombre del cine. Iba todos los días pero he olvidado el nombre. Cómo es posible.&lt;br /&gt;Cómo es posible, repetí.&lt;br /&gt;Bueno, dijo Rifar. Cuéntame qué estás haciendo.&lt;br /&gt;Nada, dije.&lt;br /&gt;¿Estás buscando trabajo?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Vaya, dijo Rifar. Espero que tengas ahorros.&lt;br /&gt;Algo tengo. No mucho.&lt;br /&gt;¿Estás aprovechando para escribir, entonces?&lt;br /&gt;Negué con la cabeza. Lo de escribir era más un deseo que una realidad, dije. Nunca he escrito demasiado. Algunos relatos, cuando empecé la universidad, un par de amagos de novela... Pero ya hace tiempo. No sé si estaba siendo sincero conmigo mismo. Si alguna vez he querido escribir. Ahora sé que no.&lt;br /&gt;Joder, dijo Rifar. Pues estamos bien.&lt;br /&gt;Tengo que resolver un par de cosas. Después ya veré qué pasa.&lt;br /&gt;Rifar suspiró y alzó su cerveza como si hiciera un brindis y bebió. Tú sabrás, dijo.&lt;br /&gt;Bebí también y me eché un vistazo en el reflejo tras la barra y aparté los ojos hacia la calle. Algo pasaba en el cielo. El aire se estaba llenando de luz. Justo a la hora en que el sol decaía, en aquel día gris, la luz empezaba a desbordarse. Una luz color melocotón, tamizada pero extrañamente viva. Iluminaba la calle, tendiendo una pátina sobre las aceras, el asfalto, las ventanillas de los coches, la gente que caminaba, matices distintos en cada superficie. Salí a la puerta del bar, miré hacia el cielo nublado, sin rastro de sol. Sin embargo, la luz. De dónde sale, me dije. Qué está pasando.&lt;br /&gt;Rifar se asomó a la calle también. ¿Qué haces?&lt;br /&gt;¿No lo ves?, dije.&lt;br /&gt;No, ¿qué?&lt;br /&gt;¿No lo ves?&lt;br /&gt;¿Ver qué?&lt;br /&gt;Nada, dije.&lt;br /&gt;Quizá sean mis ojos. Quizá sea el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XVII&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Gente apresurada en las aceras y tráfico detenido en el asfalto. Primera hora de la noche, el rumor de los motores, las conversaciones fragmentadas por los teléfonos móviles, el turbio aliento de los tubos de escape, un olor de especias y picantes desde un local que servía comida para llevar en una barra exterior, perfumes femeninos en vaharadas breves, aromas conocidos y desconocidos, algunos hirientes, otros agradables, todos inscritos en el frío aire nocturno. Esperando al cambio de color de un semáforo me fijé en una niña que me miraba. Iba en un carrito y era rubia y ya tenía un par de bonitos pendientes verdes. Su madre apoyaba una mano en el carrito y con la otra sostenía un teléfono móvil contra la oreja. No hablaba. La niña me miraba con los ojos muy abiertos y ninguna expresión en el rostro. Le saqué la lengua, bizqueé un poco, pero la niña continuó mirándome con seriedad. Sonreí pero eso tampoco funcionó. La madre empezó a mirarme, frunciendo el ceño. Bajó el teléfono móvil con lentitud. Le sonreí también a ella. El semáforo cambió de color y eché a andar. Recordé una escena parecida, años atrás, Itziar y yo en el metro. Una mujer llevaba a un niño en el regazo y el niño no dejaba de mirarme. Itziar me lo hizo notar. Te miran mucho los niños, dijo. ¿No te has dado cuenta?&lt;br /&gt;Será la barba, dije entonces. Ahora volvía a llevar barba, descuidada y rala.&lt;br /&gt;Una sirena aulló en alguna parte. Fue a lo primero que me acostumbré al llegar a esta ciudad, en días tan oscuros como estos, el constante aullar de las sirenas. Tantas que creía que se había producido una desgracia en alguna parte. No dejaron de sonar y yo dejé de escucharlas. Las escucho de nuevo. Una desgracia en alguna parte. Constantemente.&lt;br /&gt;Seguí caminando hasta el bar y me senté en la barra y el camarero vino y me puso un café con leche. Gracias, dije. El camarero no dijo nada. Nunca decía nada. Reponía los cafés a un gesto de la mano, como un entrenado siervo victoriano, y ya nunca tenía que pedir el primero, sólo ocupar mi lugar habitual. Me senté de forma que pudiera vigilar la puerta, el clausurado agujero al País de las Atrocidades, sin forzar demasiado la postura. Era la peor hora para la vigilancia porque la iluminación interior rebotaba en los cristales y me devolvía mi imagen en lugar de filtrar la de la calle, confundiéndolas ambas en el mismo borrón. Soplé el café, rodeé la taza con las manos, absorbiendo el calor con la piel y con los huesos, y después saqué los cigarrillos y encendí uno y me pregunté si realmente me apetecía fumar. El resto de clientes bebían vinos y cervezas y refrescos, pero yo bebía café a todas horas. Miré por el cristal, me miré las manos, miré la brasa avanzar por el cigarrillo. Recordé otro momento, todavía más lejano en el tiempo. Esperando el cambio de color de un semáforo vi cómo un murciélago se estrellaba contra los bajos de un autobús de línea. El quedo golpe contra la cubierta de plástico sobre la rueda trasera. Me quedé mirando el bulto oscuro y quieto contra el asfalto. El autobús arrancó y un coche pasó y luego otro y el murciélago desapareció. Aquello me hizo pensar en animales muertos. En el gato que una vez vi en una cuneta casi partido en dos, su interior desparramado con el aspecto de la mostaza caducada por los matorrales y la grava, y el olor que desprendía, como una puñalada en las fosas nasales y que se agarraba al fondo de la garganta para no irse en mucho tiempo. También pensé en el recurso de algunos documentales de grabar la descomposición de un cadáver y montarlo en una versión abreviada y rápida, el cuerpo hinchándose y deshinchándose y volviéndose a hinchar, exudando humores, borboteando gases, los ojos que explotan, la sonrisa rigurosa e impúdica, la piel que se estira y se contrae y se rasga, los huesos blancos y húmedos, el trajín acelerado y loco de los gusanos.&lt;br /&gt;No puede entrar con el perro, dijo el camarero.&lt;br /&gt;Es solo un momento. Voy a comprar cigarrillos.&lt;br /&gt;Estaba mirando los posos del café en la taza cuando escuché la voz del hombre. Hacía un buen rato que no miraba otra cosa. Me volví muy despacio en el taburete. El hombre estaba junto a la máquina de tabaco de la entrada. Llevaba un perro negro y lanudo de la correa, un perro viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua colgando fuera de la boca. El hombre pulsó un botón. Cogió un paquete de Marlboro de la máquina. Gracias, le dijo al camarero y tiró de la correa y salió a la calle.&lt;br /&gt;Abrí y cerré los ojos un par de veces porque el bar se había vuelto impreciso y voluble y la inclinación del suelo traicionera para mis pies. Podía notar el pulso en la lengua, tal era la fuerza de los latidos. Un repentino sudor helado. Pagué los cafés, conté hasta diez, respirando hondo, y fui tras el hombre, pensando en las esquinas que podía haber doblado, los callejones que se le ofrecían para desaparecer, pensado que mi vigilancia no podría sostenerse ni un día más, ya no, porque preguntarme si me estaba volviendo loco era mi último atisbo de cordura. Iban calle arriba, hombre y perro con el mismo paso pausado, la correa floja. El hombre tenía el pelo blanco y era muy delgado. Una gabardina marrón. Zapatos negros. La edad le pesaba en los hombros pero estiraba el cuello flaco y arrugado y erguía la cabeza ante la noche y las farolas. Porte militar. Tiene que ser, me dije. Es. Es.&lt;br /&gt;Los seguí durante unos minutos hasta que llegaron a un parque y el hombre se inclinó y soltó al perro y lo miró correr alrededor de una fuente. Entré en el parque y me senté en un banco alejado. Olía a tierra mojada, a árboles y hierba y a orines de perro. El hombre fumaba un cigarrillo. Manos largas y amarillentas, la correa enrollada en una de ellas. Los ojos entrecerrados, plácidos, observando el paisaje del frío. Por mimetismo saqué un cigarrillo y lo encendí, la cabeza vuelta hacia una dirección simulada, los ojos vueltos hacia el hombre, manteniéndolo en la periferia de mi visión. Los árboles susurraban al viento. Las ramas estaban llenas de pájaros. Se sacudían el plumaje, revoloteaban, piaban en la oscuridad como si hablaran en sueños. El perro corría con desgana. Accionaba los músculos y las articulaciones quizá por más sentido del deber que por apetencia. Le ladró a los árboles y a los pájaros en ellos y el hombre chistó una vez y el perro enmudeció. El hombre sacó otro cigarrillo y lo encendió con el anterior. Uno de los míos, pensé. Cómo es posible que sigas vivo. Cómo es posible.&lt;br /&gt;Yo tiré mi cigarrillo y metí las manos en la cazadora insuficiente y tirité y esperé. Contemplé al hombre fumar. En un par de ocasiones el hombre miró en mi dirección con la misma plácida ausencia en la mirada, igual que si el banco estuviera vacío.&lt;br /&gt;Finalmente el perro defecó y el hombre sacó una bolsita de plástico del bolsillo de la gabardina y recogió la deposición para tirarla a una papelera. Enganchó la correa al collar del perro y se marcharon del parque. Los seguí por calles oscuras. La ciudad parecía despoblarse a su paso y las pocas gentes con las que nos cruzamos eran sombras huidizas en los portales, agazapadas en los contenedores de basura. El hombre seguía fumando y hubiera podido guiarme con solo las espirales azuladas de su cigarrillo que lucían como formaciones planctónicas filtradas por la luz de malla de la noche.&lt;br /&gt;En una calle más transitada el hombre cambió de acera y mientras yo esperaba a que el tráfico me dejara paso se detuvo frente al escaparate de una tienda y estuvo mirando con atención. Después echó a caminar otra vez. Miré cómo se alejaba. Estábamos cerca de su casa y supuse que el paseo terminaba. Cuando el tráfico me lo permitió me acerqué al escaparate que había estado mirando. Era una tienda de artículos de cuero, expuestos tras el cristal chaquetones y gabanes y cinturones trenzados y botas y carteras e incluso una vistosa silla de montar y también un amplio surtido de navajas y cuchillos de monte en sus fundas curtidas al cromo y acharoladas o en cajas de madera con el interior forrado de terciopelo verde, y la cola y la silicona que sostenían el cristal en su marco no impedían que el olor del cuero fuera fuerte y mareante. El escaparate reflejaba el tramo exacto de la acera contraría donde había esperado a cruzar la calle. El mismo lugar desde donde había mirado su espalda mientras el hombre me miraba la cara.&lt;br /&gt;Sabe que estoy aquí. Sabe que existo.&lt;br /&gt;Calle abajo el hombre se detenía para que el perro olisquease los restos de la papelera incendiada. No fumaba ya. Sus ojos recorrían las fachadas de los edificios, el reflejo brillante de las farolas en los coches aparcados en la acera. El hombre llevó al perro hasta la puerta y extrajo un manojo de llaves de su pantalón e introdujo una en la cerradura pero no la hizo girar. El hombre agachó la cabeza un instante, los ojos cerrados, y sacó la llave de la cerradura y se volvió para mirarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existen ojos que son más que esferas gelatinosas llenas de humores vítreos y cristalinos, más que las partes que los componen, más que el espacio que ocupan en su cuenca. Existen ojos que son más que meros testigos del mundo. Existen ojos que escupen su propia versión de la realidad y de los hechos y está escrito el vacío y el absoluto en su opacidad y en las arrugas que los circundan como si fueran mapas de lo pasado y lo venidero y el doloroso trámite entre ambas cosas. Existen ojos acostumbrados a distinguir entre lo válido y lo caduco, lo transitorio y lo permanente, la vida y la muerte, y a decidir en consecuencia lo que ha de desaparecer, lo que puede continuar. Existen ojos que cansados de tanto mirar al mundo empiezan a devolver los fantasmas de sus mundos internos, ojos que son mundos en sí mismos, mundos incandescentes que gravitan y describen órbitas alrededor de estrellas muertas y lejanas cuya luz ya solo se encuentra en la memoria. Existen ojos como bocas de horno. Existen ojos como noches de tormenta, y así eran los ojos de Claudio Girón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre permaneció mirándome en la inexplicable quietud de la calle, esperando. Viejo y frágil, anclado a la acera por el peso de su gabardina, el viento moviendo los bajos contra sus piernas, la correa del perro laxa y curva, el manojo de llaves repicando con suavidad. El rostro impasible, los ojos mudos interrogantes, como un duelista congelado hasta que la noche termine, aguardando lo que el sol traiga, dispuesto a cumplir con los requerimientos y las briegas de su oficio sin más aspavientos que los necesarios. Qué esperas, viejo. Qué haces. Habla de una vez. Qué noticias traes de la oscuridad exterior. Qué puedes contarme. No creas que me corresponde a mí la primera palabra. La primera palabra es tu prerrogativa.&lt;br /&gt;Nada cambió y de entre todo lo que los ojos eran y contenían entendí al fin lo que estaba viendo. Lo que había en su mirada.&lt;br /&gt;Cree que he venido a matarlo.&lt;br /&gt;El hombre tenía miedo.&lt;br /&gt;Cree que ésta es la noche en que las venganzas se consuman.&lt;br /&gt;Miedo del extraño que lo persigue en la noche, miedo de sus intenciones oscuras y de su paso vacilante, y miedo de la propia decrepitud, del irresistible paso de los años, de su larga y terrible sombra. Claudio Girón, el asesino Claudio Girón, la bestia Claudio Girón, estaba aterrorizado. Claudio Girón veía fantasmas. Claudio Girón se aprestaba para morir.&lt;br /&gt;La quietud de la calle se rompió. Como animales muertos en un documental los segundos se aceleraron y estallaron sobre nosotros y los coches arrancaron y los transeúntes nos rodearon y circularon y el perro rompió a aullar y para que no cupiese duda o pudiera ser descartado como una pesadilla o una alucinación sostuve la mirada de aquellos ojos que eran testigos y responsables de eventos inimaginables y alcé la mano en un gesto que nació con los hombres y les pertenece solo a ellos y que no es saludo ni despedida, quizá reconocimiento, quizá una promesa y un desafío. Sé quién eres. Sé quién soy. Esta historia acaba aquí.&lt;br /&gt;Metí las manos en la cazadora, giré sobre mis talones y me alejé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca volví a ver a Claudio Girón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;XVIII&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Itziar despertó temprano. Apartó con un brazo las mantas y las sábanas y se sentó al borde de la cama. El pelo revuelto, el rostro hinchado de sueño. Puedo imaginarla, los mechones desordenados a contraluz en la venta, la indecisión gris del amanecer. Los pantalones del pijama, holgados y a cuadros rojos y negros, una camiseta de manga larga, oscura, cálida. La mañana en que decidió borrarse del mundo. Fue al cuarto de baño, sin encontrar a ninguna de sus dobles por el camino, y en el silencio de madrugada, que no era silencio en absoluto, lleno del rumor de los coches en la calle, de cisternas vaciándose en los pisos superiores, tuberías que vibran y el martilleo lejano de una obra, se lavó la cara y se miró en el espejo con atención. Perlitas de agua sobre las cejas rubias. Los ojos enrojecidos y acuosos. Abrió el grifo de agua caliente en la ducha y se desnudó y entró con cuidado en la bañera. Volvió a su cuarto envuelta en una toalla, el pijama y el sujetador y las braguitas una bola apretada en su puño, y tiró la ropa, como si fuera a volver alguna vez para echarla a la lavadora, a un cesto de mimbre y dejó también allí la toalla. Permaneció desnuda, temblando un poco, la piel erizada, observándose en el espejo junto a su cama. Un espejo alargado y rectangular que la duplicaba de las rodillas a la coronilla. Se abrazó el cuerpo, se cubrió los pezones empequeñecidos. Como si sus ojos en el cristal fueran ojos que pudieran escrutarla. Como si pudiera así aplacar el frío y la oscuridad de la habitación. Abrió el armario, se vistió con lentitud. Un sujetador gris, unas bragas blancas. Calcetines verdes. Pantalones vaqueros. Una camiseta azul oscuro. Se cepilló el pelo y lo recogió en una coleta y cuando se miró en el espejo sintió de nuevo que sus ojos eran otros ojos y no quiso seguir mirando. Sacó del armario una de las dos maletas que tenía, la pequeña. Cogió ropa interior, calcetines. Seleccionó otro par de pantalones, algunas camisetas, una falda que casi nunca se ponía, una camisa, una blusa. Lo dispuso sobre las sábanas. Lo dobló, lo colocó en la maleta. Hizo la cama y luego se sentó en su borde, otra vez a contraluz, en el amanecer más claro y más incuestionable, y tomó el teléfono móvil de la mesita de noche y lo encendió. Leyó mensajes antiguos. Me gustaría pensar que alguno mío que todavía perdurase codificado en la memoria del aparato. Borró todos los mensajes. Dejó el teléfono móvil en la mesita. Se calzó sus zapatillas de punta de goma blanca y fue hasta la percha y descolgó y se puso su trenca azul y tomó del asa su pequeña maleta y así ataviada y ligera de equipaje salió de la habitación y del piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XIX&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Recibí el correo electrónico unos días después. Otro texto perfecto y breve. El hermano de Itziar prescindía de saludos o de preguntas y se limitaba a transcribir lo que se sabía del último día de su hermana. Lo poco que había podido descubrir por su cuenta, lo poco que la policía y un investigador privado contratado por la familia habían desentrañado. Itziar se despertó una mañana muy temprano e hizo la maleta y se fue. Se sabe que pidió un taxi para que la llevara a la estación de Atocha y debió hacerlo desde alguna cabina o desde el teléfono de algún bar pues dejó su teléfono móvil en la habitación. En Atocha se determinó que compró un billete. Camino de una ciudad en la que, que se supiera, nunca había estado ni conocía a nadie. No se pudo precisar qué hizo con la hora que medió entre la compra del billete y la salida del tren. Pero puedo imaginar, como puedo imaginar todos y cada uno de sus movimientos, y sé que no me equivoco, que pasó el rato en alguna cafetería, bebiendo un café con leche, que compró cigarrillos y fumó uno mientras hojeaba un libro. Quizá uno de Cortázar, quizá de uno Henry Miller.&lt;br /&gt;Todavía era muy temprano cuando llegó a la ciudad. Una ciudad pequeña y somnolienta con una parte vieja llena de palacetes de piedra y callejones estrechos. Las tiendas y los comercios comenzaban a abrir. Se podía oler la noche fría en las calles. El rocío en los árboles raquíticos de las aceras. Había perros y gatos escabulléndose como proscritos de las primeras luces del día y niños que arrastraban carteras con ruedas y en los bares se servían cafés y churros y tostadas. Nadie la recuerda en esos bares o en las pensiones u hostales cercanas. Solo un hombre, un librero, pudo dar cuenta de ella. Itziar entró en una librería de viejo, conversó un rato con el propietario, compró un libro y se marchó. Esto es lo último que se sabe de ella. Después ya no hay más Itziar. Itziar ya no está. Itziar se ha ido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han de respetar unos pasos los que se disponen a desaparecer. Una liturgia privada que lo contemple todo, una ceremonia, un rito, unas abluciones, un simulacro de orden en una vida que, puede, se abandona porque no se soporta su desorden. Aquella mañana, como si me dispusiera a borrarme del mundo, desperté cuando todavía era de noche. Me senté al borde de la cama y me miré las manos y los pies y escuché el sonido de la madrugada deshaciéndose a mi alrededor. Pensé en los sueños que había tenido. Fui a la cocina y miré en la cafetera. Estaba vacía. La desenrosqué, saqué el filtro y lo miré. El residuo compacto y negro. Golpeé el filtro contra el cubo de la basura y se desprendió un medallón de café apelmazado. Enjuagué las piezas por separado, las sequé con un trapo. Monté el filtro, le eché café con una cucharilla, enrosqué la cafetera y la puse al fuego. Me encendí un cigarrillo mientras esperaba el borboteo. Me serví un café y lo bebí en la luz vaga que entraba por la ventana de la cocina. Era amargo y fuerte. Al terminarlo lavé la taza y tiré el café sobrante y desmonté otra vez la cafetera para lavarla y ponerla a secar. En el cuarto de baño me lavé la cara y me mojé las muñecas y, más despierto ya, puse el tapón en el lavamanos y acumulé agua caliente y me afeité. Me corté el pelo con unas tijeras pequeñas e inadecuadas. Hice un buen trabajo, dentro de lo que cabe. Lavé el lavamanos de espuma de afeitar y barrí el suelo de mechones de pelo. Abrí el grifo de la ducha. Me sequé en el centro exacto del cuarto de baño y, tiritando, pasé la mano por el espejo empañado y observé la extrañeza lampiña de mi propio rostro. Me vestí en la habitación y barrí el suelo de pelusas y polvo acumulado y pasé un paño sobre la mesa y el monitor del ordenador y por la estantería. Vacié el cenicero en la papelera, soplé las cenizas por la ventana. Metí toda la ropa sucia en una bolsa de plástico y la dejé dispuesta para ir a la lavadora. Ordené un poco el armario, cerré los cajones. Hice la cama por primera vez en meses. Cogí un libro de la estantería y lo embutí en el bolsillo interior de la cazadora y la doblé en el respaldo de la silla. Me senté al borde de la cama, el amanecer ya consumado en el cielo, y encendí un cigarrillo y lo fumé sin pensar en nada en especial. En cómo se olvidan los sueños al despertar. En las formas quebradas de la ceniza. Dejé el filtro retorcido y humeante en el cenicero. Me puse la cazadora. Miré mi habitación imaginando que no volvería a verla. Los libros. Los carteles de películas, las chinchetas en sus esquinas, el infame gotelé. El móvil en la mesita, la luz testigo haciendo un guiño ocasional. Sin maleta. Salí de la habitación y del piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamé a un taxi desde una cabina telefónica. Hacía frío y hacía sol y el cielo era azul. No quedaban charcos de lluvia. El taxi me llevó a la estación de Atocha. Compré un billete y maté el tiempo en una cafetería, hojeando el libro. Mientras el tren entraba en el andén intenté imaginar dónde había esperado ella. Si se habría sentado en alguno de los bancos rojos o si aguardaría de pie mirando el largo recorrido de los raíles grises, la grava alquitranada entre las vías. Continué leyendo en el vagón, a ratos mirando el paisaje. El desfile del extrarradio, las carreteras, las ciudades dormitorio, la progresiva ruralidad. Ganado en la dehesa que levantaba las cabezas al paso del tren. Terneros que corrían alejándose de las vías. Pájaros en el tendido eléctrico, siluetados en negro como pacientes funerarios. Un caballo paciendo en un cercado y una larga extensión de tierra verde en la que enormes rocas grises parecían haber llovido del cielo o surgido como improbables hongos graníticos.&lt;br /&gt;Horas después, anquilosado y aturdido por el viaje y la falta de sueño, llegué a la estación de la ciudad. Desde el andén entré en un vestíbulo amplio, las taquillas a un lado, una hilera de asientos de plástico al otro, un teléfono de pago en la pared. El techo del vestíbulo era alto como el de un aviario o una catedral.&lt;br /&gt;Salí a la calle y vi una rotonda y a lo lejos la estación de autobuses y un parque más allá. Caminé por la acera, echando vistazos al interior de los bares, a los escaparates de las tiendas. Imaginándola a ella. Sabiendo el camino que habría tomado. Pasé la rotonda y la estación de autobuses y antes del parque encontré la librería de viejo. Acababa de abrir y un hombre gordo sacaba un estante con ruedas a la puerta. Lo dejó allí y entró en la tienda. En el estante había una caja con libros pulcramente apilados y un cartelito de cartón que anunciaba libros a un euro. Eran novelitas rosas, manuales técnicos desfasados, textos políticos de finales de los setenta, amarillentos, desencuadernados. Cualquiera podría coger alguno de los libros o incluso la caja entera e irse sin más, pero pensé que cualquiera tan raro como para interesarse en un libro así sería tan raro también como para entrar a pagarlo. El escaparate de la librería tenía todavía la persiana metálica echada. Dudé un momento y empujé la puerta para entrar. Una campanilla repicó sobre mi cabeza. El hombre gordo estaba tras un mostrador leyendo el periódico. Me miró y arqueó las cejas. ¿Está abierto?, pregunté.&lt;br /&gt;Sí, bueno, dijo. Por qué no.&lt;br /&gt;Es muy temprano, dije.&lt;br /&gt;No importa. Pasa.&lt;br /&gt;Las paredes estaban forradas de libros hasta el techo. Era un local estrecho, con el suelo de madera alabeada por el tiempo y la humedad. Olía a papel. Mis pasos crujieron. El hombre bajó el periódico y me miró.&lt;br /&gt;Hola, dije.&lt;br /&gt;Hola, dijo. ¿Qué quieres?&lt;br /&gt;Eh... Es complicado.&lt;br /&gt;A ver. Habla.&lt;br /&gt;No es sobre libros.&lt;br /&gt;El hombre dobló el periódico y lo dejó a un lado. Sacó un paquete de Ducados y un Zippo del bolsillo de su camisa. Tú dirás.&lt;br /&gt;Quizá no lo recuerde, pero, hace más o menos un año, vino una chica...&lt;br /&gt;El hombre asintió. La chica, dijo. La chica rubia, ¿no?&lt;br /&gt;¿La recuerda?&lt;br /&gt;El hombre se encogió de hombros. Sí. Es un decir. No la recordaría ahora si no hubiera venido aquel tipo preguntando por ella. Se puso un cigarrillo en los labios y lo encendió con el mechero. Perdona, ¿fumas?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Coge uno. Empujó el paquete por el mostrador hacia mí.&lt;br /&gt;Gracias.&lt;br /&gt;El tipo decía que era detective. Ya ves. Peliculero. Me enseñó una foto de ella y la reconocí. Fue curioso que la reconociera entonces, pienso. Pero vino muy temprano, cuando acababa de abrir y... El hombre me miró, ladeando un poco la cabeza. Fue sobre esta hora, de hecho, dijo.&lt;br /&gt;¿Por eso la recordó?&lt;br /&gt;Por eso y por la conversación.&lt;br /&gt;¿De qué hablaron? Si no le importa decírmelo...&lt;br /&gt;El hombre dio una calada y sopló el humo como si meditase la respuesta. No me trates de usted, dijo. ¿Eres familia suya?&lt;br /&gt;No, dije.&lt;br /&gt;¿Entonces?&lt;br /&gt;Soy un amigo.&lt;br /&gt;¿Un amigo?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;¿Un novio?&lt;br /&gt;Algo así.&lt;br /&gt;Bueno, te diré lo mismo que le dije al tipo aquel. No recuerdo cada palabra. Hablamos de libros. La recuerdo por lo temprano que llegó y porque era simpática. Seria, pero simpática. No esa clase de gente simpática, dijo, como si hubiera una clase de gente simpática que le diese ganas de vomitar. Simpática sin más. Amable.&lt;br /&gt;Sí, dije. Lo sé.&lt;br /&gt;El detective me dijo que había desaparecido.&lt;br /&gt;Asentí. Éste fue el último sitio donde fue vista.&lt;br /&gt;Ah, ¿sí? Vaya. No me dijo adónde iba ni yo se lo pregunté, claro. En eso no puedo ayudar nada.&lt;br /&gt;Lo entiendo.&lt;br /&gt;Y tú la estás buscando.&lt;br /&gt;No lo sé, dije. Sí. Algo así.&lt;br /&gt;El hombre se retrepó en su silla y volvió a mirarme con fijeza. Fuma, dijo.&lt;br /&gt;Cogí un cigarrillo del paquete y lo encendí con el Zippo. El tabaco negro se me atravesó en la garganta y tosí un poco. Cerré la tapa del mechero, gastada y llena de arañazos.&lt;br /&gt;Eh, cuidado, dijo el hombre.&lt;br /&gt;No pasa nada, dije.&lt;br /&gt;De bajo el mostrador el hombre sacó una valva de mar ennegrecida y echó la ceniza allí. Mi cenicero, dijo. Hablamos solo un momento. De nada en particular. De libros.&lt;br /&gt;Compró un libro, ¿verdad?&lt;br /&gt;Sí. Lo cogió de la caja de fuera. Por eso entró.&lt;br /&gt;¿Qué libro?&lt;br /&gt;No lo recuerdo, dijo. Creo que era de Julio Verne. Sí. De Julio Verne. Porque se lo comenté. Que las chicas no solían comprar ese tipo de libros. Ni los chicos, si lo pienso bien. Los libros de Julio Verne ya solo los compran gente como yo.&lt;br /&gt;Un libro de Julio Verne, dije.&lt;br /&gt;Pero no recuerdo cuál. Ninguno de los famosos.&lt;br /&gt;Ya...&lt;br /&gt;¿Ya?&lt;br /&gt;Sí. Sé qué libro fue. Estoy seguro.&lt;br /&gt;El hombre frunció el ceño, pero no preguntó. Se pasó la mano por la papada.&lt;br /&gt;¿Qué hizo?, pregunté. Cuando entró. Cómo fue.&lt;br /&gt;Pues entró por la puerta, dijo señalando con el cigarrillo. Con el libro en la mano. Preguntó si estaba abierto.&lt;br /&gt;¿Cómo llevaba el pelo?&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;El pelo.&lt;br /&gt;No sé. Recogido, creo. En una coleta o un moño.&lt;br /&gt;Llevaba una maleta, ¿verdad?&lt;br /&gt;El hombre dijo que no lo recordaba,.&lt;br /&gt;¿Dónde se paró? ¿Justo aquí?&lt;br /&gt;El hombre dio una calada y aplastó el cigarrillo en la valva y sopló el humo. Si me sigues preguntando cosas así acabaré por inventármelas. Para dejarte contento. ¿Quieres que haga eso?&lt;br /&gt;No, dije.&lt;br /&gt;No recuerdo gran cosa. De hecho, ya no sé si lo que recuerdo fue tal como te lo cuento. La memoria es así. Se esfuerza por llenar los huecos. Sobre todo si no estabas prestando atención... Vino, compró el libro, se fue. Nada más. Cuando le dije que las chicas no solían comprar ese tipo de libros se rió y dijo que ella tenía interés por leerlo. Me dio el euro y se lo llevó. El libro valía más de un euro, pero no dije nada. No sé qué hacía en la caja de fuera. Un despiste.&lt;br /&gt;Gracias, dije.&lt;br /&gt;No puedo decir más.&lt;br /&gt;Lo sé. Perdón por la molestia.&lt;br /&gt;Apagué el cigarrillo en la valva e hice un gesto de despedida.&lt;br /&gt;El hombre se rascó la cabeza mirando al techo y luego dijo: ¿Crees que la encontrarás?&lt;br /&gt;No lo sé, dije. Creo que no. Creo que no quiere que la encuentren.&lt;br /&gt;A lo mejor tendrías que respetar eso.&lt;br /&gt;Sí. A lo mejor.&lt;br /&gt;Yo casi nunca entiendo lo que la gente hace o por qué lo hace. Dejé de preocuparme al respecto. Las elecciones que se hacen. Los caminos que se toman. No puedes hacer demasiado.&lt;br /&gt;Sonreí y metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Los libros son más sencillos, ¿verdad? Más fáciles de entender.&lt;br /&gt;El hombre sacudió la cabeza. Me miraba como si calibrase un nuevo factor en la ecuación de la mañana. Los libros son como cualquier otra cosa, dijo. Si te engañas con eso te engañas con todo.&lt;br /&gt;Me tengo que ir.&lt;br /&gt;El hombre levantó una mano. Que tengas suerte, dijo.&lt;br /&gt;Gracias. Buenos días.&lt;br /&gt;Buenos días, chaval.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;XX&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Hablemos de Itziar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saliendo de la librería. El pelo recogido, el libro en la mano, la maleta rodando tras ella. El resto del día a su disposición así como el resto de su vida. Los fantasmas del pasado ululando perdidos a cientos de kilómetros, en una habitación vacía y ordenada, girando alrededor de un teléfono móvil. Itziar entrando en el parque y sentándose en un banco, la trenca azul abierta, mechones rubios liberados de la coleta movidos con suavidad por el viento, abre el libro y comienza a leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El parque era grande y verde. No había fuente pero sí un estanque y en medio una escultura negra que representaba una vetusta tortuga gigante. Me senté en el banco y encendí un cigarrillo que no me apetecía en absoluto y dejé que se consumiera entre mis dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que estuviste aquí. Dónde estarás ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los sueños se confunden con la realidad. La realidad nunca se confunde con los sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sí, a veces sí, como si se inyectaran en el mundo los humores oníricos y se extendiese la textura de un sueño en lo que te rodea. Matices imposibles en el verde del césped. Palabras en el susurro de las ramas, en las hojas que caen. Un recuerdo por el que te puedes pasear. Un andén de metro, tomando sus manos, mirando sus ojos de bronce viejo. Eres una persona extraordinaria. Me alegro tanto de haberte conocido. Como una ventanilla que no dejara de romperse. Un crujido que se sostiene en el tiempo y que es lo único que importa. La fragilidad del momento perfecto, cuando la vida es exactamente lo que quieres que la vida sea...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como un espectador en un teatro que abandonase la platea para subir al escenario y apartar un poco, solo un poco, el telón y mirar su reverso probable, la imagen entre los pliegues del lienzo rojo como la sangre, Itziar sentada en una playa, la playa al final de las playas, una playa que se desdibuja, erosionada por los milenios hasta que sólo asoma su esbozo trazado en el principio de los días, el mar desenrollándose a sus pies, el rostro tintado de crepúsculo, el pelo rubio blanqueado por el sol, y el cielo que destella verde un segundo, apenas un segundo, un segundo de un millón de años, y se extiende sobre el horizonte y sobre todas las cosas como un cielo de otro mundo, un cielo extraño y ajeno, un cielo marciano, un cielo venusino, y sonríe y cierra los ojos, y después el sol se hunde, la noche llega, el fin del tiempo, una infinita belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;XXI&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;De vuelta en la estación de trenes eché un vistazo al panel de horarios y compré un billete en la taquilla. Todavía faltaban un par de horas para la salida y pensé en tomar un café o comer algo en la cafetería, pero no tenía ánimos. Me dejé caer en uno de los asientos de plástico y me dejé resbalar por el respaldo para acabar mirando al alto techo.&lt;br /&gt;Pasado un rato vacié mis bolsillos en el asiento contiguo, un par de llaves, un billete arrugado, calderilla, la tarjeta de Reina Rifar con las esquinas dobladas, rota por los bordes. Lo examiné con atención, la manera en que se habían situado, lo que pudiera leerse en su disposición de huesos y cuentas de chamán, y lo recogí todo y me levanté para ir hasta el teléfono de pago. Eché las monedas, marqué el número. Tras unos tonos el buzón de voz me informó de que podía dejar un mensaje. Me quedé callado unos largos segundos. Hola, dije al fin. Soy yo... Quería hablar contigo. No sé qué quería contarte. Me he bloqueado. Se me ha ido...&lt;br /&gt;Intenté reír pero sonó algo parecido a una graznido.&lt;br /&gt;Yo... Estoy lejos de casa. He venido a buscar a Itziar. No la he encontrado, pero no importa. Ya no importa. Tampoco me importa ya Claudio Girón. Eso es lo que quería, pedirte perdón. No quería hacer las cosas así. Nunca quiero hacer las cosas como las hago... Perdóname. Solo eso.&lt;br /&gt;La voz se me entrecortó. Carraspeé, me pasé la manga de la cazadora por los ojos. En realidad estoy bien. Muy bien. Esta ciudad es bonita. Parece un poco triste. Pero es bonita. Es una ciudad para dar paseos.&lt;br /&gt;Eché las últimas monedas y durante un momento no puede articular palabra y pensar en nada más que decir y me limpié otra vez los ojos y pensé en mí, allí de pie, en la patética estampa de mi figura doblada sobre el teléfono, y en los días perdidos y las noches interminables, en los difuntos y los desaparecidos, en los amantes, en la sangrienta historia del siglo veinte, pero qué historia no lo es, y en Itziar y en Claudio Girón y el perro lanudo, en todas nuestras pobres y miserables sombras. Ojalá estuvieras aquí, dije y colgué el teléfono.&lt;br /&gt;Después volví al asiento y me cubrí la cara con las manos y cuando me calmé pensé que me apetecía un cigarrillo. Pensé que cuando volviera a casa echaría la ropa sucia a la lavadora. Pensé que me sentaría delante del ordenador y lo pondría todo por escrito. Una palabra tras otra, imperfectas y desarticuladas, hasta dar cuenta de esta penosa y ridícula historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde, a lo mejor, me entretendré en componer una canción de amor. Una que no empalague, una que no lloriquee, una que tenga sentido. Una sin letra que nos distraiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá solo una melodía para silbar en el crepúsculo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-3289407903389396654?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/3289407903389396654/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=3289407903389396654' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/3289407903389396654'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/3289407903389396654'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/10/esto-no-es-una-cancin-de-amor-v.html' title='esto no es una canción de amor (V)'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-4917435624014239407</id><published>2007-09-27T18:45:00.000+02:00</published><updated>2007-09-27T18:47:50.124+02:00</updated><title type='text'>esto no es una canción de amor (IV)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Parte cuarta: Ojalá estuvieras aquí&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Despeñarse era un asunto mental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan Villoro&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;XIII&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñé muchas veces que hablaba contigo, le dije a Itziar. Durante meses, te soñaba. Apenas dormía. Creía que me estaba volviendo loco. No hacía nada. No leía, no escribía, no comía. Fumaba mucho. No he conseguido fumar menos desde entonces. Quería estar todo el tiempo despierto. Bloqueaba tu recuerdo con fantasías evasivas. Historias de aventuras y ciencia ficción, pastiches elaborados para matar la vigilia. No hablaba con nadie. Por las noches te soñaba, en lo poco que dormía. Tu recuerdo estaba tan bloqueado que a veces te soñaba con el nombre equivocado. Te soñaba a veces como la chica equivocada, con otra cara, otro pelo, pero eras tú siempre. Eso lo sabía al despertar. Hablaba contigo y te contaba cosas. Me moría por contarte cosas. Quería que las oyeras. Soñaba hasta que te hablaba de mis sueños. Te decía que soñaba contigo cada noche. Te decía que a veces te equivocaba el nombre. Odiaba soñarte. Odiaba despertar. Odiaba caer dormido. Me estaba volviendo loco.&lt;br /&gt;            Había ajetreo en la cafetería. Gente que iba y venía por entre las mesas. Bandejas en equilibrio, tintineo de vasos y tazas y cucharillas y dibujos de posos de café e infusiones y como una bruma dorada de cigarrillos en el aire y como el sonido ambiente de una película mal doblada, apagado, distante, con retazos de diálogos en un idioma desconocido. Le dije a Itziar: Dolía tanto pensar en ti. Pero luego dejó de doler, muy despacio, y volví a leer y a escribir y recuperé el apetito y supe que no me iba a volver loco. Cuando alguien me hablaba de ti yo me encogía de hombros y no decía nada. De vez en cuando, me despertaba y sabía que te había soñado un poco, un ratito, pero no lo recordaba. Después ni eso. Me acosté con otras mujeres. No quise a ninguna. No perdí la esperanza. No te echaba de menos.&lt;br /&gt;            Itziar no decía nada. Permanecía quieta en su silla, las manos puestas en la mesita rectangular de mármol, el aspecto de una lápida erosionada y mordida por el sol y el viento, una tacita de cristal afiligranado y asa metálica enroscada en su base, una bolsita de té rojo, el pelo rubio oscuro suelto como acostumbraba, del tono exacto de ciertas joyas antiguas, los ojos del mismo color, los párpados ribeteados de sombra, moviéndose con la extrañeza de una cámara lenta reproducida a tiempo real.&lt;br /&gt;            Y ahora esto, le dije. Después de tanto tiempo. Esto.&lt;br /&gt;            Quise agarrar sus manos, un gesto desesperado, pero había tantas cosas entre nosotros, tazas, cucharillas, ceniceros, platillos, botellas grandes y pequeñas, azucareros, paquetes de cigarrillos, objetos que se duplicaban y fundían unos con otros y se reintegraban a sí mismos y se difuminaban como nieblas de río, que supe que iba a tirarlo todo y mantuve mis manos quietas, aferradas a mis rodillas, y dije: Itziar.&lt;br /&gt;            La cafetería temblaba como un escenario sumergido.&lt;br /&gt;            No entiendo nada, dije. Nada de todo esto.&lt;br /&gt;            Abrí los ojos en la ondulación azul de la almohada. Entraba un día desagradable y mezquino por la ventana, pobre de sol y mojado. Me giré en la cama, mudando el costado sobre el que me tendía, notando el  mundo inestable y confuso girando a mi alrededor. No quería volver a dormir. Tenía la boca seca y me dolía la cabeza. Estoy enfermo, me dije. Voy a volverme loco. No quería estar despierto. Tampoco quería pensar, pero pensé en muchas cosas, en los muertos y los desaparecidos, en los amantes y los abandonados, en las diversas formas y mascaradas de la pena. Pensé en que podía recordar su rostro en sueños y en que lo recordaba más hermoso de lo que nunca había sido. Pensé en días de un desconsuelo tan fuerte y tan absurdo que parecían recuerdos prestados y pensé que habían sido mis días, todos y cada uno de ellos, así como también habían sido mis días los que pasé con ella, y los que hubo antes de ella, y como habían de ser míos los que me restaban por alcanzar. Pensé también en estrellas muertas, constelaciones negras perfiladas a una distancia inconmensurable, concentraciones masivas de materia fría y yerma que han lanzado su último destello y se apagan, una luz lejana e incierta cuyo origen ya no existe y que agujerea con firmeza el tejido del vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fui a trabajar. Pasé el día fumando, buscando dibujos en el gotelé de las paredes. Tragué café y aspirinas. No estaba enfermo, pero me sentía fatal, extenuado. La resaca de la euforia. Tumbado en la cama, observando el caracoleo del humo, ocupado en el trámite no de tomar una decisión si no de descubrir la que ya había sido tomada en algún subnivel de la conciencia, en los sótanos brillantes, por los chicos del laboratorio, la panda de desconsiderados que se dedicaban a fabricar rompecabezas con los recuerdos y a devolverlo todo mezclado, todo hecho un desastre, también conocidos como los paisajistas oníricos, los artífices del ensueño, esos pequeños bastardos.&lt;br /&gt;            Llamé a Reina Rifar, sentado en el borde de la cama como un penitente en una cuneta, transido y maloliente, indistinguible de la maleza y los rastrojos. ¿Sí?, dijo Reina Rifar.&lt;br /&gt;            Hola, dije. Soy yo.&lt;br /&gt;            Ya veo. Qué tal.&lt;br /&gt;            Bien. No te llamé ayer...&lt;br /&gt;            Ah, no pasa nada.&lt;br /&gt;            Perdona.&lt;br /&gt;            No pasa nada.&lt;br /&gt;            Fue un día complicado.&lt;br /&gt;            No importa, pero si quieres quedar...&lt;br /&gt;            Quiero.&lt;br /&gt;            ¿Te viene bien hoy?&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Ya, a mí tampoco, en realidad. ¿Mañana? O si quieres dejarlo para el fin de semana...&lt;br /&gt;            Mañana está bien, si quieres.&lt;br /&gt;            Claro. Te llamo cuando salga de trabajar y quedamos...&lt;br /&gt;            Reina.&lt;br /&gt;            Qué.&lt;br /&gt;            Necesito una cosa.&lt;br /&gt;            Sí, dime.&lt;br /&gt;            La dirección de Claudio Girón.&lt;br /&gt;            ¿Cómo?&lt;br /&gt;            La dirección de Claudio Girón.&lt;br /&gt;            Te he oído, dijo Reina. ¿Para qué quieres su dirección?&lt;br /&gt;            Es complicado, dije. Muy complicado.&lt;br /&gt;            Reina dijo mi nombre, que se quedó colgando un momento en la línea entre nosotros y si los nombres espesan el aire también pueden vaciarlo y despojarlo de cualquier significado, y añadió: No te voy a dar su dirección. No puedo, qué pretendes.&lt;br /&gt;            Te lo explicaré. Mañana. Necesito su dirección.&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Reina, dije. Te lo explicaré.&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Mañana. Lleva la dirección. No te pediré nada, nunca más.&lt;br /&gt;            Repitió mi nombre.&lt;br /&gt;Reina, dije. Mañana. Por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Largo rato en la misma postura, el teléfono muerto en la mano. Creía que lo único que me separaba de ella era una serie de números. Como una fórmula de alquimista. Un conjuro, una clave, un abracadabra. Nueve números que sólo significarían su nombre. Nueve números que traerían su voz. Números que en sí mismos no dicen nada. Nunca había pensado en ello, en lo absurdo que es. Lo lejos que se puede caer, separados por una membrana tan fina. Podría marcar nueve números ahora, al azar. Podría escuchar la voz de un extraño. Conservará ella mis números, cabe preguntarse. Conservará ella la posibilidad de mi voz.&lt;br /&gt;Subí las piernas a la cama y me abracé las rodillas y permanecí así, sintiéndome fatal, un zumbido en la cabeza, los pies fríos, exceso de café barato quemándome las entrañas. Busqué los cigarrillos con la mirada, pero no di con ellos en el panorama de mi habitación, la estantería desvencijada que rebosaba libros, la mesa llena de papelajos, el monitor del ordenador como un ojo ciego, rastros grises de polvo y ceniza, y bajé los párpados y vencí la cabeza hacia las rodillas y me mecí en aquella posición, ni dormido ni despierto, dejando que el tiempo se arrastrara hasta el siguiente compás de esta canción desarticulada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;XIV&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el trabajo, nada más sentarme en mi cubículo delante del ordenador y ponerme el auricular del teléfono, montado en una diadema de plástico, la coordinadora de mi sección se acercó y me preguntó si podía hablar con ella un momento. Claro, dije, dejando el auricular colgando de la pantalla. La seguí hasta su mesa, al final de una larga hilera de cubículos, por entre el rumor de los teclados, los clics de los ratones, el monótono recital de las voces. Ella se sentó en la mesa y me indicó una silla. Siéntate, dijo.&lt;br /&gt;            Me senté. Ayer no viniste, dijo.&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;¿Estabas enfermo?&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            ¿Tienes justificante médico?&lt;br /&gt;            No estaba enfermo.&lt;br /&gt;            Se echó hacia atrás en su silla. Ya. ¿Qué te pasó?&lt;br /&gt;            No podía venir, dije.&lt;br /&gt;            ¿Tienes alguna excusa, alguna justificación?&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Me miró fijamente, extendió la mano y cogió un bolígrafo. Hizo tac, tac, tac contra el borde de la mesa. Ya veo. ¿Cuál es tu zeta?&lt;br /&gt;            Zeta setenta y siete, dije.&lt;br /&gt;            Lo tecleó en su ordenador, hizo un par de clics con el ratón. Miró la pantalla. Y hoy has llegado tarde, dijo. Cuarenta y ocho minutos.&lt;br /&gt;            Eso parece. Volvió a mirarme. La calidad de tus llamadas también ha bajado, dijo. Quizá tengas que repetir la formación. Refrescar conceptos.&lt;br /&gt;            Me encogí de hombros.&lt;br /&gt;            ¿Cuánto llevas en la empresa?&lt;br /&gt;            Once meses.&lt;br /&gt;            Ella asintió. Tienes que ponerte las pilas si quieres seguir con nosotros. No hemos tenido problemas contigo, no empieces ahora.&lt;br /&gt;            No es mi intención, dije.&lt;br /&gt;            Volvió a hacer clics con el ratón. La impresora junto a la mesa ronroneó y empezó a escupir un papel. Vamos a amonestarte, dijo. No hace falta llegar a más esta vez, pero una falta injustificada puede ser considerada grave. Implicar una sanción. Suspensión de empleo y sueldo. Incluso despido.&lt;br /&gt;            Lo sé, dije.&lt;br /&gt;            Cogió el papel de la bandeja de la impresora, lo sopló y lo agitó un poco. Toma, dijo. Cogí el papel, lo leí por encima. Membrete de la empresa, fechado a día de hoy, mediante la presente se me comunicaba de las consecuencias de mi falta el día anterior sin justificación ni aviso previo, blablablá.&lt;br /&gt;            No se te abonarán las horas del lunes, dijo. Tampoco los cuarenta y ocho minutos de hoy.&lt;br /&gt;            De acuerdo.&lt;br /&gt;            Tienes que mejorar tu actitud.&lt;br /&gt;            Qué es esto, dije.&lt;br /&gt;            ¿A qué te refieres?&lt;br /&gt;            Leí del papel: Este comportamiento supone la inobservancia y desobediencia de las órdenes y disciplina del servicio, repercutiendo gravemente en la calidad del servicio ofrecido, descuadrando su dimensionamiento, así como los objetivos establecidos.&lt;br /&gt;            Significa que no has cumplido con tus responsabilidades.&lt;br /&gt;            Sé lo que significa, dije. Pero es el ejemplo de prosa más pomposo y vacío que he visto nunca.&lt;br /&gt;            Ella frunció el ceño. Bien, dijo. ¿Quieres decir algo más?&lt;br /&gt;            Nada.&lt;br /&gt;            La amonestación te llegará por carta. Ahora tengo que enviarla al departamento de recursos humanos. Puedes volver a tu puesto. Gracias.&lt;br /&gt;            Dejé el papel en la mesa y me levanté. Fui hasta mi cubículo, me coloqué el auricular. Entró una llamada al momento. Buenas tardes, dije. Servicio de activación de tarjetas.&lt;br /&gt;            No me había identificado, ni dicho el nombre de la empresa, ni preguntado en qué podía ayudar al cliente, tres cosas por las que podían volverme a sancionar. Escuché una voz en mi oído. Una voz de hombre haciendo una petición ininteligible, un requerimiento de otra dimensión, de un planeta extrasolar, un trámite quizá cotidiano entre los ámbitos de la vida real, rutinario hasta unos días antes, pero que en ese momento me resultaba tan hermético como un ritual babilónico. Lo siento, dije. No puedo atender su llamada ahora.&lt;br /&gt;            Me quité el auricular, desconecté el teléfono. Miré la postal pegada a la plancha de plástico gris, la playa de Cancún, su belleza insípida, liofilizada. La despegué con cuidado, retirando el celo con la uña. Unas líneas escritas en el anverso: Todo esto es precioso. Lo estoy pasando muy bien. Ojalá estuvieras aquí. La postal no tenía sello, nunca había sido enviada. Volví a pegarla. Me puse en pie, cogiendo la cazadora del respaldo de la silla y poniéndomela mientras echaba a andar por el pasillo. La coordinadora me miraba desde su mesa. La gente me miraba desde sus cubículos. Adiós, dije. Llegué a las escaleras, ascendí desde la infame noche eléctrica hasta el vestíbulo y gané la calle. Respiré con fuerza, olor a macadán mojado en el largo crepúsculo invernal, un reflejo de cielo rojo y nubes en los charcos de las aceras. Absurda y fuera de lugar la luna descollando sobre un horizonte de edificios y naves industriales. Encendí un cigarrillo. Caminé hacia el cercanías. No tienes ni la más remota idea de lo que estás haciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un número restringido. Sí, hola.&lt;br /&gt;            Hola. Cómo estás, dijo. Su voz metalizada, parafónica. Eso nunca lo has tenido, pensé. Una voz bonita.&lt;br /&gt;            Bien, dije. ¿Qué quieres?&lt;br /&gt;            He estado pensando en ti.&lt;br /&gt;            Más allá de su voz, rumor de gente, de pasos, de exclamaciones, vocecitas femeninas. ¿Dónde estás?&lt;br /&gt;            En el centro. Internada.&lt;br /&gt;            La imaginé de pie en un vestíbulo, el pelo recogido en las orejas, dentro de un pijama holgado de hospital, gris o azul, su cuerpo menudo y huesudo, pies desnudos en zapatillas de papel, una hilera de teléfonos de monedas adosados a la pared, todos desocupados menos el suyo, el deambular de las chicas perturbadas, enfermeras empujando carritos de medicinas por pasillos interminables, un cierto olor a desinfectante. Cuánto habrá de inexacto en esta imagen.&lt;br /&gt;            Has estado pensando en mí.&lt;br /&gt;            Aquí tengo mucho tiempo para pensar.&lt;br /&gt;            Aquí, en el cubil de la araña. Y cómo piensan las arañas. Piensan que tienen siempre hambre.&lt;br /&gt;            Qué quieres.&lt;br /&gt;            Nada. Saber cómo estás.&lt;br /&gt;            Estoy bien, ya te lo he dicho.&lt;br /&gt;            Saber qué vas a hacer ahora.&lt;br /&gt;            Hacer, dije.&lt;br /&gt;            Sí.&lt;br /&gt;            Voy a encontrarla.&lt;br /&gt;            Escuché su suspiro como una ráfaga de estática.&lt;br /&gt;            Pero para qué.&lt;br /&gt;Para lo mismo que pensaba hacer desde el principio, supongo. Decirle hola. Qué tal. Sentarme con ella en alguna cafetería. Preguntarle qué has hecho todo este tiempo. Nada más.&lt;br /&gt;Escuché su respiración, lenta, desfallecida. A mí también me gustaría volver a verla, dijo al fin.&lt;br /&gt;Se lo diré.&lt;br /&gt;No vas a encontrarla.&lt;br /&gt;Sí. De alguna manera.&lt;br /&gt;Rió, desprovista por completo de alegría o humor. De nuevo la imagen de ella, los teléfonos, los largos pasillos. Escucha, dijo. Susurró una dirección de correo electrónico. Es de su hermano. Le he escrito. Le he dicho que querías mucho a Itziar. Le he dicho que le escribirías. Repitió la dirección. No la olvides.&lt;br /&gt;No, no...&lt;br /&gt;Es todo lo que puedo hacer.&lt;br /&gt;Gracias.&lt;br /&gt;Aldara, dije. ¿Cómo vas vestida?&lt;br /&gt;¿Qué has dicho?&lt;br /&gt;Cómo vas vestida. Qué llevas puesto.&lt;br /&gt;Me vas a decir guarradas o qué.&lt;br /&gt;No. Tengo curiosidad.&lt;br /&gt;Llevo un chándal. Verde.&lt;br /&gt;¿Cómo llevas el pelo?&lt;br /&gt;Suelto.&lt;br /&gt;¿Detrás de las orejas?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;¿Dónde crees que estoy?&lt;br /&gt;            ¿Qué? No sé. En la calle. Oigo coches.&lt;br /&gt;            ¿Qué más oyes?&lt;br /&gt;            Gente.&lt;br /&gt;            ¿Crees que ha llovido?&lt;br /&gt;            Supongo. Llueve en todas partes.&lt;br /&gt;            Ahora no llueve, pero los árboles gotean. Estoy en Tribunal, esperando a una chica.&lt;br /&gt;            ¿Y?&lt;br /&gt;            Es una historia complicada. Tanto como la nuestra. Acerca de un asesino.&lt;br /&gt;            Tú sí que estás chiflado, ¿lo sabes?&lt;br /&gt;            Empiezo a sospecharlo. Cuéntame algo.&lt;br /&gt;            Qué quieres que te cuente. No me quedan monedas.&lt;br /&gt;            Algo. Cualquier cosa.&lt;br /&gt;            No. Se va a cortar. No puedo contarte nada.&lt;br /&gt;            De acuerdo.&lt;br /&gt;            No hay nada que contar.&lt;br /&gt;            Siempre hay algo.&lt;br /&gt;Entonces ven a verme cuando la encuentres.&lt;br /&gt;            Clic. Antes había un tono sostenido. Ahora hay un silencio como si se hubiera borrado el mundo al otro lado. Si no te das cuenta todavía puedes pasar un momento arrojando palabras al vacío.&lt;br /&gt;            De la boca del metro empezó a salir una andanada de gente con paraguas o chubasqueros, el calor subterráneo aún prendido a la ropa, Reina Rifar abotonándose el abrigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Venía seria. Cruzó la calle y espantó a un par de pájaros de la acera, gorriones hinchados, el plumaje color ratón. Al verme apenas asintió con la cabeza y se acercó. Se detuvo a más de un metro de distancia, todo en ella invitaba a no trasponer la distancia, la expresión, la pose, el ceño fruncido. Hola, dijo.&lt;br /&gt;            Qué tal.&lt;br /&gt;            Bien.&lt;br /&gt;            Llevaba un bolso al hombro y se entretuvo en colocar la correa, sin mirarme.&lt;br /&gt;            ¿Quieres ir a algún sitio?&lt;br /&gt;            Da igual.&lt;br /&gt;            Vale. El otro día estuve en uno por aquí cerca. Aunque no sé si lo volveré a encontrar.&lt;br /&gt;            Echamos a andar por la acera. Se llamaba The Big Nowhere, era un poco raro...&lt;br /&gt;            Ya.&lt;br /&gt;            ¿Lo conoces?&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Bueno, estaba bien.&lt;br /&gt;            Ya, dijo.&lt;br /&gt;            Por aquí, creo, dije, tomando una callejuela. Había menos peatones. Se estaba haciendo de noche y las farolas parpadearon y se encendieron. Una se quedó parpadeando.&lt;br /&gt;            ¿Te pasa algo?&lt;br /&gt;Caminaba sin mirarme. No, dijo. Se apartó el flequillo de la frente con la mano. ¿Conoces a Pedro?&lt;br /&gt;            ¿A quién?&lt;br /&gt;            A Pedro.&lt;br /&gt;            Creo que no.&lt;br /&gt;            Ya. Él tampoco te conoce a ti.&lt;br /&gt;            Me detuve. Reina avanzó un par de pasos y se volvió para mirarme.&lt;br /&gt;            ¿Quién es?&lt;br /&gt;            Trabaja en Diagonal.&lt;br /&gt;            Ah.&lt;br /&gt;            Ah, dijo.&lt;br /&gt;            Metí las manos en los bolsillos de la cazadora, me encogí de hombros. Fue una cagada, dije. Se me ocurrió en el momento.&lt;br /&gt;            Ya. Claro. Una cagada.&lt;br /&gt;            Yo...&lt;br /&gt;            Tú qué.&lt;br /&gt;            Pensé que sería más fácil. No pensé fuera a ser así, no...&lt;br /&gt;            Reina me miró. Me clavó los ojos.&lt;br /&gt;Ser así qué, dijo. Y cómo es. Dímelo.&lt;br /&gt;No lo sé. Nada es como esperaba que fuera. Nada de nada. Ni una puta cosa.&lt;br /&gt;No te voy a preguntar cómo esperabas que fuera.&lt;br /&gt;Tampoco lo recuerdo, dije, intentando sonreír.&lt;br /&gt;Reina suspiró, casi un bufido. Miró hacia el parpadeo de la farola. Qué pretendías, eh. ¿Pensabas escribir algo sobre Claudio Girón, por lo menos?&lt;br /&gt;Sí. Al principio. Ahora no sé.&lt;br /&gt;No sabes.&lt;br /&gt;Es complicado. Pero se puede explicar.&lt;br /&gt;            Explícamelo.&lt;br /&gt;Vamos a algún sitio, dije. Va a empezar a llover...&lt;br /&gt;Lloviznaba ya. Salivazos que arañaban los charcos, los techos de los coches, la luz intermitente sobre nosotros.&lt;br /&gt;No voy a ir a ninguna parte, dijo. No quiero... No. No.&lt;br /&gt;Pues ven aquí. Me refugié bajo un portal. Ven. En serio. Está lloviendo.&lt;br /&gt;Reina me miró y me siguió y se apoyó en la pared contraria, perlitas de agua en el pelo y los hombros del abrigo. Puso los ojos en la calle. Saqué los cigarrillos. Me llevé uno a la boca. ¿Quieres?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Lo encendí. Nada de mí, pensé. Ni cigarrillos. Ni mirarme.&lt;br /&gt;Bueno, qué, dijo.&lt;br /&gt;Espera, dije. Es complicado. Mucho. No sé por dónde empezar.&lt;br /&gt;Por el principio.&lt;br /&gt;Sí, ya. Es una larga historia.&lt;br /&gt;Empieza.&lt;br /&gt;Tomé aire. Lo pensé un momento.&lt;br /&gt;            Conocí a Itziar la misma tarde que Miguel Ángel de Lucas me dio el dossier de la Operación Gladio, dije. Creo que conoces a Miguel Ángel.&lt;br /&gt;            Ella asintió. ¿Quién es Itziar?&lt;br /&gt;            Itziar es la parte complicada.&lt;br /&gt;            Habla, dijo.&lt;br /&gt;            Y hablé. De todo. De Itziar. De las fotocopias manchadas de Claudio Girón. De la fascinación horrorizada. De los días grises. De mi trabajo de teleoperador. No ahorré detalles. Hablé tanto y tanto tiempo que la lluvia vino y se fue. Encadené cigarrillos. El frío se me metía por todas partes. Reina, envuelta en su abrigo, escuchaba con el rostro vuelto hacia la calle, los ojos que a veces me miraban, a veces no. Desglosé una a una las maneras en las que me rompí, las maneras en las que me recompuse. La manera en que volvieron a mi vida, mitad accidente, mitad otra cosa. Le dije que después de vaciarme de todo ellos habían permanecido. No habían tenido más que insinuarse un poco para tenerlos por completo de vuelta. No sé si lees novela negra, dije. Esas historias en las que el detective investiga dos casos por separado, que avanzan en paralelo, pero que siempre resultan ser el mismo... Tiene un nombre. Cuando las paralelas se tocan. No lo recuerdo. No importa.&lt;br /&gt;            ¿Qué quieres decir?&lt;br /&gt;            Las dos historias vinieron juntas. Volvieron juntas. Siento como si tuvieran que cerrarse juntas también. Como si fuera una novela. Los cabos se atan a final. Unos a otros. Entiendes una parte y lo entiendes todo.&lt;br /&gt;            Pero qué tienen que ver, en realidad, dijo. Girón y esa chica. No son más que casualidades...&lt;br /&gt;            Ya, dije. Lo sé.&lt;br /&gt;            Entonces...&lt;br /&gt;            Entonces no cambia nada. Sigo necesitando entenderlo. Una parte, por lo menos. Aunque no lo entienda todo. Porque qué vida sería ésa. En la que las cosas pasan sin más. Cómo podríamos vivirla. Dímelo. Qué vida sería ésa.&lt;br /&gt;            Pues la que tiene todo el mundo.&lt;br /&gt;            Bueno. No es la que yo quiero.&lt;br /&gt;            La vida no es una novela, dijo Reina. Las cosas no tienen que encajar en ningún momento.&lt;br /&gt;            Lo sé.&lt;br /&gt;            Pero no te importa.&lt;br /&gt;            No me importa.&lt;br /&gt;            Eres un gilipollas.&lt;br /&gt;            Asentí. Puede que me esté equivocando, dije. Pero es mi puta manera de equivocarme.&lt;br /&gt;            Reina se tapó la cara con las manos y por un momento pensé que se iba a echar a llorar pero al retirar las manos sus ojos estaban secos y dijo: No te voy a dar la dirección. Es un disparate.&lt;br /&gt;            Vale, dije.&lt;br /&gt;            No tiene sentido.&lt;br /&gt;            Ni un poco, reconocí.&lt;br /&gt;            ¿Qué harías?&lt;br /&gt;            Encontrarlo. Mirarlo. Mirarlo y saber quién es. Que es un hombre y tiene carne y piel y huesos y también un asesino y un monstruo.&lt;br /&gt;            Pero eso ya lo sabes. Lo estás diciendo. Qué otra cosa podría ser.&lt;br /&gt;            Lo sabré cuando lo vea.&lt;br /&gt;            ¿Y de qué te iba a servir eso?&lt;br /&gt;            A lo mejor dejaba de hacerme algunas preguntas.&lt;br /&gt;            Estás loco.&lt;br /&gt;            Es una opinión muy extendida en estos momentos.&lt;br /&gt;            Sonrió, a su pesar.&lt;br /&gt;            ¿Quieres un cigarrillo?&lt;br /&gt;            Reina sacudió la cabeza. Tengo, gracias. Abrió su bolso y sacó un paquete y se llevó uno a la boca. Lo encendió. La llama del mechero le iluminó el rostro, un tembloroso baño dorado, y se reflejó en sus ojos y al apagarse todavía permaneció en el extremo del cigarrillo una gotita de fuego, el brillo en sus pupilas, y se esfumó con una voluta de humo. La chica, dijo.&lt;br /&gt;            Itziar.&lt;br /&gt;            Itziar, sí. Todavía sigues enamorado de ella.&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            No era una pregunta.&lt;br /&gt;            Ya. Pero no se trata de eso.&lt;br /&gt;            Cuesta verlo de otra manera.&lt;br /&gt;            Es exactamente lo opuesto. La busco porque ya no estoy enamorado de ella. Porque una vez la quise y ahora no. Porque no he vuelto a sentir nada parecido.&lt;br /&gt;            Reina sonrió de tal manera que me recordó a las sonrisas vacías de Aldara Cabo. También logró ponerme los pelos de punta.&lt;br /&gt;Suena a que quieres volver a enamorarte de ella.&lt;br /&gt;            No dije nada y aunque no era un silencio de los que otorgan pudo haberlo sido y Reina parecía deliberar consigo misma, fumando con lentitud, mirando el desanillar del humo en la luz naranja. Tiró el cigarrillo a un charco. La brasa siseó al apagarse. Abrió su bolso y sacó un papel. Toma.&lt;br /&gt;            Lo cogí. Dos veces doblado. Letra pulcra y redondeada. Tinta azul.&lt;br /&gt;            La traías.&lt;br /&gt;            Hubiera preferido no dártela.&lt;br /&gt;            Gracias.&lt;br /&gt;            Reina negó con la cabeza. Hagas lo que hagas...&lt;br /&gt;            No terminó la frase. Miró el reloj de su muñeca. Tengo que irme.&lt;br /&gt;            Lo siento, dije.&lt;br /&gt;            No lo sientas.&lt;br /&gt;            Siento que sea así.&lt;br /&gt;            No importa. Tengo que irme.&lt;br /&gt;Pero no se fue. Llovía otra vez, una lluvia suave que flotaba más que caía y se revelaba en los parpadeos de la farola como una nueva forma elemental, señales del mundo hidrópico que está por llegar. Reina, dije. Ella levantó la mano hacia mí, un ruego de silencio, cerró los ojos, los volvió a abrir, y echó a caminar bajo la lluvia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-4917435624014239407?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/4917435624014239407/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=4917435624014239407' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4917435624014239407'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4917435624014239407'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/09/esto-no-es-una-cancin-de-amor-iv.html' title='esto no es una canción de amor (IV)'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-4783755717408276981</id><published>2007-09-17T14:13:00.000+02:00</published><updated>2007-09-17T15:53:27.053+02:00</updated><title type='text'>esto no es una canción de amor (III)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Parte tercera: Singularidad Prandtl-Glauert&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Si alguien es capaz de comprender las razones que le indujeron a amar a una persona en determinado momento de su vida, es que sigue enamorado de ella; un amor extinguido es siempre absolutamente incomprensible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Michael Chabon&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;X&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;En el portal del edificio me salió un tipo al encuentro, metido en una americana azul, el pelo gris, una papada de sapo. ¿A qué piso va?, me preguntó.&lt;br /&gt;Al cuarto, le dije, dejando a medias el paso que estaba dando al interior.&lt;br /&gt;¿Cuarto qué?, croó.&lt;br /&gt;Eh... Cuarto b.&lt;br /&gt;Ah, sí, pase, dijo el tipo, y se apartó.&lt;br /&gt;Completé el paso y entré en el edifico. El portero anadeó hasta una silla y se sentó mirando hacia la calle. El portal era amplio y el suelo de mármol, viejo y agrietado, pero limpio, desprendía un olor de amoníaco perfumado. Había plantas de plástico. Fui hacia el ascensor, un modelo vetusto, abierto, que colgaba por el hueco de la escalera. Entré y pulsé el botón de del cuarto piso. El aparato traqueteó, se tensaron cables sobre mi cabeza, ascendí con lentitud. Tamborileé los dedos en la carpeta negra del dossier. El mismo mármol en el suelo del pasillo, un poco más amarillento y castigado por la lejía. Me acerqué a la puerta de los Rifar y llamé al timbre, un chirrido gemebundo. Alejandro Rifar abrió la puerta. Hombre, dijo. Pasa, pasa.&lt;br /&gt;Pasé. Rifar iba en pantalones cortos y camiseta sin mangas, descalzo. El suelo estaba cubierto por parqué. Lo seguí hasta el salón, un sofá en ele, un par de sillones de aspecto mullido, que terminaba en una puerta corredera y una terraza. He aquí mi templo, dijo Rifar. Señaló los altavoces, la pantalla de proyección enrollada y colgada en la pared sobre la televisión. ¿Qué te parece?&lt;br /&gt;Precioso, dije. Levanté la carpeta negra para que la viera. Oye, ¿está tu hermana?&lt;br /&gt;Rifar negó con un gesto. Viene luego. Trabaja hasta los sábados, la tía. Ven.&lt;br /&gt;Lo seguí de nuevo por otro pasillo hasta su habitación. Las paredes estaban forradas de estanterías con vídeos y deuvedés, y discos de vinilo, casetes, cedés, originales, copias cochambrosas, por docenas, cientos, algunos libros, la mayoría de cine y música, novelas aquí y allá. Sobre la cabecera de la cama una reproducción tamaño póster de la portada del &lt;em&gt;In Utero&lt;/em&gt;. Mira, mira, dijo Rifar echándose sobre una estantería. Me pasó un deuvedé. El título estaba escrito en caracteres orientales, rojos y verdes, impresos sobre un primer plano de Alejandro Jodorowsky con los ojos abiertos y alucinados. &lt;em&gt;El Topo&lt;/em&gt;, dijo Rifar. ¿La has visto?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Yo sí.&lt;br /&gt;¿Qué tal es?&lt;br /&gt;Extraña, pero imprescindible, dijo, rascándose la cabeza. La descubrí hace mil años, una sorpresa de madrugada. He conseguido esta copia por Internet. Edición coreana. Dos horas de western metafísico.&lt;br /&gt;Ah, pues genial, dije, dubitativo.&lt;br /&gt;Voy a pillar más pelis.&lt;br /&gt;Bien, bien.&lt;br /&gt;Rifar se volvió hacia la estantería y yo me entretuve mirando el póster. En su momento, había escuchado bastante Nirvana, pero no lograba recordar gran cosa. Que me gustaba, que yo tenía trece o catorce años. Los noventa, pensé. La década que se había tragado a Claudio Girón, el agujero negro de mi adolescencia. Me pregunté si habían pasado realmente.&lt;br /&gt;El último disco honesto del rocanrol, dijo Rifar.&lt;br /&gt;Lo miré. Señalaba el póster. Lo grabó con la bata manchada de sangre con la que su mujer había parido, explicó Rifar, barajando unos deuvedés como si fueran cartas. Albini de productor. Directo desde las entrañas, puro desgarro. Se acabó la honestidad en el rocanrol, la gastaron toda ellos.&lt;br /&gt;Rifar sacudió la cabeza con pesadumbre.&lt;br /&gt;Ya sólo quedan canciones de amor, sentenció.&lt;br /&gt;Volvimos al salón y Rifar trajo una bandeja con un par de latas de cerveza y patatas fritas. Me instalé en el largo sofá. ¿Se puede fumar?, pregunté.&lt;br /&gt;Mejor no, dijo Rifar. A mi viejo se lo tienen prohibido. Por el corazón. Si Reina huele a tabaco dentro de casa me corta las bolas. Luego hacemos una pausa y salimos a la terraza. Como en el curro. Cinco minutos.&lt;br /&gt;Rifar desenrolló la pantalla, colocó el proyector. Se sentó en uno de los sillones con el mando a distancia en la mano. El menú del deuvedé era indescifrable. Tardó un buen rato en lograr reproducir la película y no fue capaz de sacarle los subtítulos en coreano, lo que apenas le sumó extrañeza a una película que ya era de por sí, como el menú, indescifrable. El Topo era un pistolero vestido de negro que iba por el desierto con su hijo, un niño pequeño desnudo a excepción de un sombrero, repartiendo muerte, justicia y frases sentenciosas y místicas. La película rebosaba simbología cristiana y oriental. El Topo disparaba a las rocas del desierto y brotaba agua. El Topo se enfrentaba a los cuatro Maestros de la Pistola por el amor de una mujer y de cada uno de ellos extraía una lección. Había algo raro en la película, una oscilación entre su pretenciosidad y su contundencia, que no me dejaba decidir si era una basura o una obra maestra. Una obra maestra involuntaria, quizá, de una manera distinta a la que Jodorowsky habría deseado.&lt;br /&gt;Rifar, sin embargo, comentaba la película fascinado, entusiasmado por cada plano. Sí, sí, es una mierda, reconocía. Pero mira eso, ¿no es genial?&lt;br /&gt;Envidié profundamente su capacidad de entusiasmo, un estómago cultural capaz de encontrarle nutrientes a una roca muerta.&lt;br /&gt;Reina Rifar volvió a casa justo cuando un tipo sin piernas, encaramado a un tipo sin brazos, encañonaba al Topo con un revólver. Hola, dijo, dejando su abrigo en una percha. Miró hacia el sofá. Eh, dijo, abriendo los ojos. Hola...&lt;br /&gt;Hola.&lt;br /&gt;No sabía que...&lt;br /&gt;Le he invitado a ver pelis, dijo Rifar. Para estrenar esta maravilla.&lt;br /&gt;Qué tal.&lt;br /&gt;Reina bajó los ojos, sonrió. Bien, dijo. Se sopló el flequillo. ¿Te quedas a comer?&lt;br /&gt;Si no es molestia.&lt;br /&gt;Claro que no.&lt;br /&gt;Reina me miró, sonrió otra vez, se volvió hacia la pantalla. ¿Qué veis?, preguntó. Oh, &lt;em&gt;El Topo&lt;/em&gt;. ¿Otra vez?&lt;br /&gt;Rifar asintió. Edición coreana, puntualizó.&lt;br /&gt;¿No te bastaba con la que tenías?&lt;br /&gt;Rifar gruñó. No, no me bastaba.&lt;br /&gt;Madre mía, dijo Reina. Cruzó delante de la pantalla y se sentó en el otro sillón, a mi izquierda. ¿Por qué está subtitulada en chino?&lt;br /&gt;En coreano, dijo Rifar. Todo es chino para ti.&lt;br /&gt;Bah, dijo Reina. Giró la cabeza para mirarme y sonreír de nuevo. Se sentaba de una manera firme, pero no envarada, sin dejarse caer en el respaldo. Me despisté bastante de la película. Prestaba atención la manera en que el pelo le resbalaba por la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar la película, Rifar bajó a la calle a por más cerveza. Reina y yo fuimos a la cocina y la miré mientras llenaba una olla de agua, le añadía una gota de aceite, y la ponía sobre la vitrocerámica. Reina pertenecía a esa clase de chicas que se van haciendo más guapas cuanto más las miras, una belleza de mecha larga, que va quemando despacio, inasequible al primer vistazo, pero una belleza capaz de soportar malas resacas, maquillajes arruinados, el rimel corrido y las ojeras del cansancio, y permanecer ahí, entre velos, haciéndote sentir especial, partícipe de un secreto. ¿Te ayudo?, pregunté. Reina tenía un manojo de espaguetis en la mano, los miraba con ojo crítico.&lt;br /&gt;¿Serán suficientes?, dijo.&lt;br /&gt;¿Para los tres? Creo que sí.&lt;br /&gt;Cogió la bolsa de espaguetis y añadió unos cuantos más. Es tengo que hacer para mi padre, dijo. Para que cene.&lt;br /&gt;Ya... Eh, qué hago, yo...&lt;br /&gt;Buf. ¿Quieres picar la cebolla?&lt;br /&gt;Vale.&lt;br /&gt;Te va a hacer llorar.&lt;br /&gt;No importa, dije.&lt;br /&gt;Reina me indicó una pequeña despensa, apenas un armario empotrado, y cogí una cebolla de un cesto de plástico. En la encimera había una tabla de cortar y unos cuchillos en un soporte imantado. Desprendí las primeras capas de cebolla con el pulgar. ¿Qué te ha parecido la película?, preguntó Reina.&lt;br /&gt;Todavía no lo he decidido, dije.&lt;br /&gt;A mí me gusta, dijo. A mi hermano le entusiasma.&lt;br /&gt;Tu hermano es un entusiasta.&lt;br /&gt;Sí, ¿verdad?, dijo. ¿Has visto su cuarto?&lt;br /&gt;Asentí. ¿Cuántas películas tiene?&lt;br /&gt;Ni me preguntes. Cada cierto tiempo le entra una histeria y se pone a ordenarlas por género, por director, por soporte, por lo que se le ocurra, lo pone todo patas arriba. Luego, en dos días, lo vuelve a tener hecho un lío. Es así en todas las cosas. Sin término medio.&lt;br /&gt;A mí me da envidia.&lt;br /&gt;Reina me miró. Abría la puerta del frigorífico, en busca de algo, y la postura me recordó un instante impreciso, un recuerdo que se me escapó durante un segundo y que me produjo una sensación abrumadora de momento ya vivido. El sueño de Itziar, pensé. Los tarros de mermelada.&lt;br /&gt;A esa pasión, me refiero, dije. Esa intensidad. Como lo que dice de Nirvana...&lt;br /&gt;El último disco honesto del rocanrol, recitó Reina. Sacó una cuña de queso del frigorífico y cerró la puerta.&lt;br /&gt;Sonreímos. A ver, no es que esté de acuerdo con esa idea en concreto, me refiero a la certeza que implica.&lt;br /&gt;Puse la cebolla pelada en la tabla y cogí el cuchillo. Porque eso es pasión, dije. Cuando te entregas a algo de tal manera. No sé. Puede que estés equivocado, pero es tu puta manera de equivocarte. Y... Bueno, nada, eso es lo que le envidio. Tampoco sé si envidia es la palabra, pero...&lt;br /&gt;Reina se puso a mi lado en la encimera, la cuña de queso en una mano, un rallador en la otra. ¿Tú no sientes ese tipo de pasión?, preguntó.&lt;br /&gt;Corté la cebolla. Se mezcló en el aire el olor fuerte de la cebolla con el olor suave de su champú y de su ropa. Entrecerré los ojos mientras picaba. A veces la he sentido, dije. A veces. Por los libros, supongo. Por cosas que escribía. Antes, cuando escribía más. Por alguna persona.&lt;br /&gt;¿Ya no?&lt;br /&gt;Piqué a conciencia. Los ojos me ardían. Apártate un poco, le dije. O vamos a acabar llorando los dos.&lt;br /&gt;No me importa, dijo. Pasó con lentitud el queso por el rallador, arrancando virutas retorcidas. Le miré las manos. Me gustaron sus dedos largos y bonitos.&lt;br /&gt;Terminé de picar. Dejé el cuchillo, miré mis propias manos, pegajosas. Hace tiempo que no, dije. Por lo menos no como antes, no tan fuerte, pero a veces... Es como si estuviera a punto de volver.&lt;br /&gt;Ya...&lt;br /&gt;Me acerqué al fregadero y abrí el grifo. No me voy a sacar este olor.&lt;br /&gt;No lo frotes, dijo Reina, volviéndose un poco. Pon las manos debajo del grifo, sin más. Si lo frotas, se impregna, y entonces nunca se va. Déjalo ir.&lt;br /&gt;Puse las manos bajo el agua, moví un poco los dedos.&lt;br /&gt;¿Así?&lt;br /&gt;Sí, así.&lt;br /&gt;Y tú, Reina, dije, notando que era la primera vez que decía su nombre desde que nos conocimos, la repentina intimidad que eso puede generar, la manera en que espesan el aire los nombres. ¿Lo has sentido?&lt;br /&gt;Reina se volvió del todo, se apoyó en la encimera, el flequillo gravitando sobre los ojos. A veces, dijo. Por alguna persona.&lt;br /&gt;Sentí deseos de apartarle el pelo, de despejarle la frente con los dedos húmedos, de mojarle las mejillas. Aparté la mirada, cerré el grifo y me sequé con un trapo. Claro, dije. Al final siempre es por una persona.&lt;br /&gt;El agua rompió a hervir. Reina se acercó a la vitrocerámica y le bajó la intensidad. Te he traído el dossier, dije. Lo tengo en el salón...&lt;br /&gt;Ah, dijo Reina. ¿Te ha servido?&lt;br /&gt;Creo que me servirá, dije. Lo he fotocopiado.&lt;br /&gt;En realidad, era una copia para ti, dijo Reina. No hacía falta que me lo devolvieras.&lt;br /&gt;Se sopló el flequillo,&lt;br /&gt;Ah, como te dije que si querías que te lo devolviera...&lt;br /&gt;Ya, ya, dijo, mirando un punto indeterminado del cuello de mi camiseta. Se me pasó, no sé en qué estaría pensando, yo...&lt;br /&gt;Se miraba los pies ahora. Yo me fingí atareado en el examen de mis manos. Las olisqueé, piel mojada y, muy lejano, el aroma de la cebolla.&lt;br /&gt;¿Quieres que te cuente un secreto?&lt;br /&gt;Reina me miraba de nuevo, sonriendo.&lt;br /&gt;Claro, dije.&lt;br /&gt;Claudio Girón no está desaparecido.&lt;br /&gt;¿En serio?&lt;br /&gt;Asintió. Existe una red... Bueno, decir red puede que sea pretencioso. Los contactos de mi padre, la vieja guardia los llama, antiguos montoneros, opositores al régimen que acabaron aquí exiliados. Gente que hace sus vidas, pero que además, vigila a los otros exilados, a los de la otra parte. Se vigilan unos a otros, en realidad. Durante un tiempo, supongo, lo hicieron con la intención de ajustar cuentas, de consumar venganzas... Claudio Girón nunca desapareció para ellos.&lt;br /&gt;Saben dónde está, dije, con la boca repentinamente seca, el pulso palpitando en la garganta.&lt;br /&gt;Lo saben. Hace un par de años se enteraron de lo que estaba haciendo mi padre, de los casos que estaba armando, y le pusieron sobre su pista. Más que eso, le dieron su dirección. Vive aquí, en Lavapiés.&lt;br /&gt;Venga ya.&lt;br /&gt;En serio. Es un viejito. Cobra algún tipo de pensión y dedica el día a pasear con su perro por el barrio... Creo que se cansaron de vigilarle. Creo que asumieron que ya nunca se iban a consumar sus venganzas. Nos pasaron el testigo.&lt;br /&gt;Reina se llevó el índice a los labios. Pero es un secreto, no digas nada. No queremos que se sepa hasta que la policía llame a su puerta. Ha sobrepasado con mucho la edad penal, pero verlo sentado en un tribunal, enfrentado a toda su historia, será un consuelo para muchos. Un principio de justicia... Esperemos que no se muera antes, concluyó con una sonrisa.&lt;br /&gt;Esperemos, dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XI&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Llegué a Las Rozas en cercanías, con resaca y el tiempo justo. Por lo que pude ver reflejado en la ventanilla del vagón tenía una cara espantosa, cercos oscuros bajo los ojos, la piel hepática. Después de comer Reina tuvo que volver al bufete y Rifar y yo pasamos la tarde viendo películas y luego fuimos de bares por el barrio. Nos emborrachamos y nos contamos fragmentos escogidos de nuestras vidas sentimentales. Rifar intentó ligar con todas las chicas que pudo, pero más como divertimento que con verdadero empeño, calzándose el acento a voluntad. Eso es juego sucio, le dije. Impostor. Rifar se rió y me llamó boludo. Al cerrar los bares Rifar me dijo que fuera a su casa, si quería, y que durmiera en la habitación de invitados. Acepté por pereza. Acepté por la posibilidad de volver a ver Reina. Desperté muy temprano, incómodo y desubicado, hice la cama como pude, con manos temblorosas y una resaca indecisa pendiendo sobre la cabeza, y salí a la terraza para despejarme. Encendí un cigarrillo. Hacía frío y el cielo estaba cubierto de nubes oscuras, una capa densa, sólida, un émbolo dispuesto para aplastar la ciudad. Alguien carraspeó a mi espalda. Me giré y vi a un hombre de unos cincuenta años, sosteniendo una taza de café. Era muy delgado y tenía unas entradas discretas, el rostro serio, los ojos distantes, tristes en cierto sentido. La camisa que llevaba era gris, de buena calidad, y le hubiera quedado mejor de haber tenido un par de kilos más para rellenarla. Hola, dijo. Lo saludé. ¿Eres amigo de Alejandro o de Reina?, preguntó. Alejandro, dije. Trabajamos en el mismo edificio. Anoche salimos y... Ya, ya, dijo. Me miró fijamente. Me preguntó si era el pibe de Diagonal. Asentí, lamentado la ocurrencia de haber mencionado el periódico. Soy Carlos, dijo, estrechándome la mano. Querrás hacerme preguntas, añadió, amagando una sonrisa que trasmitía cierto tedio, un infinito cansancio. En realidad, no, dije. Carlos Rifar asintió con lentitud. Mi cigarrillo se había consumido, apenas me quedaba el filtro chamuscado entre los dedos, y no tenía ningún cenicero a mano. Carlos Rifar se dio cuenta. Bótalo a la calle, dijo. No te mira nadie. Sonreí y tiré el cigarrillo. Carlos Rifar avanzó por la terraza, con una cojera leve, y se apoyó en la barandilla. Qué mal día hace, comentó. Quedamos en silencio, escuchando el ruido de los coches en la calle, el viento agitando los flecos de los toldos en los balcones vecinos. Saqué otro cigarrillo, le ofrecí el paquete por inercia. No debo, dijo. Bebió de la taza. Caprichos del médico. ¿Cuánto lleva sin fumar?, pregunté. Dos años, dijo. Y no ha pasado un día sin que lo eche de menos. Sonrió con resignación, encogiéndose de hombros. Volvimos a quedar en silencio hasta que por el salón apareció Reina, el pelo revuelto y metida en un pijama verde. Salió a la terraza frotándose los ojos. Buenas, dijo. Me miró, parpadeó. Creía que eras Alejandro, dijo. No logro irme de esta casa, le dije. Reina sonrió y se tocó el pelo. Ya veo, dijo. Carlos Rifar nos miró frunciendo el ceño. ¿Quieres un cafetito?, me preguntó. Yo te lo traigo, dijo Reina, dando un paso atrás. No, no, dijo Carlos Rifar. Yo voy. Salió de la terraza. Aprecié su cojera mejor que antes, no tenía la torpeza del lesionado reciente, era una cojera vieja, integrada en su lenguaje corporal. Una lesión precisa, supuse. Una lesión experta. Una lesión de cuarto sin ventanas. Me alegré de no haber hecho preguntas. Me alegré de no haberme enfrentado a silencios elocuentes. ¿Te quedas a comer?, preguntó Reina. Seguía intentando hacer algo con su pelo, disimuladamente, un esfuerzo inútil y también innecesario. No puedo, tengo que irme pronto, dije. Un compromiso previo, pero... Si quieres luego podemos tomar un café o una cerveza, eh... Vale, dijo Reina. Llámame. Te llamo, dije. Reina sonrió, mirándose de reojo en el reflejo de la puerta de la terraza. Yo observé con atención la brasa de mi cigarrillo. Seguía haciendo bastante frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y había llovido en Las Rozas. En el piso tenía un plano garabateado para llegar al parque, pero no contaba con dormir fuera de casa y no lo llevaba encima. Haciendo memoria llegué al sitio, una pista circular de grava, bancos de madera, unos columpios, un tobogán. El sitio olía a mojado y no había ni un alma. Me encogí dentro de la cazadora y encendí un cigarrillo. No dejaba de darme vueltas la imagen de un hipotético Claudio Girón, un viejito Claudio Girón, canoso e invernal, dando paseos con su perro. Me preguntaba si se podría percibir lo que era, si le brillaría algo en los ojos. El asesino. La bestia. Pensaba en la cojera de Carlos Rifar. Pensaba en Reina. Pensaba que apenas recordaba quién era Itziar. Qué es lo que quieres de ella, me pregunté. Qué quieres de Claudio Girón. A qué viene todo esto...&lt;br /&gt;Eh, tú.&lt;br /&gt;Aldara Cabo, materializada desde la nada. Llevaba una rebeca azul y unos pantalones de pana que le quedaban sueltos. Se encogía como yo, las manos dentro de las mangas, los brazos cruzados bajo el pecho. El viento le movía el pelo negro sobre la cara. Tenía el aspecto de una refugiada de guerra, huesuda, arrasada, alguien que está de vuelta de lugares espantosos.&lt;br /&gt;Hola, Aldara, dije.&lt;br /&gt;Aldara Cabo hizo una mueca&lt;br /&gt;Hola, sí.&lt;br /&gt;Unos metros detrás, esperaba una mujer. Tenía unos cincuenta años, el pelo rubio, rasgos idénticos a Aldara. Parecía una aproximación a su hija, un borrador previo, una idea descartada, no tan bella, no tan perfecta, más humana. Mantenían ambas el mismo rictus gélido, la misma postura enhiesta. La mujer me miró fijamente y se sentó en un banco. Sacó un paquete de cigarrillo de su abrigo oscuro, sin dejar de mirarnos. Desde donde estaba no podía escucharnos.&lt;br /&gt;Te has traído carabina, dije.&lt;br /&gt;Aldara se apartó el pelo del rostro. Le he dicho que eres mi amante. Le he dicho que quieres fugarte conmigo y llevarme muy lejos y atracar cajas de ahorros y follar en pensiones de mala muerte mientras nos ponemos ciegos de cocaína.&lt;br /&gt;Parpadeé. Seguro, dije.&lt;br /&gt;Se lo he dicho. Sólo para ver la cara que ponía. No sé qué se pensará. De todas formas, haga lo que haga, ella siempre viene conmigo. Ya no quiere dejarme sola. Menos en el centro, claro. Dame uno, pidió, con gesto hacia el cigarrillo de mi boca.&lt;br /&gt;Saqué el paquete, le di uno y el mechero y encendí otro para mí encadenándolo con el que tenía en la boca. Tiré la colilla a la grava.&lt;br /&gt;En el centro no me dejan fumar, dijo Aldara. Es como una cárcel. Estoy rodeada de piradas, niñas con trastornos alimenticios, paranoicas... Reparten pastillas como si fueran gominolas y no me dejan fumarme un puto cigarro, sabes.&lt;br /&gt;El comentario era una provocación, una invitación a la pregunta, para poder escupirme a la cara un pedazo doloroso de su historia. Me quedé callado, dando caladas, mirando el balanceo suave de los columpios al final de las cadenas.&lt;br /&gt;Aldara encendió su cigarrillo, ahuecando una mano sobre la llama. El viento seguía agitándole el pelo y se lo recogió detrás de las orejas. Sus ojos, entrecerrados y serios, parecían medias lunas negras, el eclipse gemelo de dos satélites oscuros.&lt;br /&gt;Bueno, qué quieres, dijo.&lt;br /&gt;Ya sabes lo que quiero.&lt;br /&gt;Puso los ojos en blanco. Itziar, dijo. ¿No lo has superado todavía?&lt;br /&gt;No es eso, dije. Tampoco es asunto tuyo.&lt;br /&gt;Aldara apretaba el mechero en la mano, lo movía con dedos inquietos, haciendo girar la rueda, arrancando chispas y chasquidos.&lt;br /&gt;Es asunto mío, dijo. Tú me buscaste a mí. Me has metido en esto.&lt;br /&gt;Sólo te he pedido un favor, dije. Un número de teléfono. Tú lo estás complicando.&lt;br /&gt;Lo de Itziar es complicado, dijo. ¿Por qué quieres verla?&lt;br /&gt;No hay motivo. Hace mucho tiempo que no sé nada de ella.&lt;br /&gt;Aldara Cabo sonrió. Sí, ya. ¿Todavía sigues enamorado de ella? Cuánto tiempo hace ya, ¿dos años? ¿Más?&lt;br /&gt;No estoy enamorado de ella, dije.&lt;br /&gt;Siempre supe que ibais a durar poco, dijo Aldara. Era tan predecible, tan típico. Relación de transición. Algo en lo que matar el tiempo mientras llega lo importante. Itziar lo sabía, y creía que tú lo sabías también. Te dejó cuando se dio cuenta de que no entendías nada.&lt;br /&gt;No tienes ni puta idea, mascullé.&lt;br /&gt;Ah, ¿no? Aldara Cabo desplegó una sonrisa amplia, llena de dientes perfectos. Me decía que eras un dependiente emocional. Que eras un niño dispuesto a aferrarse a cualquier cosa. Un inmaduro crónico. Dime, ¿crees que es algo que ella podría haberme contado?&lt;br /&gt;Había empezado a temblarme todo, las manos, metidas en los bolsillos de la cazadora, el cigarrillo en los labios, las rodillas. El corazón me daba puñetazos en las costillas.&lt;br /&gt;Itziar me contó muchas cosas, dijo Aldara. Pobrecito niño. Me acuerdo de ti, después de que te dejara, rondando por la facultad, yendo todavía a los mismos bares, con ese aire de perro apaleado. Era gracioso y triste. Nos hubiéramos reído más de no haber dado tanta lástima.&lt;br /&gt;Estaba a punto de vomitar. Tenía ganas de echar a correr. Tenía ganas de darle un puñetazo en la cara. Tenía ganas de esconderme y taparme los oídos.&lt;br /&gt;Aldara, dije, con una voz que sonó a graznido, a prólogo de llanto.&lt;br /&gt;No me digas que vas a llorar, dijo. ¿No le lloraste ya suficiente a ella?&lt;br /&gt;Se estaba irguiendo mientras hablaba, parecía más alta, más terrible, la boca entreabierta, los dientes brillantes de saliva, incluso tenía más color en el rostro. Es un vampiro, pensé. Se alimenta de esto. Es la niña que clava insectos en alfileres para ver cómo mueven las patitas. Tenía un aire de regodeo perverso y sexual.&lt;br /&gt;Saqué las manos con lentitud de los bolsillos, me quité el cigarrillo de la boca. Había dejado de temblar. Noté que todo mi cuerpo se relajaba. ¿Qué te pasó, Aldara?&lt;br /&gt;Aldara cerró la boca, escuché el chasquido de sus dientes. Sus fosas nasales se dilataron, aspiró con lentitud, apretando la mandíbula. ¿Qué te han contado?, dijo.&lt;br /&gt;Que tuviste una crisis. Que se te fue la cabeza, dije, e hice una breve pausa. Que estás chiflada, vamos.&lt;br /&gt;Aldara volvió a encogerse, pero esta vez de una manera viperina, dispuesta a morder y escupir veneno. Sí, estoy chiflada, dijo. Loca por completo. ¿Quieres ver lo loca que estoy?&lt;br /&gt;No, dije.&lt;br /&gt;¿No? ¿No quieres que te cuente un secreto? Uno que nadie sabe, dijo, siseando. Voy a enseñarte una cosita. Para que se lo cuentes a tus amigos. Extendió los brazos y las mangas se retiraron descubriendo sus muñecas blancas y delicadas, hendidas por costurones de cirujano rojos y frescos, las manos laxas, abiertas, como si implorase. Míralo, dijo. Míralo bien.&lt;br /&gt;Tápate eso, le dije, todo lo átono que pude conseguir.&lt;br /&gt;El rostro de Aldara se descompuso, se le abrieron mucho los ojos, le tembló el labio inferior. Retiró los brazos, muy despacio.&lt;br /&gt;No soy tu madre, dije. No me importas nada y no vas a conseguir hacerme daño enseñando el daño que te haces a ti misma. No vas a hacerme daño de ninguna manera. Porque no creo que estés loca. Creo que eres una mala persona. Nada más.&lt;br /&gt;Me miraba de hito en hito. Hijo de puta, dijo. Eres un hijo de puta.&lt;br /&gt;Los brazos le colgaban inertes a los lados, le asomaba por las largas mangas azules la punta de los dedos. Incluso hecha polvo conservaba su fragilidad engañosa, su belleza de alta velocidad. Uno todavía quería cogerla en brazos y arrancarla de su dolor, llevarla muy lejos, llevarla a pensiones de mala muerte, atracar cajas de ahorro para ella y follar esnifando cocaína del páramo blanco de su espalda.&lt;br /&gt;Lo sigue teniendo, pensé. Eso. La fascinación. Como mirar los restos de un naufragio, lo que queda tras la singularidad Prandtl-Glauert, un montón de cosas rotas que siguen siendo bonitas.&lt;br /&gt;¿Qué te pasó, Aldara?, insistí.&lt;br /&gt;Se encogió de hombros. Quería ir más deprisa, dijo. Muy, muy deprisa. Como cuando sacas la cabeza por la ventanilla de un coche y el paisaje se hace un borrón y tampoco puedes dejar los ojos abiertos, solo sientes el aire en la cara, solo escuchas el aire, solo queda el aire... Eso quería. Ir así de rápido. Dejarlo todo atrás.&lt;br /&gt;Tiró la colilla del cigarrillo al suelo, la pisó con delicadeza. Lo conseguí, dijo. Fue un momento, un ratito, pero iba tan deprisa que no importaba nada. Sonrió con algo tan lejano a la alegría que ponía los pelos de punta. Después me paré, concluyó. Y aquí estoy.&lt;br /&gt;¿Quieres otro cigarro?, le dije.&lt;br /&gt;Aldara tragó saliva, hizo un visaje involuntario, su rostro se estiró sobre el entramado secreto de músculos, tendones y huesos como una máscara gastada. Sí, dijo.&lt;br /&gt;Le pasé otro cigarrillo y esperé a que lo encendiera y fumase un poco, recobrando la calma. No te voy a dar el número de Itziar, dijo.&lt;br /&gt;¿Por qué?&lt;br /&gt;Porque no te iba a servir de nada, dijo Aldara. Volvió a colocarse el pelo tras las orejas con los dedos, un gesto de puro agotamiento. Itziar se ha ido.&lt;br /&gt;¿Cómo has dicho?&lt;br /&gt;Quiero decir que desapareció. Se fue. Hará un año, más o menos. Yo ya me trataba poco con ella, pero un día me llamó su hermano. Hacía una semana que no sabía nada de Itziar. Él vive en Bilbao pero hablaban con frecuencia. Ella no le devolvía las llamadas, y cuando el teléfono dejó de estar disponible, ya sabes, apagado o fuera de cobertura, se asustó. Llamó a sus compañeras de piso, pero ellas no sabían nada, creían que se había ido a Bilbao. Su hermano, Jon se llama, vino a Madrid. El móvil estaba en la habitación de Itziar. Tenía el armario abierto, faltaba una maleta pequeña, algo de ropa. Jon estuvo haciendo llamadas, con la agenda del móvil de Itziar, pero sin resultados. La policía lo investigó, pero dijeron lo que todos suponíamos, que se había ido, sin más, no le había pasado nada. Un día hizo la maleta y se largó.&lt;br /&gt;A mí nadie me llamó, balbuceé, incapaz de procesar exactamente lo que estaba escuchando.&lt;br /&gt;No te ofendas, pero por aquel entonces nadie se acordaba mucho de ti, dijo. Una relación breve, hacía ya un año... No eras sospechoso de nada, supongo.&lt;br /&gt;Entonces...&lt;br /&gt;Entonces Itziar no está, dijo Aldara. Itziar se ha ido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;XII&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;No lo frotes, había dicho Reina. Se impregna y entonces nunca se va. Horas después, en un bar cerca del centro, bebiendo cerveza y encadenando cigarrillos. El sitio se llamaba The Big Nowhere y era azul y pequeño. Había entrado porque era solitario y había música tranquila, un jazz desangelado y lejano que sonaba como a través de una lata. De hecho, no tenían televisor y el equipo de música incluía un viejo plato para vinilos, el brazo de la aguja erguido como el brazo de un robot de los años cincuenta, la tapa de plástico cubierta de motitas azules. En aquel bar todo lo que no estaba pintado de azul estaba salpicado de pintura azul.&lt;br /&gt;En una de las dos única mesas del local había un hombre dormitando delante de una infusión. Tenía una larga barba rubia y unas gafas de culo de vaso. Afuera estaba muy oscuro y el viento traía ráfagas de lluvia. Yo pensaba en Itziar. La dulce Itziar, la seria Itziar, la distante Itziar cuyo rostro no podía recordar. Recordaba nuestra primera noche, la penumbra de la habitación, hablando de su nombre. Hay un pueblo que se llama Itziar, contaba. Tiene playas bonitas, tiene fallas y acantilados. Hace mucho frío. ¿Qué significa tu nombre?, le pregunté. Altura encarada al mar, dijo. Qué feo, ¿verdad? No, dije. No es nada feo. Ella frunció el ceño y me sacó la lengua. De pequeña me lo quería cambiar, dijo. En el colegio siempre se equivocaban, lo escribían mal, con ce. Pero es bonito, dije. Me gusta. Sí, ya, dijo. Ya.&lt;br /&gt;Ese fue uno de mis primeros recuerdos falsos de Itziar, recuerdos de cosas a las que no había asistido, pero que podía recrear con todo lujo de detalles, Itziar en las playas de Itziar, la niña encarada al mar, fríos vientos del norte.&lt;br /&gt;Pero qué sentido tiene, pensaba echado sobre la barra del bar, atacando la quinta cerveza. Pensar en ella. Itziar que quiso borrarse de tu vida y que ahora se había borrado incluso del mundo. Por qué hacer esto, por qué hurgar en lo que duele.&lt;br /&gt;Ya sólo quedan canciones de amor, había dicho Alejandro Rifar. Empalagosas canciones de amor, melodías edulcoradas para corazones débiles, canciones como palmaditas en la espalda. Todo va a salir bien, cariño. El amor es así. Después del estribillo seguiremos siendo felices.&lt;br /&gt;Pero esto no es una canción de amor. No hay estribillo y la melodía nunca vuelve sobre sí misma. Esto es arrítmico y disonante, los instrumentos están desafinados y los músicos borrachos. Nada más que un montón de ruido que encaja entre sí por pura casualidad.&lt;br /&gt;Itziar no está, había dicho Aldara Cabo, otra chica que había intentado borrarse del mundo, al menos dos veces, mediante la velocidad y las cuchillas, otra nota desarticulada, otro cabo suelto.&lt;br /&gt;No lo frotes, había dicho Reina Rifar. Déjalo ir.&lt;br /&gt;Esto no es una canción de amor. Esto no es una canción en absoluto.&lt;br /&gt;La música del bar cambió, pasó del jazz a canciones tristes y lánguidas de Johnny Cash, con el mismo sonido enlatado y polvoriento.&lt;br /&gt;Pedí otra cerveza. Por el fin del mundo, me dije. Porque sucede a cada momento. Porque todo está perdido. Porque aquí seguimos, penando, intentando encontrarle algún sentido.&lt;br /&gt;Sobre mi cabeza, Johnny Cash cantaba sobre reencontrarnos algún día soleado. La canción era melancólica y aunque intentaba ser moderadamente optimista, me pareció muy triste, como una promesa imposible de cumplir. Un nunca te olvidaré, dicho con una sonrisa temblorosa, un seguiremos siendo amigos, un pensaré en ti.&lt;br /&gt;Le hice un gesto al camarero, un tipo negro y alto que llevaba una camisa blanca que era como un estallido nuclear. ¿Cómo se llama esta canción?, pregunté.&lt;br /&gt;El camarero me miró un momento, arqueando una ceja. &lt;em&gt;We´ll meet again&lt;/em&gt;, dijo. Es de su último disco. Luego se murió.&lt;br /&gt;Su último disco, dije. Claro. Claro.&lt;br /&gt;Pagué las cervezas y salí a la calle, al viento frío y a la luz de las farolas ondulando en los charcos. Anduve unos metros, con pasos indecisos, y me acerqué a un contenedor de basura, me apoyé en la tapa y vomité espuma de cerveza y bilis, en silencio y salpicándome los zapatos. No, me dije. No voy a dejarlo ir. Aunque se impregne. No me importa. No me importa nada.&lt;br /&gt;Después, caminé hacia el centro, pensando en alguna manera de volver casa, apenas tenía calderilla en los bolsillos. Ya era tarde y era domingo pero las calles estaban llenas de gente. Las luces de la ciudad convertían las nubes del cielo en un algodón sucio pero iluminado. Observé desolado el desfile nocturno, las putas, los mendigos, los fiesteros irredentos, chinos que vendían cerveza y bocadillos, y avancé hacia el norte magnético de todo aquello, la arteria de este torrente de sangre. Los coches pasaban aullando, sirenas de ambulancia, guiños estroboscópicos... Es el fin, pensé. Se acaba aquí. Se acaba ahora. Llegó un viento frío desde algún lugar del cielo brillante, de la panza luminiscente de las nubes, y la gente se estremeció como si fuera la misma noche lo que les pasara por encima, veloz y gélida, escurriéndose hacia el otro lado del mundo. Empezó a llover. Los chinos levantaron los puestos, las putas buscaron refugio.&lt;br /&gt;Se inundó la Gran Vía de olor a cartón mojado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-4783755717408276981?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/4783755717408276981/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=4783755717408276981' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4783755717408276981'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/4783755717408276981'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/09/esto-no-es-una-cancin-de-amor-iii.html' title='esto no es una canción de amor (III)'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-6690242697962644465</id><published>2007-09-01T02:28:00.000+02:00</published><updated>2007-09-01T02:41:37.541+02:00</updated><title type='text'>esto no es una canción de amor (II)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Parte segunda: Los habitantes del desierto&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Si al infinito uno le añade más infinito, el resultado es infinito. Si uno junta lo sublime con lo siniestro, el resultado es siniestro. ¿No?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Roberto Bolaño&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;No hablemos de Itziar. Olvidemos a Itziar. Olvidemos su rostro, esto es fácil, porque ya no lo recordamos. Pero olvidemos también el color de su pelo, el color de sus ojos, la forma de sus pestañas, la línea de su mandíbula, el desvaído rosa de sus labios, el calor de su boca, la suavidad de sus muslos, la aspereza de su pubis, sus pechos pequeños y bonitos, su fragancia bajo las sábanas, su nuca en la almohada, el arco blanco en sus ojos cuando entramos en ella, el rubor de sus mejillas justo al final, olvidemos su risa, su conversación, las inflexiones de su voz, su acento del norte, esa ciudad de la que hablaba, que siempre imaginamos lluviosa y nublada e insoportablemente bella porque era su voz la que nos la convocaba, olvidemos su trenca azul, la punta de goma blanca de sus zapatillas, olvidemos los nudos de su espalda, olvidemos su cuerpo, su ropa, su historia, los recuerdos que nos dejó, olvidemos que hubo un momento en que no quisimos olvidar nada, que nos esforzamos por recordarlo todo, sin poder dormir, evocando cada detalle, cada conversación, secretamente convencidos de que si podíamos recordarlo todo, si podíamos conservarlo, sería como tenerla de nuevo, atada a nuestra memoria, esclavizada, apresada, un súcubo, nuestro súcubo, que no nos heriría, no nos dejaría, no diría que ya no nos quiere o, peor, que nos quiere mucho pero que no quiere seguir, no puede seguir, que no tiene sentido seguir. Olvidemos a Itziar, por favor. Olvidemos que hubo una tarde en que decidimos seguir queriéndola, a pesar de todo, a pesar de ella misma, en que pensamos que era la manera de permanecer invictos en la derrota, victoriosos en el rechazo, amándola cuando ella amaba ya a otros, indiferentes a la fealdad de lo real, inasequibles al desaliento, y olvidemos que fue esa misma tarde, en ese mismo momento, por obra de esa decisión, de ese pensamiento de amor incondicional, cuando empezamos a desenamorarnos de ella, al principio tan despacio, después tan deprisa, olvidemos que fue cuando decidimos quererla cuando dejamos de quererla, olvidemos tantas cosas tan estúpidas, olvidemos la primera vez que nos separamos, veintiocho horas después de conocernos, en un andén de metro, y tomamos sus manos y la besamos y dijimos Eres una persona extraordinaria y me alegro tanto de haberte conocido, lo dijimos como si no fuéramos a volver a verla, lo dijimos como si ya supiéramos de la fatalidad, y nada sabíamos, y ella dijo Tú también, yo también, y nos separamos. Olvidemos todo esto. Olvidemos a Itziar, porque qué significan estas nostalgias, qué importan estos viejos dolores, qué sentido tiene seguir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;La hermana de Alejandro Rifar se llamaba Reina. Un par de días después de que le preguntase por Claudio Girón Rifar me dio su tarjeta, encabezada por el nombre del bufete de abogados donde hacía prácticas, su propio nombre debajo, Reina Rifar Ugarte, y un número de teléfono móvil, un número de fax y una dirección de correo electrónico. Les dan tarjetas a todos los que trabajan en el bufete, me explicó Rifar. No es que se las haga ella. No es ese tipo de persona, precisó.&lt;br /&gt;La llamé ese mismo día. Tuvimos una conversación breve y amable, me preguntó por qué me interesaba Girón y repetí esa media mentira, o media verdad, que le había dicho a su hermano. Media mentira porque supongo que el encargo que me había hecho Miguel Ángel de Lucas podía considerarse dos años después más que cancelado, y media verdad porque realmente había empezado a pensar en escribir algo, aunque todavía no tenía muy claro qué, si un artículo, si un relato, pero notaba esa inquietud, esa comezón, en la boca del estómago y en la punta de los dedos, una ansiedad feliz, hambre por fin. Algo parecido a lo que se siente cuando te das cuenta, en medio del flirteo o de la seducción, de que te vas a acostar con la persona que te gusta, algo que puede disfrutarse en sí mismo, esa certeza, pero que al mismo tiempo urge a pasar a mayores, pasar a los besos, pasar a las cremalleras, a sentarte al teclado de una maldita vez. A ratos, todavía la tristeza dislocada, en fogonazos rápidos, ráfagas de melancolía, pero incluso eso me gustaba. Era tan diferente de no sentir nada, tan diferente de la inanidad. Me sentía un poco como si estuviera asomando la nariz fuera del líquido amniótico en que me había sepultado y olfatease el exterior intentado descifrar qué venía escrito en el aire, qué tiempo hacía fuera, qué tormentas o vendavales, qué cálidas tardes de verano.&lt;br /&gt;El horario de Reina Rifar y el mío eran casi incompatibles, así que quedamos casi una semana más tarde, el sábado, en una cafetería que eligió ella en la calle Fuencarral. Me gustó su voz, era grave y un poco nasal, justo en el límite para parecer sensual y no ridícula, y su acento argentino, al contrario del acento de su hermano que iba y venía a voluntad, se filtraba en sus palabras de manera sutil, como un regusto sonoro, como llega a veces el olor del mar cuando estás cerca de la costa, algo que podrías estar imaginando pero que, en cualquier caso, percibes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teléfono de Aldara Cabo no daba señales de vida. Apagado o fuera de cobertura cada vez que lo intenté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos días extraños vi señales por todas partes. Creo que si tuviera que volver a vivirlos, lo podría ver escrito en la forma de las nubes, en las vísceras tubulares de alguna bestia propicia, en el vuelo de los pájaros. Incluso el viento en los árboles me lo advertiría. Pero era inmune a los malos augurios. Me sentía eufórico, poderoso, como al borde de un descubrimiento, de una revelación. No dejaba de pensar en Itziar y no dejaba de pensar en Claudio Girón. Por las noches soñaba con ellos, sueños helicoidales, sueños que se impulsaban a sí mismos, sueños en los que iban y venían casi al alcance de mi mano, casi al alcance de mi voz, y entonces se perdían entre la multitud, entre la bruma, hileras de sueños, sueños como tormentas de arena. Por la mañana, me sentaba al borde de la cama, encendía un cigarrillo y dedicaba un momento a pensar en los sueños, a desenredarlos, en busca de una pista más, de un sentido definitivo. Pensaba que habría un momento en que las dos historias encajarían de alguna manera, con un chasquido, con un temblor, con un estruendo, y que eso lo cambiaría todo. Los días pasados, los días tranquilos, me parecían ahora días oscuros, días sin vida, días zombificados. Un simulacro, una farsa de cobarde. El silencio interno, la negación del hambre, la anestesia, la calma budista de no ambicionar nada, no es la vida. La vida es esto, pensaba, recrearse en un viejo dolor, seguir el rastro de sangre de un asesino, también recordar el flequillo de Reina Rifar y sonreírle al vacío. La vida es contradictoria y feroz. La vida es una taquicardia. La vida es soñar con el abismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me revolvía de ganas de empezar a escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida es literatura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;VIII&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de reunirme con Reina Rifar, fui a la FNAC a comprar libros, el único acto de mi vida que parecía tener un componente sacro. Había todo un ritual que respetar. Mientras las escaleras mecánicas me subían, me ascendían, hacia la sección de libros consultaba el papel donde había anotado las novelas o los autores que quería buscar, mi libro de oraciones, y leía para mí los nombres y los títulos como quien reza en silencio. Después, doblaba el papel, con gesto reverencial, y me acercaba a las estanterías, cientos de libros, miles de libros, dispuestos para mí, ediciones de bolsillo, ediciones en tapa dura, autores nacionales, autores extranjeros, ensayos, antologías, relatos, y entraba en una suerte de trance. Recorría los estantes, acariciaba los lomos, sopesaba los ejemplares, admiraba su factura, aspiraba el aroma de papel joven y tinta nueva, como si fueran incunables todos y cada uno de ellos por paupérrimas y tristes que fueran sus ediciones, olvidaba por completo mi lista previa, olvidaba por completo el dinero que podía permitirme gastar, y los libros se iban acumulando bajo mi brazo, demasiados, finos como manuales de autoayuda, gruesos como volúmenes enciclopédicos, añadiéndose, descartándose, yendo, viniendo, sin existir nada fuera del estante que recorriera mi índice, el universo y la literatura, para mí la misma cosa, reducidos a los apellidos de la letra C, Celine, Cortázar, Chabon, Cheever, Chejov, la letra M, Marías, Martín Santos, McCarthy, Melville, un infinito alfabético que al alcanzar la Z volvía a la A sin solución de continuidad, hasta el colapso, hasta que el brazo de carga me dolía y se acalambraba, y como alguien transido por la fe me encaminaba hacia las cajas, incapaz de calcular si tendría suficiente dinero para pagar los libros, incapaz de imaginarme viviendo sin el objeto de mi culto.&lt;br /&gt;Pero aquel día, el ritual se interrumpió apenas iniciado.&lt;br /&gt;Eh, escuché. Hola, tío.&lt;br /&gt;Levanté los ojos. Me hablaba un tipo rubio, el pelo a trasquilones cuidadosamente despeinados, con el chalequito de dependiente cubierto de chapas. Tardé un momento en reconocerlo. Ah, dije. Qué tal.&lt;br /&gt;Me cambié los libros de brazo, &lt;em&gt;Mientras ellas duermen&lt;/em&gt;,&lt;em&gt; La oscuridad exterior&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;Amberes&lt;/em&gt;, y le estreché la mano. Era un compañero de clase de Aldara Cabo, un tipo bastante idiota que tuve que frecuentar cuando salía con Itziar.&lt;br /&gt;Bien, tío, me dijo. Qué tal tú.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Comprando libros, ya ves.&lt;br /&gt;¿Qué haces ahora, sigues estudiando?&lt;br /&gt;No, dije. Dejé la carrera.&lt;br /&gt;Vaya, dijo el tipo.&lt;br /&gt;Trabajo de teleoperador, le expliqué.&lt;br /&gt;Asintió con lentitud y una sonrisa comprensiva, condescendiente.&lt;br /&gt;Yo terminé el año pasado, dijo. Curso por año, ya me conoces.&lt;br /&gt;Me alegro, dije. Curso por año. Y ahora curras aquí.&lt;br /&gt;El tipo parpadeó. Sí, bueno, mientras sale otra cosa, yo... Eh, tengo que hacer una cosa, así que...&lt;br /&gt;Sí, claro. Nos vemos... Espera, le dije.&lt;br /&gt;El tipo ya se volvía para alejarse. ¿Qué?, dijo.&lt;br /&gt;¿Tienes el número de Aldara Cabo?&lt;br /&gt;¿De Aldara Cabo?&lt;br /&gt;Sí. Quiero hablar con ella. Tengo un número, pero no funciona.&lt;br /&gt;No sé, a ver. Hace mucho que no hablo con ella. Nos distanciamos un poco, ya sabes... Con lo de... Se llevó el índice a la sien y lo movió en círculos. Cuando se le fue la cabeza, concluyó.&lt;br /&gt;Ya, dije, ahorrándome un comentario. Sacamos los teléfonos móviles y comprobamos que teníamos el mismo. Mierda, farfullé.&lt;br /&gt;¿Para qué quieres hablar con ella?&lt;br /&gt;Cosas mías, respondí, hosco. Intenté suavizarlo: Por los viejos tiempos.&lt;br /&gt;Tengo el número de casa de sus padres, si lo quieres, dijo.&lt;br /&gt;Sí, claro, dije. Pensé que cabía la posibilidad de que también tuviese el número de Itziar, pero un arrebato intuitivo me dijo que no, ella también pensaba que era un idiota y sólo lo trataba a través de Aldara Cabo. Además, no me apetecía preguntar por su número, el número de la chica que él sabría que me había roto el corazón, y soportar otro sonrisita de condescendencia.&lt;br /&gt;Anoté en el móvil y me despedí dándole una palmada en el hombro, un pelín demasiado agresiva. Mientras bajaba por las escaleras mecánicas hacia las cajas no pude evitar silbar y canturrear como un tarado.&lt;br /&gt;Pagué los libros y salí a la calle. Miré el reloj. La interrupción había servido para que no se me pasase la hora de mi cita con Reina Rifar. Iba justo de tiempo. Cuando llegué a la cafetería ella me estaba esperando. La reconocí porque se parecía a su hermano, ambos eran más atractivos que guapos, delgados, el mismo tono de pelo castaño, en ella largo y con un flequillo que apartó de un soplo justo la primera vez que la miré. Llevaba un jersey gris y vaqueros. Estaba sentada a una mesa cerca de la puerta. Me acerqué.&lt;br /&gt;Escribía en una pequeña libreta, volvió a apartar el flequillo soplando. Me gustó la forma que adoptaba su labio al soplar. Tenía labios bonitos, finos, de color rosa pálido.&lt;br /&gt;Hola, dije. ¿Reina?&lt;br /&gt;Miró hacia a mí, sonrió. Sí, hola.&lt;br /&gt;Dejó la libreta y el bolígrafo en la mesa y se puso de pie para darme dos besos.&lt;br /&gt;Siéntate, dijo. Ya he pedido.&lt;br /&gt;¿Llego muy tarde?&lt;br /&gt;No, yo he llegado temprano. Adelantaba un poco de trabajo...&lt;br /&gt;Nos sentamos. El camarero se acercó y dejó un café con leche sobre la mesa. ¿Quiere tomar algo?, me preguntó.&lt;br /&gt;Lo mismo que ella, dije.&lt;br /&gt;Ajá, dijo y se dio la vuelta hacia la barra.&lt;br /&gt;Bueno, dijo Reina Rifar mientras yo dejaba la bolsa de la FNAC con los libros sobre la mesa y procedía a sacar los cigarrillos. Así que te interesa Claudio Girón.&lt;br /&gt;Encendí un Fortuna. Sí, dije, soplando humo. Perdona, ¿quieres uno?&lt;br /&gt;Uf, dijo ella. Lo estoy dejando, en realidad.&lt;br /&gt;Ah, entonces...&lt;br /&gt;Sí, dame uno, dijo, riendo.&lt;br /&gt;Me contagió la risa, una risa grave y sensual como su voz.&lt;br /&gt;Encendió el cigarrillo y dijo: Claudio Girón.&lt;br /&gt;Sí, Don Claudio Girón.&lt;br /&gt;Me ha dicho mi hermano que estás escribiendo sobre él.&lt;br /&gt;Sí, una especie de artículo.&lt;br /&gt;¿Una especie de artículo?&lt;br /&gt;Sí, eh... Para... ¿Conoces Diagonal, el periódico? Me lo han encargado ellos y...&lt;br /&gt;Reina abrió los ojos. Sí, claro que lo conozco, dijo. Mi padre está suscrito.&lt;br /&gt;Mierda, pensé.&lt;br /&gt;Carraspeé. Pues... Ellos lo han encargado... No sé si lo acabarán publicando, pero...&lt;br /&gt;¿Qué enfoque vas a darle al artículo?&lt;br /&gt;Di una calada profunda, hice un gesto impreciso con la mano. Ya sabes, improvisé. Como una semblanza... Una semblanza del horror.&lt;br /&gt;Reina se echó hacia atrás en la silla, escuchando, el cigarrillo dibujando espirales de humo. Una semblanza del horror, repitió.&lt;br /&gt;Voy a intentar tomar a Girón como una especie de... epítome. De resumen de cierto tipo de hombres, de ciertos años... De cierto tipo de horror, sí. Girón es uno entre tantos, y quizá no sea de los peores, pero creo que en él... Se resume cierto espíritu. Cierta maldad. No sé si me estoy explicando con claridad, dije, notando un progresivo acaloramiento, una gota de sudor resbalando por mi costado. Y el hecho de que quedara impune, que desapareciera a principios de los noventa, le da mayor relevancia. Qué coño habrá sido de ese tipo, si sigue vivo, claro, debe tener como ochenta años...&lt;br /&gt;Ella me miraba, sonriendo a medias. Tocó la carpeta negra en la mesa. Te he traído información. Un dossier de mi padre, uno de tantos que tiene. Claudio Girón es, bueno, uno de sus objetivos, desde siempre.&lt;br /&gt;Toqué la carpeta como si me diera miedo cogerla. ¿Es sobre Girón?&lt;br /&gt;Sí, es todo lo que puedo darte.&lt;br /&gt;Aparté la mano de la carpeta. Tu padre es un cazador de cabelleras, dije.&lt;br /&gt;Ella rió. Si quieres verlo así.&lt;br /&gt;Lo digo como un elogio.&lt;br /&gt;Ya, dijo, apagó el cigarrillo en el cenicero.&lt;br /&gt;Tú también eres una cazadora, dije.&lt;br /&gt;Reina parpadeó entre el humo, bajó los ojos. Creo que se sonrojó un poco. Gracias, supongo, dijo. Ayudo en lo que puedo. Tú también ayudas escribiendo el artículo. Diagonal es un periódico estupendo.&lt;br /&gt;Sí...&lt;br /&gt;¿Has estudiado periodismo?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Ah.&lt;br /&gt;Yo... Es difícil de definir. Ahora mismo, soy teleoperador.&lt;br /&gt;Hizo un gesto con las manos, descartando la pregunta.&lt;br /&gt;No pasa nada, no es que sea un vergonzoso, dije. Tú haces prácticas en el bufete de tu padre, ¿no?&lt;br /&gt;El que era el bufete de mi padre, más bien. Pero sí, sí, soy licenciada en Derecho.&lt;br /&gt;Nos miramos, nos sonreímos. No supimos qué añadir. Reina miró su reloj. La verdad es que...&lt;br /&gt;No te molesto más, me adelanté. Tendrás cosas que hacer, así que mejor si me voy, dije, aunque ninguno había llegado a darle más de un par de sorbos a los cafés.&lt;br /&gt;Sí, estoy un poco liada, dijo ella, encogiéndose de hombros.&lt;br /&gt;Extendí el brazo para coger la carpeta. Lo fotocopio y te lo devuelvo cuanto antes, dije y al acercar la carpeta empujé la bolsa y la tiré al suelo desparramando los libros. Joder, dije.&lt;br /&gt;Nos inclinamos. Reina cogió uno de ellos, miró la portada. ¿Te gusta Roberto Bolaño?, preguntó.&lt;br /&gt;Sí, dije, metiendo los otros libros en la bolsa.&lt;br /&gt;Reina me devolvió el libro y se acomodó en la silla, mirándome. A mí también, dijo.&lt;br /&gt;Nos sonreímos otra vez.&lt;br /&gt;Oye, me queda mucho café, dijo. ¿Me darías otro cigarrillo? Si quieres compro ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reina Rifar había nacido en Buenos Aires en 1982. Su padre la trajo a España junto con su hermano el año de los Juegos Olímpicos y la Exposición Universal. Dijo que no entendía nada. Dijo que odiaba Madrid, odiaba su colegio, odiaba a sus compañeros de clase. No hablaba, lloraba por las noches. Su madre llamaba desde Canadá, donde vivía con su nuevo marido, un chileno de apellido alemán, y Reina no lograba entender quién era esa mujer. Sufrió una involución temporal, un conato de autismo preadolescente. Luego las cosas mejoraron. Hizo amigos, dejó de llorar, perdió el acento porteño como se pierden las buenas costumbres, explicó, aunque yo lo notaba en cada una de sus palabras como una sombra. El recuerdo de su madre, a la que nunca veía, se hizo ajeno, como si fuera la madre de otra persona, de una niña bonaerense que como ciertas letras de su apellido se había perdido por el Atlántico. La figura de su padre cobró dimensiones titánicas. Pasó por un periodo grunge, influencia de su hermano, que no duró mucho. En música coincidíamos en algunas cosas, The Cure, los Clash, los Buzzcocks. A ella le gustaba Radiohead y yo reservé prudentemente mi opinión. No me atreví a preguntar por los Pixies. Compartía la fascinación de su hermano por Sam Peckinpah, ante lo que se me descolgó la mandíbula. Su escritor favorito era Nabokov, le fascinaba Raymond Carver y reconocía no haber entendido ni disfrutado &lt;em&gt;El almuerzo desnudo&lt;/em&gt;, libro que yo sí había disfrutado sin estar muy seguro de haber entendido. &lt;em&gt;La historia interminable&lt;/em&gt; nos parecía a los dos un libro que hacía justicia a su título, un libro inagotable, un libro que había contribuido en muchas formas a configurarnos tal como éramos. Emuló al padre estudiando Derecho en lugar de Literatura, su primera opción, y no se arrepentía. Yo no hablé mucho, dejé caer una pregunta aquí y otra allí para que siguiera hablando. Me recordaba a mí mismo con diez años, el verano de su llegada al país, camisetas de Cobi, atletas subiendo a podios, un día caluroso en Sevilla. Sentí envidia de las personas que la habían conocido antes que yo. Odié a todos y cada uno de los novios que pudiera haber tenido. Reconocí los síntomas. No me puede estar pasando otra vez, pensé. Otra vez no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al despedirnos en la puerta de la cafetería, dos tímidos besos, le dije que le devolvería la carpeta a través de su hermano, si lo prefería.&lt;br /&gt;Bueno, dijo ella. También podemos tomar café algún día. Otra vez.&lt;br /&gt;Claro, dije.&lt;br /&gt;Tengo que irme.&lt;br /&gt;Sí, yo también.&lt;br /&gt;Intercambiamos sonrisas indecisas y al final seguimos cada uno una dirección, ella hacia el bufete, trabajaban todavía el sábado por la tarde, y yo hacia el metro más cercano. En el vagón hojeé el dossier, era una versión ampliada del que me había pasado Miguel Ángel, incluidas borrosas fotocopias de documentos oficiales, de un pasaporte falso con una imagen irreconocible de Claudio Girón. Sergio Camacho era el alias que utilizaba, mucho más parecido a su imposible nombre real. Más tarde, en mi habitación, llamé a Miguel Ángel para preguntarle si conocía a Reina Rifar. Sí, claro, me dijo. Es la que me pasó el dossier de Claudio Girón, era amiga de un compañero de clase, ¿en qué andas metido? Ya te lo contaré, le prometí. Claudio Girón ha vuelto a mi vida, igual escribo algo sobre el tipo, ¿te sigue interesando? Pues más bien no, dijo. Ya es un poco tarde, eh. Reímos y me despedí. Me quedé sentado en la cama, sonriendo y pensando en Reina Rifar. Encendí un cigarrillo y miré los haces de luz que se proyectaban por la persiana veneciana iluminando motitas de polvo suspendido. Había cosmos enteros expandiéndose unos contra otros, arrojándose soles fugaces y planetas y satélites que relucían como esquirlas de mica, tendiendo entre ellos tenues lazos de gravedad, girando en órbitas inestables, dibujando espirales y cúmulos elípticos o lenticulares que se enredaban y arracimaban y arremolinaban y se iban mostrando en las sucesivas láminas de luz, galaxias que ascendían y descendían y se perdían más allá de los confines de lo que se puede ver junto con quasares y singularidades incognoscibles, toda la variedad y riqueza del universo contenida en un espacio abarcable con los brazos, supernovas, estrellas binarias, enanas blancas, artefactos fastuosos de civilizaciones perdidas, inteligencias alienígenas, vacíos primordiales sólo reconocibles por la ausencia en que se definen, discos de acreción, momentos angulares contradictorios e imposibles, cometas erráticos, horizontes de sucesos y ergosferas en rotación, meteoritos de diamante espejado, milagros atómicos, los Perros de Tíndalos, las entropías reversibles y la bastarda y mentirosa entidad geométrica que forman el espacio y el tiempo justo entre el índice y el pulgar. Soplé el humo retenido en los pulmones y arrasé con todos esos universos y otros iguales vinieron a sustituirlos y cerré los ojos y sentí el calor del cigarrillo en los dedos y al volverlos a abrir continuaba la misma danza de derviches en la luz pálida del sábado por la tarde. Todo tiene sentido, pensé. Todo está lleno de prodigios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;IX&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Tiene cara de pájaro, me dijo Itziar una vez, hablando de Aldara Cabo. Creí que quería decir que era fea y no lo entendí. Aldara Cabo no era fea. Aldara Cabo era más que guapa, era hermosa de una manera que sólo se acostumbra a ver filtrada por una pantalla de cine, desde una página de revista. Así que lo pensé y descubrí que Itziar tenía razón. El rostro de Aldara Cabo, los labios carnosos, la nariz perfilada, las cejas como trazos de tinta de caligrafía japonesa, tenía una fragilidad de ave, algo que residía en la perfección de los huesos bajo la piel, como un diseño superior, aerodinámico. Una fragilidad engañosa hecha para romper la barrera del sonido. Era una chica de la que enamorarse con una mirada fugaz en la penumbra coloreada de una discoteca, con entrever su rostro en la ventanilla de un tren, con cruzártela por la calle. Nunca le conocí novio a Aldara Cabo, aunque le sobraban pretendientes, lo que me hizo suponer que era lesbiana o estaba sexualmente confusa. Según Itziar, ni una cosa ni otra. Es muy difícil, me dijo. Sólo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aldara Cabo era difícil, sí. Aldara Cabo, terminaría por descubrir, era una persona horrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Dígame?&lt;br /&gt;Hola, saludé.&lt;br /&gt;Sí, ¿quién es?&lt;br /&gt;Le dije mi nombre. Soy amigo de Aldara... De Aldara Cabo, eh... Es la casa de los padres de Aldara Cabo, ¿verdad?&lt;br /&gt;Ajá, dijo la voz, helada. Soy su madre.&lt;br /&gt;Ah, claro. Bueno, yo soy amigo de Aldara, pero hace mucho que no sé de ella y... Tengo su móvil, pero no funciona, y me gustaría... Ya sabe. Soy amigo. De la universidad.&lt;br /&gt;Eres amigo de Aldara, dijo la voz, como si musitara un titular de periódico vagamente improbable.&lt;br /&gt;Sí, pero... Ya hace tiempo y... Hemos perdido contacto.&lt;br /&gt;Quieres hablar con ella.&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Con Aldara.&lt;br /&gt;Eh... Sí.&lt;br /&gt;¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;Le repetí el nombre.&lt;br /&gt;Espera, dijo.&lt;br /&gt;Esperé. Estaba sentado a la mesa del ordenador, en mi habitación. Cogí un bolígrafo y garabateé en unos papelajos, espirales, calaveras. Encendí un cigarrillo, garabateé un poco más. Escuché pasos al otro lado, el teléfono rozando la mesa al levantarlo. ¿Qué quieres?, preguntó Aldara Cabo.&lt;br /&gt;Solté el humo de una calada, apresuradamente. Hola, Aldara, dije.&lt;br /&gt;Hola, tú. ¿Qué quieres?&lt;br /&gt;Estoy bien, gracias, ¿y tú?&lt;br /&gt;Escuché su risita, metalizada por el auricular, una risita sin humor y sin vida.&lt;br /&gt;Muy bien, dijo. Encantada de hablar contigo.&lt;br /&gt;Me alegro.&lt;br /&gt;Guardamos silencio. Di dos caladas antes de que ella suspirase y dijese: Bueno, qué quieres, ¿oírme respirar?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;¿Entonces?&lt;br /&gt;Estoy intentado... Itziar. Necesito su número de teléfono.&lt;br /&gt;¿Itziar?&lt;br /&gt;Sí, Itziar, ¿te acuerdas de Itziar, tu amiga?&lt;br /&gt;Itziar, tu novia. O lo que fuera.&lt;br /&gt;Esa Itziar. ¿Tienes su número de teléfono? O un correo electrónico al que pueda escribir.&lt;br /&gt;¿En serio?&lt;br /&gt;Mira, a lo mejor no viene mucho a cuento, pero me gustaría hablar con ella. Saber cómo le va, en qué anda. No tengo ninguna idea rara en la cabeza.&lt;br /&gt;No sabes...&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;Nada.&lt;br /&gt;¿Tienes su número?&lt;br /&gt;Lo tengo. Pero no te lo voy a dar.&lt;br /&gt;Me quedé con la boca abierta. ¿Por qué?&lt;br /&gt;Porque no te iba a servir de nada.&lt;br /&gt;¿Qué quieres decir?&lt;br /&gt;Exactamente lo que he dicho. No te iba a servir de nada.&lt;br /&gt;Pero...&lt;br /&gt;Ven a verme, dijo. Te contaré una historia.&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;Que vengas a verme.&lt;br /&gt;¿Ahora?&lt;br /&gt;No, ya es tarde. Dentro de siete días.&lt;br /&gt;¿El domingo que viene?&lt;br /&gt;Sí. Toma nota, dijo, y dijo el nombre de una calle, en Las Rozas. Esa calle termina en un parque, especificó. Estaré en el parque a las doce de la mañana. Hablaremos.&lt;br /&gt;¿No puedes decírmelo ahora?&lt;br /&gt;No. El domingo que viene.&lt;br /&gt;¿Por qué el domingo?&lt;br /&gt;Porque de lunes a sábado estoy internada en un centro. Por eso.&lt;br /&gt;Colgó el teléfono.&lt;br /&gt;Joder, le dije a la línea muerta. Anoté el nombre de la calle en un papel antes de olvidarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un par de días después, al salir a fumar, Alejandro Rifar me dijo: Mi hermana pregunta por ti.&lt;br /&gt;Parpadeé entre el humo que me subía por la cara. Ah, dije, con la mayor indiferencia que pude. ¿Sí?&lt;br /&gt;Rifar dio una calada, sopló el humo, se tomó su tiempo, sonriendo.&lt;br /&gt;Sí, dijo.&lt;br /&gt;Esperé, mirando su sonrisita de diversión. Conté los segundos. ¿Y qué preguntó?, claudiqué.&lt;br /&gt;Rifar se encogió de hombros, como si no lo recordara. Nada en concreto, dijo. Algún comentario, alguna frase... No te pienses que mi hermana me va a preguntar directamente si tienes novia.&lt;br /&gt;Tragué saliva, solté el humo por la nariz, carraspeé, cambié el peso de una pierna a otra. Rifar esperó, tranquilo. No, dije. No tengo.&lt;br /&gt;Rifar hizo un gesto con la mano, como si dijera que él no había preguntado nada, que nadie había preguntado nada.&lt;br /&gt;Noté que la cara me ardía, una vergüenza infantil.&lt;br /&gt;Eh, dijo Rifar, chasqueando los dedos. ¿No tienes que devolverle unos documentos o algo?&lt;br /&gt;Sí, un dossier, dije.&lt;br /&gt;¿Por qué no vienes a casa el sábado? Hemos instalado un home cinema de esos y voy a estrenarlo con un maratón de clásicos. Habrá cerveza. Puede que esté mi viejo, igual te cuenta algo para tu artículo del tío ese, como se llame. De paso, le puedes devolver el dossier a Reina. ¿Qué?&lt;br /&gt;El sábado, dije, poniendo cara pensativa. Pues...&lt;br /&gt;Sí, ya, consulta tu agenda, tómate tu tiempo, dijo Rifar. Tiró el cigarrillo al suelo. Seguía sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el cercanías, de vuelta a casa, estalló una ventanilla. Sucedió al salir de un túnel, el vagón iba atestado de gente que dormitaba, hojeaba periódicos gratuitos, le hablaba a teléfonos que habían perdido la cobertura en el paso subterráneo. El tren hacía todos sus ruidos habituales, sus ronroneos, sus vibraciones. Yo estaba sentado al final del vagón y miraba hacia esa ventanilla por casualidad. Sonó como algo líquido, una lámina de agua que choca contra el asfalto. La ventanilla se volvió blanca, pero no se cayó ni saltó en pedazos, se mantuvo en el marco. Hubo un par de gritos, un alarido. Unos tipos se rieron. Los que estaban sentados junto a la ventanilla, cerca del principio del vagón, se apartaron, sonreían como si les hubieran gastado una broma pesada. Qué ha pasado, qué ha pasado, preguntaban. Los niños, dijo una señora a mi lado. Los niños salvajes. La miré, la señora se miraba las manos. ¿Los niños salvajes?, pregunté. La señora levantó los ojos. Sí, dijo, y volvió a mirarse las manos. Iba a preguntarle qué quería decir, pero me mantuve callado. Los paisajes que recorría el tren a esas horas crepusculares parecían siempre siniestros y vacíos, un extrarradio de la desolación. Ruinas de un páramo edificado. Fácil imaginarse hordas de niños salvajes, caníbales bajo los puentes, los habitantes del desierto emboscando trenes de otro mundo, un mundo que todavía no ha terminado.&lt;br /&gt;La ventanilla seguía rompiéndose. Un crujido que se extendía por el vagón y que iba callando las conversaciones. Como hielo al que se le vierte café caliente o como envoltorios de caramelo arrugándose muy despacio. Seguía sin caer, sin desprenderse, sólo se rompía, firmemente adosada a su marco. Un tipo se levantó y vino al final del vagón. Se sentó en el último asiento libre. Los pasajeros que quedaban se miraron, sonrieron, tragaron saliva. El crujido no cesaba. Se levantaron y se apelotonaron a nuestro lado, atónitos, confusos. La señora se tapó los oídos. Un niño se echó a llorar. Hubo carraspeos, toses. Nadie hablaba. Las manos estrujaban periódicos. El crujido continuó. Como grillitos de cristal. En la siguiente parada se bajó todo el mundo. A mí me faltaba un buen trecho para llegar a casa, pero tampoco podía aguantarlo más. No era un sonido insoportable, como uñas en una pizarra, era sólo su constancia, la impresión de que no iba a dejar de romperse nunca. Me senté en un banco a esperar el siguiente tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-6690242697962644465?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/6690242697962644465/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=6690242697962644465' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/6690242697962644465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/6690242697962644465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/09/esto-no-es-una-cancin-de-amor-ii.html' title='esto no es una canción de amor (II)'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-7033043127771620232</id><published>2007-08-26T19:24:00.000+02:00</published><updated>2007-08-26T19:42:18.539+02:00</updated><title type='text'>esto no es una canción de amor (I)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Parte primera: Girón e Itziar&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;- Es misterioso y repugnante, terrorífico y doloroso.&lt;br /&gt;- Entonces-dije-, siéntate y empieza contárnoslo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Henry James&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;I&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A las tres de la madrugada el viento soplaba con fuerza. Salí de la cama y me asomé a la ventana para mirar la tormenta. Las farolas eran puntos de luz casi apagados bajo una cortina gris y había bolsas de plástico que volaban como palomas histéricas. Se veía la forma del viento arremolinándose y combándose, circulando en direcciones opuestas. Qué haces, preguntó ella sacando la cara de la almohada. Me gustan las tormentas, dije. Hacía frío en la habitación y la voz me temblaba un poco. Una vez, le dije, estaba en el campo, era verano, y empezó a llover aunque no había ninguna nube. Fue como si se hiciera de noche. Caían rayos, muchísimos, y tronaba tan fuerte que lo notaba en los huesos. Un rato antes hacía sol y hasta calor, y de repente la tormenta. Te juro que no había ni una nube. Daba miedo verlo. Al final, hubo un rayo tan grande que no se acababa. Empezó siendo muy pequeño, como una pestaña, pero se hizo más y más grande, ramificándose, rompiéndose, y no se acababa nunca. Cubrió todo el cielo. Como una pestaña, dijo ella. ¿Cuándo fue eso? Cuando yo era pequeño, dije. Luego dejó de llover. La tormenta no duró ni cinco minutos. Se hizo de día otra vez y todo estaba mojado y brillante. Olía a lluvia tan fuerte que mareaba. Se podía ver hasta dónde había llovido, una parte del camino estaba mojada y la otra seca. ¿Estabas solo?, preguntó ella. Sí, estaba solo, respondí. ¿Y qué hacías tú solo en el campo de pequeño? No me acuerdo, dije. A lo mejor lo soñaste. No, le dije. No fue un sueño. Cuando se lo conté a mi abuelo me dijo que era posible, que él había visto cosas así. Un granizo que era de color azul y del tamaño de huevos de gallina. Eso fue antes de la guerra. También me dijo que durante una tormenta sin lluvia vio un rayo que salía de la tierra, en medio de un arroyo seco, y que cuando se acercó las piedras estaban rotas, como si les hubieran dado con un martillo, y calientes y el pelo se le ponía de punta. Ella rió en la oscuridad. Mi abuelo no tenía mucha imaginación, dije. Sólo hablaba de lo que veía. No fue un sueño, insistí. Esas cosas pasan. Eventos extraordinarios. Como el rayo verde, ¿sabes qué es? Ella dijo que no y se lo expliqué. Vaya, dijo ella. La miré. Se había incorporado sobre los codos y miraba hacia la ventana, con los ojos muy abiertos. Quiero verlo, murmuró, alguna vez. Volví a la cama, temblando un montón, y ella me abrazó con fuerza para sacarme el frío. Quiero verlo todo, dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Conocí a Itziar la misma tarde que Miguel Ángel de Lucas me dio el dossier de la Operación Gladio. Habíamos quedado en la cafetería de su facultad y yo examinaba con desconfianza el grosor de aquel fajo de fotocopias. Miguel Ángel estaba metido en un fanzine y quería que yo colaborase. Era un rollo político, casi serio, pero tenían una sección llamada &lt;em&gt;Conspiranoia&lt;/em&gt; donde se dedicaban a hablar, con bastante despreocupación, de sociedades secretas, de misterios templarios, de las teorías más disparatadas del asesinato de Kennedy, unos tres o cuatro años antes de que esos temas se pusieran de moda. Quería que escribiese un artículo para esa sección. A mí, que tenía la esperanza de ver impreso alguno de mis relatos, no me apetecía demasiado.&lt;br /&gt;Claudio Girón, dijo Miguel Ángel.&lt;br /&gt;¿Quién es?&lt;br /&gt;Ya verás, dijo mientras abría un segundo sobre de azúcar y lo echaba en su café con leche. Lo hacía con un movimiento de muñeca distraído y casi espasmódico, espolvoreando azúcar por la mesa. Con razón necesita dos sobres, pensé.&lt;br /&gt;Hojeé las fotocopias. Estaban manchadas de café y llenas de anotaciones ilegibles al margen y subrayados temblorosos. Encontré una foto del tipo. Granulada y en blanco y negro, el rostro no se distinguía apenas. Los ojos eran dos botones negros y borrosos y una boina militar le ensombrecía las facciones. Al fondo, unos árboles difusos. En primer término su brazo alzando un rifle, un gesto de saludo o desafío. El pie de foto decía &lt;em&gt;Claudio Girón, el asesino de la Triple A en España.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;¿Y qué hago con esto?&lt;br /&gt;Escribir un artículo. Sobre la Operación Gladio, sobre Girón, un poco de todo.&lt;br /&gt;No sé yo.&lt;br /&gt;Tienes dos semanas, dijo Miguel Ángel. Te lees la documentación y la resumes en más o menos una página.&lt;br /&gt;Una página, dije. Aquel lío de fotocopias tenía como dos dedos de gordo. Mira, Lucas, me parece que paso...&lt;br /&gt;Miguel Ángel levantó la cabeza en ese momento y dijo: Eh, hola.&lt;br /&gt;Saludaba a dos muchachas que pasaban a nuestro lado. Una era rubia y la otra morena. Las chicas le devolvieron el saludo. Miguel Ángel me presentó. Les dijo que se sentaran con nosotros y ellas fueron a la barra y volvieron con un par de cafés con leche. Compartían algunas clases, los tres. Me fijé primero en la morena, porque era más guapa y porque yo soy un hombre de morenas, si es que eso significa algo, pero no era una chica simpática. Era hosca y de ademanes nerviosos. Bebía café solo, sin azúcar. Fumaba más que yo, y yo fumo una barbaridad, así que eso me llamó la atención. La otra chica, la rubia, era callada y muy seria. Hablamos de literatura. Ellas hablaron de Cortázar y de poesía francesa y se notaba que estaban muy contentas con sus lecturas y sus opiniones, sobre todo la morena. Yo hablé de novela negra y Graham Greene y conseguí miradas de condescendencia. Miguel Ángel contemporizó lo que pudo. Fue un rato entretenido, aunque ahora ese tipo de conversaciones me aburren hasta la muerte y las evito como sea. Me producen urticaria. La morena se llamaba Aldara Cabo. La rubia se llamaba Itziar. Esa misma tarde me enamoré de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces pasa. No necesitas más que una tarde, una conversación, algunos libros y canciones en común, y pasa. Aldara Cabo fue la primera en irse, tenía clase. Miguel Ángel aguantó un rato más y luego se fue a hacer lo que fuera que tenía que hacer. Itziar y yo nos quedamos solos en la mesa, sonriendo indecisos, como hacen los conocidos recientes que se ven atrapados en este tipo de ratoneras. Apuramos las bebidas, apagamos los cigarrillos, preparados para irnos cada uno por nuestro lado. Charlamos un poco más, por compromiso, de libros. Charlamos de cine. Charlamos de música. Alguien mencionó a Juan Rulfo. Alguien mencionó a David Lynch. Alguien mencionó a los Pixies. Se encendieron nuevos cigarrillos. De la cafetería se pasó a una cervecería y de la cervecería se pasó a un bar propiciamente oscuro y hablamos de más libros y más películas y más canciones y al final, medio borracho, le dije: Todavía no sé si tengo que besarte. Y ella dijo: Sí, yo creo que sí. Pasamos la noche en mi piso, un piso lamentable que olía a cerrado, papel pintado en las paredes. El somier era un desastre y chirriaba, así que tiramos el colchón al suelo. Siempre sorprende cuando es tan fácil, tan sencillo. Te puede hacer concebir ideas tontas sobre la predestinación, sobre la magia. Hubo un momento, mientras hablábamos en la oscuridad y nos acariciábamos, que sentí que el pulso se me paraba, que se me trababa el corazón en un latido, y notaba cada lugar de mi cuerpo que ella había besado o mordido o arañado como si ardiera. En ese momento quería alejarme de ella, irme a un rincón y encogerme sobre mí mismo, como si necesitase una pausa para pensar en todo lo que había pasado, en aquellas pocas horas, como si fuera algo demasiado grande para tragarlo de una vez. Pero no lo hice porque no había nada que pensar, ninguna conclusión a la que llegar, aunque diera miedo. Es sólo que a veces es así. Estaba enamorado. A veces pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claudio Girón no se llamaba Claudio Girón. Era hijo de unos emigrados rusos recalados en Buenos Aires. Nació en los años cuarenta y su verdadero nombre, resultado más que creativo de la trascripción fonética de algún funcionario, era Siarhei Kamisarchuc. Así lo llamaban sus padres hasta 1960, año que murieron en el incendio de su apartamento intoxicados por el humo. Claudio Girón odiaba llamarse Siarhei Kamisarchuc. Lo cambió oficialmente al alcanzar la mayoría de edad y como Claudio Girón ingresó en la Policía Federal. Tras unos años se le aparta del servicio activo sospechoso de estar vinculado con una banda criminal. A principios de los setenta Girón es reclutado por la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A. Es ascendido y reincorporado al servicio. Recibe formación militar. Hace borrón y cuenta nueva. Uno de sus antiguos socios aparece en el maletero de un coche abandonado, las manos atadas con alambre y un disparo en la nuca, otro se prende fuego, en un suicidio inverosímil y atroz, dentro de la celda donde se le había retenido sospechoso de un hurto menor, el resto desaparece sin dejar rastro. Girón se entrega al terrorismo de estado. Con la Triple A se le supone la participación en una veintena de asesinatos, de sindicalistas, profesores universitarios, periodistas, opositores al régimen, así como asaltos, secuestros e incluso matanzas masivas en barrios obreros, en los que las víctimas eran concentradas en un lugar, asesinadas y los cuerpos volados con explosivos. Dirigía también la vertiente que se ocupaba del crimen común para financiar la organización. Atracos a bancos y joyerías y tráfico de drogas. Años floridos para el horror. En 1975 la situación de la Triple A es insostenible, hay una grave crisis económica y el gobierno se hace progresivamente inestable. Los hombres como Girón empiezan a sobrar. Se le envía a España, un exilio forzoso y apenas disimulado. Participa en el contragolpe de Estado del general Spínola en Portugal, se vincula con grupos españoles de extrema derecha, forma parte de turbias empresas de seguridad. Hay fotos de políticos de la transición en las que aparece al fondo, trajeado y con gafas de sol, muy repeinado. Es fichado, se dice, por la Operación Gladio, un delirante proyecto, auspiciado por la CIA, consistente en crear fuerzas paramilitares ocultas en Europa, anidadas, latentes, previniendo un posible avance soviético. Una forma de contener los elementos fascistas más recalcitrantes sin dejar de tenerlos a mano. La Operación Gladio, de una manera u otra, está implicada en sucesos turbios por todo el continente. El nombre de Claudio Girón aparece mencionado siempre de manera tangencial pero significativa en la guerra sucia contra el terrorismo español de los ochenta. Después se esfuma, Girón desaparece en los noventa. Ya no hay telón de acero, ya no hay bloque soviético. La Operación Gladio se hunde sobre sí misma. Se acabó la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto es, más o menos, lo que pude extraer del dossier que me pasó Miguel Ángel de Lucas. Nunca se publicó porque nunca se lo envié. No sé qué quería exactamente que extrajera de la historia de Girón, pero yo no pude extraer más que un pobre resumen. Le daba vueltas a la historia, una y otra vez, fascinado, horrorizado, y sólo llegaba a una conclusión. Claudio Girón es el mal. El mal singularizado en una persona. Un mal prosaico, desnudo, desmitificado. No un mal luciferino, un mal humano. Cierto tipo de maldad que circula desde siempre entre los hombres y que en el siglo veinte encontró su campo de juegos perfecto al abrigo de las ideologías y de las convulsiones sociales, un mal que era Girón y eran otros muchos hombres como él. Hombres que no están locos y que son malvados. Hombres crueles, hombres venenosos, hombres lúcidos. Sí enfermos, sí malvados, nunca locos. El texto que tenía que escribir había de ser una reflexión sobre el horror, sobre esos hombres, o no sería. Y no fue. Di largas a Miguel Ángel, incapaz de escribir una sola línea sobre el tema, y al final creo que publicaron algo sobre masones. No estaba preparado para escribir sobre Claudio Girón, un hombre que no significa nada y que lo significa todo. Después de todo lo que ha pasado sigo sin estarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero aquí voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;III&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Mi relación con Itziar discurrió por unos cauces que, ahora, me parecen insoportablemente tediosos por previsibles. Nos fue bien durante unos meses, nos fue fabulosamente bien, luego las cosas empezaron a torcerse, sin un motivo, sin una razón localizable, y al final me dejó, una ruptura que empezó de manera civilizada y acabó hecha un desastre de reproches, silencios y miradas sesgadas. Era la primera vez que me enamoraba, la primera vez que me enfrentaba a ese sentimiento que crees conocer hasta que lo conoces realmente, y examinaba los matices que le iba descubriendo con desconcierto, con una fascinación no muy distinta a la que sentía leyendo sobre Girón, una fascinación horrorizada. No era la primera vez que ella se enamoraba, si es que llegó a enamorarse de mí. Cuando me dejó, cuando me rompió el corazón, enfrenté por primera vez el desamor, el desamor auténtico, y fue un desamor también desconcertado. Un desamor desesperado, agónico, oscuro e insomne. Precisamente por previsible y tedioso, como me parece ahora, no voy a hablar aquí de las mil pequeñas miserias que nos arrojamos, los egoísmos, la incomprensión. Si lo han sentido alguna vez, lo conocen. Si no lo han sentido, lo sentirán. Si creen haberlo sentido, si sólo lo creen, como lo creía yo, no hay nada que pueda decir que les sirva de ayuda. Todos creen que su herida es la medida de las heridas. Después descubres que sólo hay una herida que se repite de una persona a otra, con más lágrimas o con menos, con unos sueños peores que otros, con unas angustias que persisten más que otras. Cuando se les venga encima, cuando los machaque y los triture y los haga fosfatina, cuando tengan que recoger los pedazos del suelo e intentar armar otra cosa, algo diferente, algo que funcione, sabrán de qué les estoy hablando. Si mi herida era la medida de todas las heridas, hubo un tiempo en que pensé que Itziar era la medida del mundo, lo que hacía las cosas pequeñas o grandes, valiosas o despreciables. Uno cree que inventa el amor la primera vez que se enamora. Asumir que es un juego viejo y ya escrito, cuyo reglamento parece que te escamotean, es quizá lo más doloroso. Un juego viejo, he dicho, pero no un juego caduco. Esta certeza es el último amago de la esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y qué hice, perdido como estaba, sin poder tomarle medidas al mundo, siendo todo tan grande que me superaba o tan pequeño que se me escurría entre los dedos. Hice lo que se hace cuando te muerde una serpiente. Corté profundo y lo dejé sangrar. Sangró mucho tiempo hasta que expulsó el veneno, pobre sombra mía desangrada y anémica, y con el veneno se fueron muchas cosas bonitas, muchos buenos recuerdos, cosas y recuerdos que lamento haber perdido, pero que entonces se habían vuelto ponzoñosos, tóxicos, y que era mejor no tocar. Te crees que nada tiene sentido, te crees que estás inventando el dolor, te crees que no vale la pena seguir adelante. Luego sigues adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Dos años después nunca pensaba en Itziar. O pensaba en ella como una abstracción, apenas dotada de un rostro y de un color de pelo. Mi vida era muy distinta. Había dejado la carrera, trabajaba de teleoperador, decía que estaba escribiendo una novela. En este tríptico había dos verdades y una mentira. No escribía nada. Quería escribir, pero no lo hacía. Trabajaba de tres a nueve, y el resto del tiempo lo dedicaba a vagabundear, a emborracharme, a visitar a los poco amigos que conservaba, a fumar dos paquetes diarios. No era un tipo infeliz, había agotado por el momento mi cuota de infelicidad. Flotaba en una suerte de líquido amniótico de insatisfacción satisfecha, de ambición anulada, un líquido gris y denso que anestesiaba el hambre, todas las hambres, y propiciaba el sueño sin sueños. Decía que estaba escribiendo una novela de manera inercial, cuando me preguntaban, y no con ánimo de mentir, sino más bien como un tic verbal, como un resorte que saltaba sin que yo pensase en ello. Los papeles sobre Claudio Girón y la Operación Gladio se debieron perder en algún traslado, de habitación de piso compartido en habitación de piso compartido. Sólo aparecieron, cuando las busqué concienzudamente, las notas que había escrito sobre el tema. Nunca pensaba en Claudio Girón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;V&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Alejandro Rifar había nacido en Buenos Aires en 1980. Llevaba media vida en Madrid. Era flaco como una caña, el pelo oscuro y los ojos grandes. Casi no tenía acento, o más bien no lo tenía en absoluto, excepto cuando hablaba con alguna chica, entonces su acento surgía como por arte de magia, un deje suave, hipnótico. Era un tipo simpático y un genuino cinéfilo, o no cinéfilo en el sentido ordinario y tedioso, un cinéfago capaz de encadenar a Dreyer con Fulcci sin sentir la más mínima contradicción o remordimiento. Sabía todo lo que se podía saber sobre Sam Peckinpah y trabajaba de vigilante en la entrada del mismo edificio donde yo hacía de teleoperador. Diría que nos hicimos amigos, pero en realidad éramos algo así como compañeros de humo. Nuestras pausas para fumar coincidían y charlábamos de cine y del tiempo. A veces me contaba cosas de Argentina tan teñidas de nostalgia que era como si hablase de un sueño, uno que no dejara de repetírsele cada noche. Su apellido se escribía Riffart, me explicó, pero perdió una efe y la t en algún lugar del Atlántico a finales de los setenta, palabras textuales. A lo mejor sí nos hicimos amigos, esa amistad ligera y volátil que dan las circunstancias laborales, porque de otra manera no me explico que aquella tarde comenzara a hablarme de su padre.&lt;br /&gt;Era montonero, dijo.&lt;br /&gt;¿Era qué?, pregunté, con el cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos del abrigo. Soplaba un viento frío por la calle. Atardecía y estábamos de pie en el último fragmento de luz crepuscular, una mancha miserable y desvaída que trepaba por la fachada del edificio hasta desaparecer. Tras horas bajo techo, entre láminas de plexiglás y tabiques falsos, iluminados por fluorescentes y pantallas de ordenador en una noche iluminada, eléctrica y sin hora, mendigábamos sol como lagartos. El cielo estaba limpio de nubes, arrancadas por el viento, apenas un arrecife lejano, impreso en el rojo del horizonte, como una explosión congelada, o una implosión, un desastre que pliega las alas. Todo el polígono industrial en el que habían levantado el edificio parecía estar contenido en una burbuja climática propia, apenas relacionada con el clima circundante. Era una burbuja de vientos desapacibles, chaparrones sucios y cielos apocalípticos.&lt;br /&gt;Montonero, repitió Rifar. Era una organización, un movimiento armado contra la dictadura militar.&lt;br /&gt;Armado, dije.&lt;br /&gt;Sí, bueno. Mi padre militó con ellos un tiempo. Luego lo detuvieron, los de la dictadura. Creo que lo torturaron, aunque mi padre no habla del tema. Se vino a España un tiempo. Luego volvió a Argentina, se casó, nos tuvo a nosotros, a mí y a mi hermana. Como las cosas no mejoraban, nos trajo a todos a España.&lt;br /&gt;¿Qué hace tu padre?&lt;br /&gt;Es abogado, dijo Rifar. O lo era. Ahora, bueno, ahora lo está tirando todo por la ventana. Tiene mal el corazón, ha dejado su bufete y se dedica a perseguir a los criminales de la dictadura que se escondieron aquí, en España.&lt;br /&gt;Un cazador de cabelleras, pensé en voz alta.&lt;br /&gt;Rifar sonrió, una sonrisa poco alegre, y dio una calada a su cigarrillo.&lt;br /&gt;En realidad, lo que hace es estar en su despacho, hablando por teléfono y leyendo documentos, dijo. No es romántico, es árido.&lt;br /&gt;¿Han encontrado a muchos?&lt;br /&gt;A algunos. No sé. No me intereso mucho por el tema.&lt;br /&gt;Ah.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre mi trabajo, también por ser tedioso y previsible, no voy a extenderme. Sólo diré que era una ocupación sencilla, embrutecedora y repetitiva que me dejaba mucho tiempo para leer entre llamada y llamada. Un trabajo en el que uno tenía la certeza de que todo era inmutable, que mañana sería igual que hoy, y que dentro de un año, o dos, o cinco, seguiría siendo exactamente igual, en el que se tenía una constante sensación de momento ya vivido, de llamada repetida, como si sólo hubiera un número limitado de clientes que se acudiesen en ciclos, mismos acentos, mismas consultas, mismas voces. Lo único que me permitía discernir que no estaba atrapado en un bucle era el libro que llevaba para los tiempos muertos, que sí que cambiaba, por el que sí avanzaba. Aquella tarde, lo recuerdo, estaba leyendo un libro de Peter Biskind. O lo intentaba. Después de hablar con Rifar era incapaz de concentrarme en las letras, y la mirada se me iba sin fijarse en nada a la plancha de plástico gris que cerraba mi cubículo por delante, empapelada con información de la empresa, horarios de descanso, promociones, y una pequeña postal de Cancún que alguien del turno de mañana había pegado con celo, una playa de media luna, arena blanca y agua esmeralda. Tenía algo en el estómago, algo agarrado, oprimiéndolo. Una sensación indefinible de nostalgia, de tristeza, que me provocaba más curiosidad que desazón. Persistió incluso durante la vuelta a casa en el cercanías, el libro abierto y abandonado sobre los muslos, la cara vuelta hacia la ventanilla donde a ratos veía las luces de la ciudad acercándose y a ratos sólo mi rostro reflejado, el ceño fruncido de extrañeza, los ojos opacos y sin vida. Esa noche, en algún momento de la madrugada, soñé con Itziar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos en un piso con cocina americana, un piso que nunca había visto, quizá el escenario de una película olvidada. Ella a un lado de la barra de la cocina y yo al otro, desayunábamos. Llevaba el pelo de una manera peculiar, una coleta muy alta en la cabeza, coleta de samurái. Hablaba de sueños. Decía que había soñado que se despertaba muy temprano y que iba al cuarto de baño a lavarse la cara y que no salía agua de los grifos y luego iba a la cocina e intentaba hacerse unas tostadas pero todos los tarros de mermelada que cogía del frigorífico estaban vacíos, uno tras otro, todos vacíos. Entonces despertaba y seguía en la cama. Se levantaba e iba al armario y lo abría y buscaba un vestido que quería ponerse, movía las perchas y no lo encontraba, y entonces iba a la cocina y se encontraba consigo misma, la Itziar del sueño, que miraba desconcertada el frigorífico abierto. Llevas mi vestido, le decía Itziar. Mi vestido. La Itziar soñada giraba la cabeza y cerraba despacio la puerta del frigorífico mientras miraba a su soñadora y abría los ojos y separaba los labios. Ahora va a decir algo, pensaba Itziar, y en ese momento supo que soñaba y el sueño se desvaneció e Itziar despertó y ya no estaba soñando, ahora no tuvo ninguna duda. Los sueños se confunden con la realidad, dijo, pero la realidad nunca se confunde con los sueños. Yo escuchaba y pensaba en las dos Itziar en la cocina, en esa misma cocina americana, y supe que también estaba en un sueño, que ella nunca había llevado el pelo así, que nunca habíamos estado en ese piso. Pero el sueño, mi sueño, no se desvaneció cuando lo supe. Empezó a temblar por los bordes, a difuminarse, a volverse translúcido, pero no se desvaneció. Itziar ladeaba su cabeza, su extraña coleta, y dibujaba un arabesco con el dedo sobre la barra. Mantuve el sueño hasta donde pude, mirándola, esperando, y la difuminación progresó desde los bordes y le dije Itziar, eh, Itziar. Ella dibujó arabescos en la barra, no dijo nada, y abrí los ojos en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llovía por la mañana. Desperté aletargado y confuso, fui a la cocina e hice café, recordando a medias el sueño, y me lo llevé a mi cuarto, me senté a beberlo frente al ordenador en el que decía que estaba escribiendo mi novela, una mesa llena de papelajos, revistas viejas, borradores de relatos y comienzos de novelas con dos o tres años de antigüedad que habían quedado en nada. Miré sin ver el espacio entre mis manos, la taza de café, tirando del hilo del sueño, con la sensación de que todavía podía verlo, como quien se asoma al brocal de un pozo y ve el reflejo circular del mundo, plateado y ondulante. Recordé los detalles uno a uno, la cocina, el piso, la coleta. No podía recordar su rostro. Recordaba sus rasgos uno a uno, la línea de sus labios, la forma de sus cejas, sus pómulos, sus ojos que eran del mismo color que su pelo, el color del bronce envejecido, pero su rostro, su conjunto, se me escapaba, lo había perdido. Deseé verla en ese momento, tener una foto a la que echarle un vistazo, pero nunca guardo fotografías, odio guardar fotografías, porque es como emboscar recuerdos, melancolías, para que te tomen al asalto cuando menos te lo esperes. Y, en especial, nunca quise conservar ninguna de sus fotografías, ni siquiera su número de teléfono al final, ni su dirección de correo electrónico, ni sus poemas, ni sus dibujos, ni sus regalos, nada, me deshice de todo, la borré de mi agenda, de mi correo electrónico, borré también algunas fotos que se habían refugiado en el disco duro de mi ordenador, dispersé los objetos físicos que me quedaban de ella de forma que no pudiera volver a encontrarlos, ese libro de poesía dedicado, unos garabatos en la servilleta de un bar, una pulserita que olvidó en mi mesita de noche, todo lejos de mi alcance. Cómo llevarás el pelo ahora, pensé. Qué hiciste con todas mis cosas. Encendí un cigarrillo, le di un par de caladas lentas y cogí el teléfono móvil y llamé a Miguel Ángel de Lucas. Hacía meses que no nos veíamos y mi llamada lo pilló por sorpresa. Le pregunté qué tal estaba y él me respondió que bien, que un poco ocupado, lo que interpreté correctamente pero decidí no tener en cuenta. Me preguntó por mí, qué estaba haciendo, y le hice un breve resumen de mi tríptico.&lt;br /&gt;¿Dejaste la carrera?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Ah...&lt;br /&gt;Miguel Ángel había terminado periodismo y estaba trabajando en el periódico Diagonal. Charlamos un poco de política, de geopolítica, de Latinoamérica y los desastrosos movimientos sociales madrileños, o más bien él monologó y yo escuché, un monólogo parecido al zumbido entrecortado de una abeja que no sabe en qué flor quedarse, saltando de un tema a otro, dejando reflexiones a medias y análisis inconclusos.&lt;br /&gt;Oye, le dije interrumpiendo una disertación sobre el programa atómico de Irán.&lt;br /&gt;Qué.&lt;br /&gt;Te llamo para ver si tienes el teléfono de Itziar.&lt;br /&gt;¿Itziar? ¿Itziar la de Bilbao?&lt;br /&gt;Sí, ella.&lt;br /&gt;Pero... A ver, tú no...&lt;br /&gt;Lo perdí, dije. Perdí el móvil con la agenda y me faltan teléfonos.&lt;br /&gt;Ah, bueno, dijo, pensativo. Creo que no lo tengo. De hecho, creo que nunca lo he tenido.&lt;br /&gt;Vaya, dije.&lt;br /&gt;Yo la conocía por Aldara Cabo, no tenía mucha más relación, no como tú que... Quiero decir, que ibas con ellas y eso y... Ya sabes... Y tal.&lt;br /&gt;Sí, ya, ya, dije. Lo pensé un momento y pregunté: ¿Tienes el número de Aldara Cabo?&lt;br /&gt;A ver, no lo sé, espera.&lt;br /&gt;Esperé, escuchándolo pulsar botones en el móvil, que sonaban como campanazos en mi oído, y aparté el teléfono un poco. La llamada se cortó. Joder, dije.&lt;br /&gt;Quince segundos después Miguel Ángel me devolvía la llamada. Te he colgado sin querer, dijo.&lt;br /&gt;Ya me he dado cuenta. ¿Tienes el número?&lt;br /&gt;Sí, claro.&lt;br /&gt;Miguel Ángel recitó el número y lo anoté en uno de los papelajos. Gracias, tío, le dije.&lt;br /&gt;No sé si éste sigue siendo su número, pero es el que tengo. Además, tampoco sé cómo está ella ahora.&lt;br /&gt;¿Por?&lt;br /&gt;Por lo que le pasó.&lt;br /&gt;¿Qué le pasó?&lt;br /&gt;¿No te enteraste?&lt;br /&gt;Respiré hondo. No, ¿qué le pasó?&lt;br /&gt;Bueno, a ver, eh... Tuvo una crisis y eso. Ya sabes cómo era, siempre acelerada, siempre pasada de vueltas y tomando café, estimulantes. Se ponía hasta el culo de anfetas en los exámenes para no dormir, ¿te acuerdas?. Se le cruzaron los cables al final. Perdió un montón de peso, dejó de ir a clase. Hablaba de cosas muy raras.&lt;br /&gt;Cosas muy raras, repetí.&lt;br /&gt;Círculos y rayas. Decía que todo está conectado por círculos y rayas y que ella había empezado a verlos. Que estaban en todas partes. Vivía con dos compañeras de clase y un día se la encontraron en el cuarto de baño, cortándose el pelo con las tijeras de la cocina y hablando sola. Se cagaron de miedo, claro, y llamaron a sus padres. No sé más, sé lo que ellas me contaron.&lt;br /&gt;¿Cuándo fue eso?&lt;br /&gt;Pues... Hará un año y medio. No sé, no recuerdo.&lt;br /&gt;No tenía ni idea, dije. De todas formas, gracias por el número.&lt;br /&gt;Miguel Ángel dijo que de nada y retomó, como si no hubiera existido ninguna interrupción, el tema del programa atómico iraní. Escuché un momento y volví a interrumpir para despedirme. Estás muy liado, le dije, no te molesto más.&lt;br /&gt;Vale, vale, dijo con repentina prisa, recordando probablemente todo lo que tenía que hacer. Ya nos veremos por ahí.&lt;br /&gt;Claro, dije.&lt;br /&gt;Adiós.&lt;br /&gt;Por cierto, dije.&lt;br /&gt;¿Qué pasa?&lt;br /&gt;¿Qué sabes de Claudio Girón?&lt;br /&gt;¿De quién?&lt;br /&gt;Girón. El de la Triple A. ¿No te acuerdas?&lt;br /&gt;Eh... Ah, sí, sí. ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;Nada, creo. Sólo eso, si sabías algo más de él.&lt;br /&gt;Por lo que sé sigue desaparecido. Pero, vamos, ni idea. No había vuelto a pensar en él.&lt;br /&gt;Ya, se me ha venido a la cabeza. Yo tampoco había vuelto a pensar en él.&lt;br /&gt;Ya... Eh, mira, es que estoy muy liado y...&lt;br /&gt;Nada, tío, no te molesto más. Nos vemos.&lt;br /&gt;Adiós, nos vemos.&lt;br /&gt;Dejé el teléfono en la mesa. Miré el número de Aldara Cabo. No me apetecía llamarla. Aldara Cabo era, o había sido, la mejor amiga de Itziar y sentía una importante y mal disimulada aversión hacia mí, lo que me hizo sospechar que quizá estaba un poco colgada de Itziar, de esa manera asexual, o retorcidamente sexual, en que a veces se cuelgan las chicas heterosexuales unas de otras, y que lo manifestaba así, odiándome, hasta que descubrí que sentía aversión por casi todo el mundo. Aldara Cabo era una chica rencorosa y maniática, de trato imposible y siempre como al borde de la histeria, cuya única buena baza era ser asombrosamente guapa. Ya lo he dicho, me fijé primero en ella, lo que demuestra hasta que punto mi radar está hecho polvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llamé un par de veces, una por la mañana y otra por la tarde, y en ambas ocasiones una voz grabada me informó de que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. En el trabajo persistió la sensación de pesadumbre, de tristeza dislocada. Atendí llamadas con el piloto automático puesto y los clientes debieron quedarse con la impresión de haber hablado con una máquina, una máquina que farfullaba, distante, soñando con ovejas eléctricas. Y era así, pensaba en el sueño, un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño. Una Itziar soñada que sueña a una Itziar que sueña a una Itziar que no encuentra la mermelada. Me llevó un rato desentrañar la conexión, el vínculo que me había llevado a volver a soñar con ella, a echarla absurdamente de menos. De los montoneros de Alejandro Rifar a Claudio Girón sólo había un paso, un paso que no había dado conscientemente, y de Claudio Girón, o de los días en que pensé y leí acerca de Claudio Girón, a Itziar había todavía menos, ni medio paso, y era un camino no se había andado sino desandado en la trastienda, en el archivo caótico de los temas oníricos. Al salir a fumar me encontré a Alejandro Rifar sentado tras la mesa de la entrada, alta y estrecha como el mostrador de una tienda o la barra de un bar, mirando la pantalla del ordenador de los vigilantes, aburrido y tecleando con un dedo aparentemente al azar.&lt;br /&gt;Qué hay, le dije, poniendo los codos sobre la mesa o el mostrador o lo que fuera.&lt;br /&gt;Eh, dijo. Qué hay.&lt;br /&gt;¿Sales a fumar?&lt;br /&gt;Rifar encogió los hombros dentro de la chaqueta azul de su uniforme. Bueh, dijo. Qué remedio.&lt;br /&gt;Salimos a la calle y Rifar sacó un paquete de Lucky Strike. ¿Uno por la compañía Easy?, preguntó.&lt;br /&gt;Le acepté un cigarrillo y lo encendí y Rifar encendió el suyo y entramos en el breve silencio reflexivo que precedía nuestras conversaciones, también breves, hasta que uno de los dos tomaba la palabra y marcaba el tema de conversación, el tiempo que hacía, la última película que había visto, la resaca que lo atenazaba. Esa tarde me adelanté y dije: Oye, quería preguntarte una cosa.&lt;br /&gt;Rifar me miró, dando una calada al cigarrillo, arqueando las cejas.&lt;br /&gt;¿Te suena de algo el nombre de Claudio Girón?&lt;br /&gt;Rifar sopló el humo. ¿Claudio qué?&lt;br /&gt;Girón, Claudio Girón.&lt;br /&gt;Ni puta idea, ¿quién es?&lt;br /&gt;Le di una calada a mi cigarrillo, soplé el humo. Un argentino, como tú. Era un terrorista de estado, en los años setenta. Desapareció aquí, en España, a principios de los noventa. Me lo recordaste la otra tarde, cuando hablamos de tu padre.&lt;br /&gt;Ah. Pues no, no sé nada. ¿Por?&lt;br /&gt;Y ahí, sin premeditación, mutó la tercera pata de mi tríptico, saltó mi pequeño tic mentiroso. Estoy escribiendo una cosa sobre él, dije.&lt;br /&gt;¿Para la novela?&lt;br /&gt;No, una especie de artículo, no sé. Para el periódico de un colega.&lt;br /&gt;¿Buscas información?&lt;br /&gt;Algo así.&lt;br /&gt;Entonces tendrías que hablar con mi padre o con mi hermana.&lt;br /&gt;¿Tú crees?&lt;br /&gt;Claro, les encantan estas cosas. Mi hermana trabaja en el bufete de mi padre, haciendo prácticas, y también colabora en esto de cazar cabelleras, como dijiste. Tendrías que hablar primero con ella.&lt;br /&gt;Eh... Bueno, si a ella no le importase.&lt;br /&gt;Todo lo contrario. Mira, esta noche se lo comento. ¿Te paso su número?&lt;br /&gt;Claro, dije sin saber lo que estaba diciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;...&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-7033043127771620232?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/7033043127771620232/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=7033043127771620232' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/7033043127771620232'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/7033043127771620232'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/08/esto-no-es-una-cancin-de-amor-i.html' title='esto no es una canción de amor (I)'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-8479925144696719015</id><published>2007-08-23T20:17:00.000+02:00</published><updated>2007-08-24T03:19:48.936+02:00</updated><title type='text'>los reyes ensangrentados</title><content type='html'>En la hora más oscura de la madrugada, el teléfono. Levanté la cabeza de la almohada y cogí el móvil que brillaba y aullaba en la mesita. ¿Qué coño quieres, Dani?, dije.&lt;br /&gt;¿Estabas dormido?&lt;br /&gt;Pues claro, coño.&lt;br /&gt;Tú nunca duermes. Bueno, estás como dormido, con cara de tonto, fumando y bebiendo café, pero no dormido. ¿En serio estabas dormido?&lt;br /&gt;Dormido, no. Dormidísimo. ¿Entiendes el puto superlativo?&lt;br /&gt;Qué raro. Tengo insomnio. Desde hace una semana. Y te llamo y estás dormido. Tú. El insomne oficial.&lt;br /&gt;Irónico. Sí. ¿Quieres algo?&lt;br /&gt;No sé... Verás, estaba leyendo en mi cuarto, para ver si me entraba el sueño, cuando ya no he podido leer más. Se me caían los ojos. No podía dormir, pero tampoco hacer nada más, porque estaba muy cansado. Así que he ido al cuarto de Marcos, que se ha ido a ver a la novia de Salamanca, y me he puesto a ver una peli en su ordenador. Mean girls.&lt;br /&gt;Ah...&lt;br /&gt;Que no es una porno, en contra de lo que esperaba.&lt;br /&gt;¿No?&lt;br /&gt;Es una peli de Lindsay Lohan. Ella es una chica que ha vivido toda su vida en África pero a los dieciséis años tiene que empezar a estudiar por primera vez en un instituto americano...&lt;br /&gt;Ah, ya, ya...&lt;br /&gt;Es una gran película.&lt;br /&gt;Seguro.&lt;br /&gt;En serio.&lt;br /&gt;¿Qué estabas leyendo? Antes de ver la peli.&lt;br /&gt;Un libro. Sobre hermenéutica. Eh... ¿Te digo el nombre en alemán?&lt;br /&gt;No te produce la más mínima contradicción, ¿verdad?&lt;br /&gt;¿El qué?&lt;br /&gt;Nada. Sigue contando. Lo que sea que me estés contando.&lt;br /&gt;Pues eso. He visto la película y estaba pensando en lo pelirroja y adorable que es Lindsay y no me ha quedado más remedio que señalar el techo, vamos, como hacia los cielos, y decir Dios, cabrón, gracias, gracias, por Lindsay Lohan. Joder, gracias.&lt;br /&gt;¿Eh?&lt;br /&gt;Déjame que siga. Después he investigado un poco sobre Lindsay, porque qué sabía yo sobre Lindsay en realidad. ¿Sabes que se follaba a Bruces Willis? Al puto John McClane. Ahora tiene problemas con la coca, pero quién no.&lt;br /&gt;¿Le estás dando a la coca, Dani?&lt;br /&gt;¿Yo? No... Vamos, hace mucho que no. No me distraigas, idiota. Total, que buscando y buscando, he dado con una foto de ella, en el festival de Venecia o algo así, en que se le levanta la falda y no lleva nada debajo. Nada. Además iba afeitada o depilada o lo que sea, supongo que por un problema de clamidia o ladillas, y era tan hermoso. Tan perfecto. En serio, de una belleza tan arrebatadora... He tenido que alzar mi puño otra vez y decir tú, supremo hijo de puta, gracias, gracias otra vez, por Lindsay. Por todas ellas. Gracias, bastardo. Muchas gracias.&lt;br /&gt;Por favor, Dani, apenas entiendo lo que dices.&lt;br /&gt;¿Sabes por qué insultaba a Dios al darle las gracias?&lt;br /&gt;Porque eres blasfemo e irreverente.&lt;br /&gt;Porque me daba cuenta de que Dios ha creado a Lindsay Lohan, pero yo nunca podré follármela. Estoy condenado a verla en películas, en fotografías, y eso será todo, cuando yo necesito más, mucho más, de ella. Y me pareció cruel. Me pareció horrible. Me deprimí.&lt;br /&gt;Lo entiendo. A mí me estás haciendo llorar. De dolor.&lt;br /&gt;Pero entonces, lo entendí. Vi un fragmento del plan. Porque quizá Dios sólo puede crear una Lindsay. Y eso es triste. Pero todos podemos hacernos pajas. Y eso es bonito.&lt;br /&gt;Dani...&lt;br /&gt;No necesitamos a Lindsay, sólo la idea de Lindsay, ¿entiendes?&lt;br /&gt;Esa es tu revelación.&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Las pajas.&lt;br /&gt;Exacto.&lt;br /&gt;Te recuerdo que tú no crees en Dios.&lt;br /&gt;Pero creo en las pajas.&lt;br /&gt;Voy a colgar. Duérmete.&lt;br /&gt;Lo intentaré. Eh... Por cierto, feliz cumpleaños.&lt;br /&gt;¿Es hoy?&lt;br /&gt;Sí, ya, ahora no sabes cuándo es tu cumpleaños.&lt;br /&gt;Es hoy, sí... Buenas noches.&lt;br /&gt;Qué noches, si va a amanecer ya mismo.&lt;br /&gt;Lo que sea, Dani, joder.&lt;br /&gt;No te pongas en plan idiota como todos tus cumpleaños.&lt;br /&gt;Adiós, adiós...&lt;br /&gt;Nos vemos, tío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La soledad es un restaurante chino a media tarde, comiendo en un páramo de mesas vacías, rodeado de personas que no hablan tu idioma. Se lo dije a Palma mientras esperábamos en la barra, mirando un tipo que mojaba en sala agridulce el pollo al limón y se llevaba tallarines a la boca sentado al fondo del local. Éramos los únicos clientes. El restaurante se llamaba Felicidades. Junto al tipo había un acuario con carpas doradas demasiado grandes que se abofeteaban con la cola unas a otras. Biombos como de papel de arroz en las paredes, dibujos de cañas de bambú. Anda, cállate, dijo Palma, hojeando la carta.&lt;br /&gt;¿Cómo se llamaba aquel restaurante?, dije. Al que íbamos en Cáceres.&lt;br /&gt;Abundancia.&lt;br /&gt;Eso. ¿No te deprimen? Los nombres, digo. Felicidades, Abundancia... Son como promesas incumplidas. Prefiero que se llamen Dragón Imperial, Gran Muralla, cosas así. Una vez vi uno que se llamaba Ciudad Prohibida. No llegué a entrar, pero me gustaba el nombre. De todas formas, no me gustan mucho los restaurantes chinos. Odio la salsa agridulce y los rollitos de primavera.&lt;br /&gt;Palma me miró, los ojos divertidos tras las gafitas de pasta fina y verde. ¿Quién se negaba a comer en chinos?, dijo.&lt;br /&gt;Dani.&lt;br /&gt;Quién iba a ser.&lt;br /&gt;Decía que a carne de chino le daba ardores.&lt;br /&gt;Para ser un tío tan listo tiene muchas tonterías en la cabeza, dijo Palma.&lt;br /&gt;Lo decía por tocar los huevos.&lt;br /&gt;Sí, a eso me refiero.&lt;br /&gt;¿Se puede fumar aquí?, dije. Descubrí un pesado cenicero de cristal en la barra. Supongo que sí, me respondí. Saqué los cigarrillos. ¿Quieres?&lt;br /&gt;No, dijo Palma. Fumas mucho.&lt;br /&gt;Ya, ya... Siempre he pensado que harías buena pareja con Dani.&lt;br /&gt;Palma lanzó una carcajada. Ni loca, dijo.&lt;br /&gt;Creo que tu apabullante normalidad y sensatez compensarían su disfuncionalidad y pensamiento lateral. Lo que pasa es que no te gustan sus chándales ni su tos de tuberculoso...&lt;br /&gt;Ya ves, tengo unos caprichos estéticos.&lt;br /&gt;No deberías descartarlo sólo porque parezca adicto a la heroína. Un día de estos la estética yonqui se pondrá de moda y ya será demasiado tarde. Podrá elegir cualquier chica disfrazada de harapienta que se encuentre por la calle.&lt;br /&gt;Lloraré amargamente ese día.&lt;br /&gt;Encendí un cigarrillo. En el fondo eres una clasista, dije.&lt;br /&gt;Palma chasqueó los labios, volviendo a mirar la carta, y levantó el dedo índice y lo movió. Hoy no me vas a picar, dijo.&lt;br /&gt;Nos habían servido un par de cervezas mientras decidíamos el pedido. Yo le había dado un sorbo a la mía y parecía lo que orina una burra anémica después de beberse sus propios orines. Apuré el resto de un trago. Hice una mueca y gruñí con desagrado. Qué asco, joder.&lt;br /&gt;Palma llamó al camarero. ¿Tú qué quieres?&lt;br /&gt;Nada.&lt;br /&gt;Venga, pide algo.&lt;br /&gt;No tengo hambre.&lt;br /&gt;Que pidas algo, coño. Come.&lt;br /&gt;Yo qué sé. Ternera con setas. Es lo único que me gusta.&lt;br /&gt;Palma pidió además un rollito de primavera, sopa de aleta de tiburón y arroz tres delicias. Para llevar, indicó.&lt;br /&gt;El camarero, que llevaba un inquietante flequillo fascista años cuarenta, asintió con la cabeza y lo anotó todo en un papelito.&lt;br /&gt;Palma no había tocado su cerveza. ¿Te vas a beber eso?, dije.&lt;br /&gt;Sí, ahora.&lt;br /&gt;Ah... ¿Me das un traguito?&lt;br /&gt;¿En serio?&lt;br /&gt;Sonreí. No, no. Era broma...&lt;br /&gt;Ya.&lt;br /&gt;Pero me voy a pedir otra, dije, haciéndole un gesto al camarero.&lt;br /&gt;Palma me miró muy seria. No puedes parar, ¿eh?&lt;br /&gt;Me rasqué la barba, soplé humo. No quiero parar, dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el camarero trajo la factura saqué un par de billetes. Yo invito, dije.&lt;br /&gt;No hace falta.&lt;br /&gt;Es mi cumpleaños, coño. Paga Javi.&lt;br /&gt;¿Javi? Palma se echó a reír. ¿Quién es Javi?&lt;br /&gt;Imité su risa, volviéndola simiesca. Qué graciosa.&lt;br /&gt;¿Piensas en ti mismo como Javi?&lt;br /&gt;Coño, así me llamaban hasta los dieciocho años. Lo de Javo me lo puso Marcos o Sami, no me acuerdo. Pero no es mi puto nombre, ¿vale?&lt;br /&gt;Tranquilo, dijo, sonriendo. Tú siempre te presentabas como Javo. No, decías me llamo Javier, pero llámame Javo.&lt;br /&gt;Porque iban a acabar haciéndolo, como todos.&lt;br /&gt;Ahora resulta que no te gusta.&lt;br /&gt;No es que no me guste, pero...&lt;br /&gt;El camarero trajo la vuelta. Cogí el dinero y le di las gracias. Déjalo, le dije a Palma. Y bébete eso para que nos vayamos.&lt;br /&gt;A ti te queda más.&lt;br /&gt;Le pegué un trago. Hice una mueca, gruñí. Ya no, dije.&lt;br /&gt;Eres un animal, Javi.&lt;br /&gt;Vete a tomar por culo, mujer. Apuré la cerveza de otro trago.&lt;br /&gt;Yo creía que hasta tus padres te llamaban Javo, dijo. Vamos, hasta Violenne...&lt;br /&gt;Se cortó.&lt;br /&gt;Cogí una servilleta de papel para secarme la boca. Puedes decir su nombre, Palma, dije. No me va a dar un ataque.&lt;br /&gt;Bueno, hasta ella te llamaba Javo.&lt;br /&gt;Ya ves.&lt;br /&gt;Palma le dio un sorbito a su cerveza, carraspeó. ¿Cómo te llama la chica del porno?&lt;br /&gt;Vate a la mierda. No te lo tenía que haber contado.&lt;br /&gt;Vamos, cómo te llama.&lt;br /&gt;Javi.&lt;br /&gt;¿De manera espontánea?&lt;br /&gt;Me preguntó cómo me llamaban mis amigos, porque Javier le sonaba demasiado serio.&lt;br /&gt;Y le dijiste Javi.&lt;br /&gt;Le dije Javi.&lt;br /&gt;Mentiroso.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Delátame si quieres.&lt;br /&gt;Allá tú.&lt;br /&gt;Cogí su cerveza y le pegué un buen trago.&lt;br /&gt;Joder, Javo, dijo.&lt;br /&gt;Dejé el vaso en la barra. ¿No largamos de una puta vez?&lt;br /&gt;Comimos en su piso, en la mesa de la cocina. Aunque me parecía que no tenía hambre me comí toda la ternera con setas y la mitad de su arroz tres delicias. Palma abrió una botella de lambrusco y bebió tanto como yo, hasta vaciarla. Nos trasladamos al salón mientras se hacía el café. Estoy achispada, dijo Palma. Empezó a liarse un porro, arrellanada en el sofá. ¿Tú vas a querer?, dijo.&lt;br /&gt;Yo no fumo esas mierdas.&lt;br /&gt;Palma puso los ojos en blanco. Nunca entenderé tus putos criterios. Beber sí, y no paras. Fumar porros no, y no le das ni una puta calada. Puto extremista.&lt;br /&gt;Vaya lengua se te ha puesto.&lt;br /&gt;Que te jodan.&lt;br /&gt;Hala, dije.&lt;br /&gt;Palma extendió las piernas y me puso en los muslos sus calcetines multicolores.&lt;br /&gt;Dame un masaje, anda.&lt;br /&gt;Sí. Luego te la chupo.&lt;br /&gt;¿Qué me vas a chupar?&lt;br /&gt;Eh... Lo que sea que tengas ahí. Que no me importa y no es asunto mío y no quiero seguir con esta conversación.&lt;br /&gt;Mira, mira, se ha puesto rojo.&lt;br /&gt;No me he... ¿Me he puesto rojo?&lt;br /&gt;Un poco. Qué mono.&lt;br /&gt;Petarda.&lt;br /&gt;Sería un buen regalo de cumpleaños. Un polvete...&lt;br /&gt;La miré, todo lo serio que pude. No sigas por ahí, mujer.&lt;br /&gt;Ahora sí que te has puesto rojo. Palma terminó de liar el porro, riéndose. Oye, te voy a hacer una pregunta de madre. Con la chica del porno estarás tomando precauciones, ¿no?&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;Imagino que sí, pero...&lt;br /&gt;Sí, claro. Eh, la primera vez no. Fue todo un poco apresurado. Pero me corrí fuera, si eso es lo que te preocupa.&lt;br /&gt;Soy tu amiga, Javo, pero no uno de tus amigotes. No seas tan explícito, dijo, todavía con una sonrisa.&lt;br /&gt;No lo soy. No te he dicho dónde me corrí.&lt;br /&gt;Corta, corta... Pero no me refería exactamente a eso. No quiero que la tía esa te pegue una venérea.&lt;br /&gt;Joder, Palma.&lt;br /&gt;Será un prejuicio, pero haciendo lo que hace...&lt;br /&gt;Sólo folla con el tipo ese... Bueno, y conmigo.&lt;br /&gt;¿Cómo lo sabes?&lt;br /&gt;Me lo ha dicho.&lt;br /&gt;¿Y te lo crees?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Pero no sabes con quién más folla el tipo ese. Y follan sin condón, que lo he visto en los vídeos. ¿Es su novio o qué clase de relación tienen?&lt;br /&gt;Ni lo sé ni me importa.&lt;br /&gt;¿No te importa?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Entonces, ¿es sólo sexo?&lt;br /&gt;¿Lo de ellos?&lt;br /&gt;Lo vuestro.&lt;br /&gt;Supongo.&lt;br /&gt;Suponer es peligroso en estas cosas.&lt;br /&gt;Yo qué sé, Palma, déjame en paz.&lt;br /&gt;Te vas a liar. Te vas a liar como siempre.&lt;br /&gt;Ya veremos.&lt;br /&gt;Ay, qué ganas tengo de que te eches una novia normalita.&lt;br /&gt;Pasan de mí.&lt;br /&gt;Y tú de ellas, pero bueno. ¿Sabes quién haría una bonita pareja con Dani? Tú.&lt;br /&gt;¿Yo?&lt;br /&gt;Por separado siempre os ponéis a hablar el uno del otro. Y juntos os tratáis como novios enfurruñados. Es muy gracioso.&lt;br /&gt;Dios nos gastó una broma cruel al hacernos hombres y heterosexuales. De todas formas, yo sólo podría enamorarme de Steve McQueen.&lt;br /&gt;Palma asintió. Te alabo el gusto. Yo mojo las bragas viendo &lt;em&gt;La huida&lt;/em&gt;. La escena en que roba la escopeta y se carga el coche de policía...&lt;br /&gt;La miré, boquiabierto. Palma se puso la mano en los labios y se sonrojó hasta la raíz del pelo. Está más borracha de lo que creía, le dije.&lt;br /&gt;Es culpa tuya, gilipollas, dijo. Suena la cafetera, voy a ver si...&lt;br /&gt;Se levantó y se escabulló a toda prisa.&lt;br /&gt;Me eché a reír hasta que se me saltaron las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de cruzar la calle y volver a mi piso, Palma me regaló dos libros, una antología de relatos de Chejov, que había leído en su mayoría, y &lt;em&gt;Cuando Alice se subió a la mesa&lt;/em&gt;. Se lo agradecí con un par de besos y me llevé los libros a casa. Tenía trabajo que hacer. Escribir la reseña de por lo menos cuatro películas pornográficas que no había visto, además Santiago me había dejado incluir en su extraño híbrido de revista y catálogo una pequeña sección de rarezas fílmicas, películas poco conocidas y de culto en la frontera del porno y el terror. Lo que Santiago no sabía es que me estaba inventando las películas. Al principio no, reseñé un par de pelis que me gustaban, luego me resultó más cómodo, y más divertido, inventármelas sin más. Tenía en la cabeza una película sobre un asesino hidrocéfalo obsesionado con la iconografía nazi y el infanticidio, la primera parte de una trilogía rodada en España a mediados de los ochenta con actores internacionales de tercera división. La idea me fascinaba de una manera extraña, extendía tentáculos hacia otras ficciones. Estaba deseando ponerla en negro sobre blanco. Es difícil explicar lo mucho que se parece el deseo de escribir al deseo sexual. Como encontrarse el pulso en las entrañas. Por lo menos para mí.&lt;br /&gt;Antes de empezar, Ana me llamó. Me dijo que quería verme pero que no podía. No se explicó y no pregunté. Quedamos al día siguiente, en un bar cerca de su casa. Nos habíamos acostado cuatro veces, la última en su piso, el escenario de sus vídeos. Me senté en el butacón verde, fumando un cigarrillo, mientras ella ponía música. La cama estaba deshecha, un revoltijo de sábanas azules. Le pregunté por las sábanas negras. ¿Quieres que las ponga?, me preguntó, arqueando una ceja. No, dije. Follamos escuchando Metallica. Fumamos cigarrillos, hablamos un buen rato, volvimos a follar, nos quedamos dormidos, despertamos y volvimos a follar, volvimos a dormir. Al amanecer tuve que irme. Dijo algo de una visita. Dijo que ya estaba abierto el metro. En el espejo del ascensor me vi la cara surcada por las arrugas de su almohada. Iba como envuelto en una bruma. Esto va a ser un desastre, pensé. Esto no va a salir bien. Pero en el metro levanté la cabeza y lucí las marcas de mis mejillas como si fueran las cicatrices victoriosas de un soldado veterano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía tres litronas en el frigorífico. Abrí una y la llevé a mi habitación. Me instalé frente al ordenador. Bebía lenta y metódicamente y escribía a borbotones. Dedicaba las resacas a corregir el torrente creativo de la borrachera. Despaché las reseñas auténticas en poco tiempo, mirando escenas sueltas de los deuvedés que Santiago me enviaba, y me dediqué a la que me interesaba, a la ficticia. Escribí escenas sueltas, imágenes que me perturbaban. El hidrocéfalo llevando acabo rituales de sangre en un uniforme de las SS que se cae a pedazos, raído y mohoso. Un sótano infernal. Alabé el enfermizo buen gusto del primer asesinato, sustraído al espectador en una elipsis que era una de las muchas sutilezas secretas de la película. La asesinada es una niña, de unos doce años, morena, guapa... Me detuve. Me volvió la imagen de la chica de la rebeca azul, en el parque, encogiéndose de frío. El pelo negro movido por el viento. Es ella, pensé. La niña de la película es la chica de la rebeca. Aldara Cabo, el personaje secundario de una historia que estaba escribiendo. No, me dije. No puede ser. Aldara Cabo tiene mi edad. A mediados de los ochenta no podía tener doce años y salir en una película. Aparté las manos del teclado. Encendí un cigarrillo. Esperé. Podía cambiar las fechas. Hacer mayor a Aldara Cabo, o situar el rodaje de la película en los noventa. Era mi historia y podía hacer lo que me diera la gana... Pero lo cierto es que no podía. Las fechas estaban bien. Me froté las sienes. Cerré los ojos. Entonces me di cuenta. Son la misma persona y no lo son. Ésa es la historia, esa imposibilidad, esa contradicción. Apagué el cigarrillo, escribí. Esbocé la historia a lo largo de siete páginas, otra litrona y medio paquete de cigarrillos. Finalmente, Aldara Cabo tendría su propia historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo dejé cuando ya no pude más, me dolía la espalda, me dolían los ojos, me dolían los pulmones. Me tambaleé al cuarto de baño, escuchando el rumor de mis compañeros de piso metidos en sus habitaciones. Me lavé la cara, me mojé las muñecas para despejarme. Más allá de mi nariz todo estaba desenfocado. Con cuidado, me arrodillé junto a la taza del váter y vomité la ternera con setas, el café de Palma, los dos litros de cerveza. Vomité hasta el humo de lo que había fumado. Tiré de la cadena, apoyé la espalda en la pared y me quedé sentado en el suelo mientras se me pasaba el mareo. Pensé en Nico, en su neumonía y en la infección de garganta que tuve después, convencido de que se me había contagiado su fiebre, sólo su fiebre, y que me iba a morir en su lugar. Pensé en Dani y en lo solo que tenía que estar para hacerme esa llamada de madrugada. Pensé en Sami, y en su hermano y en la chica rubia que les robó el dinero, y en hijo abortado pudo haber tenido. Pensé en Chema, pensé en Marcos, pensé en Muerto y en Brus, pensé en todos los tipos hechos polvo a los que quería, el pelotón de los suicidas, los reyes ensangrentados, aferrados a la barra del Metropol como si eso fuera a mantenernos a flote. Qué hermosa carne de cañón. Pensé en Violenne y en lo curioso que era que ya no me dieran ataques al escuchar su nombre. Pensé en Ana. Todo está perdido, me dije. Todo acabará en un desastre. Pero queda un atisbo, queda una rendija por la que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordé a Dani parafraseando una de sus películas favoritas. Podría ser peor, dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría llover.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me levanté y me lavé la boca. Hice gárgaras, escupí. Mañana será otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo tengo mucho que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía queda mucho por escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FIN DE LA SEGUNDA PARTE&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;What a life&lt;br /&gt;A trick of light&lt;br /&gt;Then everything returns to the sea&lt;br /&gt;You can have whatever you want&lt;br /&gt;But are you disciplined enough to be free&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Turning love into a chore&lt;br /&gt;Promises come cheap dear reader&lt;br /&gt;Another page, another door&lt;br /&gt;Follow, follow me&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I know what I'm here for&lt;br /&gt;Hanging on through late December&lt;br /&gt;I know what I'm here for&lt;br /&gt;Follow, follow me&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Moving on&lt;br /&gt;Don't belong&lt;br /&gt;My life turned into a mall&lt;br /&gt;Every line is in the song&lt;br /&gt;Follow me out of the fall&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;What an actor, what a show&lt;br /&gt;Going through some holy motions&lt;br /&gt;The bands are sharp but the singers slow&lt;br /&gt;Everything must go&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I know what I'm here for&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Souvenirs, polygraph tests&lt;br /&gt;Photographs fresh from the wreck&lt;br /&gt;What a poster saint he'll make&lt;br /&gt;In one take, one take&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I know what I'm here for&lt;br /&gt;Follow, follow me&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-8479925144696719015?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/8479925144696719015/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=8479925144696719015' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/8479925144696719015'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/8479925144696719015'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/08/los-reyes-ensangrentados.html' title='los reyes ensangrentados'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-1779651785320669476</id><published>2007-07-18T13:38:00.000+02:00</published><updated>2007-07-18T18:08:39.545+02:00</updated><title type='text'>tantos mundos que enseñarte</title><content type='html'>Antes de irme de la ciudad de piedra fui a visitar a Nico. Recordaba la dirección a la que me había llevado el verano pasado, la casa de Rosa, su novia ecuatoriana. Nico ya no vivía allí. Me abrió la puerta el hijo de Rosa, un chaval moreno y flaco. Me miró con unos ojos que eran como gotas de tinta. Hola, dije.&lt;br /&gt;Mamá, llamó el chaval. Mamá...&lt;br /&gt;Rosa se asomó a la entrada del piso, secándose las manos con un paño. El chaval se escabulló. ¿Qué quieres?, dijo Rosa. Me reconoció de un vistazo, aunque sólo habíamos coincidido una vez, cuando me encontró durmiendo en la cama de su hijo, apestando a sudor y a veneno y con una resaca atroz de vodka y cocaína. Después ejerció de anfitriona forzada y me dio de comer, arroz con tomate y huevos fritos, mientras le lanzaba miradas tremebundas a un Nico que no estaba mucho mejor que yo.&lt;br /&gt;Estoy buscando a Nico, dije.&lt;br /&gt;Nico ya no vive aquí.&lt;br /&gt;Ya lo sabía, pensé. Desde mucho antes de llamar a la puerta.&lt;br /&gt;¿Y dónde vive ahora?&lt;br /&gt;Rosa hizo un gesto de indiferencia.&lt;br /&gt;¿No lo sabes?&lt;br /&gt;Rosa suspiró. Sí, lo sé, dijo.&lt;br /&gt;Esperé. Rosa me dijo el nombre de una calle. Es la casa de la esquina, dijo. La que tiene la puerta grande.&lt;br /&gt;¿Qué número?&lt;br /&gt;No tiene número.&lt;br /&gt;No conozco la calle, dónde...&lt;br /&gt;Está en la parte vieja, dijo.&lt;br /&gt;Eso también lo sabía, pensé. No podía ser otro lugar.&lt;br /&gt;Vale, gracias. Me acercaré a verlo.&lt;br /&gt;Rosa sacó el paño de sus puños, lo desplegó, sujetándolo por las puntas, empezó a doblarlo. Dile que... No, no le digas nada. Nada de nada.&lt;br /&gt;Vale, dije. Yo...&lt;br /&gt;Adiós. Rosa cerró la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habla el ciego, la noche antes de volver a la ciudad de piedra. Pasa la mano por la barra del bar como si extendiera una baraja de cartas invisibles. Qué jugada de tahúr, dice. La vida. Visto y no visto. La ilusión de la permanencia y la inmortalidad. El vino lo hace hablar y lo hace con labios débiles y brillantes, los ojos abiertos tras las gafas oscuras. Qué gran broma, qué pase de manos. Pero esto lo digo ahora, espoleado por el vino y el griterío y el humo que no me deja oler otra cosa, ni el vaso que tengo en la mano. Cómo no creer que este pandemonio se hundirá sobre sí mismo. Cómo albergar esperanzas. Pero mañana, cuando el vino se aplaque, porque primero acaricia y luego muerde, pensaré otras cosas, podré encontrar un cierto sentido en el sin sentido. Entonces, qué queda pensar, qué saldo arroja la comparación de nuestras columnas del debe y el haber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nico vivía en un una casa vieja, diminuta, que hacía esquina frente a la plaza de una iglesia, también diminuta y achaparrada. El sol pegaba de lleno en el empedrado y, cuando se iba poniendo, si esperabas en silencio, se podía oír el chasquido de las piedras al enfriarse, contrayéndose, retazos de una conversación geológica, como si se comunicasen el final de otro día, nada ha cambiado, dicen, todo sigue igual desde hace un millón de años. Llamé a la puerta. Escuché movimientos. Unos pasos, una tos. La puerta se abrió unos centímetros, con la cadenilla echada. Vi flotar una cara blanca y mal afeitada, los ojos hundidos. ¿Topo?, preguntó.&lt;br /&gt;Nico, dije. Soy Javo.&lt;br /&gt;La cara blanca tosió. ¿Eh?&lt;br /&gt;Que soy Javo, coño.&lt;br /&gt;¿Javo?&lt;br /&gt;La puerta se cerró, volvió a abrirse sin la cadenilla.&lt;br /&gt;Javo, dijo Nico. Qué pasa, hombre.&lt;br /&gt;Se apartó para dejarme pasar. Dentro de la casa flotaba un aire denso, pesado. Nico iba en pantalones cortos, tenía un aspecto sudoroso y febril. Su palidez destacaba en la oscuridad como la de un espectro. Estaba más delgado, aunque su cuerpo parecía haber perdido peso de una manera desigual, su pecho era flaco y estrecho, huesudo, pero le colgaba una barriga fofa y le enfundaba una rodada de grasa blanca los riñones. Una erupción roja le cruzaba la espalda. Pasa, pasa, me dijo. No me saludó de manera especial, como si me hubiera visto justo ayer y no hiciera casi un año de la última vez. Qué tal, tío.&lt;br /&gt;Bien, dije. De visita.&lt;br /&gt;Entramos en el salón. El calor del día se había acumulado hasta lo insoportable. Olía a cerrado, a sudor nuevo sobre sudor viejo, a comida recalentada, a cigarrillos, y a enfermedad, ese matiz agrio y punzante en las fosas nasales. Había un tresillo desvencijado, un par de sillas, un televisor, una mesa que desbordaba latas de refresco y cerveza, bolsas de patatas fritas, migas de pan, platos sucios, ceniza. Las paredes tenían manchas de humedad y se caía el gotelé a pedazos como cáscaras de un huevo duro. Estaba muy oscuro, apenas el brillo del televisor encendido y sin sonido, las ventanas cerradas, las persianas bajadas, las cortinas corridas.&lt;br /&gt;Nico se tiró en el tresillo, tosiendo. Yo me senté en una de las sillas, con precaución. La silla chirrió un poco, estaba floja, desencolada. Nico seguía tosiendo.&lt;br /&gt;¿Estás malo?&lt;br /&gt;Un catarro, dijo. Se rascó la espalda, contorsionándose como un simio. Cómo me pica, joder.&lt;br /&gt;¿Puedo fumar?, pregunté.&lt;br /&gt;Sí, hombre, sí. Dame uno.&lt;br /&gt;Saqué los cigarrillos. ¿Seguro?&lt;br /&gt;Sí, coño.&lt;br /&gt;Encendimos los cigarrillos. Creía que eras el Topo, dijo Nico.&lt;br /&gt;¿El Topo?&lt;br /&gt;Un tío que me está buscando.&lt;br /&gt;Joder, Nico...&lt;br /&gt;No te preocupes.&lt;br /&gt;¿Qué le has hecho al Topo?&lt;br /&gt;Nico tosió, dio una calada, volvió a toser.&lt;br /&gt;Nah, ya sabes. Desacuerdos empresariales. Él dice esto, yo digo aquello. Él dice que me va a matar, yo digo que me encuentre primero. Se rió, sonó a somier oxidado. Es un niñato, tranquilo.&lt;br /&gt;¿Qué le hiciste?&lt;br /&gt;La avaricia rompe el saco, tío, dijo, levantando el índice. Tanto fue el cántaro a la fuente que tal y cual, ya sabes... Yo le pasaba farlopa. Claro, le hacía el viejo truco.&lt;br /&gt;Cuando conocí a Nico se dedicaba a rondar institutos con dos objetivos, conseguir carne joven, con una falta de escrúpulos a la que ni Marcos ha llegado, y venderle a los chavales una mixtura de mala marihuana y buen orégano en una proporción que, según él, hacía indetectable el engaño incluso a consumidores avezados.&lt;br /&gt;Una parte de coca, una parte de aspirina, siguió explicando. Ni se daba cuenta, el tío tonto. Tampoco es tan malo, eh, no se iba a envenenar ni nada...&lt;br /&gt;Como mucho le ibas a quitar el dolor de cabeza, concedí, encogiéndome de hombros, sonriendo a mi pesar.&lt;br /&gt;El caso es que la última vez me colé. Tanto fue el... Bueno, eso ya lo he dicho. El Topo quería diez gramos para pegarse un fiestón, y yo andaba un poco corto, así que cogí los cinco gramos más chungos que tenía de farlopa, que eran como puta cal, y los mezclé con cinco pastillas de paracetamol de gramo que me recetó el médico cuando me puse malo.&lt;br /&gt;Le dio una tiritona. Sonrió, se rascó la espalda. Que ya ves el puto médico lo que me ha ayudado, dos semanas llevo así.&lt;br /&gt;¿Dos semanas, Nico?&lt;br /&gt;Sí, dijo. Total, que no me acordé de que las putas pastillas eran efervescentes. Así de listo soy. Nico suspiró, puso los ojos en blanco. Me contaron que le salía espuma por la nariz. Y, claro, ahora dice que me quiere matar.&lt;br /&gt;El Topo, dije.&lt;br /&gt;El Topo, dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ciego hacía visajes, muecas, gestos involuntarios fruto de la no conciencia o el olvido del propio rostro. Tenía el dorso de la mano perlado de vino, la primera vez que lo veía desatender su pulcritud y caer en el desaliño del pelo, que se le desordenaba, y los labios y las manos manchadas, una pulcritud hecha de hábitos mecánicos, memorizados, adquiridos, todo eso se perdía ahora en la noche oscura que aguardaba fuera y en la que él estaba inmerso. Sólo hay dos oficios que los hombres desempeñan en toda su pureza, Javier, dijo. La guerra y la narración de historias. Sus dos primeros oficios, sus únicos oficios legítimos, impuestos por un orden previo a todo, por su misma esencia, por el alcaesto y el destino. Estos dos oficios contienen al hombre, lo definen. Y no interpretes la pureza como algo positivo, la pureza es horrible, es una herida en carne viva. Se detuvo el ciego, agitó el vaso, calculó un último trago. Puede que la guerra sólo exista para contarla, dijo. Y puede que las historias no sean más que otra faceta de la guerra, la que todos los hombres libran contra el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nico tenía en el frigorífico cuatro latas de Mahou, dos botellines de Águila, una litrona de San Miguel mediada, una botella de vodka, un frasco de mayonesa, un bote de mostaza, un bote de ketchup, un salchichón mordisqueado, un tomate pocho y dos cubiteras vacías. Cogí los botellines, los dejé en la encimera, ennegrecida y pegajosa, y busqué por los cajones hasta dar con un abridor, y volví al salón. Nico miraba la tele, abrazándose las costillas y meciéndose un poco. Abrí los botellines, le pasé uno. No debería, dijo. Por los antibióticos. Pegó un trago. Lo que no te mata te hace más fuerte, ¿eh? Bueno, qué tal estás. La capital y eso.&lt;br /&gt;Bien, dije. ¿Tienes fiebre?&lt;br /&gt;Yo qué sé, dijo. A esta hora siempre me sube. Los putos biorritmos.&lt;br /&gt;¿Has vuelto a ir al médico?&lt;br /&gt;Para qué. Oye, por cierto, ¿cómo está el tema por allí?&lt;br /&gt;Qué...&lt;br /&gt;El tema.&lt;br /&gt;Ah. No sé, Nico. Hace mucho que no compro. Estoy hecho un comebolsas.&lt;br /&gt;Sonreímos. ¿Calidad y eso?&lt;br /&gt;Tan mala como en cualquier parte.&lt;br /&gt;¿Cuándo te vas?&lt;br /&gt;Hoy, dije. Tenía billete para esa misma tarde y todavía tenía que pasar por casa de Dani a por la mochila y por el Metropol para despedirme de todos. Iba muy justo de tiempo, pero no tenía ánimos para marcharme y dejarlo solo. No podía imaginarme haciéndolo, y casi nunca logro hacer nada que no haya proyectado primero en mi mente, anticipado de alguna manera, una especie de película de lo probable. Una de mis múltiples taras.&lt;br /&gt;Ya. Nico se frotó la cara. Tengo un poco, si tú quieres. Barata, de puta madre...&lt;br /&gt;No, si yo...&lt;br /&gt;Que no es paracetamol, eh. Que es de la buena, de la mía, de la que yo me meto.&lt;br /&gt;Déjalo, da igual.&lt;br /&gt;Ya, ya, dijo Nico. Se rascó los brazos, se rascó la espalda.&lt;br /&gt;El calor se estaba volviendo explosivo. El humo ascendía con lentitud hasta el techo, como si le costase, como si se desenvolviera en un líquido muy espeso. Bebí un poco de cerveza, menos fría de lo que esperaza, e hice una mueca. Amarga, dijo Nico. Es lo único que me gusta que sea amargo, la cerveza.&lt;br /&gt;Me pareció que amargaba demasiado. ¿La cerveza caduca?, le dije, buscando alguna fecha impresa en la etiqueta o grabada en el cristal.&lt;br /&gt;Nico no dijo nada y encogió las piernas contra el cuerpo, apretando los dientes. Me duele la espalda, dijo. Es como una punzada. Por dentro.&lt;br /&gt;Dejé el botellín en la mesa. Nico, dije. Quieres...&lt;br /&gt;¿Sigues escribiendo?&lt;br /&gt;Sí, dije.&lt;br /&gt;Bien, tío. Mejor que hayas vuelto.&lt;br /&gt;En realidad, nunca dejé de escribir.&lt;br /&gt;Nico asintió. Apretaba los dientes. ¿Cuándo voy a salir yo?, preguntó. En un cuento, en una novela... Me tienes que sacar, alguna vez.&lt;br /&gt;Claro, dije.&lt;br /&gt;Sudaba a chorros, y el sudor le resbalaba por la piel y se evaporaba dejando un rastro salino sobre la piel paliducha y la forma pobre de sus músculos y sus huesos. Gimió, estiró los brazos hacia atrás, una postura forzada, una postura de puñalada. Nico, dije. ¿Nico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente me cuenta historias. Algunos de estos hombres que nos acompañan hoy, en medio del ruido y que no miran en nuestra dirección, sé que no lo hacen, llegan tosiendo, carraspeando, gruñendo, tímidos como niños, y quieren pagarme el café o el vaso de vino para que los invite a sentarse a mi lado, y se sientan como estás sentado tú ahora, se inclinan hacia mí, y hablan. Me hablan, en esas ocasiones, como se habla a un confesor, como se habla entre tinieblas, susurrando. Será porque no puedo verlos, será porque no tienen que ocultar sus rostros de mi mirada que no temen hablar. Cuentan sus historias, sus ridículas o terribles o imperdonables historias, impregnados del olor de su bebida, como si en realidad hablasen de otra cosa, deslizando aquí y allá fragmentos de su confesión, me cuentan que cuando eran niños mataron un perro, me cuentan que no pueden dejar de beber, me cuentan que robaron, me cuentan que engañaron, mintieron, huyeron, me cuentan que algunas noches no pueden dejar de llorar aunque no recuerdan el motivo o lloran porque no pueden dejar de llorar, me cuentan que una vez mataron a un hombre que creían odiar y que no odiaban, me cuentan que una vez mataron a una mujer que creían amar y ahora no saben qué creían saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamé a un taxi. Fui a la habitación de Nico, un cuartucho con un catre despellejado y un revoltijo de ropa sobre una tabla de planchar, y cogí una camiseta al azar. En el salón, conseguí incorporarlo y pasarle la camiseta por la cabeza. Vamos, le dije. Vamos, Nico.&lt;br /&gt;Le ayudé a pasar los brazos por las mangas. Debajo de la mesa encontré un par de sandalias. Las cogí y las puse junto a sus pies. No te tengo que poner esto, ¿verdad?&lt;br /&gt;No, hombre, no...&lt;br /&gt;Me aparté, cogí el cigarrillo que había dejado humeando en la mesa y le di un par de caladas mirando a Nico pelear con las hebillas de las sandalias. Apagué el cigarrillo y le ajusté las sandalias a los tobillos.&lt;br /&gt;¿Puedes andar?&lt;br /&gt;Sí, claro.&lt;br /&gt;Llegó el taxi. Nico caminaba como un zombi. El taxista frunció el ceño al vernos. Venga, dijo. Que aquí no puedo aparcar. Tenía el coche cruzado en la calzada peatonal que circundaba la plaza de la iglesia. Nico se metió en el asiento de atrás. Al hospital, le dije al taxista. ¿Qué hospital?, me preguntó.&lt;br /&gt;Miré a Nico. No sé, el que esté más cerca.&lt;br /&gt;No, dijo Nico. Clínica... San... Clínica San Francisco. Mis padres me tienen... Por la privada. De beneficiario. Eh...&lt;br /&gt;El taxista me miraba.&lt;br /&gt;Clínica San Francisco, le dije. Vamos, coño.&lt;br /&gt;Al llegar, tuvimos un pequeño problema monetario. Sólo tenía un billete de cincuenta euros, que había sacado del cajero un rato antes, y el taxista no tenía o no quería darme cambio. Hice acopio de chatarra y un billete de cinco euros hecho trizas que encontré escondido entre recibos del banco y un preservativo fosilizado en la hendidura más recóndita de la cartera, contando céntimo a céntimo para completar el monto, mientras el taxista me miraba y gruñía para sí. Volví la cabeza para preguntarle a Nico si tenía algo de dinero, cosa bastante improbable, y descubrí que ya se había escurrido fuera del coche. Joder, dije, y le puse en la mano al taxista aquel lío de monedas y el billete astroso, y salí también del coche. La entrada de la clínica estaba sombreada por unos árboles y se extendían unos setos ya agostados por el camino hacia la puerta. Entré en la clínica, en una sala de espera estrecha, una hilera de asientos de plásticos atornillados al suelo, una puerta azul a un lado y unas puertas batientes al fondo, y un mostrador en el que se apoyaba, por el lado de fuera, una mujer en un uniforme verde, una enfermera, supuse. Hola, dije. La mujer se mordisqueaba la uña del meñique, me miró sin dejar de hacerlo. Vengo con un amigo, dije. ¿Ha entrado... ?&lt;br /&gt;La mujer me miró como si le hablase en otro idioma. Se sacó la uña de la boca pero no dijo nada.&lt;br /&gt;Es un tío flaco, de mi estatura, expliqué. Pantalones cortos... ¿Lo ha visto entrar?&lt;br /&gt;La mujer se encogió de hombros. Me miró como si fuera un marciano.&lt;br /&gt;Vale, vale, dije, y volví a salir de la clínica. Eché un vistazo a los setos, imaginándome a Nico perdiendo el conocimiento y cayéndose por ahí, fuera de vista, pero no encontré nada. Entré de nuevo. La mujer ya no estaba. Había un tipo, con el mismo uniforme verde. Eh... Joder, dije. Oiga, ¿ha entrado un chaval ahora mismo?&lt;br /&gt;Yo acabo de llegar, no sé, dijo el tipo.&lt;br /&gt;Pero...&lt;br /&gt;Me froté los ojos. Tuve la espantosa sensación, una sensación que antes tenía mucho más a menudo, de haberme deslizado fuera de la realidad, haber cruzado un meridiano secreto, una división entre mundos, y haber caído en uno similar al mío, pero desprovisto de sentido y referentes, donde nada de lo que yo conocía había existido jamás, donde no era más que un paria, donde mi voz a los oídos de los habitantes de esta realidad sólo decía incoherencias. Se abrió la puerta azul y salió Nico, con su aire encogido y un temblor en los hombros. Joder, Nico, le dije. Dónde coño...&lt;br /&gt;Me estaban tomando los datos, dijo.&lt;br /&gt;No te encontraba.&lt;br /&gt;Me tienen que hacer unas radiografías, dijo. Parece que estoy un poco jodido de los pulmones.&lt;br /&gt;¿Quieres que llame a alguien?&lt;br /&gt;Nico cerró los ojos. Apretó con fuerza los párpados. No, dijo. Pero espérame, ¿vale? ¿Te importa esperar a que terminen, tío? No quiero... Es que...&lt;br /&gt;No te preocupes, me quedo aquí.&lt;br /&gt;Gracias, dijo, y me tocó el hombro y se giró hacia el tipo de verde. ¿Por aquí?, dijo.&lt;br /&gt;Sí, ven, te acompaño, dijo el tipo y se acercó a Nico para llevarlo más allá de las puertas batientes, por un pasillo que atisbé enorme e interminable, dos cosas que seguro no era, y me quedé solo en la sala de espera. Me senté en uno de los asientos de plástico, estiré las piernas. Miré la hora en el móvil. Mi autobús salía en treinta y cinco minutos. Adiós, adiós, pensé. Otro día más en la ciudad de piedra.&lt;br /&gt;La mujer de verde se asomó tras el mostrador, como si se hubiera estado escondiendo, esperando su turno, el pie de su parlamento. ¿Has encontrado a tu amigo?, preguntó.&lt;br /&gt;La miré. Me llevé la uña del meñique a la boca y no dije nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si al estarme privado el mundo visible pudiera saber del invisible. Como si mis ojos estuvieran adecuados a una vibración distinta de la luz y todo lo oculto, el misterio, estuviera a mi alcance. Pero te diré, Javier, que no hay más mundo que el mundo. No hay ningún misterio, no hay ninguna magia, apenas el pase de manos, ya lo he dicho, de un charlatán que a fuerza de repetirlo ha convencido a todos de que las cartas en la manga son parte del espectáculo. Apenas eso. Apenas eso y nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que esperar dos horas. Las dediqué a fumar cigarrillos bajo la sombra de los árboles de la entrada, a rescribir mentalmente párrafos de relatos pasados, a mirar la punta de mis zapatillas. También hice una breve excursión a una cabina cercana. Intenté hablar con Ana, pero estaba con el tipo, el Señor Pito Torcido, y la conversación resultó críptica y apresurada. Mencionó una fiesta a la que iba a ir. Sola. Romanticismo y decadencia. Ya te daré los detalles. ¿Quieres ir?, dijo.&lt;br /&gt;Afuera anochecía. Una enfermera salió de las puertas batientes. ¿El compañero de Nicolás?, preguntó. No había nadie más en la sala de espera. Yo, dije. Ven, dijo la enfermera. Puedes pasar a verlo.&lt;br /&gt;¿Cómo está?, le pregunté.&lt;br /&gt;Bien, dijo la enfermera.&lt;br /&gt;Me llevó por el pasillo hasta unas escaleras y las subimos y cruzamos un pasillo más y me dejó frente a la puerta de una habitación. La puerta estaba entornada y llamé con los nudillos. Eh, dije. ¿Se puede?&lt;br /&gt;Nico estaba en una cama, arropado hasta el pecho con una sábana. Se incorporó sobre los codos. Javo, dijo. Llevaba un pijama del hospital.&lt;br /&gt;¿Cómo estás?&lt;br /&gt;Nico hizo una mueca. Tengo neumonía, dijo.&lt;br /&gt;Vaya.&lt;br /&gt;El médico ha dicho que tengo los pulmones de un pajarito y que no tendría que fumar.&lt;br /&gt;Pues ya sabes, dije.&lt;br /&gt;Me han puesto hasta el culo de antibióticos y calmantes, llevo un buen pelotazo encima, Javo.&lt;br /&gt;Sonreí. Disfrútalo, le dije.&lt;br /&gt;No había dónde sentarse. Me quedé al borde de la cama, sin saber qué hacer, y Nico me miró y en cada uno de sus ojos ardía un mundo, mundos configurados en el paroxismo y la fiebre en los que puede verme reflejado, mis propios ojos, mis propios mundos de estupor, y era un reflejo insoportable, como la mirada de Medusa, como la destrucción de Sodoma, y aparté la mirada antes de convertirme en estatua de piedra o sal y quedarme para siempre vitrificado en el horror.&lt;br /&gt;Rosa, dijo Nico.&lt;br /&gt;Qué.&lt;br /&gt;Podrías...&lt;br /&gt;Qué, qué...&lt;br /&gt;Sacudió la cabeza. Nada, déjalo. Mejor nada... Eh, ¿estás bien?&lt;br /&gt;Sí, dije. Pero no estaba bien. Estaba a punto de vomitar. Nos va a sobrevivir a todos, pensé. Era una revelación, y no llegaba en forma de imágenes confusas, de relámpagos internos, convulsiones y ojos en blanco, era más bien como una certeza, una certeza premonitoria, un incuestionable atisbo de futuro. De entre los pliegues del tiempo, en un truco de papiroflexia limitado y pequeño, surgía. Ninguno de nosotros lo verá muerto. Marcos, Dani, yo, ninguno. Nico bailará sobre nuestras tumbas. Este despojo neumonítico, cocainómano, trapichero, buscavidas, con pulmones de pajarito, seguirá siempre hacia delante, sin echar un vistazo al holocausto a su espalda. Y bailará, bailará porque será lo único que le quede, y el fin del mundo lo encontrará bailando, inmune al espanto, en la ciudadela del cataclismo.&lt;br /&gt;Tengo que irme, dije.&lt;br /&gt;Espera, dijo Nico. Había una mesita junto a la cama y abrió un cajón y sacó un par de llaves. Toma, dijo. Ve a casa. Cogí las llaves, le dije que vendría a verlo al día siguiente, y salí dando tumbos de la habitación. Caminé como un autómata por las calles y no fue hasta pasado un buen rato que no me di cuenta de que tenía las llaves de su casa en la mano, sudadas y brillantes, y no supe qué hacer. Tenía que ir a por mi mochila, tenía que comprar otro billete, tenía que comer algo, tenía que sacarme de encima el sudor del día, que me pesaba como la mortaja que habría de cubrirme, tenía que hacer todo eso, y lo que hice fue encender un cigarrillo y andar despacio hacia la casa de Nico. Cuando llegué, me dediqué a descorrer cortinas, abrir ventanas, levantar persianas. El calor remitía. Circulaba algo de aire. Encendí las luces del salón, pero las bombillas parpadeaban e iluminaban menos que la llama de un mechero, y me quedé a oscuras, fumando, mirando el desfile de imágenes del televisor sin sonido, y las manchas de humedad de las paredes parecían mapas de la superficie de la luna, mares de roca y polvo gris, mesetas vacías, cráteres insondables, pero mapas trazados por un selenógrafo trastornado que alucinara con un satélite alternativo, una luna que es sólo su cara oculta, y lo plasmara en trance cada amanecer, y en algún momento empecé a soñar, sin llegar a quedarme dormido, y Violenne se sentó a mi lado y hablamos de premoniciones y de los días del futuro pasado, y luego soñé con caballos corriendo en la noche, restallaban relámpagos y llovía y yo me movía muy deprisa como si fuera en un vehículo descubierto, aunque no podía verlo, y un haz de luz, un foco, una linterna, un farol, recorría las formas de los animales que corrían despavoridos y mostraban los cuartos traseros, los cascos que arrancaban hierba y barro en la carrera como azadones y los lomos blancos o negros o bayos que se arqueaban y se contraían y las crines como llamas en la oscuridad y los cráneos alargados, los ojos desorbitados y blancos y furiosos que giraban sin tino dentro de las cuencas y en el sueño sólo había movimiento y caballos de belfos retraídos y dentaduras perfectas y enormes y luces en el cielo y penetrando la lluvia como si la acuchillasen, los cielos quebrados en violeta, aire saturado de olores, el movimiento que no cesa, y el sueño se borró despacio, sin dejar de acelerarse, y alguien llamó a la puerta y me levanté dormido y despierto y al abrir la puerta una delegación de cenobitas me saludó e hicieron reverencias burlonas y habló el portavoz. Ah, dijo. Tenemos tantos mundos que enseñarte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-1779651785320669476?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/1779651785320669476/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=1779651785320669476' title='13 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1779651785320669476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1779651785320669476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/07/tantos-mundos-que-ensearte.html' title='tantos mundos que enseñarte'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-7291055186557342531</id><published>2007-07-02T11:47:00.001+02:00</published><updated>2007-07-03T09:56:15.118+02:00</updated><title type='text'>la gran ninguna parte</title><content type='html'>Tenía la dirección escrita en un papel. A la hora indicada estaba en la acera de enfrente, mirando un edificio viejo de cinco plantas. El portal estaba abierto. Calle cual, número tal, ahí era. Entonces desanduve el camino y retrocedí un par de calles y me metí en un bar al que había echado el ojo, &lt;em&gt;The Big Nowhere&lt;/em&gt;. El interior era azul y angosto como un útero extraterrestre, iluminado con luces indirectas, dos mesas pequeñas, una barra, un acuario vacío al fondo junto a la puerta de los servicios. El techo bajo, pintado de un azul más oscuro, acentuaba la sensación uterina, la sensación de submarino alemán que no se ha enterado del final de la guerra. Cuando entré se sostenía una nota de trompeta más allá de lo creíble, acompañada por una batería lenta, un contrabajo trastornado. Había dos negros, uno a cada lado de la barra, los dos con la cabeza afeitada y un brillo de agua nocturna en el rostro. La cabeza del cliente no era mucho más grande que una pelota de balonmano, los ojos demasiado juntos, orejas de soplillo, el hombre más feo que había visto en mi vida. Me senté en el taburete más cercano a la puerta. El camarero me miró mientras sacaba los cigarrillos y el libro y me hizo un gesto con la cabeza.&lt;br /&gt;Hola, dije. ¿Me pones una cerveza?&lt;br /&gt;El camarero sonrió y se inclinó para sacar un tercio de Heineken al que se le caían escamas de hielo y me lo puso delante. Era un tipo alto y grande, la perfección del esqueleto perfilándose contra la piel, y llevaba una camisa blanca, los botones grises como lascas de perla, que iluminaba por sí misma medio local. Gracias, le dije.&lt;br /&gt;Añadió un cuenquito con frutos secos a la cerveza. De nada, dijo con una sonrisa de teclas de piano.&lt;br /&gt;Me palpé en busca del mechero. ¿Tienes fuego?, pregunté.&lt;br /&gt;El camarero asintió y sacó un librillo de cerillas y lo dejó sobre la barra.&lt;br /&gt;Quédatelo, dijo.&lt;br /&gt;Bien, gracias, dije cogiendo el librillo, era azul, cómo no, impreso TBN en rojo oscuro. Encendí una cerilla, prendí el cigarrillo, soplé humo color acero. El camarero volvió con el cliente y le susurró algo en un idioma que no reconocí. El cliente respondió con una palabra bisílaba, como dos gorjeos de pájaro unidos.&lt;br /&gt;Bebí de la cerveza. La música seguía cayendo desde el techo, la nota de trompeta se arrastraba como un lamento, temblando con las flaquezas del pulmón del músico pero sin llegar a desaparecer o a cambiar, el resto de instrumentos parecían haberse olvidado de ella, avanzaban por el tema como si se hubieran aburrido de esperar a que la trompeta atacase la melodía. Perdona, le dije al camarero. Señalé al techo. ¿Qué es esto?&lt;br /&gt;El camarero levantó los ojos. ¿La música?, preguntó.&lt;br /&gt;Asentí.&lt;br /&gt;Es jazz.&lt;br /&gt;Sí, bueno, ya. Me refería a... Quién lo interpreta, quién lo toca.&lt;br /&gt;Ah, dijo el camarero. Metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un paquete de cigarrillos, Gitanes. Se llevó uno a la boca. ¿Te gusta?&lt;br /&gt;Sí, dije, aunque no estaba muy seguro de que me gustase ni de que fuese música hecha con intención de gustar.&lt;br /&gt;Es mi banda, dijo el camarero. Señaló al cliente. Nuestra banda.&lt;br /&gt;El camarero encendió su cigarrillo, la brasa relumbró.&lt;br /&gt;Di una calada al mío y la expulsé con un ataque de tos. Llevaba un par de días tosiendo más de la cuenta, la garganta irritada. No había dejado de fumar ni de beber cerveza. Notaba el cuerpo febril, me dolían las articulaciones.&lt;br /&gt;Me llamo Amadís Dudú, dijo el camarero. Soy trompetista y poeta.&lt;br /&gt;Lo miré. Sonreía con la boca llena de humo.&lt;br /&gt;No te llamas Amadís Dudú, dije. Conozco ese nombre.&lt;br /&gt;Claro que me llamo Amadís Dudú.&lt;br /&gt;Asentí. Ya, dije. Bebí cerveza. Un anillo de dolor se encendió en mi garganta. Bebí más. Dio otra calada. Tosí. Noté un borboteo de flemas.&lt;br /&gt;¿Qué lees?, preguntó el camarero.&lt;br /&gt;Levanté el libro para que viera la portada. Buen libro, dijo. Siempre me han gustado los rusos.&lt;br /&gt;A mí siempre me han asustado, reconocí.&lt;br /&gt;El camarero lo tomó por algo gracioso y rió entre dientes. Hizo aros de humo.&lt;br /&gt;El cliente habló en su idioma incognoscible. Me miraba. El camarero asintió con gravedad. Mi amigo y yo tenemos una controversia, dijo. Acerca de la existencia de los fantasmas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se necesitaba una contraseña para acceder a la fiesta de la quinta planta. Me abrió la puerta un tipo en levita negra, el pelo ensortijado, brillante de fijador. Yo miraba al suelo y lo primero que le vi fueron los zapatos, de punta cuadrada, marrones. Notaba mi cabeza llena de algodón caliente, los pensamientos amortiguados, lejanos. El tipo esperó. ¿Sí?, dijo.&lt;br /&gt;Hola, respondí.&lt;br /&gt;El tipo puso una mano en el marco de la puerta, simulando un gesto descuidado, pero cerrando el paso. Me miró de los pies a la cabeza, con desaprobación. ¿Contraseña?&lt;br /&gt;Os lo tomáis muy en serio, eh.&lt;br /&gt;El tipo frunció el ceño. Es una fiesta privada y...&lt;br /&gt;Si no tengo la contraseña, qué pasa. ¿No me vas a dejar entrar? ¿Tú?&lt;br /&gt;Hablaba la fiebre.&lt;br /&gt;El tipo boqueó. Su cuerpo transmitió miedo de roedor. Fiesta privada, repitió.&lt;br /&gt;Lo miré, tragué flemas. Sorbí por la nariz. &lt;em&gt;Nevermore&lt;/em&gt;, dije.&lt;br /&gt;¿Eh?&lt;br /&gt;La contraseña. &lt;em&gt;Nevermore&lt;/em&gt;. Ya está.&lt;br /&gt;Sí...&lt;br /&gt;El tipo se apartó.&lt;br /&gt;Sonaba música de clavicordio. La seguí por un pasillo flanqueado de muebles descascarillados con velas a medio derretir. En el techo, donde debería haber habido bombillas, colgaban cables pelados. El tipo me venía detrás, sus zapatos repicaban en el suelo. Mis deportivas no hacían ningún ruido. ¿Tiene teléfono móvil?, dijo.&lt;br /&gt;¿Cómo?&lt;br /&gt;Los teléfonos no están permitidos, puede dármelo a mí para que se lo guarde.&lt;br /&gt;No, no tengo, le dije, sin volverme y sin dejar de andar.&lt;br /&gt;Los invitados estaban en el salón, unos treinta, repartidos por sofás, sillas decimonónicas, escabeles y divanes, algunos tumbados en alfombras orientales, arabescos rojos y dorados. La música de clavicordio salía de ninguna parte. Una fiesta temática, había dicho ella. Romanticismo y decadencia. Empecé a sospechar que el tema oculto era la estupidez intrínseca del género humano. Las bebidas, dijo el tipo de la levita. Señalaba una mesa llena de copas y botellas de vino.&lt;br /&gt;Ah, bien, dije.&lt;br /&gt;Alguien llamó al tipo de la levita y me dejó en paz. Observé el panorama. Un grupo fumaba en círculo de un narguile recargado de ornamentos. Se pasaban la boquilla unos a otros, aspiraban y se dejaban caer de espaldas, como en éxtasis. Olisqueé marihuana, pero tendrías que estar fumándote Jamaica para que te afectara de esa manera.&lt;br /&gt;Uno de los fumetas me miró y gateó en mi dirección. Sólo llevaba unos pantalones rojos, de satén o terciopelo, y tenía el torso escuálido, las costillas marcadas como los surcos que deja un arado. Calculé que si le tiraba una botella de vino a la cara podría alcanzar una ventana y arrojarme al vacío antes de ser atrapado.&lt;br /&gt;Eh, eh, dijo, a cuatro patas. ¿Eres el tío del opio?&lt;br /&gt;Negué con la cabeza.&lt;br /&gt;Mierda, dijo el fumeta. ¿Sabes cuándo viene?&lt;br /&gt;Ni idea, dije.&lt;br /&gt;El fumeta se mordió los labios.&lt;br /&gt;¿Quieres fumar? Siéntate con nosotros.&lt;br /&gt;No, gracias, dije. La hepatitis ya no me sienta bien.&lt;br /&gt;La...&lt;br /&gt;Déjalo. Estoy buscando a alguien.&lt;br /&gt;Me serví una copa de vino tinto. Busqué entre la gente pero no la vi.&lt;br /&gt;Sorbí vino, sorbí mocos. Tosí con disimulo. Encendí un cigarrillo. Me fijé en una chica gorda sentada sola en un diván. Obesidad mórbida envuelta en tules negros, el pelo de un azabache imposible y la cara de una palidez cadavérica y empolvada. Exudaba, sin embargo, una sexualidad primigenia, prehistórica, evocaba inabarcables continentes de piel, orgasmos sísmicos, animales, procreadores, y turbaba desearlos, fiebre dentro de la fiebre, una diosa tallada en piedra por cavernícolas, una suma sacerdotisa, y también una doliente, una plañidera que hace suyos todos los muertos. Mantenía un gesto adusto, imperturbable, muy erguida en el diván. Estaba y no estaba, pese a lo contundente de su presencia. La luz apenas le resbalaba por el rostro y los brazos hipertróficos, carne evanescente, como si pudiera esfumarse sin más y dejar apenas un lío de sedas negras desfallecidas en el diván.&lt;br /&gt;Tragué vino, llené la copa otra vez. Una chica con un sombrerito adornado con flores violetas y un velo de encaje negro se acercó a la mesa y se sirvió una copa. Fumaba un cigarrillo con una larga boquilla nacarada. Hola, le dije.&lt;br /&gt;Me miró como se mira a los insectos. Hola, dijo.&lt;br /&gt;Estoy buscando a alguien. Ana.&lt;br /&gt;¿Te ha invitado ella?, preguntó la chica.&lt;br /&gt;Sí, dije.&lt;br /&gt;Ella sacudió la cabeza, muy despacio.&lt;br /&gt;Típico de Ana, dijo.&lt;br /&gt;¿Sabes dónde está?&lt;br /&gt;Por ahí. ¿Has mirado en las habitaciones?&lt;br /&gt;No, acabo de llegar.&lt;br /&gt;Señaló un pasillo que se abría en el extremo opuesto del salón.&lt;br /&gt;La vi hace un momento. Reservaba una habitación.&lt;br /&gt;Gracias, dije. A ver la si encuentro.&lt;br /&gt;Llamas un poco la atención, me dijo, mordisqueando la boquilla. Tu ropa.&lt;br /&gt;Iba en vaqueros y camiseta, lo que en aquel mundo privado de tules, velos negros y pantalones rojos de terciopelo, tengo que reconocerlo, era llamativo.&lt;br /&gt;Nadie me advirtió sobre la etiqueta, dije. Estoy avergonzado. A lo mejor me tiro por el balcón.&lt;br /&gt;La chica puso los ojos en blanco. El suicidio es tan de los noventa, dijo.&lt;br /&gt;Esperé un momento para ver si encontraba el más mínimo rastro de humor o ironía en la frase. No lo encontré. Colmé la copa de vino, le hice un gesto de despedida y enfilé el pasillo que me había indicado. La primera habitación a la que eché un vistazo no tenía puerta, sólo una cortina medio corrida. Había una chica desnuda sentada en el suelo con las muñecas encadenadas a los tobillos. Mordía una pelota de goma atada con correas a su nuca. Tenía los pezones anillados. Me miró con tranquilidad. Perdón, dije, y corrí la cortina.&lt;br /&gt;Me apoyé en la pared del pasillo. Me dolían las articulaciones, la fiebre había subido. El clavicordio invisible me estaba matando.&lt;br /&gt;Las habitaciones siguientes tenían puerta y estaban cerradas. La última habitación antes del cuarto de baño, en el que entreví en su penumbra una bañera oscura con patas de fiera, sólo tenía la puerta entornada y la empujé con los dedos. El suelo estaba forrado de alfombras, puestas unas encima de otras, formando valles y mesetas, crestas, un diseño parecido a ropa de feriante o adivino mil veces remendada y parcheada. Un diván junto a la ventana. Ana miraba la lluvia y fumaba un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La existencia de los fantasmas es un tema controvertido de por sí, dijo Amadís Dudú. Pero no exactamente el tema que nos ocupa. Los fantasmas existen, hace tiempo que decidimos eso. ¿Has visto alguna vez un fantasma?&lt;br /&gt;Puede, dije. Bebí cerveza.&lt;br /&gt;Yo he visto muchos, dijo Amadís Dudú. Mi amigo también. Y nos preguntamos qué son. Nos preguntamos por su sustancia.&lt;br /&gt;Ectoplasma, dije.&lt;br /&gt;Amadís Dudú sonrió, dio una calada a su Gitanes.&lt;br /&gt;Mejor dicho, nos preguntamos por su sustancia más allá de su sustancia. No nos inquietan los fundamentos del fenómeno físico, o parafísico, de su existencia. El nombre de lo que los compone. A Duke Ellington le preguntaron una vez qué era el jazz. Respondió que el jazz no es el qué, es el cómo.&lt;br /&gt;El cómo de los fantasmas, dije.&lt;br /&gt;Algo así. Nos gusta escuchar opiniones al respecto. ¿Tú tienes alguna?&lt;br /&gt;Puede, volví a decir. Comenzaron los primeros brotes algodonados en mi cabeza. ¿Qué opináis vosotros?&lt;br /&gt;Mi amigo opina que los fantasmas están compuestos de la misma materia que los sueños. Responden a la misma lógica indescifrable. Sueños que han dejado de soñarse. Sueños que se soñarán y todavía vagan sin dueño.&lt;br /&gt;Sueños que no se están soñando.&lt;br /&gt;Y sueños soñados, dijo Amadís Dudú. Soñamos fantasmas. Todas las noches.&lt;br /&gt;El humo de su cigarrillo no me dejaba verle el rostro. Era más denso que el de mi Fortuna, más corpóreo. ¿Y tú, qué piensas que son?&lt;br /&gt;Yo sólo veo fantasmas cuando toco la trompeta, y creo que los fantasmas habitan la música. Son notas desarticuladas. Las historias que contiene la música, que no pueden expresarse en palabras. Eso son los fantasmas. Por lo menos, los míos.&lt;br /&gt;Cerré los ojos, me froté las sienes. Al abrirlos sólo podía ver una oscuridad azul. Los fantasmas son como nosotros, dije. Pertenecen a una realidad pegada a la nuestra. Las membranas que nos separan son porosas, están gastadas, y a veces se escurren a nuestro lado. Nos miran sin saber qué somos. No saben dónde están, qué están mirando. A veces nos escurrimos hacia la suya, de igual manera, y entonces nosotros somos los fantasmas.&lt;br /&gt;Me sacudió el primer tembleque de la fiebre.&lt;br /&gt;Tú has visto muchos fantasmas, dijo Amadís Dudú.&lt;br /&gt;He creído verlos, dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha empezado a llover, dijo Ana. Encogía las piernas contra el cuerpo, sentada en el diván. La lluvia arañaba el cristal. Mis pasos hacían todavía menos ruido en el suelo alfombrado. Me senté a su lado y le ofrecí la copa.&lt;br /&gt;Sí, gracias, dijo. La tomó y sorbió. Qué vino más malo, dijo.&lt;br /&gt;No entiendo de vinos, dije.&lt;br /&gt;Yo tampoco, pero éste es malo. Todo es bastante malo en esta fiesta.&lt;br /&gt;No dije nada. Miré por la ventana, los edificios del centro mojándose, el cielo muy bajo y oscuro. El paisaje que se veía desde la ventana de mi cuarto era el de las obras del río, un espacio desolado, como arrasado por una guerra o alguna catástrofe o arrasado para dar lugar a la guerra y las catástrofes.&lt;br /&gt;Ana llevaba una camisa negra, esa falda que ya conozco de los vídeos y que es una superposición de gasas, y las botas negras. Vámonos a otro sitio, dije.&lt;br /&gt;Ella negó con la cabeza. He reservado esta habitación, dijo.&lt;br /&gt;¿Para qué?&lt;br /&gt;Ana sonrió. ¿Tienes tabaco?&lt;br /&gt;Encendí un cigarrillo y se lo pasé. Ella me devolvió la copa de vino, bebí mirando el borde opuesto, la huella roja de sus labios. ¿Y qué esto, una especie de hostal?&lt;br /&gt;Es una fiesta. Son amigos de un foro.&lt;br /&gt;Un foro.&lt;br /&gt;Un foro de Internet.&lt;br /&gt;Ya.&lt;br /&gt;Cuando necesitas una habitación lo que haces es ir a una habitación vacía y sentarte dentro y es tuya. Hasta el final de la fiesta.&lt;br /&gt;¿Cuánto dura la fiesta?&lt;br /&gt;Lo que haga falta, dijo.&lt;br /&gt;Y tú necesitas una habitación.&lt;br /&gt;Se echó hacia atrás en el diván, estiró las piernas hasta que sus pies me tocaron, la punta de sus botas.&lt;br /&gt;Necesitamos una habitación, dijo.&lt;br /&gt;Intenté sonreír. Tengo fiebre, dije.&lt;br /&gt;Yo tengo frío, dijo ella. Ven aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amadís Dudú siguió perorando acerca de fantasmas y música. Los doloridos lamentos que veía en el rocanrol. Las almas descarnadas que recorrían el jazz. Los miedos alados de las partituras cinematográficas.&lt;br /&gt;Abrí el libro e intenté leer. Las letras estaban desenfocadas, entornaba los ojos para leer mejor y las palabras se hundían en un mar blanco. Forcé los ojos, leí: &lt;em&gt;En aquella época tenía sólo veinticuatro años. Ya entonces mi vida era sombría, desordenada y solitaria hasta la hosquedad...&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Me estremecí de pies a cabeza. Me llevé las manos a la cara como si fuera a llorar. Por esto leemos, pensé. Por esto.&lt;br /&gt;¿Estás bien?&lt;br /&gt;Sí, dije. Lo miré. Tú no te llamas Amadís Dudú.&lt;br /&gt;¿Y cómo me llamo?&lt;br /&gt;No te llamas Amadís Dudú.&lt;br /&gt;¿Cómo te llamas tú?&lt;br /&gt;En ningún momento había dejado de sonar la música ni, me parecía, de arrastrarse la infinita nota de trompeta. Dibuja espirales, pensé. La trompeta dibuja espirales. Como el humo, como los desagües, como los tornados. Percibía la música por todo el cuerpo, una vibración sólida. Las notas alcanzaban mi tímpano y reverberaban en el cráneo desde donde se transmitían a las vértebras y a las clavículas y de las clavículas por el húmero al radio y al cúbito y los tristes huesecillos de la muñeca hasta los metacarpianos y las falanges que vibraban contra el acolchado de las yemas de los dedos que recibían también la vibración de la misma barra, del suelo, de las paredes. La música en la piel, sobre la fiebre. La música en el interior, pulsando en las vísceras.&lt;br /&gt;De nuevo, sólo la oscuridad azul, y el sonido azul, y una bruma de cigarrillos.&lt;br /&gt;La camisa blanca de Amadís Dudú, el advenimiento de un sol nocturno.&lt;br /&gt;No hay belleza que no sea terrible, dijo. No hay belleza que no duela.&lt;br /&gt;No sé en relación a qué lo dijo, si a los fantasmas, si a mi libro, si a la música, pero es una frase que podría decirse en relación a todo y nunca dejaría de ser cierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy un hombre enfermo, le dije.&lt;br /&gt;Ella manipuló el cinturón. ¿Qué?&lt;br /&gt;Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.&lt;br /&gt;Ella me giró la cara y me besó. Cállate, dijo. Tiró del cinturón, tiró de los pantalones, separó las gasas de su falda, afianzó las botas sobre el diván.&lt;br /&gt;Ven aquí, aquí, aquí.&lt;br /&gt;¿Ahí?&lt;br /&gt;Ahí...&lt;br /&gt;La fiebre es un motor extraño. La fiebre tiene sus propias reglas. El alfombrado amortiguó el golpe, rodamos por el suelo sin hacernos daño, o haciéndonos el daño justo, el exquisito grado de dolor. Se le saltaron dos botones de la camisa, hice agujeros en las gasas de su falda, mis dedos ansiosos, y rompió el cuello de mi camiseta de un tirón. Me mordió el brazo, me arañó las costillas. No era el animal solícito y complaciente de sus vídeos, no había ese aire juguetón y divertido, seductor. Su cuerpo, que ya creía conocer, estaba historiado de marcas secretas, de cicatrices invisibles. Lo acaricié, lo palpé, lo recorrí con miedo de dejar inexplorado un solo centímetro. También lo mordí y lo arañé. Le sujeté el rostro para mirar sus ojos, inyectados en sangre, mi fiebre había saltado a ella, y ahora era fiebre sobre fiebre, un ardor que agota océanos, y me mordió los dedos y yo me dejé morder. Quieta, le dije, separando sus muslos, buscando el camino. Su pelvis se sacudía, me golpeaba. Me hincó los dientes en el pulgar, gimió con los ojos cerrados. Gruñí de dolor justo cuando logré entrar en ella. Saqué el dedo de su boca, marcado y húmedo, le resbalaba una gota de sangre ensalivada. Se calmó un momento, respirando a jadeos. Me dejó mirar sus ojos. Eh, le dije. Eh. Me pasó una mano por la nuca y acarició con lentitud. Sí, eh, vamos. Con la otra mano recorrió las vértebras de mi columna, en orden descendente y como si las contara, y al llegar abajo me empujó para ir más dentro, más lejos, hasta el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé monedas sobre la barra. Amadís Dudú las recogió sin contarlas. ¿Te vas, amigo fantasma?&lt;br /&gt;Me voy, dije.&lt;br /&gt;Ha sido un placer tu compañía.&lt;br /&gt;Lo mismo digo, dije, pensando que su compañía había sido una nueva forma de pesadilla.&lt;br /&gt;Puedes volver cuando quieras, dijo Amadís Dudú. Abrió los abrazos como abarcando el local y la luz se desplegó desde su camisa blanca como argucia de ilusionista. La Gran Nada, El Gran Desierto, El Gran Vacío, La Gran Ninguna Parte, siempre estará esperándote. Prometemos buena música y charlas con fantasmas, bebida barata y cerillas gratis, cortesía de la casa. El único requisito para volver es encontrar el camino de vuelta. ¿Sabrías encontrar el camino de vuelta?&lt;br /&gt;Quizá, dije.&lt;br /&gt;Siempre cabe la posibilidad de que nosotros te encontremos a ti, dijo, sonriendo. Pero para eso necesitaríamos tu nombre. ¿Cómo te llamas, amigo?&lt;br /&gt;Metí las manos en los bolsillos. Arturo Belano, dije, y salí del bar.&lt;br /&gt;Afuera soplaba un viento frío que me rebajó la fiebre. En el cielo se agolpaban ya signos de oscuridad y lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio del páramo de alfombras debíamos parecer dos alucinados, dos eremitas perdidos que finalmente encontraron lo que habían ido a buscar al abismo, dos náufragos en la última de las playas, cubiertos de sal oceánica y sal de sudor, y dos amantes transidos, lo que éramos, y también dos huellas de fiebre, dos dibujos de ceniza, dos nubes de tormenta.&lt;br /&gt;Sabes, dijo ella, creo que si lo hiciéramos un poco más fuerte y un poco más deprisa, sólo un poco, saldríamos ardiendo. Por fricción, como dos cerillas.&lt;br /&gt;Dos cerillas.&lt;br /&gt;Puro fuego.&lt;br /&gt;¿Crees que seríamos capaces?&lt;br /&gt;Asintió con gravedad, tragó saliva seca. Combustión espontánea, dijo. Bum.&lt;br /&gt;¿Más fuerte y más deprisa?&lt;br /&gt;Sí, sólo un poco. O incluso mucho más fuerte y mucho más deprisa. Sin parar un momento, hasta volvernos atómicos. Hasta quemarlo todo.&lt;br /&gt;¿Quieres salir ardiendo?&lt;br /&gt;Sí, dijo. Me pasó las uñas por el pecho.&lt;br /&gt;¿Quieres quemarlo todo?&lt;br /&gt;No se me ocurre otra salida, respondió. Me giré para besarla y colocarme sobre ella y empezar a follar de nuevo como si tuviera que ser la última, como si fuera el polvo del fin del mundo, como quien escribe cartas de amor, ya era hora, desde un edificio en llamas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-7291055186557342531?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/7291055186557342531/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=7291055186557342531' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/7291055186557342531'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/7291055186557342531'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/07/la-gran-ninguna-parte.html' title='la gran ninguna parte'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-1115577319262901341</id><published>2007-06-03T23:53:00.000+02:00</published><updated>2007-06-04T00:20:28.561+02:00</updated><title type='text'>huellas del último vals</title><content type='html'>De entre todas las fotos que Milan nos mostró la mañana de la reunión recuerdo una en especial. Dijo que la había tomado en algún lugar cerca de Bombay, hace tres veranos. En blanco y negro, muestra a un niño occidental y rubio subido en la cabeza de un elefante. La foto está tomada desde el suelo, muy cerca, y sólo se ve un rectángulo de cielo, una nube lejana como un trazo distraído de espuma de cerveza, y la colosal y gris cabeza del elefante, sus orejas pequeñas y asiáticas, la trompa arqueándose fuera de plano, y el niño rubio, de seis o siete años, con unos pantalones cortos de color blanco nuclear, la piel muy morena, incorporándose sobre la testa del animal, sonriendo, una sonrisa etílica como si estuviera borracho, pero borracho de qué, no de alcohol, borracho de luz, quizá, que se intuye devoradora y omnipresente en la mañana, borracho de oriente, borracho de elefante, lo bastante borracho como para ponerse a cantar y a bailar, a zapatear con pies ligeros, mientras el paquidermo, feliz y cómplice, barrita y trompetea y amaga su propio baile, borracho de luz, borracho de niño, borracho de la música secreta de su existencia. A lo largo de las cuatro horas que duró el viaje hasta la ciudad de piedra, la imagen me visitó una y otra vez, animada y en color. No quise preguntarme por qué, como tampoco me preguntaba qué esperaba encontrar al final del trayecto, al bajar del autobús, al volver a atravesar la estación de autobuses, al volver a pisar las calles de las que me fui, como un gato escaldado, hace ya medio año. Pero aquí estoy, de vuelta, y no me parece inapropiado hacerlo soñando despierto con un niño que baila sobre la cabeza de un elefante. Es más, me parece perfectamente lógico en su perfecto sin sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hice fue ir al Metropol. Todavía olía a la fritanga del mediodía y había servilletas sucias por el suelo y mondadientes y cigarrillos aplastados, pero ya estaba casi vacío, pronto empezaría la hora de los cafés y los silencios pensativos y de las partidas de ajedrez desapasionadas en las mesas. Marcos estaba sentado en un taburete, acodado en la barra y con la espalda apoyada en la pared del fondo. Entré en el bar, con la mochila al hombro, y me acerqué a él, sin saludarlo. Marcos tamborileaba los dedos de una mano en la barra y se pasaba la otra por el mentón sin afeitar, ausente. Me senté a su lado, carraspeé. Marcos me miró. Parpadeó, se colocó las gafitas. Hijo de puta, dijo, enderezándose. Serás cabrón.&lt;br /&gt;Qué hay, tío, le dije.&lt;br /&gt;Pero serás maricón, dijo. Maricón e hijo de puta.&lt;br /&gt;A tu servicio, le dije, y nos dimos un abrazo, palmadas en la espalda y todo eso.&lt;br /&gt;Qué haces aquí, tío, dijo Marcos al separarnos. Qué asco de tío. No avisas.&lt;br /&gt;Sorpresa.&lt;br /&gt;¿Has avisado a alguien, a Dani?&lt;br /&gt;No, a nadie. A ése menos.&lt;br /&gt;Marcos rió y me palmeó el hombro. Joder, qué bien, tío.&lt;br /&gt;Vengo un par de días. Un arrebato de nostalgia.&lt;br /&gt;Pues hay que liarla, organizar algo, dijo. Apoyó el índice en la barra. Esta noche curra Chema aquí, ¿qué te parece?&lt;br /&gt;Bien, claro. Dónde si no.&lt;br /&gt;Le hice gestos al camarero, uno que no conocía, y le pedí una cerveza.&lt;br /&gt;Empezamos a charlar de cómo nos habían ido las cosas. Marcos desglosó sus avatares sentimentales, las sucesivas rupturas y reconciliaciones con sus dos novias, las chicas a las que ocasionalmente lograba engañar para llevarse a la cama. Las novatas son las mejores, me dijo. Es facilísimo. Eso sí, he desarrollado un radar de vírgenes. Las reconozco con un vistazo. No quiero ni una virgen más, por dios. Qué horror.&lt;br /&gt;Le pregunté por los demás y Marcos hizo una mueca. Está todo el mundo jodido, tío. Chema lo ha dejado con Susana, o ella lo ha dejado a él, más bien, y lo está llevando regular. Raúl sigue igual de tonto... Trabajas para su tío, ¿no?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;Bueno, pues igual. Igual de raro.&lt;br /&gt;¿Y Dani?&lt;br /&gt;Marcos hizo una mueca. Ya sabes cómo es, dijo. No hay manera. Estuvo una temporada muy bien, cuando estaba con la chica esa, la tal... Cómo era...&lt;br /&gt;Sonia.&lt;br /&gt;Eso, Sonia. Cuando ella le dio la patada, se vino un poco abajo. Desapareció una semana...&lt;br /&gt;Estuvo conmigo, en Madrid.&lt;br /&gt;¿Sí? Algo así me suponía. Pero es que yo ya ni le pregunto. El caso es que desapareció, volvió con la misma cara de mustio y poco más. Creo que ni se presentó a los exámenes de febrero. Y le quedan tres putas asignaturas, no sé. Sigue igual.&lt;br /&gt;Todos jodidos, eh.&lt;br /&gt;Bueno, yo estoy bastante bien, dijo, subiéndose las gafitas por el puente de la nariz. Pero lo demás, joder, qué puto desastre.&lt;br /&gt;Sonreímos. Bebimos. Encendí un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres cervezas después apareció Dani. Con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de chándal, color azul, y la barba más cerrada y más oscura. Entró en el Metropol con la vista en el suelo y se colgó de la barra haciéndole un gesto distraído al camarero. Una birra, pidió.&lt;br /&gt;Eh, dije.&lt;br /&gt;Dani levantó los ojos, me miró, parpadeó con lentitud legañosa.&lt;br /&gt;Tú, dijo.&lt;br /&gt;Aquí estoy, dije.&lt;br /&gt;No pienso hacer ningún aspaviento, que lo sepas.&lt;br /&gt;No esperaba menos. O más.&lt;br /&gt;¿Qué haces aquí?&lt;br /&gt;De visita. ¿Te molesta?&lt;br /&gt;Dani arqueó las cejas. Por mí como si te tiras a un pozo, Javo.&lt;br /&gt;Levanté el botellín de cerveza. Brindo por eso, hijo de puta.&lt;br /&gt;Dani imitó el gesto con un botellín imaginario. Yo brindo por ti, bastardo.&lt;br /&gt;Intercambiamos sonrisas feroces sobre los taburetes.&lt;br /&gt;Cuánto amor, dijo Marcos. Precioso.&lt;br /&gt;Ah, Marquitos, dijo Dani. Esto va más allá del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco cervezas más tarde me despedí de ellos alegando que quería dar un paseo, ver a ciertas personas, revisitar determinados paisajes, todo mentira. Les dije que luego me pasaría por el piso, el piso al que Dani y yo nos mudamos desde la vieja casa, desde las paredes verdes, esto sí pensaba hacerlo, y de hecho lo haré, me tumbaré en el mismo sofá en que me he tumbado tantas veces y veremos una vieja película de terror, secuela de una aún más vieja película de terror, y me dormiré y tendré un sueño inspirador y extraño, pero todavía no, todavía no. Lo que pretendía era hacer una llamada. Telefonear, como dicen en las viejas películas. Caminé por la ciudad de piedra descartando teléfonos públicos, paseando por una especie de escenario doble, plegado sobre sí mismo, la capa del antes superpuesta sobre el ahora. Volver a la ciudad de piedra es como entrar en un tiempo distinto, alcanzar una velocidad de giro diferente, regresar a un lugar en el que las cosas no han dejado de avanzar pero que lo hacen en una espiral que las lleva cada vez más hacia sí mismas. Volver a la ciudad de piedra es volver a una ciudad dentro de una ciudad que nada sabe de su ciudad interna. Una ciudad secreta habitada por fantasmas. Es una ciudad en la que todavía Dani y yo paseamos de madrugada bajo farolas que parpadean, un poco colocados y un poco asustados y al menos seis años más jóvenes, en la que no dejo de ir al local de ensayo del grupo de Muerto y Brus para ver cómo tocan Fear of the dark cada vez peor, en la que tomo cafés apresurados con Palma en el Aldana, suelos blancos y negros, suelos de ajedrez, en la que Nico y yo llamamos a puertas que se caen a pedazos primero en busca de hachís, después en busca de cocaína, al final en busca el uno del otro, en la que permanecen bares que ya no existen, en la que cuando llueve hay rápidos y cataratas por el empedrado y por los escalones de los palacetes ruinosos y vomitan los canalones de granito y los canalones de lata arcos de plata y espuma brillante y un barquito de papel hecho con papel de periódico de hunde sin remedio, y en la que, sobre todo, Violenne no deja de marcharse cada segundo siluetada en cartulina negra una noche calurosa plagada de nubes gemelas.&lt;br /&gt;Encontré una cabina, un ataúd de plexiglás, roto y astillado, como apedreado, que parecía haber sobrevivido a la ola renovadora de los teléfonos públicos sencillamente sumergiéndose en el olvido de la parte más abandonada del casco antiguo. Me pregunté si funcionaría. Dentro olía a animal encerrado. Saqué calderilla de los bolsillos. Eché monedas. Marqué un número. Conté los tonos. Conté seis. Hola, dijo ella.&lt;br /&gt;Hola.&lt;br /&gt;¿Desde dónde me llamas hoy?&lt;br /&gt;Desde una cabina.&lt;br /&gt;Tú tienes teléfono móvil. Lo he visto.&lt;br /&gt;Y qué.&lt;br /&gt;Y nada.&lt;br /&gt;¿Qué tal estás?&lt;br /&gt;Bien. Aburrida. ¿Y tú?&lt;br /&gt;Estoy un poco borracho.&lt;br /&gt;Siempre estás borracho o tienes resaca, ¿te has dado cuenta?&lt;br /&gt;Es parte de mi encanto.&lt;br /&gt;Empieza a ser predecible.&lt;br /&gt;Pero todavía te gusta.&lt;br /&gt;Ella rió. Sí, todavía.&lt;br /&gt;¿Qué has hecho hoy?&lt;br /&gt;Poca cosa. Me aburro. Quiero verte.&lt;br /&gt;¿Ahora?&lt;br /&gt;Ahora.&lt;br /&gt;Sonreí. Lo siento, no puede ser.&lt;br /&gt;¿Por?&lt;br /&gt;No estoy en Madrid.&lt;br /&gt;¿Dónde estás?&lt;br /&gt;En la ciudad de piedra.&lt;br /&gt;¿En dónde?&lt;br /&gt;La ciudad de piedra.&lt;br /&gt;Ni idea.&lt;br /&gt;No es exactamente un lugar. Es un estado mental. Como el surf. Un estado de ánimo. Una ciudad itinerante. Descubrí hace poco que también responde al nombre de Canciones Tristes. No figura en los mapas. Se tarda cuatro horas en ir desde donde tú estás adonde yo estoy. En autobús. Creo que hay una playa, pero no la he visto nunca.&lt;br /&gt;¿Es dónde vivías antes?&lt;br /&gt;Sí y no. Es donde vivo a veces.&lt;br /&gt;Qué idiota eres. ¿Cuándo vuelves?&lt;br /&gt;En un par de días.&lt;br /&gt;Llámame cuando vuelvas, quiero verte.&lt;br /&gt;Te llamaré, dije. Cuéntame algo.&lt;br /&gt;¿Qué quieres que te cuente?&lt;br /&gt;Lo que sea. Cuéntame algo. Quiero escucharte.&lt;br /&gt;Ayer grabamos un vídeo.&lt;br /&gt;No, no me hables de eso. Cuéntame otra cosa.&lt;br /&gt;Chasqueó los labios. A ver, a ver, dijo. Qué te cuento.&lt;br /&gt;Lo que sea.&lt;br /&gt;Ella suspiró y dijo: Una vez cuando era pequeña...&lt;br /&gt;Colé monedas en la ranura del teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y volví al piso y vimos la película.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una lluvia suave y menuda sobre el parabrisas de un coche polvoriento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jeffrey L. Dahmer cerniéndose sobre uno de sus amantes forzados. Años ochenta, espantosos cortes de pelo, la erótica de la lobotomía. Muertos vivientes, muertos amantes. Un taladro ensangrentado. Una jeringa llena de agua hirviendo. Una solución de ácido y lejía. Amor zombi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un palacio subterráneo en una isla tropical. Un salón de baile inmenso, austriaco, polvoriento, abandonado. La huellas del último vals. Al fondo, un telón raído, rojo, blanco y negro, una esvástica gigante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un parque, un viento frío, una chica con el pelo negro encogiéndose dentro de una rebeca azul. Se llama Aldara Cabo. Muy delgada, muy guapa. Escribe un diario secreto. Escribe sobre alguien llamado B. En ella se cifra el misterio del mundo. Tal vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un bar a primera hora de la noche. Una cerveza y un cigarrillo. Un tipo con ojeras y el pelo desordenado dice que es el diablo. De alguna manera, podría serlo. Dice que puede comprarme el alma. Dice que puede concederme un deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerezas de tormenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un autobús escolar internándose en un desierto de pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una elipsis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ya no es un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Metropol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bar estaba atestado. Nos refugiamos al final de la barra, contra la pared, Marcos, Raúl, Dani y yo. Chema tenía turno, nos puso unos tercios y se echó sobre la barra para darme un abrazo. Estás más delgado, hijoputa, me dijo.&lt;br /&gt;Putas y cocaína.&lt;br /&gt;¿Cómo?&lt;br /&gt;Putas y cocaína, Chema. Dos vicios que adelgazan.&lt;br /&gt;Te repites, Javo, me dijo Dani.&lt;br /&gt;Es parte de mi encanto.&lt;br /&gt;Eh, hay que reconocer que este cabrón tiene encanto, dijo Marcos señalándome con el cuello del tercio. Un cierto encanto decadente y seductor.&lt;br /&gt;Sí, el encanto de un perro sarnoso.&lt;br /&gt;Gracias, Dani, dije.&lt;br /&gt;Yo lo digo porque he oído alguna historia sobre una chica con flequillo.&lt;br /&gt;Miré a Dani.&lt;br /&gt;Eh, tío, querían cotilleo, qué quieres que le haga.&lt;br /&gt;¿Qué pasó con ella?&lt;br /&gt;Bah, dije. Nada. Le di mi número, ella me dio el suyo, ninguno ha llamado al otro.&lt;br /&gt;Es Javo, dijo Dani. Las ama y las deja.&lt;br /&gt;Soy Javo, dije. Cuando las amo me dejan.&lt;br /&gt;Marcos sonrió y dijo: ¿Y la del porno?&lt;br /&gt;Miré a Dani otra vez.&lt;br /&gt;No dejaban de preguntar, tío.&lt;br /&gt;¿Te la has follado ya?, preguntó Marcos.&lt;br /&gt;Marquitos, esa boca, le dije. Coño.&lt;br /&gt;Nah, nah, no me vengas con ésas, insistió Marcos. ¿Te la has follado o qué?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;¿No?, preguntó Dani.&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Pero la conociste, ¿no? Y quedaste con ella.&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;¿Y?, dice Marcos.&lt;br /&gt;Y nada. Hablamos.&lt;br /&gt;¿No intentaste nada?&lt;br /&gt;La besé. Nos estuvimos besando.&lt;br /&gt;Marcos frunció el ceño. A ver, me estoy perdiendo. Esa tía hace porno. Queda contigo. La besas. ¿Y no te la follas?&lt;br /&gt;No surgió.&lt;br /&gt;Marcos parpadeó, se subió las gafitas. No lo entiendo, dijo.&lt;br /&gt;Es sólo eso.&lt;br /&gt;¿La has vuelto a ver?&lt;br /&gt;No. Pero hablamos por teléfono.&lt;br /&gt;Por teléfono, repitió Marcos.&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;¿De qué?&lt;br /&gt;Me cuenta cosas. Me gusta oírla.&lt;br /&gt;Marcos se volvió hacia Dani. No lo entiendo, te lo juro. Es como si me hablase en otro puto idioma. ¿Tú lo entiendes, Raúl?&lt;br /&gt;Raúl sonrió, se rascó la cabeza pelirroja. No sé.&lt;br /&gt;Sí, ya, tú qué vas a saber. En serio, Javo, eres un puto marciano.&lt;br /&gt;Me reí.&lt;br /&gt;Porno, Javo. Porno.&lt;br /&gt;Déjalo ya, Marcos.&lt;br /&gt;Sí, tío. Marcos echó un trago de cerveza. ¿Si voy a Madrid me la puedo follar yo?&lt;br /&gt;Si no sabes ni cómo es.&lt;br /&gt;Qué más da. Esa tía hace porno, tío. Es algo que tiene sentido en sí mismo.&lt;br /&gt;Le señalé con el dedo. Si te acercas a ella te mato, dije.&lt;br /&gt;Marcos suspiró. Eso es lo que quería oír, joder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avance rápido. Cervezas, cigarrillos, un ramillete de anécdotas, las voces cada vez más pastosas. El Metropol alcanza su masa crítica de clientela y durante casi una hora el bar es un lugar suspendido en el tiempo, bullicioso, envuelto en una niebla profunda, donde hace demasiado calor, donde nadie está cómodo. Poco a poco, empieza a vaciarse, se hacen huecos en la barra, se vacían las mesas. Nosotros permanecemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonia entró con un tipo de la mano. La vi al mismo tiempo que Dani y noté cómo se le crispaba el cuerpo. Gruñó, carraspeó. ¿Tienes un cigarrillo?, me preguntó.&lt;br /&gt;Sí. Le pasé el paquete de Fortuna.&lt;br /&gt;Sonia se acercó a la barra y echó un vistazo alrededor. Nos vio. Sus labios formaron un oh. Se volvió hacia el tipo, le dijo algo al oído. El tipo nos miró, la cogió de la mano y salieron del bar. Ella agachaba los ojos, el tipo se sonreía.&lt;br /&gt;Dani miraba con atención el espacio de aire entre sus rodillas. Dio una calada, sopló el humo.&lt;br /&gt;¿Estás bien?&lt;br /&gt;Estoy de puta madre, dijo.&lt;br /&gt;Ya.&lt;br /&gt;De puta madre.&lt;br /&gt;¿Cómo lo llevas?&lt;br /&gt;Me miró. Cómo llevo qué.&lt;br /&gt;Vale, vale, dije.&lt;br /&gt;Me encendí un cigarrillo. Quedamos un momento en silencio. Marcos le contaba algo a Chema, que se apoyaba en la barra con aspecto cansado. Raúl se había ido a casa un rato antes.&lt;br /&gt;Es como tú dijiste, dijo finalmente Dani. La malaria. Unas fiebres recurrentes.&lt;br /&gt;Unos temblores de vez en cuando. Nada que no podamos soportar.&lt;br /&gt;¿Sabes lo de la gabacha?, preguntó Dani.&lt;br /&gt;Ahora fui yo el que tardó en decir algo. Sí, lo sé. Ella misma me lo dijo, antes de que me fuera.&lt;br /&gt;Hay toda una historia este verano que no me has contado&lt;br /&gt;Toda una historia que no le he contado a nadie.&lt;br /&gt;Tiene cara de idiota.&lt;br /&gt;¿Quién?&lt;br /&gt;Él. El novio de la gabacha.&lt;br /&gt;Sonreí. Ya, ya lo sé.&lt;br /&gt;Dani abrió la boca para decir algo, la cerró, frunció el ceño y finalmente dijo: Iba a decir que el mundo está lleno de idiotas que llevan de la mano a chicas que no se merecen pero, creo, el mundo está lleno de chicas que tienen exactamente lo que se merecen, un tío con cara de idiota llevándolas de la mano.&lt;br /&gt;Volví a sonreír. Amén, dije.&lt;br /&gt;Palabra del Señor, dijo Dani.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y otra elipsis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ya se ha ido todo el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las puertas del Metropol cerradas. Chema se había pasado a nuestro lado de la barra con una botella de José Cuervo Especial. Sonaba &lt;em&gt;White Wedding&lt;/em&gt; en el equipo de música.&lt;br /&gt;Chema sirvió tequila. Bueno, un puto brindis, dijo.&lt;br /&gt;Dani levantó el vaso, saltó de su taburete, trastabilló, Marcos lo sujetó por el brazo. Cuidado, tío, le dijo.&lt;br /&gt;Déjame, déjame, dijo Dani, ojos húmedos, rojos, el labio inferior vencido, borracho como una cuba, con una pinta más triste y derrotada que nunca. Yo quiero brindar... No, no quiero brindar, qué coño. Quiero decir unas palabras, hacer una puta declaración.&lt;br /&gt;Chema bufó. Dani...&lt;br /&gt;No, coño, déjame. Es... Lo que quiero decir es que... Mierda, que lo rechazo todo.&lt;br /&gt;¿Rechazas qué?, preguntó Marcos.&lt;br /&gt;Todas y cada una de las cosas. Todas y cada una de las verdades incuestionables. Lo niego todo, del principio al final. La realidad, el orden, la física, la química. Niego, especialmente, la gravedad. Estamos flotando. Hágase la luz. La tierra es plana.&lt;br /&gt;Dani se bebió el tequila. Sólo creo en el fin del mundo.&lt;br /&gt;Marcos miró su vaso y dijo: Sí, venga, lo que sea.&lt;br /&gt;Sucede a cada momento, insistió Dani. Flotamos.&lt;br /&gt;Tú desde luego, dijo Chema.&lt;br /&gt;Por el fin del mundo, dije. Bebimos. Chema sirvió otra ronda.&lt;br /&gt;¿Puede alguien hacer un brindis normal y corriente ahora, por favor?, dijo Marcos. ¿Javo?&lt;br /&gt;Cogí mi vaso, lo alcé. Bueno, dije. Yo también creo en el fin del mundo.&lt;br /&gt;La jodimos, suspiró Marcos.&lt;br /&gt;Pero también creo en otras cosas, dije. Creo en bailar borracho en la cabeza de un elefante, por ejemplo. Creo en la literatura también, a pesar de todo y más que nunca, y creo en los gestos inútiles, creo en algo sin nombre que es mitad azar y mitad destino, creo en escribir cartas de amor desde un edificio en llamas, creo en la exhibición de atrocidades, creo en el arte más íntimo, creo en las uvas de la ira, creo en el hombre que ríe, creo en el ruido y la furia. Moví el tequila en el vaso, meditando. Mierda, creo en el rocanrol.&lt;br /&gt;Dani sonrió y levantó el vaso y dijo: Por el rocanrol.&lt;br /&gt;Por el rocanrol, lo acompañó Chema.&lt;br /&gt;Rocanrol, dije, y bebí.&lt;br /&gt;Marcos carraspeó, se subió la gafitas con el dedo. Pues yo creo en las tetas gordas, dijo.&lt;br /&gt;Amén, asentimos.&lt;br /&gt;Sonaba &lt;em&gt;This is not a love song&lt;/em&gt;. De nuevo, la imagen fugaz de la chica con la rebeca azul. El misterio del mundo. Siempre cifrado en una chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente desperté en el sofá con una resaca espantosa. Tenía un pie descalzo y el otro todavía metido en la bota, los pantalones desabrochados, el cuello de la camiseta manchado de babas. Me incorporé, me froté las sienes hasta que el salón dejó de girar. Escuché pasos por el pasillo. Eh, dije. ¿Queda alguien vivo?&lt;br /&gt;Dani asomó la cabeza por la puerta del salón. Hola, dijo.&lt;br /&gt;Joder, qué mala cara.&lt;br /&gt;Dani se rascó la barba. Ya ves.&lt;br /&gt;Te pareces al último novio de Jeffrey Dahmer.&lt;br /&gt;¿Al novio de quién?&lt;br /&gt;No importa, ¿qué tal estás?&lt;br /&gt;Se encogió de hombros, bostezó. En realidad, bien, dijo. Con una resaca cojonuda, pero bien. Bastante bien. ¿Y tú?&lt;br /&gt;Igual. Bastante bien.&lt;br /&gt;Cuanto peor mejor, ¿eh?&lt;br /&gt;Es que lo quiero para mi escudo de armas. Escrito en latín.&lt;br /&gt;Acabo de mear tequila, te lo juro.&lt;br /&gt;Yo creo que voy a vomitar.&lt;br /&gt;Dani sonrió. ¿Te vas hoy?&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. No sé ni qué hora es. Creo que mañana.&lt;br /&gt;Mejor. Tenemos que tomarnos unas cervezas de resaca.&lt;br /&gt;Claro.&lt;br /&gt;Pero ahora voy a caer en un reparador coma, si no te importa.&lt;br /&gt;Yo voy a darme una vuelta.&lt;br /&gt;Despiértame cuando vuelvas.&lt;br /&gt;En serio, ¿estás bien?&lt;br /&gt;Dani frunció el ceño. Ya sabes. Podría estar peor.&lt;br /&gt;Vete a dormir.&lt;br /&gt;Dani asintió. No hay problema, tío, dijo. Estoy flotando.&lt;br /&gt;Hasta luego.&lt;br /&gt;Me palpé los bolsillos en busca del tabaco y conseguí encontrar un paquete aplastado de Marlboro que no recordaba haber comprado en ningún momento. Los cigarrillos estaban hechos pedazos. Cogí el menos maltrecho y lo encendí y el humo me entró en los ojos mientras me ponía y ataba los cordones de la otra bota.&lt;br /&gt;En la calle hacía calor, un calor luminoso y seco, un calor de piedra al sol, un calor que no se encuentra en otro sitio, sólo aquí. Un día aquí y ya era como si nunca me hubiera ido, las mismas borracheras en los mismos bares, las mismas resacas en las mismas calles. Podría quedarme aquí, pensé. Qué diferencia habría. No hay nada de lo que hago allí que no pudiera hacer aquí. Qué sentido tiene. Empecé a caminar, sin rumbo, mirando de reojo los teléfonos públicos, preguntándome para qué. Ni siquiera tendría que volver, porque ya he vuelto. Me pregunté si ya habría terminado todo aquí, me pregunté si alguna vez me había llegado a ir de este lugar, de esta ciudad de fantasmas. Y, en realidad, no me sorprendió encontrarla en ese preciso instante. Perfectamente lógico en su perfecto sin sentido. Como el lance de una novela. Un poco predecible, un poco inesperado. Mitad, azar, mitad destino, esa cosa sin nombre, ella, bajando de un autobús de línea en la acera de enfrente. Extiende un poco el brazo como para mantener el equilibrio, un gesto distraído, en el que no repara, mientras se coloca el bolso en el hombro y echa a andar por la acera vacía. El pelo suelto, los ojos ausentes, el brazo todavía un poco extendido, exhortando al mundo, quizá, a recolocarse, a corregir el ángulo. No me ve. No puede verme porque no espera verme, porque sabe que me he ido y ya no estoy aquí para ella. Soy un espectro, soy translúcido, sólo hay luz solar en el espacio de aire que ocupo. Camina pensativa. Camina deprisa. Alcanza una esquina y desaparece.&lt;br /&gt;Me quedé un momento mirando la calle, como si fuera a pasar algo, como si fuera a sentir otra cosa dentro. Sólo la pena, el viejo dolor, pero esta vez de una manera dislocada, inerte, lejana. La echo de menos pero ahora no podría decir por qué. Es como recordar un chiste a medias e intentar armarlo desde ahí. Todavía te hace gracia, o todavía sigue sin hacértela, pero no puedes ni contártelo a ti mismo. Me descubrí sonriendo, me descubrí sintiéndome bien, regenerado. Incluso la resaca se aplacaba.&lt;br /&gt;Busqué un teléfono público, reuní calderilla. Marqué, conté los tonos. Uno, dos tres, cuatro. Hola. Qué tal estás.&lt;br /&gt;Fenomenal.&lt;br /&gt;Sí, seguro. ¿No tienes resaca?&lt;br /&gt;Una resaca espantosa.&lt;br /&gt;Ella rió. Vuelvo mañana, le dije. Quiero verte.&lt;br /&gt;Escuché su respiración. Me verás, dijo. ¿Cómo está la ciudad de piedra? Sonreí. Clausurada, contesté. Por el momento.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-1115577319262901341?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/1115577319262901341/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=1115577319262901341' title='13 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1115577319262901341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1115577319262901341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/06/huellas-del-ltimo-vals.html' title='huellas del último vals'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-5298595901910555443</id><published>2007-04-22T20:20:00.000+02:00</published><updated>2007-04-23T10:44:29.957+02:00</updated><title type='text'>este pequeño veneno que inventamos</title><content type='html'>El archivo de vídeo se llama &lt;em&gt;Blowjob &amp;amp; fuck&lt;/em&gt;. Un título que no deja lugar a la sorpresa y, sin embargo, ahí está, en la pantalla, sorprendente, indefinible, lo que sea que ella tiene. Lleva el pelo en una coleta, las vetas rojas retorcidas, una camiseta verde, unos vaqueros gastados, sentada en el butacón. &lt;em&gt;Hi&lt;/em&gt;, dice a la cámara. Habla bien en inglés, con soltura y apenas con acento, según Santiago. El tipo, el novio, el macho abstracto, el señor Pito Torcido, no habla, sólo gruñe. No ha mejorado su pulso ni su capacidad de encuadre. Pero no importa. La chica es lo que cuenta, señorita Botasnegras, Arden Blackboots. Fuma un cigarrillo. Hace aros con el humo, sonríe. Aplasta el cigarrillo en un cenicero sobre el brazo del butacón. ¿Quieres que juguemos?, pregunta, con su inglés desenvuelto de un año de intercambio de estudios en Atlanta, y se lo pregunta al tipo que sostiene la cámara y me lo pregunta a mí, el espectador, el mirón, el voyeur, sentado en mi canapé, lo pregunta a través de la penumbra y el humo del cigarrillo y del tiempo y del espacio, cuándo se grabó este vídeo, dónde se grabó este vídeo, para que yo lo vea ahora, encerrado en mi cuarto, la persiana bajada, el volumen al mínimo, encorvado, tenso, los ojos entrecerrados. Ven aquí, dice. Ven, ven. Y vamos, el tipo y yo. El esquema es repetitivo, conocido, de sus anteriores vídeos y del todo el porno que he consumido con anterioridad, pero ella hace que no envejezca, lo revive, lo hace divertido. Soplo el humo contra la pantalla del portátil. Me froto los ojos. Observo sus dedos en la hebilla del cinturón, en la cremallera, tirando de los pantalones del tipo. Su boca, pequeña, rosada, húmeda. Una mano masculina, tatuado un trece entre el pulgar y el índice, recorre las vetas rojas. Ella se aparta, mira al objetivo. No me toques el pelo, dice. Lo odio. La mano se retira. Ella vuelve a lo suyo, labios prietos, pálidos, un atisbo de lengua roja. Marcha atrás. Sus ojos. Lo odio, vuelve a decir. Marcha atrás. No me toques el pelo. Lo odio. Marcha atrás. No me toques el pelo. Lo odio. Sus ojos. La succión. Cierra los ojos al hacerlo. Quiero ver sus ojos. Prosigue la felación. Tres minutos y veintisiete segundos después ella se aparta, se saca la camiseta. Mira a la cámara, sonriendo, se acaricia los pequeños pechos. Desabrocha sus vaqueros, descubre unas braguitas negras, diminutas, las echa a un lado, la tenue franja de vello oscuro, los dedos recorriendo la hendidura. Tendida en el butacón, acariciándose muy despacio. Como ver algo que florece, que empieza a brillar, que despliega acogedoramente. Gime, se retuerce, patea lejos los vaqueros. Se humedece los labios, frunce el ceño como si se causase dolor, un dolor placentero, envenenado, un pequeño tormento. Marcha atrás. Su ceño frunciéndose. Un arco blanco en sus ojos cerrados. La cámara se retira, capta el conjunto. Un gemido, un ronroneo, los dedos mojados. Ven, ven, dice. Ven aquí. El pito torcido entra en plano, ella lo coge, lo dirige, lo recibe. Jadea. Cimbrea el cuerpo. Entramos en el viejo juego. Dura siete minutos y catorce segundos. La cámara enfoca genitales y su rostro alternativamente. El tipo termina sobre su vientre. Ella se mueve como quien despierta de un sueño, como quien despierta una mañana de domingo sin nada que hacer, ojos vidriosos, mejillas sonrosadas. Se despide con un gesto, manchada, ahíta, febril. Se lleva los dedos a los labios y lanza un beso. El vídeo termina. Marcha atrás. Se lleva los dedos a los labios. Marcha atrás. Se despide. Lleva los dedos a los labios. Sus ojos vidriosos. El brillo del sudor en sus hombros, en las oquedades de sus clavículas, su vientre pegajoso. Marcha atrás. Al principio del vídeo. Ella en el butacón. &lt;em&gt;Hi&lt;/em&gt;. Enciendo otro cigarrillo y la llama del mechero vierte un resplandor naranja sobre el teclado. El humo la emborrona en su butacón. Dani, después de leer lo que había escrito sobre Arden Blackboots, la señorita Botasnegras, me dijo: Tío, sólo espero que no vayas a ser tan idiota de colgarte por una tía que te has inventado. No seas tan así.&lt;br /&gt;¿Así cómo?, le pregunté.&lt;br /&gt;Tan Javo, joder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conocí, por fin, dos semanas antes de que la página comenzara a funcionar. Santiago organizó una reunión en su piso para ultimar detalles y enseñarnos los diseños definitivos. Yo no quería ir. La chica insiste en conocerte, me dijo por teléfono. Yo no quería incluir lo que escribiste. Bueno, no todo lo que escribiste, pero a la chica le gustó, le gustó mucho, y ahora quiere conocerte.&lt;br /&gt;Pero para qué, dije. Mi parte ya estaba hecha y cobrada, traducciones incluidas cortesía de Antonio Méndez desde Kalamazoo.&lt;br /&gt;No te me pongas en plan tímido, dijo Santiago. Además, la reunión también es para que conozca al fotógrafo. No vas a estar solo. La reunión es mañana por la mañana, a las diez. ¿Recuerdas la dirección?&lt;br /&gt;Sí, pero...&lt;br /&gt;Hecho, pues, dijo. No faltes. No me hagas ninguna putada, Javier, recalcó ominoso. Colgó el teléfono.&lt;br /&gt;Yo estaba en mi habitación, sentado en el canapé. Descubrí en la sábana una mancha blanquecina que podía ser de lejía o podía ser de otra cosa y la rasqué con el dedo, sin pensar en nada. Y qué coño hago yo ahora, reflexioné. Dejé el teléfono a un lado y fui al cuarto de baño al mirarme en el espejo. Ojeroso, barbudo, más delgado. Hacía ya unos meses desde el día en que me dejé caer por su bar, y quizá me había olvidado. No, pensé. La conversación fue lo bastante rara como para que la recuerde. Estuve un par de horas allí sentado, vigilándola, bebiendo solo, poniéndome nostálgico, y acabé brindando por el gótico sureño. Lo recordará. Quizá no como para reconocerme si nos cruzamos por la calle, pero sí si me sientan a su lado el tiempo suficiente. No quería ni imaginármelo. Menuda idea tuviste, amigo. Puto enfermo, puto mirón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bar de Paco parecía más sórdido por la mañana. Luz diurna colándose por las ventanas empañadas, traspasando un aire turbio con olor a lejía y amoníaco y a todo lo demás, lo que subyacía, la mugre imposible de borrar. Desolado y vacío. Sólo el ciego en la barra de aluminio, el cristal oscuro y redondo sobre sus ojos, fijo en ninguna parte. Sostenía un vasito de café, café negro, lo agitaba con suavidad, como calculando el líquido que le restaba, cuántos tragos cabía dar. Me senté a un par de taburetes de distancia. El ciego ladeó la cabeza en mi dirección. Hola, dijo. ¿Quién es?&lt;br /&gt;Soy yo.&lt;br /&gt;Don Javier, dijo el ciego. Vecino. Temprano para ti, ¿no?&lt;br /&gt;Me he quedado sin café en casa.&lt;br /&gt;El ciego asintió, con una sonrisa en los labios delgados y pálidos.&lt;br /&gt;Acércate, si quieres.&lt;br /&gt;Me trasladé al taburete a su lado. El ciego giró la cabeza en mi dirección, gesto que supuse adquirido, aprendido en algún momento, modales de invidente.&lt;br /&gt;Paco surgió de las entrañas del bar, la cocina amarillenta y oleaginosa. Le pedí un café con leche. Paco asintió y manipuló la enorme cafetera, un aparato rojo y negro que traqueteaba y rugía y sirvió un café humeante en un vaso de cristal. Miré alrededor. La hilera de taburetes, las ausencias en la barra.&lt;br /&gt;Siempre está vacío tan temprano, dijo el ciego en respuesta a una pregunta sin formular. Lo prefiero así porque por las tardes hay demasiado ruido. Me desoriento. Tomó un pequeño sorbo del vaso e hizo un gesto vago hacia el televisor colgado de una de las esquinas del bar.&lt;br /&gt;Encienden eso a todo volumen.&lt;br /&gt;Pero vienes igual.&lt;br /&gt;El ciego sopesó aquello como si fuera otro trago de café. Un hombre necesita compañía, dijo, tras pensarlo. La compañía de otros hombres como él.&lt;br /&gt;Eso suena un poco ambiguo.&lt;br /&gt;¿Por?&lt;br /&gt;Sólo era una broma.&lt;br /&gt;Ah. Una broma, dijo el ciego. De nuevo tomó el vaso y lo agitó, con suavidad. ¿Por qué vienes tú, Javier? Eres joven. ¿Cuántos años tienes?&lt;br /&gt;Veinticuatro.&lt;br /&gt;Lo dices como si fuera una condena.&lt;br /&gt;Lo parece. ¿Cuántos años tiene usted?&lt;br /&gt;Cincuenta y siete, dijo.&lt;br /&gt;Saqué el paquete de cigarrillos y me llevé uno a la boca. Me palpé en los bolsillos hasta dar con el mechero, hice girar la rueda. Estaba muerto, sin gas. Paco, dije.&lt;br /&gt;Qué.&lt;br /&gt;¿Tienes fuego?&lt;br /&gt;Paco masculló entre dientes. Dejó un mechero blanco en la barra. Letras azules proclamando Piensos Sansón, S. A.&lt;br /&gt;¿Qué fumas?, preguntó el ciego.&lt;br /&gt;Fortuna.&lt;br /&gt;Yo fumaba Marlboro. María me hizo dejarlo. Por mi salud, decía. ¿Has intentado dejarlo alguna vez, Javier?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Las manos del ciego recorrieron el borde la barra, dejaron alargadas huellas en el aluminio. Me gustaba pensar que sólo me hacía daño a mí mismo, dijo. Que eran mis pulmones. Mis sucios pulmones. Pero entonces empezaron con lo de los fumadores pasivos y el humo de segunda mano. ¿No te hace sentir culpable?&lt;br /&gt;No especialmente.&lt;br /&gt;Nos robaron un privilegio. Se siente uno un criminal.&lt;br /&gt;Probé el mechero blanco. La llama brotó y crepitó y despidió chispas infinitesimales. Prendí el cigarrillo y soplé una larga calada.&lt;br /&gt;El ciego olisqueó el humo.&lt;br /&gt;¿Me darías uno de esos?, preguntó.&lt;br /&gt;Claro.&lt;br /&gt;El ciego extendió la mano y dejé un cigarrillo entre sus dedos. Pasó los dedos por el Fortuna, como si comprobara su textura y calidad. Cuando diferenció al tacto los dos extremos se lo puso de manera correcta en la boca. ¿Fuego?&lt;br /&gt;Le encendí el cigarrillo. El ciego apretó sus labios entorno al filtro, con expresión concentrada, y aspiró con fuerza. Exhaló con lentitud, con deleite. En algunas culturas, dijo, se da mucha importancia a compartir el pan. Y tienen razón. El pan hermana como la sangre. Pero se habla poco de compartir el humo. Este pequeño veneno que inventamos. Los hombres que comparten el humo se hermanan también, o deberían hacerlo. Si el pan es vida, qué es el humo. En qué se hermanan los hombres que fuman juntos.&lt;br /&gt;No dije nada porque no parecía una pregunta dirigida a mí. El ciego se hablaba a sí mismo. Sus ojos se habían entreabierto, párpados mustios sobre esferas azuladas y venosas.&lt;br /&gt;¿Puedo preguntarle algo?&lt;br /&gt;El ciego sonrió. Eso ya es una pregunta.&lt;br /&gt;Bueno, sí.&lt;br /&gt;Quieres saber si siempre he sido ciego.&lt;br /&gt;Di una calada profunda y soplé el humo sobre la barra mirando aquel rostro de ojos vedados. Eso es, dije. No soy el primero que pregunta, ¿eh?&lt;br /&gt;No nací ciego. Pero mis ojos nunca estuvieron bien. Creo que recuerdo el mundo visible como se recuerda un sueño. Modificado, impreciso, confuso. El ciego paladeó el humo y añadió: Echo de menos leer con mis propios ojos.&lt;br /&gt;¿Le gusta leer?&lt;br /&gt;El ciego extendió los dedos. Me gusta que me lean. María lee para mí. Los periódicos, algunos libros. No todos los que me gustaría porque hay cosas que ella no quiere leer. Me lee sobre todo la Biblia. Pero no soy un hombre religioso. Ella sí lo es. ¿Has leído la Biblia alguna vez?&lt;br /&gt;María, imaginé, era la mujer tuerta. No, respondí.&lt;br /&gt;Es un libro interesante. Nunca se agota. Mi nombre es bíblico. Elías ¿Sabes qué significa?&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;Mi Dios es Yahvé, dijo el ciego. Elías era un profeta. Resucitó a un niño y multiplicó la harina y el aceite de una pobre viuda.&lt;br /&gt;Un buen samaritano.&lt;br /&gt;Quizá. También era un hombre terrible, que predicó con furia en contra de los baales. Ya sabes. Todo ese asunto de convocar fuegos del cielo y sequías y hambrunas.&lt;br /&gt;¿Qué son los baales?&lt;br /&gt;Los falsos dioses. Los becerros de oro. Por lo general, la naturaleza divinizada.&lt;br /&gt;Asentí y al darse cuenta de lo absurdo de mi gesto dije: Ajá.&lt;br /&gt;Fue un personaje curioso, en cualquier caso.&lt;br /&gt;Apuré el café que me quedaba en el vaso y dejé una moneda sobre la barra.&lt;br /&gt;Tengo que irme, dije. Me despedí del ciego y salí a la calle. Había llovido durante la noche pero no había nubes en los cielos, limpios como si les hubieran pasado un paño húmedo, y el mundo era un lugar luminoso, frío y mojado. Me vi reflejado en la ventanilla de un coche, afeitado y repeinado e impostadamente formal, y después de mirarme un momento como si no me conociera eché a andar en dirección al metro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el vagón, a mitad de trayecto, un tipo se incorporó en su asiento y dijo: Señores, señoras, sólo soy un pobre hombre que quiere pedirles ayuda. Me han echado de mi trabajo y soy seropositivo. Ahora estoy en juicios con ellos. Si pudieran ayudarme, señores, señoras, yo se lo agradecería. La voluntad, señores, señoras, la voluntad.&lt;br /&gt;El tipo llevaba una chaqueta de cuero astrosa y pantalones de chándal y era muy moreno y tenía aspecto macilento. Recorrió el vagón con la mano extendida, murmurando súplicas y gracias. Cuando pasó frente a mí miré su mano y luego sus pies en zapatillas de deporte sucias y miré mis propios pies en botas negras y polvorientas y el tipo siguió caminando, sus murmuraciones cadenciosas como quien reza un rosario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué deliberadamente tarde. Me esperaban en el salón, sentados entre los muebles negros y bulbosos de Santiago. Reconocí a Pito Torcido aunque nunca le hubiera visto la cara. Tenía exactamente la misma sonrisa de comemierda que le imaginaba. Un tipo alto, con patillas, vaqueros negros y una sudadera de Fear Factory. Santiago me dijo su nombre, le estreché la mano, e hice todo lo posible por olvidarlo al instante. El otro tipo era rubio y bajito, con gafas, y por las mangas de su camiseta salían dos brazos de estibador, brazos de Popeye. Era checo y se llamaba Milan, el fotógrafo. Hola, dijo. Su acento alargaba las vocales. Qué tal.&lt;br /&gt;Tenía un apretón de manos firme y una sonrisa agradable, simpática. Me cayó bien al instante.&lt;br /&gt;Y la chica.&lt;br /&gt;Ésta es Ana, dijo Santiago.&lt;br /&gt;Se recostaba en el mismo lugar donde yo la había visto por primera vez, follando en la pantalla, y me miraba arqueando una ceja. Hola, dijo. Tenía un cigarrillo en la mano y no se movió, no se acercó para ofrecerme el rostro y dar los dos besos de rigor. No fue un gesto, o una ausencia de gesto, exactamente hostil, pero todos lo percibieron, quizá el tipo no, estaba ocupado mirándose las uñas sin que su sonrisa imbécil flaqueara, y Santiago aguardó un momento, confuso, y dijo: ¿Quieres tomar algo, un café?&lt;br /&gt;En la mesita, la mesita de sacrificios aztecas, había una cafetera, un azucarero y una jarrita con leche y cuatro tazas ya llenas y una vacía. Sí, gracias, dije. Tomé asiento en un sofá de dos plazas y Santiago se sentó a mi lado, delante la chica y el tipo, el fotógrafo en un sillón. Me serví el café. Santiago carraspeó. Bueno, dijo. Hablemos de negocios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reunión duró poco. Santiago trajo un ordenador portátil, lo conectó al televisor y nos enseñó el diseño de la página. Estaba bastante bien, en tonos de un rosa desvaído, fácil de navegar, capturas de los vídeos ilustrando los márgenes. Esto irá mejorando cuando tengamos las primeras sesiones de fotos, dijo.&lt;br /&gt;El fotógrafo tomó la palabra entonces y empezó a exponer ideas y luego puso un deuvedé con algunos de sus trabajos. Eran fotografías de gente, siempre de gente, gente por la calle, haciendo cosas, y fotos de estudio con gente posando, o más bien gente entre pose y pose, como si los hubiera fotografiado en ese intervalo, en gestos casuales, sin premeditar, pidiendo algo, tomando aire, tras decir alguna cosa. Eran buenas fotos, ninguna erótica, pero explicó que había hecho muchos desnudos cuando estudiaba fotografía.&lt;br /&gt;¿Desnudos de qué tipo?, preguntó Santiago.&lt;br /&gt;El checo se encogió de hombros. Desnudos artísticos, dijo.&lt;br /&gt;Ajá, dijo Santiago. Pero yo no quiero desnudos artísticos. Esto es para las pajas, que no se os olvide, insistió, mirándome.&lt;br /&gt;La chica y su novio no hablaron mucho. Él mantuvo su inexplicable sonrisa de satisfacción, aunque tenía un aire desganado y aburrido, y ella reía a veces, al verse en la pantalla guiñando un ojo o en algún orgasmo congelado. Yo no hablé en absoluto, nada de lo que se comentaba me concernía, y me fumé unos siete cigarrillos y tomé tres tazas de café con leche. Todos fumábamos allí y el salón se llenó de humo. La chica fumaba tanto como yo, eso me llamó la atención, y me hizo sentirme menos solo, menos enganchado, lo que es, a todas luces, ridículo.&lt;br /&gt;Durante toda la reunión me esforcé por no mirar a la chica, aunque la tenía delante. Mi pequeño cultivo de paranoia, normalmente bien podado y contenido, se desmandó un poco y me pareció que ella sí que me miraba a mí de vez en cuando, apenas un segundo, y estrechaba los párpados y fruncía los labios y luego, muy rápido, apartaba la vista y volvía a reír.&lt;br /&gt;Finalmente, Santiago dio por terminada la reunión. Nos levantamos entre el humo. Ésta va a ser una relación muy provechosa para todos, dijo Santiago, sonriendo y entrelazando los dedos como un sacerdote que termina el sermón.&lt;br /&gt;Le estreché la mano al checo y a Pito Torcido y al mirarla a ella dije: A lo mejor tendríamos que intercambiar los teléfonos.&lt;br /&gt;Y entonces sí que me miró, sin lugar a dudas, sin un desvío, sin sonreír. Esa mirada de duelista, de escrutinio desafiante.&lt;br /&gt;No es mala idea, por si tenéis algo que deciros, asintió Santiago.&lt;br /&gt;Saqué el teléfono móvil e intercambié el número con el checo.&lt;br /&gt;Yo no he traído mi teléfono, dijo el tipo, con un tono desganado. ¿Te lo sabes tú?, le preguntó a la chica.&lt;br /&gt;Ella metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros y sacó su móvil. Bueno, dijo. Con que tenga el mío es suficiente, ¿no?&lt;br /&gt;El tipo resopló, demostrando su total indiferencia al respecto.&lt;br /&gt;La chica nos dictó el número, al checo y a mí. Entonces, mientras lo anotaba, me di cuenta de una cosa. No había pluralizado. No había dicho: Con que tengan. Había dicho: Con que tenga. Él. Yo.&lt;br /&gt;Y siguió mirándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llamé dos días después, una tarde que había salido a comprar libros y acabé medio borracho en un bar cerca de Tribunal, desde el teléfono de la barra. No sé por qué preferí que figurara un número misterioso o incluso restringido en su pantalla, que no pudiera saber en un principio que era yo quien llamaba, o que no pudiera saberlo después, si no llevaba el teléfono encima y sólo encontraba la llamada perdida. Escuché los tonos, los codos sobre la barra, el teléfono muy pegado a la oreja y con la boca apestando a cerveza y tabaco. Conté siete tonos. Contestó. ¿Sí?&lt;br /&gt;Hola, dije.&lt;br /&gt;Hubo una pausa. ¿Quién es?&lt;br /&gt;Javier, dije.&lt;br /&gt;¿Quién?&lt;br /&gt;Su voz no parecía intrigada o sorprendida, sino muy tranquila, serena, como si supiera, como si supiera de sobra quién y por qué.&lt;br /&gt;Javier, insistí. Uh... El escritor.&lt;br /&gt;Ah, dijo ella.&lt;br /&gt;Sí, yo, dije. Se me escapó una risita nerviosa, incómoda. Carraspeé.&lt;br /&gt;¿Querías algo?&lt;br /&gt;Bueno, dije. Nada especial.&lt;br /&gt;Ah, repitió ella.&lt;br /&gt;Estaba dando una vuelta y, bueno, te he llamado.&lt;br /&gt;Ya veo.&lt;br /&gt;Hice una mueca silenciosa, me rasqué la cabeza, lamenté no haber esbozado un plan, inventado un excusa, algo, cualquier cosa.&lt;br /&gt;Por si querías tomar algo.&lt;br /&gt;Tomar algo.&lt;br /&gt;Sí. Charlar un poco.&lt;br /&gt;¿De trabajo?&lt;br /&gt;Supongo que ése era el salvavidas que estaba buscando, el pretexto forzado pero lógico, aceptable, que necesitaba. Pero dije: No, de trabajo no.&lt;br /&gt;Ella guardó silencio unos segundos y me preguntó dónde estaba. Se lo expliqué. ¿Tardarías mucho en llegar?&lt;br /&gt;Una media hora, quizá.&lt;br /&gt;¿Vienes?&lt;br /&gt;No lo sé, dijo, con algo que no llegaba al recelo, pero que lo rozaba.&lt;br /&gt;Mira, hacemos una cosa. Te espero aquí unos, digamos, cuarenta minutos. Si quieres vienes. Sólo quiero hablar contigo. Me apetece hablar contigo. Y si no quieres, no pasa nada. No voy a volver a llamarte ni a darte la lata. No me digas nada ahora, piénsatelo. Cuarenta minutos. Es lo que voy a esperarte. ¿De acuerdo?&lt;br /&gt;De acuerdo, dijo ella. Cuarenta minutos.&lt;br /&gt;Piénsatelo. Hasta luego.&lt;br /&gt;Colgué el teléfono. Le hice un gesto al camarero y le pedí otra cerveza, con la intención de hacerla durar todo lo posible y no estar más borracho si es que se decidía a venir. Me saqué del bolsillo una libretita que me había acostumbrado a llevar encima, con un bolígrafo metido en las anillas. La usaba para anotar cosas que quería escribir, ideas, inspiraciones ocasionales. En realidad, nunca volvía a mirar las anotaciones, confiaba en mi memoria para que guardase las buenas ideas y dejara irse las malas, pero me servía para pasar el rato. Tomé notas para un relato que tenía en la cabeza. Escribí un nombre de mujer, Aldara Cabo, que había escuchado por casualidad en la televisión o leído en alguna parte y que me despertaba un eco impreciso, fascinante, y luego una letra, la B, y entré en algo parecido a la escritura automática, escribiendo nombres de pájaros, golondrina, colibrí, zarapito, alondra, e incluso algunos que supuse que me estaba inventado, hasta que terminé la cerveza y pedí otra y miré el reloj del móvil. Los minutos se arrastraron. Cumplidos los cuarenta, me levanté del taburete y pagué las cervezas. A partir de ahora, me dije, no volverás a pensar en ella. Aún así, le concedí un cigarrillo de cortesía. Salí a la calle con el filtro todavía humeando en los labios.&lt;br /&gt;Estaba en la acera de enfrente, apoyada en el capó de un coche. Me miró y miró el reloj de su muñeca. Eh, dijo. Ibas en serio. Te largas ya.&lt;br /&gt;Chasqueé los labios, simulando indiferencia .&lt;br /&gt;Te he dado una pequeña prórroga.&lt;br /&gt;Según mi reloj han pasado cuarenta y dos minutos.&lt;br /&gt;¿Cuánto llevas ahí?&lt;br /&gt;Diez minutos.&lt;br /&gt;Habíamos quedado dentro, ¿sabes?&lt;br /&gt;Lo sé, dijo, sonriendo. Quería ver si te ibas.&lt;br /&gt;Me voy, de hecho, dije. Me saqué el cigarrillo de la boca y lo tiré al suelo.&lt;br /&gt;Ella, sonriendo todavía, se acercó unos pasos. No te pongas así. No ibas a poner tú todas las condiciones, ¿no? También has hecho alguna trampa.&lt;br /&gt;Sonreí, pero desvié la mirada hacia mis pies. ¿Me reconoces?&lt;br /&gt;Sí, dijo. Te invité a dos chupitos.&lt;br /&gt;Quería verte aquella vez, antes de empezar a escribir.&lt;br /&gt;Podías haberme dicho quién eras.&lt;br /&gt;Soy un tío tímido.&lt;br /&gt;Sí, seguro.&lt;br /&gt;¿Y ahora?, pregunté.&lt;br /&gt;Eso, ¿y ahora?&lt;br /&gt;Señalé con un pulgar a mi espalda. Estoy harto de ese sitio, dije. ¿Conoces algún bar por aquí para que te invite a una cerveza?&lt;br /&gt;Claro, dijo ella.&lt;br /&gt;Vi mi reflejo en el escaparate de una tienda, mi pelo volvía a su estado habitual de desorden y encrespamiento y lo aplasté lo que pude con la mano.&lt;br /&gt;No, dijo ella, y se acercó y me pasó los dedos por la cabeza, despeinándome otra vez. Me gustan tus pelos de loco.&lt;br /&gt;Echamos a andar por la calle.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-5298595901910555443?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/5298595901910555443/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=5298595901910555443' title='20 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/5298595901910555443'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/5298595901910555443'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/04/este-pequeo-veneno-que-inventamos.html' title='este pequeño veneno que inventamos'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>20</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-8521692990064700030</id><published>2007-03-23T10:34:00.000+01:00</published><updated>2007-03-24T15:08:05.794+01:00</updated><title type='text'>días de playa</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;em&gt;un relato más&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamé a Jack A desde la estación de autobuses de Sevilla. Él estaba en Praga, pero yo no lo sabía, creía que estaba en la playa. El teléfono público chupaba monedas y me traía su voz lejana y turbia de interferencias, ruiditos como viento, como crepitar de madera vieja, que iban y venían al arbitrio de los satélites y las tormentas solares. Me dijo que estaba de viaje con su nueva novia, una chica eslovaca cuyo nombre no entendí, y que hacía un mes que no pasaba por la casa de la playa. Le expliqué dónde estaba y que se me había ocurrido acercarme a verle. Jack me dijo podía ir de todas maneras, que pasara unos días allí haciendo el vago y tomando el sol. Que tomara mucho el sol, insistió, porque estaba muy pálido. ¿Cómo sabes que estoy pálido?, le dije. Tú siempre estás pálido, contestó.&lt;br /&gt;Me despedí de Jack, nos deseamos mutuamente buen viaje y colgué el teléfono. Cogí mi mochila, coronada por el saco de dormir y las cremalleras cerradas con candado, y me la eché a la espalda. Se me ocurrió en ese momento que no sabía quién estaba en la casa de la playa, o si había alguien siquiera, pero luego pensé que siempre había gente en la casa, gente como yo, gente de paso, mochileros, jipis trasnochados, trotamundos, buscavidas, gente de la que Jack se hacía amigo en lugares como Praga, Tarifa, Goa, Buenos Aires, y a los que luego daba techo ocasional sin pensárselo demasiado. Eran buena compañía para el tipo de viaje que me apetecía, gente con la que era fácil estar y de la que era todavía más fácil desentenderse. Menos cuando eran artistas, supuestos artistas, con esos no era fácil ni estar ni desentenderse de ellos. Me acerqué a las taquillas y compré un billete.&lt;br /&gt;Así que tras una espera de una hora en la cafetería, dos horas de autobús y un paseo de veinte minutos por el pueblo estaba en una calle de casas blancas con jardín delantero, garaje y piscina atrás, todas igual de blancas, enormes y obscenamente caras. Tenía las señas escritas en la última página de la agenda donde apunto los teléfonos desde que perdí el móvil y no me compré otro y aunque había estado en la casa varias veces tuve que consultar la dirección para distinguirla de las demás. Había una chica en el jardín, estirada en una tumbona. Tenía los ojos cerrados como si sestease e iba en bikini, los tirantes caídos para evitar marcas. Puse una mano en la verja de la entrada, muy caliente por el sol, y dije: Hola.&lt;br /&gt;La chica levantó la cabeza, parpadeando. Hola, dijo.&lt;br /&gt;Qué tal, dije.&lt;br /&gt;Ella se subió los tirantes del bikini con los pulgares y se apoyó sobre los codos.&lt;br /&gt;¿Eres el amigo de Juan?&lt;br /&gt;Creo que sí.&lt;br /&gt;Pasa, está abierto.&lt;br /&gt;Empujé la verja y entré en el jardín. La chica se sentó en la tumbona y se calzó unas sandalias. Nos llamó hace un rato diciendo que venías, explicó. Ven, vamos.&lt;br /&gt;La seguí al interior de la casa, mirando su espalda. Era una chica mona, le sentaba bien el bikini, y tenía el pelo aclarado por el sol. Dentro, por contraste, hacía un poco de frío. En el salón dejé mi mochila, mi pesadísima mochila, en el suelo y eché un vistazo alrededor. Me fijé en un par de focos en una esquina. El resto seguía igual, pulcro, impersonal, las estanterías llenas de bestsellers de hacía un lustro y hasta dos, los sillones y el sofá, la mesita de cristal con su par de ceniceros, la chimenea que sólo se encendía cuando los jipis trasnochados se ponían místicos y nostálgicos con periódicos y revistas que ardían un momento y luego nada, porque los troncos apilados con los atizadores eran de pega. Sólo la tele era nueva, más grande, más plana, más cara, más susceptible de que alguno de los bienintencionados y aborrecedores de la propiedad privada amigos de Jack se la llevara un día metida en un saco.&lt;br /&gt;Tenemos un problema, dijo la chica.&lt;br /&gt;Qué.&lt;br /&gt;Bueno, a ver, es que no hay habitaciones libres. Lo tenemos todo copado. Puedes dormir en el sofá, si no te importa...&lt;br /&gt;No me importa, dije, sentándome en dicho sofá. Es más cómodo que todas las camas que he tenido en la universidad.&lt;br /&gt;La chica sonrió. Oh, perdona, dijo. Yo me llamo Silvia.&lt;br /&gt;Se inclinó un poco hacia mí, esperando un gesto, un par de besos, un apretón de manos quizá, mi nombre, pero yo me limité a quedarme sentado, sosteniéndole la sonrisa y la mirada hasta que ella se azoró y dijo: Bueno...&lt;br /&gt;Señalé los focos de la esquina. ¿Y eso?&lt;br /&gt;Es para la peli, dijo ella, todavía desconcertada.&lt;br /&gt;¿Estáis haciendo una película?&lt;br /&gt;Sí... Hizo por recuperarse un poco. A ver, te cuento, dijo. Es una película para adultos, lo digo para que no te sorprendas cuando...&lt;br /&gt;¿Una porno?&lt;br /&gt;Intentaba actuar con naturalidad, pero se puso un poco colorada.&lt;br /&gt;Algo así.&lt;br /&gt;Algo así, no. O es o no es.&lt;br /&gt;Es, dijo. La chica me sonrió. Saqué el paquete de cigarrillos y le ofrecí uno. Lo cogió y se sentó en uno de los sillones. Le pasé el mechero y luego me encendí uno. ¿Dónde están los demás, el equipo?, pregunté, porque en la casa no había ni un ruido.&lt;br /&gt;Están haciendo una escena en la playa. Vamos, en una cala que hay a unos kilómetros, que no va nadie.&lt;br /&gt;Y qué haces tú en la peli, si no es indiscreción preguntar.&lt;br /&gt;Ella rió. No, qué va. Soy ayudante de dirección. No sé qué esperaba que fuera lo que tenía que hacer, pero lo que hago es encargarme de que todo el mundo tenga su bocadillo, de que todo el mundo esté en el mismo sitio a la misma hora, alguna reserva de hotel. La logística más tonta, vamos, lo que vaya saliendo.&lt;br /&gt;Me señaló con el cigarrillo. Esperar a algún visitante inesperado, añadió.&lt;br /&gt;Levanté las manos. Eh, lo siento.&lt;br /&gt;No me he perdido gran cosa. Cuando ruedan es bastante aburrido. De todas formas, voy a ir ahora, tengo el coche ahí fuera.&lt;br /&gt;Tenía una sonrisa bonita en un rostro nada especial. Me gustó cómo fumaba. No podría describirlo ahora, pero hay chicas que fuman bien y chicas que fuman mal. Ella fumaba bien.&lt;br /&gt;¿Cómo te has metido en esto?&lt;br /&gt;Ella se encogió de hombros. Estudio cine, dijo. Conocí al director y me pareció que podría aprender algo.&lt;br /&gt;Eso me intranquilizó un poco, porque una estudiante de cine seguramente tendría inclinaciones artísticas y una chica con inclinaciones artísticas es la manera más sencilla de conseguir que me arroje por una ventana. Los tipos artistas me resultan insoportables, pero una chica artista es peor porque a lo mejor llego a querer tirármela y eso sí que es jodido. Las tonterías que hay que escuchar, las tonterías que hay que decir, los lugares comunes que hay que transitar. Prefiero mil veces una chica que no haya tocado un libro en su vida a una que haya leído dos o tres, o una docena, y se crea que tiene algo que decir al respecto.&lt;br /&gt;La chica, Silvia, apagó el cigarrillo en el cenicero y dijo: Me tengo que ir. Vendremos esta noche. Mira, al lado de los rosales hay una piedra falsa y debajo la llave de la casa, sabes, usa eso para entrar, pero déjala siempre ahí, porque nosotros también la utilizamos.&lt;br /&gt;De acuerdo.&lt;br /&gt;Silvia se levantó, se despidió y salió del salón. Me acerqué a la ventana. Tenía la ropa junto a la tumbona y miré cómo se ponía una camiseta y unos pantalones cortos sobre el bikini y luego salía por la verja. Pensé que ver vestirse a una chica también tiene encanto, como verla desvestirse, aunque diferente, claro, muy diferente. Pensé que ver a las chicas hacer cosas, la mayor parte de las veces, siempre tiene encanto.&lt;br /&gt;Volví al sofá y me tumbé. Encontré el mando de la tele, la encendí y estuve viendo vídeos musicales un rato, canciones que no conocía de cantantes que no conocía. Bostecé un par de veces, fumé otro cigarrillo, me aburrí mortalmente. Estaba demasiado cansado para hacer otra cosa. En las últimas dos semanas había hecho unas cincuenta horas de autobuses, trenes, coches, incluso de tartana, un rato, en un pueblo del norte de Cáceres, yendo de aquí para allá, dando vueltas, moviéndome lo más deprisa que podía sin motivo aparente, de piso de colega en piso de colega, presentándome sin avisar y oliendo a coyote muerto, el pelo revuelto y mi mejor sonrisa de caradura. Cientos de kilómetros. Miles, quizá. Y ahora estaba aquí, en la playa. Al pensarlo, me vino el olor a mar. Probablemente imaginado, pero inconfundible, salino, fragante, podrido. Eso me decidió. Saqué la llavecita de los candados del bolsillo del pantalón y abrí la mochila, rebusqué hasta dar con mi par de chanclas, mis bermudas de palmeras y mi camiseta de surfista, una camiseta naranja, que me queda grande, con un garabato dibujado en el pecho y la desconcertante frase, escrita muy pequeña y con caracteres de vieja Smith-Corona: &lt;em&gt;My shirt is stained but my soul is pure&lt;/em&gt;. Ni una cosa ni otra, amigo, pienso cada vez que me la pongo. Ni una cosa ni otra.&lt;br /&gt;Me fui a la playa. Todavía no era temporada alta y no había mucha gente. Unos niños, unos abuelos, alguna pareja perdida. Hacía buen tiempo y hacía mil años que no veía el mar. La última vez que estuve en la casa, año y medio antes, ni me había acercado. Estaba en plan impertinente, recuerdo, y todo me parecía asqueroso, horrible, insoportable, el mar, la playa, el mundo. Me limité a encerrarme en la habitación que me adjudicaron con una botella de whisky y a ver pasar las horas. Jack venía de vez en cuando, se sentaba en la cama y me contaba cosas, o se las contaba al guiñapo alcoholizado que vegetaba allí, sus cosas, sus historias, a quién se tiraba, a quién quería tirarse, especulaba sobre a quién quería tirarme yo y sobre quién querría tirárseme a mí. Por aquel entonces acababa de dejarme una novia artista que tenía. La novia de Jack también era artista, eso decía ella, y le hice jurar que iba a dejarla, porque las novias artistas eran lo peor, una plaga, un castigo, el más terrible de los suplicios, y Jack me dijo que sí, que sí, claro que sí. La dejó un par de meses más tarde, pero no creo que fuera por nada que yo dijera.&lt;br /&gt;Me relajó el mar. Tanta agua, tanta arena, tantos bichitos nadando. Me relajó porque ya no estaba en plan impertinente. Me senté en el murete que delimitaba el paseo marítimo y me fumé medio paquete de cigarrillos, mirando los cambios del cielo, el avance de la marea. Cuando me superó estar tan relajado, ya de noche, me metí en un chiringuito del que brotaba música estridente y comí pescado frito y bebí cerveza. Todo el mundo allí estaba muy moreno o muy rojo. Sentado en un taburete me dediqué a mirar a un par de chicas que bailaban, con escotes pronunciados y faldas muy cortas, pulseritas en las muñecas, sandalias que se ataban por encima de los tobillos. Una era rubia y la otra morena. La rubia tenía el pelo muy corto y la morena tenía una melena suelta que se movía con el baile. Bailaban entre ellas y eran las únicas que bailaban. Pedí más cerveza y observé con ojo crítico la palidez cadavérica de mis brazos, el vello que parecía jaspeado por un rotulador de punta fina, el rugoso azul de las venas en el dorso de las manos. La chica morena se dio cuenta de que las miraba y empezó a mirarme también, una vigilancia de reojo que se suspendía cuando yo iniciaba la mía, ojos que nunca se encuentran. Cuando ella me miraba yo bebía de la cerveza y fumaba poniendo cara de interesante, y cuando yo la miraba ella hacía como que no se daba cuenta y bailaba con más desparpajo, sacudiendo el pelo, meneando las caderas. Llevaba casi una hora allí, la morena cuchicheaba con la rubia y ahora las dos me miraban y se sonreían y yo seguía pidiendo cervezas y pensando en qué momento pasa un tipo que bebe solo de parecer interesante a parecer triste y ridículo, preguntándome si yo ya habría pasado ese rubicón o si estaba por pasarlo.&lt;br /&gt;Dos tipos con pinta de puretas de vacaciones, relamidos y sin duda tristes y ridículos, intentaron acercarse a ellas. Llegaron, las saludaron, las besaron, y medio las arrinconaron contra la barra. Ellas aguantaron el chaparrón, asentían a lo que ellos decían por cortesía, pero con muestras claras de desinterés. La morena se escabulló hacia mi lado de la barra y llamó a un camarero para pedir un par de copas, ron con coca cola. Me miró de reojo y yo la miré de reojo y ninguno dijo nada. La morena llamó a la amiga, que se zafó de sus pretendientes para coger la copa, y se fueron bailando al otro extremo del chiringuito. Los tipos mantuvieron unas amplias sonrisas de comemierdas, como preguntándose qué había fallado. Hijos de puta, pensé. Ahora no tengo ángulo para mirarlas.&lt;br /&gt;Pasado un rato apagaron las luces del chiringuito y luego volvieron a encenderlas y la música bajó de volumen hasta desaparecer. Apuré un último trago de cerveza, una calada más en el cigarrillo, y me giré en el taburete para mirar el éxodo. La morena y la rubia desfilaron para mí, con sus vestidos mínimos de verano, con sus pulseritas y sus sandalias. La morena se había recogido el pelo en una coleta, estaba un poco sonrojada por el baile, encantadoramente sonrojada, y pude adivinar, con total claridad, su rostro postcoitum, incluso la coleta era como las que se hacen las chicas la segunda o la tercera vez que te acuestas con ellas y ya todo está claro, certificado y seguro y pueden preocuparse más por la comodidad que por tener buen aspecto. El caso es que miré a la morena y la morena me miró a mí y me sonrió, una finísima película de sudor brillaba en su nuca, sudor sexual, o sustituto del sudor sexual, y no era una sonrisa de invitación o de reto, si no más bien de reconocimiento, como un encogimiento de hombros, de tú estabas ahí y yo aquí y no ha pasado nada, podría haber pasado, podría haber existido, podría haberse escrito este momento de otra manera, y ya nunca será, será con otros y será con otras pero no será con nosotros porque es tarde y es de noche y ya estoy muy cansada y tú muy borracho y tampoco estoy muy segura de haber querido que te acercases y por eso no me acerqué yo, pero siempre lo recordaré, recordaré este momento, esta oportunidad perdida, y cuando digo siempre quiero decir durante los próximos cinco minutos, solitario desconocido. Todo eso decía su sonrisa, o a lo mejor no. Yo qué sé. Pero me miró y me sonrió y los idiotas como yo recordamos estas cosas más de cinco minutos.&lt;br /&gt;La suela de mi chancla izquierda se estaba desprendiendo y de vuelta a casa hacía un sonido curioso, como de momia coja persiguiendo a un arqueólogo, por la acera espolvoreada de arena. Bajo la luz de las farolas me dediqué a darle patadas a las piedras ornamentales junto a los rosales hasta que di con la piedra falsa y cogí la llave. Abría la puerta y volví a dejarla en su lugar. Entré en la casa, de puntillas. Había un rumor de gente dormida en el piso de arriba. Una tos, un par de palabras, unos pasos, la cisterna que se vacía. Me senté en el sofá, abrí los candados de la mochila y desenrollé el saco de dormir. Luego busqué entre los calzoncillos y saqué el revólver. Era un 38, con la culata de madera, llena de arañazos, y raspones grises en el cañón negro donde se roza, donde se había rozado muchos años, al enfundarlo y desenfundarlo. Miré el arma en mi mano, sopesándola. Abrí un bolsillo lateral de la mochila y saqué la única bala que tenía, una bellota dorada, un corpúsculo de plomo y acero latonado y corazón de pólvora. Metí la bala en el tambor y lo hice girar un par de veces, sin mirar, como distraído, y lo cerré de una palmada. Me puse el revólver en la cabeza, el cañón en la sien, lo amartillé, apreté el gatillo y el percutor bajó e hizo tac contra una recámara vacía, no muy fuerte ni muy dramático, y bajé el arma. Abrí el tambor, saqué la bala, guardé la bala en su bolsillo lateral y el revólver entre los calzoncillos, eché los candados y me metí en el saco de dormir. Me sentía muy cansado, me sentía terriblemente cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente desayuné con Silvia y con el cámara de la película, un chaval muy joven, que me cayó bien porque no tenía ni un rastro de inclinación artística, era más bien prosaico. Desayunamos en la cocina, tostadas y café. Una chica se paseaba en albornoz de un lado para otro, como si no supiera dónde meterse, era rubia y muy alta y tenía un marcado acento del este, se lo noté cuando dijo buenos días, porque no dijo mucho más.&lt;br /&gt;Lo chungo, decía el cámara, es que sólo tenemos una cámara, una cámara digital, y hay que rodarlo todo tres veces por lo menos.&lt;br /&gt;La película se llamaba &lt;em&gt;Bitch´s days&lt;/em&gt; y, aunque casi toda la película estaba rodada en Madrid, el clímax había de ser playero y sudoroso. El director era amigo de Jack. Juan, lo llamaron. Arriba estaban rodando, en la habitación principal. Los focos borrando sombras inconvenientes de los cuerpos y sus pliegues, la cámara dispuesta, actores en albornoces. Había subido a echar un vistazo y me habían presentado al director, un tipo con el pelo cano y gafitas que tenía un montón de inclinaciones artísticas y que me cayó fatal. O más bien primero me cayó mal, algo indeterminado en su apretón de manos y su cortés insistencia por conocer mi nombre, y luego le atribuí las inclinaciones artísticas para justificar mi aversión. Iban a rodar unos primeros planos, de caras pensé al principio y luego me corregí yo solito, y cuando uno de los actores se quitó el albornoz y empezó a sacudirse los atributos que lo habían llevado al mundo del porno, algo que vi con mucha más nitidez de lo que me hubiera gustado, me largué de la habitación. Dichos atributos, tengo que decirlo, eran, más que grandes, aterradores, y lampiños por exigencias del oficio.&lt;br /&gt;Después de desayunar salí al jardín de atrás y estuve chapoteando en la piscina. Era una piscina para viejos y niños, poco profunda, ni dos metros en su parte más profunda, y con unos escalones azules en la parte panda que imposibilitaban nadar en condiciones. Casi mejor. Encontré unas latas de cerveza en el frigorífico de la cocina y me senté en esos escalones a tomar el sol, mojado hasta la cintura, bebiendo y fumando y pensando en mis cosas que no eran muy interesantes. Podía quedarme a ver el rodaje o podía no hacerlo. Podía ir a la playa o podía no hacerlo. Y no había muchas más opciones. Empecé a fantasear un poco, aburrido. Imaginé que de repente uno de los actores fallaba y necesitaban un sustituto. Me lo pediría Silvia, atribulada, como un favor, y yo accedería a hacer la sustitución, por su sonrisa bonita, por cómo fuma. Al principio, los primeros minutos, mi timidez sería un problema, pero me sobrepondría y haría mi escena como dios manda, quizá con la chica rubia y alta, y todos se quedarían impresionados, no por mis dimensiones físicas, que no iban a impresionar a nadie y menos en esta industria, pero sí por mi vigor, por mi vibración, por mi impetuosidad, mi apabullante actuación, un talento natural para el porno que nunca habría sospechado saldría a flote, y me pedirían otra escena y me llamarían para la siguiente película y a todo el mundo se le descolgaría la mandíbula, pero quién es ese chaval, qué es lo que tiene, qué es lo que hace, y me labraría una fulgurante carrera en el mundo del porno, de película en película, de festival en festival, sería acogido en Los Ángeles como una gran estrella, apreciado por todos por mi habilidad, mi profesionalidad, mi genio. Eso sí que daría sentido a mi vida, un objetivo. Ser el mejor de todos los tiempos. El chaval que lo cambió todo, dirían. Por él somos lo que somos.&lt;br /&gt;Fue una ensoñación divertida, sobre todo cuando llegué a la parte de confesarle a mis padres a qué me dedicaba. Ese deportivo que veis fuera, les decía, lo paga el porno. Y la casa en Miami, y los regalos que os hice en navidades. Y habría lágrimas maternas, consternación paterna, y al final un abrazo conciliador, comprensivo. Si eres feliz, dirían, dedícate al porno, hijo. También me echaría una novia, supuse, a la que al principio le haría gracia mi oficio, Silvia quizá, pero que luego me pediría que lo dejase por ella, porque no podía soportarlo más, verme con tantas mujeres, verme en tantas películas. Ámame o déjame, le diría en una muy dramática escena. Pero no intentes cambiarme. Y ella lloraría y lloraría y me abandonaría, abandonaría nuestra casa en Miami, y yo saldría a mirar el enorme océano en el crepúsculo, solitario y maldito, barcos lejanos en el horizonte, y pensaría: Mi pecado, mi penitencia.&lt;br /&gt;Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme a carcajadas. Salí de la piscina, me sequé, cargué con las latas vacías y las colillas para tirarlas a la basura, y me llevé mi mochila al cuarto de baño de abajo para lavar unos calzoncillos sucios en el bidé. Al terminar los colgué de la barra de la cortina de la ducha y me pregunté si los del mundo del porno serían muy ladrones, y luego pensé que quién iba a querer robar unos calzoncillos mojados. Tanto viaje y tanta incertidumbre me estaban volviendo paranoico para según qué cosas. Me duché también, antes de colgar los calzoncillos, y me puse otra vez los vaqueros y una camiseta menos surfista. Saqué la bala del bolsillo de la mochila y la estuve mirando un rato. Me la guardé en el bolsillo del pantalón. Porque era una bala y un talismán y un talismán no puede estar mucho tiempo en el mismo sitio sin que se agoste, se marchite y pierda fuerza. Necesita moverse, necesita estar con su propietario. Para protegerlo o para condenarlo. De otra manera sería sólo una bala y una bala podría disparárseme cualquier día en la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasé la tarde dando vueltas por el pueblo, por el paseo marítimo, y volví a comer pescado frito, con una ensalada antes, en una tasca que olía muy fuerte, pero sin llegar a molestar, a marisco. Servían una cerveza muy fría y muy buena y me bebí una jarra entera. Como ya no se me ocurría nada más que hacer me metí en el cine del pueblo y vi una película que iba de chicas jugando al voleibol en bikini que también eran expertas en artes marciales y peleaban con espadas y se daban patadas a cámara lenta que mostraban cada una de sus turgencias con todo detalle. Fue una hora y media muy bien aprovechada por mi parte. Después fui al chiringuito de la noche anterior pero ya no había chicas bailarinas que mirar. Pedí whisky con seven up, me bebí tres. Acabé en la playa, de noche, sentado en la arena. En el silencio nocturno, sólo un rumor de música de los chiringuitos y los bares muy lejos, el oleaje tronaba. Una y otra vez, la tormenta blanca de las olas, la espuma refulgente, rodaba por la playa. Qué onomatopeya sería, me pregunté. Bruuum. Brum, y un siseo. Bruuum, ssshhh. Algo así. Pero no es eso. Y de vuelta a casa, mi chancla izquierda en el asfalto arenado, haciendo ras. Raas. Raas. Voy a cogerte, amigo, voy a cogerte, aunque sea una momia artrítica, y esté cojo y sólo pueda extender los brazos como un imbécil, porque esta pirámide está llena de pasadizos secretos y callejones sin salida y yo estoy muy cabreado, llevo miles de años cabreado, y ahora las vas a pagar todas juntas, arqueólogo, con tu modelito de explorador caqui y tu té de las cinco.&lt;br /&gt;Mientras intentaba identificar la piedra falsa entre las reales me percaté de que por la ventana del salón salía el resplandor azulado de la televisión. Al rato se abrió la puerta de entrada y Silvia se apoyó en el quicio, un cigarrillo en una mano, una lata de cerveza en la otra. Qué haces, dijo.&lt;br /&gt;Busco la llave.&lt;br /&gt;Está ahí, en los rosales, no en los cactus.&lt;br /&gt;Ah, vale, dije, encaminándome a los rosales y cogiendo la piedra falsa. Con la piedra en la mano me di cuenta de que la puerta estaba abierta y la dejé caer. Joder, mascullé.&lt;br /&gt;Pasa, anda. ¿Estás borracho?&lt;br /&gt;Estoy muy lejos de estar borracho, dije.&lt;br /&gt;Silvia me dejó pasar. Llevaba sus pantalones cortos y una camisa o una blusa de color azul. Iba descalza. En el salón parpadeaba la luz del televisor. Qué tal el día, pregunté.&lt;br /&gt;Bueh, dijo ella. Rodando. Haciendo bocadillos.&lt;br /&gt;No hay negocio como el negocio del espectáculo, ¿eh?&lt;br /&gt;Ya ves, dijo. Dio un sorbo a la lata, una calada al cigarrillo.&lt;br /&gt;No puedo dormir, dijo.&lt;br /&gt;La cerveza es un somnífero pésimo, le dije. Me derrumbé sobre el sofá. Todavía se notaba el calor en el lugar que ella había ocupado.&lt;br /&gt;Es lo único que había.&lt;br /&gt;¿Es mi cerveza?&lt;br /&gt;Silvia me miró y miró la lata. No sé, estaba en el frigorífico.&lt;br /&gt;Entonces es mi cerveza.&lt;br /&gt;No sabía que la habías comprado tú, perdona.&lt;br /&gt;No, no la he comprado.&lt;br /&gt;Silvia fue a decir algo y luego frunció el ceño y dijo: Eres un poco idiota, ¿no?&lt;br /&gt;Algo se habla.&lt;br /&gt;Silvia se sentó en un sillón y cruzó las piernas, sus piernas desnudas y morenas y acariciables, y lució su bonita sonrisa en su rostro anodino. Idiota, insistió.&lt;br /&gt;Me debes una cerveza.&lt;br /&gt;Ella negó lentamente con la cabeza. Era la última que quedaba, dijo.&lt;br /&gt;Me rasqué la cabeza. Pues a ver qué hacemos.&lt;br /&gt;Ella volvió a beber y a darle una calada a su cigarrillo.&lt;br /&gt;¿Qué se te ocurre?&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Muchas cosas, dije. O muy pocas. No sé. No son horas para pensar.&lt;br /&gt;Silvia me miró y luego giró la cabeza como si se mirase las manos ocupadas, pensando, y dijo: Espero que no estés pensando en sexo.&lt;br /&gt;Y, lo crean o no, yo no estaba pensando en sexo hasta ese momento.&lt;br /&gt;Eh, yo no digo nada, argüí. Evalúo la situación. Hay una deuda, un pago pendiente, poco más.&lt;br /&gt;Una calada al cigarrillo, un último trago a la lata, una mirada pensativa. Ella sí que estaba evaluando la situación, midiendo urgencias, contrastando reparos, tomando una decisión.&lt;br /&gt;¿Y qué hacemos?, preguntó.&lt;br /&gt;Lo que quieras. Yo aquí estoy.&lt;br /&gt;No, aquí no, dijo. Esto es el salón, joder.&lt;br /&gt;¿Las habitaciones?&lt;br /&gt;Comparto habitación con dos de las actrices.&lt;br /&gt;Oye, no van a ver nada que no...&lt;br /&gt;No sigas por ahí, me interrumpió. Dejó la lata en la mesita de cristal, apagó el cigarrillo. No pienso hacerlo aquí.&lt;br /&gt;Bueno, pues...&lt;br /&gt;Tengo el coche ahí fuera.&lt;br /&gt;¿En el coche?&lt;br /&gt;Es lo que hay.&lt;br /&gt;Por mí vale, dije, y la verdad es que no me importaba mucho el dónde. Ni si pasaba o no. Sólo estaba ahí, tumbado en el sofá, jugueteando con la idea, y ella ya estaba improvisando la logística.&lt;br /&gt;Entonces qué, dijo ella.&lt;br /&gt;Me incorporé en el sofá, me estiré un poco. Joder, vamos, dije.&lt;br /&gt;Ella sonrió, de repente un poco nerviosa, y dijo: Espera, espera.&lt;br /&gt;Salió del salón y subió por las escaleras, un golpeteo rápido de pies desnudos.&lt;br /&gt;Yo cogí la lata que había dejado en la mesita, la agité, calculando el contenido, y apuré un trago desbravado y tibio de cerveza. Ella tardó lo que dura un cigarrillo en bajar, un bolso al hombro y calzada, sus sandalias. Sonreía.&lt;br /&gt;Venga, vamos, dije, yendo hasta ella y tomándola del codo para hacerla salir de la casa. Fuera seguía reinando el silencio nocturno, un coche lejano, un zumbido de insectos en las farolas, y bajamos por la calle. Es ése, dijo ella. Señalaba un coche verde botella, pequeño.&lt;br /&gt;¿Mejor aquí que dentro?, dije.&lt;br /&gt;Oye, ¿quieres o no?&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Allá tú.&lt;br /&gt;Volví a tomarla por el codo, la acerqué e intentamos el primer beso. Fue un beso pésimo, el peor que he dado, tardamos un montón en sincronizarnos, en cogernos el pulso. Su boca hedía a tabaco y no era nada agradable. Como lamer un cenicero. La mía sabrá incluso peor, pensé. Me empujó contra el capó del coche, me pasó las manos por la espalda. Yo le puse los dedos en el mentón, para inmovilizarla un poco y besarla como dios manda. Joder, ni que fuera el primer beso que daba en su vida. Nos separamos, ella buscó en su bolso las llaves del coche. Montamos en el coche.&lt;br /&gt;¿Adónde vamos?&lt;br /&gt;No lo sé, espera.&lt;br /&gt;Arrancó, callejeamos, encendí un cigarrillo. Ella intentaba parecer relajada, despreocupada. Qué raro, ¿no?, dijo.&lt;br /&gt;No sé, ¿por qué?&lt;br /&gt;Bueno, hacer esto, yo qué sé, no es...&lt;br /&gt;No dijo más.&lt;br /&gt;Llegamos a una calle cortada, junto a un descampado en obras. Las farolas estaban apagadas, la puertecita de la base abierta, mostrando el cableado como una maraña de tentáculos rígidos y muertos. Pasamos al asiento de atrás. Los besos mejoraron un poco. Me sacó la camiseta, me desabrochó los pantalones y levanté el culo para bajarlos a los tobillos. Ella se apartó un poco y se desvistió por su cuenta. El alcohol me pasó factura pero conseguí estar a la altura de la situación. Ella me tocó, me palpó, y sacó una tira de preservativos de su bolso, que sospeché hurtados a la película, y me puso uno con menos delicadeza de la indicada.&lt;br /&gt;Eh, cuidado, dije. Que no es un palo.&lt;br /&gt;Intentamos varias posturas, ninguna cómoda, ninguna fácil. Al final, ella encima, yo debajo, las rodillas contra los asientos, el cuello doblado dolorosamente en el respaldo, inmovilizado. Ella tuvo que hacer todo el trabajo, yendo y viniendo, esforzándose. Yo la agarraba por las caderas como si la quisiera, como si quisiera tenerla muy cerca. No sé cuánto duró, me distraje un poco. Pensé en la estación de autobuses a la que pronto tendría que ir, en los paneles de llegadas y salidas, las dársenas numeradas, las listas de precios. Se me estaba agotando el tiempo en la playa y no sabía adónde iría después. A cualquier sitio menos a casa. En cualquier dirección menos en la dirección de vuelta. Pensé en aviones. Tenía un amigo en Alemania. Europa. Un dolor en la cadera me trajo otra vez al coche. No puedo más, decía ella. No puedo más. Pero siguió todavía, siguió hasta que desfalleció, se quedó entre mis brazos, agotada, y yo la abracé y besé su hombro y acaricié su espalda, imaginando, me temo, que era otra a la que abrazaba.&lt;br /&gt;Por fin, se desasió y se apartó. Flotaba ese olor en el coche, muy fuerte. Es igual en todas, pensé. Digan lo que digan, es igual en todas.&lt;br /&gt;Me saqué el preservativo, bajé la ventanilla y lo tiré a la calle. Me subí los pantalones y abrí la puerta. Me alejé hasta una farola, desnudo de cintura para arriba y tiritando un poco, y oriné. Amanecía, una luz gris y dispersa. Hacía frío y había una niebla extraña, impropia, rocío en la maleza del descampado. Volví al coche a ponerme la camiseta. Ella se estaba vistiendo. Qué raro, dijo. Hacer esto. Qué raro. Creo que estaba un poco saturada de ver tanto sexo y no hacer nada, explicó, se explicó, se justificó, no para mí, para ella misma.&lt;br /&gt;No le hice mucho caso, estaba despistado, pensando en una conversación que tuve con Jack, hace unos años, sobre acostarse con gente. Sobre follar, vamos. Él decía que necesitaba parejas que le enseñasen cosas, o que las quería, no recuerdo bien. Yo decía que a follar se aprende solo, aunque necesites a otra persona. Hay parejas que nos hacen mejores amantes, eso sí, pero follar conlleva un aprendizaje solitario y distante, la peor de todas las soledades, porque se padece acompañado. Jack no estaba de acuerdo. Algunas de las amantes de Jack me habían confesado, un poco borrachas, que no lo hace nada mal, lo que sea que les hace cuando están solos. No tengo ni idea de lo que dicen mis amantes de mí cuando se emborrachan.&lt;br /&gt;Silvia sacó de su bolso un paquete de cigarrillos y hachís envuelto en un chivato y se puso a liar un porro. ¿Quieres?, preguntó.&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;Encendí un cigarrillo. Ella empezó a hacerme preguntas, de dónde era, dónde vivía, esas cosas. Demasiado cansado como para inventar le dije que vivía en Madrid. Ella también. Insinuó algo sobre intercambiar teléfonos, sobre seguir viéndonos. No dije nada al respecto, pero me saqué la agenda del bolsillo y el lápiz reducido que aprieto entre sus páginas y apunté un número al que no pensaba llamar. Le expliqué que no tenía teléfono. ¿Por qué?, me preguntó. Lo perdí. ¿Por qué no te compras otro? Para qué, respondí.&lt;br /&gt;Oye, ¿qué es esto?, dijo. Cogió algo del asiento, lo mostró entre el índice y el pulgar.&lt;br /&gt;Ah, es mi bala, dije.&lt;br /&gt;¿Tu bala?&lt;br /&gt;Se la cogí de entre los dedos y la devolví al bolsillo con la agenda.&lt;br /&gt;¿Por qué tienes una bala?&lt;br /&gt;Es un talismán.&lt;br /&gt;Silvia encendió el canuto y dio una calada, mirándome.&lt;br /&gt;La encontré entre las cosas de mi padre, cuando murió.&lt;br /&gt;Oh, dijo ella.&lt;br /&gt;Fue hace un año, le dije. Estaba en una caja de zapatos. La caja de zapatos estaba llena de cosas de mi madre. Fotos, cartas, una cajita con unos pendientes. Mis padres se separaron cuando yo era pequeño. No sabía que mi padre guardaba esas cosas. También la bala y otra cosa. Pero eso no era de mi madre.&lt;br /&gt;¿Qué otra cosa?&lt;br /&gt;Un revólver.&lt;br /&gt;Vaya, dijo. Silvia se miró las rodillas y el humo que le salía de la boca y yo le di caladas al cigarrillo, en silencio.&lt;br /&gt;Terminé el cigarrillo, lo tiré por la ventanilla y dije: Tengo un amigo que está loco.&lt;br /&gt;Ella me miró, amagó una sonrisa. ¿Jack?, preguntó.&lt;br /&gt;No, no Jack. Jack es muy lúcido, a su manera. Otro amigo, loco de verdad.&lt;br /&gt;Ya...&lt;br /&gt;Silvia se revolvió en el asiento, incómoda. Le dio caladas nerviosas al canuto, como queriendo acabarlo, como si en el canuto estuviera contenido el tiempo que iba a concederme, el tiempo que me debía por el polvo, y quisiera liquidarlo cuanto antes.&lt;br /&gt;Este amigo intentó suicidarse, proseguí. Se metió veinte antidepresivos en el cuerpo y media botella de vodka. Casi la palma. Lo encontró su novia, su ex novia de hecho, y llamó a una ambulancia. Ahora está en un manicomio, pero nadie lo llama manicomio. Lo llaman centro, lo llaman institución. Pero es una puta casa de locos. Fui a verlo, el año pasado. Creo que esperaba encontrármelo en bata, babeando y con cicatrices de lobotomía. Pero qué va. Estaba más gordito, con el pelo más largo, y en chándal. Me gorroneó cigarrillos. Estuvimos charlando en un jardín, sentados en un banco de piedra. Era un sitio bonito. ¿Sabes qué me dijo? Que no había intentado suicidarse.&lt;br /&gt;Ah, ¿no?&lt;br /&gt;Silvia se encogía contra la puerta, y me miraba con los ojos muy abiertos, ojos que querían cerrarse de sueño y por el hachís, me miraba como si estuviera asustada.&lt;br /&gt;Decía que no quería matarse, que no le pasó eso por la cabeza. ¿Fue un accidente?, le pregunté. No, dijo. Ni mucho menos. ¿Entonces? Se quedó un rato callado. Me dijo que no le gustaba hablar de eso, porque cada vez que lo hacía le subían la medicación y estaba más lejos de salir del centro. Yo no soy un loquero, le dije, y eso que no quería que me lo contase. No quería. Sabía que no quería oírlo. Que no iba a dejar de darme vueltas. Se lo pensó un rato más y me dijo que lo que quería hacer era pasar por el ojo de la aguja. No quería matarse. Quería hacerse pequeño, muy pequeño, pequeñito, y deslizarse al otro lado con limpieza. Qué otro lado, le pregunté. Este mismo, dijo, pero desde el ojo de la aguja. Hacerse tan pequeño que sólo pudiera pasar él y nada más. ¿Lo conseguiste?, le dije. Abarcó el jardín, el manicomio, los loqueros, los locos, con un gesto del cigarrillo y dijo: Estoy aquí, tío, esto no es el mundo. Creo que es el ojo de la aguja en sí mismo.&lt;br /&gt;Silvia tiró el canuto por la ventanilla, más de medio canuto, y dijo: Estoy cansada, vámonos.&lt;br /&gt;Como si no la oyera, dije: El ojo de la aguja. No dejó de darme vueltas. No dejé de pensar en ello. Me despertaba por las noches y me acordaba de él, con su chándal y su pelo largo, diciendo que quería pasar por el ojo de la aguja. Pensé que tenía que encontrar mi manera de hacerlo, de volverme tan pequeño. Pensé que los dos estábamos igual de locos. Pero lo seguí pensando, pensando en una manera de hacer eso. Es como devolver las cosas a su contexto, entiendes, de darle a todo la perspectiva que merece. Como ser consciente de lo frágil que es todo y moverte en esa fragilidad. Si te piensas que las cosas son fuertes, que son inamovibles, te vienes abajo cuando todo se rompe. Porque todo se rompe. Tarde o temprano se te acaban las recámaras vacías.&lt;br /&gt;Silvia abrió la puerta y salió a la calle y volvió a entrar para sentarse al volante. Estoy muy cansada, dijo. Vámonos.&lt;br /&gt;Sí, vamos, dije. Me quedé en el asiento de atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el último día que pasaban en la playa. Rondé por el rodaje, alma en pena y resacosa, mientras hacían las últimas escenas en el salón y en la parte más recoleta del jardín trasero. Un rollo bastante aburrido. Pasado el primer impacto era como ver a gente hacer cualquier otro trabajo. Embalar paquetes, apretar tuercas, cargar maletas. Mecánico, funcional, desapasionado. Profesional. Ayudé a recoger cosas, a desmontar focos, a enrollar cables. Empezaron a caerme bien y sentí que se fueran, pero también sabía que era porque se iban y ya podía desentenderme de ellos y seguir a lo mío. Silvia estuvo distante y se despidió de mí con un par de besos, supongo que arrepentida de haberme dado su número. Miré los coches que se iban yendo desde el jardín, apoyado en la verja caliente de sol, y luego me eché en la tumbona, sin camiseta, y dejé pasar el rato. Dentro de la casa, un poco insolado y en el silencio absoluto, abrí los candados de la mochila y saqué el revólver, pensando en lo pesado que era y lo fácil que me había sido manipularlo desde la primera vez, consecuencia de ver tantas películas y leer tantas novelas policíacas. Empezó a sonar un teléfono. Venía del piso de arriba. Recorrí las habitaciones y en la principal estaba el teléfono, timbrando en la mesilla junto a la enorme cama donde unas horas antes cuatro personas, sobre sábanas de seda negra, habían fornicado para las cámaras. Me senté en la cama, sábanas de lino blanco ahora, y descolgué el auricular.&lt;br /&gt;¿Sí?&lt;br /&gt;Eh, dijo Jack. ¿Quién eres?&lt;br /&gt;Yo.&lt;br /&gt;Ah, vale. Sigues ahí, bien.&lt;br /&gt;¿Dónde estás?&lt;br /&gt;En Bratislava. ¿Estás solo en la casa?&lt;br /&gt;Ahora sí. Ya se han ido los del porno.&lt;br /&gt;¿Los del porno?&lt;br /&gt;Estaban haciendo una peli porno en tu casa, Jack.&lt;br /&gt;Anda, no sabía que era un peli porno. Igual me lo dijeron, pero pensaba que era coña.&lt;br /&gt;Todavía tenía el revólver en la mano y lo usé para rascarme detrás de la oreja.&lt;br /&gt;Te llamo para ver si puedes estar pendiente de un chaval que va a llegar esta tarde, un alemán. Buena gente. Lo conocí en Berlín.&lt;br /&gt;Claro, sin problema, dije, mirando el cañón del revólver.&lt;br /&gt;Bueno, cuéntame, dijo. ¿Alguna novedad?&lt;br /&gt;No, dije. Nunca pasa nada los días de playa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-8521692990064700030?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/8521692990064700030/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=8521692990064700030' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/8521692990064700030'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/8521692990064700030'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/03/das-de-playa.html' title='días de playa'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-1137345600362535056</id><published>2007-03-20T11:46:00.000+01:00</published><updated>2007-03-20T11:57:52.964+01:00</updated><title type='text'>las muchas luces y los cielos oscuros</title><content type='html'>Una vez Violenne dijo: Lo que me gusta de Dani es que, debajo de esa pinta de huerfanito cabreado, se está riendo de todo el mundo. Y casi nadie se da cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani no soportaba a Violenne. A Violenne le hacia gracia y lo achacaba al síndrome del amigo desplazado. Pero no era eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay muchas cosas que la gente no sabe de Dani.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para la gente Dani es un tipo demasiado flaco y demasiado rubio, hosco, malhumorado, que va en chándal, que habla poco y cuando lo hace es lacónico, cruel y ácido. Dani es una de esas personas en que la inteligencia se manifiesta de una manera tan obvia que repulsa e incomoda. No es su intención, pero tampoco le importa que sea así. Sus ojillos azules y acuosos parecen a ratos un pelotón de fusilamiento. No respeta a casi nadie y no busca que lo respeten. Su sentido del humor es críptico, inescrutable. Su amistad excluye confidencias, complicidades, y casi la conversación misma. Ser amigo de Dani consiste en beber y fumar en silencio la mayor parte del tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto es lo que se puede colegir de un conocimiento superficial del individuo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conozco a Dani desde los catorce años, hace una década. Dani tiene un hermano mayor y una hermana pequeña. Sus padres son dos personas amables y simpáticas que no entienden nada a su retoño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani rechazó una beca para estudiar en Heilderberg. Hizo comentarios despectivos sobre todo filósofo alemán que se le pasó por la cabeza, de Kant a Nietzsche, e insinuó que merecían estar haciendo el paso de la oca en el infierno, ante un par de sus anonadados profesores que se habían acercado en la cafetería de la facultad a felicitarlo por la beca. Yo estaba allí, yo lo vi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani pasa las tardes leyendo libros de filosofía en alemán sobre temas inescrutables, incluso más allá del idioma. No tengo ni idea de por qué no quiso aceptar la beca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sospecho que su canción favorita es &lt;em&gt;Disco 2000&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que su disco favorito es &lt;em&gt;Ante todo mucha calma&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su novela favorita es &lt;em&gt;Moby Dick&lt;/em&gt;. Leyó una versión abreviada de niño y le pareció una mierda. Cuando leyó la versión completa fue como si se le cayeran las escamas de los ojos. Su otra novela favorita es &lt;em&gt;Meridiano de sangre&lt;/em&gt;. Dos veces la ballena blanca. Todos los libros de J. G. Ballard que he leído me los ha prestado él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La escena de los vómitos de &lt;em&gt;Este chico es un demonio 2&lt;/em&gt; le arranca lágrimas de emoción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani es, cuando se relaja, la persona más ingeniosa y sabia que conozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani es mi mejor amigo. Yo soy el mejor amigo de Dani. Apenas nos soportamos. En los últimos siete años hemos compartido cinco pisos diferentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez le dije a Palma que era una mierda que Dani no soportara a Violenne. Palma dijo que Dani probablemente estaba más enamorado de Violenne que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dani y yo nunca hemos hablado del tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El relato empieza con la descripción del hombre. Tiene unos cuarenta y cinco años, arrugas marcadas en el rostro de las que deja la risa frecuente o ciertos tipos de melancolía, una barba muy corta y el pelo salpicado de canas. Moderadamente atractivo. Es profesor de universidad, enseña física cuántica. Es una joven promesa que quedó en nada. Un par de artículos en revistas especializadas, un libro que no es lo bastante convencional ni lo bastante extravagante en sus teorías como para llamar la atención. Una cátedra en una universidad de provincias. Se casó, tuvo una hija, enviudó. La hija se llama como la madre. He aquí el hombre, al principio del relato. Tontea con una estudiante en el aparcamiento del campus. Se ofrece a llevarla a casa. Acaban en la casa de él. Beben whisky, charlan. Ella mira las fotos de la familia. La esposa muerta, la hija que en las fotos es una niña. Estudiará historia, le dice, orgulloso. Habla maravillas de la hija. Se acuestan, ella se enamora un poco. Bromean sobre la nota que tendrá que ponerle en el próximo examen. Él es extraño. Fuma mucho, bebe de más. Tiene teorías absurdas que sólo le confía cuando está borracho. Realidades paralelas, universos fantasmas, balanzas cuánticas que buscan equilibrarse. Habla mucho de su hija. Ella siempre acaba de irse cuando la estudiante llega. Él siempre le dice que le gustaría que se conocieran. Pasan los meses, nunca coincide con la hija. Él bebe cada vez más. Ella cada vez está más enamorada. La habitación de la hija le da escalofríos. La primera vez que entra, mientras él está en la ducha, empieza a sospechar algo extraño. Todo parece cuidadosamente desordenado. Las arrugas de la colcha en la cama, los apuntes sobre el escritorio, los libros de las estanterías. Pasa un dedo por la mesita de noche y retira una fina lámina de polvo. El polvo de una habitación que es limpiada pero no ocupada. La estudiante empieza a no dormir bien. Empieza a recibir llamadas de madrugada, desde números ocultos, desde cabinas telefónicas. Al otro lado, sólo una respiración. La estudiante empieza a hacer preguntas. Cómo murió tu mujer, dónde está tu hija. Él le cuenta una historia trágica, un accidente de coche. De ahí la cicatriz de mi pecho. Ella conoce la cicatriz. La ha tocado, la ha besado. ¿Y tu hija, estaba en el accidente? Su mirada se oscurece. Esquiva la pregunta. Se sirve otro whisky. No, ella no. Estaba con sus abuelos. La pobrecita. Estaba con sus abuelos. Lo dice con los ojos nublados, lo dice como farfullando para sí. El polvo aparece y desaparece en la habitación de la hija. Las arrugas de la colcha no cambian. Él le habla de ella, de sus llamadas telefónicas, de sus visitas. Ya ha empezado la universidad. Estudia lejos. Es una mujercita. La estudiante sigue recibiendo llamadas intempestivas. ¿Eres tú?, pregunta al silencio. Sólo una respiración. La estudiante termina la carrera. Bromean sobre que ya no tendrán que ocultar la relación. Llevan un año juntos. Él sigue igual de extraño y esquivo. Un día ella se encuentra con un tipo que lo conoce, en un curso de posgrado, uno de sus profesores. No le dice que están juntos y él habla con sinceridad. Prometía mucho, pero nunca se recuperó, dice el tipo. Ella piensa que se refiere a la muerte de su esposa. Pero no. Se refiere a otra cosa. Ella no se atreve a preguntar directamente. Al volver a casa le pregunta: ¿Dónde está tu hija? Él ya está borracho, aunque es temprano, y empieza a hablar de cosas confusas. El entramado de la realidad, la teoría de cuerdas, cita ristras de números que compone y descompone, que deriva e integra, que parece que escribe sobre una pizarra invisible. La balanza cuántica, insiste. Eso es todo lo que importa. La balanza del mundo. Un hecho, un acontecimiento, se define por sus consecuencias. Mientras habla, bebe más whisky y fuma más cigarrillos. Es una piedra que cae en un lago, dice. Las ondas concéntricas que provoca. Si no percibo las ondas, no percibo la piedra. Si elimino las consecuencias, elimino el hecho. ¿Qué hecho?, le pregunta ella. Él sonríe torcido y deja el vaso y busca en unos cajones. Es difícil al principio, explica. Negarlo todo, forzar la memoria. Luego hay que ocuparse de muchos pequeños detalles. Matriculas de colegio. Matrículas de universidad. Ropa, caprichos, las cosas que le hubieran gustado, las que hubiera deseado, mil pequeñas frustraciones, mil pequeños recuerdos que insertar. Hay que falsear muchas cosas. Es complicado. Hay que intentarlo muchas veces y de diferentes maneras hasta acertar. Pero al final la balanza se vencerá hacia mi lado. La borraré de aquel día, de aquel coche, de aquella carretera. El universo me la devolverá. No lo pido todo, sólo a ella. Sólo a ella, mi niña. ¿Dónde está?, le pregunta la estudiante. Dónde. Él se vuelve. Ha encontrado lo que buscaba, un pequeño martillo, lo más parecido a un arma que hay en la casa. Está a punto de llegar, dice. El relato termina con él ensangrentado hasta los codos y como si velara el cadáver pero sin verlo, inmóvil, sentado en la oscuridad. El teléfono suena, o parece que suena, o él siente que suena. Coge el auricular, dejando alargadas huellas rojas en el aparato. ¿Eres tú?, pregunta. Al otro lado, sólo una respiración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intentaba la undécima aproximación a la historia del profesor de física cuántica, lo que llamaba mi relato a lo Stephen King, cuando sonó el timbre. Estaba sentado en el canapé e inclinado como un inquisidor sobre el portátil, no muy contento con lo que estaba sacando de la historia, y al echarme hacia atrás me chasquearon las vértebras como ramitas secas. – Joder- farfullé. Me saqué el filtro chamuscado que tenía en los labios y lo metí en la lata de cerveza que usaba de cenicero. La habitación estaba llena de humo y olía a café frío y sudor viejo. Yo mismo me sentía impregnado de esos aromas, entrelazados hasta en la última hebra de mi jersey y mis pantalones y hasta en el último poro de mi piel. Al salir al pasillo, el aire no viciado del resto de la casa me mareó, me dejó casi colocado. El timbre volvió a sonar, insistentemente. Abrí la puerta, frunciendo el ceño. – Tú- dije.&lt;br /&gt;Había engordado un poco, lo que en él significaba haber pasado de muy delgado a delgado, y tenía el pelo más largo. Llevaba una sudadera negra con capucha y cremallera y vaqueros y una mochila al hombro. Una barba rubia y cerrada.&lt;br /&gt;- Yo- dijo Dani. – Ya ves. ¿A qué coño viene esa barba?&lt;br /&gt;- No- repliqué. - ¿A qué coño viene tu barba?&lt;br /&gt;- Te queda como el culo.&lt;br /&gt;- A ti sí que te queda como el culo.&lt;br /&gt;- Te la vas a tener que quitar.&lt;br /&gt;- ¿Yo?&lt;br /&gt;- Sí, ¿o quieres que parezcamos novios o algo?&lt;br /&gt;- Quítatela tú. Yo me la dejé antes.&lt;br /&gt;- Y una mierda.&lt;br /&gt;- La tenía este verano.&lt;br /&gt;- Tenías una pelusa insignificante.&lt;br /&gt;- Tú no tenías nada.&lt;br /&gt;- Pero ahora la tengo y me queda mejor.&lt;br /&gt;- Es como si no la tuvieras, no se nota nada.&lt;br /&gt;- Lloriqueas como una mujerzuela.&lt;br /&gt;- Tú eres una mujerzuela.&lt;br /&gt;Dani sonrió. – Bueno, ¿me quedo a vivir en el pasillo?&lt;br /&gt;- Pasa, joder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer recuerdo que tengo de mí mismo, que quizá no sea el primero pero sí el más significativo, pertenece al día de mi cuarto cumpleaños. Soy yo sintiendo melancolía. Alguien me había dicho que tenía que empezar a ir al colegio. Así que ahí estoy yo. Mirando una velas chamuscadas, un plato de patatas fritas, las migas de una tarta, sintiendo que todo iba a cambiar, que todo iba a ser diferente, y sintiendo una desconcertante tristeza, por primera vez tristeza, por todo lo que se iba. Más que significativo es un recuerdo sintomático. No sé cuál es el primer recuerdo de Dani, pero estoy seguro de que se recuerda así mismo enfadado y confuso por algo, por algo que a todo el mundo le parece correcto y lógico. Si la vida es una sombra yo soy la narración del idiota, Dani es el ruido y la furia, y nada significa nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me voy pasado mañana, así que no te flipes- explica Dani, acodado en la barra del bar de Paco.&lt;br /&gt;- ¿Dónde te quedas?&lt;br /&gt;Dani me mira, alzando las cejas. - ¿Cómo que dónde me quedo?&lt;br /&gt;- Ya- digo.&lt;br /&gt;- He estado en casa de Palma.&lt;br /&gt;- ¿Sí?&lt;br /&gt;- Claro, coño. Cómo te crees que he llegado a tu puta casa- dice. – También tú, vives en su puto sofá dos meses y luego te mudas a la acera de enfrente. Qué te pasa, ¿tienes que pegarte a unas faldas siempre?&lt;br /&gt;Suspiro. Bebo de mi cerveza. - ¿Y a qué has venido?&lt;br /&gt;- A ver si era verdad lo de tu barba. No quería creérmelo.&lt;br /&gt;- Pues ya ves.&lt;br /&gt;- Ya veo- dice Dani. – Es espantosa.&lt;br /&gt;Pedimos otro par de cañas y Dani empieza a hablarme de Marcos y su bigamia y de la última obra de teatro de Raúl y del curro del cine del que acaban de echarlo.&lt;br /&gt;- Todo por hacer un par de comentarios inocentes sobre la dirección- explica.&lt;br /&gt;No le pido más detalles, pero supongo que lo que Dani llama comentarios inocentes puede que incluso esté contemplado en el Código Penal.&lt;br /&gt;- Me han llegado rumores, Dani- le digo.&lt;br /&gt;- Rumores- repite él. – No me jodas.&lt;br /&gt;- Sí, señor.&lt;br /&gt;- Qué rumores.&lt;br /&gt;- Tú y cierta chica- digo. – Una a la que te recuerdo llamando moderna de provincias o algo así de tierno.&lt;br /&gt;- Bah- dice Dani.&lt;br /&gt;- ¿Bah qué?&lt;br /&gt;- Cosas que pasan- dice. – Ironías del destino.&lt;br /&gt;- Ah, la dulce Sonia.&lt;br /&gt;- Sí, así se llama- farfulla.&lt;br /&gt;- ¿Pero sigues con ella?&lt;br /&gt;- No lo sé- dice. - ¿Podemos cambiar de tema?&lt;br /&gt;- Como quieras.&lt;br /&gt;Le empiezo a contar cosas. Le hablo de la señorita Botasnegras, de la fiesta, la reunión, en casa de Palma, de la chica del flequillo. Le cuento que Santiago ha reconvertido su catálogo pornográfico en una especie de revista especializada y que me tiene escribiendo reseñas de películas que no he visto, y que no vería ni a tiros, y presentando supuestas novedades, que a veces tienen hasta cinco o seis años de antigüedad, bajo tres seudónimos. No tengo ni idea de la terminología adecuada ni de la jerga del género, le explico, así que me lo invento todo. Igual estoy creando todo un nuevo corpus teórico pornográfico.&lt;br /&gt;Tres cervezas después le pregunto, sin querer saberlo en realidad, si la ha visto.&lt;br /&gt;- ¿A la gabacha?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Me la he encontrado un par de veces.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;Arquea las cejas. – Si se pudiera morir de frialdad, ella estaría muerta.&lt;br /&gt;Sonrío. Le hago un gesto a Paco para que nos ponga otro par de cañas. La tarde pasa deprisa. Llueve un poco cuando salimos a la calle. Dani se pone la capucha, camino de mi piso, y dice: - Sonia.&lt;br /&gt;- Qué pasa- le digo.&lt;br /&gt;- Me gusta mucho, tío, y todo es una mierda.&lt;br /&gt;Me encojo de hombros. – Es como el sarampión, Dani- le digo. – Hay que pasarlo por lo menos una vez. O como la malaria. Unas fiebres recurrentes.&lt;br /&gt;- Todo es una mierda- insiste.&lt;br /&gt;No decimos nada más. Subimos al piso y saco unas latas de sardinas con tomate y filetes de caballa y pongo agua a hervir para hacer sopa de sobre. Dani fuma en el salón, mirando la tele. Le pongo en las manos el legajo maltratado y lleno de dobleces de lo que podríamos llamar mi obra madrileña, mi obra más reciente, y me voy a la cocina a ver hervir el agua mientras Dani lee los relatos terminados y algunos fragmentos inconclusos, todavía más llenos de tachones y dobleces. Echo la sopa de sobre, sopa de ave con arroz, la remuevo un poco y me voy a mi cuarto. Me fumo un cigarrillo, corrijo algunas cosas de la historia del profesor de física cuántica. Vuelvo al salón. – Qué- digo.&lt;br /&gt;Dani levanta la cabeza de los papeles, un cigarrillo en los labios. – Está bien. Está mejor que antes.&lt;br /&gt;Asiento. – Vale.&lt;br /&gt;Me acerco a la ventana, miro el perfil achaparrado de la ciudad, el Estadio Vicente Calderón, las luces, las muchas luces y los cielos oscuros. Por asociación, pensando en El sol de invierno, acabo pensando en Violenne. En la versión que tiene Dani en las manos no se llama Violenne ni es francesa, pero no es que vaya a engañarlo con eso. Pienso en Violenne como no pensaba en ella desde hace mucho tiempo. Zorra, pienso. Un pensamiento, un insulto, que me sorprende, por injusto, por fuera de lugar, aunque sea dicho desde un pliegue oculto de mi cerebro y sólo para mí. Un insulto que llega tarde y mal, cuando no tiene ningún sentido enfadarme con ella, guardarle rencores, hacerme mala sangre. Así que primero me siento mal por haberlo pensado, y luego bien, como si me reivindicase de alguna manera íntima y secreta, y luego nada, no siento nada. Zorra, vuelvo a pensar. Y sigue sin haber nada. No importa nada. Miro mi reflejo en el espejo. Eh, quién eres. Javo sin Violenne. Javo sin que le importe Violenne. Quién eres, no te reconozco. Y tampoco importa. Porque estoy aquí, un poco borracho, esperando a que se enfríe la sopa, mientras mi mejor amigo lee lo mejor que he escrito en mi vida, en esta ciudad tan grande, tan llena de gente, tan llena de cosas, tan llena de historias, y de cuya grandiosa fealdad me estoy enamorando, y el tipo en la ventana, el tipo en el reflejo, tiene una estúpida sonrisa de oreja a oreja. La estúpida sonrisa de alguien razonablemente feliz. O, en mi caso, razonablemente infeliz. – Creo que voy a bajar a por más cerveza- digo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-1137345600362535056?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/1137345600362535056/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=1137345600362535056' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1137345600362535056'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/1137345600362535056'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/03/las-muchas-luces-y-los-cielos-oscuros.html' title='las muchas luces y los cielos oscuros'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-5746220669912621833</id><published>2007-03-04T22:56:00.000+01:00</published><updated>2007-03-04T23:13:13.054+01:00</updated><title type='text'>un número desconocido</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;em&gt;otro relato&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes por la mañana, al encender el teléfono móvil, encontró un mensaje de texto. Decía: ¿Te he despertado? Creo que soñaba contigo porque me he despertado buscándote.&lt;br /&gt;            Lo había recibido a las cuatro de la mañana. Era de un número desconocido. Elías miró la pantalla, entrecerrando los ojos de sueño. Estaba sentado en la cama, en calzoncillos. Dejó el teléfono en la mesita de noche. Encontró los pantalones liados entre las sábanas y se los puso. Salió de la habitación, fue a la cocina. Preparó café. Fumó mientras la cafetera borboteaba. Se bebió el café mirando los dibujos animados, fumando otro cigarrillo. Luego se dio una ducha. Se miró en el espejo empañado, el pelo pegado al cráneo y las mejillas perladas de agua. Se miró con atención. Las pequeñas pupilas, el iris castaño, el marco ovalado de las pestañas. Se secó y se puso unos vaqueros y una camiseta y una camisa gruesa de color negro. Bebió otro café en la cocina, apoyado en la encimera. Fumó otro cigarrillo. Controló la hora en las cifras verdes que parpadeaban en el microondas. Dejó pasar los minutos, miró articularse las cifras cuadriculadas. Cuando no pudo retrasarlo más, apagó el cigarrillo y puso la taza en el fregadero. Recogió las llaves, el teléfono móvil, un libro, se puso el abrigo y bajó a la calle. Fue metro un par de paradas e hizo un trasbordo a un tren de cercanías. Leyó durante el trayecto. Tardó menos de lo que esperaba en llegar a la dirección que tenía anotada. Veinte minutos de adelanto. Miró la entrada del edificio de oficinas. Un par de tipos con trajes oscuros y camisas color salmón fumaban y charlaban. Elías siguió caminando y llegó a un parque. Había unos árboles pelados que no reconoció y una fuente grande, una sucesión de pequeños estanques que se iban derramando hasta llegar a otro mayor. Presidía la fuente la escultura, oscura de lluvia y llena de arañazos, de una tortuga enorme. Elías se sentó en un banco, sacó el libro y se puso a leer. A veces dejaba el libro y miraba la tortuga un momento, fijamente, con intensidad, como si lo leído pudiera referirse a ella de alguna manera. Encendió un cigarrillo. Pasaron los veinte minutos. Elías dejó el libro pero no se movió. Miraba la tortuga. La hora de la cita se fue arrastrando poco a poco hasta desaparecer y Elías no hizo más que volver a coger el libro y encender otro cigarrillo. Las nubes eran como una pasta gris en el cielo. Hacía frío. Elías temblaba un poco. Cuando empezó a lloviznar se levantó y volvió a la estación de tren, deshizo el camino, leyendo. En el trasbordo al metro, no tomó la línea que lo llevaría a casa. Tomó la línea que lo llevaría al barrio. También tuvo que tomar un autobús. Tardó casi cuarenta minutos en llegar al bloque de apartamentos donde vivía su madre, donde había vivido él. Un lugar feo y triste, fachada de ladrillo visto, aparatos de aire acondicionado cochambrosos gravitando sobre el vacío, una mujer retirando la ropa tendida en una ventana. El ascensor traqueteaba, olía a desinfectante. En la puerta del quinto B pulsó el timbre y escuchó el ding. Lo soltó. Dong. Esperó, con las manos en los bolsillos. Abrió su hermana. Ah, hola, dijo.&lt;br /&gt;            Hola, Raquel.&lt;br /&gt;            Raquel estaba muy pálida y tenía ojeras. Había perdido peso. Se apartó para dejarlo pasar.&lt;br /&gt;            Qué tal estás.&lt;br /&gt;            Bien, dijo ella. Ya ves.&lt;br /&gt;            El piso olía a cerrado y a ambientador. Entraron en el salón, las fotos del padre muerto, los tapetes de ganchillo. Un espantoso cuadro bucólico, pastores y ovejas lanudas, enmarcado en pan de oro. En la mesa un cenicero limpio, un mordedor naranja, unos juguetes, la tetilla de un biberón.&lt;br /&gt;            Cómo estás tú.&lt;br /&gt;            Bien, dijo Elías. ¿Dónde está el niño?&lt;br /&gt;            Está con su padre, por una vez.&lt;br /&gt;            Elías se acercó a la mesa, tocó el mordedor, cogió uno de los juguetes, un dinosaurio de plástico con una sonrisa bobalicona. ¿Cómo está mamá?&lt;br /&gt;            Raquel suspiró, casi un bufido, hastiada. Cómo quieres que esté. Está en su cuarto, ve a verla.&lt;br /&gt;            En su cuarto, repitió él.&lt;br /&gt;            ¿Quieres un café o algo?&lt;br /&gt;            No.&lt;br /&gt;            Voy a hacer café. Ve a ver a mamá.&lt;br /&gt;            Sí, dijo, pero no se movió. Dejó el dinosaurio en la mesa, se metió las manos en los bolsillos. Miraba las fotos en el pequeño mueble junto al televisor.&lt;br /&gt;            Ve a verla, dijo Raquel. Voy a hacer café.&lt;br /&gt;            Sí, sí.&lt;br /&gt;            Raquel entró en la cocina. Elías enfiló el pasillo, pasó la puerta del cuarto de Raquel, pasó la puerta de su antiguo cuarto, llegó a la puerta de la habitación de sus padres. Estaba entreabierta y la tocó con los nudillos. Mamá, dijo. Mamá.&lt;br /&gt;            Ella estaba en la cama, incorporada con una almohada en la espalda. Giró la cabeza para mirarlo y no dijo nada. Elías se acercó. Había una silla junto a la cama y sacó las manos de los bolsillos para ponerlas en el respaldo. Qué tal estás, mamá.&lt;br /&gt;            Ella lo siguió mirando y dijo: Hola.&lt;br /&gt;            Qué tal estás.&lt;br /&gt;            Cansada, dijo.&lt;br /&gt;            Elías asintió. Tragó saliva. Apretó las manos en el respaldo de la silla.&lt;br /&gt;            Su madre era un saco de huesos. Tenía la piel amarillenta. El pelo, ahora que no se lo teñía, era blanco. Se le caía a mechones. No había nada en los ojos. Ni inteligencia, ni reconocimiento, nada. ¿Pero estás bien, te duele?, preguntó.&lt;br /&gt;            No, dijo ella. No me duele nada.&lt;br /&gt;            Desvió los ojos y empezó a recorrer la habitación con la mirada, como si no la hubiera visto nunca, el armario con sus puertas espejadas, la cómoda, la percha, el galán de noche desnudo como el esqueleto de algo muerto. Volvió a mirarlo. Elías, dijo. Hijito.&lt;br /&gt;            Hola, mamá.&lt;br /&gt;            Ven, hijito, ven, siéntate.&lt;br /&gt;            Elías se sentó. Su madre extendió la mano y Elías la tomó entre las suyas. Qué guapo estás, le dijo.&lt;br /&gt;            Tú también estás muy guapa, dijo Elías.&lt;br /&gt;            Ayer me acordé de ti. Estábamos en casa de la abuela y María dijo que hacía mucho que no te veía y yo le dije que estabas en la universidad y luego vino Pablo. Hacía mucho tempo que no veía a Pablo.&lt;br /&gt;            Elías asintió y apretó un poco la mano áspera y frágil de su madre.&lt;br /&gt;            La tía Claudia ya no lleva luto, dijo ella. Hace bien.&lt;br /&gt;            Claro, dijo Elías.&lt;br /&gt;            Estás muy guapo.&lt;br /&gt;            Ya, mamá, ya.&lt;br /&gt;            Mi niño.&lt;br /&gt;            Elías soltó la mano. ¿Te duele, mamá?&lt;br /&gt;            No me duele nada. Qué me va a doler.&lt;br /&gt;            Lo que te está comiendo por dentro, pensó él. Lo que no sabíamos que estaba ahí, en tu estómago, gestándose, creciendo, devorando. Lo que no podías decirnos que estaba ahí porque te has quedado gagá.&lt;br /&gt;            Nada, dijo. Qué te va a doler. Estás estupenda. Estás muy guapa.&lt;br /&gt;            Ella sonrió. Cerró los ojos y dijo: Estoy muy cansada.&lt;br /&gt;            Elías le acarició la mano. Llámame, si quieres algo.&lt;br /&gt;            Muy cansada, dijo ella.&lt;br /&gt;            Elías se levantó de la silla y miró a su madre que respiraba lenta e irregularmente, los párpados inquietos pero cerrados. Salió de la habitación y recorrió el pasillo y entró en su cuarto. Era una habitación diminuta, con una cama diminuta y un armario empotrado diminuto. La mesa, que recordaba a rebosar de libros, casetes, cedés, apuntes de instituto y luego de la universidad, estaba vacía. Apenas una fina capa de polvo. Se sentó en la cama y sacó un cigarrillo. Al encenderlo se sintió como si violara un recinto sagrado. Mamá está en casa, se dijo. No puedes fumar.&lt;br /&gt;            Qué haces.&lt;br /&gt;            Raquel se apoyaba en el marco de la puerta.&lt;br /&gt;            Nada, dijo Elías.&lt;br /&gt;            El café ya está.&lt;br /&gt;            Elías asintió. Dio una calada y sopló el humo y lo miró estamparse contra el gotelé de la pared.&lt;br /&gt;            Dame uno, dijo Raquel.&lt;br /&gt;            Elías le pasó un cigarrillo y el mechero y Raquel se sentó en la cama junto a él.&lt;br /&gt;            ¿Cómo está?, preguntó Elías. ¿Qué dijo el médico?&lt;br /&gt;            Que se va a morir, dijo Raquel. Pronto.&lt;br /&gt;            El rostro le tembló, se contrajo en una mueca. Tenía los ojos enrojecidos pero secos, cercados por unas ojeras profundas.&lt;br /&gt;            No se puede operar, dijo. La quimioterapia no funciona.&lt;br /&gt;            Elías se miró los pies. Miró el avanzar de la brasa por el cigarrillo, las volutas de humo. Miró las grietas en los baldosines amarillos del suelo. ¿Crees que ella sabe lo que le pasa?&lt;br /&gt;            No lo sé, dijo Raquel. A veces parece que sí. Luego no sabe ni dónde está. Pregunta por papá, pregunta por gente que lleva veinte años muerta. El otro día se puso a llorar. Estuvo una hora llorando y llamándote a gritos.&lt;br /&gt;            Elías la miró. ¿Me llamaba?&lt;br /&gt;            Sí.&lt;br /&gt;            ¿Por qué no me lo dijiste, por qué no me llamaste?&lt;br /&gt;            Raquel suspiró y le dio una calada al cigarrillo. Para qué, dijo. ¿Crees que sabía a quién llamaba?&lt;br /&gt;            Elías ahuecó la mano libre, formando un pequeño cuenco, y golpeó contra el canto el cigarrillo dejando caer en la palma un centímetro de ceniza. Durante un instante notó como si fuera a quemarle pero luego perdió el calor y quedó en nada, una carcasa gris y quebradiza.&lt;br /&gt;            Tenías hoy la entrevista, ¿no?&lt;br /&gt;            Sí.&lt;br /&gt;            ¿Qué tal?&lt;br /&gt;            Bien, creo.&lt;br /&gt;            ¿Te darán el trabajo?&lt;br /&gt;            No lo sé, dijo Elías. La miró. A lo mejor tengo que volver aquí. Un tiempo.&lt;br /&gt;            Raquel cerró los ojos, se pasó la mano por la cara. Sería bueno, dijo. Necesito ayuda. No puedo con todo.&lt;br /&gt;            Elías asintió. Echó más ceniza en su mano. Raquel se levantó y fue a por el cenicero del salón. Lo puso en el escritorio, golpeó nerviosamente su cigarrillo en el borde. Quédate a comer, dijo. Puedo hacer arroz o sopa o algo.&lt;br /&gt;            Bueno.&lt;br /&gt;            ¿Quieres el café?&lt;br /&gt;            Elías negó con la cabeza. Prefiero una cerveza ahora.&lt;br /&gt;            No tengo cerveza.&lt;br /&gt;            Elías apagó el cigarrillo en el cenicero y luego se sacudió la ceniza de la mano. Le quedó una marca gris y se la frotó con los dedos. Voy a bajar a tomarme una cerveza, dijo. Y subo en un rato.&lt;br /&gt;            De acuerdo.&lt;br /&gt;            Raquel cogió el cenicero y salió de la habitación. Elías se quedó un momento sentado, con las manos en las rodillas. Se levantó y salió de la habitación. En el ascensor recibió otro mensaje del mismo número desconocido. Decía: Perdona el mensaje de anoche. ¿Estabas dormido? Mucho tiempo que no te escribía. ¿Qué tal estás?&lt;br /&gt;            Elías leyó el mensaje y luego el que había recibido de madrugada. Le llamó la atención que no hubiera abreviaturas, cada letra en su lugar, y los signos de interrogación al principio y al final de las preguntas. Soñaba contigo, releyó. Me he despertado buscándote. Apagó el teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el bar el camarero lo saludó por su nombre. Cuánto tiempo, dijo.&lt;br /&gt;            Hace mucho tiempo de todo, dijo Elías, sentándose en un taburete y tocando la fría barra de aluminio.&lt;br /&gt;            Qué tal estás.&lt;br /&gt;            Bien.&lt;br /&gt;            Estás más delgado.&lt;br /&gt;            Putas y cocaína.&lt;br /&gt;            ¿Cómo?&lt;br /&gt;            Putas y cocaína. Por eso estoy más delgado.&lt;br /&gt;            El camarero sonrió. ¿Qué quieres?&lt;br /&gt;            Una cerveza.&lt;br /&gt;            El camarero le puso un botellín y unas aceitunas y Elías sacó el libro y el paquete cigarrillos y se puso a fumar y a leer y a beber. Bebía un segundo botellín cuando entró Luis en el bar. Llevaba una chupa de cuero ajada y pantalones de chándal. Hombre, dijo al verlo. Elías.&lt;br /&gt;            Hola.&lt;br /&gt;            Cómo tú por aquí.&lt;br /&gt;            Elías se encogió de hombros. Ya ves.&lt;br /&gt;            Dame un piti, ¿no?, le dijo.&lt;br /&gt;            Elías cogió el paquete y le pasó un cigarrillo. Luis se lo puso en la boca y al sacar un mechero del bolsillo de la chupa Elías vio la esquina de un paquete de Marlboro.&lt;br /&gt;            ¿Dónde está el niño?, preguntó.&lt;br /&gt;            Luis dio una calada, sonriendo con un montón de dientes. Está con su abuela, dijo. Yo un rato bien, pero mucho me agobio con el crío.&lt;br /&gt;            Elías no dijo nada, cogió el botellín y pegó un trago.&lt;br /&gt;            ¿Cómo está tu madre?&lt;br /&gt;            Bien.&lt;br /&gt;            ¿Y Raquel? Hace mazo que no la veo.&lt;br /&gt;            Sonreía mucho, sólo con la boca, y Elías le pudo ver el sarro en los dientes y empastes negros en las muelas.&lt;br /&gt;            Ella está mejor todavía.&lt;br /&gt;            Claro, claro.&lt;br /&gt;            Luis miró las cosas que había sobre la barra. Extendió la mano y toqueteó el libro. ¿Qué lees?, preguntó. ¿&lt;em&gt;Nueve cuentos&lt;/em&gt;? ¿Esto qué es, de princesitas y eso, érase una vez y esa mierda?&lt;br /&gt;            Luis, dijo el camarero. Tranquilo.&lt;br /&gt;            Si no estoy haciendo nada. ¿Verdad, Elías?&lt;br /&gt;            Elías no dijo nada. Le cogió el libro y lo devolvió a la barra.&lt;br /&gt;            No me gusta cómo me miras, dijo Luis.&lt;br /&gt;            No te miro de ninguna manera.&lt;br /&gt;            Te lo he dicho muchas veces. No me gusta cómo me miras.&lt;br /&gt;            Luis, dijo el camarero.&lt;br /&gt;            No me gusta tu puta cara, ¿sabes?&lt;br /&gt;            Ya no sonreía. Seguía enseñando un montón de dientes.&lt;br /&gt;Elías tragó saliva, afianzó los dedos en el botellín. Por mí te puedes ir a tomar por culo, dijo.&lt;br /&gt;Luis le pegó un puñetazo en la cara. Elías golpeó a ciegas con el botellín. El taburete se cayó, Elías trastabilló hacia atrás, se apoyó en la barra con la mano libre. Miró a Luis. Estaba a un par de pasos, tocándose la sien, mirando la sangre con los ojos muy abiertos. Hijo de puta, dijo. Se le echó encima. Elías golpeó con el botellín y esta vez le estalló en la mano. Luis retrocedió, sus ojos eran todo blanco, le sangraba la cabeza. Elías se sacudió la mano de cristales rotos y espuma de cerveza. Cerró los puños. Luis se cayó de espaldas, desmadejado. Elías se acercó a él. El camarero, que había salido de la barra, se interpuso.&lt;br /&gt;No, dijo. Déjalo ya.&lt;br /&gt;No voy a hacerle nada.&lt;br /&gt;No te acerques.&lt;br /&gt;El camarero se inclinó sobre Luis. La sangre manaba muy oscura y muy despacio con cada pulso. Le cubría media cara. Había un colgajo de cuero cabelludo. Elías recogió sus cosas de la barra. Pírate de aquí, dijo el camarero. Voy a llamar a la puta policía, joder.&lt;br /&gt;Elías salió a la calle. Le dolía mucho la mano pero no tenía ningún corte. La flexionó un par de veces. Le dolía la mandíbula y le dolía el oído. Subió al piso de su madre. Raquel le abrió la puerta, le miró y dijo: Pasa.&lt;br /&gt;Le miró otra vez. ¿Qué te ha pasado?&lt;br /&gt;Me he dado un golpe.&lt;br /&gt;¿Un golpe?&lt;br /&gt;Un golpe, sí.&lt;br /&gt;Entró en el piso. En el salón dijo: Ve a por el niño.&lt;br /&gt;¿Cómo?&lt;br /&gt;Que vayas a por el niño. Está con su abuela.&lt;br /&gt;Por dios, dijo Raquel cubriéndose la cara con las manos. Te has vuelto a pegar con Luis. Te has vuelto a pegar con Luis.&lt;br /&gt;Algo así.&lt;br /&gt;Te va a matar, dijo Raquel. Un día te va a matar. Me lo dijo una vez, me dijo que te iba a matar.&lt;br /&gt;Raquel, ve a por el niño.&lt;br /&gt;Raquel descolgó su abrigo de la percha de la puerta, se abrazaba el cuerpo con un brazo conteniendo un sollozo. No puede ser, se decía. No puede ser siempre así.&lt;br /&gt;Elías abría y cerraba la mano. Le dolían los dedos.&lt;br /&gt;Vete de una vez.&lt;br /&gt;Quédate con mamá.&lt;br /&gt;Sí, sí.&lt;br /&gt;Raquel salió dando un portazo. Se escuchó el sollozo, corto y amargo, de una chica que había aprendido a llorar lo imprescindible.&lt;br /&gt;Elías deambuló por el salón como si buscara algo. Movió una fotografía del mueble, corrigiendo el ángulo. Abrió un cajón, lo cerró. Le temblaban las piernas. Escuchó un gemido por el pasillo. Fue al cuarto de sus padres. Su madre tenía los ojos cerrados y hacía una mueca de dolor.&lt;br /&gt;Mamá, dijo.&lt;br /&gt;Su madre no respondió. Elías se sentó a su lado. ¿Te duele, mamá?&lt;br /&gt;Su madre abrió los ojos. Carlos, dijo.&lt;br /&gt;No, mamá, soy Elías.&lt;br /&gt;Carlos, insistió su madre. ¿Dónde están los niños?&lt;br /&gt;Papá no... Mamá, papá ya no está.&lt;br /&gt;¿Dónde están los niños, Carlos?&lt;br /&gt;Están en la calle, dijo, con voz ronca. Están jugando.&lt;br /&gt;Ah, dijo su madre. ¿Están bien?&lt;br /&gt;Sí. Están muy bien. Muy bien.&lt;br /&gt;¿Por qué lloras?&lt;br /&gt;No estoy llorando, dijo Elías y parpadeó para aclarar el mundo que se había vuelto borroso y le quemaba los ojos como si fuera agua de mar.&lt;br /&gt;Guadalupe, dijo.&lt;br /&gt;Qué.&lt;br /&gt;Estás enferma, ¿lo sabes? Tienes cáncer de estómago y no pueden curarte.&lt;br /&gt;Su madre apretó los labios, parpadeó, respiró despacio.&lt;br /&gt;Te vas a morir, pero no te va a doler nada. Quiero que lo sepas. No te va a doler nada.&lt;br /&gt;Ella puede que lo escuchara o puede que no porque su rostro no mostró ninguna expresión, ningún gesto.&lt;br /&gt;Te lo prometo, no te va a doler. Cuando pase, ni te enterarás.&lt;br /&gt;Su madre giró la cabeza para mirarlo a los ojos.&lt;br /&gt;No llores, mi niño, dijo. Nadie en el mundo te quiere más que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche, en su piso, no encendió las luces. Se movió en la claridad que entraba desde la calle. Tiró el abrigo en la cama y se sentó para quitarse las botas. El teléfono móvil se había deslizado fuera del bolsillo del abrigo y Elías lo cogió y lo encendió. Tenía dos llamadas perdidas del número desconocido. Lo miró un buen rato. Lo miró un rato largo, pensando, hasta decidirse. Pulsó el botón. Se llevó el teléfono al oído. Escuchó. Aceptaron la llamada, al otro lado, tras tres tonos. Ningún dígame, ningún hola, ningún saludo. Sólo un rumor de coches, de calle, de viento. Elías esperó, contó hasta cinco, y luego dijo: No sé quién crees que soy, pero no lo soy.&lt;br /&gt;            Al otro lado, unos pulmones exhalaron, jadearon.&lt;br /&gt;            No soy yo, insistió. Tienes... Tienes que seguir, tienes que dejar esto atrás. No... No puede ser siempre así.&lt;br /&gt;            Un expiro, un suspiro, un jadeo.&lt;br /&gt;            Todavía te quiero, dijo ella. Todavía.&lt;br /&gt;            Elías cerró los ojos con fuerza. No, no, dijo. Veía luminiscencias como lejanos fuegos artificiales. No es eso, quiero decir que...&lt;br /&gt;            Quiso decirle: Nadie va a salvarte. Nadie va a venir por ti. No importa lo mucho que quieras, no importa lo mucho que ames. Todo está perdido. Sólo quedas tú. Es lo único que tienes, es lo único que cuenta. Tú, tú, tú. Es lo único que podrá salvarte y salvar todo lo demás. Ningún mensaje desesperado de madrugada va a conseguirlo. Sálvate. Sálvate, por dios.&lt;br /&gt;            Todavía pienso en ti, dijo ella.&lt;br /&gt;            Elías abrió los ojos.&lt;br /&gt;            Es un número equivocado, dijo. No vuelvas a llamar.&lt;br /&gt;            Colgó el teléfono. Se echó hacia atrás en la cama, miró al techo con los ojos muy abiertos. La pantalla del teléfono brilló unos instantes, titiló, se apagó, y ya no quedó ninguna luz en la habitación.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-5746220669912621833?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/5746220669912621833/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=5746220669912621833' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/5746220669912621833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/5746220669912621833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/03/un-nmero-desconocido.html' title='un número desconocido'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116946938710502992</id><published>2007-01-22T13:32:00.000+01:00</published><updated>2007-01-23T22:25:00.876+01:00</updated><title type='text'>el sol de invierno</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;em&gt;un relato&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las cafeterías sólo se llora cuando te rompen el corazón. Y no se llora a solas, se sale a la calle, cuando no puedes controlar el arrebato, y lloras haciendo como que miras un escaparate, las manos alrededor del rostro como si te molestara el sol, o caminas con prisa, mirando al suelo y los lamentos los disimulas con toses, con gruñidos, con carraspeos y te frotas los ojos como si se te hubiera metido algo. O lloras en tu casa, donde nadie te vea, y lloras a gusto, lloras como se debe llorar, sonándote los mocos y haciendo mucho ruido. Por eso me llamó la atención cuando entré en la cafetería. Estaba sola y estaba llorando. Tenía unos veintitantos años, el pelo negro. Las manos junto a la taza de café. Las mejillas húmedas y los ojos rojos, un pelo solitario adherido al pómulo, mojado. La puerta se cerró a mi espalda y ella levantó la mirada y me vio. Giró el rostro y se pasó la palma de la mano por la cara, arrasando las lágrimas, y con la otra fingió buscar algo dentro de su bolso. Yo me hice el desentendido, que es lo que hago en estos casos, y fui a la máquina de tabaco y compré un paquete. Al irme me detuve a mirar un expositor de pasteles, o hice como que lo miraba, y la observé de reojo. Se había puesto unas enormes gafas de sol e inclinaba el rostro sobre el café. No sé si seguía llorando. Estaba muy seria. Me recordó a la vez que descubrí que Violenne no me quería. Era una cafetería parecida, quizá un poco más sórdida, y ella me tomaba de las manos y estaba llorando, y yo también, no podía evitarlo. Un poco, lo justo. Pero fueron unas lágrimas dignas, creo. Hay muchas formas de llorar, muchas, y ella y yo nos las arreglamos bien. Aquella vez, por lo menos.&lt;br /&gt;Salí de la cafetería y crucé la calle y entré en la librería donde trabajaba. Aquel día no me tocaba trabajar, pero yo me pasaba igual. No tenía mucho que hacer. Compraba y vendía libros de segunda mano y los que me gustaban me los llevaba a casa y el jefe me los descontaba del sueldo. Era un trabajo de mierda, mal pagado, pero me pasaba el día leyendo y tenía libros baratos y eso lo convertía en el mejor trabajo que había tenido nunca. Por las noches me iba a casa y escribía. Por las mañanas escribía un poco más y me iba al trabajo. Y vuelta a empezar.&lt;br /&gt;Al salir de la librería un rato después, con una edición de &lt;em&gt;Las palmeras salvajes&lt;/em&gt; traducida por Borges metida en la mochila, volví a verla. En un paso de cebra, esperando a que el semáforo cambiase de color, haciendo girar la ruedecilla de un mechero, sin éxito. Llevaba todavía las gafas de sol y un cigarrillo le colgaba de los labios. Se arrebujaba dentro de un abrigo azul oscuro, largo y parecía al borde de la histeria. No sé qué me pasó, porque yo no hago cosas así. Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que no me gusta la gente. No la gente en sí. Conocer gente. Relacionarme con gente. No es que sea un antisocial o un eremita, es que odio ese momento, esa tierra de nadie, en que un desconocido todavía no acaba de definirse, de ser una cosa u otra. No sé si me explico. Antes me producía ansiedad. Ahora me produce tedio. Pero el caso es que me acerqué, busqué mi mechero y le dije toma, cógelo.&lt;br /&gt;A lo mejor fue porque ella era guapa. Recuerdo que me miró, de arriba abajo, detrás de esos cristales negros tan grandes, y que no dijo nada. Se quedó como pasmada, el cigarrillo casi desprendido de los labios.&lt;br /&gt;Le enseñé el mechero. Fuego, dije.&lt;br /&gt;Ella extendió la mano, los dedos blancos y finos, y cogió el mechero. Giró la ruedecilla y la llama se reflejó duplicada en sus gafas y encendió el cigarrillo y también se reflejaron las volutas de humo. Gracias, dijo. Me devolvió el mechero.&lt;br /&gt;Y si ya era raro que yo hubiera hecho eso fue más raro lo que hice después.&lt;br /&gt;¿Estás bien?, le pregunté.&lt;br /&gt;Y pasó lo que tenía que pasar.&lt;br /&gt;No, dijo ella. Me he perdido.&lt;br /&gt;Ah, dije, maldiciéndome por preguntar. ¿Adónde quieres ir?&lt;br /&gt;Ella dio una calada y sopló el humo. Se apartó un mechón de pelo de la cara.&lt;br /&gt;No lo sé.&lt;br /&gt;Ah, repetí. Señalé calle abajo. El metro está por allí, le dije. A la vuelta de la esquina.&lt;br /&gt;Ella miró en esa dirección. Fumaba con caladas profundas, lentas. Temblaba un poco. El metro, dijo, pensativa.&lt;br /&gt;Está ahí al lado.&lt;br /&gt;Me voy a perder, dijo.&lt;br /&gt;No, no, es ahí mismo. Si quieres te acompaño.&lt;br /&gt;Ella volvió a mirarme, con aquellos ojos invisibles, las pantallas de cristal especular y enorme Le daban un aspecto extraño, de insecto futurista. Bueno, dijo.&lt;br /&gt;Vale, dije. Pero no nos movimos.&lt;br /&gt;El semáforo cambió de color y la gente empezó a rodearnos y ella miró a los lados, alarmada, y dijo vamos, vamos. Fuimos por la acera, uno junto al otro. Ella caminaba deprisa y a mí me costaba seguirle el paso, con los faldones de mi abrigo desastrado dándome en los muslos y la mochila botando al hombro. Eh, espera, le dije.&lt;br /&gt;Ella refrenó el paso para mirarme. ¿Me conoces?, preguntó.&lt;br /&gt;Creo que no, dije. ¿Eres del barrio?&lt;br /&gt;Ella sonrió, una sonrisa débil, pálida, como un sol de invierno.&lt;br /&gt;No, dijo.&lt;br /&gt;Me sentí un poco tonto. A lo mejor me preguntaba si nos conocíamos de otra vida, un rollo místico, kármico, algo así. A lo mejor estaba así de zumbada. Me empecé a agobiar, a sentir atrapado.&lt;br /&gt;Me he cortado el pelo, dijo. Y teñido de negro.&lt;br /&gt;Te queda bien.&lt;br /&gt;No sabes cómo me quedaba antes.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. Pero te queda bien, dije. No tiene nada que ver.&lt;br /&gt;¿No sabes quién soy?&lt;br /&gt;No, no lo sé.&lt;br /&gt;Ella asintió y siguió caminando. No dijimos nada más hasta que llegamos a la boca del metro. Aquí es, le dije.&lt;br /&gt;Ella volvía a estar nerviosa. Le apuró unas caladas rápidas al cigarrillo y lo tiró al suelo para pisarlo. Me fijé que llevaba unos pantalones negros y los pies, pies muy pequeños, estaban metidos en una especie de zapatitos de niña, de uniforme escolar, con cierre de hebillas.&lt;br /&gt;Es que no sé adónde quiero ir, dijo.&lt;br /&gt;Me rasqué la cabeza, desesperado.&lt;br /&gt;¿De dónde vienes?, pregunté.&lt;br /&gt;Del centro. Vine en autobús.&lt;br /&gt;En autobús.&lt;br /&gt;Sí. Me había cansado de caminar. No sabía qué hacer.&lt;br /&gt;Le señalé el mapa junto a las escaleras. A ver, dije. Si coges esta línea...&lt;br /&gt;Me da miedo el metro, dijo.&lt;br /&gt;¿Qué?&lt;br /&gt;Me da miedo. No me gusta.&lt;br /&gt;La miré, respirando hondo.&lt;br /&gt;Te da miedo.&lt;br /&gt;Sí, dijo y echó mano a su bolso y sacó un paquete de Nobel y se puso uno en la boca. Rebuscó y sacó el mechero e hizo girar la ruedecilla. Cuando no pasó nada, lanzó con gritito tras los labios apretados. Estoico, le alcancé mi mechero. No me dio las gracias. Encendió el cigarrillo y guardó los dos mecheros en su bolso, sin darse cuenta. No le dije nada.&lt;br /&gt;¿Vives por aquí?, preguntó.&lt;br /&gt;Sí, dije y me arrepentí de haberlo dicho.&lt;br /&gt;Necesito estar en algún sitio, necesito... No sé... No sé qué hacer.&lt;br /&gt;Esto lo dijo con seriedad, sin temblores, como quien enuncia un dilema casual sobre el primer plato en un restaurante. Y debajo una desesperación absoluta, feroz.&lt;br /&gt;Si quieres podemos tomar algo. Un café, un té...&lt;br /&gt;Sí, sí. Por favor.&lt;br /&gt;Fue porque era guapa, creo que sí. A una fea no le hubiera aguantado tanta marcianada, me temo. A ratos soy así de previsible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cafetería, otra cafetería, se tranquilizó. Pidió una manzanilla y yo un café con leche. Ella no probó su infusión, pero rodeaba la taza con las manos como extrayéndole el calor. Apenas las separaba para fumar o para apartar algún mechón distraído de su rostro. Los ojos detrás de las gafas eran ambarinos, un poco rasgados. Bonitos. No habló mucho. Hablé yo casi todo el tiempo. Esto también era muy raro porque yo no suelo hacerlo. Le hablé de la librería. Le hablé de &lt;em&gt;Las palmeras salvajes&lt;/em&gt;, le dije que ya lo había leído con otra traducción y que ahora quería compararlas. Le hablé de lo que escribía y le dije que estaba terminando una novela, lo que era mentira. Le hablé de muchas cosas. Ella me preguntó dónde vivía y se lo dije. A un par de calles, en un edificio viejo. Le hablé de los escalones de madera que crujían y del ascensor que nunca funcionaba y del olor que a veces flotaba en el rellano, un olor a comida, a pan caliente. Le hablé de un montón de cosas. De mi cafetera. De mis mantas con agujeros. Del traqueteo de las lavadoras los sábados por la mañana. Mientras hablaba era un poco como si me mirase desde fuera, preguntándome qué estaba haciendo. Cómo podía estar hablando tanto, yo, que solía callar y hacer como que escuchaba en estas situaciones, pensando en mis cosas, pensando en escribir, pensando en irme a casa. Hablé hasta quedarme sin aliento y ella escuchaba, asintiendo, emitiendo monosílabos. Hablé durante mucho tiempo, hasta que no pude más y me quedé con las manos al borde de la mesa, el café frío en la taza, esperando a ver qué hacía. Ella se quedó callada por lo menos un minuto, un minuto eterno, y creo que fue ahí donde percibí lo guapa que era, lo guapa que era en realidad, más allá de sus facciones correctas, de su corte de pelo, del jersey gris que resaltaba discretamente sus formas. Me quedé sin aliento. Sonó un teléfono móvil. Ella buscó en su bolso y sacó un aparato de aspecto caro, quizá una PDA. Miró la pantalla y sus párpados se agitaron. Apagó el aparato. Dijo: ¿Podemos ir a tu casa? No quiero estar sola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De mi piso me avergonzaba todo. Nunca tenía visitas y la dejadez me había ganado. Había pelusas en las esquinas, ropa arrugada en las sillas, platos sucios en el fregadero. A ella no parecía importarle. Entró en el salón y se quedó plantada frente al sofá, sin mirar nada en particular.&lt;br /&gt;¿No tienes televisión?, preguntó.&lt;br /&gt;No, dije.&lt;br /&gt;¿Por qué?&lt;br /&gt;No sé, respondí. No tengo dinero.&lt;br /&gt;¿Desde hace mucho?&lt;br /&gt;Desde hace unos meses. Desde el verano.&lt;br /&gt;¿Y radio?&lt;br /&gt;Tampoco.&lt;br /&gt;Ah, dijo, como si se explicase algo. Me miró. ¿Tienes pareja? Quiero decir, ¿vives solo?&lt;br /&gt;Sí, dije.&lt;br /&gt;Es un piso grande.&lt;br /&gt;No pensaba vivir solo cuando lo alquilé, reconocí, incómodo. Pensaba vivir con una chica.&lt;br /&gt;Una chica, dijo ella.&lt;br /&gt;Francesa, puntualicé sin saber por qué.&lt;br /&gt;¿Dónde está ella?, preguntó. No se había movido, ni quitado el abrigo ni descolgado el bolso del hombro, parecía una esfinge, con sus acertijos irresolubles, sólo que ésta planteaba preguntas de respuestas fáciles pero dolorosas.&lt;br /&gt;Está en Francia.&lt;br /&gt;¿Tuvo que irse?&lt;br /&gt;Quiso irse.&lt;br /&gt;Ella asintió, como si comprendiera.&lt;br /&gt;¿Quieres comer algo?&lt;br /&gt;Da igual.&lt;br /&gt;No tengo mucho, unas latas de sardinas, pero si quieres...&lt;br /&gt;No como mucho. Me da igual.&lt;br /&gt;Yo sí comía mucho, dije. Ya no.&lt;br /&gt;Ella se estaba desabrochando el abrigo. Había dejado el bolso en el sofá.&lt;br /&gt;¿Por qué ya no?&lt;br /&gt;No lo sé. No me apetece.&lt;br /&gt;¿No tienes hambre?&lt;br /&gt;Hambre sí. Pero no apetito.&lt;br /&gt;¿Y qué haces cuando tienes hambre?&lt;br /&gt;Fumo, dije.&lt;br /&gt;Ella me miró de arriba abajo, como había hecho cuando le ofrecí el mechero.&lt;br /&gt;Por eso te queda la ropa grande, dijo.&lt;br /&gt;Por eso, admití.&lt;br /&gt;Traje las latas y unos tenedores y comimos. Afuera atardecía, un crepúsculo grisáceo, mortecino. No hablamos, comimos poco. Las farolas se encendieron en la calle y arrojaron rectángulos de luz en el salón. Encendí la lámpara. Sabía que ella iba a preguntármelo antes de que lo hiciera. ¿Puedo pasar aquí la noche? Sí, le dije. Encontré un mechero entre los cojines del sofá y encendí dos cigarrillos. Fumamos mirando las caprichosas disposiciones del humo, cómo se fundían unas bocanadas con otras, como ver el movimiento de las galaxias en avance rápido.&lt;br /&gt;No voy a poder dormir, dijo ella.&lt;br /&gt;¿Por qué?&lt;br /&gt;No tengo mis pastillas.&lt;br /&gt;Yo he padecido todos los trastornos del sueño que existen, dije. Insomnio, disomnia, parasomnia...&lt;br /&gt;¿Qué pastillas tomas?, preguntó ella, sentada en el sofá, como desfallecida, una mano acariciando la funda algo raída de los cojines.&lt;br /&gt;Nada.&lt;br /&gt;¿Nada?&lt;br /&gt;Va y viene, expliqué. Espero a que se pase, como con el hambre. Fumo mucho, leo, escribo... Me encogí de hombros. No le hablé de las veces que despertaba de madrugada, tras descabezar un primer sueño frágil y leve, de las horas que se deslizaban agónicas, llenas de malos pensamientos, de presagios funestos, de las veces que se me crispaban los puños sobre el rostro, horrorizado, alucinado, ni de los terrores nocturnos, las veces que despertaba en medio de la noche con un grito, viendo ratas en las sábanas o extraños desfilando por la habitación. Eso había cambiado. Dormía pocas horas, pero las dormía, y mis sueños, cuando los recordaba, eran tediosos, molestos, mapas que no dejaban de desdoblarse, carreras que nunca podía ganar, escaleras mecánicas que ni subían ni bajaban. Una vez soñé que Violenne me llamaba desde Marsella y me decía que su novio se había liado con su hermana, la de Violenne, y yo hacía bromas y ella se reía y no podía recordar si Violenne tenía una hermana, lo pensaba una y otra vez y nunca estaba seguro. Lo recordé al despertar. No la tenía.&lt;br /&gt;Insomnio, dijo ella. Yo no tengo insomnio. Sólo me tomo las pastillas que me dan y me quedo dormida. Por eso no voy a poder dormir. Porque no tengo las pastillas.&lt;br /&gt;Ajá, dije, temiendo que se perdiera en un pensamiento circular.&lt;br /&gt;Se masajeó las sienes. El pelo le caía en mechones por entre los dedos y la luz de la lámpara le arrancaba reflejos azulados, de ala de cuervo. Era un pelo bonito, lo tuviera como lo tuviera antes. Es bueno escribir, dijo. Si es lo que te gusta hacer. A mí me hubiera gustado ser actriz. Hice una obra de teatro en el instituto. Hice más de una. Pero no era buena, no se me daba bien. Pero me hubiera gustado ser actriz. Ser otra persona, ¿entiendes? Un rato por lo menos... No voy a poder dormir, dijo. Tenía los ojos cerrados.&lt;br /&gt;Me levanté sin hacer ruido y saqué una de mis mantas con agujeros del armario de la habitación. Era la que mejor estaba, sólo un poco deshilachada en los bordes y con un par de agujeros por los que colar el dedo en el centro. Era roja y negra como una falda escocesa. Volví al salón. Ella se había quitado los zapatos y escondido las piernas debajo del cuerpo, una de esas posiciones que sólo las chicas jóvenes parecen encontrar cómodas, y le eché la manta por encima. Gracias, dijo. Me senté a su lado y fumé un par de cigarrillos mientras ella se quedaba dormida, respirando lenta y regularmente, como un fuelle lánguido, suave. Me parecía inapropiado irme a la cama. Debería haberle dicho que durmiera en ella, y yo quedarme en el sofá y ahora me sentía culpable. Así que, por una solidaridad tozuda e idiota pero inapelable, apagué la lámpara, cogí un extremo de la manta y me tapé un poco y me preparé para pasar mala noche. El salón era amarillo bajo la luz de la calle y flotaba una niebla fina de cigarrillos. Nunca me duermo tan temprano, me decía. Me voy a pasar la noche así, despierto, incómodo, con una loca roncando al lado, y diciéndome estas cosas me fui quedando dormido, profundamente, y si hubo malos sueños no los recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me despertó ella. Con una caricia larga que seguía la curva de mi ceja y continuaba por la sien y la línea del cuero cabelludo. Abrí los ojos. Me estaba mirando y ahora la caricia me recorrió el pómulo y la mejilla, lenta, cuidadosa, hasta la mandíbula sin afeitar. El roce de sus yemas sobre el vello de lija. Hola, farfullé.&lt;br /&gt;Hola, dijo ella. No sé cómo te llamas.&lt;br /&gt;Se lo dije.&lt;br /&gt;Yo me llamo María.&lt;br /&gt;Hola, María.&lt;br /&gt;Sonrió. Era muy temprano, amanecía. Una luz pálida, desvaída, como el frío que me había calado en los huesos. ¿Quieres desayunar?, le dije.&lt;br /&gt;Sí. ¿Dónde está el baño?&lt;br /&gt;Mientras ella hacía sus cosas, yo me desperecé, crujiendo las articulaciones como engranajes oxidados, y fui a mi habitación. Busqué la ropa que estuviera menos arrugada y gastada y me cambié deprisa, sin poder sacarme el frío de encima. Cuando ella salió del cuarto de baño no tenía el aspecto de haber dormido en un sofá y de llevar la misma ropa que el día anterior. Ni una arruga, ni un cabello fuera de su sitio, ni rastro de ojeras. Para mí todo tenía una textura onírica, irreal, incluso mi cara en el espejo cuando me lavaba la cara, incluso el agua en mis manos. Todo es un sueño, me dije. Todo es un sueño.&lt;br /&gt;Bajamos a la calle. Los bares acababan de abrir. Dos cafés con leche, dos cigarrillos. Ella me habló de las pastillas. Dijo que no le quitaban el miedo, pero que hacían que no le importase. Que no le importase nada. Que iba de un lado para otro sin entender lo que le decían, respirando por inercia, comiendo por obligación. Dijo que unas pastillas hicieron que engordase y que ésas se las dejaron de dar. Dijo que a veces prefería el miedo, prefería que le importase algo aunque fuera eso. ¿Qué vamos a hacer hoy?, preguntó.&lt;br /&gt;Ir a trabajar, dije.&lt;br /&gt;Le gustó la librería. Se pasó media mañana hojeando libros de fotografía, mirando ilustraciones, silenciosa. Sonreía a ratos y canturreaba melodías que no reconocí. Estuve abriendo cajas de libros viejos, colocándolos en las estanterías. Encontré dos ediciones decentes de &lt;em&gt;El largo adiós&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;Ada o el ardor&lt;/em&gt; y las guardé en mi mochila.&lt;br /&gt;En un momento la tienda se llenó de clientes, lo que no era difícil porque era un sitio pequeño, y ella volvió a ponerse nerviosa y dijo que se iba a dar una vuelta. Algunos clientes la miraban de reojo, me fijé, pero no le di mayor importancia. Era guapa como para atraer miradas. La miré irse y pensé que no volvería a verla. Estaba seguro de ello. Hubiera sido lo más apropiado. Como llegó se fue. Una historia para contar de vez en cuando. La chica guapa y atribulada, la aparición misteriosa, que se esfumó sin más. Hizo puf y ya no estaba. La chica que lloraba en la cafetería y de la que nunca supe más. Así es como debían de ser las cosas y así las prefería. Podría volver a mi rutina, a mi piso viejo, a mis libros, a mis escritos, a mis miedos tranquilos y mis pastillas secretas. Me forcé a sonreír y a apilar libros, a copiar los ISBN en el ordenador, como todos los días, satisfecho de ser quien era, satisfecho de hacer lo que hacía, lejos de la pena, la desesperación y la extrañeza que la vida se empeñaba en cruzarme.&lt;br /&gt;Apareció una hora después.&lt;br /&gt;Hola, dijo, quitándose las gafas de sol.&lt;br /&gt;Mi suspiro de alivio, discreto, silencioso, fue como si se desanudase algo en mi interior que ni si quiera sabía que llevaba anudado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dedicamos la tarde a pasear por el barrio. Había ganado locuacidad, habló de un montón de cosas, de las obras de teatro en las que había hecho papeles secundarios, de un melocotonero en el jardín de sus abuelos, de veranos largos en algún lugar al sur, de una bicicleta azul, de un vestido verde. Yo caminaba a su lado, con las manos metidas en el abrigo. Soplaba un viento desapacible, frío, que se enredaba en su pelo y ella se lo colocaba, distraída, con un pase rápido de los dedos, un gesto de prestidigitador, mechones que aparecen y desaparecen, nada por aquí, nada por allí, como si nunca se hubiera despeinado.&lt;br /&gt;Llegamos a un parque. Una hilera de árboles, todavía provistos de hojas, susurraba al viento y lo detenía y había bancos de hierro forjado y madera y una pista circular de albero con un tobogán, un balancín y unos columpios. Un par de niñas, forradas con abrigos y bufandas y guantes de lana, se columpiaban y lanzaban grititos, como los gañidos de un pájaro. Una señora, su abuela quizá, las empujaba con delicadeza.&lt;br /&gt;Me quiero columpiar, dijo María. Los ojos le brillaban y sonreía, de nuevo esa sonrisa peculiar, distante y melancólica.&lt;br /&gt;Pues vamos, le dije.&lt;br /&gt;No, espera a que terminen ellas.&lt;br /&gt;Le ofrecí un cigarrillo pero no lo quiso. Encendí uno y lo fumé mientras ella vigilaba los columpios y se miraba los pies, dibujando círculos, garabatos, con la punta de su zapato de hebilla. Eres preciosa, le dije.&lt;br /&gt;Ella esbozó una de sus sonrisas, mirando al suelo, y no dijo nada. Siguió dibujando, triángulos, símbolos, una cábala inescrutable. Las niñas se fueron. Vamos, le dije. Apresuró el paso y se sentó en uno de los columpios, seria, concentrada.&lt;br /&gt;¿Quieres que te empuje?&lt;br /&gt;No hace falta, dijo. Estiraba y contraía las piernas y subía y bajaba y su pelo se desordenó y su abrigo se infló y su expresión era seria, concentrada y cada vez iba más deprisa y subía más alto y yo me apoyé en uno de los tubos de metal, una mano en la cadena de un columpio, otra en el cigarrillo y la miré ir y venir y pensé que hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación en el estómago, como si fuera con ella en el columpio, y me sentí un poco triste y a la vez contento. Eres un idiota, me dije. Un idiota. Las cadenas que sostenían el columpio chirriaban y crujían. El viento seguía hablando en los árboles. Aquí es cuando el tiempo se detiene. Aquí es cuando deja de moverse.&lt;br /&gt;Las niñas volvieron. Se reían. María puso los pies en la tierra, frenándose, y bajó del columpio. Sonreía, avergonzada. Las niñas la saludaron. Hola, hola, dijeron. Ella les hizo un gesto. La señora, su abuela, me sonrió como si compartiéramos un secreto, uno, en realidad, del que yo no tenía noticias.&lt;br /&gt;Nos alejamos de los columpios. ¿Te lo has pasado bien?, le pregunté.&lt;br /&gt;Sí, dijo ella. Todavía miraba al suelo. Se mordió el labio inferior, me miró y entonces levantó el rostro y me besó en los labios. Fue un beso superficial, un roce ligero, pero de alguna manera íntimo, turbador, el beso de viejos amantes, de cómplices, un beso que era la consecuencia de otros muchos, de una larga concatenación de besos que no existían, besos que no nos habíamos dado, pero allí estaban, contenidos todos en ese primero, tan perfecto, tan luminoso, tan indiscutible, besos que el tejido del mundo nos había escamoteado, pero anotados escrupulosamente en nuestro libro del debe, y que ahora nos devolvía con intereses.&lt;br /&gt;Mañana me tendré que ir, dijo.&lt;br /&gt;Cerré los ojos, mi frente contra la suya. Ya, ya, dije.&lt;br /&gt;Mañana, repitió. Sus manos sujetaron las mías.&lt;br /&gt;Escuchamos las risas de las niñas, dejándose caer por el tobogán. Volví a besarla y su boca sabía a café, o quizá era la mía, y había un lejano aroma a tabaco en su pelo. El viento, muy despacio, seguía meciendo los árboles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entramos en mi piso sin encender las luces. Llegó a mi cuarto, en la penumbra amarilla que pasaba bajo la persiana, y desabrochó su abrigo y lo dejó sobre la mesa del ordenador, donde yo escribía. La miré, en silencio, sabiendo que no podría recordar nada de aquello como se merecía, que lo recordaría como se recuerdan los sueños, modificado, impreciso, confuso, y ella se desvestía con lentitud, cada vez más blanca, más pálida, el frufrú de su ropa, las cremalleras, los cierres, la ropa interior casi refulgente, y luego la oscuridad de su pubis, las sombras de sus pechos. No hice nada, embebido por la parsimonia de sus gestos, y ella, desnuda ya, se metió entre las sábanas y mantas liadas de mi cama. Yo me desvestí, torpe y sin gracia, sintiéndome ridículo, indigno, y me metí con ella en la cama y me recibió con una caricia, la misma con la que me había despertado, palpando mi rostro, y yo acaricié el suyo y nos estuvimos acariciando, descubriendo al tacto los cuerpos, la ondulación de las costillas, la curva de la cadera, la suavidad oceánica de los muslos, sus manos y las mías, entretenidas en ese descubrimiento interminable, de la piel, los músculos, y hasta los huesos y los huesecillos que intuían bajo la carne, y su pelvis, sus caderas como asas perfectas, el vello corto y áspero en la palma de mi mano y un beso, un beso sostenido, tendidos de costado, y ella pasó una pierna sobre mí, abriéndose, y sus dedos me llevaron dentro y encontré ese sol de invierno que había entrevisto en su primera sonrisa, un sol suave, tierno, almizclado, que crecía al vaivén de los cuerpos, un fuego lento, como el pan caliente, y el beso que no cesa como no cesa el sol, como no cesan los días, como no cesan las noches y como no cesa el viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Háblame de ella, pidió.&lt;br /&gt;La madrugada se estaba acabando y yo hablé de ella, hablé de mí, hablé de nosotros. Le hablé de las promesas incumplidas, de los planes frustrados, de las cafeterías y los paseos donde iba encontrando las piezas rotas de nuestra relación, de cuando supe que no me quería, de cuando me dijo que no me quería, de cuando supe que no iba a volver. Le hablé de las noches de insomnio, de algunos llantos perdidos, de las más tristes llamadas telefónicas. Le dije que el pasado era un clavo ardiendo al que sólo un tonto se aferra, pero que tienes que quemarte mucho hasta darte cuenta. Le dije que costaba aprenderlo. Le dije que tenía cicatrices para recordarlo. Le dije muchas cosas que he olvidado. Cosas banales y cosas importantes. Ella no dijo nada. Ronroneaba contra mi pecho incapaz de quedarse dormida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente llamé al trabajo y les dije que no iba a ir, que estaba enfermo. Hicimos el amor dos veces más. Fumamos cigarrillos en la cama. Comimos latas de sardinas. Nos vestimos y bajamos a la calle y ella me contó que cuando era pequeña rellenaba los cuadernos de matemáticas con cifras al azar para que pareciera que había hecho los deberes y mientras lo decía los ojos se le llenaban de lágrimas y la voz le temblaba. No llores, le dije.&lt;br /&gt;No estoy llorando.&lt;br /&gt;Caminábamos de la mano. La gente nos miraba, la miraba a ella y sus ojos llorosos. En la boca del metro me sujetó por las solapas del abrigo y dijo: Ya no puedo besarte. Aquí no.&lt;br /&gt;La abracé y la apreté contra mi cuerpo. ¿Te dará miedo el metro?&lt;br /&gt;No, dijo. No, no.&lt;br /&gt;Nos separamos. Adiós.&lt;br /&gt;Adiós.&lt;br /&gt;Bajó las escaleras. Una corriente de aire esparció mechones de pelo por su frente y ella hizo su truco con sus dedos de tahúr y eso fue lo último que vi de ella. Me quedé un rato allí, con las manos en los bolsillos, y vi un par de chicas que me miraban y se daban con el codo, y entonces me di cuenta qué era lo que pasaba, por qué la miraba la gente. Claro, pensé. Claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descubrí quién era tres o cuatro días después, hojeando un periódico gratuito en el metro. Era una noticia pequeña y traía una foto pequeña de ella y un tipo alto y con un hoyuelo en la barbilla. Hablaba de un concierto suspendido por imprecisos motivos de salud. No decía quién era el tipo, lo daba por sabido. Salí del metro y me llevé el periódico a una cafetería, pedí un café con leche, encendí un cigarrillo y volví a leer la noticia, a mirar la fotografía. Tenía el pelo distinto, rubio, más largo. No le quedaba tan bien. Estuve mirando por la luna de cristal de la cafetería el tráfico que daba vueltas en una glorieta y pensando en Violenne y entonces me percaté de una cosa, una cosa que ya sabía desde hacía un tiempo pero que no había acabado de articularse. Fue una revelación tranquila, como si me diera un toquecito en el hombro y me dijera eh, fíjate.&lt;br /&gt;Ya no quería a Violenne. No es que me fuera indiferente, como otras mujeres que había amado, o que no le guardase todavía pequeños rencores, algunos cariños dispersos. Pero ya no la quería. Ni mucho ni poco. Tan sencillo como eso. Pensé en ella, en todo lo que había pasado, en todo lo que me había dolido. Luego pensé en otras cosas. Busqué en mi mochila &lt;em&gt;Ada o el ardor&lt;/em&gt; y comencé a leer desde la primera página. El tráfico siguió girando en la glorieta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-116946938710502992?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/116946938710502992/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=116946938710502992' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116946938710502992'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116946938710502992'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/01/el-sol-de-invierno.html' title='el sol de invierno'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116871110259563130</id><published>2007-01-13T18:53:00.000+01:00</published><updated>2007-01-13T19:28:40.506+01:00</updated><title type='text'>alquimia barata</title><content type='html'>La fotografía es del día después de la fiesta. Ligeramente en escorzo, la iluminación poco favorecedora muestra a un tipo que parece demacrado y enfermizo, de unos veintitantos años. Se le adivina resaca y poco sueño. Lleva un jersey negro y vaqueros gastados. Si no fuera por su mala pinta, si no fuera por su tos áspera de fumador compulsivo, si comiera un poco más y bebiera un poco menos, si perdiera el tono amarillento y hepático de su piel, si sus ojos no estuvieran tan hundidos en el rostro, si se peinara, si se afeitara la barba trasnochada, como un bozal oscuro o una máscara incompleta, no lo mirarías dos veces por la calle, no pondrías tus ojos sobre él en el vagón del metro y te preguntarías qué se está metiendo. La foto está tomada a traición y se percibe en el gesto de rechazo de la mano a medio alzar. Se está volviendo para abandonar la habitación. Frunce el ceño y aprieta los labios. Se ve un fragmento de una estantería y de la pared blanca, la esquina de un póster azul recuerdo de un festival de música electrónica. Se llama Javier Alvargonzález. Sus amigos le llaman Javo. La primera vez que vi la foto fue en la pantalla de la cámara de Palma. Mira qué guapo, dijo con una mueca. La segunda vez colaba una copia impresa entre las páginas de &lt;em&gt;Jóvenes hombres lobo&lt;/em&gt;. Por más que la miro no logro reconocerme en el tipo retratado. No tiene que ver con encontrar de pronto la cara y la expresión que realmente tienes y no la que ensayas delante del espejo. Es otra cosa. Más complicado, más retorcido. Si las cámaras pueden aprisionar el alma de las personas ésta ha capturado la de algún otro. Es mi rostro. Es mi gesto. No soy yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El libro y la fotografía. Regalos de despedida. Ya no dormiré más en el sofá de Palma. Me mudo al otro lado de la calle. El piso tiene los suelos de madera. Tarima flotante alabeada. Crujen los pasos. En mi cuarto hay una cama, un canapé en realidad, y una mesita de noche que no es más que una cajonera de plástico que sostiene un flexo gris con el tallo doblado casi por completo y la pantalla abollada. La bombilla tiene polvo y manchas. Nada más. Una extensión marrón e interminable hasta la ventana. No es grande, pero lo parece. El armario huele a naftalina. Los radiadores borbotean en las paredes y desprenden un calor lejano e insuficiente. Acumulo mantas en el canapé cuyo peso soy incapaz de vencer por las mañanas. Hay muestras de bricolaje guerrillero por todo el piso. Bombillas peladas en el cuarto de baño y cables sujetos con cinta aislante. Muebles rescatados de la basura los jueves noche. Mis compañeros son un chaval con unas enormes gafas pasadas de moda y que trabaja en algo que no logra definir con exactitud pero que tiene que ver con informática y telecomunicaciones. El otro, Mariscal, es el amigo de un amigo de Palma. Flaco, alto, barba de tres días. Cuando lo conocí se enfundaba en una cazadora con pinta de excedente militar de los años cuarenta y ya entonces me pareció que tenía algo luciferino y malvado. Hacía mucho frío, esperaba en el portal de su casa y sonreía con una colección de dientes afilados y temibles. Resultó ser simpático. No nos vemos mucho. Me paso el día en mi cuarto, sentado en el canapé aporreando el portátil de Rubén en la cajonera, el flexo iluminando desde el suelo como el foco de una película de prisiones, y luego bajo al bar de Paco a beber unas cervezas o voy al piso de Palma a fumar y mirar cómo cenan. Estoy escribiendo mucho. He terminado cuatro relatos. Escribí unas veinte páginas para el proyecto de pornografía amateur de Santiago. Vida y milagros de Arden Blackboots. La señorita Botasnegras. A veces veo sus vídeos y me pregunto cosas. Quién eres. Qué haces. No he vuelto a su bar. Le mandé lo que llevaba a Santiago y me llamó escandalizado. Quería algo así, dijo, pero no tan... Buscó una palabra. Elaborado, acabó por decir. Es lo que hay, le dije. Es lo que hay. Me llamó dos días después. Ella lo ha leído, dijo. Quiere conocerte. El corazón se me aceleró contra las costillas. Mejor no, dije. Soy un tío tímido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me gasto casi todo el dinero en libros. El resto lo invierto en tabaco y latas de sardinas. El insomnio va y viene. Cuando no puedo dormir enciendo un cigarrillo y leo o enciendo un cigarrillo y escribo o lo hago todo a la vez. Ya no me quedo mirando el techo. Pienso todo el tiempo en escribir. En el metro, en la calle, hasta dormido pienso en escribir. Redacto páginas enteras en lo que tardo en ir y volver del cuarto de baño. Escribo con furia. Escribo como si estuviera enfadado con el portátil. Se están borrando las letras de las teclas. El otro día la D salió disparada del teclado y la mayoría están flojas. A veces escribo con los ojos cerrados, sin darme cuenta y sin respirar, y el cigarrillo se consume hasta el filtro en mis labios. Toso como si me fuera a morir mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me acuerdo de la chica del flequillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me acuerdo de mis padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces hablo con Dani.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces hablo con Marcos y me cuenta que Dani está saliendo con Sonia, la bajista de The Faulkners.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces pienso en preguntárselo a Dani pero nunca lo hago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces levanto la cabeza como si me acabase de acordar de que tenía que acordarme de algo. Miro a los lados como si estuviera perdido. Pienso en cosas que debería estar haciendo y no se me ocurre nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me doy cuenta de que lo que me pasa es que ya no me siento tan mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me acuerdo de Violenne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces echo de menos a Violenne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mayor parte del tiempo ni pienso en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En lo que pienso la mayor parte del tiempo tiene once páginas y está manchado de ceniza y de café y de espuma de cerveza. Tiene anotaciones y tachones por todos lados. Me obsesiona, me aterra. Hay algo enorme en esas páginas, un algo poderoso y esquivo, como un dios menor que reclamara atención y sacrificios. Lo empecé pensando que podría ser un relato largo. Ahora pienso que podría ser una novela. Me da pavor. El compromiso que supone. La responsabilidad. No estar a la altura de lo que, catedralicio e inmenso, empieza a insinuarse en esas páginas, la materia incandescente que aguarda en el crisol a mi tosco instrumental y mi alquimia barata. Algo que podría contener el mundo, mi mundo al menos, un mundo lleno de luminosidad, belleza y horror. Mi historia y todas las historias que se me han cruzado, mi desamor, mi fiebre, mi furia y todo el dolor, el dolorosísimo trayecto de lo que hubiera antes a lo que hay ahora, todo este largo y extraño camino a casa. Sólo once páginas en las que hay un hombre muerto, un hombre ciego, una mujer tuerta, muchos libros, un amor perdido y la primera vez que vi la nieve. El hombre que no soy, el hombre que me gustaría ser y el hombre que no quiero ser. La primera frase es: &lt;em&gt;Despertó con la mano en la mesita de noche&lt;/em&gt;. La frase sencilla, anodina, que lo desencadena todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así pasan los días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno tras otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tumbado en el canapé miro las motas de polvo que brillan en los haces de luz de la persiana veneciana. Hay cosmos enteros expandiéndose unos contra otros, arrojándose soles fugaces y planetas y satélites que relucen como esquirlas de mica, tendiendo entre ellos tenues lazos de gravedad y girando en órbitas inestables, dibujando espirales y cúmulos elípticos o lenticulares que se enredan y arraciman y arremolinan y se van mostrando en las sucesivas láminas de luz, galaxias que ascienden y descienden y se pierden más allá de los confines de lo que se puede ver junto con quasares y singularidades incognoscibles, toda la variedad y riqueza del universo contenida en un espacio abarcable con los brazos, supernovas, estrellas binarias, enanas blancas, artefactos fastuosos de civilizaciones perdidas, inteligencias alienígenas, vacíos primordiales sólo reconocibles por la ausencia en que se definen, discos de acreción, momentos angulares contradictorios e imposibles, cometas erráticos, horizontes de sucesos y ergosferas en rotación, meteoritos de diamante espejado, milagros atómicos, los Perros de Tíndalos, las entropías reversibles y la bastarda y mentirosa entidad geométrica que forman el espacio y el tiempo justo entre el índice y el pulgar. Soplo el humo que retengo en los pulmones y arraso con todos estos universos y otros iguales vienen a sustituirlos y cierro los ojos y siento el calor del cigarrillo en los dedos y cuando vuelvo a abrir los ojos continúa la misma danza de derviches en la luz pálida del sábado por la tarde. No tengo nada que hacer. No hay nada que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llamo Javier Alvargonzález.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis amigos me llaman Javo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces tengo miedo de algo que no sabría precisar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me siento bien.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-116871110259563130?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/116871110259563130/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=116871110259563130' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116871110259563130'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116871110259563130'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2007/01/alquimia-barata.html' title='alquimia barata'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116451044460944170</id><published>2006-11-26T04:02:00.000+01:00</published><updated>2006-11-26T22:23:27.126+01:00</updated><title type='text'>grial mío</title><content type='html'>El bar hace esquina. Lleva el nombre de su dueño. Paco, Desayunos y Tapas. Mi último refugio, las últimas cervezas del día donde Palma no pueda verme y empiece a sospechar una caída en el alcoholismo. La clientela es irregular, dependiendo del fútbol. Algunos días de partido nos llega desde el otro lado del río, sobre el ronroneo de las obras eternas, los rugidos disgustados del Estadio Vicente Calderón. Pero en este escenario, en este teatrillo hay pequeñas constantes humanas que se acodan en la barra, mobiliario que respira y bebe y habla, entre los que empiezo a ser consentido aunque no del todo aceptado, y que permanece fiel sea jornada de liga o no. Actores principales de una obra sin argumento. Dos rumanos a los que he bautizado como Pixie y Dixie por su confuso parecido estético que no físico, mismo corte de pelo, mismos jerséis de refugiado de guerra, y que se comunican con el resto del mundo en un jerigonza que mezcla español rudimentario con algún oscuro dialecto de los Cárpatos; un pensionista gris y desaseado, que escupe al suelo y se hurga los dientes con un palillo reblandecido y que nunca tiene barba pero sí aspecto de necesitar un buen afeitado; un ciego de unos cincuenta años, medio calvo y circunspecto, los párpados abultados y vencidos tras unos cristales ahumados, al que lleva y trae una mujer mayor, con la que guarda un parentesco no aclarado, tuerta ella, como si fueran personajes de una tragedia o una farsa, y que lo guía por una calle que, asegura el ciego, podría recorrer hasta de espaldas. Y con los ojos cerrados, añade. Un chiste recurrente que nunca ríe y ante el que los habituales asienten, como si hubieran asistido al fenómeno, y ante el que los ocasionales se desazonan y miran el fondo de sus vasos, rehuyendo una mirada que no existe. Y la señora tuerta, aunque nunca se quede ni un segundo más de lo preciso, con su ojo malo girado hacia fuera en un estrabismo extremo, medio oculto en la cuenca, apenas un asomo curvado de iris como el inicio de un eclipse, el mordisco satelital en un sol blanco y cuajado. Ellos y algunos más. Parroquianos grises, inveterados, enturbiándose con lingotazos de aguardiente y whiskazos a deshora. No tan miserables como para ser considerados lumpen o tan ruines como para ser canallesca, pero cercanos, tangenciales. Buscavidas cansados, obreros problemáticos. Dipsomanías, ludopatías, halitosis, cistitis, oligurias, seborreas, cefaleas, migrañas. Pieles hepáticas y curtidas. Capilares rotos en las mejillas. Deshidratación de las meninges. Niveles bajos de glucosa. &lt;em&gt;Delirium&lt;/em&gt;. Demencia precoz. Sepsis. Veneno en la sangre. Arrugas como abismos en los rostros. Cicatrices quirúrgicas cruzando los pechos o los estómagos y que se muestran con el orgullo de soldados veteranos, dedos que señalan dónde se alojaba el quiste, el tumor, la nefasta bola de grasa, dónde hubo que ensanchar las arterias, dónde hubo que instalar una máquina que marcara los latidos. Un soplo en el corazón. Podría matarme mañana, dice una boca desdentada. Podría matarme ahora mismo. Secuelas de la isquemia. Un rostro como sacado de un museo de cera con la calefacción al máximo. Mitad tristeza, mitad mueca. También necesita un afeitado. Como el emasculado parcial. Como el hombre de la bota ortopédica. Como el de las manos nudosas y artríticas, sus garras de troll, sus uñas de corteza negra. Como la sesentona mustia que bebe sola al final de la larga barra de aluminio, junto al teléfono que nunca suena y nunca se usa, a la que intuyo un pasado atroz de madrugadas frías, aceras peladas y botas de caña alta, y cuyo bigote nos deja a todos en evidencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Olor a fritanga y anís y cerveza y vino barato. Sudor y serrín. Música de tragaperras y ningún tilt en la máquina de millón, el cristal resquebrajado, polvo en las bombillas de colores. Filamentos rotos, desvaídas luces de gálibo entre las nubes de tabaco negro y tabaco rubio impregnándose en la ropa, impregnándose en la piel, como el perfume de un amante que ya no quieres en tu cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Palma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Tú nunca comes?- Se refiere a las sucesivas tapas que Paco ha ido dejando obstinadamente con cada cerveza, alitas de pollo, tortilla, cortezas de cerdo, aceitunas, sin retirarlas, alineándolas sobre el expositor de cristal en un intento de que me haga cargo de ellas, aunque ya quedó claro en noches anteriores que si no las toco es por inapetencia y no por desprecio.&lt;br /&gt;- ¿Qué haces aquí?&lt;br /&gt;- Te busco- explica. Mira a su alrededor. - ¿Qué haces tú aquí?&lt;br /&gt;Hago un gesto vago con el cigarrillo. – Busco inspiración.&lt;br /&gt;- ¿Para qué? ¿Para el suicidio?&lt;br /&gt;- Uno nunca sabe… - Titubeo, borracho. – Las musas son caprichosas… Volubles… Crueles…&lt;br /&gt;- Joder, Javo. – Me toma del codo y me baja del taburete. Me guía entre la gente como la tuerta al ciego. – Cómo vas.&lt;br /&gt;- Sólo intento hacer un retablo. Mil pequeñas miserias- farfullo. – Bestiario cotidiano. Justo aquí, criaturas del averno. – Los parroquianos me miran. Sonrisas desde otro lado del telón de acero, cortesía de Pixie y Dixie. Me inclino con solemnidad para quitarme el cráneo y casi me voy al suelo. – Señores, señoras.&lt;br /&gt;- Pero cuánto te has bebido, por dios.&lt;br /&gt;- No te preocupes. Todo está pagado.&lt;br /&gt;- Sí, ya. Lo he pagado yo.&lt;br /&gt;En la calle el asfalto ondula bajo la lluvia. Rodadas de barro inexistente me traban los pies. En ese peculiar estado en que la mano del Palma, hincados los dedos en el brazo, no me sostiene a mí sino al mundo. Y si sus dedos faltaran, todo se alzaría para encontrarme, romperme, aplastarme. Mi cabeza pivota un momento y acabo mirando los cielos. Cúmulos nocturnos con panzas de algodón luminiscente. Fosforescencia en las nubes. – Brillan, ¿eh? – Tropiezo con escalones. Trastabillo en la escalera. Me sonrío en el espejo del ascensor. Barbudo demacrado. Muy abiertos los ojos, muy abierta la boca. Palma me sostiene entre el índice y el pulgar. Tengo equilibrio, sólo necesito un referente. – Blablablá- digo. – Blablablá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una ducha fría más tarde, envuelto en un albornoz de chica, me enfrento a un bocadillo en la mesa. Un trozo de pan demediado. Jamón cocido y queso dietético. Toco la corteza con el dedo. – Come- dice Palma.&lt;br /&gt;Lo muerdo. Lo mastico. Lo trago. No salivo. Imagino mi estómago reducido por la subalimentación al tamaño de una nuez. Una bolsita de cuero húmedo que no admite sólidos y que supura como un sudor cualquier líquido, hasta sus propios ácidos. Chorrea el alcohol. Empapa todos los órganos. Quema. Me da una arcada. Muerdo otra vez. Mastico. Bebo agua. Trago como puedo. Tengo un clavo insertado en el hueso frontal del cráneo. Me recreo con un plano detalle de una cuidada reproducción en porcelana de mi calavera. Sonrisa impúdica y un enraizado de grietas allí donde se ha aplicado el martillazo.&lt;br /&gt;Las compañeras de piso de Palma me miran como se mira a los locos. Y eso que no he hecho nada especialmente raro en su presencia. Quizá un comentario lascivo de pasada, camino del cuarto de baño y de la primera vomitona de la noche. Hace un buen rato de aquello, pero el tiempo se ha vuelto elástico, demasiado como para precisarlo. Se alargan los minutos y se disparan las horas.&lt;br /&gt;- Tenemos una reunión- dice Palma.&lt;br /&gt;- Una qué. – La boca llena de migas.&lt;br /&gt;- Una reunión. Vienen unos amigos.&lt;br /&gt;- Ah, una fiesta.&lt;br /&gt;- No, una reunión.&lt;br /&gt;- Eh… Lo que tú digas. – Intuyo que la diferencia estribará en la diversión del evento. Suspiro. Muerdo el bocadillo. No puedo tragar más. Le doy vueltas en la boca.&lt;br /&gt;Sofía y Beatriz, la otra inquilina de la vivienda, sacan botellas y las colocan en la mesita frente a los sillones. Pocas para mi gusto. Caras para mi bolsillo. Vasos de cubata y chupitos.&lt;br /&gt;- Javo- dice Palma. – Tápate, coño, que se te ve todo.&lt;br /&gt;Las compañeras me miran, alzando las cejas. Expresiones cómicas de colegialas escandalizadas. Me coloco el albornoz, que es de color rosa, huele a rosa y hasta tiene un tacto rosa. - ¿Puedo estar en la reunión en albornoz, mamá? – pregunto.&lt;br /&gt;- No seas idiota- dice Palma.&lt;br /&gt;Las observo deambular por la habitación, disponiendo cosas, preparando el equipo de música, dejando algún cenicero en lugares estratégicos. En un despiste me dejan solo y me acerco a las botellas para servirme un chupito de vodka que me saque el sinsabor de la comida. Después del primero preparo el segundo. Éste con el claro objetivo de volver a estar borracho lo antes posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos tipos de los que tengo que hablar con Dani. Uno es un chaval flaco, con gafas de pasta roja y un jersey tan parecido al de Freddy Krueger que no puede ser una elección casual. Asegura ser actor. – He trabajado en un corto, el año pasado. Experimental.&lt;br /&gt;Le pego un tiento al ron con lima rebajadísimo con el que Palma pretende tenerme controlado. Escondí la botella de vodka en el cuarto de baño y voy a meterme un chupito cada vez que creo que las ganas de echarme a gritar van a poder conmigo. Ando cerca del límite otra vez. Pero también estoy tan pedo que pregunto:&lt;br /&gt;- ¿Y de qué va el corto?&lt;br /&gt;- Es una reflexión sobre la pornografía como catarsis alienadora del macho postviolento en la sociedad de la información. Sobre todo considerando el clímax, la eyaculación facial, como un acto de dominio, una forma de agresión, de sustituto del disparo que…&lt;br /&gt;- Bueno- interrumpo. – Eso es un poco obvio, ¿no? Quiero decir, debajo de… - “toda esa palabrería”, casi digo- todo ese discurso. Es evidente. Para cualquiera.&lt;br /&gt;El tipo me mira como si me hubiera meado en su madre.&lt;br /&gt;- Eh, tío, seguro que es más complicado que eso. Digo yo… ¿Qué estás haciendo ahora?&lt;br /&gt;- Soy camarero- dice, ojos miopes y perplejos.&lt;br /&gt;- No, de cine y eso.&lt;br /&gt;- Ah- exclama. Aparta la mirada. – Nada en concreto- refunfuña.&lt;br /&gt;Paseamos la mirada por la reunión, incómodos. Poca gente. Luces indirectas. Una música electrónica suave, algo lerda, haciéndome descubrir nuevos matices del aburrimiento. Da la impresión de que soy el único que fuma. Hago rebosar los ceniceros. – Yo estoy en el mundo del porno- se me ocurre decir.&lt;br /&gt;El tipo, al que decido bautizar como Fredicruguer, me mira de hito en hito.&lt;br /&gt;- ¿Tú?&lt;br /&gt;- ¿Quién está en el mundo del porno?- Una chica surge de la penumbra con la pregunta en los labios. Pelo negro, flequillo Betty Page, sonrisa bonita.&lt;br /&gt;- Servidor. – Me señalo con el pulgar. – Puro macho postviolento.&lt;br /&gt;Fredicruguer bufa con desagrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro tipo es un mastodonte con la cabeza afeitada. Lleva botas de cuero, pantalones de cuero y un chaleco de cuero y nada más. Pecho y brazos descubiertos, historiados con tinta, complicados tribales y &lt;em&gt;kanjis&lt;/em&gt;, aros en los pezones y en las orejas. El tabique traspasado por una barrita de acero, una esfera cromada a cada extremo. – El &lt;em&gt;septum&lt;/em&gt;- precisa, tocándose la nariz. Me ha seguido al cuarto de baño convencido de que iba a encontrar algo más que vodka. - ¿No tienes nada?&lt;br /&gt;- Que no, tío. – Le pego un tiento a la botella. – Sólo esto.&lt;br /&gt;- ¿Por qué la has escondido?- pregunta. Sin mucho interés, porque ya se está preparando sus propias rayas sobre la cisterna del váter.&lt;br /&gt;- Porque Palma no me deja beber.&lt;br /&gt;- ¿Es tu novia o algo?&lt;br /&gt;- Es la hermana que nunca tuve.&lt;br /&gt;El tipo me mira, sorbiéndose. - ¿Quieres?&lt;br /&gt;- Qué coño- digo. – Cabalgo de nuevo el mismo caballo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo? – Tiene la barrita de lado, asomada por una sola fosa nasal. Parece que le cuelga un moco de acero cromado.&lt;br /&gt;- Píntame una- digo, citando a Nicolás, el viejo y genuino yonqui. Frase que quería decir Dame más, dámelo todo. Pon farlopa hasta que nos caigamos a pedazos. Pero al tipo le faltan referentes.&lt;br /&gt;Lo que esnifo tiene la textura y la consistencia del cristal molido. Abrasivo. Funciona. – Colega- le digo tocando su cabeza. Palpando con mi mano las soldaduras de su cráneo. – Yo te bautizo Moco de Acero, Caballero de Camelot, de la Mesa Redonda, de la Casta de los Audaces. – Lo que, reconozco, no tiene sentido ni para mí. – ¿No sientes en ti a veces la necesidad de lo imposible, de conseguirte la luna? ¿Sigues sin referentes? Persigamos griales, cráteras de plata, vellocinos de oro, caminos de vuelta a casa entre Escila y Caribdis, y sólo entre ellos, el rayo verde, la luz helada, eventos extraordinarios que reivindiquen la maravilla y la excepcionalidad de la existencia. Cosas así. No sé. Una chica que no te rompa el corazón.&lt;br /&gt;Pero Moco de Acero ya se ha ido, cansado de balbuceos de borracho, sin prestar atención al solemne juramento al que intento someterlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Arden- digo.&lt;br /&gt;- ¿Quiénes?- pregunta la chica.&lt;br /&gt;- No. – Niego con la cabeza. – Es un nombre. Lo saqué de una novela. De otra impostora. Se llama así, su personaje. Arden. La señorita Botasnegras. Pero la llamarán Blackboots, por aquello del mercado internacional.&lt;br /&gt;La chica se toca el flequillo Betty Page. - ¿Y qué pasaba con ella?&lt;br /&gt;- La mataban. Le partían la mandíbula con un torno.&lt;br /&gt;Hace una mueca. – Pues no le cuentes eso- dice. Bebe de su copa. Los dedos otra vez en el flequillo. - ¿Es buena?&lt;br /&gt;- La mejor que he visto.&lt;br /&gt;- ¿La conoces? Personalmente, digo.&lt;br /&gt;- Más o menos. Ella no sabía que yo era yo.&lt;br /&gt;- ¿Y quién eres tú? – Dedos juguetones enredándose en el pelo. - ¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;- No nos perdamos en el tan manido asunto de los nombres- digo. – Citando a mi hermano muerto, si me permites.&lt;br /&gt;Ella no se ha debido de enterar muy bien porque se carcajea y bebe, coqueta, de su copa. – Arden Blackboots. No está mal.&lt;br /&gt;Me encojo de hombros. – Tampoco está de puta madre. – Acabo de un trago el ron con lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento, taxis. Éxodo de los reunidos. Palma me vigila de reojo. Mi rodilla con la rodilla de Betty Page. El domo pelado de Moco de Acero en el asiento de delante. En las calles hay algo que no es ni niebla ni lluvia y que perla las farolas, les pone un halo difuso, místico. Se nos enreda en las pestañas camino del local. - ¿Rocanrol?&lt;br /&gt;- No, Javo- dice Palma. – No todo es rocanrol.&lt;br /&gt;Pop aceptable, ochentero. Nostalgia barata pero efectiva. Trasiego de copas y botellas de cerveza en la barra. Exhibo billetes ruinosos. Le pago un ron con algo a la chica. Me pido dos cervezas. Después me doy cuenta de que Dani no está por ninguna parte y se la encasqueto a Palma. – Pero si no quiero cerveza.&lt;br /&gt;- Pues me la guardas.&lt;br /&gt;- Mejor me la bebo.&lt;br /&gt;Una excursión a los servicios. Moco de Acero, la chica y yo. Moco de Acero lleva un abrigo azul, aire soviético y botones dorados. Pinta de estibador. Capaz de cargar con un barril de grog en la palma de la mano. La chica marca el ritmo de la música con su muslo contra mi muslo. Moco de Acero reparte rayas en una cartera, cómo no, de cuero negro.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Just like heaven&lt;/em&gt;. Sin transición. Estamos en medio de la gente que baila.&lt;br /&gt;- Esta canción siempre me pone triste- digo.&lt;br /&gt;- ¿Por?- pregunta ella.&lt;br /&gt;Me empiezo a reír y ella descarta la pregunta con un pellizco juguetón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cuándo vas a madurar?- pregunta Palma.&lt;br /&gt;A estas alturas ya está demasiado borracha como para que pueda tomarme esa pregunta en serio. Además la he visto tontear seriamente con Fredicruguer, del que llevo recibiendo miradas de desprecio toda la noche que inquietarían a alguien menos zen que yo.&lt;br /&gt;- Creo que Fredi tiene altas probabilidades de ser gay- comento.&lt;br /&gt;- ¿Quién es Fredi?&lt;br /&gt;- Quizá sólo sea un prejuicio homofóbico y postloquesea. Pero dicho queda. ¿Qué piensas tú de las gafas de pasta?&lt;br /&gt;La chica vuelve, el flequillo perfecto, envuelta en un abrigo gris. - ¿Nos vamos?&lt;br /&gt;Por el camino, fingiendo que no pasaba nada. Ni nos metimos mano. Charló con el conductor del taxi. Yo apoyé la cara en la ventanilla y vi desfilar las luces como espectros en la niebla, paisajes alucinatorios, automóviles que respiraban turbiamente bajo el capó con aliento de gases, fauna imposible y emplumada, ciudades en la basura habitadas por una raza innominada, un orden de seres descartados de todos los bestiarios, de todos los retablos del horror por su condición de cosa conocida y habitual pero no por ello menos aberrantes o condenados o antinaturales. Estirpe gnómica y desposeída, abrasada y hecha ceniza por los faros de un autobús nocturno.&lt;br /&gt;Y paramos y subimos a su piso y hay todo un momento de ritual, y hay todo un juego de cerca y lejos, de labios huidizos, de ahora quiere y ahora no, y los dedos resbalando en la ropa húmeda, los botones, las cremalleras, los broches y los cierres, las medias, la camisa, la falda, los zapatos, el sujetador, un orden absurdo al desvestirse y la piel emergiendo en la fría habitación, carne pálida como vientre de pez bajo aquella luz, temblores, caricias tentativas. Ella esforzándose, afanándose, sin resultados. - ¿Has bebido mucho?&lt;br /&gt;- Qué va- digo.&lt;br /&gt;No lo hace mal. Le pone empeño. Araño con los dedos de los pies el frío del suelo, las piernas colgando fuera de la cama. Miro la criatura blanca y encogida cerniéndose sobre mi pelvis, su orografía carnal, correcta, hermosa, suaves montes, bellas laderas, el serpenteante lecho de ríos que dibujan los músculos de su espalda al moverse. Cierro los ojos, la mente ocupada en pensamientos divergentes, contradictorios, funestos. Desligado por completo de los asuntos de la carne. Viejos fantasmas de ojos azules.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Nada.&lt;br /&gt;- Ya lo veo. – Sonríe. – No te preocupes.&lt;br /&gt;- No es culpa tuya.&lt;br /&gt;- Ni se me había ocurrido- bromea. Luego baja los ojos, resignada.&lt;br /&gt;Me yergo en la cama. – No, espera. – La tomo por los hombros desnudos, la atraigo. Percibo el olor. El bálsamo. La fuente. La historia eterna y el viejo truco.&lt;br /&gt;- Ponte así- le digo. – Así.&lt;br /&gt;Se le escapa el gemido, alarmado. – Oh- dice.&lt;br /&gt;- Sí. Oh.&lt;br /&gt;Le aparto el flequillo de la cara para poder verla bien. Los ojos oscuros, febriles.&lt;br /&gt;Jadea. – Eh. Eso no estaba así antes.&lt;br /&gt;- Filigranas- digo.&lt;br /&gt;Ella se ríe, se retuerce. – Llámalo como quieras. – Me da con los talones en la espalda. – Pero no pares, joder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luz de amanecer en las ventanas. Gris, morosa, fruto de soles mezquinos. Su respiración acompasada, un brazo distraído rozando mi costillar. Una antihora fácil, casi apetecible. El momento de sentirse perfectamente solo, tendido en una cama ajena, entre aromas ajenos. La seguridad de que no existe mi igual en el mundo, ni siquiera mi complementario, y que no importa, no importa, porque nada importa, todo es como esto, la placidez previa al sueño, la ausencia tan cercana que ya no asusta, el descanso y el abandono de la batalla en la que te has dejado la piel, perdida desde el principio, y en la que permaneciste por pura voluntad. Sentirse bien en medio del huracán. Ya me desmentirá el día, mañana. Ya me desmentirán los despertares, las resacas, los dolores musculares, los bestiarios y retablos. Ahora puedo dormir. Ahora estoy en calma. Duerme tú también, donde quiera que estés. Grial mío.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-116451044460944170?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/116451044460944170/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=116451044460944170' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116451044460944170'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116451044460944170'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2006/11/grial-mo.html' title='grial mío'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116381383773699327</id><published>2006-11-18T02:29:00.000+01:00</published><updated>2006-11-18T03:00:19.140+01:00</updated><title type='text'>sólo la nieve</title><content type='html'>Como si hubiera nevado ceniza. Campos grises y sierras grises. Una vaca con el pellejo tirante y los huesos marcados como si fueran a rasgarlo mira con languidez el paso del tren. Junto a las vías unos perros cimarrones se disputan los restos de una oveja. La visión fugaz de un costillar desnudo y lana apelmazada de sangre. Árboles como dedos agónicos y descarnados señalando los cielos.&lt;br /&gt;¿Qué ha pasado?, pregunto.&lt;br /&gt;El tipo sentado frente a mí mira por la ventana, pero parece examinar más su reflejo que el escenario de pesadilla al otro lado del cristal. Nevó, explica. Me mira. Viste de negro y lleva barba. Los ojos tristes. Se parece a mi padre. ¿Has visto alguna vez la nieve, Javier?&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;El tipo bosteza. Ya. Lo suponía.&lt;br /&gt;Toca con los nudillos el cristal de la ventana.&lt;br /&gt;Te vas a hartar de nieve.&lt;br /&gt;¿Qué ha pasado?&lt;br /&gt;Sólo la nieve. Sólo la nieve.&lt;br /&gt;Columnas de humo negro, a lo lejos. Casas de chapa y cartón, hogueras temblorosas a las puertas. Personas vestidas con harapos. Miran el paso del tren. Un hombre se desgarra la ropa y del estómago le pende algo. Una probóscide rosada, extraña y móvil como el hocico de una musaraña. Aparto la mirada pero lo sigo viendo porque en los sueños uno no puede elegir ni lo que mira ni lo que ve.&lt;br /&gt;El tipo saca un paquete azul de cigarrillos. Tabaco francés. Enciende uno y sonríe. No te pongas triste, dice. Hay muchas cosas que yo no he visto. La nieve, sí. Claro. ¿Recuerdas la primera vez que viste la lluvia, Javier?&lt;br /&gt;No…&lt;br /&gt;Yo sí. Llovía, aquella vez. Llovía mucho. La lluvia daba en las ventanas.&lt;br /&gt;El tren vibraba. No el tren del sueño, el tren real. La vibración me llegaba desde los huesos y se filtraba como humedades en aquel vagón fantasmagórico.&lt;br /&gt;¿Quién eres?, le pregunto.&lt;br /&gt;Ah, suspira. La pregunta. La cuestión de la identidad. Quién soy. Quién eres. Quién lo sabe. Es una pregunta como para paladearla. Para reposarla. ¿Quién eres tú?&lt;br /&gt;Me conoces, digo. Sabes mi nombre.&lt;br /&gt;Bueno, Javier. No nos perdamos en el tan manido asunto de los nombres. Como si las cosas pudieran acotarse tan fácilmente. Como si pudiera reducirse la realidad a un conjunto de gruñidos articulados, a unos garabatos en tablas de arcilla. Y sabes quién soy. Sabes qué soy.&lt;br /&gt;El cigarrillo se consume en su mano, el humo se riza y desanilla entre nosotros. Verás, dice. El mundo se está acabando. Todo. Desde el primer momento, no hay más que una demencial carrera hacia el fin. Hasta las estrellas se van a apagar algún día.&lt;br /&gt;Hace un gesto hacia la ventana. Chabolas misérrimas. Plásticos que el viento agita. Rostros hundidos. Todos ellos, continúa. No son más profetas involuntarios. Heraldos de un apocalipsis ya acontecido. Son los titulares del último periódico que circulará entre los hombres. Y nadie quiere leerlo. Míralos, míralos. Si oficiáramos de antiguos sacerdotes y pusiéramos a uno de ellos en nuestro altar y lo abriéramos para leer en sus entrañas, con nuestros cuchillos de piedra, no encontraríamos nada que no hablase del final. Sus pólipos, sus tumores, sus fístulas purulentas y sucias. Y si nos abriesen a nosotros, ¿qué encontrarían? La misma sangre, la sangre de los hermanos, y desde luego estas señales del holocausto.&lt;br /&gt;¿Quién eres?&lt;br /&gt;¿Cuántas veces vas a preguntarlo?&lt;br /&gt;Su rostro empieza a azularse. Los ojos se le inyectan en sangre. No deja de sonreír.&lt;br /&gt;¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;Hipoxia cerebral, dice. Parto prematuro. Era demasiado pequeño, demasiado débil para salir al mundo. Siempre lo imaginaste así, ¿verdad? Lloviendo a mares. Y la pequeña criatura estrangulada por su propio cordón umbilical. Niño cadáver, azul y legamoso. Tu imaginación es tu peor castigo, Javier. Nadie te lo contó. Nadie te dio los detalles. Pero es como si lo hubieras visto todo, años antes de tu nacimiento y ya eras un testigo de mi muerte. Ah, Javier. Sangre de mi sangre. Tenías que imaginarlo todo. Ése es tu castigo. No poder consolarte en la ignorancia.&lt;br /&gt;La vibración del tren. El malestar. Las náuseas.&lt;br /&gt;Estoy soñando, digo.&lt;br /&gt;El tipo asiente. Sueñas que estás soñando, dice. El sueño dentro del sueño. El Javier soñado y el Javier que sueña. Dos trenes, cada uno con un hermano muerto. Uno que te habla y otro que te persigue.&lt;br /&gt;Lleva sus dedos azules dotados de romas uñas azules a sus mejillas azules y las estira en una mueca pueril. Su lengua asoma violácea e hinchada por entre los labios. Sus ojos brillan desorbitados con un delicado encaje de capilares reventados. Suelta los dedos y la carne, exangüe y sin embargo animada, vuelve a su lugar.&lt;br /&gt;Seguro que éste es el sueño más raro que has tenido, dice.&lt;br /&gt;No, digo. Una vez soñé que Violenne trabajaba en un restaurante chino.&lt;br /&gt;Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Los tendones de su cuello y sus venas y arterias se marcan y la nuez sube y baja con violencia como un ser que se alojase en su garganta y quisiera ser expulsado.&lt;br /&gt;Hermano, dice. Me mira fijamente con sus ojos coagulados. ¿Cuánto hace que no ves el mar?&lt;br /&gt;Y el suelo del vagón se deshace en arena y bajo la arena el agua brota salada y fragrante y muestra su cargamento de detritos, algas podridas y crustáceos muertos cubriéndome hasta los tobillos y lo último que veo es una caracola cubierta de escoria cuya espiral puntiaguda gira sobre sí misma una y otra vez y no cesa nunca como nunca cesa el mar que lleva en su interior, oleaje perpetuo e inaccesible, marejadas del color del plomo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí los ojos contra el cristal de la ventana. El sol agostaba el paisaje. Ganado a la sombra de las encinas, desfilando deprisa. Campos amarillos, secos. Cigüeñas en antiguos postes de tendido eléctrico. La luz hinchaba el aire como retenida por una membrana, excesiva, omnipresente. El sueño se desvaneció. La resaca permanecía. Tenía la boca pastosa. Volvía a casa en el regional y mi abuelo se estaba muriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los mismos andenes de siempre, la misma estación, dorada por un sol furioso. Un cierto olor a alquitrán reblandecido y metal caliente. Mi padre estaba allí. De alguna manera más joven que la última vez que lo vi. En camisa y pantalones vaqueros, el pelo gris y muy corto. Las noches de hospital se le notaban bajo los ojos y en la necesidad de un afeitado. Pero sonreía. Me llevó en el coche y no hablé mucho. Me habló del perro, me habló de la casa. Mientras pasábamos sobre el puente, blanco y con su forma de cresta de pez abisal, me habló de los camalotes. El río bajaba lento y con reflejos argentos allí donde el verde no lo había tomado por completo. – Son una plaga- me explicó. – Están por todas partes. Forman islas, uniendo las raíces. – Trabajadores y grúas sacando redes enteras de camalotes. Parloteo para llenar el vacío. Las líneas blancas del asfalto refulgían bajo la luz de agosto.&lt;br /&gt;Después, pasillos de hospital. Su olor antiséptico, mentiroso. Enfermos en bata. Goteros. Enfermeras. Médicos. Parientes de visitas. Niños risueños, adultos afligidos. Gente muy cansada aguardando en los asientos de plástico. Por la puertas abiertas, fragmentos de vidas ajenas desarrollándose en habitaciones compartidas.&lt;br /&gt;Al salir del ascensor, mi madre. Inmóvil e inexpresiva en el pasillo, como si hubiera brotado en ese suelo, como si se hubiera dispuesto su presencia en ese preciso lugar desde el principio de los tiempos. El pelo tenso y negro. Las facciones marcadas.&lt;br /&gt;- Mamá- dije.&lt;br /&gt;Se movió con una fluidez de cosa viva que parecía un imposible un segundo antes. Me besó las mejillas. Frunció el ceño. – Tenías que haberte afeitado- dijo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo está el abuelo?&lt;br /&gt;- Mejor- dijo. – No ha sido tan grave como parecía. Pero el médico dice que ya no tiene bronquios. Pasa a verlo. – Señaló una puerta. Entré. Los dos octogenarios. Mi abuela sentada, mi abuelo tumbado. En ella, los rasgos de mi madre, la mujer que sería. Dura, pequeña, resistente. Con su acento de la vieja castilla que sesenta años en tierras lejanas no habían logrado borrar. Me incliné sobre ella, me besó. Me preguntó qué tal me iba. Me dijo que estaba muy guapo. Mi abuelo tenía una mascarilla en el rostro, como un piloto de bombardero. El siseo del oxígeno en sus menguados pulmones. La retiró con sus manos enormes y callosas. Una incipiente barba color acero. Llevaba una chaquetilla de pijama azul. Sonrisa soñadora, desconcertante. – Javier- dijo.&lt;br /&gt;- Abuelo.&lt;br /&gt;- Ven, hijito. – Ni rastro de ternura o cursilería en el apelativo, pero sí un cariño apabullante, superador. La edad lo había empequeñecido. El abuelo que siempre recordaría era una torre, un hombre de campo que movía enormes sacos de pienso como si fueran insignificantes, que modificaba con la fuerza irresistible de sus músculos la tierra misma y le arrancaba lo que quería de ella, el alimento, la vida, la esencia misma. Su pelo como el pelo de un bebé albino, tan fino, tan blanco. – Hijito mío.&lt;br /&gt;- ¿Cómo estás?&lt;br /&gt;- Bien.&lt;br /&gt;Me preguntó por la ciudad de piedra. Me habló de la ciudad que él conoció. Ferias del ganado de cuarenta años antes. Allí las caballerizas, me decía. Allí las pensiones. Allí las tabernas. Recuerdos lúcidos, coherentes, pero expresados con textura de sueño. Le dije que había venido en tren. Me habló de los trenes que él había conocido. Cuando subía hacia el norte con tripas de cerdo bajo la ropa. Las madrugadas. Las matanzas. El frío. El estraperlo. La trashumancia. Bandolerismo todavía en los bosques, asaltos a golpe de garrote y navaja. Los matriarcados funcionales, los hombres siempre lejanos. Cuando se casó, su madre le regaló una pistola del veintidós. Lo hizo con todos sus hermanos. Nunca tuvo que usarla, pero la llevaba también bajo la ropa. Todavía está la funda por casa, dijo, obra de un zapatero en cuero y cierres de latón. Le retiraron el arma cuando un anarquista mató a un dirigente de la Falange en Madrid. El régimen temía un alzamiento que nunca llegó.&lt;br /&gt;Su enorme mano tomó la mía, la apretó. La primera vez que se fue de casa tenía ocho años e iba descalzo. Su padre había partido por la mañana, con las ovejas, y él partió siguiéndole el rastro. Un vecino lo encontró en el camino y le subió a su carro. Encontraron al padre. Le dieron unos zapatos. Pasó un mes durmiendo al raso, envuelto en un manta, guiando a perros feroces que podrían haberlo devorado y una vez, contó, escuchó lobos aullar en una noche sin nubes que era tan luminosa como el día, luna inmensa en el cielo y la vía láctea ardiendo en el terciopelo negro de los cielos como brasas blancas de una hoguera inmemorial. Los lobos aullaban, los últimos lobos, y hubo sonidos de refriega en la noche, ladridos, y los perros volvieron con sangre en las fauces y terribles como bestias de pesadilla. Habló y habló el hombre, el viejo octogenario, con la silenciosa aquiescencia de su mujer, miembros de una estirpe que había tenido descendencia pero que se extinguía de todas formas, retazos de un mundo que creían eterno y que ya no estaba, se había ido, y sólo quedaba almacenado en sus memorias.&lt;br /&gt;Habló el abuelo hasta que los pulmones le fallaron y tuvo que colocarse la mascarilla. Respiró con ansia, a bocanadas. Me despedí. Le besé a medias la mejilla rasposa, a medias el plástico que lo enmascaraba.&lt;br /&gt;Mis padres charlaban en el pasillo, susurrando. Me miraron.&lt;br /&gt;- Habla mucho- dije.&lt;br /&gt;Mi padre sonrió. – Es el oxígeno. Se le sube a la cabeza.&lt;br /&gt;- No se va a morir.&lt;br /&gt;- No, no se va a morir. Sólo está un poco colocado.&lt;br /&gt;Mi madre lo miró con desaprobación. Volvió los ojos hacia mí. - ¿No has traído equipaje?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Frunció el ceño, estrechó los párpados. - Ajá- dijo y se metió en la habitación.&lt;br /&gt;Mi padre me tocó el brazo. – Tus tíos están en la cafetería. Baja a verlos.&lt;br /&gt;- De acuerdo.&lt;br /&gt;- ¿No te vas a quedar?&lt;br /&gt;- En principio, no. Sale un tren esta noche.&lt;br /&gt;- Quédate, tengo algo que darte.&lt;br /&gt;Le miré. Se pasó una mano por el pelo. – Quédate- insistió.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros y eché a andar por el pasillo. Los ascensores rebosaban gente y bajé por las escaleras. Me crucé con mi primo que me miró un momento como si fuera una aparición, un espectro, y luego sonrió. – Tú - dijo.&lt;br /&gt;- Hola.&lt;br /&gt;Nos dimos la mano, nos abrazamos. - ¿Has visto al abuelo?&lt;br /&gt;- Sí. Está en pleno subidón de oxígeno.&lt;br /&gt;Sonrió. - ¿Te ha contado lo de los caballos?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Dice que a mi edad domaba caballos salvajes.&lt;br /&gt;- A mí me ha dicho que tenía una pistola.&lt;br /&gt;- No jodas- dijo. - ¿Cómo estás tú?&lt;br /&gt;- Tengo resaca.&lt;br /&gt;Me palmeó el hombro. – Pues vamos fuera y me cuentas lo de la pistola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre tenía un perro, dijo el abuelo. Era medio galgo y medio lo que sea. Quizá mastín, porque era grande. Grande y flaco. Color canela. Era un buen perro, muy tranquilo, y seguía a mi padre a todas partes. Recuerdo que yo era muy pequeño y apenas sacaba una cabeza por encima de su lomo. Nunca ladraba, de eso me acuerdo, pero era fiero. El perro más fiero que he visto en mi vida. Lo teníamos en el corral y pasaba las noches agazapado junto al pozo, vigilando a los gatos. Y los cazaba. Una mañana encontré la cabeza de uno. El resto estaba en el estercolero. Cuando vi la cabeza una gallina le estaba picoteando los ojos. El caso es que un día un hombre, un forastero, estaba en la plaza y tenía un par de perros. Uno era enorme, negro, y daba miedo mirarlo, y cuando llegamos nosotros, con nuestro perro detrás, los perros se olieron y se gruñeron y se tentaron. Los hombres que allí había los azuzaron, aunque mi padre dijo que no lo hicieran. Se enzarzaron. El perro negro agarró al nuestro por el cuello. El nuestro lo agarró por el pecho. Era mucho más pequeño, ¿pero sabes qué pasó? Lo mató. Desde donde estaba escuché cómo se le rompían las costillas. Crac. Horrible. Le salía espuma del pecho. Espuma rosa… Era un buen perro, un perro que nunca ladraba. Pero llevaba aquello dentro… Lo que fuera. La pelea. Como un veneno. Eso daba mucho más miedo. Un tiempo después un carro lo mató. Le pasó por encima y le sacó las tripas. Me dio mucha pena pero también dejé de tener miedo… No me gustaba encontrar gatos muertos en el corral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Compramos latas de cerveza alargadas y frías en una multitienda y nos sentamos a beberlas en un parque, a la sombra de unos árboles. – Me voy a ir- dije.&lt;br /&gt;- ¿Adónde? – Abrió su lata. La espuma brotó escasa y la sorbió con cuidado.&lt;br /&gt;- A Madrid- dije.&lt;br /&gt;Me miró. - ¿A Madrid?&lt;br /&gt;Me encogí de hombros.&lt;br /&gt;- ¿A qué?&lt;br /&gt;- No lo sé.&lt;br /&gt;Bebió de su lata. Abrí la mía. – Bueno, ¿y por qué?&lt;br /&gt;- No lo sé- dije. – Está lejos. Es grande. No es esto.&lt;br /&gt;Chasqueó los labios, bebió de la lata. - ¿Lo has pensado bien?&lt;br /&gt;- Lo suficiente.&lt;br /&gt;Otro trago. No dijo nada. Observé su perfil. El mismo perfil que conocía de la niñez y que me seguía siendo igual de cercano. Ahora era un rostro más duro, un rostro adulto y afilado con la misma sombra de barba que yo mismo lucía. Pero todavía en los rasgos adultos el niño con el que había recorrido el campo del abuelo, con el que me había inclinado y bebido de arroyos sobre piedras ardientes y entre zarzas enmarañadas, pequeños proyectos de hombres salvajes y paganos, y con el que había descubierto facetas de la naturaleza de las que nadie habla, osamentas blanquecinas de criaturas semienterradas en el matillo del bosque, ojos predadores y mezquinos en la espesura, la vida como un enigma a desentrañar en la palma de la mano lleno de vísceras y humores.&lt;br /&gt;Bebimos en silencio. Fumé hasta acabar el cigarrillo.&lt;br /&gt;- Me quiero ir, tío- dije. – Es sólo eso.&lt;br /&gt;Asintió. – Haces bien. Qué quieres que te diga. Si tienes que hacerlo tienes que hacerlo.&lt;br /&gt;Le saqué una última calada a la colilla requemada y la dejé caer. Tengo que hacerlo. Porque sí. Porque lo llevo dentro. Lo que sea.&lt;br /&gt;Mi propia y silenciosa pelea.&lt;br /&gt;Sin ladridos ni alharacas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-116381383773699327?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/116381383773699327/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=116381383773699327' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116381383773699327'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116381383773699327'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2006/11/slo-la-nieve.html' title='sólo la nieve'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116334234606751084</id><published>2006-11-12T15:26:00.000+01:00</published><updated>2006-11-12T15:39:06.110+01:00</updated><title type='text'>la búsqueda irremediable</title><content type='html'>Palma me dijo: - Es el amigo de un amigo. O el conocido. No le conozco mucho, le he visto un par de veces. Pero el piso es barato y está bien. No parece mala gente. Se llama Mariscal. Creo que es el apellido.&lt;br /&gt;            Yo me rascaba la barba, medio cubierto por el edredón. El día era negro y lluvioso y no me apetecía salir del sofá. Palma removía un café, con expresión somnolienta. - ¿Ya me quieres echar?- dije. Sonó más grave de lo que pretendía. Sonreí para aligerar la frase.&lt;br /&gt;            Palma frunció el ceño. – Idiota- dijo. – No te quiero echar. Pero creo que te hace falta tener un piso ya mismo… Es que me preocupas. Te levantas y te vas a la calle, te pasas el día fuera haciendo yo qué sé, luego vuelves cuando anochece, te encierras con mi ordenador un par de horas, que parece que quieres destrozarlo por cómo le das a las teclas, y cuando nos acostamos nosotras te metes en ese puto edredón y te quedas dormido… No comes nada, bebes mucho y te estás quedando en los huesos.&lt;br /&gt;            - Eh… No bebo mucho.&lt;br /&gt;            - Te bebes tres o cuatro cervezas antes de dormir. Eso que vea yo. Y no cenas. Hueles a alcohol y a tabaco todo el rato, y estás a punto de perder el encanto bohemio para volverte un personajillo triste. – Suspiró. – No quiero ejercer de madre, Javo. Ya no tienes edad para eso. Pero tampoco me voy a quedar mirando mientras te consumes en mi salón. Mira, el piso que te he buscado, si te gusta, está a un par de calles. Me tendrías al lado para cualquier cosa. Pero ya sería tu casa, podrías agarrarte a algo, algo que no sea provisional, y dejar de pasar por aquí como un fantasma, como pidiendo perdón por existir…. Y buscarte un trabajo.&lt;br /&gt;            Levanté la cabeza. – Tengo trabajo- protesté.&lt;br /&gt;            - Otro trabajo, Javo. Uno con horario, con obligaciones concretas, que te organice un poco la vida. Con el que tienes, con las traducciones, la pasta te llega muy justa. Te deja tiempo de sobra para otro curro.&lt;br /&gt;            Farfullé. – Tengo dinero…&lt;br /&gt;            - Se te acabará.&lt;br /&gt;            Gruñí. Farfullé. Tenía razón. – Bueno… Pásame el número del tipo ese… Pero sólo porque me quieres echar a la calle y eres la peor amiga del mundo.&lt;br /&gt;            Palma suspiró otra vez, teatral y exageradamente. – Qué lata me das… ¿Sabes qué? Creo que a Sofía le gustas.&lt;br /&gt;            Me froté los ojos, me saqué las legañas. – Joder, ¿estamos otra vez en el instituto?&lt;br /&gt;            Palma rió. – Yo te lo digo, pero no lo sé seguro.&lt;br /&gt;            Me senté en el sofá, mis piernas asomaron por el edredón y se me encogió la piel de frío.&lt;br /&gt;            - Es una niña- dijo Palma.&lt;br /&gt;            - ¿Quién?&lt;br /&gt;            - Sofía.&lt;br /&gt;            - ¿Cuántos años tiene?&lt;br /&gt;            - Veintidós, pero no lo digo por la edad. Es una niña. Está buscado un padre. – Se sonríe. – Es esa barba, que te hace parecer mayor.&lt;br /&gt;            - Así me veo como me siento.&lt;br /&gt;            - ¿Qué te parece Sofía?&lt;br /&gt;            Hice un gesto indeterminado. – No sé. Neutra. Nada. Un poco molesta cuando se esfuerza por hablar conmigo. Pero creía que era por cortesía… Oye, no pretenderás hacer de celestina o algo así, ¿no?&lt;br /&gt;            Palma parpadeó. – Javo, no te ofendas, pero eres el último novio que le recomendaría a una amiga.&lt;br /&gt;            - Así me gusta, que me quieras.&lt;br /&gt;            - Eres un buen amigo. Pero siempre me has parecido una pésima pareja.&lt;br /&gt;            La miré. Sonreía. – Me estás provocado, joder. Casi pico. – Sonreí. – Que te jodan.&lt;br /&gt;            - ¿Quieres un café?&lt;br /&gt;            - No- contesté. – Me va a dar ganas de fumar y me vas a reñir porque es muy temprano.&lt;br /&gt;            - Pues sí- asintió. – Tómate un colacao o lo que sea…&lt;br /&gt;            - También me da ganas de fumar- repliqué. – Hasta respirar me da ganas de fumar.&lt;br /&gt;            Palma sonrió y bebió de su café. – Tonto.&lt;br /&gt;            Me quedé mirándola un momento, mientras bostezaba. Hay dos aspectos de mi relación con Palma que siempre me han sorprendido. Uno es que es que desde que nos presentó un conocido común, siempre parecíamos encontrarnos en momentos de transición. Si yo llegaba a un bar, ella salía. Si yo subía al autobús de la facultad, ella bajaba. Nunca coincidíamos en ningún sitio de manera estática, como en una sala de cine o en alguna cafetería, de forma que nuestros encuentros eran necesariamente breves y pasajeros, pero se hacían oscuramente significativos. No sé de que manera, pero ella se daba cuenta y yo también, por lo que acabamos forzando encuentros más duraderos, que de todas maneras acababan siendo presurosos y agitados, como si algo, el karma quizá, mantuviera nuestra amistad en constante movimiento. Por eso, estar sentado con ella y sin prisas, aunque ya lleve días pasando, no deja de tener un revestimiento extraordinario, de evento singular.&lt;br /&gt;            El otro aspecto es que pese a esa extraña complicidad instantánea y un afecto mutuo algo injustificado, síntomas que suelen llevarme en direcciones muy concretas, nunca se dio entre nosotros nada que no fuera una amistad despojada de todo componente sexual. Su química y mi química no entrelazan de esa manera. Sin más. Puedo reconocer los encantos de Palma, sus atractivos. Y ella, imagino, podría encontrar los míos si se esforzara lo suficiente. Pero no encaja. Tú eres Lego, yo soy Tente, que diría Dani. Deberíamos encajar pero no lo hacemos. Así que somos amigos.&lt;br /&gt;            Me reconforta un poco relacionarme con una chica perfectamente deseable con la que ese tema se ha descartado de una manera tan limpia e indolora, aunque no sabría decir el motivo… Bueno, claro que sabría. A ella no tengo por qué tenerle miedo.&lt;br /&gt;            - ¿Qué vas a hacer hoy?&lt;br /&gt;            Carraspeé. Agité las flemas de mi garganta. Me rasqué la barba. – Lo de todos los días.&lt;br /&gt;            - ¿Y qué es lo de todos los días?&lt;br /&gt;            - Salir por ahí.&lt;br /&gt;            - Javo- dijo. – Ay, Javo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una novela de William Gibson lo describían como &lt;em&gt;“…esa antihora apagada y espectral.”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y lo que hago es salir por ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Huyendo de la antihora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los flujos y reflujos humanos de la ciudad, la amorfa energía que circula en diferentes capas por el transporte público, en metros y cercanías, mirando paisajes suburbiales y lejanos, horizontes de edificios incompletos, esqueléticos, escoltados por grúas de pluma más altas que ellos o encaramadas a ellos en sus irreprochables ángulos de noventa grados como parásitos esquemáticos y punteados por hombres diminutos atareados en tareas incomprensibles y con maneras de funambulista, y más allá los cielos grises y pesados, y más cerca terraplenes estriados por la lluvia o contenidos con extrañas mallas que se han ido rasgando y perdiendo la tierra que les ha sido confiada en una lenta hemorragia y monumentos de cemento con hierba trémula brotando en sus grietas y enormes bloques de pisos escalonados como pirámides truncadas que se hubieran fundido unas con otras por una aberración de la materia, o la oscuridad de los túneles, la oscuridad total, inmóvil, surcada cada cierto tiempo por una luz veloz que cruza la negrura como un satélite sin dejar más rastro que una quemadura en las retinas, y dentro de los vagones la gente, gente abatida, la gente dormida, la gente despierta, furiosa, de pie o sentada con sus libros, sus auriculares, sus ojeras, sus rostros duplicados en los cristales como replicantes del universo fantasma que se asomaran sin sorpresa ni entusiasmo a esta otra faceta de la realidad, gente, gente en vagones que traquetean y gimen y aceleran y frenan y suspiran con abandono al detenerse y abrir sus puertas y liberar a los pasajeros y secuestrar otros tantos hasta la próxima parada, vagones que encierran su propia antihora, tan distinta a la mía, una antihora artificial y brillante, calurosa, nocturna de alguna manera, y preñada de una luz halógena e hiriente que se queda prendida en la ropa que crepita por el roce eléctrico del hacinamiento y llena de olores humanos, densos, perfumes y desodorantes y suavizantes y los ojos perdidos, hinchados, arrasados de la gente, siempre la gente, todas las razas, todos los credos, todas las pieles, mezcladas y confundidas en los intestinos de hormigón de la ciudad con sus cargas de pesar y alegría y violencia y miedos atávicos en fricción continua, fricción que genera la energía, el fuego, el impulso que configura esta arrebatada ánima común, en la que intento perderme, verterme, enajenar por completo mi miseria hasta que no pueda reconocerla como de mi propiedad, perder mi solitaria antihora en la antihora absoluta y feroz que lo recorre todo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero al final del día, al fondo del pozo de gravedad, sigo estando yo, sigue estando ese periodo de tiempo negativo, de vacío silencioso, y antes de ello compro cervezas en algún chino y paso el tiempo escribiendo, por primera vez en tanto tiempo escribiendo, hasta que Palma me echa de su cuarto y me bebo las cervezas en el salón, iluminado por el televisor, no porque crea que puedo vencer el insomnio, pero sí anestesiarlo, limarle las asperezas, e intento permanecer despierto con los ojos en llamas para alejar el momento terrible que de todas formas aparece en la madrugada, tras descabezar el primer y frágil sueño. La antihora apagada y espectral donde nada tiene sentido excepto los más siniestros presagios y hasta la luna, membranosa y enferma, dibuja órbitas irregulares y trayectorias de colisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego duermo, cuando empieza a amanecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al despertar, la misma historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una y otra vez, la búsqueda irremediable de algo que ni siquiera tiene nombre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14800512-116334234606751084?l=lagenteterrible.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/feeds/116334234606751084/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14800512&amp;postID=116334234606751084' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116334234606751084'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14800512/posts/default/116334234606751084'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lagenteterrible.blogspot.com/2006/11/la-bsqueda-irremediable.html' title='la búsqueda irremediable'/><author><name>J. Alvargonzález</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14212788681968853992</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14800512.post-116108844781452116</id><published>2006-10-17T14:32:00.000+02:00</published><updated>2006-10-17T15:30:28.303+02:00</updated><title type='text'>pequeñas y hambrientas criaturas</title><content type='html'>Cada mañana, durante el segundo previo a separar los párpados, espero amanecer convertido en un monstruo. Algún tipo de criatura extraña, de lomo encorvado y lleno de afiladas excrecencias cálcicas, torcido y contrahecho. Un ser imposible, homuncular, híbrido, articulado a partir retazos de insectos enormes e incognoscibles y cadáveres humanos cosidos y grapados por cirujanos proscritos sin más objeto que la experimentación y el espanto. Bestia bípeda de largas patas de saltamontes y brazos simiescos y garras negras y engarfiadas que rozan el suelo y chirrían en las baldosas, los ojos hundidos y casi desaparecidos en un rostro escarificado con las marcas y emblemas de sus creadores y mechones de una vieja barba que cuelgan como algas secas cerca de la boca entreabierta, la lengua púrpura, los dientes grises, un afilado pozo sin fondo. Durante ese segundo, imagino a la criatura, el sustituto de mi forma humana, irguiéndose en la primera luz del día, desplegando sus formas como en un siniestro truco de papiroflexia, mostrando ángulos, planos, pliegues prohibidos en el orden natural, estirándose, forzando los costurones que lo mantienen unido y retienen los humores y líquidos que animan sus órganos desordenados y ceñidos por el tórax quitinoso, pulsando y latiendo en la jaula que es el cono truncado de sus costillas, y levanta los élitros, alas escleróticas con el tacto de la piedra y veteadas de rojo y negro, y bajo ellos alza el genuino par de alas translúcidas y venosas, del color de la nicotina, con un ensordecedor zumbido, triunfal y salvaje, y la bestia, que es muda para que no aúlle constantemente por el dolor de sus cicatrices abiertas, da el primer paso en la luz que lo rechaza y lastima sus ojos y nada más parece moverse en el mundo como si la inmovilidad y la ausencia fuesen la única respuesta posible a semejante violación de las normas establecidas desde el primer momento de la Creación...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un segundo después, al abrir los ojos, sólo estoy yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cubierto por un edredón que apenas me quita el frío, los pies desarropados y gélidos, descubriendo que me duele la garganta y la cabeza y que en la cadera anida todavía aun rescoldo de malestar. Sin ánimo para moverme, en posición fetal. Sólo yo. Sin monstruo. Y no me siento especialmente feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de que Palma se vaya a clase me instalo en su cuarto con el portátil, cigarrillos, un cenicero y un café casi en ebullición. Lo coloco todo en su mesa de estudio. Encendido el ordenador, creo un archivo de texto en el escritorio. Lo nombro como &lt;em&gt;Botasnegras&lt;/em&gt;. Lo abro. Me quedo mirando el teclado con expresión ausente. Anoto cosas al azar. Pelo rojo. Ropa negra. Southern Confort... No se me ocurre gran cosa.&lt;br /&gt;Por la puerta entornada se asoma Sofía. Es una de las compañeras de piso de Palma, una chica gordita y sonriente, con una melena negra larguísima. – Hola- saluda.&lt;br /&gt;- Hola.&lt;br /&gt;- ¿Qué tal estás? Te he oído toser mucho esta noche.&lt;br /&gt;- Estoy bien... El frío siempre se me agarra a la garganta- digo.&lt;br /&gt;- ¿Quieres algo? Leche con miel o...&lt;br /&gt;- No, con el café me vale. – Le sonrío. – Gracias, eh.&lt;br /&gt;- Como quieras- dice, y titubea un poco en la puerta. - ¿Qué estás haciendo?&lt;br /&gt;Por lo que sé, Palma sólo les ha explicado por encima a lo que me dedico. Sexo e internet. Me pregunto qué imagen tendrán de mí, del tipo barbudo y no del todo simpático que se despereza y gruñe en su sofá mientras ellas desayunan viendo los dibujos.&lt;br /&gt;- Bueno... Estoy con unas traducciones... Y eso...&lt;br /&gt;- Ah... ¿Qué traduces? – Sofía entra en el cuarto y se acerca a la mesa.&lt;br /&gt;- No, a ver... Tengo que escribir unos textos, una especie historia. Luego hay que traducirlo, pero es que todavía no lo tengo.&lt;br /&gt;- Palma dice que eres escritor- dice Sofía. – Que escribes novelas.&lt;br /&gt;- ¿Eso dice? – Hago una mueca. – Digamos que empecé una media docena de novelas, hace mucho tiempo. Ya no. Ahora hago... otras cosas.&lt;br /&gt;- Palma dice que sólo escribes sobre desolación y tristeza y esas cosas.&lt;br /&gt;Bebo un poco de café. Me escaldo la lengua.&lt;br /&gt;- A ratos...&lt;br /&gt;- ¿Tienes algo que pueda leer?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Yo hice un curso de cuentacuentos. Para los niños, ¿sabes?&lt;br /&gt;Emití un gruñido poco comprometedor.&lt;br /&gt;- Me gustaba porque yo de pequeña me inventaba muchas historias. Luego ya no.&lt;br /&gt;- Eso pasa.&lt;br /&gt;- Me gusta mucho escribir también. Pero para mí, no para que le lea la gente.&lt;br /&gt;- Ajá... – Probablemente es el tipo de conversación en que me siento más incómodo y fuera de lugar. Como si la gente esperase que les dijese algo sobre mí, algo fundamental, importante, algo que les explicase por qué hago lo que hago y por qué lo hago como lo hago. La única conclusión a la que he llegado es que contaba historias porque no dejaban de ocurrírseme. Se me acumulaban en la trastienda, dándose codazos las unas a las otras hasta que hacía algo con ellas. Pero no es una explicación que impresione mucho.&lt;br /&gt;- Si quieres te puedo pasar unos poemas que he escrito... Para que me des tu opinión.&lt;br /&gt;Horror. - Ah... Vale. Como quieras.&lt;br /&gt;Me la quedo mirando, y aunque intento desfruncir el ceño y sonreír un poco, no lo logro por completo.&lt;br /&gt;- Me tengo que ir a clase- dice.&lt;br /&gt;- Hasta luego.&lt;br /&gt;- Adiós, adiós...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El folio en blanco. Las historias que no acuden. Dejaron de acudir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes era diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al bajar las persianas de la habitación Violenne, envuelta en las sábanas azules de nuestra cama, dijo: - Deja que entre la luz. Tenemos que levantarnos.&lt;br /&gt;La miré desde la ventana, con la correa de la persiana todavía entre los dedos, la oscuridad como un muro levantándose entre nosotros. – Desconfía de la luz, mujer. Es engañosa y falaz y propicia la confusión y el equívoco de los sentidos.&lt;br /&gt;Su risa, su involuntaria musicalidad. – Falaz... ¿Qué significa?&lt;br /&gt;- Que halaga y atrae con falsas apariencias.&lt;br /&gt;- Ah... – Su risa, de nuevo. Volví a la cama, sorteando con cuidado las formas del suelo. Mis zapatillas, una revista, una pila de libros, la alfombra...&lt;br /&gt;- Por eso hemos de confiar en los otros sentidos- expliqué al alcanzar la cama y tumbarme junto a ella. – Quizá menos desarrollados, más torpes, pero sinceros. Como el tacto, como el olfato. Nunca mienten.&lt;br /&gt;- A mí me gusta la luz- dijo, mientras ejecutábamos el complicado juego de entrelazar los brazos y las piernas y cubrirnos ambos con las sábanas insuficientes. – Los días sin sol son una mierda.&lt;br /&gt;Suspiré. – Eso es porque no conoces la historia de Archibald Pryzbylewski.&lt;br /&gt;- ¿La historia de quién?- preguntó. Su rostro flotaba blanco en superficie de la almohada, llameando como un farol lejano y plateado. Acaricié su cuello y la línea de su mandíbula. Se estremeció y sus muslos frotaron mis rodillas.&lt;br /&gt;- Sir Archibald Pryzbylewski, un poco conocido explorador de mediados del siglo diecinueve, ¿no has oído hablar de él?&lt;br /&gt;- Creo que no.&lt;br /&gt;- Era un personaje curioso. Dicen las crónicas que estaba emparentado con la realeza polaca, aunque nació en Edimburgo, hijo de una familia burguesa de medio pelo. – Me acomodé en la cama, mis extremidades entre las suyas. – Desde muy joven emprendió largos viajes en un carguero por las costas de África, y recorrió tierra adentro el continente negro reclamando territorios para el Imperio Británico, lo que a la larga le valió el título de Sir. También viajó por la Amazonía y demás zonas ignotas de las Indias Occidentales, y por Oriente, desde Afganistán a China.&lt;br /&gt;- Ajá... ¿Y qué tiene que ver eso con la luz? La luz falaz.&lt;br /&gt;- A eso voy- digo. – En uno de esos viajes, entre pagodas birmanas, oyó hablar de un fenómeno extraordinario, recogido en unos antiquísimos códices de origen desconocido. En esos códices se mencionaba que en la antigüedad, lo que para aquel anónimo escriba era la antigüedad así que imagina a qué pasado remoto nos remitimos, mediante el uso de determinados artilugios y en una zona concreta del planeta donde el frío es extremo podía convertirse la luz en hielo.&lt;br /&gt;- Oh.&lt;br /&gt;- Sí. Oh.&lt;br /&gt;- Sigue... – Su voz sonaba relajada, abandonada, como la de una niña a la que le cantan nanas.&lt;br /&gt;- No se sabe por qué, pero Sir Archibald Pryzbylewski le concedió total credibilidad a aquellos códices. Durante su viaje de vuelta en barco de Oriente los estudiaba día y noche, sin salir de su camarote, hasta que llegó a lo que pensaba él era una traducción perfecta de los textos. Hasta tener, incluso, la latitud y la longitud de los lugares donde se producía ese fenómeno extraordinario, y las fechas aproximadas en las cuales era más sencillo observarlo.&lt;br /&gt;- ¿Y dónde era?&lt;br /&gt;- Nadie lo sabe ya. El barco naufragó cerca de las costas de Grecia, y los códices y las anotaciones de Sir Archibald se perdieron en el mar... Una lástima. Pero él lo tenía todo en la cabeza. Tras pasar unos meses en Corfú, emprendió por fin la expedición más ambiciosa de su vida. Rumbo al ártico, a esas coordenadas que ya nadie recuerda.&lt;br /&gt;Violenne ronroneó. - ¿Y qué pasó?&lt;br /&gt;- Narrar las penalidades y aventuras de ese viaje hacia el frío polar sería demas
